lunes, 21 de marzo de 2016

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 24)


24


Hurtado inspiró pensativo la última bocanada del cigarrillo que sin apenas darse cuenta, en su ensimismamiento, se había consumido entre sus dedos. Apagó la colilla en el repleto cenicero. Si su mujer estuviese allí, le pondría de vuelta y media por no limpiarlo.  Sonrió y con una pizca de remordimiento tomó la pieza de cerámica y se dirigió hacia el baño donde estaba la única papelera del despacho.  A un paso de la misma el teléfono móvil comenzó a sonar.
—¡Mierda! —maldijo entre dientes—. Justo ahora. Que esperen un poco.
Pero fue pensarlo y soltar el cenicero en pleno aire para responder a la llamada. El teléfono móvil que sonaba no era el suyo…
Tomó el aparato entre sus manos, golpeándose con la esquina de la mesa antes de que colgasen.
—¿Sí? —intentó que su voz sonase dura.
Una voz de mujer le contestó al otro lado de la línea.
—Llevo una semana esperando su llamada y usted no ha dado señales de vida —la mujer le reprochaba a gritos.
—Si sigue usted gritando cuelgo —fue la cortante respuesta del detective.
Un silencio se produjo en la comunicación. Hurtado oyó un suspiro de fastidio seguido de una maldición amortiguada por una mano sobre el auricular.
—Necesito que me informe sobre el trabajo que le mandé realizar —esta vez la voz de la mujer sonaba contenida.
Hurtado se la imaginaba, sus verdes ojos llameando por la furia reprimida, con los labios apretados por la frustración de no poder decirle lo que pensaba de él por miedo a las represalias. Bueno, de él era un decir, porque lo que menos se podía imaginar Rebeca es que no estaba hablando con el matón de turno que había contratado para asesinar a Sheila sino que hablaba con el detective que su ex prometido había puesto tras ella.
Cómo había llegado el móvil del matón a sus manos era fácil de explicar. Cuando llegó a la casa de la muchacha con las autoridades habían entrado todos en tropel encontrándose con la escena de un Diego herido, una Sheila en estado de shock y al asesino desangrándose sobre el suelo del salón.
Mientras los gendarmes se preocupaban de todos ellos, Hurtado había comenzado a husmear por la casa en un hábito de su oficio que casi le costó el arresto inmediato cuando los policías se dieron cuenta. Pero antes de que estos fijasen su atención en él, Hurtado, se había deslizado por el pasillo y a la luz de las linternas vio un resplandor  en el suelo que atrajo su curiosidad de inmediato. Por el rabillo del ojo comprobó que nadie le observaba y se agachó a recoger aquello que brillaba. Nunca llegó a  sospechar, al tomarlo, que se encontraría con un teléfono móvil entre sus manos. Más bien se hubiese jugado su cuello, y lo habría perdido al apostar, que sería un arma blanca.
 Pero no. Allí estaba. Plano, pequeño y pidiéndole a gritos que lo guardase en el bolsillo de su gabardina. Y dicho y hecho. Con rapidez gatuna lo deslizó en el bolsillo oculto del forro de esta, justo a tiempo, porque segundos después una voz autoritaria le ordenaba salir de la escena del crimen.
Esa misma madrugada, de vuelta a la capital, antes de salir del coche había pulsado con su pulgar las pequeñas teclas para activar el teclado. Bingo. Tras revisar los contactos de la agenda y no encontrar nada raro en ellos, revisó las llamadas recibidas. Los ojos se le salieron de las órbitas al comprobar el último número memorizado. También él lo tenía en su memoria. Gajes del oficio. El teléfono de la rubia arpía.
 La llamada solo había durado unos minutos. Nervioso, secó su frente sudorosa. Tenía entre sus manos el móvil del sicario y la prueba de que mantenía contacto con el supuesto cliente que había contratado sus servicios. Pero Hurtado sabía que ningún juez que se preciara de ello lo consideraría como prueba sustancial. Necesitaba algo más sólido.
Decidió que guardaría el aparato, en el despacho, al día siguiente. Y esperar una llamada que quizás nunca llegara. Y allí estaba. Tras días de expectación. Inspiró profundamente. No debía de hacerla sospechar o colgaría y nunca tendría la prueba de su delito.
Siguiendo un instinto y poniéndose en la piel de un sicario respondió secamente.
—¿No le dije que no volviese a marcar este número?
Era mucho arriesgar, pero si fuese él, esa orden sería lo primero que le diría a un cliente.
—Eso fue lo último que oí de usted hace siete días y aún no sé lo que ha ocurrido —reprochó la mujer.
—No pienso darle este tipo de información por teléfono. ¿Me toma usted por tonto? Podría estar grabando la conversación…
Un bufido de cólera se oyó a través del auricular.
—Tengo yo más que perder que usted —le recriminó Rebeca—. Está bien. ¿Dónde nos podríamos ver?
Hurtado hizo funcionar su cerebro en cuestión de segundos. Con seguridad, ella, conocería al sicario en persona. No podía presentarse él ni nadie que no fuese el mismo sicario en cuestión.
—Jamás vuelvo a tener un segundo contacto con un cliente. Por mi propia seguridad —explicó antes de que ella sospechase—. Mandaré a mi contacto habitual que es el que se encarga de informar a mis clientes. Y antes de que lo pregunte, él la reconocerá, no se preocupe.  Le pasaré un informe detallado, hasta fotografías del trabajo.
Rió de manera malvada para reforzar sus palabras.
—A no ser —continuó hablando Hurtado— que su estómago sea algo delicado y…
—No se preocupe. Soy más dura de lo que parezco.
«Ya lo supongo mala pécora» pensó el detective.
—Está bien. Le espero en el centro comercial ABC Serrano.
Hurtado apuntó el nombre del conocido centro y la hora y día señalados.
—Bien. Allí estará mi hombre —y colgó.
Un sudor frío inundo su cuerpo. Miraba el móvil de hito en hito. No se podía creer que ella le hubiese ofrecido su cabeza en bandeja de plata. Tendría que estudiar muy bien sus pasos.
—¡Yeah! —explotó el detective en un arranque de alegría histérica. Por una vez el malo se iba a llevar su merecido.
Nervioso, rebuscó en la desgastada prenda de abrigo y tomó su móvil.
—No está todo perdido —respondió a la voz varonil que sonó al otro lado de la línea—. Estaré en su oficina en unos veinte minutos. Bien —contestó a la respuesta del otro lado.
Cogió la gabardina y cerró la destartalada puerta de su despacho de un portazo.



