sábado, 23 de abril de 2016

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 26)

26


La comisaría de policía estaba a rebosar, era totalmente un caos. Varias decenas de personas esperaban en fila para renovar su documento de identidad. Otros tantos se encontraban esperando para poder denunciar un robo que habían padecido.
Hurtado penetró abriéndose paso a codazo limpio. Había cambiado el costoso traje por su atuendo habitual. Acarició con los dedos el alfiler de corbata. Atravesó un largo pasillo hacia las dependencias del inspector jefe, un barullo de policías entraba y salía del interior. Al llegar a la puerta acristalada con el nombre del comisario golpeó con los nudillos.
—Entre.
Ante la orden, Hurtado pasó al despacho. El inspector se hallaba tras una destartalada mesa, atendiendo a sus hombres y al teléfono al mismo tiempo. Diego se encontraba sentado en la única silla libre del lugar. Al ver entrar al detective se levantó y en cuestión de segundos y Hurtado se vio atrapado en un intenso abrazo.
—Gracias. Le debo la vida.
—Bueno no es nada. La vida no pero sí que me debe usted unas cuantas cajitas de esos cigarrillos tan especiales que fuma.
Diego rió ante la ocurrencia del hombre.
—Eso delo por hecho.
El inspector colgó el teléfono y mirando al detective sonrió, levantándose y yendo hacia él. Golpeó la espalda de Hurtado, en un gesto masculino de felicitación.
—Si me lo llegan a decir nunca lo hubiese creído. La llevó usted como un corderito hacia el matadero. ¡Bendito sea!
Los tres hombres estallaron en una carcajada distendida.
—El ego de esa mujer es más grande que la cúpula de la Almudena. Se sentía como niña con zapatos nuevos ante su nueva fechoría, sí, y creyéndose a salvo por tratarse de un mafioso largó más de lo que debía. ¿Ha quedado todo registrado, no?
—Palabra por palabra y gesto sobre gesto. Ahora mismo la están interrogando y se le han entregado a un juez de guardia todas las pruebas. En cuanto salga su abogado de la sala de interrogatorios pasará a disposición judicial.
—¿Dónde la han detenido? —pregunto el detective.
—La hemos dejado relajarse, comprando trapitos, una de nuestras agentes no la perdía de vista ni un minuto. En cuanto ha puesto los pies en el parking del centro comercial toda una patrulla de agentes se le ha echado encima. Nunca pensé que unos labios tan bonitos pudiesen decir tantas barbaridades.
Diego rió entre dientes. Sí, Rebeca, cuando se lo proponía, podía utilizar un lenguaje camionero que en nada era acorde con su aspecto.
La puerta del despacho se abrió de pronto.
—Inspector el abogado de la sospechosa quiere hablar con usted.
—Hágale pasar.
Un engominado individuo penetró en el despacho. Recorrió con rapidez los rostros de los hombres que se hallaban en el interior. Al toparse con la cara de Diego sus ojos se abrieron desmesuradamente.
—Señor Galán —saludó sorprendido el hombre a Diego.
—Abogado —fue la escueta respuesta de este.
El letrado entonces dirigió toda su atención hacia el inspector jefe.
—Señor. Mi cliente desearía saber a cuánto asciende la fianza para poder hacer el pago en efectivo hoy mismo y poder marcharse a sus dependencias.
—No hay fianza. El juez ha sido informado del delito y ahora mismo está revisando las pruebas.
El abogado parpadeó nervioso.
—Ante la posibilidad de que su cliente pueda abandonar el país, debido a sus medios económicos, el juez ha decretado que será puesta hoy mismo bajo la tutela del Estado y los delitos de los que se le acusa son de intento de asesinato en primer grado y delito de extorsión por pagar a un sicario para cometer asesinato. Deberá de esperar al juicio.
—Pero mi cliente tiene una serie de derechos constitucionales…
—No tengo nada más que decirle. Buenos días.
Ante la tajante despedida del inspector el abogado de Rebeca se giró, saludó con la cabeza al catedrático y salió al exterior.
Diego habló.
—Entonces ¿hoy mismo quedará bajo arresto?
—En cuanto tenga en mis manos la sentencia firmada por el juez, un furgón policial la llevará de paseo hacia el penal de mujeres, sí.
Suspiró aliviado. Quería llegar a casa y decirle a Sheila que por fin todo había terminado felizmente. Para ellos. Otro asunto era el caso de Rebeca. Felicitó nuevamente al inspector y a Hurtado y se despidió de ambos.
Arrancó su lujoso coche con un chirrido de neumáticos. Pronto estaría en casa.



Sheila decidió darse un baño relajante en el jacuzzi de la piscina cubierta. Los nervios no la dejaban estarse quieta y después de unos cuantos gruñidos por parte de Phil y de Daisy, subió a su cuarto y se cambió.
