viernes, 31 de julio de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 10)

Aparcó su BMW en la plaza correspondiente. El frenazo brusco al parar el vehículo hizo palpitar las sienes. Parecía que su cerebro hubiese rebotado contra paredes de hormigón y ahora las punzadas de dolor le estuvieran matando. Maldijo en voz alta antes de abandonar el vehículo. Pulsó el mando a distancia para cerrar las puertas y conectar la alarma. El pitido le taladró los oídos haciendo que cerrase los ojos con gesto de dolor y se puso las oscuras gafas de sol.
«Necesito un café bien cargado y una fuente de agua conectada a mi boca» se dijo y sus pasos le llevaron a la puerta de emergencia que daba acceso al ala de los profesores.
Miró la puerta en silencio. Por allí había salido Sheila el día que la atacaron esos malditos bastardos.
«No pienses en eso ahora. Lo primero un café. Te quedan menos de treinta minutos para enfrentarla en clase».
Se dirigió a la puerta del despacho que chirrió leve al abrirla haciendo que diese un respingo ante ese ruido que repiqueteó en sus doloridas sienes.
«Un café y un analgésico de los fuertes. Esto pasa por excederme con el güisqui».
 Sí. Era cierto. Se había pasado la tarde del sábado y el domingo entero tumbado en el dormitorio, el que ella había utilizado, con el camisón olvidado de Sheila en las manos, oliendo su aroma en las sábanas y como compañía unas cuantas botellas de güisqui. Para disgusto de Phil y Daisy, no había comido en todo el día y ahora mismo solo de pensar en comida el estómago daba vueltas.
 Fue hacia el carrito auxiliar y encendió la cafetera eléctrica, añadió agua y la cargó hasta los topes de café. Mientras este se iba haciendo, pasó al camuflado aseo a por un analgésico. Miró en el pequeño botiquín. Solo quedaban unos pocas Aspirinas.
«Para esta resaca eso no me sirve» pero buscó entre las cajas y no encontró nada más. Tomó dos de los tranquilizantes y salió a por su ansiado café.
El olor al mismo impregnaba el despacho. Se sentó en el sofá para al menos relajarse mientras degustaba su ansiada dosis de cafeína. En el primer trago se tomó los analgésicos. Pensativo llevó los dedos al bolsillo de su chaqueta de lino color crudo en busca de un cinco estrellas. Se sonrió. Le había gustado el sobrenombre que Witch les había puesto a sus cigarros especiales y con él se habían quedado. Lo miró al ir a encenderlo. Lo descartó.
«Demasiados tranquilizantes». Se encendió un cigarro normal, aspirando el humo con ansia.
«¿Cómo reaccionará cuando me vea?»
No perdería de vista, en los primeros minutos de clase cuando la enfrentase, su reacción, de esta dependería  cómo abordar el tema cuando estuvieran a solas en su despacho, de nuevo.
Estaría enfadada. No, furiosa. Estaba seguro que si hubiese tenido la oportunidad le habría abofeteado. Recordó sus manos y su estómago dio un vuelco. ¡Dios, como la echaba de menos! No el sexo en sí, que tampoco era cosa de despreciar, sino a ella. Su aroma, su risa, su manera de tocarse el pelo, de morderse los labios, las miradas que le lanzaba furtivamente. El calor de su cuerpo enlazado con el suyo. «Para, Diego, para». Una estridente campana le anunció el comienzo de las clases, se tapó los oídos, dolorido. Las Aspirinas aún no habían comenzado a hacerle efecto. Dio un trago al último sorbo del café y tomando su mochila salió hacia el aula.
—Buenos días —saludó con su profunda voz a los alumnos.
Oyó que le contestaban. Se había dirigido a su mesa sin mirar hacia el atrio de pupitres. Perdió unos minutos sacando sus libros y cuadernos e inspirando profundamente antes de enfrentarse a los acusadores ojos de Sheila. Cuando se sintió preparado se giró.
Vacio. Su pupitre estaba vacío. Buscó con ansia entre las cabezas y cuerpos del resto de alumnos. Nada. No estaba. Miró su reloj. Pasaban cinco minutos de la hora de entrada.
«Quizás se lo está pensando detrás de la puerta del aula».
 Instintivamente miró hacia arriba, a la ventana de cristal de la puerta, pero allí no se veía a nadie observando la clase. Volvió su atención al grupo y vio como Marta, la rubia de la primera fila, miraba por el aula en un intento de adivinar lo que él escrudiñaba. Trató de disimular y abrió el libro que tenía entre las manos y comenzó a buscar la página en la que se habían quedado en la clase anterior.
—Vayan ustedes a la página cincuenta y nueve del libro, por favor.
Mientras los alumnos iban a la página citada volvió a mirar su reloj y el vacio pupitre. Vio que la pelirroja, Amanda lo miraba. Se agitó nerviosa y bajo la cabeza hacia sus apuntes.
«No va a venir. Al menos hoy no».
Chasqueó la lengua con fastidio.
Y así fue, Sheila no apareció en ninguna de las clases en todo el día.
«Bien, pues si Mahoma no va a la montaña…» y se propuso pasar de nuevo por su casa una vez terminase la jornada en la universidad.



—¡Espérame! —jadeó Sheila subiendo la empinada cuesta del puente románico. Aunque el clima de sierra del pueblo solía ser frío, ahora mismo iba empapada en sudor.
—Te dije que te quedases en casa —regañó Witch y puso los ojos en blanco.
Sheila se apoyó en las muletas y puso los dedos del pie escayolado sobre el suelo. Esos diez metros de cuesta le estaban matando. «Bueno ahora viene la cuesta abajo» se dijo animada. Pero no sabía que era peor, si alzar el cuerpo para subirlo o frenarlo para no bajar rodando con muletas, escayola y Witch corriendo detrás y maldiciéndola.
Al llegar al final del puente paró de nuevo a tomar resuello. Witch sacudía la cabeza.
—Es que eres una cabezona.
—Necesitaba salir de entre esas cuatro paredes y que me diese el aire fresco.
—Ya sé que necesitabas salir, al igual que yo. Venga anda, descansa en el bordillo y luego continuamos.
Sheila se sentó en el borde de piedra que hacía de barandilla del puente. Inspiró esa brisa  pura y todos sus sentidos se relajaron. Siempre le ocurría cuando llegaba al pueblo. Cargaba pilas como decía su amiga. Cuando estuvo tan mal al morir su abuela, el ir allí la centró y la hizo ver las cosas desde otras perspectivas, cosa que en su entorno habitual no había conseguido. Y cuando necesitó recuperarse de su relación con Carlos, también.
Y allí estaba, de nuevo. Volvió a inspirar melancólica. Saludó a un viejillo que con su burro y sus alforjas bajaba de las tierras de la sierra diversos productos de la huerta por lo que podía ver Sheila.
—Aire puro —exclamó.
—Purísimo —contestó Witch con voz nasal, Sheila la miró mientras le llegaba el olor del regalito que el burro les había dejado al pasar.
Tuvo que reír a la fuerza acompañada de las carcajadas de Paula. Continuaron hasta la plaza del pueblo, aunque era un camino de escasos diez minutos a Sheila le llevó sus largos cuarenta y cinco minutos. Allí les esperaba la conocida de su cuñada que trabajaba por horas haciendo las labores de limpieza que le ofertaban. Conversaron durante un rato y quedaron que  al día siguiente fuese al chalet.
A Sheila no le apetecía volver aún a casa de sus padres. Decidieron ir, a su paso, hasta la iglesia del pueblo.
Anduvieron hasta llegar al cruce principal del pueblo por donde el día antes habían bajado con el coche. De repente Sheila oyó gritar a Witch y salir corriendo:
—Espérame ahí que creo que ya tengo la solución —gritó.
—¿La solución a qué? —le vociferó a su vez… al aire porque Witch había desaparecido de su vista.
Decidió esperarla sentada en uno de los fríos bancos de hierro que había al pie del muro de la iglesia. Se le estaba quedando el trasero helado. Miró su reloj. Ya hacía más de diez minutos que la loca de Paula había desaparecido corriendo en dirección a la carretera que llevaba de vuelta a la capital.
De repente un ruido sordo comenzó a oírse por la bajada al pueblo. «Ya están los locos de las motos». Lo odiaba. Prefería el silencio del municipio. Esas puñeteras motos rompían la quietud que iban buscando los turistas al llegar allí.
Un quak apareció ante sus ojos, ronroneando ruidoso su motor. El motorista tomó la curva de entrada a una velocidad de vértigo, que hizo que Sheila pensase que la moto de cuatro ruedas volcaría. Paró delante de ella. Sheila lo miró embobada. Witch se quitaba el casco y sacudía su pelo con una sonrisa de oreja a oreja y las mejillas coloreadas por la velocidad a la que había venido.
—¿Estás loca? —espetó Sheila—. Casi te estrellas al tomar la curva.
—¡Qué pasada! Ya verás cuando lo pruebes.
—¿Quién yo? Vamos no te lo crees ni harta de vino.
—Éste va a ser tu transporte durante el tiempo que estés aquí. —Le comenzó a explicar Witch haciendo caso omiso al mohín de desagrado de Sheila—. Esto —y señaló el quak— o eso que llevas entre las manos —y apuntó a las muletas.
—Pero si odio conducir… —gimoteó.
—Es muy fácil, sabes montar en bici, ¿no?, pues sabes montar en moto. Además aquí no hace falta guardar el equilibrio porque tiene cuatro ruedas, eso sí, tendrás que aprender a meter las marchas.
»Te he escogido uno apto para minusvalías porque normalmente las marchas van en el pie derecho que es el que tienes jorobado así que las tendrás que meter con la mano derecha, están aquí en el manillar.
—¡Que no!—bufó Sheila.
—Esta tarde iremos a las eras a practicar en la pista. ¡Hala, monta, vámonos a buscar a Jacqs! —y bajándose la cremallera del chándal imitó a la modelo del anuncio que enseñaba sus enormes pechos.
Sheila la miró y comenzó a reírse. Witch se miró el escote y con gesto ofendido dijo:
—Son exactamente iguales que las de esa tía. Tienen lo mismo, lo único es que no llevo el sostén adecuado.
Witch le sacó la lengua al seguir riéndose Sheila y le ofreció el casco para que se lo pusiese.
—Además mira que chulada, tiene un arnés de sujeción para las muletas.
Bajaron hacia la urbanización a toda velocidad. Sheila pensó que pasaría miedo pero agarrada a la cintura de Witch, con el aire azotando su cara, se sintió libre. Se echo a reír hasta que…
—¡Argggg! Witch, me he tragado algo.
—¡Ups! Se me olvido advertirte que lo malo que tienen las motos es que debes de llevar todo el tiempo la boca cerrada.
Y no paró de reír hasta llegar a la puerta del chalet, eso sí, con los labios bien apretados.



