domingo, 29 de mayo de 2016

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 29)





29


Recorrió el silencioso pasillo hacia la salida de emergencias que ya conocía. Empujó con furia la palanca. Tendría que dar un buen rodeo para llegar a la cafetería donde Amanda la esperaba pero al menos el frío aire matinal le despejaría el enfado.
No se lo podía creer ¿Qué les diría a sus jefes? Ella, a la que siempre habían tachado de una buena profesional y de que nunca perdía los nervios ante nada ni nadie. Se ruborizó. No sabía por qué pero su relación con Diego sacaba de vez en cuando su lado malvado. Se rió entre dientes. ¡Y qué narices! Le encantaba ese lado. «Lástima que no se había quedado con un mechón de pelo de ese rubio postizo que lucía la señorita Jiménez».
Al cabo de diez minutos se encontró en el caldeado ambiente de la cafetería universitaria. Buscó entre las atiborradas mesas y encontró el brillo anaranjado del pelo de Amanda. Inconfundible. Se acercó hacia ella. Se encontraba ensimismada removiendo su Colacao una y otra vez. Sheila sonrió. No entendía cómo podían tomar ese sucedáneo de un buen chocolate. Ella mataba por un café bien cargado.
Saludó a su amiga, soltó la mochila y tomando la calderilla de su monedero se acercó a la barra. Encargó un café solo y tomó de la vitrina un emparedado mixto. Decidió darse un capricho y eligió una barrita de chocolate.
De vuelta hacia la mesa donde la esperaba una abstraída Amanda, Sheila rumiaba su enfado. Arrastró la silla y se sentó. Varios comensales de otras mesas miraron con desaprobación pero los ignoró.
Los verdes ojos de Amanda la observaban. Sheila sostuvo la dulce mirada un momento, antes de sumergirse en agitar su café indefinidamente. Un silencio incomodo se instaló por unos minutos entre ellas. Pasados esos instantes oyó susurrar a la voz de la pelirroja:
—¿Te encuentras bien Sheila?
Sentía arder sus ojos, pero no se iba a permitir llorar delante de media universidad. Encogió los hombros en muda respuesta y siguió mirando absorta el café mientras mordía sin ganas el sándwich.
—¿Qué ha sucedido en el despacho?
Sheila tragó con dificultad el trozo de pan y tomando un sorbo de café contestó:
—Me han expulsado.
—¿Qué? —exclamó Amanda, alzando su voz.
Los compañeros volvieron a centrar su atención en ellas. Sheila mantuvo su mirada y mentón desafiantes. Amanda encogió sus hombros tímidamente.
—¿Por cuánto tiempo?
—Para siempre. Expulsada del curso.
—¡No pueden hacer eso!
—Lo han hecho. Y el mismo rector de la universidad. Adivina.
—¿Cómo lo ha sabido?
—Nuestra amiguita… resulta que es más amiguita de él de lo que pensábamos.
La mesa quedó en silencio. Sheila podía oír el cerebro de su compañera trabajar. Cuando la pelirroja cayó en la cuenta de lo que Sheila le quería dar a entender sus verdes ojos se abrieron como platos, al igual que sus rosados labios.
—Exactamente —fue la escueta respuesta de Sheila.
—¡Argggg!
—Eso mismo pensé yo.
Ambas se miraron y comenzaron a reír a carcajadas. Pasado el momento. Amanda con semblante serio preguntó.
—¿Y qué vas a hacer?
—No sé ni cómo podré explicárselo a mis jefes. Tú no sabes lo que me costó convencerles y ahora esto.
—Pues diles la verdad.
Sheila la miró.
—¿La verdad? —repitió— ¿qué me he liado con quien tú sabes y que en un ataque de celos he montado una escenita en clase?
—No claro. No me gustaría estar en tu piel ahora mismo.
Tras un momento de silencio Amanda volvió a preguntar, esta vez con voz algo temblorosa.
—Y quién tu sabes ¿qué ha hecho?
Sheila resopló y puso los ojos en blanco.
—Intentó defenderme pero el rector le cortó al instante y tuvo que mantenerse al margen.
—No me lo puedo creer.
—Yo pensé que se le iba a salir la mandíbula de como apretaba los dientes —explicó Sheila entre risas.
—Hablando de la cortesana. Acaba de entrar por la puerta.
