domingo, 25 de octubre de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capitulo 16)


16


Al salir por la verja del jardín Paula miró anonadada los caballos, que atados en un árbol cercano a la entrada del chalet, pastaban tranquilos.
—Nuestro medio de transporte toda la maldita mañana —resopló Eric y señaló su trasero.
Witch soltó una carcajada. Ahora entendía lo de sus extraños andares. Él la emuló.
—Yo tengo un remedio infalible para esas molestias —sonrió picarona.
—¿Ah, sí? —preguntó con una sonrisa ladeada que formó un atractivo hoyuelo.
Notó que una oleada de calor invadía su cuerpo, los ojos del él brillaban. Se acercó a escasos centímetros de ella y pudo oler el aroma de su piel: una mezcla de colonia, sudor y el olor al animal que había montado durante horas, pero asombrada, comprobó que el efluvio no le desagradaba.
—Eso habrá que demostrarlo —susurró Eric sobre sus labios.
Estos comenzaron a arder. Contempló la boca. La zona donde el tentador hoyuelo aparecía cuando sonreía. El aliento abrasador del hombre quemaba sus labios. Los humedeció con la punta de la lengua y él tomó ese gesto como una invitación. Rodeándola con sus fuertes brazos posó sus labios sobre los de ella. Sorprendida, forcejeó. Eric lamió insinuante los apretados labios de la joven.
«Pero, éste, ¿qué se ha creído?» pensó mientras intentaba separarse de él.
La fuerza del hombre le superaba. Decidió cambiar de táctica. Aflojó su resistencia y metió las manos entre la cazadora, acariciando el amplio pecho masculino a través de la camisa. Eric, aflojo el abrazo. Witch decidió hacerle creer que se había rendido.
La lengua de él perfiló sus labios haciéndola estremecer e inconsciente, los entreabrió. Él aprovechó y mordió el labio inferior, succionándolo. Resopló mentalmente.
«Esto se me está yendo de las manos» se dijo mientras notaba los latidos de su corazón a mil por hora.
Las manos acariciaron la ancha y musculosa espalda. La lengua de él jugueteaba con su boca, provocándola. Witch apretó los dientes pero él no cedió. Volvió a succionar el labio y mordió un poco más fuerte de lo debido. Abrió la boca para protestar por el mordisco y el hombre aprovechó el descuido para introducir la lengua en el interior que acarició la piel interna de las mejillas, ella  notó un hormigueo entre sus piernas. El jugueteo hizo saltar chispas en ambos.
Las manos de ella pasaron otra vez al tórax y apretó sus manos sobre él. Escuchó como Eric gemía y jadeaba. Satisfecha con la reacción, se lanzó a acariciar los pezones masculinos a través de la tela y sus dedos chocaron con algo duro. Demasiado duro para ser un pezón. Con la yema de los dedos lo palpó. Era algo redondo. De metal. Ahogó una exclamación en su garganta. «¡Lleva un peercing! ¡Un arete en su pezón izquierdo!» y se dejó llevar por el deseo.
La lengua de Eric seguía tentando a la suya y Witch le correspondió. Notaba las piernas como gelatina y apoyó su peso en las caderas y pecho del hombre que  agarró su cintura y la pegó más a sí, haciéndole sentir lo que ella estaba provocando. El  cosquilleo entre sus mulos creció al notar la dureza de Eric. «¡Y vaya dureza!» se dijo. Las manos se trasladaron al trasero masculino, apretándolo.
El saludo de una voz desconocida hizo que la pareja se separara al instante, quedando a escasos centímetros uno del otro. Miraron al extraño, que acompañado de una mujer, paseaba tranquilamente por el camino montaña arriba. Se estudiaron, confusos y sonrieron azorados. Witch carraspeó ligeramente antes de decir:
—Bueno, ¿qué? ¿Nos vamos a comer?
—Creo que, de momento, será lo mejor —contestó Eric.
Ese de momento no le pasó desapercibido. «Bien. Para la próxima veremos quien juega con quien» y sonrió maliciosa para si.
Eric miró con desagrado el caballo. No pensaba volver a montar en él ni de coña. Al otro lado, vio aparcado el quak de las chicas. Entrecerró los ojos. El vehículo  estaba  lleno de polvo.
—¿Habéis montado esta mañana en ese cacharro? —preguntó a Paula.
—Sí, como quien dice acabábamos de llegar de dar una vuelta con él cuando habéis aparecido. ¿Por?