  Terminadas las horas lectivas Diego se dirigió hacia la salida para coger el coche y dirigirse a casa de Sheila, al llegar al parking pulsó el llavero para activar los cierres de las puertas. Se quedó clavado en el sitio. Aparcado justo al lado de su BMW gris plateado se encontraba el pequeño Smart rojo de Phil. Sheila o Witch habían estado aquí para dejarlo. Había una nota en el cristal sujeta al limpiaparabrisas. Se acercó y la desdobló, una letra que no reconoció como la de ella, le informaba que las llaves del coche se encontraban en la secretaría del edificio principal.
 Se guardó la nota en el bolsillo de la chaqueta, dejó la mochila en el asiento trasero y se acercó andando hasta el edificio principal, dispuesto a averiguar quién demonios había traído hasta allí el otro vehículo.
Diego se dirigió a la compañera que meses antes había ayudado a Sheila tras la seducción que él había tramado para convencerla.  La interpeló.
—Un hombre mayor de unos sesenta y pocos años —explicó la mujer—. Nunca le había visto por aquí. Me dijo que pertenecían a su coche, profesor Galán y que le diese las gracias en su nombre y se marchó.
Le dio las gracias a la secretaria que le sonrió embelesada y salió hacia su berlina.
Le costó encontrar aparcamiento en la zona centro donde vivía Sheila. Dos manzanas más allá del apartamento, al pasar por un puesto de flores que había en la ancha acera, tuvo una idea. Eligió un enorme ramo de flores variadas y pagó a la floristera.
Al llegar al portal de Sheila, no llamó directamente a su piso sino que apretó en el interfono el botón del primer piso.
—¿Quién es?—gruñó una voz.
—Blanca, soy el amigo de Sheila.
—Hola Diego —respondió la voz más suave ahora—. Espera que te abra. Sube.
Diego se sonrió y penetró al portal. Subió rápido las escaleras. La anciana le esperaba con su puerta abierta, sonriente. Él se acerco,tomo su mano y la beso. Sacó de detrás de la espalda el enorme ramo de flores y se lo ofreció a la señora De Ochoa que le miró embobada.
—Por las molestias que la causé, Blanca —susurró con voz grave.
—¡Por dios, Diego, por qué te has molestado! —dijo mientras tomaba el gran ramo con sus brazos.
—Espere que le ayudo a meterlo, pesa mucho para tan lindas manos.
—¡Zalamero! —rió la señora De Ochoa mientras le dejaba entrar—. ¿Te apetece una taza de té?
—Bueno, si no es mucha molestia, y si usted me acompaña, como puedo negarme.
—Siéntate mientras lo preparo y pongo este bonito ramo en un jarrón con agua.
—¿Le ayudo en la cocina?
La señora De Ochoa le miró horrorizada.
—¡No, por dios! eres el invitado. No faltaba más. Por cierto —comenzó a hablar mientras preparaba el  té—.  Has hecho el viaje en balde porque las chicas no están. No es que no las haya oído, es que esta mañana al escuchar la puerta decidí subir para darles tu recado… no es que yo quisiera entrometerme…
—Por supuesto que no, como podría alguien pensar eso —contestó Diego con rapidez.
—… Bueno, pues, cuando oí cerrarse la puerta y los pasos por el piso, subí y llamé, me abrió un sesentón, que se presentó como el padre de Sheila al preguntarle yo quién era… tengo que velar por esas niñas, ¿no?
—Claro —asintió Diego.
—Me dijo que venía a recoger ropa y un neceser con los utensilios de aseo para su hija. Al preguntarle yo que dónde estaba me dijo que de viaje, fuera de la ciudad. Pero no me quiso responder a dónde cuando le insistí. Se hizo el loco. Yo para mí que no se fiaba de mis intenciones.
«No me extraña vieja bruja. Lástima que el padre de Sheila no fuese más crédulo y no te soltase dónde demonios está la preciosidad de su hija».
—Que hombre más impertinente —respondió, sin embargo, en alto.
—Pues sí —y le puso a Diego el té delante— ¿un azucarillo o dos?
— Uno por favor y un poquito de limón, si no le importa.
—Así me gusta, como los buenos ingleses. Yo soy inglesa aunque adopté el apellido de mi esposo, español.
—Lo intuí por su porte, por favor. Esa inconfundible silueta anglosajona en la mujer, y no las redondeces latinas. Donde va a parar…
Diego le sonreía. La señora De Ochoa babeaba casi literalmente ante los halagos del atractivo hombre y siguió con su perorata.
—Pero lo que sí observé es que por la cantidad de ropa que tomó, tú amiguita no va a volver por aquí al menos en quinces días o más.
«Bien, ha escondido la cabeza como los avestruces. Pues tendremos que averiguar dónde está el agujero».
—Y no te puedo decir más, querido, porque ese hombre me echo sin miramientos diciendo que tenía mucha prisa, y se marchó.
—Bueno —ronroneo Diego—. No se puede decir que usted no se ha portado como una buena vecina preocupándose por ellas.
—Por supuesto que no.
—Blanca, entonces, visto que no puedo hacer nada, debo de marcharme al despacho. He de arreglar un asunto de finanzas importante y ya sabe usted que los jefes…
—Sí hijo que me vas a contar a mí —y con sus arrugados ojitos brillantes por la idea le explicó—. Oye, para que no tengas que estar pendiente… si quieres me das tu número de teléfono y yo te aviso cuando haya alguna novedad.
—Por dios, Blanca, que inteligente eres. ¿Cómo no se me habrá ocurrido a mí? —y se golpeo la frente con la mano abierta en gesto de torpeza, sacó una tarjeta de visita ofreciéndosela a la anciana.
—La experiencia de los años que te falta. Pero no te preocupes  que yo estaré al tanto de todo. Aunque, hijo, no sé qué ves en esa chica…
—El amor Blanca, ya sabes…
—Sí, el amor ya sé ¡Ains! si mi difunto marido viviera…
Y Diego besando la mano de la anciana, se despidió y salió disparado escaleras abajo.
Al subir de nuevo a su coche llamó a la oficina.
—¿Mercedes? Sí sí ya voy para allá. Diles que esperen, estoy en quince minutos más o menos. Entretenles… ponles un café o bueno ya se te ocurrirá algo. ¡Ah! Por cierto. Al café o la bebida de Rebeca, ponle cianuro.
Se oyó una risa al otro lado del teléfono antes de colgar.
Veinte minutos después entraba por la puerta de su oficina. Había cambiado la mochila por un maletín de ejecutivo.
—Perdona la tardanza Alfredo —dijo al entrar saludando al hombre de mediana edad y obvió a Rebeca.
—No pasa nada hijo.
—Diego, cariño, vienes hecho un desastre —le miró Rebeca desdeñosa, sin demostrar que él le había molestado al ignorarla.
El hombre se sentó tras el escritorio sin mediar palabra con ella. Colocó su maletín sobre el protector de cuero y lo abrió sacando unos documentos de su interior.
—Aquí están los precontratos con las clausulas que acordamos. Los he hecho por triplicado. Haz que lo lean tus asesores, Alfredo, y cuando te parezca bien, volvemos a reunirnos para las firmas.
Rebeca intentaba llamar su atención toqueteando todo como un niño. Diego la ignoraba.
—Muy bien Diego —contestó Alfredo, carraspeó y preguntó— ¿Cómo está Phil? Espero que no fuese importante la herida.
—Diez puntos de sutura —explicó Diego.
—¡Fiuuu! Menudo tajo —exclamó el hombre y chasqueó la lengua.
—Sí, tuvo suerte por unos milímetros de no cortarse un tendón, sino tendrían que haberle operado de urgencia.
—¡Oh, vamos! Si solo fue un corte de nada —replicó Rebeca.
Ante la fría mirada de Diego y el entrecejo fruncido de su padre, la malcriada joven se defendió.
—La culpa la tuviste tú —espetó a Diego.
 Frío como el hielo, el aludido, enarcó su ceja en muda pregunta.
—Sí —insistió la joven.
—Pero Rebeca, hija, si fuiste tú quien tiró la copa…
—Fue un accidente —se defendió ella.
—¡Y un cuerno! —explotó Diego.
—¡Papa! —dijo Rebeca pidiendo ayuda al hombre.
—Estoy de acuerdo con él, Rebeca. Tiraste la copa adrede y aún no entiendo por qué.
—Ya lo he dicho, Diego tuvo la culpa.
El padre la miraba sin comprender. Rebeca puso los ojos en blanco.
—Él fue quien apareció con esa pueblerina en sus brazos.
Diego se levantó de su butaca de cuero, rodeó la mesa de caoba y se dirigió al sofá de cuero donde Rebeca se había vuelto a sentar. Se agachó hasta dejar su cabeza al mismo nivel que la cara de la joven. Rebeca lo miraba a los ojos hipnotizada por su color.
—¿Rebeca? —llamó él en un susurro—. Mi amor —dijo escupiendo las palabras—. A esa pueblerina, como tú dices, no le llegas ni a la suela de sus zapatos, por mucho Chanel o Prada que lleves puesto.
Los ojos de Rebeca se abrieron sorprendidos, al igual que su boca, pero fueron unos segundos, pasado ese instante de sorpresa, sus ojos se entrecerraron en una malvada mirada y sus labios se apretaron en una fina línea.
Alfredo intentando aliviar la tensión del momento preguntó:
—Y ¿quién es, si puede saberse, tan preciado tesoro? Nunca  la había visto por el club ni en las fiestas de nuestros amigos.
Diego, se levantó en toda su envergadura y girando lentamente para mirar a Alfredo soltó:
—La mujer con la que voy a compartir el resto de mi vida.
Y miró a Rebeca, con sus intensos ojos azules que eran témpanos de hielo. Los verdes ojos chispearon de furia contenida.
«Eso ya lo veremos»—se dijo Rebeca. Y levantándose de un salto, tomó su bolso y exclamó:
—Vamos papá, he quedado con las chicas para tomar un aperitivo en el club. Y aquí, ya hemos terminado… por hoy.
Y salió airada del despacho de Diego. Alfredo cogió los documentos, guardándolos en su portafolio de piel y apretando la mano de Diego, se despidió.
—Bueno, hijo, espero y deseo que tengas razón con respecto a…
—Sheila.
—… Con respecto a Sheila —y tocando el portafolio continuó—. Mandaré mirar esto a mis asesores y ya se pondrá en contacto mi secretaria con la tuya para cuadrar nuestras agendas.
—De acuerdo, Alfredo, siento de…
—¡Papa, vamos que tengo mucha prisa! —gritó la estridente voz de Rebeca.
El hombre salió del despacho suspirando con resignación.
«He ganado una batalla pero no la guerra» se dijo Diego. Debía de andarse con cuidado. Rebeca era mala enemiga. Atacaba al más débil. En este caso Sheila. Tendría que protegerla. Pero ¿cómo?
«¿Dónde demonios se encontrará?».
—Mercedes —llamó Diego. Su secretaria entró rauda al despacho—. Necesito que llames a Hurtado, tengo un trabajo para él.
—Sí, señor Galán —y se apresuró hacia su mesa.
—¿Mercedes? —la aludida metió la cabeza entre la rendija de la puerta—. Dile que es urgente. Muy urgente. Nada más por ahora.
—Sí, señor Galán —y cerró.
Diego se sentó suspirando en su sillón. El dolor de cabeza volvió a golpear sus sienes.

continuara

miércoles, 29 de julio de 2015

AVISO IMPORTANTE

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MUCHAS GRACIAS.

lunes, 20 de julio de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 9)