Se arrebujó en su abrigo y con paso rápido atravesó el jardín hacia la tentadora piscina. Decidió hacer unos cuantos largos. El agua estaba a una temperatura idónea.
Tras unas cuantas brazadas, salió al enlosado. Corrió hacia el jacuzzi y se sumergió en la cálida y cristalina agua, activando las burbujas.
Sus doloridos músculos agradecieron al momento las pequeñas pompas. Comenzó a relajarse. Tomó los pequeños auriculares del Mp3 y se los puso, conectándolo. Cerró los ojos mientras escuchaba su música preferida.
Se sobresaltó al notar unos dedos acariciando su muslo zambulléndose. Emergió a la superficie entre toses y manotazos al aire que chocaron con un cuerpo duro. Restregó sus ojos para quitarse las gotas de agua y descubrió a Diego a su lado.
—¡Dios! vaya susto que me has dado.
La voz le salió estridente por el atragantamiento. El hombre rió a carcajadas. Sheila le salpicó en la cara enfadada.
—¡Idiota!
Diego entre risas le siguió el juego. Comenzaron a salpicarse mutuamente. Sheila en desventaja se levantó entre risas e intentó huir. Pero las manos de Diego fueron más rápidas y engancharon el pequeño tanga por la goma. Tirando hacia él. Sheila cayó hacia atrás, sentándose de culo entre las largas y musculosas piernas masculinas. Antes de darse cuenta se hallaba rodeada por sus brazos.
Apoyó su espalda sobre el pecho y sus manos acariciaron los muslos de Diego. Él por su parte, había comenzado a acariciar el abdomen de la chica. La piel de Sheila se erizaba bajo el agua al contacto de sus dedos. Gimió expectante. La mano se deslizó más allá del ombligo y comenzó a acariciar bajo el tanga.  Las caderas de Sheila comenzaron a girar levemente.
Al mismo tiempo que sus manos la hacían galopar hacia el éxtasis, los labios masculinos besaban la piel del cuello de Sheila y su nuca. Ella notó que su cabeza daba vueltas, comenzó a dejarse llevar pero de repente recordó lo que Diego había estado haciendo esa mañana. Soltándose brusca del abrazo, se giró hacia el pecho masculino, donde apoyó sus manos para evitar caerse.
—¿Cómo ha ido todo? —preguntó.
—Mejor de lo que esperábamos.
Diego sonreía de oreja a oreja. Sus blancos dientes resaltaban en su bronceada piel.
Sheila arrugó la nariz y suspiró con fastidio.
—Pero ¿qué ha pasado? Cuéntamelo.
—Más tarde —Diego comenzó a acariciar nuevamente a la joven—prosigamos…
—No, ahora.
Con un gesto de fastidio Diego comenzó a relatar lo acontecido.
Sheila, entusiasmada, acompañaba el relato con exclamaciones. Terminado este, quedó callada y con sus ojos color miel abiertos por el estupor.
—Así que, mi vida, todo ha terminado —susurró Diego.
Sheila miró los dedos de él entrelazados a los suyos, que seguían sobre su pecho.
—Supongo, que tras estas circunstancias el asunto con Alfredo queda totalmente descartado…
—Sí, supongo que sí, pero no son ofertas lo que me faltan amor. Mi empresa es una golosina demasiado apetecible para que cuando se sepa que la fusión no se ha realizado no salte la liebre y vengan a pares.
—Siento que todo esto haya ocurrido por mi culpa.
Los profundos ojos de Diego la taladraron al instante.
—No vuelvas a decir eso jamás. Tú no eres culpable de nada. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida y… —paró en seco su discurso. No era el lugar que tenía pensado en mente para pedirle en matrimonio.
—¿Y? —interrogó ella al ver que él no continuaba la frase.
—Bueno sí, eres culpable de algo.
Los labios de Sheila se fruncieron ligeramente, al igual que su entrecejo, esperado la respuesta del hombre.
—Eres culpable de haberme hecho perder…
Sheila le miraba expectante.
—La cabeza, mi amor. No hay momento del día en que no piense en ti. En esos ojos dorados y esos labios jugosos. En ese cuerpo hecho para el pecado.
Las mejillas de Sheila se ruborizaron intensamente con las palabras de Diego...
—Como ahora mismo, sonrojada como una niña pillada in fraganti.
—¡Idiota! —susurró Sheila.
—Si un idiota locamente enamorado.
Los labios de Sheila se posaron sobre los de él. Acariciando con su lengua y provocando que los brazos la atrajesen con más fuerza al duro cuerpo masculino.
Flexionando sus piernas se sentó a horcajadas sobre las caderas de Diego. Y su centro pudo sentir el inicio de la pasión masculina. Gimiendo, rodeó con sus brazos el ancho cuello y presionó con fuerza sus caderas.
Las manos de Diego comenzaron a desabrochar el leve sostén sin tirantes  que la chica había usado como biquini. Lo lanzó fuera del cuerpo femenino, hacia el enlosado, y sus pulgares comenzaron a acariciar los erectos pezones.
