domingo, 8 de mayo de 2016

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 27)





27



Sheila y Diego desayunaban en la mesa del salón cuando el zumbido del teléfono móvil de éste les interrumpió. Con un movimiento el hombre limpió los restos de mermelada con la servilleta, tragó con rapidez el bocado y miró la llamada entrante.
—¡Joder! —maldijo poniendo los ojos en blanco.
Ante la muda pregunta de Sheila, él respondió.
—Alfredo.
«Contesta» le indicó con un gesto. Diego dejó sonar varios tonos más el teléfono. Le instó a contestar con un cabeceo del cuello.
Con un suspiro de fastidio él dio paso a la llamada.

—Dime Alfredo —sonó contenido.
 Deseaba ser neutral con el hombre que se encontraba al otro lado del hilo telefónico pero mucha culpa de lo que había ocurrido la tenía él. Si no hubiese consentido tanto a su hija tras la muerte de su mujer todo esto no hubiera ocurrido. Rebeca habría sido una joven equilibrada, educada en los mejores colegios y universidades privadas del mundo. Tendría un puesto importante en la empresa de su padre y quizás lo suyo hubiese llegado a buen puerto.
Aunque en esto último debía de reconocer que si todo se hubiera desarrollado según sus pensamientos, él no habría conocido jamás a Sheila. Un estremecimiento atravesó su cuerpo. No recordaba nada que le hiciese sentir tan lleno de vida y colmase tanto todo su ser que la personita que en ese momento le miraba con sus ojos color caramelo llena de preocupación. Y pensar que por un momento había decidido alejarse de ella. Diego le sonrió, intentando calmarla. Ella le correspondió.
—He de consultar mi agenda —respondió a su interlocutor, intentando evadirse— ¿Qué? No, eso no podrá ser —contestó seco—. No, no pienso consultarle nada a ella.
Al oír la insinuación a su persona, Sheila levantó los ojos de la humeante taza de café.
—Además no creo que  pueda. Tiene clases en la universidad hasta las tres de la tarde.
Sheila cabeceó negando. Golpeó su reloj y alzó dos de sus dedos.
Diego la taladró con su mirada e hizo caso omiso. Sheila bufó.
—Bien allí estaré. No. Sí, no lo olvidaré. Dos de la tarde. Restaurante Itarburi. Hasta luego.
Diego colgó y soltó el teléfono. Tomó la taza de café y la llevó a sus labios. Sheila seguía sus movimientos en silencio. El hombre se sentía observado dirigió como quien no quiere la cosa su mirada hacia ella. Se encontró a una Sheila incrédula y enfadada.
—No me puedo creer que hayas decidido por mí. Esto es increíble.
—Me imagino que es lo que quiere y no me parece correcto que tengas que pasar por ello.
—Y ¿qué es lo que se supone, según tú, que quiere?
—Que anulemos la denuncia contra su hija. Y nosotros ya no podemos hacer nada. Además de que jamás se me ocurriría.
—Pero Alfredo es una buena persona, Diego. Él no tiene nada que ver con las acciones que su hija haya hecho.
—Él es tan culpable como ella. Si no la hubiese consentido tanto…
—Ser padre no es fácil.
—Eso no es excusa.
—¿Por qué eres tan duro con él? Creí que era tu amigo.
—Y lo es, pero eso no me hace ver las cosas como no son. Si él hubiera tenido más mano dura…
—Pues que sepas que pienso ir a la reunión.
—¿Sí?
—Sí.
El tono rotundo de ella le hizo comprender que así sería. Podía perfectamente sacarle casi dos palmos de altura pero la determinación de esa mujer era recia como el acero. Cuando decidía algo, cualquier cosa, no cejaba hasta conseguirlo. Decidió cambiar de táctica.
—Pero mi amor…
—Ni amor ni nada. No soy una niña pequeña para que tú, Witch y mis padres siempre tengáis que estar dando vuestra opinión sobre lo que tengo o no tengo que hacer.
—Está bien —claudicó.
Sheila entrecerró los ojos. Algo tramaba. Él no cedía tan fácilmente. Miró su reloj de pulsera. Ahora no le quedaba tiempo para indagar, si no llegaría tarde a su primera clase.
—Me voy. Nos vemos en el restaurante.
—Vale mi amor.
La sonrisa burlona de Diego no le gustó ni un ápice. Se paró en seco para enfrentarse a él pero Phil entró en ese momento.
—Señorita Sheila, debemos irnos si no quiere usted….
—Ya Phil, vámonos.
Una sonrisa ufana apareció en los labios de Diego. Con un portazo Sheila abandonó la casa. Diego marcó en su móvil.
—¿Alfredo? No no, la cita sigue en pié. Pero ¿qué te parece si vamos al nuevo restaurante de Fernando? ¿Bien? De acuerdo. Ahora mismo reservo. 
Colgó satisfecho y saboreó con deleite la porción de tostada que le quedaba por tomar.



