domingo, 29 de mayo de 2016

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 30)




30


—Por fin —fue el saludo de Witch al entrar en la habitación donde se encontraba Sheila.
Esta se giró en redondo y miró a su amiga que sofocada se dejaba caer sobre la enorme cama de la habitación de invitados.
Los vestidos habían llegado en fundas especiales, al igual que el resto de los complementos y por sugerencia de Diego en unos minutos llegarían el peluquero y la maquilladora. Sus nervios se encontraban a flor de piel, al igual que supuso que los de Witch, a ninguna de las dos les iban los engorros de fiestas, vestidos especiales, peinados, etc.
 Podrían no coincidir en ciertas cosas pero en eso eran tal para cual. No entendía tanta parafernalia para una simple inauguración, y desde luego, si todas a las que tuviese que asistir como pareja de Diego iban a ser así, tendría que dar un giro de ciento ochenta grados a su manera de pensar. Comprendía perfectamente que los ambientes en los que él se movía no eran para nada a los que ella estaba habituada.
En su trabajo, siempre había conseguido evitar este tipo de eventos. Normalmente eran sus jefes los que iban en nombre de la Biblioteca Nacional. Tan solo en las ocasiones en las que su trabajo había sido premiado tuvo que hacer acto de presencia, pero el  vestido negro de corte sencillo, al cual solo había cambiado los complementos, fue su ropero de fiesta camaleónico.
Y ahora, allí estaba ella, enfundada en una toalla, con el pelo aún húmedo de la ducha y tensa como la cuerda de un violín, esperando a que dos absolutos desconocidos hiciesen milagros con su rostro y su pelo.
Sonrió tensa a su amiga que se levantó y comenzó a parlotear, signo evidente de que estaba tan nerviosa como ella.
—Diego aún no está preparado. Su traje colgaba de un galán en la habitación. Y ¡guau! tenías que ver el abrigo que va a llevar.
Sheila la miró en silencio y encogió los hombros en gesto de ignorancia. Desconocía totalmente el vestuario que había elegido Diego. Lo había mantenido en secreto al igual que ella.
—Y ¿se puede saber cómo sabes tú algo que yo desconozco? —preguntó.
En favor de Witch un ligero rubor cubrió sus mejillas.
—Pensé que estabas en la habitación principal, esperándome…
—Y, cómo no, entraste sin llamar, como de costumbre.
—Si —una risa nerviosa siguió a la afirmación—, he de decir que la toallita negra en la cintura no le quedaba nada mal. No.
Esa era su Witch. Echaba de menos sus locuras y la lengua viperina de la que hacía gala. La carcajada salió espontánea de sus labios. Coreada al momento por la de su amiga.
—Tenías que haber visto su cara cuando he entrado como una tromba en la habitación. Luego se ha recompuesto enseguida.
—¿Sí?
Witch afirmó con la cabeza.
—Sip —confirmó de voz— me ha dicho: «Al menos esta vez no llevas una tintineante bandeja entre las manos». Se ha girado y con todo el descaro ha comenzado a quitarse la exigua toalla.
—Ese es mi chico —exclamó entre carcajadas Sheila.
—He salido más rápido de lo que he entrado. No sin antes oírle gritar que estabas en la puerta de al lado.
Unos nudillos golpeando la puerta interrumpió la respuesta de Sheila.
—¡Pase! —gritó Witch.
La puerta se abrió y un hombre vestido totalmente en tonos pastel entró seguido de una bonita joven con un uniforme negro de estilista que portaba un enorme maletín.
—¿Sheila? ¿Witch? —preguntó el desconocido con voz afeminada.
Ambas asintieron y los andares del hombre iban en concordancia con su afeminada voz.
Sheila tuvo que tragarse la risa que surgió en su garganta al ver poner los ojos en blanco a su amiga. Para nada eran homófobas pero si algo no soportaban era que un gay tuviese que ser como las mariposas.
—Encantado de conoceros chicas.