Sheila miraba a Diego que pálido observaba el móvil en silencio.
—¿Qué ocurre? ¿Pasa algo malo?—preguntó alterada.
Los profundos ojos azules  la miraron con intensidad. La tenían. Seguro. Si no fuese así la voz de Hurtado no sonaría con ese júbilo. Por fin Rebeca tendría su merecido. Se deleitó ante el sabor de la victoria.
—¿Diego? —exigió—. ¿Se puede saber qué narices ocurre?
Nunca antes la voz de la mujer que amaba le había sonado como los propios ángeles en un arrebato de enfado de los suyos.
—Nada. He de ir a la oficina.
—Ni lo sueñes. No hace ni dos días que te han retirado el drenaje y el doctor Rodríguez ya te avisó que no comenzases tus actividades hasta que no te diese el visto bueno en la próxima revisión.
Diego miraba el mentón de la mujer alzarse por momentos y con las manos apoyadas en las caderas para dar más énfasis a su enfado.
—Tu comenzaste tus clases en la universidad —objetó Diego divertido.
—No es lo mismo.
La ceja masculina se alzó en muda pregunta. Sheila entrecerró los ojos, aún más enfadada ante la acusación de él. Tenía toda la razón. Tampoco a ella le habían dado permiso los médicos pero había conseguido engatusar a Diego con la excusa de que iba a perder su empleo y la beca si no comenzaba a ponerse al día en las clases.
 Él había accedido de mala gana y ahora se encontraba en la disyuntiva de que si se negaba rotunda a la petición de él, ella, tendría que volver a pasar horas y horas a solas encerrada en el salón de la casa. Inspiró profundo para calmarse y reconducir de nuevo la conversación.
—¿Tan importante es?
—Si no fuese así no se hubieran atrevido a molestarme —Diego se acercó con sus largas piernas enfundadas en unos pantalones de cuero negro. La tomó entre sus brazos—. Tan solo será una hora como mucho. He de revisar unos papeles de la dichosa fusión.
—¿Estará Alfredo en la reunión?
—No lo creo, es cosa de mis asesores que no tienen muy claro si algunas de las peticiones nos interesaran a largo plazo —improvisó.
Depositó un beso en los labios de ella y comenzó a bajar las escaleras mientras se colocaba un suéter de lana gris marengo.
Sheila miraba absorta la puerta de la habitación. Oyó el motor del coche de Diego acelerando por la gravilla del jardín. Intuía que había algo más que él no le había contado pero se encogió de hombros y comenzó a vestirse para acudir a las clases.



Diego llegó treinta minutos después de la llamada del detective al aparcamiento del edificio. Se desplazó con rapidez por entre los coches aparcados y tomó el ascensor que le llevaba a la planta donde se encontraba su oficina.
Mercedes se hallaba sentada frente al ordenador. Al abrir la puerta  ésta alzó la mirada por encima de la pantalla.
—Buenos días señor Galán. El señor Hurtado le espera en su despacho.
Diego le sonrió, dándole las gracias penetró al interior de su oficina. Hurtado se encontraba de pie frente al enorme ventanal desde el cual se veía una bonita vista de la capital. Los coches inundaban una de las arterias principales de la ciudad.
—Vistos desde aquí parecen de juguete —comentó Hurtado mientras señalaba el tráfico.
—¿Y bien?—Diego no se anduvo por las ramas.
Hurtado se desplazó hacia las butacas y se sentó. Rebuscó en los bolsillos y cogió un cigarrillo entre sus dedos. Diego le pasó el cenicero a la espera de que se explicase. El hombre accionó el encendedor e inhalo el humo blanquecino, carraspeó moviendo intranquilo el trasero sobre la piel del asiento y se enfrentó a Diego.
—Antes de nada he de advertirle que en caso de que todo esto se resuelva tendrá que ponerse en contacto con sus abogados por lo que podría pasar.
Diego enarcó una ceja. Sus manos se cruzaron frente a su rostro tenso, expectante.
—¿Y qué podría pasar? —preguntó.
—Podría ser acusado de cómplice por obstrucción a la justicia.
Si las palabras de Hurtado hicieron mella en él su rostro y su mirada no lo demostraron. Esperó callado a que el detective continuase con su explicación.
—La noche en que me presenté en el chalet con la policía, al entrar, nos encontramos con la escena de ustedes tres en el salón. Rápidamente ellos les atendieron al igual que los médicos pero aprovechando el barullo salí de allí y me adentré hacia el interior del pasillo. A la luz de las linternas vi un objeto brillar en el suelo.
En este punto Hurtado calló y estudió el rostro del otro hombre.
—Y ¿qué se encontró usted si se puede saber? —«¿Donde quería llegar el sabueso?» se pregunto—. ¿Habría encontrado algo y pretendía chantajearle?» Tensó la mandíbula ante estos pensamientos, sus dedos entrelazados formaron un puño apretado.
—Esto —y con un rápido movimiento Hurtado sacó el móvil y lo depositó con un golpe sordo sobre el escritorio de Diego.
 Este miraba el teléfono sin comprender donde quería llegar el detective. La extrañeza en su cara debió de reflejarse porque antes de que formulase una pregunta Hurtado habló de nuevo.
—Este pequeño artefacto no me pertenece, ni le pertenece a usted ni a su compañera.
La mente de Diego movió sus engranajes con rapidez. Ni él ni Sheila habían perdido sus teléfonos móviles, Hurtado acababa de decirle que no le pertenecía y los policías, en acto de servicio dudaba mucho que llevasen sus móviles con ellos. Además Hurtado había dicho que lo encontró en el pasillo y la policía acababa de entrar al domicilio y se habían reunido todos en el salón.
—¡Joder!
Hurtado asintió con una sonrisa de satisfacción en su cara. La mano de Diego tomó el objeto y lo sopesó en su mano, indeciso. Alzó la mirada hacia el detective que con un gesto le invitó a que inspeccionara.
Los dedos de Diego activaron el teclado y una calavera con dos huesos cruzados fue el salvapantallas de bienvenida. No, desde luego ese móvil no le pertenecía  ni tampoco a Sheila. Comenzó a buscar en contactos. Nada anormal.
—Yo que usted miraría el registro de llamadas. Lo encontrará de lo más interesante.
Dicho y hecho. En segundos encontró lo que Hurtado quería mostrarle.
—Rebeca —fue la respuesta de Diego.
—Sí. Y como podrá comprobar son las dos últimas llamadas, una poco antes del asalto y la otra la realizada esta mañana a este mismo teléfono.
Tras ello Hurtado paso a narrarle lo que había sucedido. Diego al terminar de hablar el detective no sabía si levantarse y besarlo o gritar de júbilo por la noticia inesperada.
El detective sonreía satisfecho ante la mirada brillante de esperanza del otro hombre.
—Esto se merece un cinco estrellas y un buen trago de güisqui gran reserva.
—Vamos a ello —fue la lacónica respuesta del sabueso.
Diego le extendió un vaso mientras servía hielo en el suyo. El otro denegó con la cabeza.
—Lo prefiero a palo seco. Y hoy no le rechazaré un cigarro de los suyos de esos de lujo.
Rió entre dientes, tan solo esperaba que al detective no le diese por ponerse cariñoso.
—¡Guau! —fue la exclamación del  investigador al inhalar la bocanada de humo rojo—. Esto se siente muy bien.
—Sí —replicó Diego inhalando a su vez.
Tras deleitarse en silencio del trago y el cigarro, rompió el mutismo.
—¿Y que tiene pensado hacer?
—Bueno. Lo primero es encontrar una coartada para la policía. Alegaremos que el móvil lo han encontrado los dueños del chalet cuando estaban arreglando los desperfectos. De ahí, su aparición repentina. Luego les comentaré la cita concertada con esa bruja.
Diego tosió.
—Lo siento. No recordé que usted y ella…
—Ese nombre la va perfecto.
Hurtado rió dando otra bocanada al cigarro.
—Tiene que decirme donde los consigue —indicó el inspector y prosiguió—. Conociendo como manejan este tipo de asuntos, seguramente, me pedirán que siga con lo acordado y me pondrán algún micrófono oculto para intentar grabar la conversación al igual que apostarán por los alrededores agentes de incognito.
—¿Cree usted que Rebeca sospecha algo?
—No. Se siente muy segura en su papel de pequeña mafiosa rica. Pienso que no es la primera vez que recurre a este tipo de asuntos y la han hecho confiarse demasiado. En ella misma y en su dinero.
—Sí, la ha retratado usted a la perfección. Entonces, permítame que hable primero con mis abogados, luego con el padre de Sheila y por último con la policía.
Mientras Diego comenzaba a mover los hilos. Hurtado se preparó una nueva copa y se sentó a disfrutar del momento.



