martes, 29 de septiembre de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capitulo 15)



15

 Diego  decidió no ir directo a buscar la casa de Sheila. Estaba impaciente, pero necesitaba visualizar el encuentro para pensar cómo iba a entablar el diálogo con, se imaginaba, la furiosa joven. Además, le apetecía recorrer ese bonito pueblo antes de ir a verla, porque si las cosas salían como él esperaba, la reconciliación le impediría del tiempo necesario para conocer el lugar. Se sonrió ante las imágenes subidas de tono que le vinieron a la mente. Su entrepierna protestó y recolocó el trasero en la silla de montar. Su caballo negro azabache se agitó inquieto.
—Tranquilo, bonito —e inclinó el cuerpo para acariciar el cuello tenso del bello animal.
—Tú y tus geniales ideas —protestó Eric, que acopló su dolorido trasero en la silla.
Diego se rió por lo bajo. Estaban cerca del rio, podía escuchar el fluir del agua. Los animales se encaminaron hacia allí. Ambos jinetes decidieron darles esa tregua, llevaban toda la mañana montando y los caballos debían de tener sed.
Se aproximaron a un claro del rio. La profundidad de las aguas no era mucha pues al meterse los animales para beber observó que les llegaba por la mitad de sus patas y que el fondo era de arena. Una arena fina que se veía amarilla por la luz del sol.
 El rio ensanchaba el cauce en ese tramo y el caudal era lento por lo que les permitiría cruzar al otro lado y sin peligro. Una vez los equinos calmaron su sed así lo hicieron. Diego reparó en los hermosos barbos que se cruzaban en su camino huyendo del movimiento de las bestias.
Los jinetes se desplazaron hacia una pequeña cala de arena que se había formado entre unas enormes piedras ya  que el resto de la orilla era fangoso.
 Un camino bordeaba ese margen del rio.  Dos metros más allá, un  enorme prado repleto de hierbas silvestres se abría ante sus ojos haciéndoles disfrutar de una vista panorámica de la sierra. A lo lejos del prado se vislumbraban los tejados rojos de varios chalets. Una polvareda y el motor lejano de un coche hicieron pensar a Diego que más allá habría un camino principal que llevaría de nuevo al pueblo.
 Desmontó de su caballo y de la mochila que llevaba atada a la silla de montar sacó un paquete de cigarrillos. Se sentó sobre una de las piedras, estiró las piernas y encendió un pitillo. La quietud del lugar, tan solo rota por el sonido del agua y de una abubilla, calmaron sus alocados pensamientos sobre el encuentro que se avecinaba.
Eric le imitó y andando, con las piernas abiertas, fue hacia el prado donde dolorido se tumbó sobre la tierra.
—¡Aaggg! —suspiró de gusto el joven, estirándose cuan largo era sobre un pedazo de mullidas hierbas.
Diego ensimismado oteó el agreste y hermoso paisaje. A lo lejos escuchó un ligero rugido. Alguien debía de estar cortando leña con una moto sierra.  Miró a su amigo, extendido en la hierba.
«Este zopenco es capaz de dormirse».
—¿Eric?—llamó.
—¿Sí?
Suspiró resignado ante el tono de satisfacción de su amigo.
—Nada, sigue descansando.
—¡Bien! Cinco minutos y nos vamos.
Diego inhaló de su cigarro. El sonido de la moto sierra parecía más cercano. «Un momento… eso no es una moto sierra, eso es una motocicleta».
A través de la alameda vislumbró la polvareda que el vehículo iba provocando con su velocidad.
—¡Los caballos! —señaló en voz alta y se levantó raudo a sujetar las riendas de los animales.
No le dio tiempo a ello. Un quak, rojo fuego, con dos motorista en él se acercaba veloz a donde ellos se encontraban. Los animales piafaron nerviosos y comenzaron a retroceder hacia el río.
—Estos malditos motoristas —gruñó Diego—. No respetan la naturaleza.
De pie, con su imponente cuerpo y sus brazos cruzados, se plantó en mitad del camino. El quak, a pocos metros de él, tocó la estridente bocina pero no aminoró la marcha, por escasos segundos tuvo tiempo de apartarse.
—¡Yeeeeeaaaaaaa! —gritaron los motoristas pasando veloces y dejando un reguero de polvo a su paso.
Diego entre toses se acercó a los encabritados caballos que asustados y con las aletas de la nariz dilatadas comenzaban a adentrarse hacia el interior del torrente.
—¡Mierda! —exclamó y al momento, ordenó—. Eric, levanta… los caballos huyen.
El aludido ni se movió. Viendo que los animales se alejaban cada vez más, maldijo de nuevo y se metió en el agua en su búsqueda.
—¡Está helada! —jadeó mientras perseguía a los equinos. 
El agua le llegaba a media cintura. Caminaba despacio pues los vaqueros se le pegaban a las piernas, además, tampoco quería asustar de nuevo a los caballos, que a mitad del rio se pararon, no sabiendo bien qué camino tomar. Diego aprovechó el hecho a su favor y estiró el brazo para tomar  una de las riendas que estaba cercana, frenó su marcha y tiró fuerte de ella. El equino ladeó la cabeza mirándole. Gracias a Dios que estaba bien adiestrado porque ante el tirón, el animal, comenzó a dar media vuelta en dirección a él. Su compañero le siguió.
 Llegaron los tres a la orilla. Diego con ayuda del animal, que le adelantó, pudo salir sin problemas del agua. Los jeans mojados le impedían levantar en exceso las piernas.
—¡ERIC! —bramó.
—¿Qué? —exclamo éste despertando bruscamente y sentándose al mismo tiempo.
—Te has dormido. Ven a ayudarme.
—Imposible —y negó con la cabeza—, solo he cerrado un momento los ojos.
—Sip —refunfuño Diego— lo justo para perderte como casi me atropellan unos motoristas locos y que han provocado que los caballos, asustados, se hayan metido al rio.
—¡Dios!—jadeó el joven y miró a su amigo—. ¿Estás empapado?
Diego le fulminó con la mirada.
—Adivina quien tuvo que ir a por los caballos mientras el bello durmiente seguía soñando… —soltó sarcástico.
Eric se rió entre dientes pero al ver la fría mirada de esos ojos color zafiro, la risa se le congeló en la garganta, carraspeó incomodo y algo turbado habló:
—Necesitarás que te empuje para volver a montar a la silla.
Diego renegó entre dientes.
—Vamos —ordenó—. Tenemos que irnos.
Eric le ayudo a colocar la bota mojada en la brida, Diego, agarrándose a la montura, tiró con fuerza izándose cuanto le daban los pantalones. Eric puso sus grandes manos en el trasero de su amigo y empujó.
—Bonita estampa estamos dando para que alguien nos viese —gruñó Eric soportando el peso mientras el catedrático intentaba pasar la otra pierna al otro lado del lomo del animal.
Diego rumió una réplica mordaz a esas palabras pero se abstuvo de decirla en voz alta.
Eric rodeando la montura de Diego y a éste, se dirigió hacia su caballo. Le costó sudor y lágrimas, literalmente, volver a subir su trasero dolorido a la silla de montar.
Esta vez fue el calado hombre quien rió por lo bajo.
—Hermoso momento —azuzó carcajeándose de la situación de ambos.
Eric por toda contestación adelantó su montura mientras levantaba el dedo medio de la mano derecha. Las carcajadas de Diego sonaron acompañadas por su eco en el silencio del claro.




—¿Witch?—gritó Sheila a través del casco— ¿Has visto a ese?
—Sí. Menudo palurdo —gritó a su vez la chica—. ¿De qué iba? ¿De Superman?
—Pero es que creo que era…
—¿Qué? —gritó de nuevo la piloto.
—No, nada… le confundí con alguien.
A la velocidad que llevaban estuvieron en la casa en poco tiempo. Aparcaron el quak en la parte exterior de la verja y Witch entró a por las muletas de Sheila. 
Aunque hacia fresco la zona del jardín donde se encontraban las sillas y la mesa estaba soleada por lo que Sheila se sentó. Arrimó una silla y puso el pie escayolado encima. Un montón de colillas en el suelo, al lado del árbol, llamó su atención.
—¡Witch! ¿No te tengo dicho que no tires colillas al jardín?
La aludida, que había entrado a la casa a por unos refrescos y un aperitivo, asomó su cara por la ventana de la cocina y miró a Sheila.
—¿Qué colillas?
Sheila puso los ojos en blanco y señalándolas con el dedo dijo:
—Esas colillas.
Witch las observó desde su posición y encogiéndose de hombros repuso:
—Yo no he fumado en el jardín —y metió la cabeza de nuevo.
Sheila las volvió a mirar. La boquilla era blanca y no anaranjada como las suyas. Levantó la mirada hacia la ventana. Miró las colillas. Otra vez a la ventana. Y palideció. Recordó la silueta. ¡Había vuelto a la casa! El día anterior, por la tarde, ese montón de restos de tabaco no estaba allí. Seguro.
«Debió de ser anoche mientras cenábamos». Un sudor frío comenzó a empapar su cuerpo.
—¡Ey, nena! ¿Tan desfallecida estás por beber algo que te has puesto pálida? —y Witch extendió el refresco a su amiga, que la miró con ojos aterrados.
Witch alerta preguntó:
—¿Ocurre algo?
Sheila asintió en silencio. Witch se acomodó a su lado y le contó lo que había visto.
Un puñetazo hizo que la mesa de hierro sonase como un gong.
—¿Estás loca? —gritó Paula enfadada—. De verdad que lo tuyo es para encerrarte.
—Pero… es que no estaba segura… pensé que me lo había imaginado —farfulló Sheila en su defensa.
—Y ¿ni se te ocurrió comentárselo a Manuela, verdad? 
—No.
—Porque sabías que yo le mandaría al cuartelillo ¿cierto?
—Sí.
—Y cuándo hemos hablado estos días y anoche ni mú porque intuiste que pasaría esto. 
—Sip —susurró Sheila.
—¡Arg! —gritó Witch al aire, enfadada.
Sheila la miraba en silencio, esperando que parase la tormenta
—Eric, creo que hemos llegado en mal momento —dijo una voz profunda y varonil. 
Dos pares de ojos se giraron hacia el sonido. Unos le miraban estupefactos y otros brillaron aún más enfurecidos.
—¡El que faltaba! —explotó Witch que caminó colérica hacia la puerta del jardín donde Diego y Eric permanecían  parados.
Paula abrió la puerta de un tirón y quedó delante de Diego.
—Y tú ¿qué? —Increpó—  ¿Vienes a contarnos todos tus secretitos o también te los vas a guardar para el momento oportuno?
Antes de que Diego respondiera añadió mordaz. 
—¡Ah, no, espera! Si tu gran secreto ya fue desvelado por la arpía de tu novia. Pues para tu información has de saber que dos son pareja; tres, multitud.
 Levantó el mentón desafiante esperando una respuesta del hombre, que permanecía impasible.
Diego inspiró profundamente y acercándose a escasos centímetros de Witch, que no se había movido ni un ápice, se agachó y dijo:
—Buenos días, Witch.
Ésta, entrecerró los ojos y él con una calma absoluta  estampó un par de besos en las mejillas de la chica que se quedó muda.
«Y ahora. ¿Con quién me desahogo yo?».
Diego encaró a Eric, que estupefacto seguía la escena en silencio y extendiendo una mano hacia Witch le dijo:
—Eric, te presento a la mujer que te dejó tan maravilloso regalo en tu todoterreno.
Paula viró veloz su atención hacia el desconocido. Reconoció esos ojos y esa boca, que ahora, no le sonreía sugerente ni le lanzaba besos, sino que se apretaba en una fina línea.
« ¡El capullo del todoterreno!». 
—¡A la yugular! —Clamó su voz interior—. ¡Tírate a la yugular!.
Y lo hizo.



