domingo, 29 de mayo de 2016

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 28)



28


El mes de Diciembre llegó casi sin que Sheila se percatase. Se había sumergido en una rutina diaria de clases y tardes de estudio al mismo tiempo que, de vez en cuando, se ponía al día con su trabajo ya que sus jefes no se aclaraban con su sustituta.
Tan solo las horas que pasaba con Diego cuando él volvía de la oficina se le hacían cortas. Ni que contar de las horas pasadas en la alcoba que compartían. Se ruborizó al recordar los momentos tórridos que podían contar esas paredes.
Witch la llamaba de vez en cuando. Su relación con Eric iba viento en popa y por lo último que sabía, él se había decidido a pedirle compartir piso. A Sheila casi se la cayó el teléfono de las manos cuando una entusiasmada Paula se lo contaba a gritos.
Diego, y ella sobretodo, se habían recuperado totalmente de su mala experiencia,  Alfredo se restablecía poco a poco y la fusión había sido todo un éxito. Aunque notaba a Diego tenso estas semanas y desconocía el motivo pues en cuanto le preguntaba él intentaba quitarle hierro al asunto y cambiaba la conversación sutil.
Se encontraba leyendo cuando un agotado Diego penetró por las puertas del salón, se acercó a ella y posó un tierno beso en sus labios. Su cuerpo reaccionó al momento y un hormigueo atravesó sus venas anticipando las caricias de los dedos masculinos.
 Él pasó los largos dedos por la tersa mejilla, recolocó un mechón del rebelde pelo detrás de la oreja y posó su mano sobre el esbelto cuello sujetando con firmeza la nuca y acercando el familiar rostro hacia el suyo. Volvió a rozar los jugosos labios y los entreabrió con la humedad de su lengua. La boca de ella no se hizo esperar y se abrió a la invasión. Jugueteó con ésta, mordiendo y succionando el labio inferior, tirando de él mientras con su mano acariciaba la sensible nuca de la mujer.
Las manos de Sheila se aferraron a las solapas de la chaqueta y tiró de ellas hacia sí, intentando desestabilizar el musculoso cuerpo de manera que quedase encima de ella.
Un leve gruñido de protesta surgió de la garganta de Diego pero fue acompañado por una risa pícara de Sheila y el hombre sucumbió.
Ella se había deslizado de lado y yacía sobre el sofá. Flexionó la pierna que posó en el hueco entre el cuerpo de la mujer y el respaldo mientras su gemela se apoyaba en el suelo para contrarrestar el peso. No sabía cómo pero las esbeltas piernas femeninas se habían enroscado con rapidez sobre sus caderas y se encontró rozando su núcleo que presionó.
La mujer, al sentirlo alzó las caderas. La tirantez de su pantalón le indicaba que estaba listo para la acción. Alzándola entre sus brazos la desplazó en el sofá lo suficiente para poder amoldarse a sus curvas.
Un suspiro de satisfacción brotó de la garganta de ella que sin dudarlo comenzó a despojar al hombre de la americana. Diego la ayudó en su empeño. Sheila comenzó a desabotonar la camisa de seda a rayas y deslizó las manos introduciéndolas hacia los costados.
—¡Arg! Qué manos más frías… —protestó Diego.
—Sí… necesito que me calientes…
—¡Pequeña bruja! —Susurró  poniendo las manos sobre los senos de la chica—. Tus palabras son órdenes para mí.
Contempló hipnotizada la sonrisa ladeada de Diego, que le daba un aspecto pícaro y descarado.
Los pulgares acariciaron por encima del suéter de licra los montículos de sus senos, que respondieron de inmediato a las caricias. Atrapó con ansia los provocativos labios y arqueó su espalda para aumentar el contacto con los dedos de Diego que gimió de placer ante la respuesta de ella.
Deslizó sus labios por el cuello, besando y mordisqueando la suave piel. Las uñas de Sheila se clavaron en su espalda y Diego apretó sus caderas sobre las de ella haciéndole sentir su excitación.
