sábado, 16 de enero de 2016

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 19)










19




—Aquí están —dijo Ramón al aparecer dentro del acogedor salón empujando una mesita auxiliar en la que portaba los cafés que le habían pedido las dos parejas, además de unas bandejas con una serie de dulces—. Ya conocéis a Vitoria y os obsequia con un acompañamiento.
Diego y Eric atacaron la bandeja de bocaditos de nata. Sheila y Witch se decantaron por las pastas de té, que eran típicas de la capital, y cuyo tamaño y sabor eran deliciosos. Justo un bocadito.
—Yo por mi parte —prosiguió Ramón— como la cocina no es lo mío, os traigo unos licores de mi bodega. Afrutados para las señoritas y con más cuerpo para los señores.
Presentó ante ellos dos preciosas botellas de cristal tallado y unos chupitos.
Tomó el recipiente que contenía un licor de color cereza y llenó los vasitos, ofreciéndoselos a las jóvenes.
—Gracias —exclamaron ambas.
Tras esto, de la botella que contenía el licor ambarino sirvió a los hombres.
—Si me disculpáis tengo cosas que hacer. Si necesitáis algo Vitoria está en la cocina.
Todos asintieron y vieron desaparecer al hostelero que cerró la puerta del salón al salir.
Witch fue la primera en probar el licor.
—¡Guau! —exclamó—. Esto está delicioso. Ni fuerte ni dulce en su punto justo, si señor…
Y de un solo movimiento hizo desaparecer el licor entre sus labios.
—¿Quién dijo miedo? —se dijo Sheila y emulando a su amiga, engulló la bebida.
Los hombres las imitaron. Diego miró sorprendido el vaso vacío. Y tomando de nuevo la botella tallada llenó nuevamente su vaso. El licor desapareció con igual rapidez que el primero.
—¡Dios! Esto está de muerte.
Eric asintió en silencio mientras imitaba a su amigo. Diego se levantó ágil del sofá.
—Si me disculpáis me gustaría hablar con Ramón, creo que tengo algo que proponerle.
Desapareció tras la puerta. Se dirigió a la cocina donde la hostelera recogía todos los enseres.
—Vitoria —llamó Diego a la robusta mujer—. Desearía hablar con tu esposo de un asunto que creo que le puede interesar.
—Se encuentra en su santuario.
Diego enarcó una ceja y Vitoria se rió ante su gesto.
—Le encontrarás tras esa puerta, escalera abajo, en la bodega. Tengo prohibido el paso a ella, por eso lo llamo su santuario.
Diego se rió.
—Bueno pues esperaré a que salga.
—¡Oh, no! —Exclamó— el santuario solo está prohibido para mí. Estará encantado de recibir a otro buen catador de caldos entre sus vinos.
—Gracias por el cumplido. En ese caso bajaré.
—Ten cuidado con la escalera que es muy inclinada.
Efectivamente así era, inclinada y muy estrecha. Dudaba que la mujer de Ramón pudiese pasar con holgura entre esas estrechas y oscuras paredes de piedra granítica.
Al llegar al último escalón, sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra del lugar. Olía a roble, a vino y se notaban unos cuantos grados menos de temperatura. Andando hacia la tenue luz que veía al fondo de la bodega se frotó los brazos.
Se encontró al hostelero sentado de espaldas a él, delante de una mesa. Una lámpara de escritorio alumbraba el lugar.
—¿Ramón?
El hombre dio un salto en la silla.
—¡Dios, Diego! ¿Pretendes que me dé un infarto? No te oí llegar.
—Perdona  —se disculpó—. Vitoria me dijo que te encontrabas trabajando en la bodega. He probado tu licor y venía a proponerte un negocio pero si llego en mal momento hablamos por teléfono…
 —No por favor, no me molestas en absoluto —y el hombre se levantó, aproximándose a Diego— ¿qué querías proponerme?
Ramón miraba a Diego en espera de su respuesta pero este permanecía callado, observaba más allá de la silueta del hombre hacia la mesa que acababa de abandonar. Extrañado giró su cuerpo en busca de lo que tanto había llamado la atención de Diego. Deslizó su mirada por la mesa de trabajo. La lámpara, sus notas, varias carpetas amontonadas, su ordenador portátil, varias botellas vacías… volvió a dirigir su atención al joven y vio con sorpresa que una sonrisa de oreja a oreja se dibujaba en sus labios y sus ojos brillaban intensos a la suave luz de la lámpara.
—Esa pequeña maravilla… —comenzó a preguntar Diego— ¿no tendrá conexión a internet por casualidad?
—¿Por quién me has tomado? —Exclamó Ramón simulando enojo— ¿por un paleto desfasado?
Diego estiró su fuerte y musculoso brazo y agarró por los hombros al asombrado hostelero.
—Ramón, acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo.
El aludido se sonrojó y una sonrisa tímida apareció en su rostro.



Separó sus labios de los de Diego, pesarosa. Suspiró frustrada. Las horas se le habían pasado volando.
—Vamos llorona —llamó Witch—. En un par de días le tendrás de nuevo entre tus brazos.
Sheila se giró a mirar a su amiga y entornó los ojos enojada por la interrupción. Witch burlona le sacó la lengua y comenzó a reírse.
—No dejes que te saque de tus casillas —susurró la ronca voz de Diego sobre su oreja—. Tiene razón, en un par de días nos veremos y ya no te vas a volver a escapar tan fácilmente de mí.
Sheila alzó la vista para perderse en el profundo azul de sus ojos, sonrió ante las palabras de él y lo que conllevaban. Volvió a besarle con intensidad. Se aferró a sus caderas con ansia. Su corazón comenzó a latir acelerado. Las manos de Diego la separaron de él.
—Nena, no sigas… —bisbiseó sobre sus labios. Sheila rió entre dientes. Se separó unos centímetros más a pesar suyo.
Diego la ayudó a entrar en el coche de su amiga. Sheila buscó con la mirada a Witch y la vio fundida en un tierno abrazo con Eric.
—La llorona está lista —dijo Sheila alzando la voz para que Paula la oyese— y está esperando a que doña arrumacos se prepare para llevarla a casa.
Diego estalló en carcajadas cuando una airada Witch se separó y asesinó con la mirada al copiloto de su coche.
—Donde las dan las toman —cizañó aún más Diego.
—Ni caso, —dijo Eric mediador— solo están muertos de envidia
—¿Envidia? —exclamaron ambos, Diego y Sheila.
—Sip. Somos más jóvenes, más guapos, más listos…
—Más engreídos —manifestó Sheila.
—Más inexpertos —apoyó Diego.
—Vale, por no oíros se da dinero —contestó Witch mientras daba un ligero beso a Eric y se dirigía hacia el asiento del conductor—. Espero que me llames para decirme que habéis llegado bien…
—Que sí —contestó Eric.
—¿Tú, pidiendo que te llamen? ¿Estás preocupada? —azuzó Sheila.
Witch la atravesó con sus almendrados ojos. «Estás muerta» le comunicaron a su amiga. Sheila se sonrió ufana. Tantas veces había pasado las noches en vela porque ella había desaparecido en combate que ahora porque tomase de su propia medicina no estaba nada mal. Abrió la boca para responder a la mirada.
—Ni se te ocurra decir nada… —susurró con voz amenazante Witch— a no ser que quieras hacer a pata coja los dos kilómetros que ahí desde aquí a tu casa.
—No serias capaz…
Por toda respuesta Witch arrancó el coche y dio un acelerón. Sheila enmudeció, sabía hasta donde podía llegar… y ya había llegado.