Se sentía agotada, las clases no estaban dando los frutos que ella esperaba, pero es que el sustituto de Diego no cumplía las expectativas del alumnado y las clases se le hacían tan monótonas que necesitaba todo su esfuerzo mental para poder centrarse y no dormirse ante la voz apagada y cargante del profesor.
Phil apagó el motor del coche y Sheila salió de su amodorramiento. Echó un vistazo al garaje y pudo comprobar que el coche de Diego se hallaba aparcado en el interior. Sonrió. Había cumplido su palabra o al menos eso parecía porque tampoco podía saber a qué hora había regresado ya que ella se encontraba en clase.
Él solía esperarla para comer, y ese día no fue una excepción. Se hallaba en el salón, absorto en la lectura y disfrutando del  último trago de vermut y del tentempié que Daisy le preparaba a diario.
No se había cambiado de atuendo y Sheila contempló sus largas piernas enfundadas en el pantalón de cuero negro y la porción de cuello y pecho que dejaba entrever el desbocado jersey. Sintió la imperiosa necesidad de besar su dorada piel.
Sigilosa soltó sus pertenencias y penetró en el salón. Por  suerte se había puesto las botas de montaña cuya goma amortiguaba el ruido de sus pasos. A un escaso metro de él le llegó el aroma de su perfume masculino mezclado con el avainillado del efluvio de los cigarros especiales. La sesión de la oficina debía de haber sido algo estresante pues él no solía abusar de estos.
Flexionó sus rodillas y posó los labios sobre la piel desnuda del cuello. Diego dio un ligero respingo cuando sus incisivos mordieron juguetones una porción del músculo. Antes de poder darse cuenta, a la velocidad del rayo, Diego se giró tomándola por debajo de las axilas y tiró de ella hacia el sofá. Se encontró dando una vuelta de campana a la vez que gritando.
—¡Diego!
Él la reacomodó entre sus brazos y en su regazo. Posando raudo su boca sobre la de ella. Su lengua recorrió los labios instándola a corresponder al beso. Sheila abrió los suyos y la lengua de Diego comenzó a explorar ávida el interior. Sentía los latidos del corazón bombear la sangre a mil por hora.
 Las manos del hombre habían penetrado a través de su suéter y acariciaban sus pezones que respondieron al segundo a las delicadas caricias. Separando sus labios Sheila mordió juguetona el carnoso labio inferior y un sonido gutural salió de la garganta masculina. Sonrió sutilmente pero Diego debió de notarlo.
—¡Pequeña hechicera! Vas a recibir tu merecido.
Ante esas palabras dichas con la voz enronquecida por el deseo, Sheila sintió humedecer su centro. Su cuerpo reaccionaba con antelación ante las imágenes que se dibujaban en su mente, de ellos dos retozando en la enorme cama con dosel.
Parecían conectados porque él la alzó y la llevó escalera arriba. A la porra con la comida. Tenía un hambre más acuciante que llenar.
Al llegar frente a la puerta del dormitorio, Diego paró y antes de que la soltase Sheila había agarrado el picaporte y abierto la puerta. El hombre empujó de un puntapié esta y penetrando en el interior de la alcoba cerró de la misma forma. Con largas zancadas se aproximó al lecho y posó a Sheila sobre el borde del colchón. La mujer no pudo reacomodarse porque las caderas de Diego presionaron las suyas. Un grito ahogado salió de su garganta al sentir la dureza de la entrepierna.
Él se despojó en un segundo del jersey mientras Sheila desabotonaba el ajustado pantalón se descalzó sus mocasines en segundos y sus manos comenzaron a desnudarla. Sus movimientos eran urgentes. El suéter femenino desapareció al igual que el delicado sostén de encaje negro.
Izándole las caderas Diego deslizó los legins que quedaron atrapados  por las botas de montaña.
—¡Maldita sea! —farfulló mientras comenzaba a desatar los largos cordones. Sin casi miramientos tiró del calzado que cayó con un golpe sordo sobre el suelo.
Una ligera carcajada sonó seguida del gruñido ronco de Diego al contemplar a Sheila tan solo con unas diminutas bragas a juego con el sostén.
El azul de sus ojos comenzó a oscurecer por el deseo. Ella miraba hipnotizada su intensidad.
 Diego comenzó a recorrer lentamente, con las yemas de sus dedos, las pantorrillas. Acarició un punto detrás, en la corva, y la mujer ronroneó. Deslizó sus dedos por los muslos rozando el interior de los mismos. El centro de Sheila ardió. Diego adentró su rostro en él, rozando con su boca el encaje y saboreando a través de él. Deslizó sus manos por la tira lateral de la prenda, deslizándola hacia un lado y sustituyendo los labios por sus dedos.
Sheila se abrió para él. Su humedad le impregnó y sintió como su miembro se endurecía aún más. ¡Dios! anhelaba tanto sentirse dentro de ella. Desechó el pensamiento de cuánto tiempo hacía de ello. Sheila lo ansiaba tanto como él y esta vez  iban a consumar hasta el final.
De un solo embiste penetró con su dedo en el interior de ella. Se deslizó fácilmente. La notó caliente, lubricada y las caderas de Sheila comenzaron a moverse en una danza ancestral. Aceleró el ritmo y ella le siguió, aprisionándolo con los músculos de la pelvis. Diego escuchaba los gemidos y la respiración entrecortada. Su flujo fluía de manera creciente. Deseando probar tan exquisito néctar deslizó su dedo hacia afuera. Una protesta salió de la boca de la mujer. Diego lamió con deleite.
—¡Mm!
Ella le miró con los ojos nublados por el deseo, acompañó inconsciente con la lengua,  lamiendo sus labios al mismo tiempo que él saboreaba su dedo. Sheila alzó sus caderas, pidiendo a gritos apagar el fuego que notaba en el interior. Él tiró de los laterales del tanga y lo deslizó por las piernas de la chica. Ella, en respuesta,  abrió sus piernas y rodeó los hombros del hombre.
La lengua de Diego sustituyo a su mano. La humedad y la calidez hicieron que Sheila gritase de placer. Los labios de él tomaron el eréctil botón, succionando y presionando lo suficiente para que oleadas de lujuria inundasen el cuerpo femenino. Su miembro latió impaciente.
 Lamió los pliegues abriéndose paso hacia su intimidad. Su lengua penetraba en ella, girando y acariciando la suave, ardiente y jugosa piel del interior de ella. Sheila se apretó aún más contra él, tomó la cabeza del hombre, hundiendo sus dedos entre la frondosa mata de pelo al mismo tiempo que estallaba. Diego apagó su sed hasta la saciedad. Renuente separó el rostro de entre las piernas y se alzó a buscar los labios, amoldando sus caderas sobre el centro pulsátil.
Sheila devoró los labios carnosos de Diego y rodeó con sus piernas las caderas de él alzando las suyas en silenciosa petición. Sus manos acariciaban la musculatura tensa de la espalda. Acarició y pellizco las duras nalgas, deslizando el bóxer y liberando el miembro varonil. Diego se separó unos instantes para deshacerse de la prenda, pero antes de que siquiera notase su ausencia nuevamente estaba sobre ella. Rozó con el glande el botón sensible y la habitación se inundó de los gemidos de ambos.
—Diego, por favor…
 El ruego lo volvió loco y de una embestida la penetró. Los músculos de Sheila aprisionaron gustosos tan magno regalo y él ahogó un grito en su garganta, se encontraba tan bien en su interior. El cuerpo de ella se amoldaba a la perfección con el suyo. Las caderas de Sheila no se hicieron de rogar y comenzó a balancearse rítmicamente, llevándoles a los dos hacia la marea de pasión que haría estallar fuegos artificiales en sus cuerpos.
Sheila gritó y clavó sus uñas en la espalda cuando se sintió estallar.  Momentos después se dejó llevar.
Ladeó su cuerpo para que ella no soportase todo su peso, sin separarse sus sexos. Acarició el sudoroso cuerpo, erizando la piel a su paso y haciendo que Sheila empujase de vez en cuando contra su pelvis.
—Te amo —la voz ronca y la besó con ternura.
—Yo también te amo. Te echaba tanto de menos.
Ambos rieron al unísono. Disfrutando del momento de relax que seguía a tan íntimo contacto.
De repente, Sheila recordó su reunión de la oficina y preguntó:
—¿Cómo ha ido todo en el despacho?
Diego sonriendo contestó:
—Mejor de lo que esperaba, hablaremos durante la comida.
—¿Comida?
—Sí, he saciado mi hambre de ti pero por mucho que me duela reconocerlo necesito alimentarme de otra forma. Ya me gustaría a mí que esta manera hiciese fortalecer mi cuerpo. Podría estar horas y horas comiendo…
La carcajada femenina explotó al mismo tiempo que un pequeño puño golpeaba el pecho masculino.
—Phil se estará tirando de los pelos por tener que recalentar la comida.
—Sí, pero es lo que hay —contesto burlón Diego.
Con desgana, rompieron su contacto y comenzaron a vestirse con presteza. Momentos después bajaban agarrados de la mano las escaleras, en dirección hacia el salón.