Sheila cepilló con energía su pelo en la parte trasera del coche. Bajó la visera que contenía un espejo y comenzó a maquillar la pálida piel. Un ligero toque de rubor y un poco de color en ojos y pestañas y listo. Le hubiese gustado ir algo más arreglada pero venía de la universidad.
Miró su destartalada mochila. Eso no tenía remedio..
Bajó la ventanilla que separaba el habitáculo del coche.
—¿Phil?
—¿Si señorita?
—¿Cree usted que voy adecuada para el restaurante?
Los ojos de Phil recorrieron el rostro de la joven a través del espejo retrovisor y la pequeña porción de su cuerpo que se veía.
—Usted siempre está bien.
—O vamos Phil. Mójate por una vez.
El chofer, mayordomo y ayuda de cámara, todo en uno, carraspeó algo incómodo pero al final terminó sonriendo a la expectante mirada color caramelo del retrovisor.
—Bueno. La ropa es perfecta pero lo que no, es su bolso.
—Ya —farfulló con fastidio Sheila. Lo que ella pensaba.
—Quizás deberíamos parar para que la señorita pudiese comprar uno más adecuado…
No. Ni hablar. Ese bolso era parte de ella. De su personalidad.
Alzando la barbilla Sheila replicó:
—No hace falta, gracias Phil, mi andrajosa mochila y yo estaremos bien.
—No quería ofenderla señorita —se disculpó el hombre.
—No me has ofendido.
—Usted me pidió mi humilde opinión.
—Discúlpame tú Phil, por favor, hoy estoy algo susceptible.
Recordaba aún la sonrisa burlona de Diego y su negación a llevarla a la entrevista con Alfredo. Ese hombre le caía bien. Ella pensaba que él tenía razón pero también entendía al hombre maduro que había conocido en casa de Galán. Había volcado todo el amor que sentía por su mujer en la única persona que le quedaba de su familia. Su hija. Rebeca.
—Ya hemos llegado.
Phil paró en la puerta del restaurante. Sheila nerviosa alisó sus pantalones de tergal gris marengo. Al menos su atuendo si podría pasar por elegante. Estiró el suéter de angora color negro sobre su silueta, embutió los brazos en la cazadora de cuero, tomó la mochila y abrió el elegante coche de Diego.
El portero del restaurante sujetó la puerta por donde Sheila se disponía a salir. Con una sonrisa le dio las gracias. El hombre, correspondió a ella y con firmeza y un gesto galante le dio paso al interior del local. Le sonrió mientras volvía a su puesto.
Sheila se acercó a la mujer que detrás de un atril y vestida con un traje de chaqueta gris perla la observaba.
—Buenas tardes —saludó.
—Hola —respondió Sheila—. El señor Galán me está esperando.
La mujer repasó la silueta de Sheila. Desde las botas negras hasta el cuello de piel artificial de la prenda de abrigo. Sus ojos se abrieron casi imperceptiblemente al descubrir el complemento que Sheila portaba como bolso.
—¿El señor Galán? Un momento que lo compruebo.
La mirada de la mujer se deslizó por la larga lista de nombres.
—Sí, aquí está.
—Gracias…
—Pero la reserva es para dos personas y por lo que tengo constancia ya están tomando el aperitivo.
—Sí, la reserva era para dos, es cierto, en el último momento he podido anular mi cita y no he podido localizarle para que rectificase…
—Lo siento mucho pero no puedo molestar al señor Galán.
Sheila miró a la mujer que discreta hacía señas a alguien que se encontraba justo detrás de ella.  Por el rabillo del ojo vio acercarse un guarda jurado hacia donde estaba parada.
—Pero oiga —balbuceó—. Ya le he explicado que mi prometido…
—¡Ah! Ahora el señor Galán ¿es su prometido…? —Comentó con desdén la hostess—. Por favor, no me monte usted el espectáculo y acompañe a nuestro vigilante al exterior del local.
—No la estoy engañando —replicó furiosa Sheila sin alzar la voz.
—No será la primera mujer que se quiere hacer pasar por la pareja del señor Galán. Un hombre tan atractivo suele llamar demasiado la atención.
—Si es tan amable de acompañarme —y el vigilante la tomó del codo.
—No se atreva usted a tocarme —le espetó Sheila—. Conozco perfectamente donde está la salida.
Con lágrimas de rabia y frustración contenidas, dirigió sus pasos hacia la puerta, que en ese momento se abrió mostrando la silueta de Phil.
—Señorita  Sheila, menos mal que la encuentro.
La estirada recepcionista se acercó al trío.
—Phil. ¿Conoce usted a esta mujer?
—Sí, señora, es la prometida del señor Galán. Siento lo ocurrido pero se me olvidó avisarla de que la señorita podría por fin acudir a la reunión con el señor y su amigo Alfredo… espero que no sea una grave molestia para usted.
Sheila comprobó como el rostro perfecto de la envarada mujer tomaba un tono escarlata.
—No importa Phil. Ha habido una pequeña equivocación…
—No tan pequeña —bufó Sheila.
Una risita nerviosa se apoderó de la recepcionista.
—Comprenda usted señorita…
—Sheila me llamo Sheila.
—Señorita Sheila, que su prometido es un hombre…
—Si yo comprendo todo. Y también tendrá usted que comprender que creo que será la última vez que mi prometido y yo volvamos por este restaurante.