Con un leve jadeo, Sheila separó sus labios de los de él.
—Te amo —susurró.
El azul profundo de sus ojos brilló ante la confesión de la mujer. Una sonrisa seductora surgió en sus labios.
—Déjame demostrarte que es recíproco.
Las manos de él continuaron elevándola hasta límites insospechados.



 —¡Holaaaaaa, ya estoy aquí!
Sheila anunció su llegada al piso. Dejó las llaves sobre la bandeja de metacrilato y lanzó el bolso hacia el sofá. Colgó la parca sobre el perchero que había a un lado de la puerta y descalzándose trotó hacia el mullido sofá, tirándose a él con un suspiro de satisfacción.
«Por fin en casa». Y no es que se hubiese mudado de la enorme casa de Diego para volver a compartir piso con Witch, de momento. Si no porque echaba de menos sus cosas, sus muebles y ante todo las tertulias y discusiones con su amiga. Llevaban mucho tiempo acompañándose mutuamente como para separarse así de repente.
Un grito ahogado le llegó desde la alcoba.
—¿Witch? ¿Te ocurre algo?
Sin esperar la respuesta, se levantó y caminó con rapidez hacia la habitación. Golpeó levemente la puerta y entró.
—¡Hola! —fue el saludo de un Eric sonriente, desnudo y con Witch a horcajadas sobre sus caderas.
—¡H-ho-hola!
Sheila cerró de un portazo sintiendo enrojecer sus mejillas. Volvió al sofá, se sentó rígida en él y tomó el mando del televisor conectándolo. Alzó el volumen del aparato, aun así pudo oír las carcajadas al otro lado de la puerta. Necesitaba una copa para volver a serenarse pero sabía que en toda la casa no había una gota de alcohol a excepción de  las cervezas que Witch se solía tomar, se levantó y fue hacia la cocina.
Abrió los ojos desmesuradamente al ver el caos en el que se encontraba. El fregadero estaba a rebosar de platos y vasos. Sartenes, cacerolas y demás utensilios se hallaban esparcidos por toda la encimera. Sabía que Witch era un desastre para la casa pero aquello era demasiado.
Con una maldición tiró del picaporte del frigorífico. Los estantes estaban vacíos. Tan solo quedaba un sobre mohoso de queso rallado y dos tristes cervezas en el estante inferior. Tomó una de ellas y cerrando con un golpe se dirigió al armario de los vasos. Despejado.
Su enfado estalló.
—Ni un vaso limpio. ¡Ni uno! —maldijo entre dientes.
Presionó la pestaña de la lata de cerveza con fuerza y volvió a soltar una maldición cuando un chorro de espuma manchó sus manos y el suelo de la cocina, aún más.
—Caliente, encima la cerveza está caliente.
Tomó un largo sorbo para calmarse y tragó el amargo líquido arrugando la nariz.
—Bueno vamos allá.
Cogió un delantal de detrás de la puerta, se lo colocó, metió las manos en los guantes de goma y comenzó a fregar toda la cacharrería.
Witch apareció envuelta en una sábana cuando Sheila estaba a punto de comenzar a fregar el pegajoso suelo.
—Te ha faltado tiempo —fue el saludo de Paula que se acercó a depositar un sonoro beso en su mejilla.
—Y a ti más —la espetó aún enfadada Sheila— ¿Cómo has dejado que esto llegase hasta ese punto?
—Se me fue de las manos.
—Y a mí —se disculpó Eric.
Sheila miró la silueta recortada de Eric en el umbral de la puerta. El musculoso torso desnudo, no así el resto del cuerpo. El hombre se había colocado unos jeans que marcaban sus caderas, sin quererlo Sheila desplazó su mirada por la entre pierna del hombre recordando las palabras de su amiga: tiene una recortada, y siguió hacia arriba, por los marcados abdominales, sus ojos quedaron pegados al peercing del pezón masculino. Tragó saliva sonoramente. Imaginó a Witch tirando del aro… Desplazando esos pensamientos miró a ambos.
—Sois un desastre.
—Sip —contestaron al unísono la pareja—. Ayer invitamos a unos amigos a cenar y cuando se marcharon de madrugada no era plan de ponerse a recoger nada.
—¿Y la nevera?
—¿Qué le pasa a la nevera? —preguntó a su vez Witch que se respondió sola abriendo el aparato.
—Witch, está vacía, va-cí-a.
—¡No! tiene una cerveza y un sobre de queso rallado.
—Sí, lleno de moho.
—Pues ¡hala! Lo tiramos —y dicho y hecho, lo tiró sobre el montón de basura que estaba a punto de desbordar el cubo.
Tan solo Paula podía tener ese desparpajo y descaro ante la bronca que le estaba metiendo. Su carcajada sonó por el recinto.