—No, por nada…
 Rió por lo bajo. Verías cuando saliese Diego, viese el quak y atase cabos como él.
—¿Quieres que vayamos con él al restaurante?
—Si no te importa, prefiero no tener que volver a abrir mis piernas otra vez, creo que mi dolorido trasero no lo podría aguantar de nuevo.
—Está bien, —intentó disimular la sonrisa—  entonces vamos en mi coche. Lo tengo aparcado en el garaje. Espérame aquí.
A los pocos minutos apareció con su antiguo Ford.
—¿Este es tu coche?
—Sí —contestó cortante—. ¿Algún problema? Porque  por mí puedes ir hasta el pueblo andando…
—No, ninguno.
Eric montó en el asiento del copiloto. Sus largas piernas casi sobresalían por el salpicadero.
—Puedes echar el asiento hacia atrás, así irás más cómodo —indicó la conductora.
—¿Cómodo? —resopló y el tono decía entre velado. «¿En esta antigualla?»
—Sí, cómodo —recalcó—. ¡Ah, claro!, que el señor va mejor en su 4xaccidentemecargo1 ¿no?
—Arranca ya que estoy muerto de hambre y no tengo ganas de discutir.
—Será lo mejor, —Witch arrancó— de momento.
Eric sonrió. Había captado su de momento, al igual que ella había captado el suyo. «Me gusta» se dijo «Me gusta mucho».  Y Paula aceleró hacia el pueblo.



Diego atravesó el dintel de la alcoba y empujó la puerta con el pie para cerrarla, con un chirrido leve esta volvió a abrirse lentamente. Empujó con la mano y la puerta volvió de nuevo a separarse del marco.
Sheila se rió en silencio.
—La has descolgado al pegarle la patada —explicó.
Él, irritado, cerró de un portazo. Error. El pestillo destrozado impedía que encajase.
—¿Diego? —llamó Sheila, tomándole por la mandíbula y girando la cara ceñuda hacia ella.
Él la miró.
—Estamos solos, cariño.
El hombre bufó y puso los ojos en blanco. Sheila se rió.
—¿Te estás riendo de mí? —preguntó con su cara a milímetros de la de ella.
—Un poquito. —Al ver el brillo malicioso de sus ojos rectificó—. No, no me reía de ti, me reía contigo.
—No cuela —murmuró él sobre sus labios—. Ahora vas a pagar por todos estos días de puro martirio que me has hecho pasar.
Y con ella aún en brazos, se acercó al borde de la cama, apoyó sus rodillas en él y posó a Sheila sobre el lecho que permaneció enganchada a su cuello y a su cintura. Diego acopló los codos en los costados junto al cuerpo tendido.
Sumergió el rostro sobre el hueco entre cuello y  hombro e inhaló profundo, impregnándose del aroma de su piel.
—¡Dios!—susurró—. Tu olor me vuelve loco.
Sheila sonrió. Él rozó esa sensible zona con la nariz. Ese leve cosquilleo hizo que la piel se erizase y emitió un jadeo. Diego, frotó de nuevo la estremecida piel, en una dulce caricia. Ella enredó sus dedos en el espeso cabello negro, acariciándolo y tirando suave de él. Gimió ante ese gesto y comenzó a recorrer con la punta de la lengua un camino invisible hasta el pequeño hueco de la garganta femenina, que arqueó la espalda.
Diego se separó de la mujer, que resopló con fastidio, pero por poco tiempo.  Se arrodilló en el suelo afianzando su peso, agarró las caderas de ella que arrastró hacia el borde de la cama y  quedaron pegadas a su entrepierna.
Con las manos liberadas él fue deslizando con lentitud la sudadera, dejando libre la piel del abdomen, que comenzó a recorrer con la yema de sus dedos. Notaba como se erizaba a su contacto.  Su dedo índice recorrió sin prisa el hueco del ombligo y se desplazó hacia abajo, hasta el borde del pantalón deportivo de cinturilla baja que recorrió de lado a lado dejando en su camino un calor abrasador en la zona.
Ella notaba un latido entre sus muslos. Le miraba hacer, ardiendo en llamas.
 Diego se deshizo del suéter, tirándolo hacia atrás. Con mirada embelesada recorrió el cuerpo semi desnudo. Parecía querer grabarlo en su mente.
—Deseaba tanto volverte a ver desnuda —dijo con la voz ronca por el deseo.
Sheila le llamó insinuante con el dedo. El hombre rió por lo bajo. Se deshizo de los pantalones de ella, junto con la ropa interior y luchó un poco más con los suyos debido a que seguían húmedos.