Diego y Eric montaron sobre el lujoso todoterreno, saludaron con la mano al matrimonio. Ramón alzaba su pulgar hacia arriba mientras guiñaba un ojo a Diego. Este como respuesta le hizo un ligero saludo militar. Eric arrancó el coche y comenzó a maniobrar para salir del aparcamiento de la casa. Encauzó con el morro hacia la puerta e hizo sonar el claxon en señal de saludo mientras hacía desaparecer el coche por el camino.
Ambas chicas suspiraron. Witch maniobró y diciendo adiós con su mano a los hosteleros, aceleró.
—¿Quieres que pasemos por casa de Manuela para recogerla? —preguntó a Sheila.
—¿Por casa de Manuela? —preguntó a modo de respuesta la chica— ¿Para?
—Por no hacerla ir andando hasta tu casa cuando anochezca. Así cuando me vaya os entretendréis charlando y… ¿Un momento? —Witch miró fugazmente a su acompañante que miraba distraída hacia la ventanilla— ¿Tú no piensas ni pensabas llamarla para que se quedase esta noche contigo, no es cierto?
Sheila seguía observando la vegetación del camino con obstinación. No le apetecía enfrentarse en ese momento a Paula.
—Contesta —instó Witch.
—Pues no —dijo suspirando con fastidio—. Estoy harta de que me sobreprotejáis. ¡Por favor! que tengo edad suficiente para saber defenderme y ser independiente.
—Eso depende de cómo se mire. Visto cómo te va últimamente en lo de defenderte yo no diría tanto.
—Witch, eso le podría haber pasado a cualquiera.
—¡Si! pero te ocurrió a ti. Y que quieres que te diga, a veces, pareces tan indefensa como una niña de diez años.
—¡Por dios Witch! tengo a mi cargo a cinco personas, me encargo de todos los incunables existentes en la Biblioteca Nacional y de particulares y museos de toda la península, llevo siendo independiente desde los veinte años y he tenido que luchar muy duro para llegar a donde estoy.
—Ya sé todo eso o ¿te olvidas de que yo he estado compartiendo contigo todos esos años de tu vida? pero es que a veces eres tan confiada con las personas. Te crees que todo el mundo actúa de tan buena fe como tú y estás muy equivocada.
—Ya sé que todos pensáis que soy bastante mema en ese sentido pero que quieres… siempre pienso en el lado bueno de la gente pero eso no quiere decir que sea estúpida y que quiera correr riesgos innecesarios.
»Pero dime ¿acaso Manuela me va a proteger de unos ladrones si entran en casa? Nos pillarían a las dos durmiendo o lo que estuviésemos haciendo en ese momento y si quieren hacernos algo lo harían de todas formas.
—Yo solo digo que tienes que estar alerta. Eric parecía algo preocupado por tu seguridad.
—¿Te comentó algo?
—No, en realidad. Pero no fue lo que dijo sino lo que no me dijo lo que me mosqueó.
—Y ¿qué es lo que no te dijo?
—Pues no te estoy diciendo que no me lo dijo —Witch bufó—. Fue la manera de expresarlo, no sé, ya sabes que para eso…
—Sí, tu tercer ojo te avisa. Oye y ¿te aviso sobre lo que iba a ocurrir en la montaña y por eso te lo llevaste allí o te pilló por sorpresa?
—Sabes que conmigo no funciona tan bien como con los demás. Siempre tengo in…
—… Terferencias. Ya lo sé —interrumpió Sheila.
—Sí.
—Te gusta Eric —fue una afirmación más que una pregunta—. Se nota por como lo miras.
—Y ¿cómo lo miro según tú?
—Como tú ves que yo miro a Diego.
Witch la miró a la cara en la penumbra del coche. Su amiga no bromeaba.  La contemplaba ahora fija y le sonrió. Paró el motor del coche pues habían llegado a la entrada del chalet.
—Que hayamos echado un buen polvo no significa nada —farfulló.
—Tú di lo que quieras pero yo sé lo que veo y a mí no me engañas.
—Yo no soy tú.
—Eso te crees pero tú estás más encaprichada de lo que piensas.
—No.
—¿Vamos a seguir discutiendo o me ayudas a bajar y montar la silla?
—Sí, será mejor, no tengo ganas de irme enfadada contigo.
—¿Por qué no te quedas y sales mañana de madrugada?
—Sabes que no puedo. Trasnochar no me importa pero eso de madrugar…
—No es lo tuyo lo sé. Es que voy a echarte mucho de menos.
—Tienes a Manuela.
—No es lo mismo.
—Y a tu gato.
—Yo no tengo gato.
—¡Ah! ¿no? Y esa preciosidad de la puerta ¿de dónde ha salido?
Sheila miró hacia la puerta de la casa. Un gato blanco con una mancha negra sobre uno de sus ojos las miraba fijamente, al ver que ellas le observaban prosiguió como si nada lamiéndose de nuevo las patas.
—Ese gato no es mío, es un gato callejero.
—Bueno, pues ya tienes quien te haga compañía esta noche.
—¿No pensarás que voy a dejar pasar a un gato pulgoso a la casa de mis padres…?
Habían llegado hasta la puerta y antes de que Sheila lo impidiese el gato había saltado sobre su regazo y se había acurrucado sobre él con un ligero suspiro.
—Bueno pues para no pertenecerte le has caído muy bien.
Sheila miraba al intruso que hecho un ovillo ronroneaba sobre sus piernas totalmente relajado. Sin poder evitarlo acarició el suave pelaje.
—Vale le adoptaré… pero solo por esta noche.
—La adoptaré, no tengo mucha idea sobre gatos, pero me da que lo que tiene en la tripita no pertenece al género masculino.
Sheila deslizó la mirada sobre la gata. «Bueno por lo menos de momento tengo a Diego si no pensaría que empiezo a parecerme a la señora Blanca».
—¿Quieres que te prepare algo para cenar esta noche y que luego puedas calentar en el micro?
—Creo que no. Después de todo lo que hemos comido desde esta mañana siento que ya estoy servida por lo menos para un par de días.
—Sí. No entiendo como estos pueden engullir como lo hacen y maldita la gracia que tiene porque no les sobra ni una molécula de grasa a ninguno de los dos… y nosotras ya ves, a dieta durante dos días por lo menos, como castigo por los excesos de unas horas.
Ambas bufaron y terminaron riendo. Witch tomo su maleta y la dejó en el maletero del coche.  Se acercó a Sheila que apoyada sobre las muletas la miraba prepararse con gesto triste.
—Vamos llorona, que solo son dos días y no llegan ni a eso. Prometo estar en casa de Diego cuando llegues.
—De acuerdo. Ven aquí que te de un abrazo.
A regañadientes Paula se acercó. No le gustaban los gestos de cariño. Los besos y abrazos no iban con ella.
—Prometo llamarte en cuanto llegue, esperemos que tengas cobertura, tus padres no se en que estarían pensando al quitar el teléfono fijo, la verdad.
—Ya, pero ya sabes cuándo se hacen mayores se vuelven de un raro…
—Sí.
—Anda vete ya si no quieres irte riendo todo el camino al recordarme sorbiendo los mocos por la llantina.
—Bye.
Sheila vio alejarse el Ford rojo de su amiga. Notó un ligero empujón sobre su escayola, miró hacia abajo y vio al gato frotándose contra ésta pidiendo a gritos toda su atención.
—Bueno y tú ¿qué? ¿Qué voy a hacer contigo, eh?
Como contestación la gata maulló y se introdujo silenciosa hacia el interior de la casa. Sheila la siguió, cerró la puerta, echo la llave y los pestillos, y a paso lento se dirigió hacia el salón, a sentarse frente al fuego en su butaca favorita. Según se sentó, la intrusa, salto sobre ella y se arrebujó en su regazo, ronroneando satisfecha.