Mientras Witch discutía con Diego, Sheila aprovechó y entró en la casa, pero ese movimiento no pasó desapercibido al hombre, que tomó la mochila de la montura y dirigiéndose a la pareja dijo: 
—Os dejo haciéndoos las presentaciones —y se rió entre dientes.
Con pasos firmes se aproximó a la puerta principal, sin molestarse en llamar, abrió y entró. El olor a leña de la chimenea penetró en su nariz. Esperó unos segundos a que sus ojos se acostumbrasen a la luz del interior. Todo estaba en silencio. Un silencio que no presagiaba nada bueno.
Diego recordó una situación similar vivida con Sheila. La tarde en que después fue atacada.
Penetró por el pasillo despacio. Las botas mojadas chirriaban en el suelo de madera e iba dejando un rastro de gotas en el suelo, encogió los hombros, pesaroso pero continuó. 
Al llegar a las puertas dobles abiertas, paró en el umbral e introdujo la cabeza para mirar su interior. Paseó la vista por todos los rincones pero allí no había nadie. Continuó pasillo adentro, que daba acceso a una serie de puertas.
 Una puerta con cristalera daba a la cocina. Nada. Una alcoba de matrimonio. Nadie. Un baño. Vacio. Quedaban tres puertas. Abrió la de la derecha, otra alcoba de matrimonio. La siguiente resultó ser otro baño. Solo quedaba la que tenía frente a sí. Inspiró y giro el pomo con decisión. Este no cedió. Volvió a intentarlo, con el mismo resultado.
«Vale, bien, tranquilo». Golpeó con los nudillos en la puerta.
—Vete —dijo Sheila desde el interior del cuarto.
—Abre la puerta —pidió sereno.
—¡No! Vete, déjame en paz.
—Sheila, abre por favor.
Tan solo silencio. Esperó a que el pestillo se abriese, pero el clic no llegó.
—Sheila, te lo ruego, tenemos que hablar.
—Que me dejes en paz —sollozó ella— ¿Es que no me has hecho ya bastante daño?
Estaba llorando. Diego podía oír los hipidos desde allí. Se oyó el crujido de la cama y la voz de ella amortiguada por el colchón.
—Mentiroso, cerdo —gritaba llorando desconsolada—. Yo te creí, te creí. Creí que lo nuestro era…
Y el llanto aumentó.
«Bien» gruñó Diego «Pues por las malas».
Retrocedió, tomó aire y propinó una patada a la altura del picaporte haciendo que el pestillo estallara y que la puerta se abriera de par en par golpeando la pared con gran estrépito. Sheila gritó.
Eric y Witch, en plena discusión y en el exterior, miraron hacia la casa.
—Empieza lo bueno —dijo con sorna Eric.
—Sip —replicó Witch.
Se miraron. Paula se perdió en el cristalino azul de esos ojos y en la juguetona sonrisa que se estaba formando en esos labios tentadores.
—¿Nos lo vamos a perder?—preguntó.
Witch le miró pensativa unos momentos.
—No, creo que no.
—Vale —y Eric se adelantó hacia la puerta de la casa.
Witch, paseó la mirada por los ajustados jeans lavados a la piedra, la cazadora de piel que enmarcaba los anchos hombros, haciéndolos aún mayores, y las botas de montaña.
«Anda algo raro pero tiene un culito prieto, como a mí me gusta» babeó.
—¿Por qué andas así? —preguntó curiosa.
—Luego te cuento —bufó Eric—. Ahora no quiero perderme el primer acto.
—Vale —contestó la joven, poniéndose a su altura y enganchándole descarada el brazo.
«Está macizo» se dijo mientras apretaba el musculoso antebrazo. Eric la miró a sus almendrados ojos castaños.
—Creo… —carraspeó para aclarar la aflautada voz que le había salido después de esa mirada—. Creo que tenemos palomitas. ¿Quieres que prepare unas pocas mientras observamos cómo se desenvuelven estos dos?
—Sííí —rió malicioso Eric y tomándola de la mano, le cedió el paso en la puerta, pasó sin soltarse tras ella y cerró en silencio.



Diego penetró en la alcoba. Su enorme silueta enmarcada por el umbral de la  destrozada puerta.
Encontró a Sheila tumbada sobre la cama, abrazada a la almohada y con el rostro escondido en ella.
En varias zancadas quedó a la altura de la chica, junto al borde del colchón. Buscó por la alcoba un sitio donde acomodarse para estar a su altura pero recordó sus vaqueros mojados así que optó por arrodillarse junto a ella. 
Miró el cuerpo convulsionar por el llanto. ¡Dios! deseaba tanto tomarla entre sus brazos y acurrucarla entre ellos para darle consuelo.  Extendió la mano con la intención de tocarla pero paró a escasos centímetros del brazo de ella. Era mala idea. Le rechazaría y se sentiría dolido. Primero tenía que convencerla hablando.
«Vamos Diego tú puedes. Te enfrentas a diario con fríos hombres de negocios con peor carácter que el de ella».
«Sí —pensó— pero eran eso, negocios. Aquí estaba en juego su corazón y su futuro con ella».
—Sheila, cariño… —tanteó.
—No me llames cariño —le soltó ella a través de la almohada—. Tu cariño lo has dejado a ciento veinte kilómetros de aquí.
—Eso no es cierto —respondió con suavidad—. Mi cariño está aquí, llorando desconsolado por no hacerme caso.
—¡¿Qué?! —Sheila levantó el rostro de la almohada. Sus ojos hinchados por el llanto atravesaron los suyos— ¿Cómo te atreves?
—Tengo toda la razón —adujo él—, te dije que me esperases.
—¿Pretendías que me quedase de brazos cruzados esperando sobre ese puf como una tonta rematada, horas, para después explicarme que sentías mucho no haberme contado que Rebeca existía? ¿Que lo que había habido entre nosotros eran solamente unos cuantos polvos más para ti, con otra de otras tantas mujeres? Ibas listo.
—No pongas en mis labios palabras que no he dicho —advirtió muy serio Diego.
En el pasillo, mientras tanto, dos siluetas sentadas en sendas sillas y compartiendo un bol de palomitas susurraban.
—Si tu amiga sigue por esos derroteros Diego va a estallar.
—Y ¿qué quieres que le diga? ¿Le felicita por tener tan poco gusto al elegir prometida? Según lo presentó esa… ¡uf! Me callo. Sheila era eso. Unos cuantos polvos echados antes de sentar la cabeza.
—Eso no es así —explicó Eric.
—¡Shhh! Calla, que nos perdemos la contestación…
Y tomando un puñado de palomitas cada uno, siguieron escuchando, más que viendo.
—No hace falta ponerlas en tus labios —replicó Sheila—. Quedó bastante claro con la actitud de tu novia y la tuya propia.
—¡Ah! ¿Sí? Y según tú, ¿qué actitud tomé yo?
—Confirmar lo que ella estaba diciendo al permanecer callado.
—¡¿Qué?! —respondió él—. Preferí no entrar en el juego de Rebeca. Creo que quedó patente la frialdad con la que la estaba tratando.
—¿Para quién? Porque para mí lo único que quedó patente es que estabas disgustado por su presencia por haberte pillado in fragantí.
—Cuando fui a responderte me ordenaste que te bajara de entre mis brazos.
—Sí. En ese momento no quería nada de ti. Te hubiese abofeteado allí mismo si no llego a pedírtelo cuando aún me quedaba algo de lucidez en la mente.
Sheila le miraba desde su altura, arrodillada sobre la cama. Y Diego, postrado a sus pies, quedaba un poco más bajo que ella. Los ojos azul zafiro de él se oscurecieron. Se perdieron en la mirada de ella. Sheila se derretía por dentro pero debía de ser fuerte. No podía demostrarle que la tenía ganada solo por estar allí, intentando disculparse o eso parecía.
—¿Y ahora? —preguntó Diego con la voz ronca por las emociones que contenía en su interior.
—Ahora ¿qué? —interrogó a su vez Sheila.
—Ahora ¿quieres algo de mí?—la mirada clavada en ella.
Sheila refunfuñó por lo bajo, volteó en la cama saliendo por el otro lado y tomó las muletas  para abandonar la habitación, antes de desaparecer respondió: 
—Si tengo que contestar a esa pregunta creo que entonces estaba equivocada con lo nuestro.
Diego se quedó allí, plantado de rodillas frente a la vacía cama. Oyó una puerta cerrarse de un portazo seguida de un clic.
Furioso salió hacia el pasillo. Frente a él Eric y Witch comiendo palomitas, observaban sin perder detalle. Diego observó las puertas cerradas. Paula chasqueó los dedos para llamar su atención. La miró,  señalaba la puerta del baño. Avanzo hacia allí, puso la mano sobre el pomo de la puerta e iba a girarlo cuando, de repente, detuvo el movimiento de la muñeca y examinó a esos dos del pasillo.
—Y vosotros ¿no tenéis nada mejor que hacer?—les recriminó con la voz y la mirada gélidas.
Eric y Witch cruzaron las miradas para después contemplar a Diego.
—No —respondieron al unísono. 
Continuaron comiendo palomitas como si nada. El profesor resopló y resignado giró el pomo que no cedió un ápice.
—¡Sheila, abre esta maldita puerta!
Ella no respondió. Apretó los puños sobre la puerta al mismo tiempo que apoyaba su frente en la madera e inspiraba hondo para calmarse pero de nada sirvió. Le hervía la sangre.
—Me importa un carajo tener que romper todos los pestillos de estas malditas puertas si con ello consigo que de una vez por todas des la cara y digas todo lo que tengas que decir. Tú decides. O hecho la puerta abajo o abres y hablamos como dos personas adultas que somos —Bramó:
Eric y Witch, desde su posición, aplaudieron en silencio. los fulminó con la mirada pero la pareja sin inmutarse, dieron un sorbo a sus refrescos.
Escuchó deslizar el pestillo al otro lado y alzó la mirada al techo en un gesto de alivio. Giró el pomo que cedió a su movimiento. Antes de abrir la puerta volvió a mirar hacia sus amigos. Witch levantaba el dedo pulgar en alto. Eric se había levantado de la silla y hacia un movimiento de baile conocido, parecía agitar con un palo invisible un contenido de algo a sus pies. Puso los ojos en blanco y les sonrió presa de la timidez. Los otros dos agitaban las manos instándole a entrar.
Y así hizo.
Ella estaba sentada sobre la taza de retrete sin despegar los ojos de la entrada donde él se hallaba con los puños crispados. Entró y cerró. Contempló su imagen durante unos segundos, los ojos enrojecidos,   enrasados. Inspiró  se puso al lado de ella, arrodillado, cerca de sus rodillas. La miró con sus profundos ojos llenos de amor. y con voz ronca la dijo.
—Supongo que tus lágrimas y el dolor de tu voz al contestarme quieren decir que sí que sigues queriendo algo de mí —susurró tan emocionado como ella.
Sheila suspiró aliviada y sus manos se distendieron sobre su regazo. Diego, atento a sus movimientos, agarró esas manos entre las suyas y apoyó la cabeza sobre los muslos. Inspirando el aroma de su piel.
 Como añoraba tenerla entre sus brazos pero antes tenían que aclararlo todo. Y comenzó a contarle lo ocurrido con Rebeca. También le contó como de la nada había conseguido construir una de las empresas más fuertes del mercado, que esto no llenaba su vida y que había decidido dedicarse a su pasión, la literatura y la docencia. Sheila contestó y preguntó durante su relato. Terminado éste fue ella quien se sinceró. 
 Las manos de él habían soltado las de ella y ahora, las tenía en la cintura, no sabía cómo ni cuándo le había atraído hacia el pecho, rodeado con sus piernas las caderas de él y le acariciaba la cara y el espeso pelo entre sus dedos. Callada, cautivada por ese momento.
 Diego alzó el rostro. Deseaba tanto besarle, que la tomase entre sus brazos y volver al cuarto que habían dejado y no salir de él hasta el día siguiente. Este pensamiento debió de reflejarse en su cara porque  él  la rodeó con gesto suave entre sus manos y se acercó lentamente para besarla. 
El beso fue dulce. Rozó, sutil, el labio inferior. Con la punta de la lengua humedeció ambos. Saboreando la sal que las lágrimas habían dejado sobre las comisuras. Sheila suspiró. 
Diego intensificó el beso.  Su lengua buscó la tierna piel y mordisqueó el labio que se entreabrió al instante e introdujo veloz su lengua, saboreando el interior, acariciando y haciendo vibrar las terminaciones nerviosas de la lengua de Sheila que profundizó aún más el beso, pegándose a él y comenzando a respirar con rapidez.
Las manos de Diego pasaron al trasero de la joven. Lo acarició y lo apretó aproximando a Sheila hacia su entrepierna, que hacía rato había saltado como un muelle. Ella gimió y comenzó a acariciar el ancho pecho a través del jersey de lana gruesa. La respiración de él también se alteró.
Las caricias se volvieron más urgentes. Las manos de él desabrocharon el para liberar los senos. Acarició con suavidad los endurecidos pezones. Ansiaba tenerlos entre los labios. Levantando la sudadera de la chica, atacó con suavidad las rosadas cimas y el gemido de Sheila se escuchó por toda la casa.
Unos carraspeos provenientes del pasillo paralizaron a la pareja. Sheila miró extrañada a Diego. Este maldijo entre dientes mientras al separarse.
—¡No! —protestó ella.
—Sheila, mi amor, no pienso hacerte el amor sobre una taza de water y si sigues mirándome así, te juro, que tendré que maldecir después por haberme dejado llevar en un sitio tan poco romántico como este.
La risita de la joven encrespó aún más los alterados nervios de Diego. Se levantó y antes de que ella se diese cuenta la tenía sobre su cintura, sujetando el trasero con las manos. Las piernas de ella se afianzaron, aún con escayola y todo.
Diego giro hacia la puerta para abrirla.
—¿Diego? —susurró Sheila.
—¿Sí?
—Es mi impresión o ¿estás mojado?
Puso los ojos en blanco y con un suspiro dijo.
—Primero vamos a terminar lo que acabamos de comenzar y luego te cuento. —Y salió hacia el pasillo. 
Eric y Witch esperaban en silencio. Sentados en sendas sillas. Sheila los miró boquiabierta. Diego les atravesó con la mirada.
Ambos comenzaron a aplaudir. Witch les señalaba imitando el gesto de quien presenta a los actores al público, Eric silbando entre sus dedos.
Diego dirigió sus pasos hacia ellos. Sheila le paró al susurrarle: 
—Déjalos. Vamos a terminar los deberes, señor profesor.
Mirándola con intensidad Diego le murmuró al oído:
—Espero que saque usted matrícula de honor, señorita Sheila.
Y se dirigieron hacia la habitación que un buen rato antes habían abandonado.
Witch miró a Eric. Con que ganas le cogería a él también para llevarle al otro cuarto. Eric sonrió y ella carraspeó y poniendo cara de inocente preguntó:
—¿Tienes hambre? Sheila y yo habíamos reservado mesa en nuestro restaurante favorito, y yo creo que estos dos ya se van a comer bastante entre ellos, ¿no?
Eric se rió ante su descaro.
—Opino lo mismo. ¿Servirán buenos chuletones, no?
—Los mejores, te lo puedo asegurar —asintió Witch.
—Entonces, hecho —Eric la guiñó un ojo— ¿Diego?
Witch le hizo aspavientos con la mano. El joven se rió. Desde el fondo del pasillo bramó la voz profunda de Diego.
—Mi cartera está en el cajón de la mesilla de mi habitación.
—¡Gracias! —canturreó Eric—. Cuando usted quiera señorita.
Y haciendo una reverencia señaló la puerta de salida de la casa. Por una vez en su vida, Witch se dejó llevar.