9

Le dolía el tobillo. Intentó medio dormida colocarlo de manera que los pinchazos dejaran de molestarla, una nueva sacudida hizo que otro latigazo de dolor le lacerase la pierna.
—¡Joder! —gruño.
—¡Lo siento, Sheila!—se disculpó Witch—. Es esta maldita carretera. Mira que llevamos viniendo años y yo creo que siguen los mismos baches o más. Deben de haberla declarado patrimonio de la humanidad porque no la arreglan nunca. Es intocable.
Sheila tuvo que reírse. Abrió los ojos y contemplo a Witch conducir su viejo Ford Fiesta rojo fuego. El destartalado coche había conocido tiempos mejores. Los amortiguadores ya eran casi inexistentes. Se sonrió. Pero cualquiera decía algo que llevase las palabras coche nuevo dirigiéndose a Witch o a su Ford.
—¡Adios! A ver si te estrellas —oyó  que gritaba al conductor que les estaba adelantando en la larga recta que daba acceso al pueblo.
—¡Witch! —regañó—. No le desees la muerte a nadie.
—Yo no le deseo la muerte —bufó la aludida—. Solo quiero que su bonito coche nuevo quede hecho un acordeón sobre el arcén… a ellos que no les pase nada. ¡Hala, otro imbécil! ¡Adiós, hombre, adiós! Ahora nos veremos en el semáforo de la entrada…
Y efectivamente, como siempre sucedía cuando algún coche se pasaba del límite de velocidad en la recta, el semáforo cambió el intermitente ámbar por el rojo fijo.
—¡Hola! —dijo Witch, sacó la cabeza y el brazo por la ventanilla,  y saludó a los vehículos que momentos antes la habían adelantado—. Si queréis quedamos en la plaza al mediodía para tomarnos unas cañitas —gritó.
—¡Witch! —Sheila se partía de risa.
—¿Qué?... estoy haciendo nuevos amigos.
—Lo que vas a conseguir es que nos linchen antes de entrar en el pueblo.
—¡Nah! estos, mucho ruido y pocas nueces.
Y ambas se echaron a reír.
 «Por fin comienza a despertar» pensó Witch «ya sabía yo que viniendo al pueblo…».
No recordaba en todos los años que se conocían, desde el parvulario hasta la actualidad, que su amiga estuviese tan afectada por un hombre, y más teniendo en cuenta el poco tiempo que se conocían, y con tanta intensidad.
—No está afectada —le dijo su vocecita mágica— simplemente le falta su lado complementario. Ya sabes el ying…
«Si ya y el yang. Marisabidilla» —espetó Witch.
—Pero tú ya lo sabes. Esos dos…
—Sí, están predestinados —le contestó en voz alta.
—¿Qué? —preguntó Sheila—. ¿Quiénes están predestinados?
—Estos —dijo Witch señalando a los vehículos  precedentes que arrancaban de nuevo—. Están predestinados a…
—Dejar su coche nuevo hecho un acordeón en el arcén —dijeron las dos a la vez y volvieron a reír.



Nunca una tarde-noche de sábado a domingo se le había hecho más eterna a Sheila. Rememoró.
«Cuando Witch bajó con un par de maletas entre sus manos vio el cielo abierto. Ambas estaban de acuerdo que no debían de encontrarse allí para cuando Diego regresase.
Daisy les había preparado unos paquetes con comida para ese día y el domingo y llevaba unas llaves de automóvil.
—Me tomé la libertad, creo que irán mejor en este coche que en un taxi, a nosotros de momento no nos hará falta.
—Pero Daisy, no queremos darte problemas —advirtió Paula.
—No es nada. El señorito Diego ruge de vez en cuando pero luego no es nadie —Y se rió.
Sheila besó y abrazó a la regordeta mujer, agradeciéndole sus atenciones.
—Espera —dijo—, por si acaso, dame papel y bolígrafo.
Escribió con rapidez una serie de líneas, dobló el papel y se lo extendió a Daisy.
—Déjalo en su cuarto, cuando suba lo verá.
Daisy las acompañó al garaje. Paula apretó el mando de las llaves y las luces del Smart parpadearon.
—Un momento, nena —comentó Witch—. Primero tengo que echar todo el asiento para atrás.
Por el camino de regreso a la capital dieron vueltas al asunto de adonde ir, porque daban por hecho que cuando Diego volviera a su lujosa casa y no las encontrase allí iría a buscarlas al piso. Y Sheila, aunque Witch no estaba de acuerdo en eso, no quería de momento ni pensar en verle.
—Tendrás que enfrentarte a él tarde o temprano, y cuanto más temprano mejor.
Sheila negó con la cabeza. No hasta que la coraza que había comenzado a tejer estuviese terminada. Tenía que estar preparada para poder mirarle y no abofetearle. Poder mirar a esos ojos intensos, esos labios y no querer desearlos más que nada sobre la faz de la  Tierra. Poder no querer caer en sus brazos y que estos la abrazasen y no la soltasen jamás. Poder no desear compartir cada segundo de su vida durante el resto de lo que le quedase por vivir.
—Tendremos que ir a casa de tus padres —convino Witch.
 Suspiró. Ya había pensado en ello pero ¿qué les iba a decir de la facha que llevaba? La pierna escayolada, el pómulo amoratado y el labio partido. Se pondrían como energúmenos porque no les había avisado.
—Bueno, ya se nos ocurrirá algo —dijo Witch cuando la hizo partícipe de sus pensamientos—. Y también debemos inventar por qué no estamos en nuestra casa —Witch conducía pensativa—. Pero no te preocupes —y sonrió picara.
Llegaron al pueblecito de la periferia de la capital donde vivían sus padres. En un abrir y cerrar de ojos estaban a la puerta de su antigua casa. Llamaron al telefonillo y contestó su padre.
—¿Sí?
—Abre, papá, soy yo.
—Y ¿quién es yo?
—Sheila, papá, Sheila.
Cuando su madre la vio aparecer así, rompió a llorar. Witch la calmó enseguida. Achuchándole. Frente a una cargada taza de café, inventaba sobre la marcha.
—Vaya susto  nos han metido los policías esta madrugada, han aporreado la puerta. Sheila y yo, al principio, no queríamos abrir pero luego cuando ya hemos oído la sirena del camión de los bomberos…
—¿Bomberos? Pero ¿es que se ha incendiado un piso? —preguntó el padre.
—No, mucho peor ¡un escape de gas!
Sheila aunque aún seguía algo aturdida, puso los ojos en blanco ante la película que se estaba montando su amiga, que parecía disfrutar como una niña contándoles lo que su fantasiosa mente ideaba por momentos.
—Hemos recogido unas cuantas cosas y al bajar las escaleras, el gato de la señora Blanca se ha cruzado entre las piernas de Sheila y esta ha salido rodando por los escalones.
»Menos mal que los policías han avisado a una ambulancia y uno de los bomberos… Señora Julia tenía que haberle visto… —y la muy descarada paso a describirle a Diego—. Ojos azul intenso, con una mirada, usted ya me entiende…
La madre de Sheila asentía, el padre carraspeó.
—Mejorando lo presente, señor Mario —puntualizó—. Bueno pues —continuó—  media por los menos uno noventa de estatura, todo cachas, al menos, lo que se podía vislumbrar por el traje. Ha cogido a Sheila en brazos hasta la ambulancia y después cuando estábamos en el hospital, como había terminado su guardia, ha ido a buscarnos  y comprobar si Sheila se encontraba bien.
—¿Qué atento, no? ¿Y os ha dicho su nombre?
—Sí, a Sheila —y añadió en tono bajo y confidente—. Es que yo creo que le ha gustado.
—Witch —advirtió Sheila.
—Ni caso Julia, diga que sí, que la miraba con unos ojitos…
Carraspeó de nuevo Mario.
—Bueno, y ¿cómo se llama ese sol de hombre? ¿Le habéis preguntado  su número de teléfono?
—Pues mira tú por donde no hemos caído en eso —y miró a Sheila preguntándole en silencio pero esta negó—. Pues parece ser que no. Va a ser  que no tenemos el teléfono de Diego — y recalcó el nombre.
—¡Ah! Se llama Diego.
—Sí, Diego Galán. No creo que consiga esta dirección, pero por si acaso se acercase, que nos llame antes al móvil y ya veremos si quedamos con él. ¿Vale?
—De acuerdo.
Y esta se giró para mirar a Sheila, guiñándole un ojo. Ni se le había ocurrido. Viendo los medios con los que contaba bien podía averiguar donde vivían sus padres y presentarse allí en cualquier momento. Ante esa posibilidad, remota pero posible, su estomago dio un vuelco. Y ¿si se presentaba allí, esta noche? ¿Qué la diría?¿Y sus padres? ¿Cómo se tomarían la discusión, que sabia tendrían, con un bombero desconocido? Comenzó a sentirse mareada.
—Mamá, creo que no me encuentro del todo bien. ¿Te importaría que me echase un rato en mi cama?
—Por favor, hija, sabes que te tengo dicho que estás en tu casa, al igual que tú, Paula. Las camas siempre las tengo preparadas porque nunca se sabe.
Witch y Sheila se encaminaron hacia la antigua habitación que habían compartido muchos fines de semana siendo más jóvenes.
Sheila se desplomó sobre la cama.
—Me ha quedado genial la historia ¿eh?—manifestó ufana Witch.
Miró a Sheila que por momentos palidecía.
—¿Qué te ocurre? ¿Quieres vomitar?
Sheila comenzó a inspirar despacio, soltando el aire lentamente por la boca. «Tranquila. Aún debe de estar en urgencias del hospital, esperando a Phil. Tardaran horas» pero ese pensamiento no duro mucho.
—¡Witch, ya deben de haber regresado a su casa!
—Me extraña mucho, ya sabes cómo funcionan aquí los hospitales… ¡Mierda! Le habrá llevado al hospital —dijo, refiriéndose al mismo al cual había llevado a Sheila.
Witch miró su reloj. Haría dos horas que habían dejado la lujosa casa. Si Sheila estaba en lo cierto, de seguro, ya estarían de vuelta. Y estaba por jugarse el cuello que en ese mismo momento Diego estaba aporreando la puerta de la casa de ambas.»
No andaba muy equivocada.