—Desde luego no hay quien pueda contigo.
—Eso no es verdad —ronroneó Eric.
Las mejillas de Paula se colorearon al instante. Sheila puso los ojos en blanco y resopló.
—Ahorraos los detalles escabrosos.
—Oye guapita, que no hace tanto yo me encontré ante la misma situación si no recuerdo mal.
Ahora fue Sheila la que se ruborizó. Intentando cambiar de tema. Comenzó a hablar.
—He venido porque tenía muchas ganas de verte y darte la noticia personalmente.
—¿Por fin Diego se ha decidido?—exclamó eufórica Witch.
—¿Qué? —preguntó Sheila y desvió la atención momentáneamente de la pareja buscando un cenicero donde poder echar la ceniza del pitillo que se había encendido.
Eric aprovechó la distracción de la joven para asestarle un leve codazo a Witch. Los oscuros ojos le fulminaron con la mirada. Los azules cristalinos la taladraron advirtiéndole que no se fuese de la lengua.
Sheila tras tomar el cenicero volvió su atención hacia la pareja.
—¿Qué ha decidido Diego? —volvió a preguntar.
—Que va a hacer con la fusión de su empresa —respondió Witch.
Los ojos de Sheila se entrecerraron sospechosos.
—Ya te dije —salió al quite Eric— que aunque se fusione con otra empresa seguirá en pie su oferta.
Sheila estaba totalmente perdida.
—¿Oferta? ¿Qué oferta?
—Le comenté a tu novio que no me encontraba a gusto en mi actual empleo, eso no es un secreto de Estado, y me ofreció comenzar a trabajar para él si todo salía como esperaba.
—No me ha comentado nada pero es que últimamente andamos algo liados. Yo con las clases y él con todo el papeleo de abogados. Casi ni nos vemos.
—Ya y cuando os veis lo menos que hacéis es hablar…
—¡Witch!
—¡Qué! —replicó— acaso míster tabletitas ¿ha perdido fuelle?
—¡Ey! —objetó Eric en tono ofendido— que yo también tengo tabletitas.
— Sí cariño —y Witch le beso en los labios— pero tú no vas alardeando por ahí, poniéndote medallas de platino.
La carcajada de la pareja estalló. Sheila suspiró resignada.
—Bueno, como ya me he perdido bastante en esta conversación de besugos… —declaró— solo venía a contarte lo ocurrido con el ladrón, mejor dicho, asesino y Rebeca.
—Cuenta cuenta —y Witch tiró del brazo en dirección a los sofás del salón. Se repantigó en uno de ellos y golpeó con la palma de la mano, indicando que se sentase a su lado.
—Voy a preparar algo de café, de acuerdo chicas, mientras vosotras habláis.
—Vale cielo.
Sheila tomó asiento a escasos centímetros y comenzó a contarle lo ocurrido sin omitir ningún detalle.
—Esa bruja se lo tenía merecido —Witch golpeó el puño contra su mano en un imaginario puñetazo— si tú me hubieses dejado la vez que estuvo donde Diego…
—Ya da igual —comentó Sheila y bajando la voz a un leve susurro preguntó—. ¿Y tú? ¿No tienes nada  nuevo que contarme?
Risas de complicidad surgieron entre las dos. Witch como contestación se dejó caer hacia atrás con los ojos en blanco. Sheila no pudo parar la sonora carcajada que salió de sus labios.
—Se te ve muy feliz —dijo tras secar los ojos de las lágrimas provocadas por el ataque de risa.
—¡Sííí! —afirmó Witch—. Lo soy.
Comprobó por encima de su hombro que Eric no estuviese oyendo nada y reveló:
—Creo que estoy perdidamente enamorada. Si ahora mismo me dijese que compartiésemos el resto de nuestras vidas tardaría segundos en hacer la maleta.
—¿Y por qué no se lo insinúas tú? Estoy sorprendida, esta no es mi Witch.
La aludida denegó con la cabeza.
—No, esta vez no. Quiero que, aunque suene arcaico… sea él el que declare sus intenciones.
Sheila perpleja alargó la mano hacia la cara posándola sobre la frente.
—No, fiebre no tienes.
—¡Quita idiota! —espetó Witch con un cariñoso manotazo de la mano.
—¿Quién me lo iba a decir? Ver para creer.
Típico de Witch, una enorme pedorreta sonó en el salón.
—¿Qué ocurre amor? ¿Sheila te está molestando?
—¿Yo? — Sheila sonó guasona—. Dios me libre. Con lo que aprecio yo a mi niña.
—Anda cariño, tráenos el café antes de que le plante un buen sopapo aquí a mi querida amiga.


continuación

martes, 5 de abril de 2016

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 25)





25


El dispositivo policial se había dispuesto según lo acordado por el inspector De la Fuente. Varios agentes de paisano estarían dispuestos alrededor de Hurtado y otros cuantos más en todas las salidas del centro, tanto en las puertas automáticas como en el único acceso al parquin.
