lunes, 10 de agosto de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capitulo 11)



11

El olor a café dilató las aletas de su nariz.
«¡Mmm! » —saboreó adormilada. Inspiró el aroma que se mezcló con otro igual de apetitoso. ¡Tostadas!
Su estómago rugió hambriento.
—Vamos gandula.
—Un poquito más.
—No, vamos. Llegaremos tarde.
Una escena similar le vino a la mente, pero esta vez no era la ronca voz de Diego la que le llamaba sino la voz de Witch.
¡Dios! Tenía que quitárselo de la cabeza. Pero no sabía cómo. Se pasaba las noches dando vueltas en vela hasta que el sueño la dominaba, casi al amanecer.
Solo habían pasado juntos un mes pero habían sido el más intenso de toda su vida. Con él había pasado por todo tipo de sentimientos. Pasión. Enfado. Agradecimiento. Alegría. Complicidad. Más pasión.
Cuando estaba cerca se sentía llena de vida. Ahora sin su compañía estaba completamente perdida.
—¿Witch? —susurró emocionada.
—¿Sí?
—Le echo de menos.
Witch suspiró.
—Sabes —contestó—.  Aunque te parezca mentira, yo también.
Sheila se sentó al borde de la cama. Witch le acercó las muletas. Ambas se dirigieron a la acogedora cocina, inundada por el aroma a café y tostadas recién hechas.
—No son tus croissants favoritos pero servirán, ¿no?—le guiñó un ojo a Sheila.
—A él también le gustan.
—Sip. A él le gusta todo lo dulce —dijo su amiga, mientras se echaba azúcar distraída.
Sheila la miró.
—¿Witch? ¿Me acabas de halagar?
—No.
—¿No?
—No —y explicó—. Te acabo de decir sutilmente que eres una ingenua y que piensas que todo el mundo es igual de buena persona que Papa Noel. A veces pienso que si no fuese porque te echaría de menos, te retorcería el pescuezo con mis propias manos.
—¡Vaya! Una de cal y otra de arena.
—Así soy yo —espetó Witch.
—Sí, yo también te quiero.
Ambas se echaron a reír. En esa pelea dialéctica estaban cuando sonó el timbre de la puerta.
—Debe ser Manuela. Mira, justo a tiempo para que se tome un cafecito con nosotras —dijo Witch.
Efectivamente, era la mujer que se iba a encargar de cuidar a Sheila en los días siguientes.
Mientras se tomaban un café las tres juntas, Witch fue enseñándole a la asistenta dónde estaban todas las cosas que necesitaría.
De repente Manuela mirando a Sheila, la dijo:
—Sabes, aún recuerdo a tus abuelos. Mis padres os alquilaron un verano la casa, camino del Canto Redondo.
Sheila se la quedó mirando.
—Claro. Te recuerdo de entonces. Te he visto otras veces por el pueblo pero nunca pensé que fueses tú.
Sheila se arrepintió al momento de sus palabras.
—La vida de un pueblo no es como en la capital. Aquí el trabajo en el campo es muy duro y las mujeres no nos cuidamos como deberíamos.
—¡Bah! No seas tonta —pidió Sheila en un intento de quitar hierro al asunto.
—Sí, eso es lo que he sido, tonta. Aquí me ves, sola, con tres hijos e intentando sacar todo adelante.
Las tres mujeres se miraron sopesando lo que Manuela acababa de decir, solo otra mujer podría entender la situación. Fue Witch quien rompió el denso silencio.
—Pues sí que vamos listos, entonces —bufó.
Sheila y Manuela la miraron sin comprender.
—Yo esperando dejarla en manos expertas y resulta que he juntado a dos pazguatas.
Las otras dos mujeres la miraron. Se miraron y las tres comenzaron a reírse.



La mañana en la universidad se le había hecho eterna. En clase solo había conseguido aburrir al personal y a él mismo, exceptuando a la señorita Amanda que no dejaba de moverse inquieta en su banco de madera. Parecía que tenía hormigas en el trasero.