Las manos recorrían con caricias la musculosa espalda que se remarcó cuando él alzó su tórax en un intento de no aplastarla con su peso. Ella volvió a colocarse  hacia un lado dejando un hueco que el hombre aprovechó para acoplarse. Diego deslizó un brazo por debajo del cuello mientras con la otra mano no perdía tiempo y se introducía por el interior del suéter, subiéndolo y acariciando el seno a través del encaje.
 Sustituyó los dedos por sus labios. Tomó la pequeña y dura protuberancia entre ellos y apretó con suavidad. Las manos de Sheila acariciaban su cintura y se desplazaron hacia el pecho. Al igual que él, ella comenzó a juguetear con sus tetillas. Se estremeció y quiso provocar el mismo placer, Diego mordisqueó el pezón femenino.
Un grito salió de la garganta de Sheila.
—¡Ssshhhh! —susurró Diego sobre su escote— no querrás asustar al personal doméstico ¿no?
La sonrisa traviesa se dibujo de nuevo en sus labios. Sheila le miró y a pleno pulmón:
—¡SÍÍÍ! Así. Más.
Diego se enderezó al momento, con ojos desorbitados y mirando hacia las puertas del salón, a la espera de que un Phil asustado entrase. La carcajada de ella no se hizo esperar. Diego la miraba sorprendido. Sheila negaba con la cabeza mientras seguía carcajeándose en su propia cara.
—No ¿qué?
—Les he dado la tarde libre, tonto…
Los ojos se abrieron un instante y segundos después se entrecerraron ligeramente, sopesando la situación. Al momento una sonrisa amplia se formó en la boca masculina.
—Entonces…
Las manos de Diego dejaron de acariciarla, saltó por encima de ella  y apoyó sus pies sobre el suelo. Sheila le contemplaba desde abajo. ¿Acaso él se había enfadado? La contestación vino segundos después cuando él desabotonó las mangas de su camisa y se despojó de ella. Siguió con el cinturón y al momento los pantalones estaban sobre sus tobillos. Los mocasines de ante fueron lanzados hacia atrás y quedó desnudo casi al completo.
Los ojos color miel se deslizaron por cada centímetro de piel descubierta. El bóxer rojo de licra dibujaba en todo su apogeo el miembro masculino. Sin percatarse, Sheila humedeció sus labios con la punta de su lengua.
Como un resorte incitado por el gesto Diego se arrodilló a sus pies, sobre el sofá. Como un gran felino, desplazó sigiloso su cuerpo sobre las curvas femeninas, abriendo con sus muslos las piernas de ella.
Los brazos se apoyaron a la altura de los hombros y Sheila se encontró con el rostro de Diego sobre el suyo. Él se aproximó lentamente, a escasos milímetros de sus labios la lengua de él comenzó a dibujar el contorno de los mismos. La creciente barba le hacía cosquillas y Sheila rechazó el impulso de rascarse. En vez de eso, alzó sus labios en busca de esa boca pero él no se dejó atrapar. Desplazó ésta sobre el óvalo dejando un rastro cálido y húmedo con su lengua que poco después comenzó a juguetear con el lóbulo de la oreja.
La piel de Sheila se erizó y gimió. Arqueó el cuerpo para sentir los músculos sobre ella, Diego mordisqueó la carne y susurró sobre su oído:
—Quiero acariciar cada milímetro de tu piel con mis labios y hacer que grites hasta quedar afónica y saborear ese néctar de tu cuerpo hasta enloquecer.
Sheila sentía hervir la sangre al atravesar por su mente las imágenes evocadoras de lo que él le estaba susurrando. Por toda respuesta ella jadeó.
Diego comenzó a besar la piel del escote, sus manos se deslizaron por detrás liberando los senos del encaje que los atrapaba.
La lengua de él comenzó a dibujar círculos sobre los erectos pezones, haciendo que descargas de placer hiciesen latir con ardor el centro del pubis. Apresó entre sus dientes una de las rosadas cimas y notó como se endurecía contra la punta de su lengua. Las caderas de Sheila se alzaron en respuesta.
Sentía los dedos de Diego acariciar su abdomen, dejando sobre su piel regueros cálidos que hacían que su corazón latiese desbocado en el interior de su pecho. Poco después los dedos fueron sustituidos por la intrepidez de su lengua.