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 14)



Tomó el móvil que sonaba estridente en el silencio de la noche.
—¿Cómo va todo?—preguntó la fría voz de la mujer.
—Localizada. Pero el encargo tendrá que posponerse un par de días —explicó el sicario.
—¿Por?
—Tiene visita.
—Y ¿cuál es el problema?... donde caben dos caben tres —dijo desdeñosa.
—No estoy de acuerdo.
—Usted no es el que paga —replicó airada.
—Hágalo usted misma si no está de acuerdo con mis métodos —le soltó abrupto.
 A un momento de silencio, le siguió una voz, ahora más calmada y algo halagadora.
—Vamos, no se enfade, usted es el experto. Lo dejo en sus manos.
—Totalmente de acuerdo —afirmó él—. ¡Ah! Y otra cosa.
—¿Sí?
—No vuelva a llamarme. Cuando termine el encargo lo sabrá.
La voz de la joven tartamudeo al responder ante la voz amenazante.
—D-de acuerdo.
Miró el teléfono ante el bip que emitía al ser cortada la comunicación.
«Estúpida niña rica engreída» farfulló el asesino cuando cortó la comunicación.






Dos bocinazos le indicaron a Sheila que Witch ya estaba a las puertas del jardín.
Se secó las manos con un paño y tomó las muletas para ir a abrirle la puerta. Abrió de par en par. Witch tiraba de la maleta mientras con la otra mano sujetaba la bolsa del supermercado.
Esperó impaciente que llegase a su altura. Según puso los pies en el peldaño de entrada, Sheila soltó las muletas y abrazó con fuerza a su amiga.
—Te he echado mucho de menos —Sheila le soltó dos sonoros besos—. Trae que te ayude.
Witch separándose de ella, le miro y dijo:
—¡Vale! —colocó una mano de Sheila en el manillar de la trolley, la bolsa con las chuches en la otra, se agachó a recoger las muletas y puso una a cada lado del cuerpo de Sheila, debajo de la axila— ¡Hala! Vamos pá dentro.
Y entró hacia el pasillo, en dirección al salón. Penetró al interior de éste y se oyó como se tumbaba sobre el mullido sofá, conectando el televisor con el mando a distancia.
—¡Aaggg! Qué bien —gimió de gusto. A voz en grito dijo—. Sheila cuando puedas me traes una Coca-Cola bien fría porfis. ¡Ah! Y tráete las chuches que he comprado.
Pasados unos minutos, asomó la cabeza por la puerta del salón. Sheila seguía tal cual le había dejado.
—¿No decías que me ibas a ayudar? —preguntó Witch.
Sheila la miraba estupefacta, Paula se dio unos ligeros golpecitos en el labio con los dedos, pensativa.
—¡Ah! Espera. ¿Qué estas escayolada y no puedes con todo? Haberlo dicho mujer. Aguarda que te ayude —parloteó mordaz.
Se acercó a Sheila y sacó las muletas de debajo de los brazos, aparcó la maleta a un lado del recibidor, tomó las chuches con una mano mientras con la otra ofrecía los apoyos a Sheila. Cuando ésta los hubo colocado bajo los brazos, Witch, rauda le dio un pescozón en la nuca.
—¡Ay!—se quejó la agredida—. Y ¿eso a qué viene?
—Te ayudo… te ayudo —masculló Paula y le lanzó otro sopapo más.
—Y ¿ahora?¿qué he hecho? —protestó Sheila.
—Eso por apoyar el pie.
—Pero si estoy a pata coja —dijo quejumbrosa.
—Pero si estoy a pata coja —se burló Witch y en el mismo tono burlón prosiguió—. Y ¿la raja de la escayola cómo ha salido? ¿Vas a pedir daños y perjuicios a la constructora?
—¿Cómo lo has visto?
Witch, de repente se puso seria y señalándose en la frente, entre las dos cejas a su tercer ojo como ella decía, replicó:
—Cariño, yo lo veo todo —Y sonrió picarona. Sheila le siguió el juego.
—¿Todo todo?
—Sip —replicó ufana.
—Pues ya habrás visto quien va a poner la mesa. ¿A qué sí?
Paula entrecerró los ojos, suspicaz, luego comenzaron a brillar risueños.
—Esa parte se ve con interferencias, no está muy clara…
—Lo que está muy claro —replicó Sheila dirigiéndose hacia la cocina—, es que esta noche me voy a poner hasta las orejas de lasaña…
—¡Espera! —gritó Witch alzando las manos al aire y moviendo los dedos como si lo arañase— ya noto algo… ¡Sí!
Sheila resopló y siguió andando. Witch seguía a lo suyo.
—Veo… veo…
—¿Qué ves? —soltó cantarina Sheila.
—Que yo sé de otra que se va a poner hasta las cejas de croissants.
Sheila paró en seco, se giró para mirar a su amiga, que miraba hacia el techo haciéndose la despistada, silbando. Sonriéndole marrullera Sheila le habló conciliadora:
—Bueeeeno. ¿Fifty-fifty?
Su compañera fingió que se lo pensaba y encogiéndose de hombros respondió:
—Okey.
Y acercándose a Sheila la agarró del brazo camino de la cocina, parloteando sin parar.