Seguirían todos los movimientos del detective y Rebeca a través de la cámara oculta en el alfiler de corbata del detective, y al mismo tiempo por las cámaras de seguridad del centro. Todas las imágenes quedarían grabadas automáticamente en el disco duro del ordenador que portaba una camioneta camuflada de la policía, al igual que el sonido.
Diego se hallaba en el interior de la misma. Había tenido que hacer uso de sus contactos más importantes para poder estar casi a pie de pista como quien dice.
Faltaba aún una hora para que Rebeca apareciese. Hurtado se hallaba en el interior de su vehículo en el aparcamiento del centro comercial. Diego podía ver perfectamente al hombre colocar y recolocar el nudo de su corbata.
—Hurtado, deje ya de manosear la corbata o el alfiler terminará cayéndose.
Un suspiro de resignación se escuchó, claro y conciso, a través de los auriculares.
—Ya les dije que no estoy acostumbrado a estas cosas. Tan solo me he puesto una vez este dichoso complemento, el día de mi boda, y terminé quitándomela en mitad de la ceremonia.
Unas cuantas carcajadas se oyeron en el interior del furgón que se fueron apagando ante la mirada rígida del inspector de policía. Diego sonrió discretamente y carraspeó en un intento de ahogar su risa.
—Está usted muy guapo —dijo burlón al inquieto sabueso—. Rebeca está acostumbrada a tratar con lo más alto de la sociedad y no esperará que el  simple contacto de un matón vaya con su aspecto. Esto la desconcertará y será una pequeña ventaja a su favor. Recuerde que estará usted hablando con una persona fría y con una gran dosis de maldad en su mente.
—Eso ya lo sé. Lo que me preocupa es no saber conducir la conversación hacia lo que nos interesa.
—Por eso no se preocupe. Todo quedará totalmente registrado y en el momento que ella acepte las fotos y usted el pago será suficiente —le calmó el jefe de policía—.  Lo demás déjelo de nuestra cuenta. Conseguiremos sonsacarle durante el interrogatorio. Además, ya saben que nuestro asesino colaborará a cambio de que se tenga en cuenta esto a la hora de los cargos.
—Maldito hijo de puta, —farfulló uno de los policías entre dientes y miró a Diego por el rabillo del ojo— lástima que la herida no fuese unos centímetros más arriba.
—¡Olmo! —Llamó al orden el inspector—. Guárdese sus opiniones para quien le interese.
—Sí, señor, pero no es justo que nosotros estemos intentando limpiar las malditas calles de gentuza como ellos y que los jueces no encuentren ningún motivo legal para que den con sus huesos en la cárcel.
—Es lo que hay —respondió lacónico el jefe del departamento mientras frotaba el puente de su nariz en un intento de calmar la tensión acumulada en el cuerpo.
Diego se mantuvo en silencio. No podía decir sus pensamientos en voz alta. Por supuesto que se había maldecido una y otra vez durante todo ese tiempo por no haberse cargado a ese cabrón. Pero si así hubiese sido, no solo se tendría que enfrentar a la acusación de un delito de homicidio sino de asesinato y por muy buenos abogados que tuviera no tenía todas consigo de que  hubiese conseguido librarse de la prisión.
Ahora, teniendo la prueba de las llamadas de Rebeca al sicario, se alegraba de que todo hubiera sucedido de esta manera. Tendría su ansiada venganza y Sheila estaría a salvo para siempre.
Rememoró el día que había recibido la llamada de Hurtado.
 Después de haber hablado con él y llegar a un acuerdo con el padre de Sheila sobre cómo habría encontrado el móvil, llamó a sus abogados y minutos después al inspector de policía de homicidios.
Todo se había resuelto francamente bien. Deseaba volver a casa, tomar a Sheila entre sus brazos y estrecharla en ellos hasta fundirse en su piel.
Sonrió ante el recuerdo de lo ocurrido en su alcoba y luego sus cejas se unieron en un leve ceño al recordar la conversación tras la sobremesa con Sheila, sentados los dos en el blanco sofá de piel del salón.
La reacción de ella había sido la esperada. Aún podía recordar el dolor de su mejilla ante el bofetón.
—¡Imbécil! Maldito cabrón embustero.
Sheila arrastraba las maldiciones remarcándolas con un tono de voz profundo y lleno de ira.
Diego hubiese preferido gritos, pataletas y más golpes.
—¿Por qué? ¿Por qué no me dijiste nada? —sonaba dolida—. ¿Acaso crees que no soy lo suficientemente adulta para poder entender la situación? ¿Para poder asimilarla y decidir qué es lo que tendría que haber hecho?
Diego mantenía su mirada clavada en la cara enfurecida. Esperaba en silencio a que la mujer desahogara su ira y una vez se desinflase poder explicarle sus motivos.