Sheila giró ligeramente la cabeza. Diana penetraba al recinto de la cafería contoneando sus caderas sobre los altos tacones habituales en ella. Paseó sus fríos ojos verdes por el local y al localizarla una sonrisa malévola apareció en sus labios. Sus ojos se encontraron y Sheila puso la mejor expresión de odio en ellos que pudo. La otra mujer sin inmutarse, inclinó la cabeza en un mudo saludo y con un estudiado manotazo recolocó su melena. Un camarero acudió al momento a atenderla.
—¿Y esta que les da a los tíos? —Preguntó enfadada Amanda—. Yo me he pasado un cuarto de hora largo hasta que me han atendido y mírala ella, con una sonrisa y un toque de pelo ahí lo tienes. Solo le falta saltar por encima de la barra y lamerle las botas —esto último lo dijo mirando con reproche al camarero.
—No quieras escuchar en alto lo que les da —respondió Sheila que volvió su atención hacia su café.
A lo lejos se oyó el timbre avisando que la siguiente hora lectiva se iniciaría en cinco minutos.
—Bueno, —comenzó a decir Amanda— tengo que dejarte, la siguiente clase está al final del campus y tendré que correr para llegar a tiempo.
Sheila asintió en silencio.
—¿Qué vas a hacer mientras?
—Me tomaré el tentempié. Había quedado con él al final de las clases pero ahora no sé. No me apetece esperar hasta las tres sin hacer absolutamente nada.
—Podrías ir a la biblioteca.
Sheila asintió.
—Cierto. Mi sanción no será válida hasta mañana. Buena idea nena. Te acompaño un trecho.
Las dos abandonaron con rapidez el recinto dejando a la rubia flirteando con el camarero que reía, extasiado, los comentarios de la mujer.



El estridente sonido del teléfono móvil resonó en el silencio de la biblioteca. Los compañeros más cercanos a ella levantaron con rapidez la cabeza de sus libros o apuntes y la miraron con enfado. Vocalizando tan solo con los labios, Sheila se disculpó mientras cortaba la llamada entrante. Miró en la pequeña pantalla la llamada perdida. Diego. Cierto. Ensimismada entre los libros no había recordado mandarle un mensaje para hacerle saber dónde se encontraba.
Recogiendo con rapidez sus pertenencias y haciendo un ruido considerable, que por toda respuesta recibió una serie de carraspeos, anduvo lo más rápido posible los metros escasos que la separaban de la recepción de la biblioteca donde soltó su pesada carga de libros y se despidió.
Salió a la luz del campus. Miró su reloj de pulsera. Las tres y cuarto pasadas. Con razón Diego le había dado un toque. Mientras andaba le puso un mensaje. Se encontrarían en el sitio acordado en cinco minutos. Colgando su mochila sobre los hombros comenzó a correr por el césped. Atravesó la zona central de la universidad en dirección a los aparcamientos destinados a los alumnos.
A lo lejos, pudo ver el BMW gris plateado que aguardaba en segunda fila, esperándola.
Saludó con la mano y disminuyó la velocidad de sus pasos. No quería llamar demasiado la atención de los estudiantes que remoloneaban delante de sus coches en animadas charlas.
Se hallaba a escasos diez metros del lujoso auto cuando Diego salió del interior.
«¿Pero qué demonios hacia?». Habían quedado en que no debían de llamar la atención y que su relación no debía ser notada por nadie. Y allí se hallaba, de pie, delante del capó de su coche, Apoyó con descaro sus nalgas sobre él y una sonrisa ladeada remarcando sus labios. Sus ojos brillaban.
Sheila tragó con dificultad el nudo de deseo que apretó su garganta. ¡Dios! le cogería allí mismo y se lo comería enterito. Pero se recordó mentalmente donde estaban y mirando de reojo al grupo más cercano de alumnos disminuyó aún más la velocidad de sus pasos.
Lo dicho. La atención del grupo había pasado de sus chanzas al lujoso coche aparcado en doble fila y a la presencia de un profesor expectante esperando a alguien. Y ese alguien era ella.
 Gruñó por lo bajo. Cuando entrase en el coche se iba a enterar. ¿A qué estaba jugando? Cambió ligeramente la dirección de su caminata. Se disponía a entrar en el coche sin llamar, aunque algo tarde, demasiado la atención. Ya habría tiempo de discutir en el interior del mismo. Diego seguía sonriéndole y apoyado en el morro.