Disimuló la mentira en su rostro. No podría decirle nada sobre lo ocurrido, ya que la única culpable era ella. Había urdido sonsacar a Phil porque conociendo a Diego, sabía que la sonrisa de esa mañana y su facilidad para ceder no conllevaba nada bueno y había acertado de pleno.
 El muy canalla había cambiado de restaurante pero ella alegando que había olvidado el nombre del mismo y la situación, había engatusado a Phil y el mayordomo se había ofrecido a acercarla.
—Señorita —se dirigió Phil a ella—. Recuerde al señor la cena de esta noche en la mansión —Y Phil miró sonriente a una sorprendida Sheila.
—Oh, sí, Phil —le siguió el juego—. No sé lo que haría sin usted, gracias.
«Viejo zorro» y ella que había pensado que le había engañado.
—De acuerdo señorita. Hasta luego —dirigiéndose a la recepcionista y al vigilante añadió—. Señores, que tengan un buen día.
Y salió hacia el exterior del restaurante. Sonriendo de oreja a oreja.
—Si me permite —comenzó a hablar la mujer— llamaré al maître para que le acompañe a la mesa donde se encuentra su prometido.
— Por supuesto.
La azorada mujer se escabulló hacia el interior del local mientras el vigilante con una disculpa volvía a tomar posición a la entrada del restaurante.
Pocos minutos después la pareja apareció. El maître con una sonrisa melosa, dadas las circunstancias, y la mujer con un ligero tic en su ojo derecho. Sheila estaba por apostarse su sueldo que ese día no se le iba a olvidar en la vida a esa engreída.
—Señorita Sheila, cuanto gusto —la voz del hombre sonaba faldera y engañosamente suave y discreta—. Cuanto siento esta absurda confusión. A de saber que la señorita Domínguez será amonestada por el caos que ha organizado.
Sheila asintió en silencio. Sobraban las palabras.
—Si me permite —y el hombre alargó la mano hacia la cazadora de cuero—. Rita llevará su abrigo al ropero.
Y con un gesto aparcó la prenda sobre las manos de la mujer.
—Acompáñeme. Su prometido y su invitado aún no han comenzado a almorzar.
Sheila alzó los hombros y acompañó al trajeado maître.
—Por aquí por favor. Los señores están en un salón privado.
Diego estaba sentado en una mesa de espaldas a la puerta. Alfredo a su derecha y estaban enfrascados en una conversación que quedó cortada cuando el socio dirigió su mirada hacia la pareja que se acercaba, perplejo.
—Señores, disculpen —susurró el maître—. El tercer comensal acaba de llegar.
Diego se giró en el asiento. Sus profundos ojos fijos en la figura de Sheila que sonrió con más decisión de la que sentía.
—Siento llegar tarde —se disculpó y se acercó a Alfredo extendiendo la mano, que aturdido, apretó levemente. Tras esto giró su cuerpo y acercó sus labios a la mejilla de Diego, estampando un ligero beso.
          Se sentó en una silla libre de la mesa. El maître le ofreció la carta:
—La dejaré un momento para que decida lo que desea tomar para el almuerzo, mientras, por cuenta de la casa le traeré uno de nuestros mejores cocteles.
—Que no contenga nada de alcohol por favor —pidió.
— De acuerdo —respondió el hombre y desapareció discreto.
Alfredo fue el primero en romper el incómodo silencio que se había instalado entre los tres.
—Creí entender que no podía venir —se dirigió a Sheila— pero me alegro de que no haya sido así.
—Sí, al final la última clase ha sido cancelada. El profesorado tenía que reunirse con el rector.
—Sí —siseo Diego—, ha sido una suerte que Phil haya podido recogerte a tiempo.
A Sheila no le pasó desapercibido el tono contenido de la voz. Sabía la jugada que ella había realizado.
—Tendré que felicitar a mi empleado en cuanto llegue a casa. Una persona tan eficaz no se encuentra todos los días.
—Cierto —aprobó Alfredo—. Yo desde que mi querida esposa falleció, no doy pié con bola con el servicio de la casa. Era ella la que se encargaba de dar las órdenes y que todo estuviese correcto. Rebeca no sirve para eso. Nunca ha tenido el don de gentes de su madre y suele ser algo brusca cuando ordena las cosas.
—Grosera diría yo —apuntó Diego.
Alfredo suspiró resignado y confirmó.
—Sí. La verdad es que sí, a quien quiero engañar, y menos a ti, Diego.
Este asintió. Alfredo se disponía a hablar cuando un camarero apareció con una bonita copa que contenía una bebida color turquesa.
—¿Puedo tomar nota a la señorita?
—Tomaré una ensalada tibia con salsa de nueces y una lubina al horno.
El joven anotó la comanda y se alejó. Alfredo continuó.
—Os he reunido para ver si podíamos llegar a un acuerdo.
Diego tensó sus músculos, inspiró y con voz fría cortó al hombre maduro que estaba a su lado.
—Alfredo —comenzó—.  Nos unen muchos años de amistad, además de los negocios que hemos compartido… —carraspeó antes de continuar—  pero sé que tratas de conseguir con esta reunión y esta vez tu hija no saldrá indemne del asunto.
Los castaños ojos del otro hombre se entristecieron ante la determinación de Diego. Conocía al joven y sabía por el tono de voz que el asunto ya estaba resuelto, esta vez en contra de su propia sangre, y que por mucho que le suplicase y llorase, el otro hombre no daría su brazo a torcer.