Encontraron fácilmente la casa rural que habían alquilado. Eric seguía enfurruñado por el mensaje que habían escrito en el parabrisas del coche, bueno, más que por lo que ponía por el regalo añadido.
—Y dices —le preguntó por enésima vez a Diego— ¿qué era una mujer menuda, de pelo castaño y melena larga?
—Sí —volvió a contestar el aludido— ya te lo he dicho —añadió con fastidio.
—Sí, ya sé. Pero con esa descripción tendría que buscar a más de la mitad de las mujeres de este pueblo.
—Te aseguro que no.
—Y tú ¿cómo lo sabes?
Diego sonrió enigmático. Eric le miró extrañado. A veces su amigo era desesperante, su hermetismo en ciertos aspectos le atacaba los nervios. Como ahora. Pero debía de reconocer, que él nunca le había fallado, así que encogiéndose de hombros decidió comenzar a disfrutar del fin de semana de relax.
Diego llamó a la puerta labrada con remaches de hierro. Era una de esas, que abría en dos partes, pero en ese momento se abrió del todo para mostrar a una sonriente pareja de mediana edad que les dio la bienvenida.  Se presentaron como los dueños y empleados, a su cargo, de la casa. Les hicieron pasar al salón, decorado en estilo rústico. La enorme chimenea de pizarra era la pieza principal y en ese momento se hallaba encendida. Los rescoldos anaranjados lamían en alargadas llamas el enorme tronco que envolvían.
 Inspiró hondo y disfrutó del aroma del madero al quemarse. Pero su nariz no solo se inundó del aroma de la leña, en respuesta, su estómago gruñó.
—Perdón —se disculpó algo avergonzado—. Almorcé frugalmente y ese delicioso olor ha hecho que mi cuerpo proteste.
—No se disculpe —dijo Ramón, el dueño de la casa, sonriente—. Llevo más de veinte años casado con ella y no hay guiso que prepare que no haga protestar a mi estomago de gusto.
—¡Oh, vamos! ¿Qué van a pensar los señores?
—¿Qué eres buena cocinera? Cuando prueben tu comida ya me dirán ellos— y el hombre les guiño un ojo.
«Simpático matrimonio» pensó Diego «Veinte años. Y por la manera que se miran y sonríen se diría que son unos recién casados». Sintió envidia sana.
¿Lograrían él y Sheila llegar a ser como ellos? Se imaginaba pasados unos años, quizás algo más fondón y con algunas canas en sus sienes, y a ella con unas ligeras redondeces de más debido a los hijos paridos. ¡¿Hijos?!
Sí. Se veía perfectamente teniendo hijos con Sheila. Serían igual a ella. De pelo castaño con reflejos cobrizos, los labios gordezuelos y esos ojos color miel, ese tono que le recordaba el ámbar, la savia de la madre naturaleza endurecida pero que una vez fue líquida y eso quería él, derretirla toda ella entre sus brazos y fundirla a su piel, de manera, que no se adivinase donde terminaba el uno y comenzaba el otro.
Sus encuentros íntimos no solo habían sido sexo… quizá en un principio así lo pensó o mejor dicho, se quiso engañar. Pero tras el tiempo compartido, añoraba todo. Maldecía una y otra vez a Rebeca.
Esa era otra. Rebeca. No podía presagiar nada bueno en el silencio que mantenía. Hurtado le había informado puntualmente todos los días de los movimientos de ella. Los normales y que él tan bien conocía: ir al club, a sus tiendas predilectas, al salón de belleza, a casa de alguna de sus amigas… pero… algo no encajaba. Algo se les había pasado por alto pero no sabía qué.
—¿Diego?
Un chasqueo de dedos frente a sus ojos le sacó de sus pensamientos.
—Ramón te preguntaba si deseas beber vino durante la cena.
—Por supuesto.
—Y ¿cuál prefiere? —preguntó el hostelero.
—Lo dejo a su elección, Ramón.
—¡Bien! —exclamó el hombre—. Normalmente con el pescado va bien el vino blanco pero tengo uno de mi propia cosecha que desearía que probasen para darme su opinión… es tinto —aclaró el hombre— pero creo que su cuerpo, aromas y sabor destacan aún más con este tipo de plato a la vez que lo acompaña.
—¿Por qué no? Venga esa botella —animó Diego.
Ramón, disculpándose se dirigió a la bodega de la casa.
—Me gusta este sitio —dijo Eric mientras se arrellanaba en un mullido sofá junto al fuego—. Creo que me acostumbraría a vivir aquí.
—¿Tú? —comentó incrédulo Diego—. ¿Don metrópoli? Espera a mañana a estas horas, sin estar conectado a Internet más de veinticuatro horas y ya me contarás.
—Calla —gruño Eric—. No me lo recuerdes.
 Diego puso los ojos en blanco.
Faustina, la hostelera y cocinera, se aproximó a ellos con un carrito camarera. Colocó sobre la mesa, un antiguo trillo, unas copas y varios platos de aperitivos.
—Plato típico del pueblo es este —y señaló una especie de puré de patatas machacadas con unos torreznos por encima—. Les aviso que pica un poco pero ya me dirán. El besugo estará en unos cinco o diez minutos. Les da tiempo a tomar este pequeño tentempié.
—Muchas gracias, Vitoria.
—Llámenme Vito, por favor.
Ramón volvió con la botella de vino y la descorchó dándoles a probar el contenido. Diego observó el color del vino, lo olió y pasó a catarlo.
— ¡Mmm! Buen bouquet, sí señor.
Ramón sonrió satisfecho y comenzó a decantar el vino en el frasco para ello. Probaron los aperitivos de Tina, que estaban deliciosos, y cuando a Eric le faltaba poco para pedir pan y pringar con él los restos de las patatas secas se oyeron unos timbrazos continuos  procedentes de la cocina.
—El besugo ya está señores, pasen al comedor. La mesa ya está preparada.
Diego y Eric se levantaron de los sofás, y se acercaron con sus copas hacia la bonita mesa que había a un lado del salón, justo delante del enorme ventanal que daba acceso al jardín.
Diego se paró en seco.
—Pero, ¿sólo veo dos platos?
Ramón y Vitoria se miraron y después miraron a Diego.
—Sí señor, ¿esperan ustedes a alguien más? porque si es así en un momento preparo lo necesario para los demás comensales.
—Pensé que ustedes cenarían con nosotros.
Los tres le miraron confusos.
—Vamos Vitoria —instó— ¿A qué espera para traernos ese besugo y que lo comamos entre todos?
—Pero señor, nosotros…
—Ni señor ni nada, Diego, ya bastante señor por aquí señor por allá soy durante el resto de la semana. Aquí Diego a secas.
—De acuerdo, Diego. Vamos Ramón, pon lo que falta y siéntate que ahora mismo traigo la cena, y vosotros dos también.
Los tres hombres obedecieron la orden sin rechistar. Los estómagos de todos gruñían por doquier.
Mientras tanto Witch y Sheila habían dado buena cuenta de la cena y charlaban animadas al calor del hogar. Poco sospechaban que unos ojos las observaban en el silencio de la noche. El asesino a sueldo apagó el cigarro en la tierra. Miró la oscuridad del cielo, su reloj marcaba casi la medianoche.
«Hora de descansar».  Con sigilo dirigió sus pasos hacia las luces lejanas del pueblo.



Amaneció un soleado sábado, pero aunque el sol brillaba en su total esplendor, los débiles rayos no conseguían penetrar en el frío aire de la sierra. Diego se asomó a la terraza que daba a su habitación, inspiró el frío aire de la mañana, impregnando sus sentidos con el olor a hierba mojada, del humo de las chimeneas en el ambiente, el silencio únicamente roto por el torrente de agua del riachuelo que cruzaba el prado trasero de la casa y se perdía unos cuantos metros más allá, en el río.
«Aire puro» pensó. Sintió vibrar la sangre en las venas, como si un chute de energía proveniente del entorno le hubiese recargado durante las horas de sueño. Le gustaba este pueblo, o al menos, lo que conocía de él hasta ahora.
El olor a pan recién tostado le llegó a través del ventanal. Su estomago rugió de nuevo.
«No puede ser. Con todo lo que cenamos ayer» pero rió entre dientes y tomando el batín se lo puso sobre el pijama de seda negro. No solía usar prendas para dormir pero Phil las había añadido al equipaje. Lo que el hombre no adivinó, es que esa tela, en este clima era como si no hubiese llevado nada puesto. Esperaba que la chimenea del salón estuviera encendida, al igual que la calefacción de la casa. Por el no había problema, no era friolero, pero Eric era otro cantar.
Bajó las escaleras de madera en dirección a la cocina, no sabía dónde estaba, pero se guió por el olor de las tostadas y «¡Mmm, café recién hecho!», su mente volvió a la mañana del jardín. Recordó el sabor de los croissants que Witch les había traído. Tenía que averiguar donde los compraba.
—Buenos días Diego —saludó Vitoria que se hallaba dándole la vuelta a la rebanada de pan de hogaza de pueblo.
—Buenos días Vitoria. Menos mal que solo vamos a estar un par de días sino creo que tendría que volver a comprar un guardarropa entero por lo que me está haciendo pecar.
La mujer rió de buena gana.
—Buenos días —dijo Eric.
Diego se giró para ver a su amigo. Llevaba puesto el pantalón para  temperaturas extremas, un par de jerséis de lana gruesa, las botas de montaña y un gorrito de lana.
Vitoria le miró estupefacta pero no dijo nada, se giró, y siguió atendiendo a las tostadas pero Diego por el movimiento de sus hombros, adivinó que se estaba riendo por lo bajo.
—Buenos días señor cebolla —saludó Diego.
Eric le hizo un gesto grosero con la mano.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó Diego al mirarle a la cara cuando estuvo sentado frente a él, en la mesa de la cocina.
—Un maldito mosquito trompetero, —gruñó Eric, cuyo ojo estaba hinchado, como si le hubiesen golpeado pero sin el moratón característico—  y al muy cabrón no le he podido pillar, me ha dado una nochecita…
Ya sí que Vitoria rompió a reír, acompañada de Diego.
—Lo siento Eric, la humedad del jardín los hace proliferar y luego se cuelan en la casa, los huéspedes suelen extrañarse, en otras zonas no es habitual que sobrevivan con el frío pero debe de ser por el ganado de la zona también —se disculpó la mujer—. Iré a la tienda a comprar insecticida eléctrico o bien te digo donde está la farmacia si prefieres una loción.
—El insecticida está bien, Vitoria. Y ahora, te importaría darme una de esas enormes tostadas y un café cargado, por favor. Que nos espera una mañanita…
Vito le miró intrigada. Diego carraspeó y le aclaró a la mujer.
—Es que vamos a intentar encontrar a una amiga nuestra que nos habló del pueblo. Venía por unos días a recuperarse de una lesión en la pierna, le queríamos dar una sorpresa, hemos venido sin que lo sepa.
—¡Ah! Le gustará, seguro.
—¿No habrás visto por un casual a alguna chica desconocida con una pierna escayolada, verdad, Vitoria? —Eric fue el que habló.
La mujer paró de pelar las verduras y quedo pensativa por un momento.
—No, no he visto a ninguna forastera con la pierna rota —y siguió con lo que estaba haciendo. De repente paró el cuchillo en el aire.
»Esperad un momento. Sí. El otro día vi a Manuela  empujando una silla de ruedas por el mercadillo del pueblo. La chica no es desconocida porque sus padres poseen un chalet aquí desde hace muchos años, pero bueno, tampoco es de aquí, su cuñada sí pero ellos no… ¡Uy! Perdón que me enrollo. Sí, sus padres tienen la casa justo al lado contrario de este camino, como a un kilómetro del puente románico.
Diego no podía creer en su suerte. Era ella, seguro.
—Si queréis puedo llamar a mi prima Manuela y preguntarle.
Diego se atragantó con el sorbo de café.
—No no Vito, recuerda que queremos sorprenderla, ni una palabra a nadie hasta que le hayamos visto. ¿De acuerdo?
—Bien Diego, como quieras. Encontrar su casa no tiene perdida, es el penúltimo chalet que hay a la derecha del camino. Su padre no quería el bullicio de vecinos. La pobre Julia tuvo que aprender a conducir ya de mayor porque el ir con la compra tan lejos del pueblo… la verdad, es que la finca lo merece, ya veréis que parcela más hermosa tiene, pero ir por la noche por allí…
Vitoria se estremeció con el escalofrío.
—Yo, personalmente, me moriría de miedo si tuviese que dormir allí sola, como ha estado haciendo esa pobre chica —comentó— porque mi prima se encarga de ella por el día, pero tiene tres niños y no puede dejarles solos, así que por lo que me contó, le deja la cena preparada solo para calentar y no va hasta el día siguiente.
Diego frunció el entrecejo disgustado. No le gustaba nada lo que Vitoria le estaba contando. Pero nada. Sola. Sin nadie al que poder pedir auxilio en caso de necesitarlo. A esa distancia del pueblo y en una zona que por lo que parecía entender en la reacción de Vitoria no debía de ser muy transitada. Cuando se enfrentase a Sheila se iba a enterar…



Por una vez Sheila fue quien sorprendió a Witch en el desayuno. Había pedido el día anterior a Manuela que comprase los enormes croissants que hacia el pastelero del pueblo, no estaban como los que compraban en la capital, pero eran deliciosos también.
Paula miraba el enorme bollo del plato, untado de mermelada de fresa hasta los bordes y la cargada taza de café recién salido de la cafetera.
Le dio un mordisco enorme, unos churretes de mermelada se le quedaron en ambas comisuras, y Sheila antes de que cayesen los limpio rauda con la servilleta de papel.
—Cochina —dijo riendo satisfecha de verla comer.
—Sí, pero está que te mueres. Y ¿tú?  —preguntó Witch mirando el café a medio tomar y ni una sola migaja de nada alrededor de la taza— ¿No desayunas?
—Últimamente no tengo casi apetito.
—Pues lo que te faltaba ya.
Sheila la miró sin comprender.
—Enamorada, apaleada y encima escuálida.
—¡Witch! —regañó ofendida.
—¿He dicho algo que no sea cierto?
—No, pero no lo digas con esa crudeza. Hace daño.
—Más daño hacen tus tonterías…
—¿Qué tonterías?—preguntó perdida.
—Si hubieses agarrado al toro por los cuernos no estarías ahora mismo en esta situación. Te lo dije. Tarde o temprano tendrás que hablar con él, o al menos enfrentarle en clase, pero tú has preferido esconder la cabeza en el agujero como los avestruces.
Sheila la ignoró por toda respuesta.
—Por cierto, hablando de clase. Ayer me olvidé de decírtelo. Amanda no me ha dado las cintas, solo tengo en mi poder una, la de ayer —dio un mordisco a otro de los croissants y continuó—. Ha quedado en que el lunes me las pasará. Como tú tienes que ir a la revisión de la escayola, nos vemos y te las doy.
—Vale —contestó Sheila.
 Le habría hecho ilusión escuchar de nuevo la voz de Diego, es más, esperaba ansiosa esas cintas para poder oírle y creer por un momento que estaba a su lado. Bueno, al menos tenía una, aunque tuviese que rebobinarla una y otra vez, lo haría. Ansiaba oír esa voz profunda y sensual. Besar esos labios, acariciar ese amplio pecho.
Sintió que la temperatura subía a su alrededor. Se abanico inconscientemente con la mano.
—¡Sí, tú sopla! que más vas a soplar el día que te lo encuentres de frente —dijo Witch riendo entre dientes.
Sheila salió de su ensimismamiento y miro la mano que con vida propia intentaba lanzarle algo de aire fresco al ruborizado rostro.
Entre las dos recogieron la vajilla del desayuno y la metieron en el lavavajillas. Habían dado el fin de semana libre a Manuela, al fin y al cabo, era madre de tres niños y tenía que disfrutar de ellos también.
Para tener más tiempo juntas habían decidido comer los dos días en su restaurante favorito del pueblo y para las cenas se habían decidido por la comida precocinada. «Un día es un día» se dijo Sheila.
—Y ¿qué vamos a hacer hoy? —interrogó Paula.
—Iremos a recorrer los caminos con el quak.
Witch la miró sorprendida.
—Tengo mono de velocidad —confesó por lo bajo—. Manuela me ha tenido toda la semana castigada en la silla de ruedas.
Witch rió.
—La verdad es que no te imagino con el casco puesto encima de la silla y Manuela empujando a todo meter por detrás.
La risa de ambas sonó en toda la casa.
—Anda vamos a prepararnos.




