domingo, 29 de mayo de 2016

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 31)




31


En el interior de la limusina, las dos parejas charlaban entre sí sobre sus respectivos atuendos.
—Aquí el único que parece estar en su salsa es nuestro señor don perfecto —resopló Witch simulando estar enfadada y dirigiendo sus ojos hacia Diego.
Este sonrió travieso, en esa sonrisa que tanto deleitaba a Sheila, que apretó el musculoso muslo del hombre con la mano.
—Las manos quietas que después van al pan —soltó de repente Eric viendo la caricia de la joven.
—Eso eso —dijo Witch dándole un codazo de complicidad a Eric en las costillas— que se empieza la tarta y luego…
Las carcajadas de ambas parejas sonaron en el pequeño recinto.
—Vale ya chicos —regañó Diego y bajando el tono de voz dijo— nos separa un cristal del chofer pero se oye todo.
Witch giró la cabeza hacia el ventanal de cristal tintado que separaba el coche en dos compartimentos. Miró a Diego que asintió en silencio.
Girando un poco más su cuerpo, todo lo que la tela de su largo vestido le daba, golpeó con su enguantada mano el cristal.
—¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
La carcajada de Sheila explotó. La cara enfadada de Witch se enfrentó a la de su amiga.
—Bruji, mal vamos si no va nadie conduciendo el coche —explicó.
Sacando su lengua en son de burla, Witch encogió los hombros como respuesta y volvió a golpear el cristal. Este como respuesta a su llamada comenzó a deslizarse hacia abajo.
—¿Desean algo los señores? —Preguntó cortés el chofer mientras miraba por el retrovisor interior del coche—. Les recuerdo que la limusina está equipado con hilo musical, mini bar y en el compartimento central bombones y cigarros o puros.
—¿Mini bar? ¿Bombones? —Exclamó Witch entusiasmada— ¡¿Dónde?!
La mano de Diego abrió una serie de compartimentos ocultos. Witch se lanzó a mirar. Pequeñas botellas de distintos licores rellenaban una serie de huecos. Unas pinzas y un pequeño cubilete con hielos rodeaban media docena de vasos.
—Mirad esto —exclamó sacando una pequeña botella de Coca-cola— pero si esto me lo bebo yo de un traguito —protestó— ¿Y los bombones son así de pequeños también? ¡Pues vaya porquería!
La risa de sus tres acompañantes no se hizo esperar. Eric tomó una de sus manos y estampado un sonoro beso sobre ella dijo:
—Por esto te amo tanto mi vida. Eres única.
—¡Sip! Ya dijo mi madre que conmigo se rompió el molde.
Nuevas carcajadas sonaron en el habitáculo. Por el rabillo del ojo la joven vislumbró un ligero movimiento. Girando la cabeza pudo ver como los hombros del chofer temblaban.
—No se corte hombre. Puede usted reírse, con toda confianza oiga.
El conductor mirando los bonitos ojos de la joven asintió y sin más soltó la carcajada. Todos los demás le siguieron incluida Witch.
Pasados unos minutos, el chofer se recompuso y con voz algo más calmada preguntó:
—Si no desea nada más la señorita. Volveré a subir la ventanilla.
—No, gracias.
Con un gesto de asentimiento el hombre pulsó el botón que accionaba el cristal.
—Bueno sí —exclamó Witch. Automáticamente el cristal paró— ya que hay confianza ¿cómo se llama usted?
Los oscuros ojos del hombre se abrieron ligeramente pero en cuestión de segundos su rostro se recompuso del asombro.
—Pedro. Me llamo Pedro.
—Encantada Pedro. Yo Witch. Bueno así me llaman mis amigos. Puedes llamarme Paula.
—Con su permiso. ¿Desea usted algo más?
—Bruji —llamó Sheila— deja conducir al señor.
—No. Nada más Pedro. Además estos no me dejarían charlar contigo.
El cristal terminó de subir completamente. Diego meneaba la cabeza en silencio, con una sonrisa en los labios. Desde luego que sí, Witch era única.
La voz del chofer llegó a través de un interfono interior.
—En unos minutos estaremos en la puerta señor Galán.
—Gracias Pedro.
Las chicas nerviosas comenzaron a recomponer sus ropas. Los hombres sus pajaritas. El enorme coche frenó con suavidad.
Pedro paró el motor del lujoso vehículo y momentos después abría la puerta trasera del coche, sujetándola y extendiendo su mano para ayudar a bajar a las mujeres del interior del mismo.
Diego y Eric salieron por el lado contrario a la acera, rodearon la limusina y fueron en busca de sus respectivas parejas.
Sheila estiró su cabeza hacia la fachada del edificio. Su altura era de cuatro pisos. La planta baja estaba recubierta de losetas de granito en toda su envergadura, el resto lucía un restaurado ladrillo rojo que brillaba con las luces de los focos exteriores. Enormes ventanas con balcones se alineaban a lo largo de la fachada.