Antes de que se dieran cuenta, el hombre les había estampado dos besos en las mejillas y las giraba en sus manos, estudiando con sus delineados ojos cada centímetro de piel expuesta, en este caso la de Sheila, que se sintió desnudar.
Por lo que veo tú estás preparada… pero ¡por Dios santo! tú tendrás que hacer como tu amiga…
—Sheila —respondió Witch— ella es Sheila, yo soy Witch. «Y él es Chita —redondeó su voz interior— vestido para muñeco de tarta nupcial».
Witch hubo de morderse los labios para que la carcajada que se formó en su garganta ante el comentario de su yo interior no brotase.
La voz afeminada seguía parloteando ajena a los pensamientos de la joven.
… Tendrás que ducharte o mojarte esa maraña de pelo para que podamos hacer algo decente en él.
Los labios fruncidos de Paula indicaron a Sheila que era el momento de intervenir.
—Vamos nena, te daré una mullida toalla y unas zapatillas.
—Bien —fue la escueta respuesta de la joven— iré a quitarme la mugre de mis greñas.
Y girando airada sobre sus talones abandonó la habitación en dirección al baño.
Momentos después Sheila se enfrentaba al estilista.
—Será mejor que comience mi ayudante con el maquillaje. Tu pelo corto no nos permite mucho juego con los peinados. Al menos que quieras lucir algunos de los hermosos postizos que traig…
—Ni hablar —interrumpió— mi pelo estará bien.
Ante el gesto de lo dudo mucho bonita que el peluquero dibujó en su rostro Sheila recalcó.
—La mar de bien.
Y ante el tono usado por la joven no hubo más dudas al respecto.
—Como quieras preciosa pero Lucas no puede hacer milagros.
—¿Lucas?
—¡Oh! Cuanto lo siento. Qué despiste tengo —Dijo el hombre con un movimiento exagerado de manos—. Yo soy Lucas. Lucas Bell. Ella es mi ayudante: Mary Jane. Una maquilladora como pocas.
—Encantada —dijo la jovencita en un susurro dulce.
—En realidad se llama Juana María pero como verás ese nombre no suena nada chip, decidí rebautizarla —una estridente carcajada atronó los oídos de Sheila.
—Ya —fue la cortante respuesta de ella.
—Bueno, basta de charla, que tenemos mucho trabajo por delante —ordenó Lucas golpeando sus manos— Alé alé  —instó a la joven ayudante—. Yo mientras voy a hablar con Diego. Que hombre por Dios.
Y echando una mirada al espejo, se atusó su cardado cabello rubio y salió contoneándose.
Mary Jane-Juana abrió el enorme maletín que portaba y Sheila observó asombrada la cantidad de pinceles, brochas, y paletas de color para los parpados, labios y mejillas que portaba. Ágil y en silencio comenzó a hacer su trabajo.



Eric y Diego esperaban ansiosos en el salón tras sus acostumbradas copas de güisqui. Miraron sus relojes por enésima vez y sin mediar palabra se miraron entre sí. Las chicas llevaban horas encerradas en el dormitorio. Ni siquiera habían bajado al almorzar. Phil había subido raudo unos emparedados, acompañados de sus refrescos de cola y más tarde café y pastas de té.
—A este paso llegaremos tarde —gruño Eric para quien las esperas eran desesperantes.
—Tendrás que acostumbrarte.
—Espero que no te dé por celebrar este tipo de eventos muy de vez en cuando. Esta maldita pajarita me está matando.  Y ya ni te cuento los zapatos de charol.
La carcajada de Diego tronó. Cierto. Su amigo no estaba acostumbrado como él a tener que vestir de etiqueta. Se encontraba a sus anchas en unos buenos pantalones vaqueros, una chupa de cuero y sus botas, sus eternas botas. Sin embargo él, como hombre de negocios que era, cualquier tipo de traje le venía bien. Esa noche vestiría de esmoquin.