—Nunca me han gustado los gatos, pero contigo, me parece que voy a hacer una excepción —le habló Sheila al pequeño felino que alzó ligeramente la cabeza, la miró y volvió a cerrar sus ojos ronroneando nuevamente—. Mírame. Aquí, sola y hablando con una gata sin saber siquiera si me entiendes.
—¡Mau!
—Tomaré eso como un sí.
La gata resopló inquieta.
—Está bien, me callo.
Tomó el mando a distancia e hizo zapping por las pocas cadenas de televisión que se podían ver. Decidió dejar la película de la cadena nacional, la habían dado miles de veces pero mejor eso que deportes o documentales.



—Espero que sepas lo que haces —gruñó Eric.
—Deja ya de darme la lata. Ya está todo hablado y decidido. Te llamaré con lo que sea.
—Puedes apostar a que si no lo haces vas a tener que esconderte en algún remoto lugar del planeta.
Diego se rió. No hacían falta las palabras exactas, su amigo le estaba diciendo que estaba bastante preocupado con su decisión y que no se encontraría tranquilo hasta que todo estuviese en calma y resuelto.
—Anda vete, no quiero que conduzcas de noche por estas carreteras perdidas de la mano del hombre.
—¿Dudas sobre mi habilidad para la conducción? —preguntó Eric ofendido.
—No. Dudo sobre ese asfalto, por llamarlo de algún modo, y la fiabilidad de la carretera.
—Eso está mejor —Eric haciendo un gesto con la mano a modo de despedida le dijo—. Cuídate.
—Okey.
Diego vio alejarse el todoterreno por la carretera. Tomó su mochila y comenzó a moverse a un ritmo rápido pero no agotador, aún le quedaban unos cuantos kilómetros hasta llegar a su destino.



Acomodó su trasero sobre la plana superficie de la piedra. Podía ver perfectamente a la mujer, sentada, suponía, frente al fuego y a su gato sobre el regazo. Dentro de unas horas, en cuanto  llegase la noche cerrada comenzaría su jugada. Se relamió de gusto y su entrepierna respondió con un ligero hormigueo. «Aún no pequeña, dentro de un rato será tu momento pero aún no». Se rió entre dientes, tomó otro pedazo de manzana con sus perfectos dientes. Masticó en silencio y despacio. La chica parecía haberse quedado dormida. La posición de su cabeza  la delataba.
Ahora sería el momento ideal. Podría tomarla por sorpresa, amordazarla fácilmente y arrastrar el cuerpo hacia el dormitorio para comenzar a pasárselo bien antes de terminar el trabajo que le había hecho dar con sus huesos en ese pueblucho de la sierra de Gredos.
En realidad, el pueblo en sí no estaba mal. Hubiese sido un idóneo lugar de descanso pero él no había venido a descansar y una vez que terminase el encargo jamás volvería a ese lugar. No le gustaba regresar a los sitios que le recordaban el trabajo al que se dedicaba. Deseaba terminar este cuanto antes. Ya debía de haber sido así pero todo se había detenido cuando su víctima había recibido visitas.
 No le gustaba dejar rastro ni tampoco tener que liquidar a nadie más que a la persona en cuestión para la que le habían contratado. Esperaba que este fuese su último fiambre, pensaba sacarle una buena tajada a esa maldita belleza rubia, por su trabajo y por su silencio. Se apostaba su mejor arma a que el cachas pijo pagaría una buena cantidad de dinero por saber quién había mandado matar a su pareja.
JD le evaluó en cuestión de segundos. Tendría pinta de ricachón pero sabía que ese hombre escondía más de un as en la manga y aunque  le sacaba un buen palmo de estatura y unos cuantos kilos más de musculatura intuyó que en caso de tener que luchar cuerpo a cuerpo con él no le resultaría nada fácil exterminarlo. No le engañaron para nada esas educadas maneras.
 Ese hombre sería peliagudo, lo detectó por un reflejo que había visto en su mirada. Llevaba muchos años en esta profesión para dejarse engañar. De un solo vistazo sabía cuando tenía un enemigo peligroso frente a él o no. Y éste lo era. De ahí que decidiese esperar a que la chica volviese a estar de nuevo a solas, eso y que la putita le había puesto a cien solo con su olor y luego más tarde con su indiferencia y repulsa en el pub del pueblo.
Se juró a sí mismo que le haría sufrir lo indecible hasta que le suplicase por sus perfectos y jugosos labios que la matase. Y lo haría.



El sonido estridente del teléfono la despertó, solo el pequeño salto y el maullido de protesta de su compañera ante la interrupción de su siesta consiguieron sacarla del sopor.
Tardó unos segundos más en ubicar de dónde procedían los timbrazos del móvil. Se había escurrido entre el brazo y el cojín donde se hallaba sentada. Introdujo los dedos por la rendija y tomó entre sus dedos el plano aparato. Lo acercó a la oreja activándolo, justo para oír el pitido característico de que habían cortado la llamada.
—¡Mierda! —maldijo en voz alta—. A ver quién era.
Una llamada perdida de Witch. Apretó la tecla de rellamada. Al segundo pi descolgaron.
—¿Se puede saber dónde demonios te habías metido? Estaba a punto de llamar a Manuela.
—No grites… acabas de despertarme de la siesta.
—Pero si son las diez de la noche. ¿Te has quedado dormida desde que yo me he ido hace horas?
—Sí. Dormí poco esta noche. Entre el…
—Ahórrate los detalles morbosos —cortó Witch entre risitas— imagino que necesitabas descansar después de tanto ajetreo.
—Mira quien fue a hablar —espetó Sheila en tono mordaz— doña exhibicionista.
—Naturista, soy naturista.
—Sí sí llámalo como quieras pero te quedaste en bolas en mitad de la sierra y a la vista de todo el mundo.
—Allí no había mundo. Eric, yo y unos cuantos aguiluchos sobrevolándonos. Por un momento pensé que si fuesen buitres estarían esperando a que  terminásemos de palmar para descender sobre nosotros.
—¡Ahhg! Cállate.
Las carcajadas de su amiga se oyeron a través del auricular.
—¡Bruja! —gritó.
—A mucha honra —contestó Witch.
Las carcajadas somnolientas  de Sheila se oyeron a través del teléfono:
—Ahora en serio, ¿qué tal el viaje?
—Bien, como siempre el típico atasco a la entrada a la capital, donde acostumbra.
—Sí, y mira que han mejorado muchísimo la carretera pero ese sigue siendo un punto negro.
—Sí. ¿Y tú? aparte de reponer fuerzas ¿qué?
—Nada, por aquí todo tranquilo. Cerré la puerta. En cuanto te deje me aseguraré de que no queda ninguna ventana abierta y yo y Motita nos tomaremos algo caliente antes de ir a dormir.
—¿Motita?
—La gata. Decidí que debía de darle un nombre a pesar de todo, ¿no?
—No pensarás quedártela ¿verdad?
—No.
La gata pareció entender que hablaban sobre ella porque miró con desdén a Sheila, que se rió.
—Si hubieses visto como me acaba de mirar cuando me he negado te sorprenderías.
—Los gatos intuyen quien los quiere y quién no. Bueno, te abandono por hoy, que mañana me toca madrugar. A ver lo que me encuentro en la oficina.
—Vale. Te llamo a eso de las siete, ¿Vale?
—Besos.
—Ídem.
La comunicación se cortó. Witch siempre tan escueta. Suspiró y sacudiendo la cabeza con la intención de despejar la somnolencia se levantó. Motita la siguió pegada a sus talones. Decidió tomarse una café caliente y unas cuantas galletas y preparó un cuenco con leche para la gata. No sabía que tomaban los gatos y el frigorífico se hallaba en las últimas. Una vez que tuvo todo preparado en la bandeja, volvió sobre sus pasos. Se sentó nuevamente en la butaca.