viernes, 11 de marzo de 2016

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulos 22 y 23)






22


Witch cerró la puerta con sigilo. Suspiró en el pasillo y sonrió. Tras tomarse el sabroso y caliente bol de sopa que Phil le había traído los ojos de Sheila a duras penas se habían mantenido abiertos. A empujones la había llevado al baño donde la obligó a lavarse los dientes. Zombi ya, la había acostado y tapado con el bonito cobertor. Sheila ni siquiera oyó sus buenas noches ni el cálido beso que había depositado en su mejilla. Ahora quedaba enfrentarse con Diego.
Bajó despacio las escaleras, intentando visualizar en su mente la mejor manera de reiniciar la conversación en el punto en que se habían quedado. Chasqueó la lengua con fastidio. Quizás fuese mejor volver al día siguiente, aún estando con resaca se mostraría más dispuesto a escucharla y con suerte a cambiar de opinión sobre su precipitada decisión.

Había bajado la ropa usada de Sheila porque olía a hospital y el bol de sopa utilizado, al llegar a las escaleras, y oyó a los hombres en el salón.
Aún no había podido hablar con Diego a solas. Penetró en silencio. Eric y Diego se encontraban en el mismo lugar donde los había dejado. Tan solo había una diferencia. La botella de güisqui se hallaba casi vacía. Miró a Eric y éste señalo hacia Diego que se hallaba repantingado en el sofá, la camisa y pantalón desaliñados. El dorso de la mano tapaba su rostro. La joven enarcó una ceja en muda pregunta.
—Se empeñó en mostrarme su herida.
—Mi herida de guerra —contestó Diego arrastrando las palabras— y daría toda la sangre de mis venas por esa mujer. ¿Me oyes? —alzó la voz.
—Sí, Diego, te oigo —suspiro resignado Eric. En un intento de distraerle dijo—. Mira, Witch está aquí.
Diego giró su cara hacia la joven que por una vez en su vida quedó muda. Los intensos ojos azules le miraron, brillantes, enrojecidos e hinchados. Witch adivinó que había llorado.
Él parpadeó y una lágrima se deslizó por su mejilla. Intentó con torpeza secarla con los dedos pero la pequeña gota se deslizó, bordeando la boca y quedó suspendida en el aire sobre el duro mentón. 
—¿Cómo está?—la voz sonó rota.
Sin quererlo, Witch dejó escapar un sollozo. Ahogó los que continuaban tapando con la mano sus labios.
—¿Cómo está mi mujer?—volvió a preguntar Diego—. Mi mujer, sabes. Porque ella es MI mujer. No necesito papeles firmados —sacudía la mano en el aire sobre su cabeza—. Aquí —continuó y su puño se estrelló contra el pecho— aquí lo siento yo.
—¡Diego! —acompañó con su dolor al del hombre, que destrozado hablaba sobre sus sentimientos al tiempo que su rostro era surcado por lágrimas de desesperación.
Intentando aliviarle se acercó hacia él y se arrodilló a su lado. Él la miró a través de sus lágrimas.
Acercó las manos al rostro varonil y lo acarició, secó con sus dedos los húmedos regueros y sus ojos castaños buscaron la intensa mirada azul.
—Ella es fuerte. Saldrá de esta. Saldréis los dos. Juntos podréis conseguirlo.
Diego la miraba perdido. Continuó hablando mientras seguía acariciando su rostro.
—Te necesita a su lado. Tú lo eres todo para ella. Pero tienes que ser fuerte. Me oyes. Durante un tiempo tú llevarás el peso por los dos.
Diego tomó entre sus manos las de Witch.
—Por mi culpa —dijo— todo ha sido por mi culpa.
La joven negó enérgica.
— Las dos veces que ha estado en peligro ha sido porque yo la he empujado a ello.
—Eso no es cierto.
—Sí, sí lo es. No soy bueno para ella.
—No digas eso,¡ por favor!
—Es la verdad. La ayudaré a salir de esto pero tendré que alejarme de ella por su bien.
—No eres tú el que habla Diego —Witch sacudió la cabeza—. Destrozarás su corazón y el tuyo.
—No. Está decidido. La amo tanto que prefiero amarla desde lejos con tal de no volver a ponerla en peligro…
—El alcohol te hace decir cosas que… —le espetó— ¿Eric?—buscó ayuda en el hombre que conocía a Diego tanto como a él mismo.
—Déjalo estar. De momento es todo lo que podemos hacer.
—P-pero es que ellos dos…
—Sí, lo sé.
Sacudió la cabeza negando firmemente. Miró su reloj de muñeca. Girando sobre sus talones se dirigió hacia la puerta. Su amiga la necesitaba.

