jueves, 25 de junio de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capitulo 7)



En silencio, Sheila, contemplaba como el paisaje que circundaba la carretera pasaba veloz ante sus ojos.
En los asientos delanteros del automóvil de Diego, este y Witch parloteaban animados. Ella, sentada atrás con la pierna escayolada extendida, se sentía relegada a un segundo plano por la pareja.
En su interior el fantasma de los celos crecía por momentos. Se dijo que era absurdo. Paula y Diego tan solo habían conectado y charlaban como dos amigos. Pero eso no calmó sus celos. Paula era SU amiga no la de él. Y él era SU… ¿Qué era él en realidad? ¿Su amante? ¿Su profesor? Gruño entre dientes.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Diego atento a todos sus movimientos.
—Sí —respondió cortante.
Los ojos de él se encontraron con los suyos a través del espejo retrovisor. Se movió inquieta ante la inquisitiva mirada. Esperaba una respuesta por su parte porque segundos después su ceja se alzó incisiva. El tiempo transcurría y Sheila se mantuvo firme en su tenso silencio hasta que se percató que Diego seguía con su escrutinio en vez de ir pendiente del tráfico, que veloz se desplazaba a su lado.
—Haz el favor de poner atención a lo que estás haciendo —increpó.
Paula se giró asombrada para mirarla. En sus ojos pudo leer un mudo reproche por sus palabras. Él, tan solo entrecerró los ojos, suspicaz y un silencio sepulcral se hizo dentro del vehículo.
Suspiró enfadada consigo misma. Se sentía estúpida e infantil pero el batiburrillo de sentimientos en su interior no la dejaba pensar con claridad.
¿En qué maldito embrollo se estaba metiendo? ¿Cómo afectaría de ahora en adelante sus encuentros con Diego en su vida diaria? Porque una cosa eran un par de besos y caricias inocentes y otra muy distinta haber acabado en la cama.
¿Inocentes se había dicho? Rememoró esos instantes y de ingenuos no tenían nada de nada. Tórridos, calientes. La tensión sexual entre ellos se podía cortar con unas tijeras desde el primer día y el resto había venido rodado.
Y es que no sabía qué demonios tenía ese hombre situado delante de ella que hacía que su corazón palpitase a mil por hora y sus hormonas bailaran revolucionadas en su torrente sanguíneo.
¡Sí! Eso debía ser. Las hormonas.
—Menuda excusa absurda —farfulló su subconsciente.
Antes de encontrar una respuesta a su Pepito Grillo y sosegar los remordimientos, la voz de Paula la sacó de sus pensamientos.
—¿Se puede saber dónde vamos? —preguntó a Diego.
Este atento a la conducción tardó unos minutos en responder.
—A mi casa —explicó conciso.
—¿Qué? —exclamaron ambas mujeres al unísono.
—Tú estás loco —indicó Witch—. Ya puedes dar media vuelta.
—No.
Intuyendo la batalla que se avecinaba y que el genio de Paula iba a provocar mayor tensión entre ellos, Sheila intervino.
—¿Diego? ¿Se puede saber cuándo has tomado esa decisión?
Silencio.
—Y sin consultarnos siquiera —protestó Witch.
Él, sin inmutarse, contestó:
—Dadas las circunstancias pienso que es lo mejor para ti —y buscó el rostro de Sheila en el reflejo del espejo.
Sus ojos se encontraron y antes de que ella pudiera poner alguna objeción continuó:
—Vives en una segunda planta, en un edificio sin ascensor. Paula no puede cargar contigo para que puedas ir a diario a la universidad y aunque mi casa es de dos plantas, yo dispongo de servicio doméstico y puedo transportarte sin ningún tipo de problema.
Mierda. ¿Quién refutaba sus palabras? Tenía toda la maldita razón. Gruño.
—¿Tienes criados? —Preguntó asombrada Witch—. Vaya.