Tenía el tobillo algo dolorido. Miró las muletas tiradas en el suelo y después su pie escayolado. La raja de la escayola era ya escandalosa. Otra vez había vuelto a apoyarse en ella. Gruñó por lo bajo. Deseaba ya que llegase el miércoles para que se la quitasen de una santa vez. Y aunque le fuese la vida en ello que no pensaba dejarse poner otra de nuevo, aunque tuviera que pegarse con Juan, Diego y todo el hospital en pleno.
Un relámpago iluminó las ventanas del salón. A los pocos segundos se oyó el trueno.
«Lo que me faltaba». No le gustaban las tormentas y menos sola. Como leyendo su pensamiento la pequeña felina maulló.
—A ti no te puedo considerar de gran ayuda. ¿No crees?
La gata maulló
—Bueno, sí, al menos te tengo de compañía eso no te lo niego.
Motita ronroneó satisfecha y comenzó a lamer el cuenco de leche.
—Sí será mejor que tomemos esto antes de que se enfrié.
Subió el volumen del televisor en un intento, vano, de apagar el ruido de la tormenta. El salón quedó inmerso en los disparos de la batalla campal que se estaba llevando a cabo en la película de acción que hacía rato emitía el televisor. Motita agachó la cabeza ante el intenso ruido.
—No temas —rió Sheila—. Los disparos no te alcanzaran.
Y se rió de su propia broma. En respuesta la gata saltó sobre su regazo y se acurruco en el hueco que quedaba entre su cuerpo y el sofá.
—Menuda cagueta estás hecha —reprochó Sheila pero ante el estruendo del trueno, que sonó demasiado cerca para su gusto, ella también se acurrucó contra la gata que maulló a modo de contestación.
Las luces comenzaron a tintinear de vez en cuando. «Oh, no, eso sí que no» se dijo.
 Se levantó y haciendo caso omiso a los apoyos se desplazó lo más rápido que pudo hacia el mueble del salón en busca de la linterna y la lámpara de camping que sus padres guardaban para cuando se iba la luz en el pueblo, con más asiduidad de lo que Sheila quisiera, sobretodo en días de tormenta, como era el caso. Comenzó a hacer girar la manivela que cargaba manualmente la lámpara. Las luces parpadearon unos segundos y dejaron de emitir luz.
—Empezó la función.
Apretó el botón de la linterna. El haz de luz inundó una pequeña porción del salón. Su mano comenzó a girar más rápida. Necesitaba cargar la batería lo antes posible. No sabía cuánto podría durar el apagón y si el acumulador tendría la suficiente energía para durar. En ello estaba cuando la luz volvió a inundar el salón. Siguió dando vueltas a la manivela. Conocía muy bien las tretas de su pueblo. Cuando menos te lo esperases de nuevo se volvería a ir la luz pero esa vez de manera permanente. Y podía durar horas, hubo una vez que incluso días.



Observaba a la chica mover la manivela una y otra vez cargando la batería de su linterna de acampada. De poco le serviría. Se rió entre dientes.
«Así que a la mujercita no le gusta la oscuridad» Él, por el contrario, se encontraba a sus anchas en ella.
En el ejército le habían enseñado  que sus ojos se tenían que acostumbrar a ver tanto de día como de noche, nunca se podía prever que sucedería con los artilugios de infrarrojos y en un campo de batalla no ver al enemigo podría significar la muerte o verla muy de cerca, como bien había comprobado en sus propias carnes. Así que aunque no poseía la agudeza visual de los animales nocturnos bien podía presumir que la suya era algo más aguda que la de los demás en la penumbra de la noche.
 Miró la esfera de su reloj luminoso. Las once en punto de la noche, ya era hora de empezar a moverse. Los pocos vecinos de la zona habían cerrado a cal y canto ventanas y persianas. La tormenta le había beneficiado en eso y en que además los gritos de la joven quedarían apagados por el ruido de los truenos. Una vez terminado su trabajo, las pocas huellas que quedasen de él en los alrededores quedarían borradas por el agua. «Magnífico». Levantó su musculoso cuerpo y comenzó a descender la empinada ladera en dirección a la casa.




Le dolía el brazo de tanto girarlo pero necesitaba unas cuantas vueltas más hasta que la maldita raya marcase el nivel de batería cargada. Un poco más y ya estaría. La luz volvió a tintinear pero aguantó.
«Vamos vamos».  Cambió de brazo. Con la derecha no se manejaba del todo pero, total, le quedaba muy poco para terminar. Saltó en el sofá ante el trueno ensordecedor que hizo vibrar los cristales de las ventanas.
—¡Mierda! las persianas.
 Dejó la lámpara a los pies del asiento y dirigiéndose hacia el enorme ventanal comenzó a bajar las mismas. Las manos le temblaban. Haciendo caso omiso al dolor de su pie continuó bajando las del resto de la casa. Suspiró aliviada y con ligereza se desplazó de nuevo hacia el salón. No termino de apoyar su trasero en la butaca cuando la luz desapareció. En cuestión de segundos sus dedos encontraron el interruptor de la lámpara, que poco a poco comenzó a expandir un haz de luz, haciendo que su visibilidad aumentase.
—Bueno Motita, no nos queda otra que irnos a la cama. Nos espera una larga noche de truenos.
Tomó el candil, la linterna y su móvil y acompañada del animal caminó hacia su habitación.
Retiró el embozo y se deslizó entre las sábanas. Las notó heladas a través de la ropa. Suerte que no se había cambiado. Total al día siguiente cambiarían las sábanas. Motita se acurrucó sobre la almohada a escasos centímetros de ella.
—Espero que no tengas pulgas ni garrapatas si no la que me espera con mis padres será chica.
Con un gesto de la cabeza que parecía decir: ¿Garrapatas yo? No seas absurda, Motita cerró los ojos y comenzó a ronronear.
Sheila estiró las piernas. No tenía sueño y decidió leer hasta que las líneas comenzasen a desdoblarse, señal inequívoca de que el sueño la dominaba.
Agarró la novela de intriga que había encontrado en la librería del salón, días atrás, y comenzó a leer. No llevaba ni media página cuando le pareció oír algo. Bajó el libro y escuchó atenta cualquier ruido extraño. Oía la lluvia retumbar en el tejado. Aguzó el oído. Nada. Tras unos tensos minutos decidió proseguir con la lectura.
La gata ronroneaba tranquila y sin inmutarse a su lado. Un ligero crujido llegó a sus oídos. Al cabo de un momento un siseo le siguió. «Ha debido de romperse el tronco de la chimenea». Decidió no levantarse a mirar porque la rejilla de metal evitaba que los rescoldos encendidos cayesen fuera del hogar, evitando con ello un incendio.
De nuevo tomó el libro. Pasadas unas cuantas páginas la lectura la absorbió. Por fin iba a saber el gran secreto de la protagonista. Motita se izó en la cama. Un trueno estalló.
—Tranquila chica —Sheila acarició el erizado lomo blanco. Notaba los músculos de la gata tensos bajo sus dedos. Hundió la mano en el suave pelaje intentando calmar a la dueña que bufó enseñando los dientes y con la mirada fija en la puerta.
Sheila giró su mirada hacia el lugar que tan atentamente miraba su mascota. El hueco de la puerta permanecía en penumbra, la puerta descolgada de sus goznes y nada más.
—Todo está bien, tranquila.
Hablaba con suavidad a la gata que a regañadientes volvió a tumbarse sobre el hueco de la almohada que su cuerpo había formado, aún así, Sheila notaba el pelaje aún erizado y la tensión del animal.
—Creo que será mejor que apague la luz y nos dediquemos a dormir.
—No tan deprisa guapa. Quiero ver, sin perder detalle, hasta el más mínimo gesto que hagas.