Diego le tenía una sorpresa a Eric. Ramón entró por la puerta y guiñándole un ojo dijo:
—Están preparados en la parte trasera.
Eric miró a ambos y su ceja se elevó sobre sus ojos azul cielo.
—¿Qué está preparado?
—Nuestro transporte para visitar el pueblo.
—El coche está listo, sucio, pero listo —respondió Eric.
—No vamos a ir en tu coche, es demasiado llamativo.
Eric resopló indignado.
—He elegido un medio más acorde con la naturaleza que nos rodea.
—Bueno, bien, me prepararé las deportivas para la mountaine bike —y comenzó a levantarse de la silla.
—Creo que el calzado que llevas, aunque no es el correcto, servirá.
Eric le miró extrañado. De repente, en el silencio de la casa se oyó un relincho, seguido de unos golpes de casco sobre la piedra del enlosado.
El joven palideció.
—¡Ah, no! Eso sí que no.
Diego rió entre dientes mientras asentía, enérgico, a su amigo.



continuará



domingo, 20 de septiembre de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capitulo 13)




«Por fin es viernes».
 Tres personas distintas en tres sitios distintos pensaron lo mismo.
Witch estaba deseando que terminase la jornada en la oficina para salir despedida a hacer la maleta del fin de semana.
Sheila porque tendría la compañía de Paula.
Diego porque en cuanto acabara su última clase se dirigiría a solucionar lo suyo con Sheila.
Había quedado con Eric en el parking de la universidad. Al final había decidido que llevarían el coche de su amigo. Se había empeñado en llevar el cuatro por cuatro para poder probarlo en montaña.
Esa mañana Phil había introducido en la maleta todo lo necesario para el fin de semana. Diego se había puesto un pantalón multibolsillos de camuflaje en tonos grises, su cazadora de paño gris acolchado en el interior y sus botas Panamá Jack de serraje.
Sus alumnos miraron la indumentaria y se sonrieron con sorna. Diego ladeando sus labios les sonrió, con un encogimiento de hombros comentó:
—Me voy a la sierra. ¿No os parece la ropa adecuada?
Los hombres asintieron, las chicas sonrieron embelesadas. La pelirroja tosió nerviosa.
«Esta chica tiene algún problema. Tendré que hablar con ella antes de irme» se dijo y procedió a comenzar la clase.
Ese día tocaba leer en voz alta y declamar una de sus obras favoritas: La vida es sueño.
Repartió los papeles entre los alumnos. Le faltaba un personaje de mujer, el de Estrella, y decidió darle una oportunidad a la alumna escocesa.
—Señorita O´Connor, usted hará de Estrella. Venga aquí con nosotros, por favor.
—S-sí s-señor —tartamudeó nerviosa la joven.
—Y a los demás compañeros, les pido por favor…
La frase quedó cortada por un pequeño estrepito al caer un objeto y romperse. Giró la cabeza hacia el lugar de dónde había procedido el ruido  y vio a su alumna de pelo anaranjado, de pie, que miraba horrorizada un móvil totalmente destrozado en el suelo.
—Les tengo dicho que no quiero móviles en clase. Al menos, que no los utilicen. Parecen niños de instituto —bramó enfadado.
Mientras soltaba la reprimenda se acercó a la joven de la primera fila, que intentaba colarse por debajo del pupitre, en un conato de alcanzar el teléfono antes que él. Estaba a punto de conseguirlo cuando el cinturón de su pantalón quedó enganchado en la bandeja metálica que hacía de cajonera.
Diego llegó hasta ella, evaluó la situación e intentando no reírse dijo:
—¿Me permites?
Amanda le miró desde su posición y colorada como su pelo, asintió. Sus compañeros reían por lo bajo. Diego se giró y les miró con sus ojos fríos como el hielo. Las risas cesaron al instante.
—No quiero oír ni un solo móvil en lo queda de clase. El que no cumpla la norma será expulsado del aula.
Aprovechando el barullo de todos los alumnos silenciando sus teléfonos, Galán desenganchó a la joven, ofreciéndole la mano para ayudarla a izarse.
Amanda se colocó la blusa y el pantalón. Diego se agachó para recoger el móvil. Pero las piezas que iba encontrando no eran las de un móvil.
Una pequeña cinta de casete quedó perdida en la palma de su mano.
—¿Y esto? —preguntó sin alzar la voz.
—Verá… es que estoy grabando sus clases…
Diego frunció el ceño y enarcó una ceja.
—S-siento lo ocurrido. —Amanda apretaba sus manos nerviosa—, ya le dije que no servía para esto pero ella se empeñó.
—¿Quién es ella?
—Witch, una amiga de Sheila.
—Ya.
—Me dijo que era la única manera de que Sheila no perdiese el hilo de sus clases…
—Y  ¿cuándo se las tiene que dar? Porque supongo que por el tamaño tendrá unas cuantas más y de todos estos días. ¿Me  equivoco?
Amanda negó con la cabeza.
—¿Dónde están las demás cintas?
La joven habló en un susurro.
—Tengo que dárselas hoy al salir de clase. Hemos quedado en una estación de metro. Las otras cintas las tengo aquí en mi mochila.
—Démelas.
—Pero es que…
Diego la taladró con la mirada, Amanda acudió rauda hacia su mochila, rebuscó  nerviosa en sel interior y extrajo una bolsa transparente donde había, al menos,  una veintena de esas cintas de casete.
—Ésta —Diego le dio la que había cogido del suelo—, se la va a dar usted hoy. El resto me las quedo —y bajando la voz le dijo amenazador—.  Si me entero de que usted le ha dicho que las tengo en mi poder, puede estar segura de que hoy será la última clase mía en la que esté presente. Invéntese cualquier historia. Pero ni una palabra.
—No señor Galán, descuide.
—Y ahora, venga usted  hacia el centro para comenzar el acto de la obra.
—Sí señor.
Diego guardó las cintas en su desgastada mochila. Ya se las vería con las dos y prosiguió la clase como si nada hubiese sucedido, para alivio del grupo y sobretodo de Amanda.
Terminadas las clases salió hacia el parking de profesores, Eric hablaba con Phil.
—¿Preparado?—le preguntó Eric.
—No lo sabes tú bien —contestó enigmático.
Sacó la maleta de la parte trasera de su coche, entregó las llaves de este a Phil y metió esta en el maletero del cuatro por cuatro.
—Un momento, Eric.
Diego tomó un portacedes de la guantera de su automóvil.
—¡Oh, no! A mí no me das el viaje.
—Yo he accedido a que lleves tu dichoso chupagasolina de campo, así que aceptarás mi música o ya puedes ir moviendo tu culo hacia mi coche.
—Demasiado tarde —exclamó quejoso Eric, mientras veía alejarse el BMW por el campus —suspiró resignado—. Está bien, pero esto te va a costar que yo no pague ni un euro en todo el fin de semana, sea lo que sea lo que se me antoje.
—Bien —contestó Diego y riendo ufano introdujo el disco. A los pocos segundos los acordes de un bolero vibraban por los altavoces del todoterreno.
—Y ¿a cuánto dices que está ese dichoso pueblo?
—A ciento veinte kilómetros de aquí más o menos. Hora y media de viaje siempre que no haya tráfico —Diego se rió por lo bajo.
—Para mí ahora mismo está en la otra punta del globo —refunfuño Eric que  arrancó y aceleró.
Diego comenzó a cantar en voz alta con su voz de barítono siguiendo la letra de la canción.
—Lo que me faltaba —gruñó el otro hombre.
Galán soltó una carcajada y continuó cantando como si con él no fuese la cosa.



Witch volvió a mirar el reloj. Hacia media hora que habían terminado las clases y Amanda no aparecía.
—¡Por Dios, que solo son dos estaciones de metro! ¿Dónde narices se habrá metido?
Vislumbró al final del pasillo el rojo fuego del pelo de la chica y se dirigió a su encuentro. Amanda venía despacio, hablando consigo misma. Witch resopló y puso los ojos en blanco. Pensó en Sheila y Amanda, sentadas una junto a la otra, en clase. «Desde luego, Dios los cría y ellos solitos se juntan…».
—¿Las has traído? —Fue el saludo abrupto de Witch a la otra joven—. Llevo media hora esperándote. Ya tenía que haber salido hacia el pueblo. Tú no sabes cómo se pone esa dichosa carretera de tráfico.
Amanda parpadeaba perpleja ante la retahíla de Paula y la velocidad con la que le hablaba.
—¡Vamos, que no tenemos todo el día! —la instigó Witch. Le comían los nervios al ver la sangre de horchata de la otra chica.
Amanda rebuscó en su bolso, sacó la pequeña cinta y se la extendió a Witch.
Witch la tomó entre los dedos, haciendo pinza, y miró la mini casete.
—¿Sólo esto? ¿No me vayas a decir que cinco días de clase te han cabido en esta minimierd… cosa?
—L-lo siento, Witch, las otras cintas se me olvidaron en casa.
Witch bufó.
—Y ¿no has podido llamarme? ¿O mandarme un mensaje diciéndomelo?
—N-no tengo tu teléfono.
—seis siete ocho……
—Espera —Amanda sacó el móvil y comenzó a buscar en él.
—¡Trae!—Witch agarró el móvil de la chica. Su dedo pulgar era casi inexistente a la vista de lo rápido que se movía por el pequeño teclado— ¡Ya está! El lunes las quiero en mi poder, así que estate aquí a la misma hora de hoy.
—Vale —susurró Amanda al aire, porque la otra chica se encontraba ya a unos diez metros de ella. Suspiró aliviada.
Witch maldecía por lo bajo en el trayecto hacia la salida del metro. La gente se apartaba de su camino. Unas señoras mayores la miraron y comenzaron a cuchichear. Witch las miró.
—¿Qué? ¿A que soy guapa?— y se giró trescientos sesenta grados frente a las señoras que la miraban con fijeza—. El lunes aquí para que me den el traje que me acaban de cortar —Y siguió andando.
 Bendijo su buena estrella. Menos mal que al final había decidido acercarse con el coche hasta la estación de metro. Había aparcado en zona azul. Según se fue acercando a su forito, la vio.
—¡Joder, vaya diita!—la papeleta rosa estaba sujeta con el limpia al parabrisas. Tiró de ella—¡¿Noventa euracos de multa?! Como que me llamo Paula que esto lo paga una que yo se me o va a necesitar a la cofradía de yeseros y escayolistas para arreglarle el cuerpo de cómo la voy a dejar.
Dando un portazo, penetró al asiento del piloto. El Ford protestó.
—Perdona  bonito —acarició rauda el volante—.  Es que llevo un día… pero tú no tienes la culpa.
Arrancó con suavidad y tomó camino en dirección al pueblo.