Atravesó de nuevo el amplio vestíbulo. La luz de la chimenea inundaba de sombras el enorme salón. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra vio un bulto extendido sobre el enorme sofá blanco. Una manta cubría el cuerpo de Diego. Buscó por la estancia a Eric. Ni rastro. Dirigió sus pasos hacia el ventanal de la terraza, quizás se encontrase en el exterior respirando el frío aire nocturno, en un intento de despejarse. Deslizando las cortinas recorrió con la mirada la terraza exterior y parte del jardín. Ambos estaban vacíos. La voz de Phil le hizo dar un salto.
—El señorito Eric se marchó.
—¡Phil! Casi me matas del susto —susurró Witch poniendo una mano sobre su pecho.
—Siento haberla asustado, señorita. El señor dejó una nota para usted.
El mayordomo alargó la mano y ofreció a Paula un sobre, lo tomó con dedos temblorosos. Sacó la nota del interior:
Han surgido algunos problemas con los ordenadores en la empresa y es urgente que los repare. Mañana nos vemos.
Eric
P.D.: y yo que pensaba que esta noche sería toda para nosotros…
Se sonrojó ante las imágenes que se formaron de ambos pasando la noche juntos, uno en brazos del otro y disfrutando de todos los placeres que esos peercing le habrían dado.
Un ligero carraspeo la saco de sus lascivos pensamientos.
—Señorita, me he tomado la libertad de prepararla un café como a usted le gusta. Mientras lo saborea tranquilamente al calor de la chimenea vigilando al señor, voy a prepararle la habitación de invitados.
La joven denegó con la cabeza.
—No, Phil, muchas gracias pero regreso al centro de la capital.
—Como usted desee.
Poco podía hacer ya allí. Volvió a mirar a Diego, que se removió inquieto. Tomó el bolso y salió hacia el exterior de la casa, donde su coche esperaba.



Despertó al oír el grito desgarrador. Incorporó su cuerpo y un zumbido intenso atravesó su cráneo pero antes que pudiera sacudir la cabeza para despejarse, un nuevo chillido llenó la oscuridad de la noche.
Lanzó de una patada la manta que le cubría e izó su entumecido cuerpo del sofá. ¿Qué demonios? se había quedado dormido en el salón. Miró la mesa de fumador, que impoluta, no mostraba signos de que… ¿horas? ¿Minutos antes?  hubiese liquidado él solito una botella entera de JB.
—¡¡Diego!!
Como activado por un resorte su cuerpo se lanzó hacia adelante y soltó una maldición cuando el drenaje tiró de los puntos de sutura de la piel. ¡Maldición! por más que quería su cuerpo no respondía a la velocidad que él deseaba imprimirle. Subió los escalones de uno en uno. Se maldijo mentalmente por no haber puesto ascensor. Al llegar a la galería, recuperó el aliento. Débil, sin fuerzas empujó la puerta de su dormitorio, Sheila gritaba y sacudía brazos y piernas en un intento de zafarse de alguien invisible.
Cerró la puerta y  se acercó hacia el dosel de la cama. Ella sollozaba en silencio, el rostro anegado en lágrimas.
—¡Sh, mi amor! solo es un mal sueño… ya estoy aquí —intentó calmarla, la voz ronca.
 Los brazos de la mujer estirados hacia él, tomándolo por los faldones de la camisa y tirando de su cuerpo hacia abajo. Se sentó en el borde de la cama y ella lo abrazó, hundió el rostro en su pecho.
Diego inspiró con fuerza y abrazó ese cuerpo que se aferraba indefenso a él.
—Solo ha sido una pesadilla, mi vida.
Sus labios depositaron un beso sobre el cabello de la joven. Acariciaba su espalda suave pero firmemente, haciéndole notar su presencia y la seguridad de sus brazos. La respiración y el llanto de Sheila empezaron a calmarse. Diego apoyó la espalda sobre los almohadones y estiró las piernas sobre la cama en busca de una posición más cómoda. Sheila adormilada se estiró sobre el colchón sin dejar, eso sí, de reposar la cabeza sobre el pecho y suspiró, en sueños, satisfecha.
Atrajo hacia él ese cuerpo que se adaptó al suyo como una segunda piel haciendo que su entre pierna latiera.
—Ahora no es el momento —gruño Diego y cerrando sus ojos se relajó, invitando a su mente a descansar.