Sheila giró su rostro ante la voz masculina y totalmente desconocida pero tan solo pudo ver como una enorme mano tapaba su boca e introducía un trozo de tela en su interior, ahogando sus protestas. Mientras la otra mano la agarraba por detrás de su cuello con fuerza.
Abrió los ojos aterrorizada. Inspiró aire a través de la nariz en un intento de gritar. Antes de darse cuenta se encontraba amordazada. Se revolvió contra la enorme silueta pero el peso de una musculosa pierna sobre su pecho le impidió levantarse.
 Las manos del hombre se movían rápidas sobre su cuerpo. En cuestión de segundos sus manos se encontraron atadas con una gruesa cuerda unidas entre sí y con un lazo alrededor de su cuello. El desconocido dio un tirón que lastimó la piel de sus muñecas causándole un gran escozor.
 Con una agilidad asombrosa para su envergadura, el hombre descolgó la cruz de madera que presidia la pared, por encima del cabecero y con movimientos rápidos y seguros sujetó la gruesa cuerda haciendo que los brazos de Sheila quedaran totalmente extendidos por encima de su cabeza e impidiéndole cualquier movimiento de escape.
Una vez hecho esto, el desconocido tiró de la ropa de cama que cubría el cuerpo femenino. El pequeño felino salió disparado hacia el suelo en el último momento, protestando, y se acurrucó en el rincón más alejado de la habitación.
Sheila comenzó a patalear en un intento de tirar al hombretón al suelo. Una risa malévola salió entre los dientes del agresor.
—Así me gusta, gatita… que te revuelvas como la tigresa que eres. No me gustan las modositas y tú no lo eres.
Sheila comenzó a despotricar a través de la mordaza. Sus ojos expresaban toda la rabia contenida y todo lo que pensaba de aquél bárbaro patán. Le reconoció. Era el jardinero baboso que el día antes estaba en el pub y en el jardín de los vecinos. Seguro que la enorme silueta que había vislumbrado por la cocina era la suya. Ahora comprendió que debía de habérselo mencionado a Diego. Al menos quizás el hombre hubiese descartado la idea de atacarle pero su instinto le dijo que no. Podía ver la lujuria en los ojos masculinos.
 Encogió sus piernas preparándose para que ante cualquier indicio de acercamiento del hombre quedase eliminado por la patada que pretendía ir hacia sus partes nobles pero el intruso debió de intuir o tantas veces había realizado estos mismos movimientos que sabia como iba a actuar su víctima, que antes de que su mente mandase a sus piernas, la mano del hombre empuñó un machete.
Un sudor frío comenzó a recorrer su cuerpo. Esto iba en serio, demasiado en serio. En menos de quince días se había enfrentado a dos intentos de abuso sexual pero una cosa eran unos niñatos quinceañeros borrachos y otra muy distinta ese enorme armario de hombre que media cerca de los dos metros y pesaba cien kilos como mínimo.
Si con los niñatos no tenía casi posibilidad por el número aquí la posibilidad era nula, su fuerza nunca igualaría la del musculoso cuerpo y mucho menos teniendo las manos atadas.
Con los ojos fuera de sus órbitas vio acercarse el machete hacia su cara. El intruso comenzó a pasarle la hoja afilada por la mejilla. Sheila notaba el frío acero sobre su piel. Tensó los músculos en un puro reflejo de defensa.
La punta del cuchillo comenzó a rozar su cuello. Sheila sintió como su sudor penetraba por la línea que la afilada punta iba provocando sobre su piel. Notó recorrer algo cálido por su piel. «Sangre». Su pensamiento quedó corroborado cuando el ladrón separó el machete de su cara y lamió con lascivia la mancha rojiza de la hoja. Desvió la mirada asqueada. Una risa malévola salió de los finos y duros labios del extraño.
—No te preocupes preciosa, no me ofendes. Al contrario, tu repugnancia y tus deseos de matarme todavía me ponen más caliente aún.
El miedo hizo que su sudor se helase sobre la piel. Notaba correr gotas de sudor entre sus senos y por detrás de su nuca. El hombre inspiró con fuerza.
—Tienes miedo. Puedo olerlo a tan escasa distancia.
Las palabras del hombre le causaron el mismo impacto que una jarra de agua helada. Debía de calmarse. Su miedo lo único que conseguía era excitarle aún más. No podía permitirse ese lujo. Intentaría hacerle creer que no le temía para nada. Inspiró varias veces a través de su mordaza. Podía oler el sudor del hombre que había impregnado el pañuelo que ahora tapaba su boca. Una arcada contrajo su estómago. Volvió a inspirar para tranquilizarse si continuaba así solo lograría ahogarse con su propio vómito.
El machete brilló ante la tenue luz de la lámpara cuando el intruso lo puso sobre su abdomen. La respiración de Sheila se volvió aún más agitada.
—Abre tus bonitas piernas —ordenó fríamente.
Ante esa orden su instinto fue mayor e hizo todo lo contrario. Las apretó con fuerza como si su vida dependiese de ello. Un gruñido de frustración salió de la boca masculina.
—Espero que cooperes preciosa o las cosas se te van a poner muy difíciles.
«¿Aún más?» fue el pensamiento que cruzó su mente. Tozuda cruzó sus tobillos todo lo que la escayola le permitió.
Ante su gesto de rebeldía el machete comenzó a moverse. El ladrón sujetó el borde de su sudadera y con un ligero gesto desgarró el elástico de la cintura abriendo un corte limpio sobre la felpa. Aquello demostró a Sheila lo afilado que estaba. Contrajo los músculos del estómago en un intento de que el filo no arañase su piel. El individuo se rió.
—No temas pequeña, de momento, no pienso hacerte ni un solo rasguño más. Abre las piernas.
Obediente cedió al mandato. «De momento» ese pensamiento se quedó incrustado en su mente.
 Así que iba a torturarla. Las lágrimas comenzaron a borrar la enorme silueta de esa bestia pero en un gesto contra su antebrazo no las dejó correr por sus mejillas. No le daría el gusto de verla llorar a ese malnacido. El movimiento de su brazo hizo que el lazo de la garganta se apretara más. Comprendió que si intentaba deshacerse de la sujeción de sus muñecas ella misma se ahorcaría.
El cuchillo seguía deslizándose con lentitud por su cuerpo. La sudadera quedó totalmente destrozada. Con la punta, el hombre, empujó la tela hacia ambos lados del cuerpo dejando al descubierto la blanca piel de la joven y el ligero sostén cubriendo sus pechos.
Cambió el arma de mano y con sus gruesos dedos comenzó a recorrer la piel del abdomen. Sheila se creía morir de pánico y de asco al mismo tiempo. Notaba la aspereza de esa mano acariciándola. Una nueva arcada le golpeó la garganta. Tomó aire rápidamente varias veces. El sonido agitado de su respiración hizo que el hombre le mirase el rostro.
—¿Tú también estás excitada, eh, pequeña?
«Te daba yo excitación psicópata asqueroso» le contestó mentalmente.
Sheila le observó sacar del bolsillo del pantalón otra cuerda igual a la que ataba sus muñecas y cuello. Con su mano libre y ayudándose de sus dientes realizó un lazo que pasó por uno de sus tobillos y tiró con fuerza, necesitaba alejarse de ella para atrapar el tobillo cubierto con la escayola.
—No te muevas o las consecuencias no te gustarán.
Sheila le vio rodear los pies de la cama en busca de la otra pierna. Esta vez al utilizar ambas manos el lazo estuvo en segundos hecho y apretado sobre la escayola. Sin miramiento alguno el hombre tiró con fuerza. Un grito de dolor salió de la garganta de la mujer.
—¡Oh, pobrecita! ¿Te he hecho mucho daño? JD es malo con su niña bonita. JD pagará caro por esto —el hombre rió su broma.