La entrada principal se hallaba tras un trío de arcos que hacían de soportal de una enorme y tallada doble puerta de madera. Una placa dorada informaba de la fecha y año en la que el edificio había sido construido. Databa de 1883. Más de un siglo de antigüedad. Una alfombra roja adornaba el acceso al interior. Un guardia de seguridad saludó a Diego con la cabeza y abrió la puerta que se deslizó en silencio.
Las parejas penetraron a un formidable hall. Los suelos de madera brillaban lustrosos. Una enorme lámpara de cristal alumbraba las paredes recubiertas de madera. Olía a barniz en el ambiente. Una serie de tapices adornaban los huecos de las paredes entre puerta y puerta.
Una pequeña mesa con una atractiva joven sentada tras ella se encontraba a la derecha de la entrada. Diego se dirigió hacia ella, sonriente, y sacando un sobre del bolsillo interior de su chaqueta lo entregó a la muchacha, que comprobó risueña las invitaciones y les invitó a penetrar por una de las puertas de madera. Eric y Witch les siguieron.
Diego se adelantó a Sheila que le miró buscando apoyo en sus profundos ojos azules.
—Tranquila mi amor —le susurró él— estás preciosa, y te aseguro que te encontrarás como en casa.
La mujer asintió y Diego abrió hacia afuera la enorme puerta. Unas manos aparecieron por detrás de la misma y sujetaron con firmeza la madera mientras Diego tomaba del brazo a su prometida y ambos entraron.
Al principio Sheila vio una serie de grupos charlando animados bajo una suave música ambiental, con copas en sus manos y vestidos de gala, tal como requerían las invitaciones.
Estaban en un imponente salón. Los suelos de losetas de mármol blanco y negro haciendo un dibujo de damero. Tres inmensas arañas de cristal alumbraban el interior del mismo. Infinidad de apliques a juego iluminaban las cuatro paredes. Enormes ventanales recubiertos de cortinones de terciopelo rojo granate llenaban la pared de la izquierda.  Las mesas que se veían al fondo rodeaban una central con todo tipo de manjares y estatuas de cristal.
Una serie de camareros parecían bailar alrededor de los animados invitados. Uno de ellos se acercó y les ofreció la bandeja. Diego tomó dos copas de champan, ofreciendo una a su acompañante. Sheila tomó un trago para hacer bajar el nudo de la garganta. De repente oyó pronunciar su nombre sobre las demás voces.
—No puede ser. Esa es la voz de Manuela.
Buscó con su mirada y vio a la mujer en cuestión, que vestida para la ocasión se acercaba entusiasmada y la abrazaba.
—Estás preciosa, mi niña —Manuela se separó ligeramente de ella deslizando admirada su mirada por el precioso vestido de la joven—. Cuanto me alegro de verte sin esa horrible escayola.
—Tú también estás muy guapa Manuela. Y sí, yo también me alegro de poder andar con soltura. Pero ¿qué haces tú aquí? —preguntó extrañada.
—Diego me invitó, por supuesto.
—Ya.
—Verás cuando veas a mi muchacho vestido de gala, no vas a reconocerlo.
La entusiasmada Manuela se giró, agitó la mano y señaló donde se encontraba su hijo hacia un grupo de personas que se hallaban de espaldas a ellos. De repente, asomó la cabeza del adolescente, que se acercó hacia donde se encontraba su madre.
Sheila pudo comprobar que Manuela tenía toda la razón. El traje blanco que lucía el muchacho le quedaba que ni pintado. Sheila le saludó y él tímidamente sonrió y extendió su mano.
De repente la música ambiental dejó de sonar. Los pequeños grupos comenzaron a moverse hacia donde ella se encontraba. Miraba a su alrededor y no daba crédito a lo que sus ojos veían. Veía rostros familiares por doquier.
Sus padres, elegantemente vestidos para la ocasión, su hermano y familia, Amanda, Doña Blanca, Juan su médico, Phil, Daisy. Miró y miró. Todos aquellos que en los últimos meses habían estado en su vida en una u otra ocasión.
Su mirada se deslizó entonces hacia el hombre que en ese momento rodeaba su cintura con un brazo mientras con otro sostenía la copa de champán y la miraba embelesado con una sonrisa en sus labios.
—¿Diego? —preguntó esperando una explicación.
—Todo esto tiene un motivo. Un gran motivo diría yo.
Sheila enarcó una ceja, en un gesto adquirido de él. Diego carraspeó ligeramente antes de proseguir.
