lunes, 22 de febrero de 2016

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 21)



21


Las protestas de Julia, la madre de Sheila, volvieron a resonar por el pasillo.
—Sigo diciendo que no deberíais iros. Por mucho que los médicos hayan cedido a vuestras exigencias, deberíais de esperar unos días más. Total.
—Julia —repitió en tono cansado Mario—, ya te han dicho los chicos que han firmado el alta voluntaria y que se trasladan a Madrid. ¿Tienen que volver a explicártelo?
—No, no hace falta —refunfuñó la mujer—. Lo he entendido a la perfección. Tan solo digo que el traslado no es ninguna tontería y que podrían ponerse enfermos por el camino… si al menos fuesen en ambulancia.
—Mamá, al ser alta voluntaria el hospital no nos deja disponer de ninguna. Además, Eric conduce con precaución.
Diego alzó las cejas para segundos después disimular ante la mirada de advertencia de Sheila. Si sus padres supiesen que el amigo de Diego conducía como Alonso su Ferrari ya podían dar por despedida su huida del hospital.
—Señora Julia. Le prometo que en cuanto lleguemos a la capital, iremos directamente al hospital de mi amigo Juan.  Allí nos harán todo tipo de pruebas que crean convenientes y si necesitamos ser ingresados de nuevo, le juro que lo haremos —apaciguó Diego.
«Mentiroso» le dijo con la mirada Sheila pero él ni se inmutó. Por lo que a él concernía ni aunque lo atasen volvería a una habitación de hospital, en cuanto a Sheila, era otro cantar. Claro, que no iba a descubrir la jugada antes de tiempo.
  —Está bien —respondió más conforme la aludida— ¿Eric?
El joven se aproximó a la mujer. Al llegar a su lado tomó una de sus regordetas manos y la llevó a sus labios, besándola.
Sheila observó a su madre sonrojarse por el gesto y mirar embelesada al atractivo hombre.
—¿Me prometes que tendrás cuidado con la carretera y que llevarás a estos dos al hospital en cuanto lleguéis?
—Por mi honor que lo haré señora  —y sonrió zalamero a la mujer que suspiró más tranquila.
Los ojos de Diego se alzaron al cielo gesto que no pasó desapercibido a su amigo. Este aprovechando la situación remató la faena.
—Diego es casi un padre para mí, a pesar de que nos llevamos tan solo unos años… no sabría pasar sin su persona y sus consejos, de ahí que yo también me quiero cubrir las espaldas. Le aseguro que el doctor Rodríguez está avisado y espera nuestra llegada.
«¿Padre? te voy a dar yo a ti padre en cuanto estemos en el maldito coche» y miró a Eric furioso.
   —Lo ve. Mire como le brillan los ojos de la emoción —prosiguió Eric disfrutando como un niño—. Diego,  yo también te aprecio, amigo mío.
Y tomó la mano de Diego que en respuesta apretó los nudillos de su amigo algo más de lo debido.
  —Bueno, —anunció Eric soltándose de tan férreo apretón y moviendo los dedos en un intento de aliviar el dolor— creo que ya es hora de que nos vayamos si queremos que Juan no nos eche los perros cuando lleguemos a la clínica.
Mientras Eric empujaba la silla que a regañadientes Diego había consentido en usar para salir del hospital, el padre de Sheila hacía lo propio con la de la muchacha.
A la salida les esperaba el coche de Diego que se encontraba aparcado a escasos metros de la puerta.
El trío se despidió del matrimonio que debía volver al pueblo para arreglar los desperfectos causados.
—Nos mantenemos en contacto Mario —se despidió Diego.
Este asintió mientras tomaba por los hombros a su mujer que se despedía con la mano al ver alejarse el BMW gris plateado.
Diego no se contuvo más.
—¿Padre?
—Era un decir hombre.
—Da gracias a que no puedo moverme como yo quisiera pero no te preocupes que me desquitaré.
Sheila rompió a reír. «Vaya dos. Como el perro y el gato pero luego no pueden pasar el uno sin el otro».
—Y tú no te rías tanto —masculló refunfuñando Diego— Witch te espera en casa.
La risa de Sheila se ahogó en su garganta. ¡¡Puf!! Se había olvidado por completo de eso. Su fiel amiga se pasaría horas y horas repitiéndole constantemente su falta de juicio y bla bla bla
Ahora fueron ellos los que rieron por lo bajo. Y cruzándose de brazos, mohína, no volvió a dirigirse a ellos en todo el viaje de regreso a la capital.



—Despierta bella durmiente.
Oyó entresueños la voz de Diego que la zarandeaba con suavidad. Abrió los ojos adormilada. Aún se hallaba en el interior del lujoso coche. Parpadeó, confusa intentando quitarse el amodorramiento.