Tomó de nuevo el machete del cinturón y comenzó a rajar la pernera de los pantalones, lento, deleitándose con cada centímetro de piel que la afilada hoja dejaba al descubierto. El destrozado pantalón cubrió tan solo el bajo vientre de la chica. Con brusquedad el hombre tiró de la tela que cedió y dejó a Sheila desnuda de cintura para abajo, tan solo le cubría un diminuto tanga.
—Vaya vaya. Otro modelito sexy. Este me gusta más.
Sheila le miró estupefacta. El hombre sacó del bolsillo trasero de su pantalón una diminuta prenda que la muchacha reconoció al instante. Las había buscado por toda la casa y no habían aparecido. Abrió los ojos ante la cruda realidad. Ese hombre había estado en su casa antes. Había revuelto entre sus cosas y paseado por toda la casa a sus anchas, por eso conocía tan bien la ubicación de los muebles.
 Por eso le había sido tan fácil introducirse esa noche en ella. Debía de estar espiándola desde hacía horas, no, días y había esperado el momento oportuno para atacarla. Pero si ya había estado en la casa y tan solo se había llevado su ropa interior pudiendo haberla saqueado a sus anchas ¿qué buscaba? La respuesta a esa pregunta le llegó en segundos. La buscaba a ella. El enorme gigante que tenía a sus pies no era un simple ladrón de casas, era un violador o algo aún peor, un psicópata asesino en busca de mujeres indefensas…
Se acercó, sin prisa, al lateral de la cama, contemplándola con ojos ávidos. Unas gotas de sudor perlaban su frente y hacían brillar a la tenue luz su cabeza rapada. Se pasó la mano por los labios con regodeo. Sheila separó su cuerpo hacia el centro de la cama cuando vio que esas manos se acercaban hacia ella.  La carcajada del hombre no se hizo esperar.
—No te va a servir de nada pequeña.
Y así era. Totalmente atada y amordazada tan solo le quedaba esperar a que el hombre saciase su apetito sexual y la dejase en paz. Hasta el día siguiente que la encontrase Manuela, humillada o ahogada en su propio vómito como respuesta a tan indeseable ataque.
Los enormes dedos se introdujeron por la fina tira que sostenía el tanga en sus caderas y tiraron de ella hacia abajo dejando al descubierto el rizado vello del pubis. La mano callosa del hombre lo cubrió. Fue la gota que colmó el vaso. Sentirse acariciada por un extraño en una zona tan intima le hizo estallar en descontrolados sollozos. Hipaba, incontroladamente, a través de la mordaza. Las lágrimas rodaban por sus mejillas dejando surcos en la piel. Sentía temblar su cuerpo de pies a cabeza acompañando su llanto.
El hombre ni se inmutó. No, no era del todo cierto. Sheila podía oír su respiración agitarse por momentos. Tomó de nuevo el enorme cuchillo y rasgó las tiras de ambos lados del tanga. Con la punta rompió la unión de tela del sostén que separaba ambos senos. Dejándolos al descubierto. Comenzó a acariciarlos, intentando que sus pezones adquiriesen vida ante sus caricias pero estos permanecieron inmunes. Los pellizcó enojado.
—Vamos putita yo sé que esto te gusta.
Sheila apretó los dientes ante el insulto y ante el dolor que le transmitían sus senos ante tan torpes caricias. La mano del hombre que tenía entre sus piernas comenzó a acariciarla con brusquedad. Gritó de dolor cuando uno de los enormes dedos intentó penetrarla pero sus músculos reaccionaron y se contrajeron con rapidez.
Se oyó maldecir al gigante. Intentaba penetrarla pero tan solo se encontraba con una especie de tapón en el hueco que él esperaba abierto y lubricado.
—Muy bien tú te lo has buscado.
Levantó su enorme peso del borde de la cama y la mujer observo con horror como sus manos comenzaban a desabrochar su cinturón militar. En cuestión de segundos los pantalones de camuflaje se deslizaron por las columnas musculosas del hombre. Comprobó asustada el abultamiento del bóxer masculino. Y abrió los ojos. El gigante interpretó mal su gesto. Ufano rió entre dientes mientras decía:
—Nunca has visto una verga como esta ¡eh, putita! Vas a gritar como una cerda cuando la tengas en tu interior… y una vez que te corras vas a saborearla en tu boca… ¡oh, sí! La tormenta ahogará tus gritos y mi polla también.
Una nueva arcada le sobrevino. Los pantalones del hombre fueron lanzados a los pies de la cama, sus bóxer también. Quedó expuesto a los ojos de la mujer que miraba su enorme erección horrorizada. Apretó los ojos con fuerza. Tan solo deseaba que todo acabase pronto y el tipejo se largase con viento fresco. Notó de nuevo el enorme peso en el colchón. El hombre se estaba colocando entre sus piernas.



A través de los truenos cada vez más distantes entre sí, Diego solo escuchaba su acelerada respiración y el sonido de la lluvia al caer. Se encontraba totalmente empapado pero poco importaba eso ahora. Deseaba llegar cuanto antes a casa de Sheila. Ya solo le faltaban unos decenas de metros y vislumbraría a través de la lluvia la silueta conocida de la casa.
Las farolas iluminaban tenues el camino asfaltado, reflejando su silueta en los charcos. A lo lejos vio la puerta del jardín. «Qué extraño» pensó «Sheila no ha encendido las luces de la entrada». Miró hacia atrás a las lejanas casas habitadas que acababa de pasar y vio en todas ellas las lámparas del jardín y de la entrada, encendidas. Miró de nuevo al frente y las apagadas luces de la casa. Comenzó a correr, aquello le daba mala espina.
Desde que Eric le había dejado a las afueras del pueblo, maldita la hora en que se le había ocurrido eso y todo por evitar que Witch se cruzase en su camino, llevaba rumiando lo que debía hacer cuando llegase a casa de Sheila. Tendrían que esperar en silencio al sicario. Diego le esperaría agazapado mientras ella simularía estar leyendo o viendo el televisor.  Acarició la escopeta de caza que Ramón le había prestado para aquella ocasión. Recordaba la conversación que había tenido el hombre y él delante de su ordenador. El hostelero tardó unos segundos en cederle su asiento para que Diego pudiese contactar con Hurtado y que este le enviase por correo una foto del asesino.
Lo reconoció de inmediato. Había estado en el pub la noche del sábado y el muy hijo de puta se había hecho pasar por jardinero para estudiar el terreno.
Un sentimiento de ira cegó sus ojos. «No» se dijo «debo mantener calma y sangre fría para enfrentarme a él».  Recordaba su corpulencia. Debía de tomarle por sorpresa para poder propinarle un golpe certero y dejarlo fuera de combate antes de llamar a Ramón por el walky y que se personase con las fuerzas de seguridad.
Penetró la cancela del jardín que se encontraba abierta. La oscuridad cernía toda la casa. Tan solo un leve resplandor se colaba por la rendija de la puerta. Estaba entornada. Los latidos acelerados de su corazón atronaron sus oídos.
 Estudió los alrededores. Todo lo demás estaba cerrado a cal y canto. El tipo debía de encontrarse ya en el interior y debía de estar reteniendo a Sheila. Oró mentalmente para que así fuese. Si ese individuo le había causado algún daño no habría lugar en el mundo que dejase sin recorrer para encontrarle. Le arrancaría la piel a tiras.
Empujó sigiloso la puerta que cedió sin protestar. Volvió a ponerla en su lugar. No quería delatar su posición en caso de que el tipo saliese al pasillo.
  Lenta y silenciosamente se despojó de sus botas. Recordaba el ligero soniquete que produjeron al estar mojadas sobre el suelo. Las hizo a un lado del pasillo, ocultas tras el enorme paragüero de la entrada. Dio gracias en su interior por el horroroso gusto de la madre de Sheila.