Sheila contempló el cuerpo musculoso de Diego y su erección. Deslizó la mirada, despacio, por el amplio pecho, por los marcados abdominales,  por el suave vello rizado que cubría, en parte, una zona desde el ombligo hasta el pubis. Las hinchadas venas del bajo vientre que se marcaban bajo la piel. Estiró su mano y las acarició. Un gemido ronco brotó de la garganta masculina. Le miró a los oscuros zafiros, que brillaban con lujuria. Tentadora, le sonrió, y entrecruzó sus piernas, de nuevo, por detrás de la ancha espalda. Él atrapó sus nalgas con fuerza. Se inclinó hacia ella y preparó sus labios al ansiado beso pero la cabeza de él siguió justo el camino contrario y la boca se perdió entre otros labios, que latieron con frenesí. Ahora fue ella quien gimió, al sentir el contacto de la cálida lengua sobre su ardiente sexo.
Diego saboreo el interior. Lubricando aún más la íntima zona. La punta de la lengua acariciaba el erecto botón, lanzando descargas de placer por todo el cuerpo femenino, que acariciaba sus cabellos. Sus labios succionaron suaves, aprisionándolo con dulzura. Ella jadeó y sacudió su cadera, él aprovechó para introducir un dedo. Lentamente. Humedeciendo y abriendo la inflamada y tierna carne. Comenzó a marcar el ritmo. Pausado y profundo a la vez que su lengua lamía y jugaba con el clítoris. Las caderas se movían al compás, sinuosas, pidiéndole más, y, acató la silenciosa orden, con gusto, introdujo otro apéndice. Sentía sus dedos cubrirse con el flujo. Su pene gritaba, ansioso, por desalojar a esos intrusos del lugar que le correspondía. Los músculos interiores aprisionaron a estos y jadeó satisfecho ante el gemido largo y profundo que brotó de la garganta de Sheila al llegar al clímax.
Despacio su mano se deslizó del interior y ella le observó saborearla. La provocativa lengua de él relamió sus labios que dibujaban una  sonrisa ladeada con un punto de lascivia. Su subconsciente le gritó:
 —¡COMETELO!
«¡SÍ! Con mucho gusto…».
Y le empujó con las piernas hacia ella, instándole a cubrirla con su peso. Diego se incorporó y aprovechó para  deslizarse hacia el centro de la cama, esperándole con una traviesa sonrisa en sus labios. Él, avanzó como un felino hacia su presa. Sin prisa pero sin pausa. De su garganta  salió una carcajada y Diego entrecerró los azules ojos y volvió a relamerse, degustando antes de atacar.
Semierguido sobre ella, acercó su rostro y la besó con pasión. Sheila probó su sabor en la boca de él. Gimió y antes de que Diego lograra tumbarse, sus manos se apoderaron del miembro. Acariciándolo. Deleitándose con su potencia. Desplazó su cuerpo hacia él, quedando en la posición perfecta para tomar con sus labios lo que momentos antes acariciaba. Lamió con delicadeza la suave piel del glande. Aún estaba fría por el húmedo pantalón.
«¿Cómo demonios se habría mojado?» Pensó. Su voz interior le bufó. Y desechando cualquier otro pensamiento que no fuese darle placer a Diego, prosiguió.
Abarcó con sus labios el grosor del pene. Su lengua jugueteo con la punta. Excitando el pliegue que se formaba entre esta y el tronco. Lo probó en toda su longitud, lubricando con la saliva, acariciando al mismo tiempo sus testículos. Comenzó a masajearlo. Sintiendo en las yemas de los dedos el latido de las venas  al mismo tiempo que acariciaba, lamia, succionaba. Los jadeos de Diego le guiaban en sus movimientos.
Él agarró sus cabellos, tiraba de estos con suavidad.  Profundizó sus movimientos y aceleró el ritmo. La respiración entrecortada del hombre y sus gemidos la ponían a mil. Jadeó.
Diego estiró del pelo, separándose ligeramente de su boca.
—Sheila —susurró con voz ronca—. Para.
 Obedeció pero siguió acariciándole. Diego la empujó hacia el lecho. La mirada penetrante, acariciando los labios que tanto placer le acababan de dar con las yemas de los dedos. Resiguió la mandíbula hacia la oreja y sustituyó los dedos por su lengua. Al llegar al lóbulo lo mordisqueó. En respuesta Sheila clavó sus uñas en el torso masculino.
—Te amo —susurró él en su oído.