Miró hacia el exterior y a través de los cristales ahumados vislumbró un edificio blanco con unos jardines enormes.
«Un momento. Esta no es la casa de Diego… ¡esto es el maldito hospital privado!» en cuestión de segundos se despejó e izó su cuerpo del asiento trasero.
—¡¿Qué demonios hacemos aquí?!
Diego se mantuvo en silencio. Ya sabía que la reacción de ella al despertar en ese lugar no sería para echar cohetes pero la furia contenida en esa corta frase le dijo que iba a tener que lidiar muy bien con su genio para convencerla.
—Le dije a tu madre que te traería aquí —su voz sonó suave e inocente.
Sheila le taladró con la mirada. Los ojos de él se perdieron en los suyos y Diego alzó la mano para acariciar el corto cabello que ella rechazó de un manotazo.
—Pensé que lo decías para que se calmase.
Diego suspiró antes de proseguir.
—En parte sí. Pero me quedaría más tranquilo si te viese Juan… además llegamos justo a tiempo para tu cita programada.
—¡A la mierda mi cita! —respondió brusca—. No pienso dejar que me ponga otra escayola. Mi tobillo se encuentra perfectamente, mis heridas se encuentran estupendamente y yo me encuentro divinamente.
—Sip y todo lo que acaba en mente —gruñó Diego entre dientes.
—¿Qué?
—Lo que has oído.
Inspiró profundo para calmarse. No quería ser demasiado rudo con las palabras. Debía de escoger como decírselo.
—Sheila, tan solo va a ser un chequeo de rutina. Desearía contar con una segunda opinión sobre tus heridas.
—¿Y sobre las tuyas? O ¿es que acaso tú no has sufrido una operación importante?
—De acuerdo. Si te quedas más conforme y me prometes someterte a las exploraciones pertinentes, yo haré lo mismo.
Sheila enmudeció. Esos condenados ojos azules atravesaban los suyos sin piedad. Se perdió en ese océano. La mirada de él pasó del enojo a la ternura en cuestión de minutos. Sheila sentía resquebrajar su determinación.
¿Cómo podía negarse ante la preocupación que él sentía por ella?
Días atrás, cuando los tranquilizantes habían dejado de hacerle efecto y había preguntado por él, al decirle que se encontraba en  cuidados intensivos, lo primero que hizo fue quitarse todas las conexiones del cuerpo e intentar levantarse para acudir a su lado. ¡Dios! Él había puesto su vida en peligro por salvarla. No una sino dos veces desde su primer encuentro. Se lo debía.
Se desinfló como un globo.
—Está bien.
Diego abrió los ojos sorprendido. Pensaba que le costaría mucho más esfuerzo convencerla. Entrecerró los ojos. Desconfiado.
—¿Estás segura?
—Sí.
Los dedos rozaron con suavidad el mentón femenino y aproximó sus labios a los de ella. Depositó un tierno beso sobre ellos. Separando su rostro unos centímetros le susurró:
—Estaré en todo momento a tu lado.
Sheila denegó con la cabeza. La mano de Diego aferró más firme su mejilla. Pero ella mantuvo el tipo.
—No —susurró apenas sin voz. Aclaró la garganta y sacando fuerzas de donde no había hizo que su tono sonase más determinado—. No Diego. Esta vez no.
La mandíbula de él se contrajo marcando sus mejillas por la tensión. Maldijo entre dientes  resignado y miró hacia el tapizado techo del coche. Bajó la mirada al sentir sobre su mano, que aún mantenía sobre el rostro, los suaves dedos de Sheila acariciándole los dedos.
Diego fundió su mirada en los ojos color miel.
—Querrán… —la voz salía quebrada. Tragó saliva para intentar aliviar el nudo que notaba en su garganta— querrán… me preguntarán sobre lo ocurrido…
Diego asintió y dejó terminar a Sheila.
—No quiero que vuelvas a pasar por ello. Necesito afrontarlo yo sola.
Con un gesto de su mano silenció la respuesta de él.
—Necesito demostrarme que aún me puedo valer por mí misma. Que puedo defenderme de cualquier peligro yo sola. Sé que tú siempre estarás ahí. Y Witch. Y mis padres. Pero llevo muchos años con las riendas de mi vida en mis manos y quiero saber… necesito saber que aún soy yo la que tira de ellas.
»Que soy lo suficientemente fuerte para afrontar lo que unos niñatos de mierda y un psicópata asesino han hecho conmigo, que soy capaz de levantar de nuevo la cabeza —inconscientemente levantó desafiante la barbilla— y saber que no han podido hundirme y que nunca lo lograrán.