23


Estiró los brazos satisfecha bajo el calor del nórdico. Sus manos notaron una ligera tibieza y las arrugas que otro cuerpo había dejado sobre las sábanas. Abrió los ojos. Estaba sola en la enorme cama pero el hueco del almohadón de plumas reveló que Diego había compartido la cama con ella.
Acercó su rostro a la almohada. Sí, el aroma era inconfundible. Inspiró para inundar sus sentidos y exhaló el aire lentamente. Comprobó la hora en el reloj de la mesilla de noche. Marcaba las nueve en punto de la mañana.
El repentino silencio de la alcoba llamó su atención. Oyó como se deslizaban las hojas de la mampara del baño.
¿Cómo no se había dado cuenta de que Diego se estaba duchando?
—Porque te alelas con su aroma —espetó de sopetón su otro yo.
Antes de que a Sheila se le ocurriese una contestación lo suficiente mordaz para sí misma la puerta del baño se abrió.
Diego inundó el hueco dejado por la puerta con su cuerpo. Salía con una exigua toalla negra cubriendo sus caderas mientras con otra frotaba su espeso cabello para secarlo. Su cuerpo brillaba por las miles de gotas que impregnaba su bronceada piel.
Sheila deseó lamerlas una a una.  La temperatura de su cuerpo se elevó en segundos.
En ese preciso momento Diego alzó la mirada del suelo. Sus manos pararon.
Sheila le miraba embelesada. Sus ambarinos ojos lo devoraban. Sin darse cuenta, la joven se humedeció los labios con la lengua lentamente y mordió nerviosa su labio inferior.
La respuesta de su cuerpo no se hizo esperar. Avanzó unos pasos en dirección a la enorme cama. Aún con ese absurdo pijama de muñequitos esa mujer le ponía a mil por hora.
Sheila parpadeó y movió nerviosa las manos sobre la colcha, estirando las mangas para cubrir las heridas de las muñecas. Entonces Diego paró en seco.
«Pero ¿qué demonios te ocurre?» Se regañó a sí mismo. «¿Qué pretendías hacer? Ya te dijeron que tendrías que ser paciente. Que tenía que ser ella quien diese el primer paso cuando se sintiese preparada.»
Con un suspiro de frustración volvió a la tarea de secarse el cabello y se giró hacia el vestidor a través de un panel.
Sheila miraba la espalda ancha perderse en la habitación adyacente, confusa. ¿Acaso sus ojos la habían engañado? ¿Habría leído mal o no era deseo lo que había visto en el azul de su mirada? Entonces, ¿por qué había abandonado la habitación con gesto de fastidio?
Sheila se miró. Sus dedos frotaban las heridas. «Maldita sea. Tengo que dejar de hacer esto». Tiró de las mangas y agarró con cada mano el extremo inferior de las mismas. Los osos amorosos de los extremos quedaron distorsionados.
¿Y qué quería? Se regañó mirando el pijama de franela. Esto le bajaba la libido a cualquiera.
Lo que daría en ese momento por llevar puesto su camisón de raso negro.
Los médicos le habían aconsejado tomarse las cosas con calma con respecto al sexo. Pero ¡a la mierda con ellos!, si lo que sentía ahora mismo no era un puro e irrefrenable deseo de ir hacia ese vestidor, despojar a Diego de esa minúscula toalla y hacerlo allí mismo sobre el enmoquetado suelo entonces… es que se estaba volviendo loca.
 Ante las intensas imágenes que su mente le dibujaron, Sheila se levantó rauda y se encaminó hacia el vestidor. Se detuvo. Desató la cinturilla del holgado pantalón y lo deslizó hacia abajo, por suerte, Witch, le había hecho ponerse uno de sus tangas más sexis. Se anotó mentalmente darle las gracias en cuanto la volviese a ver. Sus labios dibujaron una traviesa sonrisa mientras desabrochaba  de la parte superior unos cuantos botones, lo justo para dejar entrever sus senos. Se atusó el corto cabello y ahora sí, con paso firme se lanzó hacia el vestidor.
Diego se hallaba de espaldas cuando penetró en el gran espacio de armarios.
Unos bóxer de licra negros contorneaban, indecentes, las musculosas posaderas de Diego.
Sheila miraba hipnotizada los músculos de la espalda marcarse a través de la piel cuando su dueño movía los brazos deslizando perchas en un intento de elegir que ropa ponerse.
¡Dios! Cómo deseaba que esas manos se deslizaran por su cuerpo.
No supo por qué pero en ese momento, Diego, intuyendo su presencia se giró, al mismo tiempo que su mano quedaba parada sobre una camisa de seda negra.
«¡Dios mío!» —gimió para sí al deslizar la mirada por las esbeltas piernas, entrever el encaje de sus diminutas braguitas y perderse en el generoso escote en pico que hacia resaltar sus redondos y firmes senos.
Las manos comenzaron a sudarle, el latido de su corazón galopaba a mil por hora y como el bóxer comenzaba a estirarse en su entre pierna, en un intento de reacomodarse.  Deslizó la mano por la suave camisa de seda y sus dedos rememoraron la suavidad de la piel de Sheila. Gimió ante el latigazo de su miembro.
—Biiennn —canturreó la voz de Sheila—. Esto va a ser pan comido. Nena, le tienes a punto de caramelo».
Sheila intentó no reírse ante la carcajada malvada de su voz interior.
No había duda. La tensión de la mandíbula de Diego, sus pupilas inundando todo el azul de sus ojos, sus intentos por ocultar lo que tan obviamente debía de mostrar ese ajustado bóxer, le indicaron que su estrategia había dado resultado.
Humedeció juguetona sus labios y comenzó a acercarse lentamente a Diego. Contoneando sus caderas mientras sus dedos comenzaban a desabrochar el resto de los botones, muy despacio.