—Sheila —abocó hacia la mujer que se hallaba enfrente de él—. Sé que mi hija no merece tu perdón, lo que trató de hacerte es imperdonable, pero como padre —en este punto los ojos, del ahora rostro demacrado, se enrasaron de lágrimas— te suplico, te imploro que tengas algo de compasión, si no es hacia ella por sus fechorías por este pobre viejo.
Sin poder remediarlo, sintió cierta empatía hacia Alfredo. Veía a su padre, luchando por ella ante cualquiera. Vendería su alma al diablo si hiciese falta con tal de que saliese ilesa de cualquier situación a la que se enfrentara.
Carraspeó para hacer desaparecer el nudo que se había formado en su garganta y habló.
—No está en mis manos Alfredo. Ya no es cuestión de Diego y mía. Un juez ha dictado sentencia y será el tribunal de justicia el que decida sobre la vida de tu hija.
—Es cierto es cierto, pero si vosotros dos hablaseis algo a su favor… no sé aludiendo a celos o locura transitoria…
—Tu hija tiene una cabeza fría como un tempano de hielo, al igual que su corazón —adujo Diego— la primera y única persona por la que se ha preocupado en esta vida es ella misma. Ni tú, si hubiese sido el caso, habrías salido impune de sus maquinaciones.
Los hombros del hombre se hundieron ante las duras palabras de Diego. Los sollozos comenzaron a sonar en el salón.
 Alterado, Diego, apretó el hombro de su amigo, intentando consolarlo.
— Siento ser tan duro, Alfredo, pero sabes que estoy en lo cierto.
El hombre asentía en silencio mientras amargas lágrimas rodaban por sus mejillas.
—No sé qué hice mal Diego, de verdad que no lo sé. Quise darle todo en esta vida. Hacerle olvidar la pérdida de su madre. Tan repentina. Ella la quería tanto. Y yo… yo… adoraba a esa mujer. Mi vida perdió todo el sentido cuando ella me faltó.
Diego extendió la mano hacia Alfredo ofreciéndole un pañuelo. El hombre, avergonzado, secó sus lágrimas.
—Tan solo espero que esto no haya malogrado nuestro negocio.
—Eso está en tus manos —replicó el profesor y empresario—. Mi oferta con tu empresa sigue en pie. Tú eres el que tienes que valorar la situación.
—Los negocios y la familia nunca se mezclan —esta vez la voz de Alfredo sonó segura—. Jamás. Por mi parte, todo continúa.
—Así será entonces —expresó Diego—. Y ahora si no es mucho pedir, degustemos la comida relajadamente como tres amigos, por favor.
Los otros dos comensales asintieron ante la petición de Diego.
—¿Cómo te va la universidad? —tuteó Alfredo a la muchacha.
—Bueno, al principio fue algo dura pero luego —pero su explicación quedó interrumpida por un alboroto en el salón contiguo.
Miró a sus acompañantes y todos giraron los rostros hacia las puertas que daban acceso al salón privado. El murmullo de voces se acercaba hacia allí.
—Por favor —se oía al maître—. Esto es un atropello. Ni mis clientes ni yo mismo estamos dispuestos a consentir…
—No haga usted más difícil la situación caballero, —se escuchó decir a una voz masculina— tan solo venimos a buscar a una persona.
—¿Comisario De la Fuente? —llamó extrañado Diego.
La silueta del inspector jefe se dibujó en el umbral de la puerta. Halló a los tres comensales y con paso firme se dirigió hacia ellos.
—Buenas tardes caballeros, señorita —y saludó a Sheila con una leve inclinación de cabeza— perdonen que les moleste pero ha surgido algo que requiere la atención del señor —y señaló con su mentón a Alfredo.
—¿Yo? —Preguntó el hombre—  ¿Ocurre algo con mi hija inspector? ¿Le ha pasado algo en la cárcel?
—Que yo sepa no señor, pero ha llegado a nosotros una información que desearíamos contrastar con usted.
—Bien bien —contestó confuso el hombre— estábamos a punto de almorzar pero si es necesario, lo pospondremos.
—Lo es señor.
Diego estudiaba el tenso rostro del agente. Algo grave sucedía. El hombre tenía la misma expresión en ls cara que momentos antes del operativo de Rebeca.
—¿Si puedo ayudar en algo, inspector? —ofreció Diego.
—Si no es mucha molestia, señor Galán, creo que en calidad de amigo, debería usted acompañar al señor Valtierra a comisaria.
Miró al jefe de policía. Los penetrantes ojos del hombre indicaban que no saldría nada más de sus labios pero que el asunto era grave. Muy grave.
Con un asentimiento, Diego, se levantó y ayudó a su maduro y asombrado amigo a alzarse.
—Bien, le acompañaremos con mucho gusto.
—Yo iré con vosotros —se ofreció Sheila. Diego asintió conforme.
—Bien, entonces vamos —fue la escueta orden del inspector.
Comenzaron a salir del salón cuando Fernando el dueño del restaurante y amigo de Diego se personó.
—¿Ocurre algo?
—Nada Fernando. Debemos de resolver un asunto y tenemos que irnos. Pásame la cuenta a la oficina —expuso Diego con calma.
—Bien.
 Tomando por los brazos a sus acompañantes se encaminó hacia la salida del restaurante.