Diego la besó apasionadamente y se encontró respondiéndole agarrada a las solapas de su chaqueta con fuerza. Quería que él le traspasase esa energía que sabía que tenía en su interior. Su coraje. Su valentía.
Eric les interrumpió.
—Chicos. No quisiera molestar pero nos están esperando y aún debo aparcar el coche.
La pareja se separó con desgana. Sheila abrió por sí misma la puerta del vehículo y rechazó con suavidad la ayuda de Eric, que se dirigió entonces hacia Diego pero este ya se encontraba en el exterior del auto. Cerrando las puertas, Eric volvió al asiento del piloto, no sin antes vislumbrar a la pareja de amigos que, andando despacio y agarrados por la cintura, se ayudaban mutuamente a subir las escaleras de acceso al hospital.  Sonrió. Sacudiendo la cabeza puso el coche en marcha.
«Saldrán de esta. Juntos, saldrán de esta» y arrancó.




Estaban exhaustos cuando por fin vislumbraron la silueta de Phil en el umbral de la puerta principal del chalet. El anciano, nervioso, retorcía sus manos y desplazaba el peso de su cuerpo de un pie a otro. Cuando se encontraban a diez metros escasos Eric hizo sonar la bocina.
La pareja fue testigo sonriente de la pelea que Phil, Witch y Daisy se traían entre manos para ser el primero en saludarlos.
No bien Eric hubo detenido el coche y apagado el motor, seis pares de piernas, cada una a distinta velocidad, corrieron escalones abajo. Paula fue la primera en llegar, seguida del ligero resuello de Phil y minutos más tarde por los sollozos de Daisy, que sonaba ruidosamente su nariz sobre un delicado pañuelo.
A Sheila no le dio tiempo siquiera a poner la mano en la manecilla interior cuando la puerta se abrió de repente y se encontró en su regazo a una Witch llorosa que se aferraba a su cuello. Diego rió entre dientes.
—Bueno bueno, ver para creer. Aquí tenemos a la pantera enfurecida que se iba a comer a su compañera por los pies.
Sheila le dio un codazo. Prefería, una Witch llorona mil veces que la que se había ella imaginado camino de la casa. Con la cara enrojecida por la furia, sus ojos brillando por la ira y las venas del cuello a punto de estallar.
—¡Cállate bocazas!—le espetó entre hipidos Paula.
—¡Esa es mi bruji! —exclamó sonriente Diego.
—Witch cariño me estás ahogando —protestó Sheila.
La joven aflojó un poco los brazos del cuello de su amiga. Sus ojos se deslizaron por el rostro y bajaron hacia el cuello que la camisa blanca de su amiga dejaba al descubierto.  Los almendrados ojos se abrieron desmesurados al descubrir la fea cicatriz del cuello de Sheila. Inconscientemente sus dedos la acariciaron. Sheila desplazó su cuerpo hacia atrás, rechazando el contacto. Witch se apresuró a quitar la mano que su amiga agarró con fuerza y apretó a modo de disculpa.
—No pasa nada. Es que aún me escuece un poco.
Witch asintió en silencio.
—Bienvenidos a casa señores.
Phil atento como siempre había interrumpido tan tenso momento con todo su saber estar.
Diego saludó al mayordomo con un apretón de manos cuando este se había aproximado a ayudarle para bajar del lujoso auto.
—Muchas gracias Phil, que haría yo sin ti.
El pecho del empleado se hincho ufano. Girando hacia Daisy ordenó:
—Vamos mujer. ¿A qué esperas para ayudar a las señoritas a bajar del coche?
La figura rechoncha de la mujer se acercó hacia la puerta del auto.
—No te preocupes Daisy. Primero me tendré que deshacer de este dulce peso que tengo entre mis brazos —dijo Sheila intercediendo a favor de la llorosa cocinera.
Witch comenzó a reír nerviosa y desplazó su cuerpo hacia el exterior del coche y ayudó a Sheila a salir de él.
Custodiada por ambas mujeres y agarrada a sus brazos Sheila comenzó a subir los escalones que llevaban al porche delantero de la casa.
Eric y Phil se hacían cargo de las maletas ante los gruñidos de desacuerdo de Diego.
Cuando el anciano fue a tomar del brazo a su jefe, Diego denegó con la cabeza firme y acercándose hacia la balaustrada de piedra que hacía de pasamanos se apoyó en ella y comenzó a subir despacio.
El grupo entero penetró al vestíbulo que se encontraba bañado  por la luz del sol del atardecer.
—Me he tomado la libertad de preparar sus habitaciones para que pudiesen descansar —explicó el mayordomo señalando con su mano, aún vendada, las escaleras en muda invitación.
—Todavía no Phil —contestó Diego—, necesito un largo trago de güisqui para reponerme de tanto hospital.