Phil miraba aterrorizado como los coches se acercaban con una rapidez inusitada al morro del BMW. Miró de soslayo a Diego, éste mantenía los ojos fijos en la carretera. Su mandíbula de un momento a otro crujiría. Observó los nudillos blancos en el volante.
—Señor, creo que debería dejar de pisar el acelerador —sugirió con voz trémula.
Diego desvió unos segundos la mirada de la autopista para atender a su mayordomo, que tenía los ojos abiertos en un gesto de miedo. Phil miraba el indicador de velocidad. Diego desvió su mirada hacia el punto que tan obstinado observaba Phil. La aguja marcaba el final del velocímetro.
—¡Dios! —blasfemó Diego y soltó el acelerador hasta llegar a la velocidad permitida.
 «En menos de siete días es la segunda vez que lo visito —se dijo Diego— espero que no se convierta en una costumbre»
Rápidamente pasaron al mayordomo a que le mirasen en urgencias.
Mientras esperaba se encendió uno de sus cigarros.  Sonrió,  al recordar a Witch. En ella tendría una aliada para enfrentarse a Sheila en su vuelta a la casa. ¿O no? Recordó el malhumor de la chica cuando fue a buscarlos a la piscina.
Maldijo a Rebeca. Desde hacía un año se había vuelto un suplicio.
Cuando Galán la conoció, quedo extasiado. «Es muy bonita»—se dijo. Comenzaron a tratarse casi de inmediato, debido a los negocios en común. Diego se enorgullecía de lo que había conseguido en esos treinta y un  años de vida, que era mucho, pero siempre a base de esfuerzo, tesón y suerte. Había sabido estar en el momento adecuado y con las personas adecuadas.
Y al final todo por lo que había luchado, aunque le gustaba, no llenaba su vida. Terminó dedicándose a lo que encontró más satisfactorio de todo. Ser docente en una universidad enseñando a los demás lo que era su verdadera pasión. La literatura.
 Aunque su empresa se dedicaba a todo tipo de medios de comunicación: radio, prensa, televisión, editoriales, telefonía, internet. Ahora mismo pasaba por un momento crucial, expandirse a otros países, de ahí la fusión con la empresa de Alfredo, el padre de Rebeca. Esos eran los asuntos que tenían que tratar el lunes y Rebeca parecía, no, no parecía, había hecho entrever que se trataba de su boda.
El podría ser hombre y no percibir  ciertas cosas de mujeres pero es que su antigua prometida no había dejado ninguna duda al respecto. Y Sheila se lo había tragado todo.
Su mente volvió otra vez a su pasado. A Rebeca. Al principio la encontró dulce, encantadora.  Algo engreída, a veces, pero pensó que se debía al hecho de haber sido criada por su padre, que había volcado en ella todo el amor y la protección que su madre no le había podido dar al morir prematuramente en accidente de coche.
 Una vez que viviesen juntos podría corregir ciertos defectos. Pero con el tiempo,  Rebeca, una vez hablado de compromiso, porque sí lo había habido, se convirtió en una persona celosa, posesiva.
 Los caprichos cada vez eran más constantes hasta ridículos. Intentó manejarle como hacía con su padre y Diego no estaba dispuesto a consentirlo.
Fue abriendo los ojos ante las maldades que tan linda cabecita maquinaba contra toda persona que se enfrentase a ella o no hacia lo que a ella se le antojaba, como hoy había sido el caso de Phil, y siempre iba a por el más débil. Pero lo que de verdad le abrió los ojos fue el día que iban a anunciar su compromiso oficial. ¡Lo recordaba perfectamente!

«Se encontraban en su jardín, dando una pequeña fiesta a los amigos comunes con la intención de hacerles partícipes de su deseo de formalizar la relación, cuando, en un momento dado, a ella se le antojó una rosa blanca que estaba en su más bello momento de floración. No estaba abierta del todo pero ya no era un capullo. Rebeca extendió su mano para tomarla cuando una espina se clavó en su dedo. Diego limpió la gota de sangre que brotó de la yema del  dedo y la llevo de inmediato, por la parte trasera del jardín, hacia la escalera que daba directamente a la terraza que rodeaba las habitaciones de la primera planta. Ya en interior, se dirigieron al baño para curar la pequeña herida.
—¡Vamos! —le instó intranquila—.Volvamos al jardín. Quiero esa rosa.
Diego sonrió ante el capricho.
—Está bien, la cogeré por ti.
Bajaron de nuevo por la escalera exterior y se dirigieron al rosal en cuestión.
Diego extendió el brazo para alcanzar la bonita flor, pero la americana se enganchaba continuamente en las agudas espinas. Se quitó la chaqueta para así tener más libertad de movimiento. Le faltaban unos milímetros para poder tomar la pequeña rosa entre sus dedos. Por fin, en un último esfuerzo la atrapó. Lo complicado venia ahora, no tenía con que cortar el grueso tallo de la flor. Intentó doblarlo eludiendo las largas espinas, el verde tallo cedió un poco.
—Solo un poco más y la tendrás entre tus manos —dijo a Rebeca.
 Giró el tallo hacia el otro lado en un vano intento de que por sí mismo se partiese pero lo único que ocurrió es que perdió el equilibrio y en su intento de no caer sobre el rosal tiró, sin quererlo, de la bonita flor y esta se desmoronó completamente entre sus dedos.
Un jadeo de disgusto salió de los labios de su prometida. Que miraba horrorizada los bonitos pétalos esparcidos por el césped.
—Lo siento, cariño, te cogeré otra.
Rebeca le miró con ojos de furia y frunciendo los labios en una fea mueca le gritó:
—¡No quiero otra, estúpido! Yo quería esa. Mira lo que has hecho con mi flor.
Y acto seguido, con una fuerza inverosímil para un cuerpo tan delgado, empujó a Diego contra los rosales, perdiendo este el equilibrio y cayó cuan largo era en toda la rosaleda.
Rebeca le abandonó airada hacia la fiesta del interior de la casa, dejando a Diego totalmente enredado con las espinas. Fue la joven doncella que trabajaba por entonces en la casa, la que al salir al jardín para recoger las copas que los invitados iban dejando tiradas por el césped, quién le encontró. A pesar de su menudo cuerpo, la joven pudo por fin liberar a Diego, que mostraba un aspecto desastroso. La bonita camisa de seda blanca aparecía totalmente desgarrada por distintos sitios.
—Señor, no puede usted volver a la fiesta de ese modo —adujo la joven—. Además hay que desinfectar las heridas, el jardinero nos tiene avisados que el insecticida que usa es tóxico.
Diego, en compañía de la doncella, subió a su habitación por la misma escalera que momentos antes había usado con Rebeca.
Ya en el baño de su alcoba, la joven le ayudó a deshacerse de la destrozada camisa, y comenzó a sacar el antiséptico y las gasas estériles del armario. Empapó estas y comenzó a curar los profundos desgarros de la piel. Diego apretaba la mandíbula ante el escozor.
 Cuando la joven doncella terminó de curarle la espalda, él se giro para mostrar las heridas del pecho. La mano de la chica comenzó a temblar.  Le miró y él sonrió al comprobar el azoramiento de la joven. La chica, al ver la traviesa sonrisa, tragó saliva sonoramente. Se ruborizo y la mano que antes temblaba ahora parecía convulsa.
—Será mejor que yo lo haga —dijo Diego con su voz profunda.
La doncella asintió ofreciéndole el apósito.  Comenzó a curarse, pero algunos arañazos eran profundos y al entrar en contacto con el desinfectante empezaron a dolerle. Gruñó por lo bajo.
—Espere —le dijo la joven doncella—. Tengo un remedio que me hacia mi madre.
Y acercando los labios al musculoso abdomen de Diego comenzó a soplar. Él ante el alivio que sintió inmediatamente gimió y así se hallaban cuando en la alcoba entró Rebeca en compañía de sus amigas.
Las cuatro mujeres miraban atónitas la expresión de placer de Diego, los labios de la joven separarse del torso desnudo, la camisa de él en el suelo y los pantalones desabrochados.
Rebeca veloz como un ave rapaz se acercó a ambos y con la mano que llevaba el anillo de compromiso abofeteó a la joven que gritó de dolor y se tapó la dolorida mejilla.
—Esto es inadmisible —gritó la celosa joven—. En nuestra propia fiesta de compromiso me engañas con una simple y vulgar criada.
La joven doncella sollozaba en silencio. Separó su mano de la cara y gritó asustada al ver la palma de su mano manchada de sangre. Diego miró horrorizado el profundo corte del pómulo, donde la piedra preciosa del anillo se había incrustado.
—Estúpida palurda —volvió a gritar Rebeca—. Has manchado mi sortija con tu asquerosa sangre —y  levantó de nuevo la mano para volver a abofetear a la joven.
Esta vez Diego fue más rápido. Sujetó fuertemente la muñeca de su prometida, impidiendo con ello que golpease a la asustada joven.
—Maldito cabrón ¡suéltame mal nacido!
 Las últimas palabras fueron lo único que Diego oyó de la frase. Soltó la mano de Rebeca  que le miró asombrada por tan brusco gesto. Su cara debía de reflejar algo porque los ojos de la mujer se entrecerraron y el verde lima se fue haciendo frío como el hielo mientras un mohín de recelo afeaba los bonitos labios.
—Vamos a mi despacho, Rebeca— la espetó él—. Tenemos que hablar —y abandonaron la habitación dejando en ella a la joven doncella sollozando y a las estupefactas amigas cuchicheando entre sí.
Al llegar al despacho y cerrar silencioso la puerta Diego le expuso su decisión de anular el compromiso. Rebeca, gritó, lloró, suplicó y por fin, al no salirse con la suya, maldijo y prometió vengarse.
Quedaron de acuerdo en que dirían que había sido ella la que daba por finalizada la relación, debido al desliz de Diego».

Algunos amigos habían dejado de tratarle, otros, en la intimidad, le felicitaban por haberse librado de ella. Eric era uno de estos. Atractivo, con un humor sarcástico y afilado como la punta de una daga. «Igual que Witch». Sin quererlo había emparejado a su mejor amigo con ella. Se sonrió ante su gesto de celestino. «Y ¿por qué no?»
Cuando se aclarase todo a la vuelta le pediría a Phil que preparase una velada intima para los cuatro. Ya desaparecerían él y Sheila en algún momento dado. Y que el destino hiciese su labor.
No podía creerse que fuera tan tonta para haberse tragado todo la actuación de Rebeca. No podía creérselo. ¿Acaso no le había demostrado en los pocos días que llevaban juntos lo que sentía por ella? ¿Lo que su sola presencia, el olor de su piel, su tacto, su sonrisa, su mirada hacían con su persona? ¿Cuánto más tenía que demostrarle? ¿Qué contarle?
Y ¡mierda! No sabía nada sobre la vida de él. Daba por sentado que era un profesor de universidad y nada más. Recordó que en la consulta, Juan había comentado algo de la fusión y él le había mirado para que cambiase de tema. Lo primero porque si ella tenía que enterarse era por boca de él; lo segundo, estaba ya más que cansado de que las mujeres le utilizasen, bien para lanzarse a la fama por ser conocido en los medios o por ser un hombre inmensamente rico e ir detrás de su fortuna.
 Quería que, por una vez en la vida, la mujer con quien estuviere, le valorase a él como persona. Por sus sentimientos, por lo que le hiciese sentir, de ahí que se había aprovechado de la ignorancia de ella y se había hecho pasar solo por un profesor de universidad. Y él tampoco sabía casi de ella nada. Lo lógico es que  le hubiese preguntado sobre su vida o ella a él pero lo único que habían tenido eran charlas intelectuales y sexo.
«Sí», se regodeó.
Pero es que quería tenerla fundida en él. Piel con piel. Ya habría tiempo de ponerse al día sobre sus respectivas vidas. Vale, ya sabía cuál había sido su error. En cuanto llegase a casa, la cogería y la subiría a la habitación… No. Esa opción no era válida, terminarían haciendo el amor y no hablando. Tendría que preparar la cena intima de los cuatro antes de lo que pensaba.
En eso estaba quedando consigo mismo cuando apareció Phil con la mano vendada.
—Señor, cuando usted quiera podemos regresar a casa.
—Sí, Phil, vamos. Tengo que consultarte algo a ver qué te parece.
Y durante el trayecto del coche le comentó sus planes. Llegaron en menos de veinte minutos. Phil bajo del coche con las piernas temblorosas debido a la velocidad que Diego había tomado en la autopista. Dejando el coche en la entrada, penetraron a la casa.
Diego entró directamente al salón.  El estropicio armado por Rebeca había sido recogido, olía a limpio. A través de las cortinas miró hacia la terraza.
 «Qué raro» pensó y miró su reloj. Eran poco más de las doce. «Estarán preparándose para el aperitivo. Pero ¿cómo narices se las habrá ingeniado Witch para subir sola a Sheila?». Se envaró ante su siguiente pensamiento. «Algo anda mal».
Subió los escalones de tres en tres. Abrió el dormitorio. Vacio. Como una tromba se dirigió al cuarto de invitados donde había ubicado a Witch. Llamó. Nada. Entró. Nadie.
Su voz tronó desde la primera planta.
—¡Daisy!
La aludida, que al ver a Phil en la cocina, ya lo esperaba, se asomó al hall.
—¿Sí, señorito Galán? —preguntó con voz suave.
Diego inspiró hondo para calmarse. Al fin y al cabo ella no tenía la culpa.
—¿Puede subir un momento, por favor?
—Sí, señorito —y la rechoncha mujer comenzó a subir los escalones, despacio. Diego resopló y finalmente fue a su encuentro—. ¿Dónde están las señoritas Sheila y Witch?
La mujer alzó la mirada en busca de la suya.
—Señorito, se marcharon al poco tiempo de irse usted con Phil al hospital.
—¡¿QUÉ?! ¿CÓMO QUE SE MARCHARON? —tronó.
Daisy dio un respingo hacia atrás en el escalón. Diego extendió la mano para sujetarla. No quería más accidentes por hoy.
—La señorita Sheila escribió una nota y la señorita Witch la dejó en su cuarto…
—¿Una nota?
 Se dirigió hacia el cuarto raudo. Escudriño toda la habitación. Allí estaba, sobre el bureau. Desdobló la hoja y leyó: Creo que sobran las palabras. No hay nada más que tengamos que decirnos profesor Galán. Le tomamos prestado el coche para volver a la capital. El lunes lo encontrará en el parking de profesores aparcado y con el depósito lleno. Un saludo, Sheila.
—¿Profesor Galán? ¿Con que esas tenemos? ¿Y de usted? Marcando distancias —hablaba en voz alta para sí mismo— ¿que no tenemos más que decir? Eso lo vamos a ver señorita Sheila.
Y bajó las escaleras también de tres en tres. En dirección hacia el coche que aún seguía en la puerta principal. Abrió y cerró de un portazo.
Daisy y Phil, que habían salido al oír el portazo, se miraron.
—No me gustaría estar ahora mismo en la piel de la señorita Sheila ni en la de su simpática amiga Witch.
Daisy asintió a las palabras de su compañero mientras ambos volvían a los quehaceres del hogar.