Sheila ardía.
—¡Diego! —llamó instándole a que apagase el fuego en su interior.
Una risita de satisfacción llegó a sus oídos.
—Tú comenzaste este juego, mi amor… ahora seré yo quien lo acabe… pero aún no.
Un gemido de protesta brotó de la garganta de ella pero fue apagado por un jadeo cuando la mano de él rozó el interior de sus muslos y presionó entre ellos.
Los dedos de él deslizaron ágiles el pantalón y penetraron hacia el interior. Diego acarició el botón erecto. La notaba húmeda ante sus caricias y su miembro se endureció, protestando ante su encierro. Él hizo caso omiso al mismo. Pretendía saborear tan dulce miel antes.
Comenzó a despojar a Sheila de la ropa. Quedó ante él, desnuda. Húmeda. Abierta a él.
Sin pensárselo dos veces los labios se posaron sobre esa humedad. Lamiendo. Los pliegues se abrieron impregnándolo de su sabor y aroma. Su lengua jugueteó hasta que Sheila gritó su nombre. Lamia, succionaba, ayudándose con los dedos, llevándola al éxtasis..
Cuando el cuerpo de Sheila quedó quieto Diego se desprendió del agarre y ante la turbia mirada de la mujer, lamió sus dedos. Ella gimió y tomó entre sus manos la entrepierna masculina.
Se deshizo del bóxer, liberando el miembro eréctil que se acopló perfecto entre sus manos. Deslizaba la piel, arriba y abajo, sintiendo como su erección engrosaba aún más.
Necesitaba sentirlo en su interior. Guiándolo con sus manos introdujo la suave punta sobre su sexo, Diego gimió y de un solo embiste la penetró.
Estaba ardiendo. Húmeda. Palpitante aún. Comenzó a bombear con movimientos suaves. Abriendo paso poco a poco al interior. Se dejó abrazar  por sus músculos que le apretaban haciéndole sentir oleadas de placer. La sintió humedecer y estallar a las caricias de su miembro y él se dejó llevar.
Ambos quedaron exhaustos tendidos uno sobre el otro en el enorme sofá, la leña de la chimenea crepitaba en el silencio que llegó después del juego amoroso.



Sumergida en la tibieza del agua y rodeada de espuma, Sheila contemplaba como Diego se afeitaba. Los ojos seguían con avidez cada movimiento de sus manos. Le encantaba contemplar como la cuchilla abría caminos de piel suave una vez retirado el vello oscuro de la incipiente barba. Los movimientos eran cortos, precisos, seguros. Vio que él la observaba a través del espejo y le sonreía dejando a la luz sus blancos y perfectos dientes.
 «Está para comérselo enterito».
Deslizó su mirada por la musculosa espalda, sus fuertes brazos, los prietos y perfectos glúteos cubiertos por una exigua toalla negra de rizo americano y sus largas y potentes piernas. Se pasó la lengua con ademán goloso por sus labios. Una risita masculina le llegó a sus oídos y su mirada volvió al rostro.
—Sabes. Creo que a partir de hoy voy a pensarme en darle a Phil y Daisy más tardes libres.
Las carcajadas de ambos no se hicieron esperar.
—Amor —dijo Diego—. Necesito recuperar fuerzas.
—Sí, yo también tengo hambre. Pongámonos algo y bajemos a cenar.
Sheila cubrió su cuerpo con el batín de seda de Diego y este se puso los pantalones del pijama a juego con el batín.
Penetraron en la cocina donde Sheila se acercó al horno y lo conectó.
—Hice lasaña para ti.
—Si la haces tan bien como lo que ha ocurrido en el sofá…
Sheila por respuesta le tiró el paño de algodón pero reía satisfecha. Entre los dos dieron buena cuenta de la fuente. Diego repitió dos veces y una vez recogida la cocina decidieron disfrutar de unas copas viendo una de las muchas películas que él tenía en su colección.
Un silencioso Phil apagó el televisor de plasma del salón y atenuaba las luces del mismo, sonriendo a la dormida pareja que se encontraba enlazada sobre el sofá.