Se desplomó con un leve quejido sobre los mullidos cojines del sofá. Sheila se acomodó a su lado, mientras Eric y Witch lo hacían sobre sendos pubs. Phil, quien había abandonado las maletas en el vestíbulo, servía con rapidez y destreza la bebida demandada. Daisy regresó de la cocina con refrescos para las chicas y ante la respuesta negativa de si deseaban algo más, el servicio de la casa abandonó el salón dejando a ambas parejas.
En el silencio del salón tan solo se oían los tintineos de los cubitos de hielo chocando contra el fino cristal de los vasos. Los cuatro se miraban de reojo esperando a ver quién era el osado que hablaría primero.
Diego apoyó la cabeza sobre el mullido almohadón, cerró los ojos y se deleitó con el abrasador trago que atravesaba su garganta.
Sheila, a su lado, tensa y con las manos fuertemente entrelazadas, esperaba la ráfaga de preguntas de Paula.
Eric observaba, como siempre, al trío. Esperando calmar los ánimos en caso de que fuera necesario.
Witch tomó el vaso de refresco y cuando hubo dado un largo trago, carraspeó y habló.
—Bueno. Y ¿cómo os ha ido en el hospital?
—Bien —exclamaron ambos al unísono.
—A Diego le han recomendado reposo absoluto hasta que se le quite el drenaje.
—No le he prometido nada a Juan —refunfuñó—. Tan solo le dije que no acudiría a la oficina pero que atendería mis asuntos desde mi despacho de aquí.
—Necesitas recuperar fuerzas —advirtió Sheila—. Aún pueden surgir complicaciones.  Si el drenaje se desplazara el pulmón comenzaría a encharcarse de nuevo y…
—No me digas lo que tengo o no tengo que hacer —cortó seco.
Ella enmudeció y cruzó los brazos frente a su pecho. Diego, irritado, atacó a su vez.
—Tú eres la que deberías estar descansando. Tu tobillo aún no está recuperado del todo y aunque han accedido a no vendártelo ya sabes que debes de mantenerlo en alto el mayor tiempo posible.
Witch les observaba callada. La tensión acumulada por los graves sucesos estaba haciendo mella en ellos. Decidió posponer el interrogatorio para otro momento y levantándose del mullido asiento se aproximó a su amiga.
—Será mejor que hagas caso a los doctores y pongamos esa pierna en un sitio más cómodo. Vamos Sheila, te ayudaré a subir y a acomodar la ropa en los armarios.
—Gracias Witch.
Sheila agarró la mano que la otra mujer le ofrecía y abandonaron el salón.
Diego, enfadado, terminó de un solo trago lo que le quedaba del licor, sirviéndose otra generosa cantidad.
—Deberías subir a disculparte.
 Miró furioso a Eric. Inspiró hondo para calmar sus enervadas emociones. Atusó nervioso su cabello. Maldijo en voz alta y tomó otro trago. El otro le dejaba hacer.
Por fin Diego comenzó a hablar.
—Me importan bien poco mis lesiones, bien lo sabe Dios. Pero te juro que fundiría toda mi fortuna en pagar a alguien que pudiese arrancar de su mente lo sufrido en estos días y volver al momento en que la conocí.
Eric se mantenía mudo, se levanto hasta donde estaba la botella de whisky y se sirvió él mismo. Diego seguía hablando.
—No están seguros de que no le queden secuelas.
La mano de Eric sosteniendo el vaso paró unos segundos antes de continuar el camino hacia su semblante serio.
—Y no me refiero a las cicatrices. Me tiene sin cuidado la más leve de las imperfecciones de su piel. La amo, sabes. Con cada célula de mi cuerpo. Mataría por ella si hiciese falta y bien saben los hados que esa fue mi intención cuando apuñalé a ese maldito bastardo.
La respiración de Diego se agitó, un gemido salió de sus labios ante el dolor del costado.
—Tranquilízate Diego —dijo Eric intentando calmar a su amigo—. No debes  alterarte.
—¿Cómo no quieres que me altere? Acaso tú ¿no destriparías al tipo que ha intentado violar y asesinar a la mujer que amas y que le ha incapacitado para volver a tener relaciones durante el resto de su vida?
—¿Toda su vida? —la voz de Eric expresaba todo el horror que ello le causaba.
—No están seguros. Dicen que quizás con el tiempo… que depende mucho de la víctima. Que tendré que tener paciencia. Mucha paciencia.
Diego miró a su amigo antes de proseguir.
—No me importa no volver a tener sexo con ella, a pesar que en confidencia, es fantástico. Lo que me vuelve loco es no poder volver a acariciar su piel, no poder volver a besarla apasionadamente… tú nos interrumpiste en el coche antes de entrar en el hospital…
Eric asintió.