Diego condujo hacia el apartamento de Sheila. Volvió a aparcar en el espacio reservado a minusválidos. Sus largas zancadas le aproximaron al portal del edificio. Aporreó el telefonillo con el dedo. Tras una larga espera de timbrazos infructuosos, una voz estridente le increpó.
—¡Como siga usted pulsando el telefonillo de esa manera voy a llamar a la policía! —grito una mujer del primer piso a Diego.
—Necesito pasar —rugió él.
—Pues ¿no está viendo que no hay nadie? —amonestó  la mujer.
—Necesito comprobarlo personalmente —volvió a gruñir Diego.
—Ahora mismo llamo a la policía.
Decidió cambiar de táctica. Dulcificó el gesto y en sus labios apareció su encantadora sonrisa. Comenzó a improvisar.
—Soy un amigo de las señoritas que viven en el segundo piso. Necesito hablar con ellas.
—Llevo unos días sin oírlas —le informó la anciana mujer.
Diego calculó, por lo que la mujer comentaba no habían vuelto al piso. ¿Dónde demonios se encontrarían? ¿En un hotel? ¡Mierda! La ciudad estaba repleta de ellos. Sería imposible encontrarlas.
—Estarán en casa de sus padres —comentó la anciana ante su silencio.
—Eso es —respondió Diego dándose una palmada en la frente por su estupidez. Sonriendo a la mujer respondió—. Gracias señora. ¿No sabría usted decirme dónde viven?
—Sé que viven en un pueblo a las afueras de la capital, pero ahora mismo no recuerdo cual. Lo siento joven.
Suspiró resignado. Tendría que esperar hasta el lunes, dudaba que Sheila faltase a las clases de la universidad, suficiente tiempo para pensar como desenredar el embrollo en el que Rebeca le había metido.
—No importa señora…
—de Ochoa. Pero puedes llamarme Blanca.
—Diego—Se presentó—. Me llamo Diego. Encantado de conocerla.
Saludó a la mujer  y volvió al coche.



Su expediente académico. Recordó que en el expediente constaba el teléfono de sus padres en el caso de tener que avisar a un familiar en una emergencia.
—¡Mierda, Witch, mi expediente!
Witch la miró comprendiendo. Meneó la cabeza.
—Es sábado por la tarde, la universidad está cerrada hasta el lunes. ¿Tú crees que va a ir desde nuestra casa, porque ir allí ha ido fijo, hasta la universidad y venir hasta aquí, a buscarte?
El recuerdo de Diego, merodeando por la sala del hospital, le respondió por sí mismo. Miró a Sheila y ambas dijeron:
—Sí.
Se pasaron el resto de la tarde en silencio. Sheila perdida en sus pensamientos, Witch observándola respingar cada vez que se oían pasos en el portal. Sabía que necesitaba centrar sus pensamientos, así que, tomando una de las muchas novelas románticas de la estantería de Sheila, comenzó a leer. Se hizo la tonta cuando la oyó llorar en silencio, se levantó al baño y volvió.
Sheila seguía sorbiendo mocos y lágrimas con disimulo, ni se había dado cuenta de la ausencia de Witch, hasta que notó un ligero empujón en el hombro:
—Toma.
—¿Qué?—encaró Sheila.
Miró el tisú que esta acababa de sacar de la caja de pañuelos.
—Y no te preocupes, hasta que acabes con la caja puedes seguir desahogándote.
—¡Oh, Witch, eres mi hermana del alma! —y rompió a llorar desconsolada.
—Sip —respondió  y en un intento de animarla añadió–.  Pero no olvides que por unos días, menor que tú. ¡Ah! y más guapa y más lista.
El llanto aumentó. Witch suspiró y volvió a extenderle más pañuelos.
—¡Mierda, se han acabado! —exclamó al ver la vacía caja.
—Ni para eso tengo suerte —hipó Sheila.
—No importa, tonta —le reprendió cariñosa Witch mientras la empujaba hacia un lado de la cama y se acomodaba a su lado semiincorporada—. Y ¿para qué está mi hombro y este precioso suéter que llevo? Suénate en él, total es verde lima, tus moquillos ni se van a notar.
—¡Tonta! —dijo Sheila dándole un empujón en el hombro y se acurrucaba sobre el regazo de su amiga que la besó en la cabeza.
—Anda duérme un poco y descansa, que me has dejado en la mejor escena de la novela.
Sheila asintió y cerró sus ojos.
A la hora de la cena, Mario, llamó con los nudillos a la puerta. Observó en silencio la escena. Witch le pedía que no hablase alto, su hija dormía, tenía los ojos hinchados por el llanto. Se acercó a Witch y le dijo:
—La cena ya esta lista. Déjala que duerma, lo necesita —y extendió su mano para ayudar a Witch a levantarse despacio para no despertar a Sheila.
Cuando se dirigían hacia la puerta de la habitación, el hombre metiendo una mano en su chaqueta de punto le extendió unas llaves.
—Toma. Las llaves del pueblo. Allí podréis pasar unos días desaparecidas. Además tenéis comida en el arcón del garaje para abastecer a un regimiento. —Como Witch le miraba en silencio, sorprendida, el hombre carraspeó mientras reía por lo bajo—. A Julia se la habréis metido, a mí no.
Witch le abrazó y un sonoro beso se escuchó en la habitación. Les acababa de dar la solución perfecta. Saldrían a la mañana siguiente.
Mientras, en un lujoso chalet, un hombre con un camisón de seda en la mano y una botella de güisqui en la otra, ahogaba sus pensamientos en alcohol.



El domingo, a las chicas, se les pasó casi volando poniendo la casa al día. Sheila, como podía, se emperró en ayudar a Witch, que tiró la toalla para no discutir.
Sheila habló con sus jefes y les contó lo mismo que Witch a sus padres, ya que había decidido que por el momento no iría a la universidad por lo menos en un par de semanas.
Witch, por su lado, llamó a los suyos que pusieron mil y unas objeciones a que faltase a la oficina por unos días, hasta que ella les amenazó con tomarse los días de vacaciones que aún le faltaban por disfrutar, con lo cual, también claudicaron.
Ella tenía revisión con el doctor dentro de dos semanas, Witch no se podía quedar nada más que dos días a lo sumo, los suficientes para idear algún plan de cómo hacer que Sheila no perdiese el hilo de las clases y buscar a alguien del pueblo que le ayudase en las tareas domésticas.
—Tendré que pasarme por la universidad para ver quién de tu clase te puede ir pasando los apuntes —Witch se golpeaba pensativa los labios con los dedos, se sonrió picara y espetó a Sheila—. ¿Qué te parece la rubia güess?
—Ni hablar —bufó Sheila girándose a mirarla, estaba de espaldas preparando la comida, apoyado el pie escayolado en uno de los taburetes de madera de la cocina.
Se oyó la risa de Witch.
—Vaya  por lo que veo ese genio ya va espabilando.
Sheila refunfuñó y siguió preparando el guiso de patatas con carne.
—Pues a ver quién se te ocurre.
—Amanda. La pelirroja de quien te hablé.
—¡Ah, sí! A la que nuestro querido Diego regañó.
—Esa misma. Es una chica encantadora. Creo que no le importará hacerme el favor. De los demás no me fio, van mucho a lo suyo.
—Ya sabes que los universitarios son así… o ya se te han olvidado tus años de estudiante universitaria. No hace tanto, ¿eh?
—No, pero cinco años trabajando e independizarse maduran a cualquiera.
—Entonces queda elegida Amanda. Tu padre, mañana, llevará el Smart a la universidad como acordamos. Solo me queda encontrar a alguien que te ayude aquí a partir del martes, estoy porque llames a tu hermano a ver si conoce a alguien.
—Sí, también lo había pensado yo. O mi cuñada, al fin y al cabo ella es de aquí.
—Bueno, pues entonces poco más nos queda por atar en la capital —carraspeó ligeramente—.  A ti te queda lo más importante.
Sheila ni habló. Aún no sabía que iba a hacer con respecto a Diego. En esos quince días de tregua ya pensaría algo. Todavía se sentía vacía y tardaría, conociéndose, mucho tiempo en recuperarse de esto.
Rememoró las últimas horas con él. El despertar de la mañana, el tiempo del jacuzzi y luego la pesadilla del salón. Ahora más en frío, se le ocurrían miles de respuestas cortantes e ingeniosas para haberle dicho a esa…
—Arpía— le soltó su vocecita.
Le echaba tanto de menos. Su voz, su olor, su risa, sus miradas, el tacto de sus manos sobre su piel, su conversación, las risas cómplices que él se traía con Witch, que aunque no quería reconocerlo también estaba algo escocida con su comportamiento.  Se giró para mirarla, estaba inmersa en la lectura de la novela que había comenzado la tarde anterior en casa de sus padres.
—¿Y tú no tienes que decir nada al respecto de Diego? —le preguntó.
Witch la miró. Bajo el libro a su regazo. Pensativa.
—No, yo ya he visto lo que tenía que ver.
Sheila bufó. Su lado mágico. Pues íbamos bien. Ya no le iba a sacar nada más. De todas maneras tanteó.
—Y ¿se puede saber que has visto?
—Ya te he dicho que tienes que hablar con él y no me preguntes más porque no te voy a contar nada.
—Pues vaya ayuda que tengo contigo —espetó enfadada.
—¡Eh, para el carro! Conmigo no la pagues. Te dije bien clarito que te tirases a la yugular de la bruja Rebeca.
—Tú no me dijiste nada —farfulló Sheila—, lo único que hiciste fue mirarme.
—Suficiente entre nosotras, ¿no?
—No —mintió Sheila. Una mirada entre ellas la mayoría de las veces era suficiente.
—Olvídame —contestó Witch como si nada y siguió leyendo.
El resto del domingo pasó sin más.