Al salir de su última clase, vislumbró la silueta del rector por el pasillo y antes de que le llamase para darle los informes de la semana, se escabulló hacia la salida de emergencia, tomando su coche y dirigiéndose hacia la oficina, donde el conocido de Mercedes le estaría esperando.
 Así era. Tras una taza de café, sentado en la antesala del despacho privado de Diego, había un hombre rechoncho, con cazadora gris marengo, pantalones de pana y un desgastado sombrero de ala ancha, a lo Bogart. Si fuese por el aspecto, Diego, no le daría el trabajo, pero había demostrado en otras ocasiones, que era eficaz. Muy eficaz. Le hizo pasar a su despacho.
Diego explicó la situación, sin entrar en detalles personales, a Hurtado, que tomaba buena nota de todo. Una vez expuesto el tema, se calló. El detective miró su cuadernillo en silencio. Él esperaba su respuesta.
—Bien —Hurtado se aclaró la voz—.  La parte de la casa de ellas la tenemos cubierta por la vecina samaritana…
Diego se rió por lo bajo.
—Nos queda por cubrir la casa de los padres y averiguar dónde puede encontrarse.
—Sí.
Hurtado volvió a mirar las anotaciones. Buscó a tientas en el bolsillo de su cazadora, se llevó pensativo un cigarro a los labios encendiéndolo e inhalo el humo pensativo.
—Usted me puede ayudar —dijo de repente a Diego mientras exhalaba el humo de su boca— ¡Ups! Perdón, ¿puedo…?
Y señaló el cigarro. Diego hizo un gesto de consentimiento con la mano y le acercó un cenicero.
—Eche aquí la ceniza o mi secretaria nos matará a los dos.
El detective le ofreció un pitillo.
—No, creo que prefiero mis cinco estrellas.
El hombre le miró extrañado. Nunca había oído esa marca.
«Estos ricachones. Hasta cinco estrellas fuman».
Diego adivinó lo que el otro hombre estaba pensando por su expresión, pero no le sacó de la duda. Eso quedaba entre Witch y él. Se sonrió.
«Tengo que hablar con ella. Es la única que me puede ayudar». Dio una calada y habló, exhalando el humo.
—¿En qué puedo ayudarle yo?
El hombre miraba embelesado el rojo humo desaparecer en el techo de la habitación.
«Vaya. Sí que me gustaría probar uno de esos» pero sacudiendo la cabeza se centró en lo que se traían entre manos.
—La universidad posee cámaras de seguridad por todo el campus ¿no es así?
—Creo que sí —Diego no caía adonde quería llegar el otro hombre.
—Necesito visionar las cintas o que alguien, y ahí entra usted, lo haga por mí.
—No entiendo la necesidad…
—Usted ha dicho que fue el padre quien aparcó el coche que les prestó. Necesito una imagen de él. Mi amigo de la policía puede sacarnos la identidad y con ello los datos personales, aunque ya tenemos el número de teléfono seguramente, pues lo lógico es que haya puesto a sus padres para avisar en caso de accidente o algo así en el expediente académico.
—Ya entiendo —dijo Diego y se quedó en silencio perdido en sus pensamientos.
Hurtado le miró.
—¿Ocurre algo señor Galán?
—No, Luis —tuteó—. Bueno, sí, nunca me he tenido por un hombre torpe. ¿Cómo no se me ocurrió a mí pensar en el expediente?
El detective se sonrió.
—Normalmente la persona implicada en un caso no suele ver las cosas con tanta lucidez como una persona ajena a los hechos.
No. La verdad es que él de un tiempo a esta parte no estaba nada lúcido. Solo veía los hermosos ojos color miel, un cuerpo menudo y unas atrevidas manos acariciando su torso y sus nalgas. Carraspeó para volver a centrar sus pensamientos de nuevo.