Sheila miraba a Diego atusar nervioso su frondoso pelo. La mirada azul profunda de sus ojos pérdida en el mosaico que formaba el suelo de la comisaria.
La joven no sabía que decir ante los hechos que habían acontecido. No daba aún crédito a lo que sus oídos habían escuchado por labios de él.
Alfredo se hallaba aún en el despacho del inspector. Ellos esperaban en silencio en el atestado pasillo de la comisaria.
—¡Dios! Esto parece sacado de un culebrón de mala muerte.
Sheila asintió en silencio. Sí. Todavía no podía creer que ella después de todo hubiese salido indemne, tan solo con unas heridas en la piel y un trauma que poco a poco y con ayuda de Diego iba superando.
Lo de Alfredo era otro cantar. Rememoró las palabras de Diego.

Habían llegado a la comisaria en sus propios coches y por orden del comisario les habían dejado aparcar en el edificio.
Ambos acompañaban a un aturdido Alfredo que aún no entendía el porqué requerían su presencia en comisaria. Pronto sería respondido.
Fue conducido al despacho del inspector donde momentos después se oyó un alarido de dolor. Diego y Sheila se levantaron de sus asientos y el hombre acercó sus pasos a la puerta cerrada del despacho y penetró en él.
Sheila oyó una serie de maldiciones de labios del catedrático. Algo grave sucedía. Poco después, los tres hombres abandonaron la oficina dirigiéndose hacia la sala de interrogatorios.
Ignoró nerviosa la prohibición de fumar y encendió un pitillo. Los policías la miraron y tras un par de caladas apagó el cigarro.
Al cabo de media hora su prometido salía con el rostro descompuesto. Corrió hacia él, abrazándolo.
Los ojos, azul profundo, perdidos totalmente. Tiró del musculoso cuerpo hacia la máquina de cafés. Eligió unos dobles y pasó el vaso a la temblorosa mano de Diego. ¡Dios! ¿Qué habría sucedido en esa sala?
Él, con paso cansino, se acercó a las butacas de plástico y desplomó su cuerpo sobre una de ellas. Se sentó a su lado, le ofreció un café y esperó a que se desahogara cuando estuviera  preparado. Diego, a mitad de su bebida, comenzó a hablar.
—El asesino pidió esta mañana hablar con el inspector.
La muchacha asintió, esperando que Diego continuase.
—Cuando De la Fuente, se personó en el hospital, el sicario no se hallaba solo en su habitación. Había una visita con él. Su maestro. El hombre que le había enseñado todo lo que tenía que saber en su macabro oficio. Se había desplazado desde Miami.
—Continua.
—Al anciano le han detectado un cáncer terminal y ha querido limpiar su conciencia de todos estos años, sabiendo que el hombre al que él consideraba su hijo, estaba gravemente herido y que posiblemente pasaría muchos años de su vida en la cárcel. Decidió venir a despedirse y contar a la policía todo lo que sabía sobre Rebeca.
En este punto Diego inspiró profundamente. Intentando ahogar su ira y su desprecio.
—Resulta que todos los meses Rebeca ingresaba en una cuenta una gran cantidad de dinero. Dinero que este hombre la chantajeaba por su silencio.
—¿Por su silencio?
Diego asintió aún sobrepasado por los acontecimientos.
—A cambio de una cantidad obscena de dinero, Rebeca cubría su delito.
—¿Qué delito, Diego, por favor?
—El haber mandado matar a su propia madre.
El vaso de papel cayó de las manos de Sheila, estrellándose en el suelo y vertiendo el poco contenido que quedaba en él.
—¡¿Qué?!
—Lo que has oído.
—No puede ser.
—Sí. No solo ha testificado sino que ha traído consigo las pruebas: documentos, fotografías, resguardos de los ingresos. Todo.
Sheila parpadeaba anonadada. A su madre. ¡A su propia madre!
Se estremeció. Ella había salido casi ilesa. La maldad de esa mujer no tenía parangón.