Esas palabras la sacaron del torrente de emociones en el que estaba sumergida. Se separó unos centímetros para ver el masculino rostro y penetrar en el interior de sus impresionantes ojos. Él le sostuvo la mirada, serio por un momento, haciéndole entender que no eran palabras dichas en el calor del momento, sino sentidas de verdad. Notó un nudo en la garganta, la imagen de Diego comenzó a hacerse borrosa, al momento, una lágrima rodaba por su mejilla. Él que la contemplaba en silencio aproximó su rostro de nuevo al de ella y sorbió la pequeña gota de sal. Sheila suspiró.
—¡Sh! —arrulló él. Posando sus jugosos labios, en un dulce beso, sobre los de ella.
 Correspondió a la caricia pero en cuestión de segundos el dulce beso pasó a ser más ardiente. Le provocó con su lengua y Diego se dejo hacer. El momento dulce había pasado, era hora de dar rienda suelta a sus pasiones.
Los labios de él volvieron a su cuello, besando, mordisqueando.  Succionó con fuerza sobre él, provocando mil sensaciones con su aliento sobre la piel de Sheila, que jadeó. Él lo soltó y siguió con la punta de su lengua hacia el hueco del cuello.
Las fuertes manos, acariciaban sus pechos, excitando los montículos rosáceos que hicieron que los latidos de su pubis casi se pudiesen palpar. Diego, recorrió con suaves besos la piel de entre sus senos.
La incipiente barba de él le hacía cosquillas, que junto a los suaves besos de esos tentadores labios, su abrasador aliento y las palabras que acababa de escuchar, hicieron que estuviese en un punto similar al clímax. Deseaba fundirse en él, le estorbaba casi hasta la piel de ambos. Quería fundirse en él y que él fluyese por sus venas. Era un ansia difícil de explicar pero fácil de sentir cuando amas a alguien.
La lengua de Diego jugueteaba con los pezones haciendo que jadeos de placer brotasen de su garganta.
 Notaba el ardor y la humedad de ella en su muslo y empujó leve los de Sheila para abrirla más a él.
 Acopló sus caderas entre ellos, su miembro palpitó impaciente. El glande se impregnó con el flujo que fluía del interior. Lubricándose. Tanteó y la carne se abrió sin resistencia alguna. Gimió al sentir su calor. Mordisqueó el pezón, succionó y junto al jadeo de Sheila, de una sola embestida la penetró.
Un jadeo se oyó en la habitación, seguido de una especie de ronroneo gutural de la mujer, al que él se unió.
Las caderas de ambos comenzaron a moverse al unísono. Al principio con urgencia, llevándolos a un punto cercano a la culminación, pero Diego frenó el ritmo. Deseaba gozar todavía un poco más. Sus movimientos se hicieron lentos y ondulantes. Las caderas de Sheila lo siguieron, parecían bailar la danza del vientre sobre la cama.
Caricias, besos, mordiscos, jadeos, nuevos embistes rápidos, lentos. Sheila se sentía arder como nunca antes lo había sentido. Diego notó como el interior lo atrapaba, sin posibilidad de escapar. Y se dejo llevar con ella.
Quedó tendido entre sus senos, escuchando el tamborileo del corazón femenino. Ladeó un poco el cuerpo, pero su cara siguió donde estaba. Sus manos acariciaban como plumas la suave piel de la mujer. Abarcando el menudo cuerpo todo lo que su largo brazo daba.
Sheila comenzó a pasar las yemas de sus dedos por los pliegues de la frente masculina. Acarició sus cejas. Resiguió su nariz. Sus labios. Diego mordió juguetón la yema del dedo y excitó con la punta de su lengua la sensible piel.
—¡Diego! —protestó sin convicción.
Notó la vibración de los hombros ante la risa silenciosa de él.
Con la otra mano comenzó a recorrer la musculosa espalda, relajando los fuertes músculos. La respiración del hombre comenzó a sosegarse.
—Si continúas así, me duermo —dijo con voz ronca él.
—Ajá —susurro ella y prosiguió sus caricias.
—¡No! —protestó él también sin firmeza.
Ahora fue a ella a quien le tocó reír.
Medio adormilado ya, Diego le oyó llamarle.
—¿Diego? — su voz salió en un hilillo.
—¿Hm?
—Yo también te amo.
Diego suspiró satisfecho y abrazando con su musculoso brazo la estrecha cintura, se durmió. Sheila cubrió, como pudo, sus desnudos cuerpos con el cobertor y sucumbió a Morfeo.