—Cuando al salir de la consulta del psicólogo quise tomarla entre mis brazos rehusó mis caricias. Intenté tomarla por el codo… ¡por el codo!… y del respingo que dió casi se cae por las escaleras.
 Tomó aire nuevamente.
—Has podido ver como se ha dejado coger por Witch y Daisy. Pero las manos de un hombre sobre ella… no sé… por el momento no puede soportarlas.
Eric apretó el muslo de su amigo, intentando traspasarle algo de esperanza. La cosa estaba jodida. Muy jodida. Se imaginó él mismo en esa situación. No pudiendo acariciar a la hermosa mujer que en ese momento se hallaba en la primera planta ayudando a su amiga. No podría soportarlo. Solo de pensarlo se ponía enfermo. El sexo no lo era todo en una pareja, pero para que engañar, era un pilar fundamental en una relación. Tarde o temprano sin ese pilar, por muy buenos cimientos que hubiese, las grietas comenzarían a aparecer.
continuación

martes, 2 de febrero de 2016

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 20)




20



Diego observaba en silencio el magullado cuerpo de Sheila que se hallaba sobre la camilla. Permanencia con los ojos cerrados  y el rostro inexpresivo. Hubiera pasado por estar dormida si sus dedos no palpasen una y otra vez los vendajes de primeros auxilios que le habían realizado el médico y el enfermero de la ambulancia.
—¡Sheila, por favor, deje de tocarse las heridas! —Dijo el médico, regañando por enésima vez a la joven.
Diego le observaba, el hombre fruncía el entrecejo y apretaba los labios con disgusto.
Los dedos de Sheila se pararon durante unos minutos pero volvieron de nuevo al ataque.
El enfermero maldijo entre dientes y se levantó, su cuerpo se bamboleaba por el interior de la ambulancia que en ese momento subía el puerto de carretera en dirección al hospital de la comarca.
—No me queda más remedio Sheila —dijo el joven.
Diego le vio acercarse a una de los muchos compartimentos y tomar unas gruesas tiras de loneta trenzada.
El sanitario enganchó uno de los extremos a un lateral de la camilla y comenzó a pasar la tela por una hebilla, cuando quedaban unos diez centímetros lo soltó y realizó los mismos movimientos con la otra tira.
Diego seguía todos sus pasos preguntándose qué demonios se disponía a hacer el ayudante.
Terminada la tarea, el enfermero tomó una de las manos de Sheila y la aproximó hacia el lateral de la camilla.
Diego saltó como un resorte comprendiendo.
—No vas a atarla de nuevo —susurró Diego amenazador a escasos centímetros de su nuca.
—Es necesario… va a terminar lacerándose más la piel —respondió impávido el enfermero volviendo a su cometido.
La férrea mano de Diego se cerró sobre la muñeca del joven.
—Le he dicho que ¡no! —su voz era fría como un tempano.
El médico se levantó en ayuda de su compañero pero un ademán imperativo de la mano libre de Diego le paralizó dejándolo en una posición algo ridícula.
La voz de Sheila atravesó el tenso silencio del interior, tan solo roto por el ulular de la sirena.
—¿Diego? ¿Qué ocurre?
Los profundos ojos azules buscaron la cara de Sheila que enfocaba con mirada turbia a los dos hombres que se encontraban a su lado.
—Nada, amor —la calmó Diego con su voz—. Tan solo me acercaba a cogerte de la mano.
Y diciendo esto soltó la muñeca del sanitario y tomó con suavidad los dedos de la joven entre los suyos.
El enfermero volvió a su lugar frotándose su dolorida muñeca.
Sheila suspiró aliviada al notar el tacto de esos dedos y se aferró con ambas manos a ellos.
Diego miró de reojo a los hombres que le miraban hacer en un embarazoso silencio.
La voz del chofer de la ambulancia se oyó a través de la cabina, ajeno a la tensa situación vivida en el interior.
—En unos minutos estaremos en la rampa del hospital chicos. Voy a darles aviso para que estén preparados.
—De acuerdo, gracias —la voz del médico sonó calmada.
Minutos más tarde la UVI móvil frenó en seco y en segundos las puertas traseras se abrieron, dando paso a un grupo de sanitarios que comenzaron a desplazar la camilla.
—Apártese, ¡por favor! —oyó  Diego a un hombre corpulento con uniforme blanco.
Los dedos entrelazados de Sheila tiraban de su mano, en un vano intento de retenerle.
Un grito desgarrado salió de la garganta de la joven cuando perdió el contacto con Diego. Maldiciendo, él comenzó a empujar a los sanitarios que raudos introducían la camilla a la sala de urgencias del hospital.