«Menuda ayuda» fulminó con la mirada a su amiga cuando entusiasmada la miró. Por toda respuesta Paula le sacó la lengua.
—No consideraría a Phil como un criado más bien lo considero un miembro más de mi familia.
—¿Vives con tus padres? —interrogó de nuevo Witch.
Desde luego su amiga era única a la hora de distender el ambiente ya que la carcajada de Diego llenó el pequeño habitáculo.
—No, vivo solo —aclaró—. En realidad en mi casa viven Phil y Daisy. Él es mi ayudante personal y ella es la cocinera pero ambos disponen de sus propias dependencias.
—Phil… Daisy —enumeró Witch—. Si eres español ¿a qué vienen esos nombres ingleses?
De nuevo él rió.
—Bueno, la verdad es que mi padre es ingles pero mi madre es española y yo tengo ambas nacionalidades —esclareció—. Con respecto a Phil, cuando decidí mudarme a España, mi madre no estaba por la labor y su condición, inamovible, fue que me trajese a Phil. Lleva trabajando para la familia desde que yo tengo uso de razón.
»Como mi relación con él siempre ha sido excelente no me opuse. La verdad es que en mis treinta y tres años de vida él ha sido más tiempo padre y madre que los biológicos.
El tono de Diego no denotaba ningún tipo de resentimiento hacia sus padres. Sin embargo, Sheila detectó que él hubiese preferido la atención de estos.
La imagen de los suyos propios inundó su mente. Ella era la pequeña de dos hermanos. Su madre jamás había ejercido otro oficio que el de sufrida ama de casa y el amor que sus padres les demostraron, y aún seguían mostrando, hacía que aunque se independizó de ellos durante sus estudios universitarios yéndose a vivir con Witch, su relación era constante y habían acogido a su amiga de la infancia como una hija más.
Antes de que alguna de las dos pudiese seguir con ese interrogatorio Diego desvió el coche hacia una salida de la autopista.
Sheila pudo vislumbrar el nombre de un conocido barrio de la capital en el que vivía la clase adinerada. Muy adinerada.
Y estaba en lo cierto. El BMW del profesor paró frente a una barrera donde un vigilante de seguridad privada le saludó y con una sonrisa les dio acceso. Sheila se preguntó cómo el sueldo de un profesor, por muy catedrático que fuese, podía permitir que su dueño viviese en ese status.
Al llegar al final de una empinada calle Diego frenó el automóvil. De la guantera del coche sacó un mando a distancia, que accionó, y las bonitas y pesadas puertas de forja antigua se desplazaron, dándoles paso hacia un sendero de grava rosada.
De nuevo el coche se puso en marcha y acercó a sus ocupantes hacia la entrada principal de la casa. Atravesaron un cuidado y hermoso jardín repleto de rosales, donde espléndidas flores color vino ensalzaban su belleza.
El ruido de los neumáticos sobre la gravilla tuvo que poner sobre aviso a los habitantes de la casa porque cuando se detuvo el vehículo Sheila comprobó que al inicio de la escalinata que daba acceso a la mansión, la figura de un hombre mayor vestido de mayordomo les esperaba.
Solicito bajó con una rapidez inusitada para la edad que aparentaba y abrió la puerta acompañando el gesto con una reverencia ante Witch que descendió del auto  estupefacta.
 —G-gracias —balbució.
Sheila contuvo la risa. Colocó el pie escayolado sobre la mullida alfombrilla y deslizó su cuerpo a lo largo del asiento hacia la puerta pero no fue Phil quien la abrió con ímpetu sino Diego que acomodó sus anchos hombros en el hueco y sin previo aviso introdujo sus brazos y la acercó a su tórax alzándola sin aparente esfuerzo.
No tuvo más remedio que rodear con los brazos el cuello de su porteador para afianzarse.
—No deberías molestarte, en el hospital nos proveyeron de unas muletas —adujo.
—No hay inconveniente.