—Una vez tengamos los datos personales, buscaremos sus datos fiscales donde quedan reflejados todos sus bienes. Comprobaremos si posee segunda vivienda y dónde.
Diego escuchaba las explicaciones del detective. Todo tenía sentido.
—Me juego mi placa de detective —prosiguió Hurtado— a que su amiga, aún siendo independiente, ha buscado refugio en sus padres.
Diego enarcó una ceja.
—Mujeres —dijo el detective por toda explicación—. Son unas sentimentales. Los hombres solemos buscar más a los amigos.
Diego asintió. Era cierto. Cuando él había tenido algún problema importante, como Rebeca por ejemplo, siempre había acudido a Eric. Cierto era que tenía unos cuantos años menos que él pero por su madurez nadie lo diría.
—Bueno, pues si no tiene nada más que aportarme, le dejo que hay que ponerse en marcha cuanto antes…
—No se marche, todo estará listo esta misma tarde o mañana a primera hora.
—¿Hoy? —Hurtado le miraba incrédulo—. Mis contactos habrán salido ya de…
—Olvídese de sus contactos, yo también tengo los míos propios…
Como vio que el hombre miraba de reojo el reloj de pared, Diego, le preguntó:
—¿Tenía usted algún otro compromiso?
—No, nada importante —murmuró el hombre, pero por el tono de voz Diego adivinó que no era así. Le miró con sus intensos ojos azules. Y azorado el detective habló—. Le había prometido a mi mujer que hoy llegaría algo más pronto… es que es nuestro aniversario de boda… ya sabe usted como son las mujeres para estas cosas… Por cierto… —y volvió a mirar el reloj— ¿Las siete? ¿Son las siete?
Diego asintió.
—¡Dios! Si aún no le he comprado nada. Y no tengo ni idea de que podría gustarle… lo siento señor Galán no puedo entretenerme más. Mañana a primera hora me paso por la universidad a ver que me tiene usted.
Y salió disparado por la puerta del despacho.
En otro momento de su vida, la mirada de Galán hubiese bastado para que el detective se olvidase de su mujer, su aniversario y hasta de cómo se llamaba, pero ahora mismo, entendía a la perfección al hombre, un solo gesto de un dedo de Sheila le habría hecho mover el mundo si se lo pidiese. Él le pertenecía por completo y ella era totalmente suya.
—MÍA —ronroneo su voz interior.
Diego rememoró el momento en que probó sus labios por primera vez. Gimió de placer cuando miles de luces se encendieron en su interior y le hicieron bramar la sangre. Su instinto ya se lo había dicho, pero este hecho lo confirmó.  Era ella.
Y hay de aquel que osase siquiera intentar algo en su contra. Ahora mismo echaba de menos su presencia. Suspiró con resignación.
Tomó el teléfono del despacho y marcó el número de memoria. Una voz varonil contestó:
—¡Hola!, en este momento no…
—Eric, coge el puto teléfono y deja ya Internet —gruñó Diego.
Un clic se oyó al otro lado de la línea.
—Vale, tío. Ya veo que hoy no estamos de humor para esperas —dijo Eric entre risitas.
—No.
La tajante negación hizo que Eric presintiese que algo en la vida su amigo no iba como debía.
—¿Ocurre algo?
—Ve a mi casa, como en una hora, y te cuento —iba a colgar cuando— ¡Ah! ¿Eric? Trae todo lo que necesites para poder entrar a información confidencial por la web.
—Ok.
Diego colgó. Estiro los doloridos músculos de su espalda. Todo esto le estaba matando. Su cuerpo se resentía. Llevaba más de siete días sin poder dormir en condiciones. El trabajo en la universidad, la fusión, Sheila y ahora la maldita Rebeca.
Decidió marcharse a su casa, intentaría relajarse mientras esperaba a Eric.
Se despidió de Mercedes y tomó el ascensor en dirección al garaje.



Cuando Witch penetró en el silencioso apartamento lo primero que hizo fue mirar la nevera.