lunes, 13 de julio de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 8)



8

El domingo llegó sin apenas darse cuenta.  En el silencioso recibidor, Witch se despedía de la pareja.
—Intentaré venir a verte el sábado que viene pero no cuentes conmigo entre semana. Ya sabes que mi jefe es un tirano.
Sheila asintió en silencio. Notaba un nudo en la garganta que la impedía que tragar saliva, si intentaba hablar seguro que se ponía a llorar.
«Que tonta ¡por Dios!»
Pero le estaba costando un gran esfuerzo despegarse de su amiga. Llevaban muchos años compartiendo piso, confidencias y risas en el sofá. Y esa hermosa casa era demasiado silenciosa, para nada le parecía un hogar.
Miró a Witch que no paraba de mirar a todos lados, por fin sus ojos se encontraron y pudo ver que su, a veces, tosca amiga también estaba emocionada. Sus enormes ojos castaños brillaban enrasados en lágrimas.
Paula, consciente de que si alargaba más la despedida se pondría a llorar como una mema apartó de un manotazo el rebelde mechón de su frente y comentó:
—Bueno que me voy —depositó dos rápidos besos en las mejillas de sus amigos— y no hace falta que me acompañéis hasta la puerta.
Tomó entre sus dedos el asa de la trolley, irguió los hombros y sin girar la cabeza desapareció bajo el umbral de la puerta donde Phil la esperaba.
Desde el exterior se oyeron dos sonoros besos y segundos después un sonriente anciano entraba acariciándose la mejilla. Sheila sonrió. Es que Witch era así.
El viejo mayordomo cerró en silencio el portón mientras suspiraba.
—No te preocupes Phil en unos días volverás a tener entre estas paredes a ese pequeño torbellino —señaló Diego.
Sheila le asestó con disimulo un codazo en las costillas.
—¡Aug! —protestó—. Y ¿eso a qué ha venido si puede saberse?
Por toda respuesta ella puso los ojos en blanco y ayudándose con las muletas comenzó a dirigirse hacia el salón.
—Creo que por hoy ya has andado demasiado —comentó él mientras intentaba cortarle el paso e izarla entre sus brazos.
—Ni se te ocurra —advirtió.
Ante la cara perpleja de él decidió suavizar el comentario.
—Tengo que coger fuerza en estos debiluchos alambres que mis padres me dieron por brazos. Mañana tú no estarás para ayudarme.
—Sí estaré —puntualizó Diego.
—¿Diego? —Amonestó de nuevo—. Quedamos en que sería Phil quien me acercase a la universidad.
Él gruño entre dientes. Sheila no claudicó.
—En ningún momento mis compañeros y tus alumnos, te recuerdo, deben sospechar que entre nosotros hay una relac… —calló de repente.
Él estudió su azoramiento. Paseó la mirada por su cuerpo, desdibujando la silueta de ella entre su holgado batín. Su humor cambió de repente y se acercó.
—¿Qué hay entre nosotros? —susurró él con voz ronca sobre sus labios.
Los latidos de su corazón se dispararon a mil por hora y miles de mariposas revolotearon por su estómago.
No quiso entrar en ese peligroso juego. Aún no. Durante el fin de semana no había dispuesto de tiempo a solas para aclarar el caótico estado en el que se encontraba su mente.
Para su asombro no habían vuelto a compartir sábanas. Y eso que ella, expectante, había esperado verle deslizarse a su lado en la enorme cama con dosel.
Durante todo el día se le habían ocurrido muchas maneras de usar las columnas de forja del espacioso lecho. Todas ellas unidas a diversos accesorios útiles para maniatar.
Así que en un intento de enfriar el ambiente, que se caldeaba por momentos, respondió:
—¿Una incipiente amistad? —y dibujó una inocente sonrisa en sus labios.
—¿Amistad? —gruño Diego.
Rió ante la molestia de él.
—Y ¿qué si no?
—Al menos podías haber respondido pasión, lujuria, desenfreno —mencionó a la vez que levantaba los dedos de la mano y la desafiaba con la mirada.
Ladeó la cabeza, pensativa y al cabo de unos segundos respondió:
—Bueno… eso también.
Y ladina, giró con ayuda de las muletas y penetró por las puertas dobles abiertas dejándolo pasmado en el vestíbulo.
Tan solo había dado unos pasos cuando él estaba a su altura. Giró el rostro para que no pudiese ver los intentos que hacía por no soltar la carcajada.
Con un largo paso se plantó delante de ella, entrecerró los ojos, suspicaz y al percatarse de que Sheila se estaba burlando de él…
—Eres una bruja y mereces unos buenos azotes.
Y antes de darse cuenta Diego se agachó, pasó su brazo por debajo de su trasero y la colocó, cual fardo sobre su hombro. Ella gritó y soltó los bastones.
Diego se sentó sobre uno de los pubs y la colocó sobre sus rodillas.
—¿No se te ocurrirá? —avisó.
Por toda respuesta él alzó su ceja. Sus ojos brillaban divertidos. Repasó goloso el trasero que se alzaba respingón cubierto por unos pequeños shorts que no dejaban casi nada a la imaginación. En esa posición la línea de los glúteos que se unía a los muslos quedaba al descubierto.
Alzó su mano y Sheila comenzó a contornearse, intentaba zafarse del agarre de su brazo pero él la aprisionó más fuerte sobre sus muslos.
—Quieta pequeña hechicera.
Los senos de ella se frotaban en su entrepierna y está comenzó a cobrar vida.
—¡Diego!¡No!
Sheila seguía moviéndose, asustada. Las imágenes vividas en el campus pasaron por su mente y el pánico se expandió por su cuerpo.
Chilló. Como una posesa. Su alarido reverberó en el silencio de la casa. Él mudó el semblante al contemplar como la mujer que se hallaba sobre su regazo se encogía sobre este y cubría entre sollozos el rostro con los brazos.
Giró el tembloroso cuerpo y lo acunó entre sus brazos.
—Lo siento, lo siento. Solo era una broma.
Sheila lloraba desconsolada sobre su pecho, mojando con sus lágrimas la camisa de seda. Aferrándose a él como si su vida dependiese de ello.
Se maldijo entre dientes.
«Imbécil. Estúpido. ¿Cómo has podido ser tan insensible?
Susurró en su oído palabras de consuelo, depositó sobre su rostro besos de mariposa y bebió sus lágrimas.
Sheila se fue calmando. La entrecortada respiración se acompasó. Las manos de Diego acariciaban, suaves,  su espalda, dándole calor, seguridad.
Por fin pudo hablar.
—Yo también lo siento. Me asusté.
—Soy un cretino. Te juro por Dios que no pensaba golpearte, para nada era esa mi intención, todo lo contrario.
La mirada de ella le interrogó. Diego siguió explicando:
—Llevas toda la tarde tentándome con esos pantalones… por llamarlos de algún modo y estaba deseando tenerte entre mis brazos para poder acariciar ese provocativo trasero tuyo.
Sheila rió nerviosa.
—¿Sabes?
—¿Qué?
—¿Recuerdas nuestro primer encuentro?¿en la oficina?
Asintió. Como para no recordarlo. La voz de él susurrando en su oído. La calidez de su aliento sobre su cuello. Y sus ojos. Esos ojos embriagadores que habían causado estragos en su corazón.
—Lo primero que me llamó la atención de ti fueron tus hermosas posaderas.
Ella rió.
—No es broma. Se apretaban, firmes, sugerentes a través de la tela del fino pantalón de verano que llevabas puesto.
Sheila se sonrojó.
—Después cuando te volviste, confusa y me miraste con tus preciosos ojos  color miel, abiertos de par en par.
—Exageras —protestó—. No te oí entrar y me asustaste.
Él sonrió, para nada era así pero le permitió salir airosa… de momento.
—Tu mirada me pedía un beso a gritos.
—Anda ya —exclamó sin querer darle la razón.
Allí estaba esa ceja inquisidora.
 —Además, —reprochó— fuiste un completo grosero al sacudir bajo mis narices el papel dichoso.
—Tan solo pretendía distraerte. Era eso o tomarte delante de la secretaría entre mis brazos y devorar tus labios.
—¿En serio?
Él asintió.
—Me vuelves loco —susurró sobre sus labios.
Sheila se perdió en la profundidad oceánica de su mirada. Perfiló con sus dedos los perfectos labios de Diego y acarició el vello que comenzaba a cubrir su mentón.
Los dientes de él aprisionaron juguetones la yema de su dedo índice y lamió la suave piel.
Miles de sensaciones se expandieron a través de su brazo hacia el cuerpo. El corazón se le disparó y le deseó más que nunca.
Devoró sus labios con un beso que indicaba más de lo que ella misma quería reconocer.
Tras una sesión, casi maratoniana, de besos y caricias, el resto de la velada ambos disfrutaron de un gran cubo de palomitas frente al televisor viendo viejos clásicos en blanco y negro.
Phil les avisó cuando la cena estuvo preparada. Cenaron y volvieron al mullido sofá donde les esperaba una de sus películas favoritas: Memorias de África.
La fotografía era impresionante y la banda sonora le subyugaba cada vez que la oía pero la tibieza del firme cuerpo en el que apoyaba su mejilla, las dulces caricias de las manos de Diego y el cansancio le pudieron y sus ojos se fueron cerrando poco a poco.