—Todos los presentes, que formamos parte de tu vida, estamos aquí para celebrar contigo la inauguración de la Fundación López-Galán, dedicada al estudio de la literatura universal, y que impartirá cursos, exposiciones, y toda clase de eventos relacionados con la cultura y de cuya presidenta me siento muy orgulloso.
Sheila buscó entre los asistentes a la desconocida. Pero no halló a nadie con quien no estuviese vinculado.
Volvió a mirar de nuevo a Diego.
—Y ¿dónde está esa mujer? —susurró Sheila—. Creo que llega tarde a su propia fiesta.
La carcajada de Diego sonó fuerte y profunda por la silenciosa sala.
—Ahora mismo la tengo rodeada con mi brazo.
Al oír esto Sheila dio un respingo.
—¿Qué?
—Lo que has oído mi amor. Ven acompáñame al hall.
Guiándola con su brazo el atractivo hombre acompañó a la anonada joven hacia el exterior del salón. La mesa con la azafata había desaparecido.
Diego dirigió sus pasos hacia la entrada principal donde a unos dos metros de altura una cortinilla de terciopelo cubría un trozo de pared. Al penetrar en el hall le había pasado totalmente desapercibida. La sonriente muchacha ahora se hallaba junto a la pieza de tela sonriendo.
—¿Y si me niego? —le susurró a Diego cuando se hallaban algo alejados del grupo que los seguía.
—Estarías en todo tu derecho mi amor. Pero como podrás comprobar. Tus jefes se hallan entre los invitados y ya recibieron esta semana tu dimisión. Firmada y todo.
—¿Qué? Yo no he firmado nada.
—¿Recuerdas los papeles en los que trabajaste estos días? Conseguí meter entre ellos dicho documento, recuerda también que te dije que eran cartas para mis asociados y que firmases en mi nombre.
—Bastardo.
—Amor mío —respondió él sin inmutarse.
—Y ¿todos los aquí presentes estaban? …como decirlo. ¿Metidos en el ajo?
Diego asintió sonriente.
Sheila se giró hacia todos ellos y antes de que pudiese pronunciar nada que  la comprometiese, espontáneos aplausos retumbaron por la sala.
La joven se aproximó hacia ellos y tomando por el codo a Sheila la aproximo hacia lo que supuso era una placa.
Con sonrisa algo tensa ante una veintena de fotógrafos que aparecieron de la nada Sheila agarró el cordón dorado que colgaba a un lado de la tela y tirando de él con suavidad pronunció con voz temblorosa.
—Yo como Presidenta oficial de la institución hago constancia de la inauguración de la Fundación López-Galán el día Dieciséis de diciembre de dos mil once.
Los aplausos volvieron a resonar entre las paredes. Diego la tomó entre sus brazos y acercó sus labios en un efusivo beso que Sheila correspondió ante las voces que jaleaban a la pareja.
Separándose tras unos minutos. Sheila les miró y sacó su lengua en una mueca burlona, las carcajadas no se hicieron esperar y la joven las acompañó entusiasmada.
—Señores, señoras, damas y caballeros —pronunció Diego con voz solemne—. Brindemos por la mujer más hermosa que he conocido, mi prometida Sheila y presidenta de esta nuestra fundación.
Todas las copas se alzaron a la vez.
—Salud —dijeron todas las voces al unísono y bebieron el exquisito champan.
Todos los asistentes se acercaron a la pareja, dándoles la enhorabuena y dejando paso a los demás.
De repente, una voz de mujer entrada en años se oyó entre las demás.
—Y ¿aquí cuando se come?
Todas las cabezas se giraron a mirar a la señora De Ochoa que exhibía altiva un sombrero digno de las carreras de hípicas de Ascot.
—No es que tenga mucha hambre —comenzó a explicar la mujer sin alterarse— pero tengo que tomarme las pastillas.
Una carcajada general sonó en el recinto.
—Tiene usted toda la razón mi querida damisela —corroboró Diego tomando por el codo a la anciana mujer—. Acompáñenos. La acercaré a su mesa— y bajando la cabeza a la de la altura de la mujer susurró—. Le reservé un sitio, cerca de la mesa presidencial. No crea que la vaya a perder de vista ni un momento. He visto como la miraba mi mayordomo y usted tiene reservado el primer baile para mí.
Ufana la anciana sonrió embelesada a Diego. Y con voz susurrante le dijo:
—Sigo diciendo que eres un zalamero encantador —y dirigiéndose a Sheila prosiguió—.  Átale en corto chiquilla, con esos ojos y ese saber estar más de una querrá quitártelo de entre las manos —y sonriéndole pícaramente añadió— yo entre ellas si tuviese unos cuantos años menos.
Diego besó la mano de la anciana que se dejó llevar hasta la silla, que él acompañó cuando la anciana se sentó.
Girando tomó a Sheila de la mano y ambos se acercaron a la mesa presidencial, donde Witch, Eric y sus padres esperaban.
—¿Se puede saber que les das? —preguntó en un susurro Sheila a Diego.