—Perdón por la tardanza —se excusó en voz baja mientras apenas le miraba y se dirigía hacia el lateral de la puerta.
Sintió un tirón en la espalda que le hizo trastrabillar hacia atrás, desequilibrándola, pero antes de que su cuerpo cayese libremente al suelo, se encontró rodeada por los fuertes brazos de Diego, que la giraron en cuestión de segundos hacia su pecho y cuando ella alzó su rostro para protestar, los labios de él inundaron los suyos en un posesivo beso.
Sheila oyó una serie de silbidos y voces masculinas animando. Sentía su rostro enrojecer a la vez que su boca respondía con ansia a los labios de él. Las manos de Diego pasaron de su cintura a sujetar sus caderas y apretarlas sobre las suyas. Sheila rodeó la  estrecha cintura con fuerza asiéndose a ella. Cuando los labios de Diego se despegaron unos centímetros de los suyos, la mujer pudo oír a los muchachos jalearle.
—¡Ey, profe! Deje algo para luego.
—Vaya clases privadas que estarás recibiendo nena.
Sus mejillas ardían por la vergüenza. La risa entre dientes de Diego la hizo alzar sus ojos hacia las azules profundidades de los suyos.
—¡Capullo! —murmuró Sheila entre dientes— ¿Dónde queda lo de ser discretos?
Por toda respuesta él encogió los hombros y posó los labios sobre los suyos en un ligero beso.
—Se acabó la discreción —fue la escueta respuesta de él— ¿Vamos?
Despegándose del fibroso cuerpo Sheila asintió en silencio y se dirigió hacia la puerta del copiloto. Diego se adelantó a ella y le abrió galante. Penetró en el tibio interior. Acomodándose. Estaba colocando la mochila a sus pies cuando el tono de voz frío y distante de Diego llamó su atención.
—Hasta la vista señorita Jiménez.
La cabeza de Sheila se levantó rauda, dándose un ligero golpe en la frente con el salpicadero. Delante del coche, donde segundos antes ellos habían dado rienda suelta a sus sentidos se hallaba Diana, con una mueca de incredulidad en su rostro que dio paso a otra de ira en cuestión de momentos al cruzarse la mirada con la de Diego y la de la dolorida Sheila que frotaba su frente sentada.
El catedrático rodeó con largas zancadas el frontal del coche y se sentó al volante. Con calma colocó sobre el tórax el cinturón de seguridad, Sheila lo imitó. Él arrancó el vehículo y bajó la ventanilla. Puso en marcha la radio del coche y la letra de un conocido bolero salió a un volumen considerable de los altavoces del auto.
 Sheila podía ver como la rubia postiza pasaba de tener un tono bronceado de cabina estética a ser una inmejorable promotora de tomates de la huerta murciana
Diego se demoró buscando sus gafas de sol en la guantera, mientras la voz del cantante desgranaba la letra de la canción y una cada vez más enfurecida rubia los miraba desafiante. Sheila mantenía su respiración contenida. Cuando inquieta miró a Diego, éste sin inmutarse lo más mínimo, le lanzó la más radiante de sus sonrisas y con un sonoro acelerón abandonó el aparcamiento, entre aplausos de los jóvenes del aparcamiento.
Sheila pudo observar a una airada mujer a través del retrovisor de su lado, que pateaba con rabia el suelo con sus tacones. La carcajada de Diego sonó en el pequeño habitáculo.
Girándose hacia él Sheila estalló.
—¿Estás loco? Ahora le irá con el cuento al rector y mañana a primera hora tendrás en tu despacho la carta de despido por haberte liado con una alumna.
—Llegará demasiado tarde —explicó Diego—. Ya le he dejado sobre su mesa mi carta de renuncia.
—¡¿Qué?!
Diego asintió y la miró unos instantes para volver su atención a la carretera.
—Además —la voz de Diego se volvió seria—. Yo no me he liado con una alumna.
—¡Puf!
—Yo he encontrado a la mujer de mi vida, que no es lo mismo.
Ante tan resuelta declaración Sheila enmudeció. Cierto. Ambos se habían encontrado, quizás no en sitio adecuado pero sí en el momento.
—Y ¿qué demonios? —protestó su vocecilla interior— ¿Por qué no en el sitio adecuado?