Sheila estaba preparando el plato favorito de Witch para la cena. Manuela la observaba trajinar por la cocina, en silencio. Llevaba casi dos días que no le sacaba una palabra detrás de otra como no fuese con cuchara. Pero creía entenderla. Ella había pasado por una separación y sabía que había días y momentos que no te apetecía ni hablar con nadie ni mirarte en el espejo. Así que  la dejó cocinando mientras arreglaba el resto de la casa.
Poco sabia Manuela que lo único que tenía en la cabeza Sheila era si contarle a Witch lo ocurrido con el extraño de la otra noche. No le había comentado nada a su actual compañera. Ya no estaba segura de lo que había visto.
Esa noche se despertó cada dos por tres, agarrando el mango del cuchillo con fuerza, atenta a cualquier ruido extraño. Pero no ocurrió nada. Cuando vislumbró por las rendijas de la persiana la tenue luz solar del amanecer, se levantó, buscó sus muletas y recordó con fastidio que se le habían caído en la cocina y allí seguían.
«Bueno, por un poco más»— se dijo mirando la fina raja de la escayola y se dirigió cojeando a la cocina. Preparó una cargada cafetera y mientras esperaba a que el olor del café le avisase que ya estaba listo, cortó dos rebanadas del pan de pueblo y las introdujo en la tostadora.
¿Quién demonios seria el que estaba mirando por la ventana? Porque de lo único que estaba segura era de que el tamaño que vislumbró en el reflejo era de un hombre. No, mejor dicho, era un armario de hombre. ¿Buscaría algo de la casa o de ella?
Desechó esos pensamientos. Solo era un vulgar ladrón.
Las tostadas saltaron justo al mismo tiempo que el aroma del café inundó la cocina.
—¡Mmm! Café.
 Preparó un tazón bien cargado. Untó las tostadas con una generosa ración de mermelada y mantequilla. Al dar el primer mordisco ¡Plof! un buen pegote de mermelada de fresa aparcó sobre su muslo. Rápidamente con la servilleta limpió el desastre. La mancha se extendió aun más. Recordó el manchado pantalón de Diego y lo ocurrido después en el jacuzzi.
Se sonrojó. Nunca se había sentido tan atrevida y tan sexy durante sus relaciones. Con Diego era distinto. La hacía sentir protegida pero al mismo tiempo segura de sí misma. Era algo difícil de explicar. Lucubraba esos pensamientos en su cabeza cuando de repente sonaron unos golpes. Alguien estaba llamando.
—¡Voy!
Insistentes timbrazos volvieron a sonar.
—Ya voy—gritó—. ¿Es que no sabes que no se puede hacer correr a un minusválido?
A paso de muleta, se acercó a la puerta y abrió.
Sus ojos se encontraron con una chaqueta de cuero marrón. Levantó la vista, buscando poner rostro a ese enorme pecho y allí estaba. Esa jugosa boca. ¡Como deseaba morder esa labio gordezuelo, Dios! Azorada alzó sus ojos hasta encontrar los intensos zafiros de Diego taladrándola con la mirada. Permanecía quieto en el umbral de la puerta. Sheila bloqueaba la entrada a la casa, totalmente ida.
Pasados unos instantes de embarazoso silencio, Diego inspiró, carraspeó y su profunda voz preguntó:
—¿Puedo pasar?
Sheila despertó de su estado de shock.
—S-sí, pasa —contestó apartándose con torpeza sobre sus muletas.
La enorme silueta de él penetró en el pequeño recibidor. Sheila le guió.
—Sigue hasta el salón. Aquí no cabemos los tres.
Diego se giro y la miro de soslayo con una ceja elevada.
—Tú, yo y mis muletas —aclaró.
Diego sonrió.
—Eso tiene fácil arreglo —y antes de que la joven lo pudiese evitar la izó entre sus brazos—. Tú diriges.
La chica le señaló la doble puerta del pasillo. Agarrada al cuello de Diego percibió su aroma. Una mezcla de cuero, perfume y el olor avainillado que tan bien conocía.
Instintivamente colocó su rostro en el hueco del cuello, donde sentía el alocado latir del corazón del hombre. Inspiró de nuevo el agradable aroma y notó como su sangre comenzaba a hervir.
Diego penetró al salón y busco con la mirada donde colocarla. Se decidió por el sillón orejero próximo a la enorme chimenea de piedra, se sentó y colocó a Sheila sobre su regazo.
—Tenemos pendiente una charla, ¿no?
Sheila le miraba ensimismada. La había encontrado. Eso querría decir algo.
—Sí  —susurró Sheila mirando sus labios.
—Si me miras así lo que menos va a ver aquí es una conversación —le susurró él junto a su boca.
Sheila se humedeció los suyos preparándolos para el beso que sabía que vendría a continuación.
—A no eso sí que no —se oyó decir a una estridente voz de mujer—. Ya sabía yo que estabas buscando a esta lagartona lisiada. Ya puedes ir levantándote ahora mismo que nos vamos de este asqueroso pueblo de vacas.
Sheila miraba a una iracunda Rebeca que se acercaba hacia donde ellos dos estaban.
«¡Ah, no bonita! Ahora estas en mi territorio».
Sheila con una rapidez que ni ella misma se explicó, se levantó del regazo de Diego y tomando slas muletas se acerco a la furiosa joven que la miraba con el desprecio reflejado en sus bonitos ojos verdes.
—¡Fuera de mi casa! —gritó mientras acortaba distancias—. Diego, se queda. Y si tú no sabes mantenerlo a tu lado yo si sabré.
La aludida levantó una mano con intención de abofetear a Sheila, pero esta tomó una de las muletas como defensa y comenzó a golpear por todo el cuerpo a Rebeca.
—¡Esta por Phil, esta por Daisy, esta por Diego, esta por Witch, esta por mí!
PUM PUM PUM sonaban los golpes en el cuerpo delgado de la rubia snob.
—Sheila ¡ábreme la puerta!
Pum pum pum
—Te juro que la tiro abajo si hace falta. Pero ¿se puede saber que estás haciendo?
Sheila despertó, después de la noche de miedo que había pasado, se había quedado dormida tras dar el primer mordisco a sus deliciosas tostadas. Las miró, ya frías, al igual que el cargado café.
—Ya voy Manuela —contestó en voz alta.
«Maldita sea solo había sido un sueño».
Pero yendo a abrir a la mujer, se sonrió, que bien sonaban los golpes sobre el flaco cuerpo de la engreída rubia.
Pum pum pum.
 Sheila se sobresaltó. Volvió al día de hoy. Pum pum pum. Asomó la cabeza por la ventana de la cocina y vio a Manuela sacudiendo las alfombras de las alcobas con un palo.
«Así, así tenía que haberle dado yo el otro día a esa bruja» y suspirando resignada siguió cocinando.



 —¡Es que lo sabía, maldita Amanda! —gruñó Witch frenando con suavidad para detener el auto detrás del último coche de una enorme caravana.
Y aún no habían salido de la comunidad autónoma de la capital. Luego quedaban los dos puertos con sus cerradas curvas en los que no podías ir a más de cincuenta por hora.
—A este paso llego a la hora de la cena, justo.
Desconectó la radio y puso un cedé de su grupo predilecto: Mago de Oz. Así se le haría más amena la larga espera. Anduvo unos cuantos metros y volvió a frenar, dejando un leve espacio con el coche de delante. Por el retrovisor vio venir un todoterreno y adelantar a los coches parados, invadiendo el sentido contrario, que en ese momento estaba vacío.
—Pero ¿donde coñ… irá este? ¿Es que no ve que estamos totalmente parados?
Veía acercarse el enorme auto que dio el intermitente con la intención de meter el morro en algún hueco, debió de ver la pequeña distancia de su coche con el otro porque se arrimó hacia el Ford de Witch.
—Que te lo has creído bonito —le dijo la chica en voz alta y acercó el morro de su forito hasta dejarlo a escasos centímetros del morro trasero del otro.
El cuatro por cuatro siguió hacia adelante al ver la maniobra de Witch. Se rió por lo bajo satisfecha de sí misma.
—Listillos a mí.
Pasada media hora larga la caravana comenzó a moverse. Witch aceleró el coche, conocía muy bien esa carretera y no podía fiarse, unos cuantos cientos de metros más allá, volvería a suceder lo mismo, pero no fue así. Como por arte de magia, la enorme cantidad de coches había desaparecido.
—¡Abducidos! —dijo su voz interior.
—Eso o se los ha tragado la tierra —le contestó en voz alta Witch—. Bueno mejor para nosotras, antes llegaremos.
Traspasaron el límite que señalaba el cambio de comunidad  autónoma y Witch se relajó. Esa parte tenía muchas curvas pero el tráfico era escaso. Al pasar frente a la última gasolinera de la carretera nacional vio el cuatro por cuatro que había intentado colarse.
—Espabilado, ves, tanto correr tanto correr y mira mi forito y yo te hemos alcanzado, ¿verdad chiquitín?
El motor del coche gruño como a modo de respuesta. Witch cambió de velocidad. Giró a la izquierda para salir de la general y tomar la estrecha carretera que bordeaba el embalse y por la que se llegaba al pueblo.
—No está nada mal —se dijo— una horita hasta aquí. Ahora media hora más de curvas y la ansiada recta de las dehesas.
Witch conducía atenta, aunque conocía la carretera esas curvas se las traían y si no tenias cuidado te salías al arcén, inexistente, en menos que cantaba un gallo.
Le quedaban unas cuantas curvas y llegaría a la recta. Por el retrovisor volvió a verlo de nuevo,  tomaba las curvas a una velocidad de vértigo.
—Ese tío está loco.
El enorme coche se acercaba hacia ella. Witch aminoró la marcha. Por el retrovisor vio al conductor que sonreía. El acompañante se hallaba ¡de espaldas a la carretera con el culo en pompa! Intentaba por lo que podía adivinar por el espejo coger algo del asiento trasero.
—¡Vaya dos locos!
Witch miró hacia adelante, el enorme coche  se pegaba a su trasera a la espera de poder adelantarle en cuanto terminase la línea continua, faltaban unos metros, pero la chica observó que en sentido contrario venia una furgoneta. Miro por el retrovisor y negó al conductor que la seguía, advirtiéndole de la proximidad del otro vehículo. Lo vio reírse y separando el morro de la trasera de su Ford comenzó a adelantarla.
—¡Serás capullo! —grito Witch a través del cristal— ¡Te vas a matar y vas a matar a alguien!
El coche se puso a su altura, vio la cara sonriente del conductor que la miraba con unos enormes ojos azules y una sonrisa de infarto sobre un rostro perfecto.
—¡Guau! —se dijo Witch—. Vaya morenazo.
Oyó pitar al coche que venía de frente. Miró y vio que quedaban pocos metros para que terminasen los tres coches hechos papilla.
Volvió a mirar al loco conductor guapetón. El acompañante, ajeno a lo que sucedía, se encontraba ahora agachado buscando algo a sus pies, Witch solo le veía la espalda.
El atractivo conductor le guiño un ojo y tirándole un beso, aceleró y adelantó a Witch, por pocos metros no chocó con la furgoneta cuyo conductor alzaba el puño amenazador al pasar por delante de Paula.
—Guapo pero imbécil.
Por fin la recta. Ni rastro del todoterreno.
—Mejor —se dijo.
El teléfono móvil sonó. Activó el  manos libres.
—¿Sí?
—¿Cuánto te queda para llegar?—pregunto Sheila.
—Estoy en la recta, en diez minutillos me tienes allí.
—No, te llamaba por eso, pásate por la tienda de la plaza, necesito que me compres nuez moscada.
—¿Nuez moscada? ¿Para qué? —sin quererlo la voz la salió en tono de fastidio.
—La necesito para la bechamel —dijo Sheila con el tono de una madre cuando tiene que explicar algo obvio para ella pero no para los demás.
—Pues no le pongas —replicó Witch.
—Pues no hay lasaña.
—¡¿Lasaña?! —gritó Witch entusiasmada— ¿MI lasaña? ¿Tú lasaña?
—Muy bien Witch, ya veo que sabes utilizar los determinantes posesivos ve, párate y cómprala —ordenó.
—A sus ordenes arguiñana. ¿Algo más?
—No, creo que de lo demás mi madre tiene en la despensa.
—Okey. Nos vemos.
Llegó a la plaza del pueblo. Aparcó al lado del ayuntamiento y tomando el bolso se dirigió hacia la tienda de alimentación que había en la misma plaza. Iba mirando la billetera y entró.
Al salir con el recado de Sheila más unas cuantas chucherías para un aperitivo se tropezó con el coche que casi había provocado el accidente.
Miró en el interior pero no había nada ni nadie.
«¡Mierda!» —se dijo.
Al llegar a la parte trasera observó la matricula, el cristal trasero estaba totalmente lleno de polvo. Witch se sonrió traviesa.
Extendió el dedo índice y comenzó a escribir en el parabrisas posterior.
¡CAPULLO! ¿DABAN PREMIO POR LLEGAR PRIMERO?
Y ni corta ni perezosa escupió al cristal, haciéndole una pedorreta.
Dos señoras del pueblo que se hallaban al lado del coche la miraron anonadadas.
Witch, se encogió de hombros y dijo:
—Tenía un mosquito en el cristal.
Y dando media vuelta se dirigió hacia donde estaba  aparcado su coche.
El conductor del coche, que se hallaba en el bar de enfrente, preguntando, no se enteró de nada. Pero unos intensos ojos azules no habían perdido detalle. Y una sonrisa petulante y burlona se enmarco en unos apetitosos labios.
«Os tengo».