—¿Das a quién? —preguntó a su vez el hombre.
—A las mujeres —explicó Sheila poniendo los ojos en blanco— hasta esa vieja cacatúa ha caído rendida a tus pies.
Diego rió entre dientes y bajando su cabeza susurró en su oído.
—Respeto, consideración, igualdad… pero amor, solo amor, eso lo reservo tan solo para ti.
Sheila se ruborizó y apretó su mano sobre la de Diego como mutuo reconocimiento.
Platos y platos pasaron por delante de sus ojos. El vino, exquisito regó todos los manjares.
—Este vino está delicioso —pronunció entre dientes— pero se me está subiendo algo.
—Es el vino de Ramón. Ya te dije que tenía un negocio entre manos con él.
Acabada la cena cuando todos los comensales se encontraban felicitándoles nuevamente por el ágape en el aire comenzó a sonar una melodía. Todas las cabezas se volvieron a la vez. Un grupo de músicos hizo su entrada entre los acordes de un bolero.
—Era de esperar —gruño Witch mirando a Diego con descaro. Él por toda respuesta encogió sus hombros con una sonrisa de circunstancias en sus labios— pues no pienso bailar esta horterada.
Pero antes de que pudiese darse cuenta, Eric la tomó entre sus brazos y comenzó a moverse al compás de la música, sonriendo a la joven y sacando los hoyuelos que tanto gustaban a la muchacha, que hipnotizada se dejó llevar.
Diego también aprovechó la ocasión y ambos bailaron una canción y otra y otra. En un momento dado Sheila buscó entre los asistentes a sus padres que la saludaron desde lejos sonrientes y abrazados tiernamente. De repente su padre miró hacia sus pies. Sheila siguió la mirada hacia abajo. Witch se hallaba de rodillas en el suelo sobre su precioso vestido y levantaba las faldas largas de las demás mujeres en busca de algo. Un pequeño revuelo se formó a su alrededor, por fin, con un grito de entusiasmo su amiga se levantó. Y girándose hacia ella exclamó a voces:
—Ya te dije yo que no servía para esto —mientras en su mano, uno de los tacones de sus zapatos destellaba.
La carcajada de Sheila no se hizo esperar. Miró a Diego pero se encontró sola en la pista. En su intento por ver lo que su alocada amiga estaba haciendo se había soltado de su pareja y ahora Diego había desaparecido sin que ella se percatase de ello.
 Le buscó entre la gente pero no pudo vislumbrar la alta figura del hombre. De repente un enorme foco alumbró una de las esquinas del salón. Los músicos comenzaron a tocar una nueva melodía y Sheila comenzó a dirigirse hacia un lado de la pista cuando una bonita voz de barítono comenzó a cantar.
Sus pies parecieron quedarse pegados en el suelo. Buscó el foco con su mirada y sí, allí estaba Diego, que avanzaba hacia ella lentamente mientras sus labios le sonreían y cantaban al mismo tiempo.
Sheila comenzó a escuchar entonces la canción.
Diego terminó esta justo al llegar a su altura y arrodillándose y con micrófono en mano extendió una de sus fuertes manos tomando una pequeña caja de las de Eric, mientras a su vez le pasaba el micro. El foco los iluminaba a los dos. Un silencio sepulcral se formó en la sala.
Sheila sentía temblar sus rodillas. La mano de Diego abrió la cajita de joyería y sacó un anillo que se encontraba sobre el terciopelo del interior. Buscó entre los asistentes. Y asintiendo levemente con la cabeza comenzó a hablar:
—Mario, Julia, tengo el honor de tenerles aquí ante todos nosotros y con permiso de ustedes y delante de todos nuestros amigos y familiares quisiera pedirle en matrimonio a la mujer que ahora me mira algo aturdida…
Varias exclamaciones sonaron por la sala. Sheila tragó el  nudo de su garganta.
—… Sheila  —continuó Diego con la voz enronquecida por la emoción— ¿Me harías el honor de ser mi esposa? Prometo hacerte feliz todos los años de mi vida. Amarte, respetarte y darte todo lo que solo tú mereces y sobretodo y ante todo mi corazón.
Y diciendo esto insertó el precioso solitario en el dedo anular de la joven.
Sheila, temblorosa y con los ojos enrasados en lágrimas se agachó, quedando de rodillas a la altura de su prometido y futuro marido. Rodeó con sus brazos el musculoso cuello y acercando sus labios a los de él susurró antes de besarle:
—Si quiero, mi querido catedrático del amor.
Los aplausos, vítores y enhorabuenas a gritos no se hicieron esperar más.
Una emocionada Witch se arrodilló junto a la pareja abrazándolos mientras gruesas lágrimas de emoción corrían por sus mejillas.
—Te lo dije. Están hechos el uno para el otro.
Y Witch asintió a su vocecilla interior.