 «Fantástico» pensó. Vacía. El congelador estaba repleto de comida preparada por Sheila, pero después del viaje de vuelta,  lo que menos le apetecía era ponerse a descongelar algún tuppers. Decidió tirar a lo fácil. Telepizza y punto. Miró la hora. Las ocho en punto de la tarde. Aún era pronto para cenar. Antes se daría una ducha.
«Pero antes llamaré a Sheila» la conocía muy bien y estaba segura que cuando ya estuviese enjabonada el maldito móvil sonaría insistente y no tenía ganas de volver a probar el duro suelo del baño como en otras ocasiones le había sucedido.
—Ya he llegado —le dijo a Sheila, que contestó al segundo timbrazo.
«Es que soy bruja» se dijo y se rió entre dientes.
—Sí, ya lo he visto… Sí, lo descongelo en un plis plas y me lo zampo… Sí, mami  te lo prometo… no, no me estoy burlando de ti —Witch puso los ojos en blanco—. Sí, yo también te echo de menos, tonta. Mañana te llamo. ¿Ok?... sí, besitos.
Abrió el grifo de la ducha, dejándolo correr, hasta que alcanzase la temperatura le daba tiempo a ir a por una muda limpia y el pijama.
Sonó el timbre de la puerta.
—¡Joder! Ni caso.
Quien fuese insistió repetidas veces. Unos golpes en la puerta decidieron a Witch ir a abrir.
«Si no va a terminar agujereando la pared».
Abrió. La silueta de la señora Blanca se recortó en el umbral. Llevaba su acostumbrada redecilla con los rulos puestos y la chillona bata rosa.
—¿Sí?
—¡Hola! Oí pasos y decidí subir para ver como estabais.
—Estoy bien. Gracias.
Witch hizo ademán de cerrar pero la anciana, con una rapidez sorprendente para ese arrugado cuerpo, introdujo su diminuto pie. Abrió de nuevo. La sonriente cara de la anciana, le sorprendió. Era la primera vez en años que la veía sonreír.
«¿Qué se traerá entre manos?» se mosqueó Witch.
—Y su amiga Sheila ¿cómo está?
A la pregunta le siguió un corto tiempo de silencio. Los agudos oídos de la anciana escucharon el correr del agua de la ducha.
—¡Ah! Ya oigo que se está duchando…
La frase quedó cortada por la presencia del gato de la mujer que apareció de la nada y se metió entre las piernas de ambas. Zalamero frotó las piernas de Witch, que miraba su bonito pelaje gris humo. Se agachó para acariciarlo pero el felino fue más veloz y penetro en el piso.
—Milú ¡ven aquí! —llamó la anciana señora a su mascota.
El minino hizo caso omiso a la orden, paseándose majestuoso por todo el salón.
—Señora  De  Ochoa—empezó a explicar Witch con voz cansina—. ¿Le importaría coger a su gato? Estoy muy cansada. Iba a darme una ducha para cenar un poco e irme a la cama…
—¡Ah! Entonces ¿estás sola? —los ojos de la anciana brillaron.
— Sí, Sheila tiene que ausentarse por unos días. Tuvo un pequeño percance que está reñido con las escaleras… —y ¿por qué demonios le estaba dando tantas explicaciones a la vieja? En los cinco años que llevaban viviendo allí lo único que había hecho era despotricar de ellas y agujerear su maldito techo con los escobazos.
—¡Dios mío! —exclamó la anciana en tono preocupado—. Espero que no sea nada. Si me necesitas, para lo que sea, ya sabes donde vivo.
—Sí, justo debajo —Witch puso los ojos en blanco y se mordió el labio para no soltar todas las impertinencias que le venían a la mente—. Gracias por su ofrecimiento señora Blanca. Ahora si no le importa… —y señaló a Milu que repanchingado en el sofá, las observaba en silencio.