continuará

viernes, 4 de septiembre de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 12)

Los miércoles era el día del mercadillo del pueblo. Manuela la había convencido para que fuese con ella y así se despejaba un poco. En un principio Sheila buscó toda clase de escusas pero la mujer no se amilanó.
Cuando la puerta del chalet se abrió, Sheila estaba preparada. Se había enfundado su chándal azul celeste y una sudadera a juego, ya que la maldita escayola le impedía ponerse unos jeans aceptables. Después de tantos días con ella se manejaba sola a la hora de vestirse y por la casa, las muletas ya eran como sus propias piernas.
Manuela empujó con el trasero la puerta y entró gruñendo por lo bajo.
—¿Qué ocurre Manu? —preguntó Sheila viéndola pegarse con algo de lo que tiraba.
—Nada, estas malditas ruedas que no giran como debieran.
Se levantó y tomó sus grandes amigas, las muletas, Sheila se aproximó hacia la puerta. Manuela por fin, en un último empujón metió la silla de ruedas.
—Me la ha prestado una vecina. Su madre la necesitaba cuando cayó enferma con Alzheimer y ya no podía andar. Está algo oxidada pero yo creo que para andar por aquí o pasear por las tardes nos va a venir de maravilla. Al menos a mí, porque lo que es yo no pienso montarme en ese trasto que alquiló la loca de Witch.
Sheila rompió a reír. La tarde antes había decidido acercarla para que no tuviese que andar sola por ese oscuro tramo de camino hacia el pueblo y aún le dolían las costillas de cómo se agarró de fuerte su nueva acompañante.
—Sí, creo que esto va más acorde con tu carácter.
—Vaya que sí.
—Y con el mío —declaró.
Llegaron a la plaza del pueblo donde un montón de puestos recorrían el pequeño redondel y las calles lindantes. El hijo de Manuela, un adolescente, las seguía malhumorado empujando el carrito de la compra que su madre iba llenando de provisiones para toda la semana. Una vez lleno de comida, la mujer le dio las llaves de la casa de Sheila.
—Deja el carrito, tal cual, en la cocina y te vienes para acá. Y no te olvides las llaves dentro.
El adolescente gruñó: no soy ningún niño y tiró calle abajo en dirección al río.
Manuela suspiró y sacudió la cabeza.
—No sé que voy a hacer con él, ni estudia ni trabaja. Y aquí lo único que hay es o ladrillo o campo.
—Bueno Manuela, todo se andará —dijo enigmática Sheila.
—¡Va! Dejémonos de preocupaciones y vayamos al corte inglés.
Sheila la miró extrañada y Manuela empujó la silla de ruedas en dirección a los puestos ambulantes que exhibían en barras de hierro y colgadas en perchas, prendas de ropa.
Ambas se rieron. Miraron los puestos con detenimiento, compararon  precios, telas, etc. Al llegar a un puesto donde un gitanillo vendía accesorios de caballero Sheila exclamó:
—¡Para!
Manuela frenó en seco la silla. Sheila miraba embelesada una bonita corbata de caballero. Estaba hecha de satén brillante. De un color azul índigo. Sheila se ruborizó al recordar en qué momentos los hermosos ojos de Diego adquirían ese color. Decidió comprarla. No sabía para qué.
—¿Para recordarle en los momentos de llorona?—le preguntó su voz—. O ¿es que piensas ir a dársela en persona?
Sheila le hizo una pedorreta mental y levantó desafiante el mentón. Pagó el precio que el gitanillo le dijo sin rechistar.
—Te acaban de tangar —le dijo su voz—. Te tangan al novio y ahora el dinero…
Sheila la ignoró.
De vuelta para la casa decidieron parar a tomarse un aperitivo. Sheila debía de reconocer que lo de la silla de ruedas había sido todo un acierto. Cuando llegaron al pequeño chalet el teléfono móvil de Sheila sonaba:
—¿Se puede saber dónde te metes? —Preguntó enfadada Witch—. Llevo más de una hora llamándote.
—Me había quedado sin batería, perdona, no recordé que habías dicho que llamarías.
Paula resopló al otro lado de la línea.
—Bueno, no te vas a creer lo que me pasó ayer cuando colgué el teléfono.
Y pasó a contarle la preocupación de la señora Taylor.
—Es muy raro —dijo Sheila al terminar Witch su perorata.
—Sip, pero yo sé que he hecho bien en decírselo.
—¿Por? —preguntó Sheila.
—No sé pero lo sé.
—Te ha hablado tu lado mágico, ¿no? —se burló Sheila.
Sonó una pedorreta al otro lado y una voz que simulaba disgusto contestó:
—Tú piensa lo que quieras pero ya sabes que yo NUNCA me equivoco.
Sheila paró de reír. Estaba en lo cierto. No sabía cómo ni por qué pero el lado mágico de su amiga jamás se equivocaba.
—Bueno, como veo que ya se te ha pasado el cachondeito tengo buenas noticias —dijo Witch—. Este fin de semana podré ir a verte.
—¡Bien! —exclamó—. Manuela y yo te echamos de menos.
—Yo más —dijo Manuela.
Sheila la miró estupefacta. La aludida se acercó al teléfono y se lo quitó de las manos.
—Witch, por favor, ven lo antes que puedas, me tiene loca…
—Y ¿eso?
—Me tiene hasta el moño de tanto bolero…
Las carcajadas de Witch sonaron tan fuertes que hasta Sheila las pudo oír.
—No te preocupes, cuando yo vaya llevaré algo más fuerte de música conmigo. Espero que estés preparada con tu chupa de cuero.
—Sííííííí —dijo Manuela y riéndose le pasó de nuevo el teléfono a Sheila.
—Entonces ¿vienes el viernes por la tarde?
—No, seguramente hasta el sábado no llegaré pero contad conmigo para comer. ¡Ah! Dile a Manuela que me prometió un buen chuletón.
—Sí, vale, ahora se lo digo.
—Besos, alguna novedad, te doy un toque. De momento, don Galán no ha dado señales de vida.
Sheila permaneció en silencio unos segundos.
—No te fíes. Puede aparecer en cualquier momento. Y ni se te ocurra decirle donde estoy. Me has oído ¿no?
—Sí, sí te he oído pero ya sabes lo que pienso al respecto.
—Vale… Witch se te va la voz… no te oigo —y colgó.
—¡Será cabrona! —insultó Witch al teléfono, que bipeaba.



Al llegar a la puerta de su despacho, en la universidad, Diego vio al rechoncho detective que le esperaba apoyado en la pared.
—Veo que recibió mi mensaje.
El hombre asintió. Diego entró al recinto y Hurtado le siguió y cerró  la puerta a su espalda.
—Hay cambio de planes —fue directo Diego—. Ya sé dónde se encuentra mi amiga, tengo planeado hacerle una visita este fin de semana. No puede ser antes porque tengo asuntos importantes que resolver aquí en la capital pero necesito que usted vaya y se encargue de vigilar.
—Bien. Estaré listo para el viaje en una hora.
—No me he explicado bien, perdón. No quiero que usted vigile a Sheila, quiero que vigile a Rebeca y que me mantenga informado de todos los movimientos que haga en las veinticuatro horas. Con quién ha hablado, aunque sea por teléfono, si tiene que pinchar su móvil, hágalo, dónde va… quiero que sea su sombra y ante cualquier cosa sospechosa, lo más mínimo, me llama de inmediato. Quiero, un informe completo, todos los días antes de las doce de la noche. ¿Ha comprendido?
El detective asintió. Diego abrió su maletín de cuero y extendió un sobre al hombre.
—Con esto creo que tendrá para esta semana. A parte de sus honorarios, por supuesto. Y no olvide que ella trata para sus asuntos… con gente peligrosa. Yo que usted llevaría el arma noche y día.
El rechoncho hombre palideció. Se guardó el sobre con el dinero en el bolsillo interior de su cazadora y haciendo un gesto con la mano salió cerrando la puerta en silencio.
—Otra cosa hecha —se dijo Diego. Suspiró aliviado. Confiaba de pleno en el orondo hombre. Nunca le había fallado. Pero la verdad fuese dicha, nunca antes se habría enfrentado a una persona como Rebeca. Recordó la maldad que destilaba su cuerpo y se estremeció.
Pasándose la mano por su espeso cabello lo atusó. Se centró en las horas siguientes de clases y abrió el primer cajón de su escritorio. Rebuscó entre las carpetas y la vio. La tomó entre sus dedos. La pluma brilló a la luz de la lamparilla del despacho. Recordó el momento cuando él la recogió del suelo. Fue el primer día de clase. Se quedó estupefacto al verla sentada frente a él minutos después de haberla dejado en el pasillo. ¡Maldita sea! Alumna suya tenía que ser.
«Notó durante toda la clase que ella no volvió a levantar la mirada del pupitre. Se la veía inquieta, y aunque su compañera intentaba conversar con ella, le contestaba con monosílabos. Atendió a los demás alumnos pero una parte de su mente no hacía más que recordar los tórridos momentos. Había quedado con ella y como que se llamaba Diego que allí estaría. «¡A la mierda que sea alumna! Ya es mayorcita» se dijo y miró su reloj deseoso que llegase ya el final de sus clases. Faltaban pocos minutos para que sonase el timbre del pasillo, estaba rodeado por un grupo de alumnos, entre ellos, la rubia pechugona y descarada de la primera fila, que no estaba nada mal, pero a Diego no le gustaban las facilonas. Prefería a las que como Sheila, tenían su lado apasionado pero había que arrancárselo para hacerlo salir. De reojo la vio recoger con prisa sus cosas y salir del aula como alma que lleva el diablo.
Al sonar el timbre y disolverse los alumnos por el aula, Diego se dirigió hacia la mesa pero un brillo en el sitio donde había estado su alumna llamó su atención. Se acercó y vio en el suelo una hermosa pluma de oro. La tomó entre los largos dedos. «Casa con su estilo» se dijo y se la guardó en el bolsillo de la camisa. Amanda O´Connor le observaba en silencio. La miró desafiante, y la pequeña pelirroja recogió sus bártulos y salió disparada escaleras arriba hacia la puerta de salida del aula.
Esperó durante una hora, sentado en un banco, pero su alumna no apareció. Dirigió sus pasos hacia la boca del metro, en dirección a su oficina y a su empresa.»
El timbre del pasillo le devolvió al presente. Tomó la bonita pluma y la guardó en el maletín. Este fin de semana se la devolvería. La intención de llevarla al despacho al día siguiente había sido esa. Devolverle la pluma, pero todo había salido por otros derroteros mucho más deliciosos.
Notó palpitar su entrepierna e inspiró profundo para borrar los pensamientos que llenaban su mente. «El viernes. Todo se aclarará el viernes y cuando esté entre tus manos…»
Su voz interior gimió con deleite y Diego maldiciendo salió resuelto hacia el aula para iniciar el día universitario.