Cierto también. Que el destino hubiese querido que fuesen profesor-alumna no quería decir que su amor no fuese intenso y sincero. Además eran dos personas adultas. Su vida privada nada tenía que ver con sus roles. Pero la sociedad era hipócrita, y aunque más de uno les felicitaría por ello, muchos más rechazarían su relación con vehemencia.
—Pero Diego. Has renunciado a tu profesión. A lo que te apasiona de verdad en la vida. Yo no puedo permitir que tú…
El ademán de la mano masculina cortó toda protesta.
—Tengo algo en mente.
Y fue todo lo que pudo sacar en claro. Diego se concentró en la carretera y Sheila distrajo sus remordimientos con los boleros del cedé.



Comieron casi en silencio. Sheila se sentía realmente mal por la dimisión de Diego. Él, sin embargo, aparecía relajado en la comida. Cuando decidieron tomar el café cerca de la chimenea, estiró su musculoso cuerpo sobre el mullido sofá de piel y colocó sus largas piernas apoyadas en la mesita del centro. Sonriéndole palmeó el espacio libre de al lado instándola a que sentase junto a él. Sheila así lo hizo, abrazó la cintura y apoyó la cabeza en el regazo. Podía oír los latidos pausados del corazón y la rítmica respiración que hacía que su pecho subiese y bajase acompasadamente.
De vez en cuando Diego inhalaba el humo rojo de sus cigarrillos especiales y la mujer oía sisear el aire en su pecho. El calor del hogar y del cuerpo que abrazaba, hicieron el resto. Terminó quedándose dormida. No notó cuando sigiloso Diego desplazó su enorme cuerpo fuera de su abrazo ni cuando la arropó y posó sus labios sobre su frente en un tierno beso. En silencio abandonó el salón en dirección a su despacho.
Ya sentado detrás del escritorio. Tomó el teléfono, marcó el número que sabía de memoria.
—¿Sí? —fue la respuesta al otro lado del hilo telefónico.
—Necesito tu ayuda —fue la escueta respuesta de Diego.
—¿Qué mosca te ha picado ahora? —gruño Witch—. No me vengas ahora con cambios de última hora porque todo está perfecto y no pienso mover ni un dedo más hasta el viernes.
—Es Sheila.
—¿Qué le ocurre?
Diego informó de la situación a la mujer. Despegó el teléfono de su oreja cuando una Paula furiosa comenzó a despotricar a voz en grito. Se rió por lo bajo ante las lindezas que salieron por esos labios.
—Y ¿se puede saber de qué te ríes tú? —le espetó Witch.
—Nada. Es que a veces me olvido que los camioneros a tu lado son almas benditas de Dios.
Otra retahíla de improperios siguió a ese comentario, lo cual hizo que la carcajada de Diego estallase. Dando tiempo a su joven amiga a que recuperase algo la compostura, se encendió un cigarro. Inhaló lentamente. Cuando oyó que al otro lado las blasfemias iban disminuyendo en cantidad y tiempo entre una y otra, habló.
—¿Ya?
Tras unos segundos de silencio y una fuerte inspiración por el auricular se oyó una débil contestación.
—Sí.
—Gracias.
—Y ¿qué es lo que necesitas que haga?
—No tengo que recordarte que la inauguración es el viernes…
—No.
—Witch… déjame terminar por favor.
—Perdoooona. Siga usted señor profesor.
Poniendo los ojos en blanco Diego continuó.
—¿No se te olvida algo?
Un silencio siguió a la pregunta. Tras unos minutos se oyó.
—No. Las invitaciones están mandadas. Los arreglos florales elegidos. El catering que tú elegiste. La música también. Todos están avisados de que no pueden decir absolutamente nada.
—Ya. ¿Y?
—¿Y? ¿Y? ¿Y? —repitió irritada Witch— déjate de Y y dime de una pu…ñetera vez que quieres.
Imposible. Conociéndola como la conocía jamás caería en ello.
—¿Tienes la ropa adecuada?
Silencio. Suspiro. Más silencio. Un gruñido seguido por un taco.
—¿Y bien? —preguntó Diego con una sonrisa que se notaba hasta en la voz.
—No.
—¿No? —la pregunta fue hecha en tono irónico— doña yo puedo con todo y no se me escapa nada ¿me está diciendo que no ha pensado que no puede ir con sus vaqueros habituales y que su mejor amiga tampoco?