 El tono de su voz no desvelaba su estado de humor pero pudo comprobar que estaba enfadado con ella por la tensión que marcaba su mandíbula.
Subió los peldaños con rapidez al tiempo que hablaba.
—Buenas tardes Phil. Dile a la señora Daisy que tenemos invitadas.
—Buenas tardes señor, enseguida la aviso.
El mayordomo ascendió de nuevo los escalones de acceso a la casa. Sujetó la puerta,  y esperó a que pasasen.
Si la mansión les pareció grandiosa por fuera su interior las dejó boquiabiertas.
Witch le lanzaba significativas miradas mientras ella intentaba disimular su estupefacción.
Se hallaban en el hall, que era del tamaño de su apartamento. Una enorme claraboya de cristal, donde la silueta tallada de unas rosas bañaba de tonos verdes y rojizos la estancia,  dejaba penetrar la luz del día. Las paredes estucadas en color crema reflejaban este arcoíris.
Apliques de forja en tono plateado se distribuían a lo largo de todo el recibidor. Unos óleos en tonos grises eran los únicos cuadros de la estancia.
Una consola negra con mármol blanco y una vitrina labrada de igual tono, cuyas baldas mostraban diversos objetos decorativos, ocupaban el espacio entre las puertas repartidas por el vestíbulo. Para extrañeza de Sheila tan solo eran tres: una puerta doble a su izquierda y otras dos a su derecha.
 Pero lo que más la cautivó fue que del centro de la habitación partía una enorme escalera que unos cuantos peldaños más arriba se dividía en dos, dando acceso desde ese descansillo a ambas alas de la casa. Una barandilla de madera blanca rodeaba en un perfecto cuadrado toda la planta superior, y a través de ella se podían adivinar distintas puertas de igual color, que debían de dar paso a las habitaciones superiores.
Por una de las puertas de la derecha apareció de nuevo Phil que se acercó a la pareja.
—Bien señor. ¿Han comido ustedes ya? Daisy puede prepararles lo que deseen en un momento —preguntó servicial el mayordomo.
Diego les miró, interrogándolas. Ellas se mantuvieron en silencio. Phil carraspeó en espera de una respuesta. Witch fue la primera en hablar.
—Unos emparedados y par de Coca-Colas no estarían mal, si no es una molestia, por favor.
Phil le sonrió asintiendo.
—Voy a decírselo a Daisy. Señor, si me permite una sugerencia, creo que las señoritas disfrutarían del refrigerio mucho mejor en la terraza del salón. Hoy hace un día magnífico para disfrutar del jardín.
—Por supuesto Phil.
El mayordomo desapareció de nuevo por la puerta. Witch imitó a Diego que con Sheila en sus brazos se aproximó a las puertas dobles acristaladas. La compañera de Sheila abrió solícita estas dándoles paso al salón.
Lo primero que llamaba la atención del mismo era la chimenea circular de hierro fundido que se encontraba justo en el centro y alrededor de ella, se ubicaban las distintas zonas. Por detrás había un enorme ventanal con dos puertas correderas por las que se accedía a una inmensa terraza con porche.
A la izquierda de la enorme estancia se encontraba la zona de comedor. Al lado derecho de la chimenea se ubicaba la zona de descanso con dos enormes sofás de piel color crema, una bonita mesa de patas de aluminio con sobre de mármol blanco veteado en rosa y varios pubs en tonos chocolate y naranja diseminados alrededor de los sofás.
Pocos objetos adornaban los muebles y paredes. Varias piezas de arte, unos cuantos cuadros abstractos y poco más.
Se dirigieron hacia el gran ventanal cubierto por un visillo ligero de gasa que, al abrir Paula la puerta, se elevó en bonitas ondas con la suave brisa del jardín.
En la terraza se encontraron una gran mesa de teca con sillas a juego y con almohadones de loneta color crema. Diego depositó en una butaca a Sheila y Witch se desplomó en otra.
—Mientras Daisy prepara nuestro almuerzo, me voy a poner más cómodo. ¿Os importa?