Arregló los gemelos de los puños sobre la pulcra camisa blanca inquieto. Todo tenía que salir perfecto. Era el día de su pedida de matrimonio a Sheila. Tragó el nudo de su garganta y tomó entre sus temblorosas manos el vaso de licor.
¿Nervioso? —Preguntó mordaz Eric—. No me puedo creer que el frío, calculador y seguro de sí mismo señor Galán esté tembloroso como un niño.
La mirada gélida de los profundos ojos azules no hizo otra cosa que provocar una sonora carcajada en el joven.
—Tranquilo colega. Todo saldrá bien. Me tienes a mí a tu lado y mi Witch.
Diego asintió en silencio. Cierto. Estando esa pareja a su lado, las cosas saldrían como era debido. Contaba con la mejor de las ayudas. Todos los invitados eran amigos y familiares. Cosa que Sheila desconocía totalmente.
Ella creía que iban a una inauguración, como así era, pero no de una empresa de Diego o de algunos de sus muchos negocios sino a la inauguración de la fundación que ella presidiría y en la que él, como vicepresidente, la tendría como su inmediato superior.
 El resto del personal estaba compuesto por todos aquellos que en estos alocados meses de amor, sustos y demás anécdotas ocurridas habían compartido algún que otro momento. Sonrió satisfecho. Todo iba a salir a pedir de boca.
Tocó, nervioso aún, el pequeño paquete de su bolsillo interior. Recordó en su mente el solitario de oro blanco y platino que engarzaba un precioso diamante amarillo que tanto le recordaba a Diego, con sus destellos, los ojos color miel de Sheila, del tamaño algo más grande que una lenteja. Nada ostentoso, porque sabía que Sheila no lo aceptaría.
Se removió inquieto en el sofá. Unos ligeros pasos bajando por las escaleras hicieron que ambos hombres despegasen sus espaldas del asiento donde se encontraban.
Lucas penetró raudo en el salón.
Señores. Tengo el placer de comunicarles que sus damas ya están listas. ¿Les importaría salir al pie de la escalera para contemplar como bajan estas bellezas?
Dicho y hecho. En unas cuantas zancadas ambos hombres se encontraron a los pies de la bonita escalinata. Oyeron susurros de voces femeninas en la planta superior. La puerta de la habitación que se cerraba.
Un ligero frufrú resonó en el silencio del hall. Witch asomó levemente su cabeza por la barandilla. Lo suficiente para vislumbrar a Diego y Eric que inquietos trasladaban el peso de su cuerpo sobre los pies. Unos pasos más allá Phil y Daisy, con su eterno delantal, miraban expectantes hacia arriba.
—Vamos —se oyó susurrar a la voz de Sheila.
Una temblorosa Witch acercó su silueta al final de la escalera. Una mano enguantada agarró con firmeza la barandilla. Tragó saliva y comenzó a bajar, algo insegura al principio.
«¡Dios mío! —rogó mentalmente— mantenme firme y que no ruede por las escaleras».
Unos cuantos escalones más y Witch pudo contemplar con sus propios ojos el efecto de su vestimenta en el rostro de Eric.
Los cristalinos ojos de su pareja se abrieron como platos. Un fulgor diamantino y abrasador vibró en su mirada mientras su boca abierta manifestaba su estupor.
La mirada masculina recorrió el cuerpo que tantas y tantas veces había estrechado entre sus brazos.
La figura de Witch resaltaba a la perfección en el interior del vestido de satén negro. El corpiño en forma de corazón, resaltaba el busto de la joven. Unos guantes hasta los codos cubrían los torneados brazos femeninos.
El esbelto cuello de la joven quedaba al descubierto por el moño francés que recogía la frondosa melena de Witch. Dos pequeños rizos caían sutiles por delante de su rostro, enmarcándolo. Unos pendientes negros con piedras brillantes reforzaban el efecto.
Witch llegó al final de la escalinata. Donde raudo Eric posó un pie y extendió su mano para tomar la suya y ayudarla a bajar el último escalón.