Ella sacudió la cabeza incrédula.
—¿Cómo has podido tenerme engañada? Tú sabías desde el primer momento lo que iba a ocurrir. ¿Por eso fuiste a buscarme?¿Por remordimientos?
—No —cortó tajante Diego— sabía que Rebeca buscaría una forma de vengarse. Tú eres mi parte débil e imaginé que ella rumiaría algún ardid para ti. Por eso puse a Hurtado tras sus huellas, pero cuando nos dimos cuenta de que ella ya había mantenido el contacto con el matón, tú habías huido y no sabíamos tu paradero. Si no llega a ser por la señora Blanca, aún estaríamos dando vueltas por todo el país y tú… muerta.
La palabra le cayó a Sheila como un jarro de agua fría. Calmando su ira. Ambos estarían muertos. Si él no hubiese decidido hacer caso omiso a sus palabras de que se encontraba bien y segura y no hubiera regresado… no quería ni imaginarlo.
 Rozó tenue la cicatriz de su cuello y sin que a Diego le diese tiempo a reaccionar se echó en los fuertes brazos rompiendo a llorar amargamente. En silencio y al calor de la chimenea estuvieron horas.
—Atención el coche de la sospechosa ha entrado en el edificio.
Estas palabras despertaron a Diego de sus recuerdos. Clavó sus ojos en la pantalla. Sí, era el Mercedes Benz de Rebeca. Asintió en silencio ante la mirada del inspector que comenzó a dar órdenes a diestro y siniestro. Hurtado se removió inquieto en el asiento de su destartalado coche y echandose un último vistazo al espejo retrovisor salió al asfalto del parquin.
Dos filas más allá. La alta rubia descendió con elegancia de plateado coche. Abrió la puerta trasera y tomó un pequeño bolso que colgó en su hombro y un maletín. Las luces del lujoso coche parpadearon unos segundos y el pitido de la alarma rompió el silencio momentáneo del aparcamiento.
Hurtado oyó los altos tacones de la atractiva joven desplazarse hacia el ascensor. Cuando las puertas de este comenzaron a abrirse y Rebeca entró en él corrió, con el sobre entre las manos, hacia la puerta que le llevaba a las escaleras mecánicas. Escuchó las ordenes a través del diminuto e invisible auricular de su oreja.
—Sospechosa entrando en campo visual. Entrará en contacto con usted en unos cien metros.
—Roger —respondió Hurtado—. Dejaré que pasee por unas cuantas tiendas y cuando menos se lo espere me acercaré a ella.
El detective observaba a la mujer desplazarse entre la escasa clientela que había en el centro. Se detuvo en un escaparate de una tienda de firma a contemplar un maniquí elegantemente vestido. Rebeca ojeó el reloj con nerviosismo y paseó la gélida mirada por los alrededores. Su rostro paró en seco al ver acercarse de frente a un joven totalmente vestido de cuero que la miraba fijamente con una sonrisa dibujada en sus labios. Hurtado pudo comprobar cómo el esbelto cuerpo se ponía rígido.
Tan solo unos pocos metros separaban al joven de Rebeca cuando esta hizo intención de ir hacia él. Pero en el último momento debió de cambiar de parecer porque detuvo el movimiento de sus pies y esperó a que el chico la abordase.
Hurtado se hallaba a unos cinco metros ya de distancia de ambos y no perdió detalle cuando el muchacho con un leve movimiento de cabeza pareció saludar a la rubia y le guiño un ojo sonriente, pero ante el desconcierto de Rebeca el chaval continuó su camino.
—El cuero no es una de mis prendas preferidas… y por supuesto mi jefe tampoco dejaría que lo llevase.
Rebeca giró asustada hacia la voz masculina que le había hablado a tan solo unos escasos centímetros de su oreja. Un leve estremecimiento atravesó su cuerpo.
—No le he oído acercarse —fue la respuesta entrecortada de la mujer.
Una risita de satisfacción salió de los labios de Hurtado.
—Como debe ser —respondió.
Los fríos ojos verdes estudiaban al hombre. Desde su obscuro y frondoso pelo, cortado a cepillo para la ocasión, hasta el exquisito traje de firma que Diego tan generosamente había comprado al detective.  «Cualquiera diría que va a una reunión de negocios». Bueno y así era. Al fin y al cabo era como cualquier otro tipo de transacción realizada en cualquiera de los lujosos despachos que recorrían la capital.
—¿Dónde están las pruebas? no quisiera alargar esto demasiado.
—¿Le apetece un café? —preguntó a su vez Hurtado.
Una maldición se oyó a través del auricular.
—¡No, no! pero ¿qué demonios está haciendo? No tenemos cubierta ninguna de las caferías del centro y los perderemos de vista. ¡Maldita sea Hurtado!
Diego atusó nervioso su cabello maldiciendo a su vez. Si se les escapaba se juró a sí mismo que retorcería el pescuezo del sabueso con sus propias manos.