Negaron con la cabeza y él penetró hacia el interior de la casa.
Segundos después Witch explotó:
—Has sido una grosera.
Sheila alzó la mirada hacia su amiga.
—En el coche —explicó.
Pero sobraba la aclaración porque sabía a qué momento se refería Paula.
—¿Se puede saber que bicho te ha picado? Deberías estar agradecida.
Sí y lo estaba. Pero como explicar sin ofender a Witch que el demonio de los celos se había colado en su corazón. Que una oscura rabia le roía en su interior cuando les veía conversar como dos viejos amigos.
Que se sentía insegura, fea y sosa si se comparaba con ella y su arrolladora personalidad. Jugueteó nerviosa con sus manos mientras buscaba las palabras adecuadas. No hizo falta. Después de todos los años compartidos se conocían demasiado bien.
—¿Crees que estoy interesada en Diego?¿No es eso?
Denegó con excesiva rapidez.
—¡Touché! —fue toda la respuesta de Witch.
—Lo siento. Te pido disculpas.
—No lo sientas. Estás en tu derecho —tras unos minutos de silencio prosiguió—. No te niego que el joio está como un queso pero no es mi tipo. A mí me van los malos.
»Además —continuó—. Mírame. ¿Tú has visto que pintas llevo? No pegó aquí ni con cola. En cambio tú…
Sheila rió. Agradecida estiro la mano y apretó con afecto la de su amiga.
—No te niego que este lujo me atraiga —continuó—. ¡A nadie le amarga un dulce! Pero te olvidas de lo más importante.
—¿Qué?
—Que no es a mí a quién Diego rescató en el campus.
—¿Diego?
Witch se enderezó en su asiento. Así que Sheila no lo sabía. ¿Por qué Diego no se lo habría dicho? Al encontrarlos la mañana siguiente liados, había dado por hecho que él le había contado todo.
Witch tanteó antes de entrar al asunto.
—Vamos a ver ¿tú recuerdas lo que te ocurrió esa noche?
—Sí —contestó rígida Sheila—. Hasta el momento en que llegó el amigo de Diego y me rescató. Luego nada de nada.
—Pero que amigo ni que ocho cuartos. El que te rescató fue Diego —informó—, el que te llevó a casa y te lavo, curó y cuidó toda la noche fue él porque a mí ni me dejó acercarme hasta que tú me pediste ayuda para asearte antes de ir al hospital. ¿De dónde sacas lo del amigo?
—Pe-pero yo le comenté…
—¿Sí?
—Yo le comenté que el desconocido había dicho su nombre y él me dijo… espera un momento. Yo le dije: él te conocía, dijo tu nombre… y él me contesto: sí, seguro que sí o algo parecido.
—Y se quedó calvo… si no se va a conocer a él mismo… ya me dirás —Witch resopló. Luego tras un corto espacio en silencio dijo—. Estoy segura de que se quedó tan aturdido al encontrarte así que no le ha dado la mayor importancia a lo que hizo.
Sheila la miró, en silencio negó con la cabeza. Pasados unos minutos, habló.
—No, es porque se siente culpable.
—¿Culpable? No entiendo. Si él te rescató.
—Sí. Pero según Diego, él provocó que yo tuviese el incidente.
Y Sheila pasó a contarle a su amiga lo ocurrido en el despacho y lo del encuentro del campus.
—Lo mato —bufó furiosa Witch—. En cuanto baje lo mato. No, no. Primero le saco esos bonitos ojos azules con los que te cameló, se los hago tragar con su bonita boca perfecta y después sí, lo mato. Y encima con su propia arma.
—Witch, tranquila, al fin y al cabo, él me rescató y me cuido…
—Sí, pero no tendría que haberlo hecho si antes no se hubiese comportado como un capullo por no poder echar un polvo y desahogarse.
—Y encima buscar por el sitio equivocado —dijo la voz profunda de Diego.