FIN

8 comentarios:

  1. Por fin hemos tenido el gran desenlace que esperabamos, el amor de esta pareja ha sido y sus aventuras algo muy lindo de leer , gracias por ser generosa y compartir tu novela con todos los que la hemos seguido a través de tu blogspot , espero que la próxima te lances para el resto de los mortales , tú puedes hacerlo así pues esperamos con ansia que te pongas manos a la obra y nos deleites con tus aventuras y pasiones ... muakisssssssssss

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  2. Mi chica siempre tan optimista jajajaja por eso es mi campanilla.
    Gracias por tu apoyo nena, quién sabe si en un futuro lo haré. Besos.

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  3. Ohhh!!.. me encanto el final... siii soy una romanticona perdida.😉
    Graciassss mi cat x compartirla... deseando seguir leyendo mas historias tuyas... me encantannn.. enhhorabuena darling besicos

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    1. Es siempre un placer escribir para personas como tú nena. Muchas gracias. Besos.

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  4. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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    1. Lo eliminé porque es el mismo. No sé por qué siempre se duplican tus comentarios jajajajaj

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    2. Es q quererte muchoooo ..jajajjsjsj
      Ademassss q me debes un embajadorrrrr.. 😸😸😘😘😘😘

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    3. Es q quererte muchoooo ..jajajjsjsj
      Ademassss q me debes un embajadorrrrr.. 😸😸😘😘😘😘

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