El primero en despertar fue Diego ante el hormigueo doloroso de su brazo. La cabeza de Sheila se hallaba sobre el bíceps y apoyaba el rostro sobre su pecho mientras con el brazo rodeaba su cintura. Se hallaba totalmente inmovilizado. Contempló en silencio el relajado rostro de la joven. Comenzó a juguetear con las ondulaciones de su corto cabello, que sin llegar a ser rizos hacían que este pareciese rebelde.
Acarició la frente. Una leve arruga de concentración se marcaba sobre ella. ¿Qué estaría soñando? Un suspiro de satisfacción brotó de los labios femeninos y Diego sonrió recordando la tarde anterior.
Recordaba cada una de las caricias femeninas en su cuerpo. Las frases dichas en la pasión del momento.
«Quiero tu sexo. Te quiero a ti, cada poro de tu piel, cada caricia de tus dedos y tus labios. Tus miradas, tus sonrisas. Lo quiero todo.»
A su mente le vinieron sus palabras. Por supuesto que lo había dicho totalmente en serio.
La necesitaba en su vida. Anhelaba compartir más horas con ella. Más momentos íntimos. Y por qué no, más peleas. Le encantaban sus reconciliaciones. Como respuesta a sus pensamientos Sheila se arrebujó más contra él y Diego sonrió de nuevo.
La alarma de su reloj de pulsera comenzó a sonar haciendo que Sheila protestase entre sueños antes de que él consiguiese librar su muñeca para apagarla. El reloj marcaba las siete de la mañana. Necesitaba ducharse antes de ir a dar el visto bueno a las obras de acondicionamiento del nuevo edificio que había adquirido. En una semana quedaría inaugurado y necesitaba concretar más asuntos con Witch.
Había sido de una gran ayuda a la hora de decidir la decoración del mismo y la rebelde joven también se había hecho cargo de la preselección del personal, al cual él tan solo tuvo que dar su conformidad ya que su reciente amiga era  totalmente eficaz.
Todos se hallaban estresados y se las tenían que ingeniar para poder contactar sin que la mujer que se hallaba entre sus brazos sospechase nada.
Sus pensamientos quedaron cortados cuando Sheila con un sobresalto se alzó de entre sus brazos.
—¿Qué hora es?
—Tenemos el tiempo justo para una rápida ducha y un desayuno antes de entrar a clase.
Sheila parpadeó confusa al mirar su entorno.
—Nos quedamos dormidos en el sofá —pero fue más una afirmación que una pregunta.
—Creo que sí. Y Phil ha debido de apagar el televisor porque yo no recuerdo haberlo hecho y tú caíste dormida antes que yo.
—¿Phil?
Diego asintió.
—Al menos —y una pícara sonrisa se dibujó en sus apetitosos labios— no estábamos desnudos.
Diego protestó juguetón ante el cachete de ella en su pierna al comenzar a levantarse.
Media hora más tarde ambos abandonaban la casa camino de la universidad. Diego, por fin comenzaba de nuevo a impartir el curso.



Sheila saludó a Amanda al sentarse sobre el asiento de madera. Miró hacia su derecha y arrugó sus labios con disgusto. Diana, la rubia pechugona había vuelto, durante el tiempo que el sustituto de Diego había impartido las clases, ni había aparecido. ¿Quién demonios le habría avisado de que él volvía hoy? Tan solo ella y Amanda lo sabían. Miró a su pelirroja amiga en silencio y Amanda por muda respuesta puso los ojos en blanco e hizo un gesto con los dedos sobre su boca simulando vomitar. Sheila rió entre dientes. Necesitaba estos momentos de distensión.
Notaba sus manos sudorosas. No sabía cómo comportarse durante la clase de Diego. Nadie, excepto Amanda, conocía de su estrecha relación.
—Tranquila.
Le susurró la pecosa mientras agarraba su mano en un apretón de ánimo. Sheila asintió mordiendo nerviosa su labio inferior. Por el rabillo del ojo podía observar como la rubia de bote se acicalaba y abría un botón más del escote, ya de por sí profundo, de su camisa y alzaba su falda un poco más allá del medio muslo. Notó como su rostro se ruborizaba pero de rabia. Su compañera, ajena a la reacción de ella, perfilaba sus siliconados labios nuevamente.