 Sin hacer ruido se dirigió hacia el salón empuñando entre sus dedos el rifle. Introdujo veloz la cabeza para mirar en su interior. Nada. Nadie. Al fondo del pasillo vio la tenue luz que alumbraba la habitación que había compartido con Sheila. Se hallaban en el dormitorio. De nuevo sus latidos retumbaron en su cerebro. Intuía la escena que se iba a encontrar.
Su cuerpo se tensó y sintió crecer la ira en su interior. Le mataría. «Juro por Dios que como le haya hecho algo lo mato».
Inspiró varias veces mientras se dirigía hacia el fondo de la casa. Oyó la risa del hombre y paró en seco. Hablaba con Sheila.
—Muy bien tú te lo has buscado —le escuchó decir.
Presintió que el hombre se disponía a violarla. Intentó vislumbrar por la rendija de la puerta pero esta, descolgada de sus goznes, se lo impidió. Se maldijo mentalmente. Aguzó aún más sus oídos. Oyó al gigante gruñir entre dientes.
—Siente esto pequeña.
Fue la señal que necesitaba. Veloz se introdujo en el cuarto apuntando con el enorme cañón hacia la cama.
—Yo que tú me lo pensaría dos veces… amigo.
Su voz sonó fría y segura. El gigante separó de inmediato su cuerpo del de Sheila, que desnuda y amordazada lloraba desconsolada. Al oírle comenzó a forcejear con sus ataduras. Su dulce voz intentaba salir a través del pañuelo, en vano. Desistió en sus movimientos cuando la opresión de la cuerda comenzó a asfixiarla.
 Ver en ese estado a la mujer que amaba lo hizo enfurecer aún más y sin pensárselo dos veces cargó el arma.
—¡NO! —gritaba Sheila desesperada contra la mordaza.
El gigante apoyaba su enorme peso sobre las rodillas y alzó las manos hacia el techo.
—Estoy desarmado.
—Me importa una mierda. Pienso dejar esparcidos tus sesos por todo el techo ¡cabrón!
Sheila le miraba intentando hablarle con sus preciosos ojos color miel ahora enrojecidos e inyectados en sangre.
—No mi amor. Este hijo de puta no volverá jamás a hacerle nada a una mujer ni a nadie. Hoy es su último día en la faz de la Tierra.
El tono de Diego asustó a Sheila. La determinación con que hablaba y la ira contenida que rebelaban sus palabras le hicieron comprender que él hablaba completamente en serio y que dentro de unos minutos encontraría a ese gigante con los sesos extendidos sobre su cuerpo y su enorme mole encima de ella.
—Iras a la cárcel —la voz del sicario sonaba igual de fría que la de Diego.
—Pequeño precio a pagar por hacer desaparecer a una rata como tú.
La mente del gigante comenzó a pensar veloz.  Ese hijo de su madre hablaba en serio. La gélida mirada lo taladraba. Observó los cañones de la escopeta. El calibre de esas balas le dejaría dos buenos agujeros en el cuerpo o en su cabeza. Nervioso humedeció sus labios. El gesto no pasó desapercibido a Diego.
—¿Y si hacemos un trato? Nos olvidamos del asunto y te entrego en bandeja a la persona que requirió mis servicios.
Diego negó con la cabeza.
—Ya sé quien encargó tus servicios. A esa persona le esperan muchos años de cárcel pero a ti tan solo el responso que el sacerdote tenga bien decir por tu asquerosa alma.
El sicario comprendió la situación. Estaba perdido. Irremediablemente. Tenía que hacer algo rápido.
—No le he hecho daño. Ella puede corroborar mis palabras ¿verdad preciosa?
—No vuelvas a llamarla así.
—Bueno tan solo quería demostrarte…
—Me importa un huevo lo que tú quisieses constatar.
Sheila intentaba hablar. Señaló con su mirada a sus ataduras. Diego la miraba y comprendió.
—Antes de que te mate, baja de su lado y comienza a desatarla despacio. Cualquier movimiento brusco que hagas tendrá como resultado un orificio en tu cuerpo.
—Está bien, tranquilo hombre.
El enorme cuerpo del asesino se desplazó fuera del colchón. Con sus fuertes manos deshizo los nudos corredizos de los pies. Diego le señaló con la escopeta las manos y la mordaza de Sheila. El hombretón obedeció sin rechistar.
Una vez liberada, Sheila sacó de su boca el trozo de tela. Sentía su lengua seca al igual que la garganta. Intentó tragar saliva pero sus papilas no la respondieron.
—Diego, —su voz sonó carrasposa como un graznido— no lo hagas, por favor.
El gigante se mantenía quieto al otro lado de la alcoba con las manos en alto. Diego no le perdía ni un momento de vista. Sheila tiró de la sábana para cubrir su desnudez. Su cuerpo temblaba mientras masajeaba sus dormidas y doloridas muñecas, intentando que fluyese de nuevo la sangre a sus manos y brazos. Comenzó a acercarse a él pero con un ademán la paralizó.
—No, mantente alejada. Tú —señaló con la cabeza al intruso— comienza a andar hacia la puerta muy despacio. No hace falta que te vuelva a avisar, ¿no?
Diego desplazó su cuerpo del umbral de la puerta se quedó a un metro escaso de ella mientras seguía apuntando con la escopeta cargada. El otro hombre preguntó:
—¿Puedo al menos ponerme algo encima?
—No —fue la escueta respuesta—. Comienza a moverte.
La enorme silueta ocupó casi por completo el vano de la puerta. Diego se colocó detrás a una distancia prudencial. Sheila tomó la lámpara de camping entre sus temblorosas manos iluminando el camino. Notó el leve empujón de Motita en sus piernas.
Habían andado escasos metros cuando la luz de la lámpara comenzó a disminuir.
«Mierda» pensó Diego. Su primer instinto fue agacharse y tirarse sobre Sheila, la agarró por los tobillos y la tumbó con un golpe seco sobre el suelo. La escopeta salió disparada de sus manos, chocando contra la pared. Motita salió disparada pasillo afuera.
El sicario aprovecho la oscuridad para escabullirse en silencio hacia su adversario.
Lanzó una patada hacia donde calculaba que podía estar la pareja tumbada. Era cuestión de segundos que sus ojos se adaptasen a la oscuridad.
La patada del asesino pasó rozando la espalda de Diego. Con su mano tapaba la boca de Sheila para que no delatase su posición con algún grito. Rodó lo más silencioso que pudo hacia un lateral del pasillo y empujó a Sheila haciéndola comprender que se quedase quieta en todo momento.
Agazapado buscó a tientas el arma pero no la encontró. Palpó en su bolsillo la navaja de campo que llevaba y que se abrió con un ligero click, ruido suficiente para que el enemigo supiese su posición exacta y el arma que portaba. El puñetazo le llegó a la boca del estómago. Dejándole sin respiración por un momento. Un dolor agudo le atravesó el tórax.
«Maldito cabrón» pensó pero no podía rendirse, estaban en peligro. Colocó su antebrazo en paralelo al cuerpo. Al menos el siguiente golpe intentaría pararlo. No podía atacar con la navaja sin saber la posición exacta del asesino. Si le quitaba la navaja  no quería pensar las consecuencias de eso. Él podría defenderse pero si volvía a tomar como rehén a Sheila tenía la batalla perdida.
Los ojos de JD se adaptaban con rapidez. Podía ver al ricachón musculoso agazapado en el rincón izquierdo del pasillo y a su putita en el otro. Se abalanzó sobre ella, si conseguía cogerla el otro hombre no le atacaría tan fácilmente. Pero Diego intuyó el siguiente paso y justo cuando la mole de ese cuerpo arremetía contra el menudo cuerpo de Sheila lanzó la mano izquierda, sintió como la navaja se introducía en la carne y la deslizó con fuerza hacia arriba. Desgarrando.