La muchacha, nerviosa y ruborizada intentó soltarse pero el firme apretón de Eric le hizo girar en redondo. La mujer pudo oír perfectamente como el hombre deglutía al descubrir la espalda de la mujer, que quedaba casi totalmente al descubierto.
—Estás preciosa —fue la suave afirmación que Diego dedicó a la joven.
Esta miró a ambos. Más allá Daisy sonaba sonoramente su nariz. Witch sonrió al personal de servicio. Phil por toda respuesta le guiñó un ojo ligeramente enrasado en lágrimas.
—Preciosa es poco —murmuró Eric con la voz enronquecida—. Una diosa acaba de bajar hasta nosotros.
La sonrisa triunfal de Witch fue todo lo que Eric necesitaba. Acercando sus labios hacia la oreja dijo:
—Estoy deseando volver a casa para decirte cuanto te amo y hacerte el amor horas y horas.
La risa fresca de la chica se escuchó en el silencio. Tomando a Eric por las solapas de la chaqueta le susurró a su vez.
—Pues espera a ver la sorpresa que guardo en el interior.
Por toda respuesta él resopló. Con una carcajada Witch giró sobre sí misma y alzando la voz dijo:
—Sheila, preciosa, tu turno.
—Voy —respondió temblorosa una voz.
Una mano apareció sobre la barandilla. Poco después un bonito zapato de raso color plata la siguió, una fina tira sujetaba el tobillo.
Unos escalones más abajo Diego pudo contemplarla.
Un ajustado vestido color plata palabra de honor perfilaba el cuerpo de la chica.
El pelo corto despuntado enmarcaba el rostro de Sheila. Mary jane había esparcido con la yema de sus dedos pequeños puntos de brillantina, en la cantidad exacta para que al reflejo de las luces pareciesen pequeñas gotas de roció.
El efecto se remarcaba por la fina cadena de pequeños brillantes que colgaban desde los lóbulos de la oreja hasta mitad del esbelto cuello femenino.
Diego no tuvo la paciencia de Eric. Se lanzó escalones arriba y un poco más abajo de donde Sheila se había parado a esperarle, tomó la mano de la joven y la ayudó a bajar.
Una vez bajó la pareja, la voz de Eric se escuchó entre los sonoros sollozos de Daisy.
—Y ¿si dejamos la fiesta para otro momento y nos vamos cada uno para su casita?
—Que te lo has creído guapito —le encaró Witch—. No me he estado yo horas y horas emperifollando así para que luego nos vayamos de rositas para casa.
El hombre buscó el amparo de la pareja amiga. Ambos denegaban enérgicamente.
—Phil dígale al chofer de la limusina que puede aproximarse a la entrada.
Sheila esperaba expectante las palabras de alago de Diego. Pero el hombre comenzó a andar hacia la puerta.
—Un momento —se oyó decir desde lo alto de la escalera—, os olvidáis vuestras capas y los bolsos.
La joven ayudante bajo con rapidez la escalinata, extendió una capa negra a Witch que Eric tomó entre sus manos y ayudó a envolver el cuerpo de la chica.
Diego extendió las suyas.
—Gracias.
Rodeó el cuerpo de Sheila y cubrió con delicadeza los hombros. Sin soltar la prenda y girando sobre el cuerpo de la joven comenzó a anudar el lazo de la parte superior. Acercó sus labios a los de la mujer y los rozó levemente. Separó unos milímetros sus labios y dijo:
—Mi Ferrero Roché. Estoy deseando quitarte ese precioso envoltorio y probar ese exquisito interior que se adivina.
Un rubor intenso cubrió sus mejillas. Un sonoro carraspeó los interrumpió.
—Vamos goloso. Ya darás los bocaitos más tarde.
Diego fulminó con la mirada a su amigo y agarrado del brazo de Sheila dirigíó sus pasos hacia la salida.


continuación


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