 La despertó el sonido del ventanal al deslizarse sigiloso sobre el riel de aluminio. Un fugaz reflejo dorado penetró a través de las cortinas que se abrieron unos instantes. Mucho antes de que él hablase el olor de su perfume la inundó e inspiró ese aroma. Extasiada.
—Vamos perezosa —murmuró Diego sobre sus labios y depositó un beso en ellos.
—Cinco minutos más.
—De eso nada.
Gruñó y resguardó la cabeza entre los almohadones.
—Tendrás que vértelas tú solita con Daisy.
Sheila se alzó en segundos. Para nada iba a enfrentarse a esa mujer. Dentro de su rechoncho cuerpo guardaba un genio de mil demonios. Ella había sido muda testigo de cómo la cocinera les había sermoneado a los tres por haber dejado restos de comida en los platos y como el enorme y fuerte hombre que ahora la contemplaba, de pie apoyado en el borde del colchón, con las orejas gachas y como un niño bueno  se había disculpado.
—Chantajista —protestó y se sentó sobre el borde opuesto de donde él se encontraba, tomó las muletas que se apoyaban en el velador y renqueando y refunfuñando entró en el baño.
En la cocina, cosa que sorprendió a Sheila, les esperaba un opíparo desayuno y bajo la atenta mirada de Daisy, desayunó más de lo que estaba acostumbrada.
Se despidió de Diego con un beso en la puerta de la enorme mansión y minutos después Phil y ella, en el Smart que utilizaba el mayordomo para sus desplazamientos, enfilaban hacia la Universidad.
Los días fueron pasando. Diego y ella apenas se dirigían la palabra durante las largas horas de clase y la tensión de comprobar como el resto de sus compañeras femeninas se lo comían con los ojos y que Marta, la rubia tetona, no dejaba de insinuarse cada vez que la ocasión lo permitía, hacían que los celos la emponzoñasen y su mente elucubraba en el porqué él se había fijado en ella que no tenía nada de particular en sí. Y para más inri se sentía diminuta ante los conocimientos que él.
 Pero por las tardes, juntos y sentados en el sofá del salón o al frescor de las butacas de la terraza donde compartían ideas, conocimientos y él preparaba las clases del día siguiente, apuntando, sorprendido a veces, y entusiasmado la mayoría, las sugerencias que ella le hacía. Sheila se sentía otra. Segura, instruida, valorada.
Y cuando durante alguno de sus interminables parloteos sorprendía a Diego mirándola con pasión se sentía la mujer más atractiva del mundo. Fuerte, atrevida, sexy.
Pero en las solitarias noches en su habitación no dejaba de pensar el porqué él no había vuelto a compartir su cama.
Acababa de colgar el teléfono a Witch y le comentaba a Diego que les visitaría al día siguiente, sábado, cuando el móvil de él emitió un pitido. Éste lo tomó de la mesa y leyó en silencio el mensaje. Su rostro palideció, se levantó con precipitación y salió al jardín donde en tono bajo mantuvo una larga conversación.
Entró con el ceño fruncido. Serio. Y aunque Sheila intentó mantener una conversación distendida comprendió que la mente de él no se hallaba en ese momento allí, con ella.
A eso de la medianoche, Diego adujo cansancio y la acompañó por las escaleras, pendiente en todo momento a que ella no rodase por éstas ya que se había negado a que él tuviese que estar cargando con ella continuamente.
Al llegar a la puerta de su habitación él, solícito, abrió la puerta. Ella alzó el mentón en busca del beso que siempre depositaba en sus labios antes de dejarla pero él se despidió y se alejó hacia su habitación. Se quedó allí, plantada, desolada y cerró en silencio la puerta.
Witch apareció a primera hora de la mañana acompañada por una bandeja de los exquisitos bollos que sabía le gustaban a su amiga.
Saludó a Phil y Daisy en la cocina, donde depositó el paquete y abandonó esta no sin antes advertir a la pareja que había traído croissants también para ellos.
Subió con urgencia los peldaños de dos en dos, deseaba que Sheila le contase minuto a minuto la semana que había pasado con Diego.
Encontró a su amiga en la terraza que compartían las habitaciones de la primera planta del edificio, apoyada en la bonita barandilla, mirando distraída el paisaje.
—Ten amigas para esto —refunfuñó—. Yo que me esperaba que fueras a recibirme con bombo y platillos…
—¡Witch! —exclamó saliendo de su ensoñación y corrió a abrazarla.
Tras unos minutos del apretado saludo Witch por fin se zafó de su amiga.
—Menos cuento y eso… cuenta —y rió de su juego de palabras.
Tiró del brazo de su amiga y la hizo sentarse sobre la mullida cama.
Sheila le contó sus inquietudes, dudas y miedos.
Tras un momento de silencio en el que Paula sopesaba la información por fin dijo:
—Sheila, Diego no es él.
Ésta alzó la mirada del suelo y se enfrentó a la de su amiga que no perdía detalle de sus reacciones.
—Ya lo sé —murmuró—. Pero es tan parecido a lo que sucedió.
Paula inspiró y tomó entre sus manos las de Sheila.
—Escúchame atentamente porque no pienso repetírtelo más. Diego no es Carlos.
Sheila se removió inquieta, aún le escocía el oír ese nombre.
—La persona que tienes ahora compartiendo algo tan especial, es un individuo maduro, que sabe lo quiere.
—¿Tú crees?
—Con firmeza.
—Pero no piensas que…
—Ese es tú mayor problema —cortó— que piensas demasiado y no dejas actuar al destino.
—Ya estamos —gruñó Sheila—. Ya salió tu vena de bruja.
—Ya salió la escéptica —fue la lacónica respuesta de Witch.
La carcajada, unísona,  llenó la habitación. Se sentía más aliviada al resolver sus dudas con su amiga.
—Y ahora —comentó Paula—. Vamos a desayunar que estoy segura que el tragaldabas de Diego nos ha dejado sin nada.