Diego miraba la puerta trasera del vestidor. ¿Y si huía? Pero los ambarinos ojos subyugaron a los suyos y cuando Sheila se encontró a escasos centímetros de él, con sus jugosos labios tentándole, sus pezones erguidos a través del pijama y la voz  de ella, ronca por el deseo, pronunció su nombre, mientras acariciaba su torso, arañando ligeramente su piel. Diego estalló.
Se apoderó de las caderas de Sheila y la apretó contra él como si le fuese la vida en ello. El gemido que salió de la garganta femenina le dio el empujón necesario para apoderarse de sus tentadores labios. Mordió y succionó el labio inferior, tirando de él.
 La lengua de Sheila jugueteó con el ligero montículo que formaba su labio superior. Acarició seductora la suave piel interna y Diego penetró lascivo al interior de su boca. Sus lenguas se rozaron, rodaron, retozando y provocando descargas eléctricas por todo el cuerpo de sus dueños. Las manos de Diego comenzaron a explorar por debajo de la camisa abierta del pijama. Sheila, asegurándose en no rozar su herida del costado, bajó las manos a los glúteos masculinos, apretándolos y pellizcándolos.
Las caderas de Diego se aplastaron contra las suyas y Sheila pudo sentir su erección, en todo su apogeo. Sus manos quisieron palparla por sí mismas.
El gemido de la garganta de Diego la hizo estremecer y su respiración comenzó a acelerarse. Separó sus labios de los del hombre. Bajando a mordisquear el mentón y lamiendo con la punta de su lengua el lóbulo de la oreja. Diego jugueteaba con sus senos, pellizcaba suave sus erectos pezones, provocando un sutil dolor y un enorme placer.
Sheila besó el cuello y lamió la vena de este hasta perderse en el hueco de su hombro. Su aliento cálido hizo que la piel del hombre se erizase. Sus manos acariciaron su ancho pecho y pellizcó las tetillas masculinas. Notó el latigazo en su bajo vientre. Le necesitaba en su interior. ¿Qué tenía ese hombre que era capaza de acabar con sus miedos? Desechó las imágenes que se abrieron paso a través de su subconsciente. Estaba con Diego. A salvo. Ese salvaje no tenía hueco en ese momento.
Diego sintió la rigidez de Sheila y paró sus caricias por unos segundos.
Pero ella no quería eso. Quería que Galán borrase del todo el recuerdo y comenzó a empujarle en dirección a la descalzadora que se hallaba en el vestidor.
Él se dejó llevar. Cuando sintió sobre las piernas la dureza del asiento, agarró la cintura de Sheila y la desplazó con él hacia abajo.
 Ella se sentó a horcajadas sobre él. Apoyó sus manos sobre los hombros de Diego intentando separar sus torsos. Quería despojarse de la tela que separaba su piel de la de él.
Con desgana Diego se despegó. Sheila tiró de las mangas y se desprendió del pijama. Sus senos se irguieron expectantes.  Tomó un rosado pezón entre sus labios y presionó. Le volvió loco el sentir como a su contacto se endurecía y cambió la suavidad de sus labios por la dureza de sus dientes. Mordió el erecto montículo. Un grito de placer se escuchó en las revestidas paredes de madera.
Pasó a acariciar el otro pezón mientras sus labios ascendían hacia el cuello, lamiendo la suave piel de entre sus  senos, erizando ésta a su paso. Al llegar al hueco de la garganta sus ojos se encontraron con la rosada cicatriz. Se detuvo unos instantes. Podía percibir milimétricamente el dibujo de la cuerda, como si esta hubiera quedado grabada sobre la piel por siempre jamás.
Sheila abrió los ojos y contempló a Diego mirando la huella del otro hombre.  Sus cejas fruncían levemente su frente. Él la miró. Sus miradas se encontraron. En los ojos del hombre brillaban las dudas. En los de Sheila el temor. Y fue ese temor el que hizo que Diego alzase su mano para acariciar el rostro de la mujer que amaba con toda su alma.
Sheila tapando con sus manos la cicatriz se levantó de un salto.
Los dedos de Diego quedaron extendidos en el aire. Segundos. Minutos. Hasta que laxos se quedaron quietos sobre el musculoso muslo de su dueño.
Sheila trastrabilló hacia atrás sintiéndose dolida por el rechazo.
Sus ojos quedaron inundados por el dolor y un sollozo escapó de sus labios.
—Sheila… yo… —susurró la ronca voz de Diego.
Ella comenzó a desandar el camino que momentos antes había atravesado con soltura. Pero esta vez, sus pasos eran cortos, inseguros, y zigzagueaba, chocando contra el panel de madera de la puerta. Se sujetó a él unos segundos, parando la vibración de la madera. Giró su cuerpo y corrió llorosa hacia el baño. Echando el cerrojo al cerrar.
—Maldito hijo de puta —brotó con furia de los labios de Diego. Atusó desesperado su pelo negro. Frotó sus sienes y pellizcó el puente de su nariz, inhalando profundamente en un intento de calmar los latidos de su corazón.
Oyó el agua de la ducha al caer sobre el enlosado.
—¡Mierda!
Se levantó indeciso, dio dos zancadas hacia la puerta. Paró. Miró hacia el techo. Los focos halógenos le hirieron su iris. Parpadeó unos segundos. Bajó la cabeza y volvió sobre sus pasos. Tomó la camisa de seda negra. El primer pantalón que encontró. Se calzó unos mocasines de piel y dirigiéndose hacia la puerta de la alcoba, la abrió cerrando de un portazo.
Sheila encogió los hombros al oír el estruendo de la puerta al cerrarse. Su rostro comenzó a surcarse de amargas lágrimas que se perdían en el agua. Tomando el guante de crin que encontró en la ducha comenzó a frotar su cuello y su cuerpo con fuerza.