Vislumbró un ligero movimiento en la puerta por donde Diego accedía al aula. Recolocó su trasero nerviosa y hundió el rostro en el interior de la mochila, en un intento de calmarse.
Un ligero murmullo de voces se alzó en el aula, por lo que Sheila dedujo que Diego ya había hecho acto de presencia en ella. Una serie de ¡Ey! y ¡ya era hora! se oyeron desperdigados. Se sonrió ligeramente. En verdad, se le había echado de menos.
Terminó de preparar las hojas y sacó su pluma. La acarició entre los dedos. Y rememoró el momento en que él se la había devuelto. La voz de Diego la devolvió a la realidad.
—¡Buenos días! —Fue el escueto saludo.
 Por fin se atrevió a alzar la mirada y encontró a Diego apoyado en la parte delantera de la mesa, sobre su trasero. Las piernas insolentemente largas, enfundadas en sus pantalones de cuero negros, botas tejanas negras, un suéter de licra de idéntico color remarcaba el tórax y los abdominales masculinos, haciendo comprobar que no había ni un milímetro de grasa de más en ese cuerpo.
La temperatura del cuerpo de Sheila subió unos grados. Con satisfacción y por qué no decirlo, algo de celos, comprobó que no era la única con esa clase de pensamientos de su profesor.
A la rubia de bote solo le hacía falta babear. No, babeaba  ya directamente. Los sutiles toques de pelo y caídas de ojos de las demás no le pasaron desapercibidos tampoco. Si incluso Amanda a su lado permanecía con la boca abierta y la punta del tapón de su Bic rozando sus labios mientras miraba embelesada el atractivo espécimen masculino que se hallaba a escasos metros de ellas.
Sheila con un ligero codazo en las costillas la sacó de su ensimismamiento y la pelirroja paso a tener el mismo tono de su pelo pero esta vez en su rostro.
Lo de Diana era otro cantar. Sheila abrió sorprendida la boca cuando la vio cruzar sus piernas con lentitud premeditada.  Se alzó del pupitre en cuestión de segundos. Esa zorra iba a tener lo que se merecía. Un carraspeo de advertencia la hizo mirar al frente y volvió a sentarse.
Diego se hallaba en la misma posición pero sus brazos se habían cruzado frente a su pecho, y la mirada azul profunda de él la taladró por unos segundos en mudo aviso, antes de sonreír, como si tal cosa al resto de la clase y comenzar a hablar.
—Ante todo, saludaros de nuevo y disculparme por el tiempo que no he podido dedicaros.
—¿Dónde ha estado profesor? —preguntó con descaro la rubia.
—He estado de baja por prescripción del médico.
—¡Oh! —la exclamación de la mujer le sonó a Sheila artificial—. Cuanto lo siento Diego.
«¿Diego?» Bufó Sheila en su interior. Le iba ella a dar Diego a esa bruja en cuanto abandonasen el aula. ¿Desde cuándo se tomaba esas confianzas con su chico?
La mano de Amanda se posó sobre su muslo instándola a que se calmase. Sheila tomó la mano de su amiga entre la suya. Necesitaba sujetarse o acabaría levantándose y yendo hacia esa arpía para descolocar su repeinada melena, quedándose al mismo tiempo con un buen mechón de pelo entre sus dedos.
—De otro sitio le arrancaba yo el mechón —gritó su otro yo.
Sheila sintió deseos de reír con histeria por el comentario soez de su vocecilla. Notó, antes de ver, la mirada de Diego sobre ella. Su rostro permanecía serio e inexpresivo mientras sus ojos la taladraban en silencio. La voz aflautada de la compañera volvió a oírse en el silencio sepulcral que había inundado el aula.
—¿Acaso te parece gracioso que nuestro profesor haya caído enfermo?
Sheila miró a su alrededor. Una veintena de pares de ojos esperaban su contestación.
«¡Dios! tierra trágame. He debido de reírme en alto.»
Azorada paseó sus ojos por sus compañeros e intentó sostener una sonrisa de disculpa en sus labios. Miró a la otra que esperaba expectante su contestación. Carraspeó antes de contestar.