—¡Diego! ¿Dónde estás? ¡Diego! —gritaba Sheila fuera de sí, sus manos  intentaban desatar el cinturón que la sujetaba a la camilla.
—Cincuenta miligramos de diazepan intravenoso ¡Ya! Hay que calmarla, está intentando quitarse las vías —se oyó la orden tajante.
—¡Déjenme acercarme!... Tan solo está asustada —gritaba Diego entre los cuerpos que le impedían acceder a Sheila— no le inyecten nada… ¡bastardos! — maldijo al ver como con un ágil movimiento una de las enfermeras inyectaba el calmante.
Sus ojos se nublaron y arremetió contra el personal médico.
Cuatro potentes brazos lo sujetaron. Sintió como una pierna musculosa se metía entre sus pies provocándole un traspié y haciendo que su cuerpo se desplomase, cuan largo era, sobre el encerado suelo.
 Sentía el peso de los vigilantes sobre la espalda  impidiéndole izarse. Empujaban su rostro sobre el frío enlosado.
—Cálmese, amigo —se dirigió una voz a él—. Ellos están haciendo su trabajo.
—Fatal, por cierto y no soy su amigo —contestó fríamente Diego inspirando repetidas veces para calmarse.
Cuando los hombres de seguridad notaron relajarse al noqueado Diego, se separaron de él.
 Se alzó en segundos llevándose la mano al costado derecho. Unas punzadas de dolor atravesaron su semblante. Inspiró de nuevo. Sus profundos ojos azules taladraban las puertas de metacrilato, buscando en vano a Sheila.
Avanzó para pulsar el interruptor que las abría y de nuevo los vigilantes interceptaron su camino.
—Solo personal autorizado —dijo uno de los hombres.
El puño cerrado de Diego salió disparado… golpeando y doblando el marco de aluminio de las puertas.
Dos blancos rostros le miraron temerosos frotar los nudillos ensangrentados, y pasaban sus miradas de la mano herida del hombre a la maltrecha puerta.
Inspiraba con rapidez y un sudor frío comenzó a recorrerlo, sintió como sus piernas se doblaban y su mirada se volvió borrosa. Intentó fijar los bailantes rostros de los vigilantes.
—¡Rápido, un médico!
Fue lo último que oyó.



Alargó el  brazo en busca del despertador que atronaba sus oídos con su bip bip bip. Tanteó con los dedos y notó un tirón en su muñeca y un pinchazo de dolor. «¿Qué demonios?» —pensó abriendo de repente los ojos por las punzadas.
El rostro de una desconocida apareció ante él.
—Tranquilo, —dijo— o te arrancarás la vía.
Diego la observaba manipular una serie de frascos de suero situados por encima de él.
 Alzó la cabeza y recorrió con la mirada el espacio que le rodeaba. Se hallaba en una gran sala. Paredes acristaladas formaban habitáculos individuales donde pudo observar a una serie de personas conectadas a un sinfín de aparatos al igual que él. El sonido que le había despertado procedía de la máquina que estaba a su izquierda. Se percató entonces que una máscara de oxigeno cubría su nariz y boca.
La enfermera conectó nuevos frascos y reguló la velocidad del gotero. Diego la miraba hacer  confuso. La oyó trastear por detrás de su cabeza, giró su cuerpo en un afán de no perderla de vista y un latigazo de dolor le atravesó el costado. El gemido que salió de sus labios no pasó desapercibido a la atareada mujer.
—Estate quieto o se te saltarán los puntos que sujetan el drenaje.
—¿Puntos? —preguntó mientras miraba su torso parcialmente cubierto con una sábana.  Con la mano libre despegó esta de su piel y comprobó que estaba totalmente desnudo bajo ella. Soltó rápido la tela que lo protegía y miró interrogante a la sanitaria.
—Sí, puntos  —confirmó la mujer—.  No te preocupes no dejaran casi señal.
La sonrisa de la cuidadora no dejaba ninguna duda al respecto. ¿Estaría confundido o la enfermera  intentaba ligar? Miró, de nuevo, el rostro femenino que sonreía y recorría el cuerpo de Diego a través de la sábana, se paró unos segundos de más en la mitad de su cuerpo. El hombre comprobó como la sábana actuaba como una segunda piel y no dejaba a la imaginación ninguna parte de su anatomía. Incómodo encogió una pierna con rapidez y volvió a mirar a la enfermera, que con un guiño pícaro, salió del box dejando en el aire una carcajada.
«¿Puntos? —se dijo—. ¿Qué demonios había pasado? Lo último que recordaba era el puñetazo a la puerta y como al sentir el dolor de sus nudillos el aire comenzó a faltar en sus pulmones.