Eric observaba en silencio a Witch que se deleitaba con una mousse de chocolate casera. La veía relamer una y otra vez la cucharilla con la punta de la lengua.
Sus pensamientos se dispararon y sintió una opresión en el pantalón. Removió su trasero en el asiento, a Witch este gesto no le pasó inadvertido.
—Perdona Eric, es que me encanta la mousse. Termino y nos vamos. Necesitas descansar, ciertas partes, sobre algo más blando.
La sola mención de una cama o un sofá, hicieron volar aún más su imaginación. Se vio a sí mismo y a ella, desnudos, en una maratoniana sesión de puro y lascivo sexo. Sabía que detrás de ese humor ácido y esa lengua viperina, había un volcán en erupción.
«¡Dios!» —exclamó en su interior, recordando su discusión cuando Diego les presentó.
—Eric te presento a la mujer que te dejó tan maravilloso regalo en tu todoterreno.
El fulgor de esos ojos almendrados, color avellana, al mirarlo hicieron que su corazón se acelerase hasta salírsele del pecho. Pero no fue miedo, ni mucho menos, a la reacción de la mujer, fue un ansia de lucha, cuerpo a cuerpo, a ver cuál de los dos podía más.
—¿Así que tú eres el capullo que ganó el primer premio?—le espetó Witch.
—¿Y tú la que derramaste el champán sobre el coche ganador?—repuso él.
—Sip —y elevó el mentón.
—Ya veo —él alzó el suyo.
—Casi me matas —le instigó ella.
—Yo no lo veo así —replicó.
—¡Ah! ¿No? Y ¿cómo llamas tú al adelantamiento que hiciste en línea continua?
—Casi continua —corrigió. Elevó una espesa y perfecta ceja y replicó—. ¿Destreza?
Witch bufó.
—Tontos como tú llenan los cementerios.
—Indecisas como tú los acompañan.
—¿Indecisas? Precavida más bien diría yo —el tono de voz bajó peligrosamente, advirtiéndole de que se movía en terreno peligroso.
Pero Eric pretendía cruzar ese terreno. Ansiaba cruzarlo. No sabía porqué pero así era.
—Lentas, las llamo yo.
Witch entrecerró los oscuros ojos, Eric los suyos. De repente, ella se ruborizó, segundos después, la notó nerviosa. Pero se recompuso.
—Imbéciles llamo yo a los Fitipaldi como tú.
Rió, ella sonrió. Se abrazó, soltándose de nuevo y sus dedos acariciaron el largo pelo oscuro, del color de sus ojos.
Parpadeó confuso con su propia reacción. Deseaba acariciar esas ruborizadas mejillas. Apoderarse de esos jugosos labios y enredar sus dedos entre los cabellos de esa cautivadora mujer.
Ante esos pensamientos también se sonrojó. Ambos se miraban azorados y ambos exclamaron al unísono:
—¿Tregua?
Entonces fue cuando oyeron el grito de Sheila y él dijo:
—Empieza lo bueno.
Y ahora allí, contemplándola en el restaurante, tras haber charlado como viejos conocidos, su urgencia ya no era conocerla, era, bueno sí, conocerla… bíblicamente. Se sonrió ante el pensamiento. Witch paró la cuchara a medio camino de su boca y le preguntó:
—¿De qué te ríes?
—Estaba pensando en nuestro mal comienzo.
—Sip —dijo y se rió—. Ya me irás conociendo, tengo un pronto brutal pero luego…
«¿Ya me irás conociendo?»Se dijo «Le estoy dando pie para otras posibles citas».
—Y el codo, y la mano y lo que haga falta con tal de ver esos ojazos y ese cuerpo serrano —le dijo su voz— y quiero ver más de cerca ese peercing.
Él sonrió.
Ahora fue Witch quien se movió inquieta en la silla. El rifirrafe dialéctico que habían tenido le había descolocado.
Se sintió vulnerable ante la presencia y la atracción física que sentía por ese total desconocido.
Pero tampoco ella misma sabía a qué se refería, solo que notaba su cuerpo y su mente raros. Las emociones que la embargaban no eran las normales. Sentía un cosquilleo en la nuca, como cuando te sientes observado, y un hormigueo en sus dedos. Quería acariciar ese hoyuelo que se acababa de formar en el perfecto rostro del hombre.
«Y es que parece un modelo, el condenaó» babeó Witch.
 Carraspeó.
«¡Mierda!—pensó— pero ¿qué me pasa con este tío?»
Su voz interior silbó haciéndose la despistada.

continuación