Un silencio fue toda la respuesta que recibió el hombre. No queriendo tentar mucho más a la suerte con el temperamento de Paula, Diego le explicó.
—Por eso te necesito. No puedo llegar con un vestido de gala, presentarme ante Sheila y decirle que es para ella, así sin más, sin descubrir el pastel.
—Cierto.
—Contaba con inventarme alguna reunión en la universidad que requiriese algo así y hacerle comprarse algo para llevarla como pareja pero después de lo ocurrido hoy…
—Vaaaale hasta ahí llego. Vosotros y vuestros arranques de genio —bufó Witch.
—Bien.
—Mañana a primera hora me tienes ahí.
—Bien bruji.
—Solo Sheila tiene permitido esa expresión.
—Vale bruji.
Un gruñido fue toda la contestación de la joven.
—¡Ah! Otra cosa.
—¿Qué? —la voz de la chica sonó quejumbrosa.
Diego rió entre dientes.
—¿Puedes traer croissants para desayunar?
—Ni lo sueñes —y colgó.
Diego miró el auricular emitiendo su bip y sonrió, colgando a su vez el teléfono.
Encendió su portátil y comenzó a trabajar.



Los fuertes timbrazos de la puerta hicieron que las piernas artríticas de Phil se desplazasen a una velocidad mayor de lo que habitualmente hacían. Estirando su chaqueta y atusándose el pelo abrió la puerta ante el nuevo timbrazo.
Una alocada Witch penetró rauda por la puerta. Estampó un sonoro beso en la enjuta mejilla del mayordomo y comenzó a llamar a voces.
—¡Sheila! ¡Sheila!
La aludida asomó su cuerpo por la balaustrada del piso superior.
—¿Se puede saber dónde está el fuego?
—Baja —fue la orden que recibió de Witch.
—Un momento que…
—¡Ya!
Con un suspiro de fastidio Sheila comenzó a bajar las escaleras lentamente. Witch subió los escalones de dos en dos hasta llegar a la altura de su amiga y tomándola del brazo comenzó a tirar de ella.
—Vamos. Tenemos muchas cosas que hacer.
—Pero Witch.
—Ni Witch ni wotch. Lo primero desayunar.
Sin soltarle el brazo, la joven preguntó.
—Y ¿dónde está el príncipe durmiente? Si me ha hecho esperar una dichosa hora a la intemperie para que luego estén fríos te juro que se los aplasto en el cogote.
—El príncipe durmiente lleva ya horas levantado —fue la respuesta de Diego que se acercaba a las jóvenes desde el pasillo disimulado de su despacho.
—Bien —le contestó sin amedrentarse Paula.
Una desorientada Sheila los siguió a ambos hacia el interior de la cocina. Phil comenzó a colocar los utensilios del desayuno. Witch acercándose al mayordomo le extendió un par de bolsas.
—Phil por favor ¿podrías ponerlos sobre un plato? He traído unos cuantos más en la bolsa pequeña para ti y Daisy.
Mirando con descaro a Diego prosiguió.
—Es que conociendo al glotón de tu jefe estoy segura de que ni los oleríais.
Por toda respuesta un sonriente Diego sacó la lengua, burlándose.
—Tú,  tócame mucho más las narices y te prometo que ni los pruebas.
Diego alzó su mano hacia la frente en un saludo militar y taconeó sus talones al mismo tiempo.
—A sus órdenes sargenta mayor.
La carcajada de Sheila resonó en la cocina. La mirada airada de Witch la cortó tajante. Y agitando su mano en el aire prosiguió.
—Espabila bonita que tenemos muchas cosas que hacer.
—Pero…
—Eso pero pero no pares. Traga.
Sheila tomó el croissant que le extendía la mano de su amiga, masticó con rapidez y tomó varios sorbos de café para hacer pasar la jugosa miga del bollo.  Tomó otro de la bandeja de plata y se disponía a mojarlo cuando Witch con la boca llena dijo:
—No hay tiempo para eso. Comételo por el camino.
—Desde luego hoy te has levantado insoportable.
—Como siempre bonita —la espetó— coge tu abrigo y vámonos.
—Pero ¿se puede saber a qué viene tanta prisa?
—Las tiendas abren en una hora y hay muchas que recorrer.