Perdido en sus  pensamientos y con los ojos cerrados intentó recordar. Una voz masculina le sobresaltó.
—¿Qué tal se encuentra?
Diego estudió al hombre que se encontraba frente a él. Tendría más o menos su edad. Vestía bata blanca y el típico estetoscopio colgado del cuello. Leía unos  papeles con atención. Diego le contestó lacónico:
—He tenido momentos mejores.
El facultativo rió entre dientes, dejó los papeles sobre los pies de la cama y se acercó hacia Diego. Levantó la sábana e inspeccionó el drenaje y la bolsa.
—Esto va muy bien.
—¿Se puede saber qué es lo que me ha ocurrido para que esté en la UVI?
El médico posó sus ojos sobre él.
—Sufrió usted un neumotórax debido a una esquirla ósea que se despegó de la fisura que tiene en una de las costillas y se clavó en su pulmón derecho. Lo que no entiendo es cómo ha sufrido el colapso aquí y no durante el traslado en la ambulancia.
Diego estaba perplejo. A su mente le vino el fuerte golpe recibido por el sicario. Sí, lo más probable es que le hubiese fisurado una costilla pero con los acontecimientos  vividos en lo que menos había pensado era en él. No recordaba haberse sentido mal durante el traslado al hospital. Entonces cayó en la cuenta.
—Los gorilas de la puerta se tumbaron encima para bloquearme el paso, —le comentó al doctor— ha debido ser cuando se ha desplazado.
El facultativo abrió los ojos pero en cuestión de segundos su rostro volvió a ser tan impávido como antes.  Carraspeó ligeramente antes de preguntar:
—¿Cuánto tiempo transcurrió desde ese suceso hasta su desmayo?
—Cuestión de segundos.
—Entonces no puede ser posible. La cantidad de líquido pleural que le hemos extraído no ha podido filtrarse en tan poco tiempo. Lo que sí ha podido suceder es que se introdujese algo más con el sobrepeso de ellos sobre usted —el doctor comenzó a moverse inquieto antes de continuar— si quiere hacer una denuncia tendrá que ponerse en contacto con la dirección del hospital…
—No se preocupe doctor, no va a haber ninguna denuncia por mi parte.  Es que detesto holgazanear en la cama.
—Pues tendrá que habituarse porque la lesión no es de la más graves pero si tendrá que guardar un tiempo prudencial de reposo.
—¿De cuánto estamos hablando?
—En unos quince días podrá comenzar a realizar una vida más o menos normal pero cuente con un mes mínimo para reponerse del todo.
Diego soltó un gruñido y maldijo entre dientes. Necesitaba estar bien para atender a Sheila.
—¿Cómo se encuentra mi acompañante?
—La mantenemos sedada porque sufre continuos ataques de ansiedad. Es lo más lógico después de lo que ha vivido…
Otra maldición volvió a salir de los labios del joven. Deseaba poder verla, tomarla entre sus brazos y acunarla en ellos, transmitirle su calor y que sintiese que estando con él estaba protegida.
La imaginó sola en la habitación, inmersa en sus pesadillas. E inconscientemente hizo ademán de levantarse pero el doctor raudo le plantó su mano en el pecho.
—Necesito verla —susurro ronca la voz de Diego.
—Necesita recuperarse. No la ayudará para nada si usted no se restablece del todo. Tendrá que tener mucha paciencia con ella… físicamente se recuperará en unos días pero la mente humana, aunque tiene mecanismos para borrar los malos momentos, no se sabe nunca como va a reaccionar.
Diego asintió. Un silencio denso llenó el habitáculo.
—Ahora intente descansar. Si todo va bien, mañana será trasladado a una habitación. Le mantenemos aquí más que nada porque en caso de alguna complicación estemos preparados.
—Gracias doctor.
Diego le vio abandonar el box y cerró los ojos. Miles de pensamientos bullían en su mente. Fundiría toda su fortuna  en especialistas del mundo entero, si era necesario, pero Sheila se recuperaría fuese como fuese. La necesitaba junto a él. Si no podían tener sexo, no lo tendrían, pero quería a esa mujer, la amaba con pasión y no podía imaginarse su vida sin ella. Sin compartir esos arranques de genio, sus risas, sus caricias, sus besos, su conversación, todo.
«Si pudiese levantarme de esta maldita cama».  Levantó su tórax pero el maldito drenaje protestó.  Posó frustrado la cabeza sobre la almohada y apretó los puños hasta que el dolor cedió.



Parpadeó, somnoliento, varias veces para centrarse. «Estoy en el hospital, recuperándome de lo que ha hecho una mierda de huesito…» se dijo.
Se removió incomodo en el colchón y alzó el rostro al oír un ligero carraspeo a su lado.