Y ahora, allí estaban, sentados, esperando a que Alfredo saliese de enfrentarse con su propia hija.
Un furgón de la policía había ido a buscarla a la cárcel, a petición de su padre, que quería oír de sus propios labios como se defendía de la acusación.
La figura de Alfredo apareció al final del pasillo seguido por el inspector. Parecía haber envejecido diez años de repente. Sus pies caminaban arrastrándose por el enlosado suelo. El pelo totalmente alborotado y su cara pálida y demacrada.
Diego y Sheila se acercaron para tomar de los brazos al hundido hombre.
No habían dado más que unos cuantos pasos cuando Alfredo se encogió sobre su abdomen, llevando la mano hacia el lado izquierdo de su pecho. Un grito de dolor se oyó sobre las demás voces de la comisaria.
—¡Alfredo! ¡Alfredo! Una ambulancia —gritó Diego.

Diez minutos después se llevaban al hombre al hospital. Acababa de sufrir un infarto.


continuación

4 comentarios:

  1. Uff como se esta poniendo el final ... hay que ver lo que una mente descolocada es capaz de hacer , me ha dejado sorprendida este capitulo , estoy deseando leer el final un beso capricho miakisiss

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  2. Final dramatico... me encanta.. cuanta maldad puede haber en una persona asi.
    Esperando cn ansias el descenlase besicoss

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  3. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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  4. Muchas gracias por comentar y leer chicas. ;)

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