—¿Tiendas? Tú ¿de tiendas? —Sheila se atragantó con su último sorbo de café.
Los castaños ojos la taladraron. Frunciendo sus labios con una mueca de disgusto explicó.
—Eric tiene que ir a una inauguración de la empresa. Necesito un vestido de gala.
La carcajada de Sheila no se hizo esperar. Los ojos de Paula se entrecerraron por toda respuesta, pero no se amilanó. Witch observaba a todos con desafío. Phil a duras penas pudo disimular sus risas detrás de la puerta del frigorífico. Diego mientras daba buena cuenta de los exquisitos bollos sonreía eufórico.
De repente la cara de Witch dibujó la sonrisa maliciosa que tan bien conocía Sheila.
—¿Te parece gracioso?
—Sí —contestó ya algo dubitativa Sheila.
—Más gracioso te va a parecer cuando te diga que tú también estás invitada.
Los ojos de Sheila se abrieron como platos. Miró a Diego que asintió tras la taza de humeante café.
—Y ¿se puede saber cuándo narices pensabas decírmelo? —le espetó irritada.
—Lo siento amor con tanto lio de trabajo se me olvidó.
—Se me olvidó se me olvidó —gruño entre dientes.
Ahora era Witch la que reía por lo bajo. Tomó un nuevo croissant entre sus dedos.
—Suelta eso. Nos vamos —ordenó Sheila.
—Tan solo este.
—¡Ya!
—Esta bieennnn. Tranquiiiiila.
Los ojos color miel refulgieron de enfado. Witch soltó el bollo como si quemase y tomando su bolso y la cazadora siguió a la airada Sheila que se alejaba hacia el vestíbulo, sonrió traviesa y guiñó un ojo a Diego. Que sonriendo lanzó un beso al aire y con sus dedos dibujó la señal de triunfo.
—Esta chica vale para todo —murmuró satisfecho mientras tomaba el último croissant y lo engullía de un bocado.



—No te hagas ilusiones, —fue la respuesta de Sheila a la sonrisa de satisfacción de Witch— ni en tus mejores sueños pienso ponerme esto.
Witch arrugó la barbilla en un falso puchero mientras pestañeaba mirando con ojos vidriosos a su amiga.
—Ni me hagas falsos ojitos que nos conocemos —la advirtió Sheila.
Por toda respuesta la aludida le sacó la lengua mientras la dependienta con un delicado gesto cubría la sonrisa de sus labios. Carraspeando ligeramente habló.
—Si me permite la señorita, —comenzó dirigiéndose a Sheila— creo que su amiga tiene razón. El vestido le queda perfecto. Parece hecho a su medida.
Sheila miró de nuevo su reflejo en el espejo. Luego la sonrisa ufana de Witch.
—Es que lo veo demasiado atrevido.
Un bufido de Witch le indicó lo que pensaba su amiga sobre sus remilgos. Contempló por enésima vez su cuerpo en el cristal. Se giró para ver el efecto del vestido sobre él.
—Está bien.
La dependienta asintió satisfecha.
—Tengo los zapatos ideales para conjuntar. Un momento por favor.
La joven se alejó hacia el expositor del escaparate. Aprovechando los momentos de intimidad Sheila se dirigió a Witch.
—Espero que estés en lo cierto.
Levantándose de la mullida butaca en la que se encontraba, Witch se acercó a ella, aproximó los labios al oído de esta y susurró.
—Si este vestido no hace que Diego desee quitártelo de inmediato y hacerte el amor durante horas, entonces, yo… dejo de llamarme Witch.
—¡Witch!
—¡Sip! esa soy yo. Para servirla.
Por toda respuesta Sheila le lanzó un manotazo.
—Pruébeselos. Creo que serán su número.
Sheila atendió la orden de la dependienta e introdujo sus pies en los altos tacones.
—No sé si podré aguantarlos durante toda la noche. Preferiría algo más…
—Nos los llevamos —cortó tajante Witch— y si no es mucha molestia. ¿Podría enseñarnos algo con lo que se pudiese abrigar un poco y que vaya con el vestido?
—Por supuesto. Vengan por aquí.
La joven las condujo hacia la zona de capas y estolas de la lujosa tienda. Tomó entre sus manos un abrigo de terciopelo con el interior del cuello forrado con la misma tela del vestido.
—El diseñador pensó en todo, —explicó la joven dependienta con un guiño— hasta en los complementos.