Antes de que la atractiva rubia le respondiese Hurtado susurro:
—Yo que usted aceptaría. Llamaría demasiado la atención nuestro pequeño trueque.
Una delineada ceja se alzó en muda pregunta en el rostro femenino.
—No todos los días se ven por este centro mujeres tan hermosas como usted…
Aunque fuera de lugar, el flirteo del hombre hinchó su ego y sonriendo fríamente asintió.
—Tan solo un café —replicó tajante.
—Me conformaré con eso… y con mirar las preciosas esmeraldas que tiene por ojos.
Diego rompió a reír. ¡Maldita sea! Ese pequeñajo la había calado bien. No había otra cosa más importante para Rebeca que ella misma y la mejor manera de ganársela y que se relajase era precisamente esa. Piropearla hasta la extenuación.
Todo el operativo policial pudo comprobar cómo el pecho de la mujer se hinchaba, ufano, y comenzaba a trasladarse hacia una de las terrazas cercanas con Hurtado pegado a su costado.
 Veloz y listo como un lince, el detective eligió una mesa que quedaba justamente en el campo visual de dos cámaras del centro. Los tomaría desde ambos lados. Galante, desplazó, como quien no quiere la cosa, una de las mullidas sillas del local esperando a que Rebeca se acoplara.
—Gracias —la voz de la mujer se había vuelto seductora y una sonrisa resplandeciente se dibujaba en sus perfectos labios.
—Un placer —susurró igual de seductor el detective.
Un camarero entró en escena.
—Para mí un café con leche largo de café, por favor. Para la señorita…
—Un té con limón y tráigame sacarina.
Al quedar solos, la sonrisa de Rebeca se volvió más insinuante. Hurtado esperó paciente. Observándola. Era como una peligrosa tigresa, vestida de gatita, que se relamía gustosa ante la siguiente víctima que, por supuesto, era él.
Las siguientes palabras de la felina, le confirmaron sus sospechas.
—Quizá usted y yo podríamos llegar a un acuerdo —ronroneó la mujer.
—¿Cuál? —y Hurtado utilizó el mismo tono seductor de ella.
—Podríamos citarnos en algún lugar menos público…
Hurtado casi se atraganta con su propia saliva. ¿Le estaba proponiendo lo que él creía que le estaba proponiendo?
—No sé dónde quiere ir a parar.
—Si usted perdiese las fotografías por un casual. ¿Qué tal se lo tomaría su jefe?  A cambio viviría usted una experiencia inolvidable.
—Mi vida está llena de experiencias inolvidables.
—¿Carnales? —fue la pregunta directa de la mujer.
El camarero interrumpió en este punto la conversación. Sirvió las bebidas y desapareció.
—Y ¿qué tendrían de especiales esas experiencias?
—¿No me joda usted Hurtado que le va a entrar al trapo? —gruñó en su oído la voz del inspector de policía. De fondo se oían las risas del resto de los hombres.
—En mi apartamento del centro poseo una serie de juguetitos que estoy segura jamás ha probado.
El detective se revolvió nervioso en el asiento. Rebeca sonrió lasciva, saboreando ya su victoria. Comenzó a mover lentamente su bebida mientras cruzaba las piernas. Hurtado estuvo a punto de atragantarse con el café.
Una risita de satisfacción salió de la garganta femenina.
Hurtado carraspeó e hizo como si se pensase la proposición.
—Su oferta es muy atractiva…
Rebeca sonrió satisfecha.
—Pero he de rehusarla. Sería el último polvo en mi vida.
La mujer torció el gesto.
Diego rió en la cabina del furgón. A Rebeca no la gustaba sentirse rechazada. Comprobó sus pensamientos cuando la sonrisa de la mujer se volvió fría y calculadora.
Con un encogimiento de hombros, como queriendo quitar hierro al asunto dijo:
—Entonces vamos al grano. Aquí tiene el maletín con el dinero. Quiero mis fotos.
Hurtado aproximó el maletín hacia su silla con un movimiento casual. Tras esto extendió el brazo y pasó el sobre marrón a la arpía.
Ella con sus dedos largos despegó la pestaña y extrajo las fotos. Fue pasando una a una las imágenes, regodeándose en lo que veía. Sus ojos parecían perforar las estampas. Sonrió con deleite y asintió contenta.
—¿Me permite? —preguntó Hurtado.
Rebeca le miró extrañada y antes de que la pregunta se formase en sus labios el hombre habló:
—Tengo por norma no mirar nunca el material. Por otro lado si mi jefe fuese informado por algún cliente que el sobre con los documentos estaba abierto antes de inspeccionarlo él, no tendría lugar en el mundo donde esconderme. Le gusta hacer las cosas bien.
Ante la respuesta del detective, Rebeca le extendió el sobre.