Se vistió con lo primero que vio, su chándal azul celeste. Metió sus pies en las deportivas y comenzó a recoger la habitación. Abrió los grandes ventanales de la terraza. El frío de la mañana inundó sus pulmones y erizó su piel pero no la importó lo más mínimo. Necesitaba despejarse.
Salió a la frialdad del exterior e inspiró profundamente, sus pulmones protestaron por el frío pero Sheila no se dejó amilanar por tal nimiedad. Buscó a tientas en sus bolsillos los cigarrillos, bien sabía Dios que necesitaba uno ahora mismo. Un pequeño escalofrío le recorrió el cuerpo, aún tenía algo húmedo el cabello, entró a grandes zancadas, tomó un pitillo, el encendedor y salió, de nuevo, a la terraza.
Desde esa elevada posición podía ver sin ninguna dificultad las cristaleras de la piscina climatizada de Diego. Suspiró. Recordaba a la perfección lo que había sucedido en el jacuzzi que ella inocente había confundido con una piscina infantil. Las tardes de tertulia con él, compartiendo las horas de relax y aportándole ideas para el taller.
Sacudió la cabeza e inhaló con fuerza una nueva dosis de nicotina. Exhaló el humo, pensativa. En tan poco tiempo cómo podía haberse enamorado de él de esa manera. Le parecía estar poseída por otra mujer que no era ella. Nunca antes se había dejado llevar tanto por su corazón, ella era más de cabeza. Pero por esta vez había decidido lanzarse a la piscina y él no se iba a librar tan fácilmente. Lucharía por ese amor que sabía que ambos sentían, no se iba dejar amedrentar por nada ni nadie.
Recuperaría su confianza. Lo ocurrido en el vestidor tenía que tener una explicación. Sintió un nudo en el estómago que gruñó ruidoso. Recordó que no había tomado nada sólido desde el desayuno en el hospital. Cerró el ventanal y se dirigió hacia la puerta, en dirección a la planta baja.
Bajó las escaleras con rapidez, Phil debía de estar haciendo café porque la  casa estaba inundada por el exquisito aroma. Giró en el enorme hall en dirección a la cocina. Olía a pan recién tostado.
Todo su enfado se desvaneció ante la visión espectacular de unas enormes tostadas de pan con mermelada y mantequilla y la taza, humeante aún, de café.
—Ahora mismo iba a subirle el desayuno, señorita Sheila —la voz de Phil se dirigía a ella desde el fondo del pasillo que llevaba a la despensa—. El señorito Galán dijo que desayunaría en el cuarto mientras él trabajaba en el despacho.
—No hace falta Phil, me lo tomaré aquí mismo si no le importa.
El hombre negó sonriendo. Apartó solicito una de las sillas invitando a la joven a sentarse.
Tras comerse la primera rebanada de pan Sheila se atrevió a preguntar.
—Diego, ¿ya ha desayunado?
—El señorito tomó una taza de café y se dirigió al despacho, con orden de no ser molestado.
—¡Ah! —fue la breve y decepcionada respuesta.
Así que no quería la presencia de nadie. Sheila intuyó que ese nadie se refería a ella en cuestión. Notó como un rubor cubría sus mejillas y que sus ojos comenzaban a arder pero el calor que comenzó a notar en su cuerpo se fue transformando de bochorno en ira. Ella no estaba dispuesta a ser rechazada por él nuevamente.
 Necesitaba que lo cuidasen mientras tuviese el drenaje puesto y ya podía ponerse como un basilisco y lanzar llamaradas por esos intensos ojos azules que no se iba a salir con la suya. Alzó el mentón desafiante. Terminó con rapidez lo que le quedaba de desayuno y se dirigió a Phil.
—¿Le importaría darme de nuevo la bandeja?
Phil  la miró confuso.
—Creo que tendré que llevarle al señorito Galán —y su voz recalcó el nombre con sorna— su desayuno. Necesita tener fuerzas para recuperarse del todo y no me pienso mover ni un ápice del despacho a no ser que se tome todo lo que pienso llevarle.
El anciano bajó la cabeza para esconder la sonrisa que asomaba a sus labios. Si el señor se pensaba que iba a salirse con la suya es que no había calibrado bien a su adversaria.
—Phil, por favor, mientras yo preparo el zumo natural y un par de cafés, tuéstame más pan.
El anciano asintió en silencio mientras seguía las órdenes de la mujer. Sonreía con disimulo al ver como la joven iba alzando la barbilla y fruncía sus cejas con enfado al mismo tiempo que preparaba todo.
Colocaron con esmero todo en el carrito auxiliar y Sheila guiñando un ojo a Phil comenzó a desplazarlo hacia el exterior de la cocina.
—Suerte —le indicó Phil.
—La que va a necesitar él  —replicó airada Sheila.
Ya en el hall se paró indecisa. ¿Dónde se encontraba el maldito despacho? Miró confusa hacia la puerta principal que daba al exterior. Luego su mirada se dirigió hacia las acristaladas puertas del salón, al otro lado se hallaba la puerta del aseo y detrás de ella, la cocina, la cual acababa de abandonar.
¿Estaría en la primera planta? Desechó esa idea porque en ese caso Phil hubiese utilizado el montaplatos. Oyó abrirse la puerta de la cocina y cómo  Phil en un susurro dijo:
—El despacho se encuentra justo detrás de la escalera, en el recoveco que hay encontrará usted la puerta.
Y era cierto. A simple vista ese ángulo pasaba totalmente desapercibido. Tendría que preguntarle alguna vez a Diego por su excentricidad a la hora de hacer pasar desapercibidas las puertas. Se dio cuenta que tan solo lo hacía en los habitáculos donde se buscaba privacidad. El aseo en su despacho de la universidad, el vestidor de su alcoba y ahora su despacho. Como si necesitase tener un rincón para sí mismo y que nadie más supiese de su existencia.  Encogiéndose de hombros ante la imposibilidad de obtener una respuesta sensata, empujó con decisión el carrito en la dirección que el mayordomo le había indicado.
Allí estaba. Una maciza puerta de madera, justo detrás del hueco que la enorme escalera dejaba en su parte trasera. Atusó nerviosa su corto cabello, estiró de la chaqueta de chándal y con mano firme aporreó la puerta. Un silencio tenso siguió al golpeteo de sus nudillos. Esperó unos minutos más. Nada. Enojada volvió al ataque. Esta vez fue el puño el que golpeó la madera.
La puerta se abrió de par en par con ímpetu a la vez que Diego respondía furioso.
—Phil di la orden de que nadie me…
Abrió los ojos sorprendido al ver que una iracunda Sheila empujaba con decisión el carrito. El hombre se apartó del camino de la camarera justo a tiempo de evitar que le atropellase.
—Mo-les-ta-se —terminó de decir e iba perdiendo fuerza en su respuesta.
Sheila con paso firme y sin inmutarse penetró en la privada estancia. Paró frente a una enorme mesa de despacho de  estilo clásico, se sentó sobre una de las mullidas butacas de cuero y madera que se encontraban por delante del escritorio y se giró, muda, a mirarle..
Este cerró en silencio la puerta y se dirigió hacia ella con los ojos entrecerrados.
«Si quieres guerra tendrás guerra» se dijo Sheila, inspirando profundamente y preparándose para la batalla que se avecinaba
—Te he traído el desayuno. Phil me ha dicho que ya habías tomado una taza de café — señaló la pieza de porcelana vacía que estaba al lado del ordenador— pero me pareció que debías de tomar algo más consistente. Yo ya desayuné —y le miró desafiante— pero te acompañaré con otra taza de café… si no te importa.
«Y si te importa también» y esperó a que el hombre comenzase a discutir. Pero se quedó boquiabierta cuando Diego en vez de comenzar la batalla campal se sentó en la otra butaca y acercó el carrito a la mesa colocando sobre las tostadas una generosa ración de la mermelada de fresa que tanto le gustaba. Sheila tomó en silencio la humeante taza de café que él le ofrecía y rechazó con un gesto de su mano la porción de tostada que él le brindó.
Mientras él daba cuenta del desayuno, Sheila paseó su mirada por el despacho. Tenía unas características similares al de la universidad. Las paredes se hallaban cubiertas de estanterías repletas de voluminosos libros. La mesa y las butacas eran los únicos muebles.
Se levantó a observar una colección de libros con cubierta de piel en color rojo fuego que  habían llamado su atención. Paseó sus dedos por la suavidad de los lomos. Acariciándolos.
Su amor por los libros no pasó desapercibido en su gesto a Diego. Tenían en común su pasión por la literatura y esta había sido lo que les había unido en este torrente de pasión, amor… y muerte. La parca ya les había rondado muy de cerca. Se le erizó el cabello en la nuca. Por dos veces había estado a punto de perderla. Y en ambas ocasiones él había sido el culpable. Sentía que ellos estaban hechos el uno para el otro pero su mayor temor era perderla e intuía que jamás se recuperaría si así fuese.  Ella era el amor de su vida y no creía posible que otra mujer pudiera sustituirla a lo largo de su vida. Jamás.
Antes de darse cuenta de lo que hacía Diego se encontró a escasos centímetros de la espalda de la mujer. Rodeó con sus potentes brazos la cintura de ella y la acunó en silencio contra su cuerpo. Las aletas de su nariz se dilataron ante el perfume de la piel femenina. Sheila se relajó contra él con un suspiro.
La voz de Diego sonó ronca contra sus cabellos.
—Sheila… en el vestidor yo…
La mujer giró en redondo enfrentado sus intensos ojos y puso un dedo sobre los labios, silenciándolos. Diego besó con suavidad la yema de los dedos. Sheila acarició la boca y deslizó la caricia hacia el mentón y lo atrajo lentamente hacia su boca. Los labios masculinos se posaron con suavidad sobre los suyos. Fue un beso dulce, tierno, donde ambos pusieron todo el amor que sentían. Pasados unos instantes separaron sus bocas y en el silencio del despacho se oyeron las voces de ambos al unísono:
—Lo siento.
Se sonrieron y continuaron abrazados, renuentes de romper tan mágico momento.


continuación