La anciana penetró para recoger a su mascota, la tomó entre sus brazos, regañándola como si de un niño pequeño se tratase y al llegar a la altura de Witch, volvió a sonreír y preguntó:
—Y ¿dónde se hospeda entonces? Me imagino que con sus padres. El otro día vino un señor a recoger sus cosas…
—Sí. No. —Paula le aclaró—. Sí, era su padre. No. No está con ellos se encuentra en la casa del pueblo que tienen sus padres. Allí no hay escalones que la puedan molestar.
—Y ¿dónde es? Por lo cansada que te veo, está lejos de aquí… ¿quieres que te prepare algo mientras te duchas?
Witch flipó. Cuando se lo contase, al día siguiente a Sheila, no se lo iba a creer.
—No, está a escasos cien kilómetros —Witch le dijo el pueblo— y de verdad, se lo agradezco. Sheila es muy precavida y tengo comida preparada lista para descongelar. Mientras me ducho se hace en una pispas.
—¡Vale! —y la anciana sin más salió, cerrando la puerta y dejando a Witch totalmente alucinada.
—Y ¿a qué ha venido todo esto?— se pregunto en voz alta.
—Ya lo verás —le dijo su lado mágico—. Lo has hecho muy bien.
—¿Qué he hecho bien?—le preguntó Witch.
Pero la maldita voz ni contestó.




Eric llego a la casa de Diego cuarenta y cinco minutos después de su llamada. Llevaba todos los programas necesarios para hackear cualquier página de la red.
Phil le abrió la puerta y solícito ofreció prepararle algo mientras el señor Galán era avisado de su llegada. Eric decidió tomarse un güisqui.
«Me espera una larga tarde» pensó. Conociendo a Diego y su determinación, fuese lo que fuese lo que buscaba no pararía hasta encontrarlo.
Se sentó en el mullido sofá y preparó los componentes de su portátil. No llevaba ni media copa cuando Diego penetró, vestido con un albornoz, a través de la cristalera de la terraza. Traía el cabello húmedo.
—¿Un baño relajante en la piscina? —le preguntó Eric.
—Sí, pero no ha funcionado como yo esperaba.
Eric levantó las cejas en muda pregunta. Diego rehusó contestar.
Según llegó del despacho, había decidido nadar unos cuantos largos para desentumecer sus músculos, con la esperanza de que el agua tibia de la piscina le relajase cuerpo y mente.
Pero al penetrar al recinto y ver el pequeño jacuzzi, a la mente, le vinieron los momentos vividos hacia poco con Sheila en esa piscina infantil.
—Bueno, y ¿qué es lo que hay que buscar? —preguntó Eric y cortó los pensamientos de Diego que sacudió su cabeza, centrándose en el momento. Fue hacia el aparador y mientras se preparaba un güisqui, con mucho hielo, pasó a explicarle a Eric.
—Necesito que te cueles en el sistema de cámaras de seguridad de la universidad donde trabajo. Tenemos que visionar lo que grabaron ayer lunes, por la mañana. Una vez localizado lo que busco, tendremos que entrar en la página de hacienda y de la policía.
Eric frunció el entrecejo. Lo dicho. Le esperaba una larga tarde. Lo del sistema de seguridad, estaba chupado. La página de hacienda y de la poli era otro cantar. Les costaría horas. Eric sabía que lo lograría, pero tendrían que dar  muchos rodeos para engañar al sistema y poder penetrar con seguridad en él.
—Pues manos a la obra —Pegó el último trago al güisqui y conectó el portátil.
Diego se sentó a su lado. Observándole. Se sonrió. La confianza que le tenía el joven era tan plena que no necesitaba saber nada más. Ni preguntas indirectas ni indiscretas. Nada.
—¿Eric?—y Diego se aclaró la voz.
—¿Sí? —contestó el aludido mirando la pantalla del ordenador.
—Te preguntarás por qué necesito que me hagas este favor…
—Bueno —Eric dejó lo que estaba haciendo y miró a Diego—. Eres mi mejor amigo. Lo sabes. Cuando tú lo creas conveniente ya me informarás de todo —se encogió de hombros y siguió con la tarea.