Sheila deslizó sus brazos por el suave tejido, anudó el lazo en el cuello y miró en el espejo el efecto de todo el conjunto.
—Estas guapa de la muerte —exclamó su vocecilla interior— estoy de acuerdo con Witch. Con esto puesto vas pidiendo guerra.
—También nos lo llevamos. Bueno, pues ahora me toca a mí. He visto por allí un modelito que creo que me va que ni pintado.
Sheila miraba anonadada a su amiga. Jamás, en los años que la conocía, Witch había disfrutado yendo de tiendas. Lo odiaba. Normalmente solía comprar siempre en las mismas tiendas, donde conocían sus gustos y en menos de diez minutos terminaban tan engorroso asunto para su amiga. Pero mirándola ahora, entre tanto vestido de fiesta y lujo, parecía que el suave perfume de la tienda había embotado su cerebro, como si se hubiese fumado un cinco estrellas y se hallase a sus anchas.
Sheila tomó asiento en la butaca que momentos antes había ocupado su amiga y disfrutó como una niña viendo a su amiga salir una y otra vez como una Julia Roberts en Pretty woman.
Seleccionada la ropa convinieron con la tienda que los trajes fuesen mandados en la mañana del evento.
Despidiéndose de la dependienta y con la tarjeta de la tienda recomendada por esta salieron al exterior.
Decidieron descansar tomando un tentempié. Sin apenas darse cuenta se les había echado la  hora de comer encima y aún les quedaba por comprar.
—Bueno, prosigamos —le dijo una sonriente Witch.
—Si no fuera porque te conozco desde niña —comenzó a decir Sheila— juraría que estás disfrutando como un niño.
—Sí, cierto. Nunca pensé que el ambiente de las tiendas de lujo iba a hacerme sentir tan bien.
Las carcajadas de ambas resonaron por la acera. Un grupo de hombres trajeados las miraron.
—¡Guapos! —les dijo Witch con descaro al pasar por delante de ellos.
Varios de ellos se rieron mientras silbaban y piropeaban a la joven, que girándose sonriente les guiñó un ojo mientras una azorada Sheila tiraba de ella.
—Aquí es —anunció Witch al llegar a un bonito escaparate donde una serie de maniquís exhibían varios modelos de ropa interior.
Al ver los corsés y los bonitos y atrevidos juegos de ropa interior del escaparate Sheila exclamó:
—¡Mamma mía!
—Sip. Madres nos van a hacer, como poco, cuando nos vean con esto puesto.
El codazo de Sheila no pudo acallar la sonora carcajada de su amiga, que segundos después secundó.



Extenuadas, con sus doloridos pies sobre la alfombrilla exterior y con las manos repletas de bolsas, las dos amigas pulsaron el timbre de la puerta. Momentos después Phil abría raudo y salía al frío de la tarde a pagar al taxista que las había acercado hasta la casa.
Oyeron las voces de Diego y Eric charlando en el salón y descalzándose ambas por el camino, hacia allí se dirigieron. Ambos hombres se hallaban sentados antes sendas copas de güisqui.
—¿Qué tal el día chicas? —fue la pregunta formulada por Eric.
—Agotador —exclamaron ambas dejando caer las bolsas y sus extenuados cuerpos sobre los huecos libres del sofá.
Eric tomando una de las bolsas de la conocida firma de ropa interior se giró y sonriendo a Witch dijo:
—Por lo que veo os ha cundido el día amor —y atravesó con su cristalina mirada el cuerpo de la chica.
Sonriendo malévola la aludida exclamó:
—No lo sabes tú bien. Cuando lleguemos a casa tienes que ver el modelito que me he comprado.
Los ojos de Eric llamearon. Una sonrisa lasciva torció sus labios haciendo aparecer el hoyuelo que tanto gustaba a Witch.
—Si vieses el conjuntito que le he hecho comprarse a Sheila. Ese sí que os desencajaría la mandíbula chicos.
Y rió entre dientes. Un cojín en su cara, lanzado por la aludida, cortó la risa de Witch.
—Eso no pienso perdérmelo yo —murmuró Diego con voz ronca mientras desnudaba con la mirada a Sheila, que sonrió sonrojada ante las promesas que los profundos ojos de Diego emitían.