 Recolocó la escayola sobre el borde de la bañera de burbujas. La postura era incomoda de narices pero era lo que había si no quería destrozar el molde de yeso y que Juan le echase la bronca por destrózalo y alargar más la recuperación.
En el interior de la piscina tan solo se oía el chapoteo de Diego realizando sus veinte largos cotidianos. Después vendrían los ejercicios de gimnasia, pasaría a la sala de pesas y terminaría con los estiramientos.  Aún le quedaba, tirando por lo bajo, hora y media de relax.
Sonrió al recordar el primer día de esa semana que le acompañó entusiasmada en su mantenimiento. Ingenua se había metido en el jacuzzi pensando que en media hora estarían de vuelta en la mansión.
Cuando él terminó su entrenamiento se acercó a ayudarla a salir. Sus profundas carcajadas resonaron en la acristalada bóveda. Sheila parecía una ciruela pasa. Su piel, por lo general tersa y suave, aparecía arrugada. No sentía las yemas de sus dedos y molesta por su aspecto lanzó un puñetazo a uno de sus hombros que le dejó dolorida la mano el resto de la tarde.
Le oyó salir del agua. Y contempló con ojos golosos como él secaba las miles de diminutas gotas que recorrían cada centímetro de su musculado cuerpo. Deseó lamerlas, lenta. Muy lentamente.
Él eligió ese momento para dejar de secar su espeso pelo y pillarla in fraganti. Carraspeó e intentó disimular recolocando su bikini.
Era hora de salir de allí o lo que segundos antes desdibujaba su mente no ocurriría cuando volviesen a la casa. Porque de esa noche no pasaría. Ya se encargaría ella y ¡no! no estaba dispuesta a parecer una pasa. Izó su cuerpo ayudándose con el borde y se sentó. Se arrastró como pudo por el enlosado y se acomodó en uno de los bancos de madera que Diego había puesto, días atrás, para usar como apoyo a la hora de levantarse del suelo.
Alargó los brazos en busca de las muletas. El sonido de unos nudillos que golpeaban con fuerza la cristalera la alertaron. La silueta de Daisy se dibujaba a través del empañado del vidrio. Segundos después el perfil de Witch. Alarmada buscó a Diego con la mirada. Algo pasaba.
—¿Señorito Diego?
—¿Sí?
—¡Oh vamos Daisy! Hazte a un lado —gruño Paula y a voz en grito—. ¡Que paso!
—Aquí, doña oportuna —gruñó a su vez Diego a ella—. Qué es tan urgente que no puede esperar…
—Lo sabrás cuando muevas tu bonito culo y vayas para la casa —le espetó Witch malhumorada.
Sheila cuando vio la mirada de enojo de Witch supo que había problemas  serios para que su amiga tuviese su gesto de guerra en la cara.
Daisy que había entrado detrás de Witch, miraba a uno y a otro mientras sus manos nerviosas se frotaban una contra otra.
—Señorito, tiene usted una vi…
—Daisy, por favor— cortó Witch—. ¿Puedes avisar que el señorito Galán ya ha sido informado y que en unos momentos irá para la mansión?
La aludida se sorprendió por la orden, dirigió su mirada hacia el dueño de la casa, Diego asintió en silencio y levantó el mentón despidiendo a la pobre mujer que estaba sudando a mares debido a la situación de la que era testigo. Como alma que lleva al diablo y con gesto de alivio abandonó el recinto.
—Creo, que necesitareis algo más de ropa para llegar a la casa —dijo muy seria Witch.
Sheila estaba alucinada por la actitud de su amiga con Diego después de lo hablado esa misma mañana. Buscó su mirada pero Witch le dio la espalda yendo hacia los vestuarios.
Él, estaba tenso. Sheila podía notar los músculos rígidos en su espalda. Esperaba a Witch al igual que ella, en silencio. Pero mientras ella estaba perdida él parecía intuir lo que estaba ocurriendo en la casa y qué había puesto a Witch de ese humor.
Ésta apareció con dos albornoces y al momento los estaba extendiendo hacia ellos.
Witch se acerco a su amiga, abriendo el albornoz mientras le decía:
—Sheila, cariño, póntelo. Tienes una sorpresa —y miró furiosa a Diego, que frunció el entrecejo y los labios. Recogió las muletas y esperó a que el hombre estuviese preparado.
Salieron en dirección a la casa. Ante las prisas de Paula, aceptó que Diego  la llevase en brazos y atravesaron en silencio el hermoso jardín. Quedaban unos pocos metros para llegar a la terraza cuando a través de la puerta corredera del salón les llegó una desconocida voz de mujer. Desconocida al menos para ella, porque Diego resopló enfadado sobre la cara de Sheila y sus músculos se tensaron aún más.
—Phil, me podrías traer otro Martini. Y esta vez sin aceituna. No sé cuantas veces he de decirte que detesto las aceitunas. Ya deberías de saberlo. Tengo que hablar con Diego sobre el servicio, las cosas van a cambiar mucho por aquí dentro de poco.
—Rebeca, por favor —se oyó una voz de hombre que advertía a la mujer.
—Pero papi —contestó quejosa la voz—. ¿Tú has visto como me mira ese andrajoso?
Diego entró al salón con Sheila en brazos y con voz fría como el hielo habló:
—Phil no es ningún andrajoso, ya quisieran algunas personas ser tan pulcras, honestas y educadas como él…
—Diego, cielo. ¿Dónde estabas? —preguntó entusiasmada la desconocida, ignorando el comentario de él.
Sheila miró a la alta rubia, de pelo ondulado y ojos verde lima, que sonreía seductora a Diego, e ignoraba su presencia.
—Rebeca, ya puedes empezar a disculparte con Phil —contestó Diego haciendo también caso omiso a la pregunta de la atractiva rubia.
—Bueno Diego, ya sabes cómo es nuestra Rebeca —intervino el hombre de mediana edad que miraba al grupo desde uno de los bonitos sofás.
—Su Martini, señorita Rebeca —ofreció Phil.
Sheila abrió la boca y los ojos estupefacta. Al oír hablar así a la mujer, había pensado que el mayordomo había salido hacia la cocina pero el hombre se encontraba detrás de la enorme chimenea, por eso Sheila no le había visto al entrar.
«Sera mal educada» pensó mirándola de arriba abajo, enfadada. Le gustaba Phil, era un hombre discreto, atento, y le encantaba como le sonreía, en el poco tiempo que llevaba allí, habían conectado muy bien, al igual que Daisy. «Niña malcriada».
Sheila estudió con atención la delgada silueta de la mujer que vestía un bonito traje de chaqueta donde discreta se vislumbraba bordada la marca de la firma de alta costura. Embutida en el albornoz se sintió ridícula.
Phil acercó el Martini a la mesa de mármol, poniendo un posavasos debajo de la copa. Rebeca miró al mayordomo y entrecerró los ojos con malicia. Se acercó al sofá, se sentó en él y cruzó las piernas. Observó como al realizar el movimiento estiraba la punta del zapato algo más de lo habitual y empujó la copa que éste le acababa de servir. Un chasquido de cristales rotos sonó en el salón y el Martini seco comenzó a derramarse por el bonito mármol.
—¡Oh! Que torpe soy, lo siento, mi amor  —dijo mirando a Diego y con una voz melosa pero llena de malicia se dirigió a Phil—. Rápido, Phil, limpia este desastre o el Martini dejará mancha sobre el mármol.
Witch bufó y antes de que Sheila o Diego pudiesen interceptarla, se fue derechita a por la rubia.
—¡Oye, bonita, recógelo tú que lo has tirado! y encima adrede.
—¿Cómo puedes decir eso? —contestó Rebeca simulando disgusto en su voz—. Ha sido un accidente. ¿Verdad  Phil? Yo nunca haría nada que pudiese disgustar a mi mayordomo favorito. ¿A qué no?
—No, señorita —contestó el hombre mientras recogía raudo los cristales rotos y comenzaba a limpiar la bebida desparramada.
En sus prisas por recoger, Phil, sin darse cuenta, no había retirado todos los cristales porque un quejido de dolor brotó de sus labios a la vez que una mancha de sangre comenzó a esparcirse mezclándose con el Martini.
—¡Phil! —gritó Witch—.Te has cortado — y fulminó con la mirada a Rebeca que ni se inmutó por el percance—. Déjame ver.
—Vaya por Dios — habló la rubia—. Parece que no ganáis en accidentados en esta casa…
Y entonces sí dirigió su fría mirada a Sheila.
«Así que eso es lo que te ha escocido, bruja» pensó agarrándose aun más al cuello de Diego.
Sheila se sintió observada. Según la miraban esos fríos ojos iban calculando, cuando terminó su escrutinio, una mueca de desdén se dibujaba en los bonitos labios de Rebeca, indicándole con ello a Sheila que no la consideraba suficiente rival para ella. Sheila se comparó, sin quererlo, con la rubia elegantemente vestida. La figura, el porte de la chica y tuvo que reconocer que por desgracia, salía perdiendo.
—Porque sé de la caballerosidad de mi  prometido —y subrayó la palabra— sino estaría celosa de ti… ¿cómo es que te llamas? —preguntó a Sheila.
Sheila se quedó congelada. ¿Prometido? ¿Diego era su prometido? Como si la otra joven le leyese el pensamiento, Rebeca comenzó a juguetear con un anillo de su dedo anular izquierdo. Sin poderlo evitar Sheila le siguió el juego y lo miró. Pudo comprobar que era un solitario con una brillante piedra engarzada en un aro de oro.
—Rebeca creo… —comenzó a decir Diego.
Con un además de la mano, como sin darle importancia, la aludida contestó:
—No importa, mi amor, sabes que no soy nada celosa. ¿Verdad papito?— dijo y buscó su apoyo. El aludido que se había levantado para atender también al mayordomo suspiró sonoramente.
Witch, que trataba de cortar la hemorragia de Phil, miró a Sheila diciéndole con la mirada: «Vamos, a qué esperas. Lánzate a su yugular».
Sheila bajó los brazos del cuello de Diego, entrelazó las manos sobre su regazo y mirando a Diego a los ojos susurró:
—Creo que deberías bajarme.
Diego la miró en silencio, sus ojos le taladraban como intentando leer sus pensamientos, ella miró los labios carnosos del hombre que ahora eran una fina línea, el mentón marcado por sus dientes apretados. Diego se disponía a decirle algo y ella se le adelantó.
—Por favor, Diego, bájame.
El hombre, inspiró profundamente y con un sutil meneo de su cabeza, la soltó con delicadeza sobre uno de los pubs.
—Ven cariño —dijo con tono de satisfacción Rebeca—.  Siéntate a mi lado — y posó una cuidada mano de largas uñas sobre el mullido sofá.
—Sí, Diego —intervino el padre de Rebeca—. Tenéis que hablar de todos los preparativos. No queremos que nos pille el toro, ¿no? —y prosiguió con su ayuda.
Sheila los miro a los tres. Así que era verdad. La rubia no se estaba tirando ningún farol. Tenían que hablar sobre los preparativos de la boda.
Miro a Diego que hizo caso omiso al mandato de su novia y se acercó al grupo.
—Déjame ver, Phil —le dijo al hombre.
— ¡Oh, señor, no es nada! Un pequeño rasguño —contestó e intentó zafarse de los dedos de Diego. Pero este desoyó y levantó el paño manchado de sangre, para observar la herida.
—Ese corte necesita puntos. Prepárate porque nos vamos al hospital.
—Pero, Diego, cariño— se quejó estridente Rebeca—.  Ahora no te puedes marchar. Tenemos mucho de qué hablar y estoy segura de que Phil puede arreglárselas él solito. ¿Verdad Phil?
—Sí, señorita.
—Pues yo creo que no —fue la firme respuesta de Diego—. Avisaré a Daisy. Con permiso voy a cambiarme.
Comenzó a dirigirse hacia la puerta del salón cuando se giró y dirigiéndose al hombre de mediana edad habló:
—Alfredo, si me disculpas. Creo que el lunes podríamos tratar esos asuntos… y creo recordar que dije bien claro que este fin de semana estaría ocupado…
—Sí, Diego —dijo el hombre— pero ya sabes cómo es Rebeca, insistió en venir a verte para aclarar ciertas dudas…
Diego salió y sus fuertes pisadas se oyeron al ascender los escalones con rapidez.
—Pero papi ¿no nos iremos, verdad? Podemos esperar aquí a Diego hasta que vuelva.
—Creo que no, cariño —contestó el hombre—. Es hora de que nos vayamos…
Un mohín de disgusto afeó los bonitos labios pintados de rojo de la joven.
—…y no quiero mohines, te lo advierto.
Viendo que esa baza la tenía perdida, una sonrisa melosa y falsa apareció en sus labios.
—Bueno, pues por lo visto, aquí sobramos todos —y esto último lo dijo mirando y dirigiéndose a Sheila en particular—, no es verdad… ¿señorita…?
—Sheila, me llamo Sheila.
Los fríos ojos verde lima la miraron.
—Bueno pues Sheila —repitió sibilina—. Encantada de haberla conocido —acercándose más a ella le dijo en un susurro—, aunque lo dudo mucho.
Ella se mantuvo en silencio. La otra mujer al ver que su rival no se inmutaba se agachó a su altura.
—¿Has probado la cama con dosel? —susurró venenosa.
Los fríos ojos brillaron de satisfacción al ver como la cara de Sheila empalidecía.
continuación—Da mucho… juego ¿verdad?
Esas palabras se clavaron en sus entrañas. Y pensar que ella misma había tenido esos pensamientos y que esa desagradable mujer había compartido ese colchón con Diego le provocaron nauseas. Tragó saliva y miró el bello rostro. Su sonrisa triunfal. Esto hizo que Sheila simulando una calma que no sentía, sonriera maliciosa y espetó:
—No lo sabes tú bien.
Su piel se erizó cuando vio el destello de maldad del rostro de Rebeca.
—Por tu bien espero que te mantengas alejada de él —volvió a susurrarle amenazante—. No lo olvides.
Diego apareció de nuevo en el salón. Llevaba el pelo mojado peinado hacia atrás, el mechón rebelde caía sobre su frente. Sheila deseó acercarse para colocarlo en su sitio. Pero se conformó con pasear su mirada por él. Se había puesto unos vaqueros azul oscuro ceñidos a las piernas, zapatos negros de sport y un ajustado suéter gris que marcaba los músculos de su liso abdomen.
«Ni un gramo de grasa. Todo músculo». Sacudió su cabeza. «Idiota. Mema. Está comprometido» y sin saber porqué recordó el bolero cantado con su voz varonil mientras se duchaba en el despacho.
—Diego, cariño, el lunes entonces nos vemos —dijo la rubia alzando la voz y aparentó que se despedía de Sheila—. Vamos papá.
Lanzó una última mirada letal a su rival y salió con su elevado porte por la puerta doble del salón, su padre la siguió en silencio mientras con un gesto se despedía de los presentes.
—Adiós Alfredo. Espera aquí Phil voy por el auto  —y se dirigió a Sheila y a Witch—.Y vosotras, esperadnos aquí hasta que volvamos. Lo que necesitéis pedídselo a Daisy.
Aunque hablaba en plural su mirada se clavó sobre los ojos color miel de Sheila. Sus ojos parecían decirla: «Tenemos que hablar». Como ella no le respondía, arqueó su ceja. La chica asintió y Diego giró y desapareció por la puerta.
Segundos después se oyó un portazo y el ronroneo de un coche al arrancar.
—Estúpida bruja engreída —escupió Witch—. Me han dado ganas de coger ese ondulado pelo y arrastrarla por todo el camino de gravilla hasta la puerta de salida.
Una leve risita se oyó en el salón. Las chicas miraron a Phil, que asentía a Witch, mientras le agarraba la mano con gesto cariñoso. Paula,  espontánea, le soltó un sonoro beso en su enjuta mejilla.
—Señorita Sheila —comenzó a decir Phil—. No debería usted…
—Déjalo, Phil —le interrumpió—. No te preocupes.
Phil miró a Witch que meneó la cabeza. Un claxon sonó en el exterior de la casa. El viejo mayordomo se dirigió hacia allí.
—Gracias, señoritas. Hasta pronto —y salió.
Estaban solas en el enorme salón. Witch miró a Sheila en silencio. Los ojos de su amiga estaban perdidos en algún punto del espacio. Llenos de dolor.
 «Puto Diego de los güess». ¿Las había engañado a las dos? Había algo que no encajaba. Lo sabía. Lo intuía. Esos dos estaban predestinados el uno para el otro. Solo había que ver como conectaban y algo no encajaba en lo que acababa de presenciar. Inspiró para darse ánimos al dirigirse a su amiga.
—¿Sheila?
—¿Hm? —contestó sumergida en sus pensamientos.
Chasqueó los dedos frente a la cara de Sheila, que dio un respingo volviendo al salón.
—Subo, preparo nuestras maletas en un santiamén y nos vamos.
—Sí… vale —contesto Sheila en un susurro.
—Espérame aquí…
 Sheila asintió. Oyó como Witch subía los escalones con agilidad.  Después el portazo de una puerta al cerrarse.
 Quería irse a casa. A su casa. Ahora sí que necesitaba pensar. Pensar y cerrar esa enorme cicatriz sangrante que sentía en su corazón. Gota a gota. Notaba como se iba sintiendo vacía. Todo lo que él le había hecho sentir y todo lo que sentía por él. Ahora sí lo sabía, ahora que le había perdido, no servía para nada. Nada. Exacto. Eso es lo que tenía. Nada. Lágrimas de desesperación comenzaron a brotar de sus ojos.
No se lo podía creer. Estaba pasando de nuevo. Se había enamorado de un hombre que no le correspondía. Al igual que Carlos, le había dejado tener falsas esperanzas pensando que lo que había nacido entre ellos tenía futuro. Pero lo de Diego era aún más grave. El muy cerdo estaba comprometido y con una fecha cercana al matrimonio. Y esa arpía.
Pero esta vez sería distinto. Cortaría de raíz la mala hierba. No dejaría, como en su antigua relación, que él tuviese la desfachatez de engañarla con mentirosas súplicas y falsas promesas.
Había madurado, sabía lo que quería y no estaba por la labor de tener que recoger los pedazos de su corazón y esperar que el tiempo, interminable, cicatrizase la profunda herida.


continuación