Diego suspiró.  Sí, era cierto. Tenía con Eric la misma camaradería que había observado entre Sheila y Witch. Ambos eran uña y carne, al igual que ellas dos. Volvió a suspirar. Extendió su mano al antebrazo de Eric, que le miró, dejó de teclear y atendió al hombre que estaba a su lado. Diego pasó a relatarle todo, bueno, casi todo, con pelos y señales.
—¡Hija de p…! —gruñó Eric—. Te lo avisé. Te dije que era una mala pécora. Y ¿qué tienes pensado hacer? Ella no se atreverá a ir directamente contra ti, sabes que irá a por Sheila y si puede ser a por su amiga también.
—Lo sé —Diego respiró hondo—. Estoy en ello.
Ante la muda pregunta de su amigo Diego continuó.
—He contratado a un detective.
—¿Para que siga y proteja a tu chica?
Diego asintió. En cuanto Eric localizase la dirección de los padres de Sheila y sus posibles ubicaciones llamaría a Hurtado con la información.
—Bien. Entonces hay que encontrar cuanto antes al padre de Sheila en esas cintas.
El teléfono sonó al otro lado del salón. Al segundo timbrazo, se cortó. Diego miró el aviso lumínico de la llamada interior. Se levantó y cogió el auricular.
—Dime Phil.
—Una llamada para usted señor, de una tal señora De Ochoa.
—Pásamela.
Diego escuchó los ruidos de la línea al conectar la llamada.
—¿Señora Blanca? Diego Galán al habla.
—Diego —la voz de la señora De Ochoa sonaba entusiasmada—. Tengo noticias.
Se envaró. Escuchaba relatar a la mujer lo que, momentos antes, Witch le había contado.
—Sabía que no me defraudaría una leal e intachable inglesa como usted.
—Adulador —rió la anciana—. Seguiremos en contacto si hay alguna novedad.
—De acuerdo, no sabe cuánto se lo agradezco.
—No es nada hijo. Hermandad entre ingleses.
—Por supuesto… un abrazo.
Diego colgó y se derrumbó en el sofá. Sus musculosas piernas no le sostenían. No podía creerse su buena fortuna. Miró a Eric que a su vez le miraba.
—Deja lo que estás haciendo.
—Pero si ya estoy casi accediendo a las cintas.
—No hace falta, ya sé donde está.
Sabía que el tener una espía en sus dominios le ayudaría pero no esperaba ni mucho menos que esa anciana gruñona le hubiese resuelto el asunto en cuestión de minutos.
«Vieja bruja» pensó pero sonrió de oreja a oreja.
Eric refunfuñó. Diego le miró.
—Bueno, ¿a qué esperas? ¿A qué tenga solo muñones en vez de dedos para contármelo?
Rió, por primera vez en dos días, rió a carcajadas con todas sus ganas, descargando toda la tensión acumulada.
—Esto merece un buen trago de güisqui, el que tengo reservado para los buenos momentos.
—Me apunto —dijo Eric—. ¿Y?
—Está en un pueblo cerca de aquí —Diego le dijo el nombre—. Solo hay que saber dónde se encuentra dicho pueblo y ¡voilá!
Eric tecleó Navaluenga en Google y en cuestión de segundos tenia la respuesta.
—Es un pueblito de la sierra de Gredos. Está como a hora y media de la capital. Espera. Bonito lugar. Mira.
Diego se acercó a mirar la pantalla del portátil. Observó las verdes y altas cumbres. Las piscinas naturales donde destacaba el hermoso puente románico. La página web del ayuntamiento mostraba hoteles y restaurantes de la zona donde hospedarse y comer.
Dando un manotazo al hombro de Eric que gruño dolorido Diego dijo:
—¿Tienes algún plan para este fin de semana?
Y sonrió satisfecho dando un largo trago a su vaso. Acto seguido llamó a Hurtado.