—Por supuesto que no.
El bufido y los aspavientos de fingida indignación ante su respuesta  fue lo que hizo que su lengua estallase.
—Lo que me hace gracia es tu patético flirteo con el profesor.
Sheila pudo escuchar a la perfección las carcajadas del resto de sus compañeros que intentaron disimular entre toses y ruidos. Alzó el mentón con satisfacción. Al menos, no era la única que lo pensaba.
El rubor  de Diana,  que cubrió hasta la raíz de su falso pelo, le hizo sonreír arrogante pero su sonrisa se congelo en los labios al mirar a Diego, que en pie y con el mentón apretado la taladraba con la mirada.
«Se lo tenía merecido» intento explicarle con la mirada.
La impresionante silueta del hombre se acercó hacia sus alumnas.
—Señoritas… quiero verlas a las dos en mi despacho cuando terminen las clases. Y ahora si no les importa, voy a continuar con la programación.
El enfado de Sheila en el transcurso de la clase no mejoró para nada. Quedó con Amanda en la cafetería antes de ir tras los pasos de Diego y de la rubia que sonreía ufana tras cortar una llamada de su móvil de última generación.
«¿De qué se reía la tonta de las narices?»
—La tonta de los güess diría yo —la contestó su vocecilla.
—Sip —le dio la razón mentalmente Sheila pero mantuvo su boca cerrada.
Atravesaron la puerta del aula que daba acceso a la zona del profesorado. Sheila podía ver la tensión en los hombros de Diego. Sus largas zancadas también indicada su estado de ánimo.
Detrás iba la rubia, taconeando e intentando mantener el ritmo del profesor pero por mucho que contoneaba las caderas, sus, también largas piernas, no llegaban a la velocidad de Diego.
Ella, arrastraba sus deportivas con desgana por el largo pasillo. No temía para nada lo que ocurriese en el despacho, más bien la pelea que vendría después en casa. Y es que por una vez tenía que haberse mordido la lengua y no entrarle al trapo a la rubia bobalicona.
Se asintió ella misma en silencio. Seguramente eso mismo le diría Diego, y tendría toda la razón pero inconscientemente su mentón se alzó unos centímetros hacia arriba.
Al llegar a la puerta del despacho, que tan bien conocía, Diego, les cedió el paso para que penetrasen en el interior. Diana fue la primera en acceder a la habitación, al pasar por delante del hombre Sheila miró hacia su rostro. Los ojos de él la penetraron en silencio y la ceja levemente alzada en muda advertencia.  Giró la cabeza hacia el otro lado con desaire y penetró a su vez al interior. Detrás de ella oyó la inspiración profunda que Diego hacia ante su gesto y como cerraba la puerta en silencio. Se adelantó a ellas para posar su maletín sobre la cubierta mesa y se sentó sobre su butaca.
La rubia, sin invitación previa por parte de Diego, hizo lo mismo.  Cada vez más enojada Sheila los imitó. Una vez estuvo sentada, su prometido no se anduvo por las ramas.
—Vamos a ver señoritas —comenzó a decir Diego—. No pienso consentir en mis clases lo que ha ocurrido hoy.
Paró con un ademán de su mano la protesta de la rubia.
—No, no señorita Jiménez. No voy a entrar en quien comenzó la discusión, — y su mirada se posó por unos segundos sobre Sheila— son ustedes personas adultas, se presupone que saben comportarse como tal y que sus diferencias tienen que saldarlas ustedes en el campus o donde quieran pero durante mis clases no.
Diego calló mientras sus manos se unían frente a su rostro. Momento que aprovechó la rubia para hablar.
—Pero fue ella la que comenzó. Yo tan solo le hice a usted una pregunta y expresé mis sentimientos. Eso fue todo —explicó en tono infantil.
Sheila se disponía a atacar a la yugular cuando unos golpes en la puerta interrumpieron su contestación. Antes de que Diego diese permiso, la puerta se abrió de par en par y un airado rector penetró en el cuarto.
—Me he enterado de lo ocurrido, señor Galán, y he venido en cuanto me ha sido posible.