—Bueno, —exclamó Eric alzando su cuerpo del sofá— pues es hora de que nos movamos y comprobemos realmente si lo que decís es totalmente cierto.
—Cinco minutitos más porfa, estoy agotada —fue la protesta de Witch ante la petición de su pareja.
—Nop —y mientras este le respondía agachó su cuerpo y tomó entre sus brazos a la joven izándola sin esfuerzo y comenzó a dirigirse hacia la puerta principal— que os cunda muchachos.
—Eso espero —le contestó Diego.
Ambos se rieron. Phil tan eficiente como siempre tomó las bolsas que Sheila le indicaba mientras seguía en silencio a la joven pareja que se marchaba.
Una vez solos Diego alzando a Sheila, la colocó en su regazo. Con su boca comenzó a acariciar la piel descubierta del cuello de la joven. Los labios del hombre rozaron ligeramente la zona mientras las manos rodeaban la cintura y acariciaban con sugerentes movimientos su espalda.
—¿Te apetece cenar o estás muy cansada y prefieres ir a la alcoba? —susurró en su oído.
Los latidos de su corazón se desbocaron por completo. El cansancio quedó descartado a un segundo plano y su cuerpo se estremeció ante lo que la voz y las caderas de Diego prometían.
—Creo… —comenzó a decir mientras rodeaba con sus brazos el musculoso cuello y una sonrisa picarona surgía en sus labios— que por esta noche paso de alimentarme… prefiero una ducha caliente y disfrutar del calor de las sábanas.
—Estoy totalmente de acuerdo —ronroneó Diego que alzándose sin dificultad con ella en brazos la llevó escaleras arriba.



El resto de la semana Diego mantuvo ocupada a Sheila redactando documentos de la empresa. Lo decidió al día siguiente de su salida de shopping-girls cuando comprobó que parecía una pantera enjaulada.
En los momentos que se encontraba a solas delante de su ordenador, sus pensamientos volaban hacia la inauguración del viernes tarde, y eso estaba a escasas ya veinticuatro horas. Un sudor frío recorrió su espalda.
Witch y Mercedes habían sido de gran ayuda. Sin ellas el trabajo de oficina habría sido tarea de locos. Eric por su parte había hecho un buen trabajo con la sala de ordenadores. Manuela, la mujer que se había hecho cargo de Sheila en el pueblo resultaba ser una recepcionista de excepción, quien lo hubiese imaginado y su hijo adolescente un auxiliar de primera.
Él se había dedicado al material de las aulas en las que iba a impartir sus cursos. Había echado mano de su agenda y varios de sus antiguos compañeros de universidad, a los que había tentado con un buen sueldo y primas, se habían comprometido por la causa de su fundación.
 El Ministerio de Asuntos Sociales y algunas cajas de ahorros también se habían implicado en el proyecto, no había hecho falta echar mano de sus dotes comerciales. Tan solo el aval de su propio nombre más el reconocimiento del trabajo de Sheila en la Biblioteca Nacional habían sido más que suficientes. En ese aspecto se encontraba totalmente satisfecho.
Su martirio era más bien en un sentido estrictamente personal. Había decidido declararse a la mujer de su vida durante el baile de gala y aún no sabía cómo coger al toro por los cuernos.
Se removió inquieto en el asiento. Roía una y otra vez el discurso que se había preparado pero a cada hora repasaba y corregía una y otra vez la forma y las palabras elegidas. Al final con un gesto de frustración cerró el portátil y decidió dejarlo todo al azar.
Unos ligeros golpes en la puerta llamaron su atención.
—Adelante.
La puerta se abrió sigilosa y Sheila asomó su preciosa cara por la pequeña rendija.
—¿Molesto?
—No, ya acabé —respondió en voz alta, pero sus pensamientos fueron: «Acabé hasta las narices de no saber cómo decirte que quiero compartir el resto de mis días contigo».
—Estaba pensando en que después de la semanita de trabajo que llevamos. Podíamos relajarnos en nuestra piscina infantil.
La sonrisa de oreja a oreja que se dibujó en el rostro masculino no dejó duda del tipo de relajación que se le había ocurrido. La pícara sonrisa de ella tampoco le pasó desapercibido.
—Okey —respondió y en segundos se encontraba agarrado a la esbelta cintura de Sheila y alzándola en vilo para aligerar la marcha hacia el exterior de la casa, camino del jacuzzi.


continuación



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