Rebeca miraba con desdén al hombre vestido con traje de chaqueta azul marino, uniforme de la casa de ropa de firma donde se encontraba. Mediría sus buenos metro noventa y rondaría los cien kilos de peso de puro músculo. El traje no era de su talla, porque mientras el resto de compañeros llevaba abrochada la chaqueta, él la había dejado abierta ante la imposibilidad debido a su envergadura, de hacerlo.
—Quisiera que me enseñara los nuevos bocetos de Carol de esta temporada. Y tráigame un Martini seco, sin aceituna, mientras le espero.
Y simulando un bostezo pasó a recorrer con su mirada verde lima la decoración de la tienda.
—Sí señorita, con mucho gusto, un momento por favor —contestó el grandullón y se fue hacia uno de los mostradores.
Volvió con un portafolio de plástico negro y se lo extendió a la mujer rubia que le miró con frialdad.
—Y ¿mi Martini? —exigió elevando un poco la voz.
—Creo que estos bocetos le interesaran; más tarde alguno de mis compañeros le traerá su bebida.
Rebeca tomó el portafolio, miró con disgusto el plástico del que estaba hecho y abrió con desgana la tapa. Se enderezó súbita. Allí estaba la palurda, mirándola sonriente desde una foto tamaño carnet. Rebeca comenzó a pasar hojas, un largo dossier para tan corta vida adulta.  Notó como sus mejillas ardían por la furia contenida. Maldijo entre dientes, gesto que no concordaba con la bonita boca pintada de rojo. Estudió al hombre, pero esta vez con otros ojos. «¿Así que este era su nuevo protector?». El anterior, al que había llamado según había terminado la conversación con Diego el lunes, estaba retirado. «Gracias al dinero que mensualmente le mando por su condenado silencio» se dijo irritada.
—La quiero fuera de juego. ¿Me comprendes? —tuteó con altivez.
—Eso le costará…
—El dinero no es problema —Rebeca hizo un ademán de desdén—.  Cómo lo haga y cuándo no es de mi incumbencia. Yo solo quiero resultados y quiero que entienda bien esto, no toleraré la misma actitud con usted que su antiguo predecesor. Cobrará por sus servicios y desaparecerá de mi vida, siempre y cuando no le vuelva a necesitar. ¿Estamos de acuerdo?
—De acuerdo —el hombre giró su cuerpo para irse.
 Rebeca carraspeó para llamar de nuevo su atención.
—Espero que me haya entendido cuando digo fuera. Fuera es… como decirlo… algo que desaparece para siempre jamás sin dejar rastro.
—La entendí a la perfección desde un principio. Se hará como usted manda.
—Perfecto. Y ahora tráigame mi Martini, estoy seca.
El hombretón se alejo en dirección a los dependientes de la tienda. Habló con ellos un momento, señaló a Rebeca y se dirigió hacia la parte trasera de la tienda que daba al almacén.
Pasada una hora, Rebeca abandonó la tienda. Un chofer en una limusina la esperaba con la puerta abierta mientras se hacía cargo de las bolsas que la joven cargaba. El chofer las metió en la parte trasera de la limusina y se sentó frente al volante. Arrancó. Segundos después Hurtado arrancaba su destartalado coche siguiendo su objetivo.



La mañana se le había pasado veloz. Las clases habían ido de maravilla, exceptuando a la señorita Amanda, que seguía estando inquieta y tuvo que llamarle la atención unas cuantas veces.
En unas horas tenía cita con los asesores legales de Alfredo para concretar algunas de las clausulas. «Si Dios quiere para la semana que viene todo habrá terminado» pero primero tenía que redactar el informe para el rector si no quería perder este empleo. Se puso manos a la obra.
Decidió poner algo de música y sus dedos buscaron entre los cedés. Lo introdujo en la cadena de música y prosiguió con los informes.  Tarareaba los boleros en la cabeza mientras corregía los trabajos de sus alumnos. De repente, a través de los altavoces, sonaron los primeros acordes de un precioso bolero. Diego paró de escribir y escuchó.

Te extraño como se extrañan 
Las noches sin estrellas 
Como se extrañan las mañanas bellas 
 No estar contigo por Dios que me hace daño… 


—¡Mierda! —Farfulló mientras mentalmente rememoraba la letra de la canción—. Así no hay manera de que uno se concentre.
 Echó mano de su maletín. Rebuscando. Con delicadeza sacó lo que buscaba. Acercó a su nariz un trozo de satén negro, aspiró su aroma y justo en ese momento entró el rector.
Diego se guardó el trozo de tela en el bolsillo de sus pantalones.
—Profesor —saludo el rector—. Espero que esos sean los informes que le solicité.
—No señor, corregía los trabajos de los alumnos. El informe aún no está revisado. ¿Le importa que se lo pase mañana a primera hora?
—No hay problema. Le dejo con lo que estaba haciendo —y le miró de un modo extraño.
Al cerrar la puerta Diego se rio por lo bajo.
—Este hombre tiene el don de la oportunidad —murmuró y se centró de nuevo en corregir.
Sonó su móvil. Miro la pantalla iluminada. Maldijo en voz alta. «La reunión» se dijo mirando su reloj. Contestó.
—Lo siento Mercedes… si ya sabes… —Diego rio el comentario de su secretaria—. Recuérdame que te suba el sueldo. Siempre me sacas de todos los líos. Nos vemos.
Lo dicho. «Que venga ya el viernes de la semana que viene» y salió raudo hacia su oficina.
—Un día de estos me llamará la policía diciendo que te has matado en el coche —le reprochó medio en broma su secretaria cuando apareció por la puerta de la oficina.
Diego se encogió de hombros, guiñándole un ojo, mientras se acercaba a su despacho.
—Señores.
 Cerró la puerta tras de sí.



Sheila reinició el disco. Hacía rato que Manuela se había ido a su casa. Le había dejado la cena preparada, solo para calentar en el microondas. Sentada en la butaca preferida de su padre, intentaba concentrarse en leer uno de los muchos libros que contenían las estanterías del salón, pero de vez en cuando, la letra de algún bolero la descentraba y lo seguía mentalmente. Había algunos que le iban como un guante.
—Si es que soy masoca —se dijo en voz alta.
Intentaba aparentar normalidad delante de Manuela, pero se pasaba las noches en vela llorando y rememorando los momentos con Diego. En una semana volvería a la capital para que le quitasen la escayola y reanudar las clases en la universidad. No se podía permitir faltar mucho más. Y su cabeza no hacía más que dar vueltas y vueltas al mismo asunto.  El momento de enfrentarse con Diego.
Aún no podía creer que le hubiese engañado de esa manera. Prometido. Y para casarse en breve. ¿Cómo podía ser tan mezquino? Y ¿cómo Rebeca podía admitirle tal comportamiento? Porque como mujer había intuido que entre ella y Diego había habido más que palabras.
Sheila no se consideraba una mujer celosa pero tenía muy claro que cualquier mujer que se propasase con su pareja lo llevaba claro. No iba a cogerla por los pelos y liarse a torta limpia pero poco iba a faltar. Se rió. Nunca antes se había sentido así.
—Eso es porque los tíos que has tenido como novietes eran unos peleles —le dijo su voz interior— Diego es todo un hombre. Sí señor.
Su voz interior rompió a reír a carcajada limpia. Pero para sus adentros Sheila tuvo que reconocer que tenía toda la razón.
Se levantó de la butaca con la intención de ir a calentarse la cena. Tomó el plato y lo introdujo en el microondas. Programó este y fue hacia la nevera. Abrió una lata de Coca-Cola de la que bebió un largo sorbo. Rebuscó en sus bolsillos, sacó el paquete de tabaco, encendió un cigarrillo e inspiró profundamente la primera bocanada de nicotina en un intento de calmar los latidos de su corazón que había comenzado a correr al recordar las caricias de Diego. Exhalo el humo hacia el cuadro que tenía enfrente. Algo llamó su atención, observó con más detenimiento el cristal que cubría el bonito bodegón. Una silueta se recortaba en él. Alguien estaba mirándola por la ventana de la cocina, que se encontraba justo detrás de ella.
Sheila volvió a sentir su corazón palpitar acelerado, pero esta vez la adrenalina corría por sus venas alertándola del peligro. ¿Qué hacía? Si se giraba para mirar directamente al extraño y se lo encontraba pegado al cristal, le daba allí mismo un síncope. Y aunque gritase, la casa más próxima a la suya se encontraba a unos trescientos metros. Maldijo para sus adentros.
¿Por qué no tendrían un perro? Ahora mismo le hacía falta un doberman, o un rodwailer o alguno de esos enormes perros que con tan solo mirarte ya te estaban diciendo: Cuidado conmigo.
Las piernas le temblaban. No estaba segura de que fuesen a sostenerla por mucho tiempo.
A su mente vino el recuerdo de la noche del campus. Pero esta vez lucharía. No se limitaría a gritar pidiendo auxilio. Ella terminaría malherida pero el individuo saldría también malparado. En cuestión de segundos decidió hacer creer a su observador que no había notado su presencia. Se llevó temblorosa la mano con el pitillo a la boca e inhalo.
 «Por Dios que ahora sí que necesito esta calada».
 La alarma del microondas sonó y Sheila se acercó a abrir la portezuela. Recordaba los comentarios que había hecho Manuela sobre los robos que se estaban dando desde hacía meses en el pueblo. Con la crisis, los ladronzuelos aprovechaban las casas cerradas para desvalijarlas y vender luego en el mercado negro la mercancía robada. No sacaban mucho pero menos daba una piedra. «Haz que se marche, Dios mío, que se vaya» rogaba para sí.
Abrió el cajón de los cubiertos. Allí estaban los cuchillos que su madre nunca usaba. Había uno enorme con forma de machete. Metió la mano y agarró con fuerza la empuñadura. Inspiró hondo. «A la de tres Sheila» se dijo y con un movimiento rápido se giró hacia la ventana mientras gritaba:
—¡¡Fuera de mi casa, maldito bastardo!!
La ventana se encontraba vacía. Miró el reflejo del cristal. Ni un alma. En su movimiento de defensa las muletas habían caído al suelo. No podía perder tiempo en recogerlas. Apoyando la escayola en el suelo comenzó a andar hacia el salón, esperando que de un momento a otro la puerta principal se abriese y la enorme figura que había vislumbrado entrase por ella.
Jadeaba sudorosa en el centro del salón, cuchillo en mano. Esperando. Al cabo de unos eternos diez minutos y de ver que nadie entraba a la casa, se desplomó sobre el sofá, sollozando.
¿Qué hacía? Si llamaba a Manuela, esta llamaría a su vez a Witch, y conociéndola como la conocía se presentaba en un par de horas en el pueblo. Y con Diego.
Sheila negó con la cabeza, sorbiendo la nariz. No. Aún no estaba preparada para verle.
«Solo ha sido un ladrón. Ya ha visto que me se defender por mí misma».
—Mañana le contaré todo a Manuela. Voy a comprobar que todo está cerrado y me voy a la cama. Se me han quitado las ganas de cenar —hablaba en alto consigo misma para mitigar su miedo.
Y cuchillo en mano, cojeando por toda la casa, comprobó puertas y ventanas.
Encendió la lámpara de la mesilla y puso el cuchillo debajo de la almohada. Al tumbarse vio que la escayola se había comenzado a rajar.
«¡A la mierda la escayola!».
Apretó con fuerza el mango del cuchillo acomodándose para pasar en vela una larga noche.


continuación