Hurtado comenzó a pasar las imágenes al igual que había hecho la mujer. Desde luego el fotógrafo había captado desde primeros planos hasta una vista general del cuerpo. Parecían tomadas con una cámara digital que cualquier hogar tendría.
 En ellas se podía ver a Sheila en ropa interior, amordazada y atada de pies y manos. La cara de angustia de la joven lo decía todo. Hurtado sabía a ciencia cierta que la muchacha debía de haberlo pasado muy mal al recrear la escena para conseguir las pruebas para Rebeca.
Luego, el cuerpo de policía había utilizado fotografías de varios asesinatos de prostitutas que tenían las características físicas similares a la muchacha. Los rostros de las mujeres estaban totalmente cubiertos de sangre y era casi imposible identificarlos, con lo cual, Rebeca se había tragado el anzuelo.
Había llegado el momento crucial. Hurtado miró a la mujer que tranquilamente terminaba su té.
—¿Puedo hacerle una pregunta personal?
Los ojos verdes le miraron fijamente y segundos después la mujer asintió.
—¿Quién es ella? ¿Qué delito ha cometido para que usted haya decidido pagar para asesinarla?
En la furgoneta se hizo un silencio sepulcral. Todo el dispositivo dependía de la respuesta que diese en ese momento la mujer. Hurtado se la estaba jugando. Pero algo en su interior le decía que ella sentía la necesidad de decirlo. Y más después de haber comprobado con sus propios ojos que el trabajo se había realizado satisfactoriamente.
—Era —y Rebeca subrayó el tiempo verbal— la prometida de mi ex. Su debilidad, por así decirlo, y tenía que resarcirme por algo que ocurrió hace algún tiempo.
Sonrió satisfecha.
—No logro entenderlo —masculló Hurtado.
—Ella no debió de tomar algo que me pertenecía.
— Pero ¿no ha dicho usted que era su ex?
—Eso no importa. Diego es mío y siempre será mío.
—¿Diego? Así se llama su ex.
—Diego Galán.
—¡Dios! —Exclamó eufórico el inspector de policía— no solo tenemos las imágenes del encuentro y el intercambió sino que esta hija de puta acaba de firmar su sentencia de cárcel.
Diego miraba estupefacto la pequeña pantalla. No podía creer lo que sus ojos y oídos estaban viviendo.
—Y como él es suyo, según usted, ella tenía que desaparecer…
—Había que liquidarla, sí.
—Bueno eso ya está hecho. ¿Y ahora?
—Él volverá a mí. Tenemos una serie de negocios juntos y seré la ex, dulce y comprensiva que curará las heridas de su corazón— y rió satisfecha de sí misma.
—Le deseo suerte.
—No la necesito. Tendré a Diego comiendo en la palma de mi mano antes de que termine el año.
—Estoy seguro de ello —respondió Hurtado—. Envidio a ese hombre.
Rebeca aleteó coqueta sus pestañas y sonrió al hombre.
—Hurtado, vaya zanjando la entrevista.
El detective suspiró y alzó su mano en dirección al camarero.
—Permítame invitarla.
—Por supuesto.
El empleado se acercó raudo y ofreció la nota al hombre que dejó un billete en la bandeja. El joven penetró al interior del local para recoger el cambio pero en vano porque Hurtado alzó su cuerpo del asiento, acompañó la silla de Rebeca para que ella se levantase y tomando el maletín comenzó a desplazarse hacia una de las salidas del centro.
El gesto de la propina no le había pasado desapercibido a Rebeca.
—¿No espera usted las vueltas?
—No lo merece.
Ante este gesto de desprendimiento, que gustó a la mujer pues denotaba que él no le daba la más mínima importancia al dinero que se gastaba, Rebeca miró al hombre con ojos golosos.
—Lástima que no podamos encontrarnos en otro ambiente más… reservado.
—Sí, es una verdadera lástima —dijo el detective— pero quien sabe lo que nos puede deparar el destino.
Y en un pronto, tomó la mano de la mujer y la besó posando sus labios unos segundos más de lo que el protocolo requería.
Rebeca se ruborizó y sonrió abiertamente al bonito gesto del hombre alzó sus largos dedos y saludó despidiéndose.
—Chao.
—Adiós.
Hurtado aceleró el paso en dirección contraria a la de la mujer. Un sudor frío comenzó a cubrir su cuerpo. Por el rabillo del ojo miró hacia atrás buscando la silueta de la rubia. La vio entrar en una tienda tras mirar el escaparate.
—Maldito hijo de puta —escuchó a través del auricular—. En cuanto lo tenga a mi lado le voy a dar un abrazo. ¡Joder!
Hurtado sonrió satisfecho. Se lo debía a la pareja. Esa bruja pasaría el resto de sus días en la cárcel.
—Le esperamos en comisaría.
—Roger.
El detective se dirigió hacia las escaleras mecánicas para tomar su coche y salir de allí antes de que le diese un infarto.