El grito del otro hombre inundó el pasillo. Diego no sabía donde le había herido pero sentía recorrer por los dedos el líquido caliente de su sangre. Un ligero murmullo pasillo adelante le indicó que el asesino buscaba un lugar de la casa donde esconderse y atacar de nuevo llegado el momento. «Listo. Muy listo» pensó Diego. La única salida posible se hallaba ahora en manos del enemigo.
Se deslizó sigiloso hacia Sheila. Palpó su cuerpo acurrucado en el rincón. Sheila reconoció de inmediato el tacto de las manos del hombre. Agarró con fuerza los dedos llevándoselos a su cara. Diego acarició la húmeda mejilla de la muchacha y soltándose con delicadeza la empujó suavemente haciéndola entender que se mantuviese donde estaba.
Izó su cuerpo y comenzó a desplazarse en silencio por el pasillo. Le dio las gracias mentalmente a Sheila porque todas las puertas del pasillo se mantenían cerradas. La única que estaba abierta era la del salón. Y allí es adonde había huido su enemigo. El problema ahora era entrar. El resplandor de los rescoldos de la chimenea delataría su posición ya que el otro hombre habría adaptado su vista a esa tenue luz. Tendría que arriesgarse.
Adelantó su pie hacia el interior de la habitación y al apoyarlo notó como resbalaba. Miró fijamente el suelo y pudo ver un reguero de sangre en él. Se perdía  justo detrás de los sofás. El sicario permanecería agazapado esperándole. Estaba malherido. Debía de haberle cortado alguna arteria porque la mancha de sangre era copiosa. «Bien» pensó.
—Estás malherido —habló en alto Diego— si no quieres morir desangrado será mejor que te rindas.
Solo el silencio se oyó por contestación. Diego aguzó el oído. Se oía la respiración agitada del hombre, justo detrás del sofá.
Dio dos pasos hacia esa posición, despacio, no quería que le pillase desprevenido. Un animal herido atacaba, igual haría el sicario. Escuchó aproximarse a Sheila por el pasillo. «Maldita sea, es que esta mujer no puede obedecer por una vez en su vida».
Los pasitos descalzos de Sheila llegaron a escasos centímetros de él. Se posicionó detrás y comenzó a hacer rodar la manivela de la lámpara. Tardaría un siglo en volver a cargarse. Para entonces el gigante habría muerto desangrado en el salón de sus padres.
 Recordó entonces la linterna que se encontraba en el recibidor. Recorrió los pocos metros que le separaban de este y rebuscó en los cajones. «Que tenga pilas… que estén cargadas». La encontró de inmediato y con sus dedos aún temblorosos apretó el interruptor de encendido. Un haz de luz cegó por un momento sus ojos.
Volvió sobre sus pasos y se la ofreció a Diego, que la atravesó con su mirada. Sheila hizo caso omiso y zarandeó delante de su cara la linterna. De un manotazo el hombre se la quitó y suspiró con fastidio.
Alumbró el reguero de sangre del suelo y vio que desaparecía justo detrás del sofá grande. Aguzó su oído y pudo oír las respiraciones entrecortadas del intruso. Parecía estar agonizando. Con unos cuantos pasos se acercó a un metro escaso del enorme sofá y alumbró la zona de donde provenía la respiración.
El gigante se hallaba tumbado sobre su espalda. Pálido y sudoroso.
 Se había quitado su cazadora de camuflaje y con ella intentaba taponar la herida pero aún así la sangre brotaba a borbotones. Se le veía débil y agotado por lo que Diego rodeó con rapidez el gran asiento y alumbrando al hombre le habló.
—Déjame que mire la herida. Te estás desangrando por momentos.
Obediente el sicario separó su enorme mano del improvisado tapón. Diego puedo entonces ver la enorme y profunda raja que le había hecho. No había ninguna duda al respecto, por la manera en que manaba la sangre le había seccionado la femoral. Por suerte aún quedaban unos centímetros de piel suficiente para poder hacerle un torniquete.
Levantándose se dirigió a Sheila.
—Tráeme algo con lo que pueda hacer un torniquete. Una cuerda, un cinturón, algo que podamos apretar y que se pueda ir soltando en caso necesario.
Con la rapidez que le permitía el pie enyesado, Sheila se acercó a las cortinas del salón y desprendió el cordón de pasamanería que hacía de alzapaños, se dirigió hacia Diego y se lo dio. Éste, raudo, se agachó sobre la herida y haciendo  presión  con la chaqueta comenzó a rodear la pierna con el cordón por encima de la herida.
Pasados unos minutos la salida de sangre comenzó a disminuir. Diego seguía dando vueltas a la cuerda hasta que vio que la hemorragia cesó.
Sacó su móvil del bolsillo y se lo extendió a Sheila.
—Llama a la guardia civil. Están avisados. Diles que llamen a un ambulancia que hay un herido por arma blanca.
Sheila tragó saliva. Marcó el número de emergencia y le respondió la voz somnolienta de un hombre. En cuestión de segundos Sheila le informó y colgó.
—Están en camino. Hace diez minutos que dos patrullas se dirigen hacia aquí.
—Bien —respondió Diego—, esperaremos entonces.
La miró intensamente a los ojos. Estaba pálida, asustada y a punto de sufrir un ataque de nervios. Tenía que distraerla con algo. Aunque el asesino parecía fuera de combate no podía dejar de vigilarle. En caso de que se levantase y tuviese que pelear de nuevo la quería fuera de allí.
—Deberías buscar algo que ponerte.
Sheila se miró y asintió en silencio. Diego la vio dirigirse pasillo adentro.
Al cabo de unos minutos la mujer volvió a aparecer con un albornoz alrededor de su cuerpo y entró al salón pero esta vez se dirigió hacia el enorme ventanal y comenzó a alzar la persiana. A través de la lluvia, Sheila vislumbró varios haces de luces azules. Los coche patrulla estarían en unos minutos allí.
Se oyó un gemido proveniente del herido. Diego se agachó para poder entender lo que el hombre le pedía.
—Agua. Quiero agua.
—Imposible. Deberás de aguantar hasta el hospital. Necesitaras que te operen y no puedes beber nada.
Sheila parpadeó varias veces. Las luces azules a escasos metros del ventanal donde estaba la cegaban. Una docena de hombres uniformados y armados entraban por su jardín. Pasados unos segundos penetraron al salón.
La muchacha vivió, como si de una  película se tratase, como los militares inspeccionaban toda la casa, tomando fotos, marcando pistas, la ambulancia se llevó el cuerpo del gigante custodiado por los guardias.
Miró por la ventana hasta ver desaparecer la luz anaranjada de la ambulancia. Se giró entonces hacia el salón. La voz de Ramón le llegó desde el pasillo. ¿Qué hacia el hostelero en su casa?
Se dirigió hacia el murmullo  de voces y al salir al recibidor vio a Diego y al hombre hablando y discutiendo en voz baja. Diego debió verla por el rabillo del ojo porque tomando el brazo de Ramón, lo apretó y ambos se callaron y volvieron su vista hacia ella.
—¡Jesús!— fue la expresión del rechoncho hombretón.
Dirigiéndose a Diego le dijo:
—Deberías de darle algo fuerte para tomar. Un café cargado o algún licor. Está en estado de shock.
Diego se maldijo. ¿En qué estaría pensando? De dos largas zancadas alcanzó a Sheila y la abrazó. La muchacha se agarró a su cintura y acomodó el rostro sobre el amplio y musculoso pecho. Inspiró el aroma masculino. Descontrolados temblores comenzaron a recorrer el cuerpo femenino y Diego, por fin, la oyó llorar.


continuación