Una risa nerviosa salía de los labios de un desconocido, que se levantó de la silla. Diego estudió al otro hombre. Su pelo castaño ondulado dejaba entrever ya algunas canas, una amplia frente surcada de ligeras arrugas hacía parecer su rostro más alargado. Las cejas bien delineadas enmarcaban unos ojos que le miraban con preocupación tras los cristales de su montura metálica. La nariz tenía una ligera protuberancia en el tabique a nivel de donde se posaban las lentes. Debajo de ella, un recortado bigote creaba  falsa dureza en un rostro que debía de haber sido atractivo tiempo atrás.
¿Quién demonios era ese hombre? Diego siguió con su silencioso escrutinio. Vestía jeans y una camisa de rayas de manga larga. En su mano sostenía una cazadora de cuero, que pasaba de una mano a otra ante la penetrante mirada del joven. Por fin con un ligero carraspeo el hombre comenzó a hablar.
—Quería ver como estaba y darle las gracias por lo que ha hecho, si no llega a ser por usted… mi niña…
Diego inspiró a través de la máscara. Las palabras del otro hombre comenzaron a atravesar su embotado cerebro.
—Usted es el padre de Sheila —afirmó más que preguntó.
Unos ojos color miel le perforaron de nuevo mientras la cabeza del hombre asentía. Esos ojos. ¿Cómo no los había reconocido antes?
—¿Cómo está ella? —preguntó Diego ansioso porque el otro hombre le informase.
—Algo adormilada por la medicación pero la he dejado paseando con su madre por la planta del hospital —puso los ojos en blanco y continuó hablando— seguro que con el parloteo incansable de mi mujer conseguirá despertarse.
Diego rió entre dientes.
—Las heridas tienen mejor aspecto que ayer.
—¿Ayer?—preguntó extrañado.
El hombre maduro asintió.
—Lleváis casi dos días en el hospital…
—Imposible… hace un rato vino el doctor a comunicarme como estaba…
—Eso fue ayer hijo. Te dormiste y en sueños intentaste levantarte. Comenzaste a tirar de todos esos tubos que tienes conectados y decidieron sedarte.
—¡Maldita sea! Por eso siento el cerebro embotado.
Ambos rieron incómodos. Sus sienes protestaron.
—Avisaré de que te has despertado. Me dijeron que cuando lo hicieses te trasladarían a planta ya que no han surgido complicaciones de tu operación y piensan que estarás más tranquilo si puedes comprobar por ti mismo que Sheila está bien.
Diego asintió. ¿Cómo demonios sabían los médicos el motivo de su intranquilidad?
Antes de que pudiese preguntar, el padre de Sheila habló:
—Gritabas el nombre de mi hija, y según el médico, parecías un camionero cabreado por la cantidad de maldiciones que soltaste por…  así que en beneficio tuyo y del resto de compañeros de la unidad de cuidados intensivos ha firmado tu traslado a planta.
Diego se removió molesto. Tendría que disculparse con el personal en cuanto pudiera mantenerse en pie.
El padre de Sheila se dirigió hacia la entrada del box y llamó a la enfermera.  Diego los veía hablar e instantes después el padre de Sheila le informaba.
—Van a llamar a un celador para que te traslade. La habitación ya está preparada. Por suerte estarás en la misma planta de mi hija. Creo que dos habitaciones más allá, así que podremos vigilaros a los dos sin problema.
—No quisiera ser una molestia para ustedes señor…
—Mario. Llámame Mario. No hay inconveniente que valga, además después de lo que has hecho por mi hija te puedo considerar casi como un hijo.
—Volvería a hacerlo si fuese necesario. Sin su hija yo estaría perdido.
La voz de Diego tembló por la emoción. Notó que sus ojos se nublaban y unas lágrimas recorrieron sus mejillas.
—¡Joder! —maldijo irritado por la situación y secó las lágrimas con el dorso de la mano.
Mario al verlo apurado explicó:
—No te preocupes hijo, son los efectos de los calmantes. En mi última operación me tenías que haber visto. Parecía un bebé. La caja de los kleenex desapareció en un plis-plas.
Diego agradeció el comentario con una sonrisa, tragó saliva sonoramente y cuando creyó que su voz no le delataría de nuevo se presentó.
—Encantado de conocerle, aunque había pensado que sería en otras circunstancias… soy Diego… Diego Galán… el prometido de su hija.
Si las palabras de Diego y su confesión hicieron mella en el hombre maduro, su rostro no lo demostró. Al contrario, con toda tranquilidad extendió su mano y la apretó enérgico con la del joven.
El celador interrumpió el momento.
—¿Diego Galán? —preguntó, y penetró en la habitación ante la afirmación de ambos hombres—. Vengo a trasladarle a su habitación.

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