Sheila miraba boquiabierta al hombre que la miró a su vez con el rostro enrojecido y sudoroso.
—Menudo carreron se acaba de meter este hombre —comentó su voz interior—. Seguro que cuando salgas podrás ver el rastro de babas que ha ido dejando su lengua por el pasillo.
Dominó a penas la risa y regañó mentalmente a la descarada voz.
—Señorita, —continuó hablando el rector y se dirigió a ella— le exijo una explicación.
—¡¿Qué?! —exclamaron ella y su voz mental.
¿Le exigía una explicación? Primero, aquí había dos personas implicadas. Segundo, no hacía falta ser muy listo para saber a quién narices había llamado la zarrapastrosa que estaba a su lado. Tercero, ¿quién demonios era que el mismo rector se personaba en su defensa?
—Bueno señor… —comenzó a decir Diego en su defensa, pero al igual que momentos antes él, el rector con un ademán le cortó.
—No hace falta que usted me explique nada, señor Galán. La persona que me ha informado lo ha hecho muy bien. Sé a ciencia cierta que quien comenzó la discusión fue la señorita López que insultó a la señorita Jiménez insinuando que buscaba algo más de usted. ¿Es eso cierto? —y esta vez el rector se dirigió hacia Diana que simulaba un puchero.
—Por favor señor, usted me conoce, como puede llegar a tal conclusión.
La mirada del hombre taladraba, celosa, el rostro de la joven.
—Ya te digo que la conoce, —replicó su voz— como que se la está tirando. Esta putón verbenero se está tirando a este vejestorio. ¡Puag!
Sheila parecía seguir un partido de tenis, su mirada pasaba de uno a la otra en segundos. Ante el silencio de la pareja sus ojos se posaron sobre Diego, que al igual que ella miraba anonadado a ambos y también se posaron sobre ella. Sheila pareció leer en ellos.
«¿Estos dos? ¿Juntos?»
Un imperceptible movimiento de sus hombros le hizo saber. «Ya ves». Los ojos azules se alzaron un momento hacia arriba. Carraspeó y centró de nuevo su atención sobre la extraña pareja.
—La conozco señorita, casi desde que era una niña…
«Sepamos —se dijo mentalmente Sheila.»
—¡La jodiiiimooossss! —le dijo a su vez su voz.
«¡Mierda! » —pensó Diego.
—Y por eso  —continuó hablando el rector—, pondría una mano en el fuego en que no fue usted quien comenzó la discusión.
Girándose se enfrentó a Sheila.
—Con lo cual, solo nos queda una culpable. Y como tales comportamientos no se han tolerado nunca en esta universidad ni se toleraran mientras yo sea rector de la misma. Queda usted expulsada.
Sheila pudo vislumbrar la sonrisa de satisfacción de Diana antes de que recompusiese su rostro.
—Cuanto lo siento Sheila —dijo con falsa dulzura— pero el señor rector tiene toda la razón. Si se dejase caer esto en saco roto… no habría quien acudiese con tranquilidad a las clases. Sería el caos, todo el mundo haría lo que se le antojase y eso no puede ser.
—Muy bien dicho señorita —ratificó el rector a la alumna mientras con sus ojos se la comía.
—Pásale un kleenex al viejo verde… —farfulló su voz— me está poniendo enferma con tanta baba.
Ignorándola, Sheila  se alzó del asiento, tomó su mochila y mirando a Diego dijo:
—Ha sido todo un placer conocerle y estar en sus clases profesor Galán. En otra ocasión y en otra universidad estaré gustosa de compartir con usted todos sus conocimientos.
Se encontró con los ojos entrecerrados del rector, que buscaba doble intención, la cual tenía, en las palabras de la joven. Pero no pudiendo reprobar nada de lo que había dicho extendió su mano hacia la joven.
—Bueno señorita… es una pena que nos tengamos que despedir así.
Sheila miró la extendida mano del rector, al cual, debía de haberle ganado la conciencia e intentaba paliar el mal hecho con un apretón de mano. Miró el enrojecido rostro, ahora por la vergüenza e ignorando a ambos giró sobre sus talones y salió del pequeño despacho, cerrando la puerta en silencio.

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