Sheila y Witch  le miraron. Diego de pie, con unos pantalones de lino de un blanco inmaculado y una camisa ibicenca del mismo tono, las contemplaba discutir muy serio.
—¡Capullo! —Le espetó Witch—. Por tu culpa podría haber perdido a mi mejor amiga.
Sus ojos ardían con furia contenida y se enrasaron de lágrimas. Se tapó la boca intentando ahogar los sollozos que se agolpaban en ella.
Sheila extendió sus brazos ya que la maldita escayola le impedía correr a consolar a su compañera del alma. Witch corrió hacia ella y arrodillándose entre sus brazos la abrazó. Ambas comenzaron a llorar desconsoladas.
Diego inspiró hondo y en silencio fue a sentarse en la misma butaca que Witch había dejado libre.
 Les dejó desahogarse. Lo necesitaban. Hasta él lo necesitaba. La tensión de las últimas horas había hecho mella en los tres. Por fin, al cabo de un buen rato, los sollozos de las chicas disminuyeron.
Diego se aclaró la garganta y habló.
—Cuando cerraste la puerta del despacho —hablaba con Sheila, mirándola con sus profundos ojos—, caí en la cuenta de que irías hacia el aula para salir al exterior. No podías saber que a esas horas ya estaba cerrada. Me vestí lo más rápido que pude y cuando salí al pasillo, al no verte, deduje erróneamente que habrías encontrado la puerta del aula abierta, a veces se les olvida cerrarla, así que me dirigí hacia la puerta de emergencia y cogí mi coche.
Tomó aire antes de proseguir. Las chicas seguían en silencio su relato de los hechos.
—Pero en vez de ir hacia la zona donde te encontré rodeé el camino de tierra que bordea el campus que tenías que atravesar para llegar al metro. Estaba tan disgustado por lo que había pasado y tan ofuscado intentando encontrar tu silueta en la oscuridad, que no caí en la cuenta de que podías haber salido por donde yo lo había hecho.
Sheila y Witch escuchaban atentas.
—Perdí más tiempo yendo a buscarte a la boca del metro, comprobar que estaba cerrada y volver hacia atrás pero ya por el camino iluminado —atusó tenso su pelo.
»Porque era imposible que hubieses llegado antes que yo con el coche —bufó enfadado consigo mismo por su estupidez—. Cuando desde mi coche, a lo lejos, vi el grupo de chavales, pensé en acercarme para preguntarles si te habían visto.
Sheila y Witch escuchaban las palabras de Diego que salían de su boca con angustia y dolor. No hicieron nada para interrumpirle.
—Cuando faltaban unos cincuenta metros, algo extraño en su comportamiento, me alertó y aceleré el coche.
—Sí, lo oí —susurró Sheila.
Witch le apretó la mano para indicar que callase.
—Vi que estaban golpeando a alguien, decidí pegarles un buen susto y frenar a pocos centímetros de ellos.
—Sí, tamb… —Witch tiró de su mano.
—Vislumbré entre sus piernas la tela de tu vestido. De repente, todo se tiñó de rojo ante mis ojos. Solo quería matarlos. Si te habían hecho algo yo… yo… —se tapó los ojos con su mano y los frotó con fuerza. Inspiró profundamente para calmarse—. Tomé mi arma de la guantera y salí dispuesto a lo que fuese. Y lo demás ya lo sabéis.
Diego calló. Su mano atusó de nuevo su frondoso pelo. Volvió a frotarse los ojos. Enrojecidos por las lágrimas. Las dos mujeres le miraban boquiabiertas. Nunca se habrían esperado ver a ese hombre, tan imponente y seguro de sí mismo, llorar.
Los tres se miraron en silencio. No hacían falta más palabras. Estaban totalmente conectados. Amigos. Amigas. Amantes.
Witch fue la primera en romper el hielo.
—¿Diego? —susurró.
Él la miró. Esperando oírle despotricar  más por su idiotez.
—Vete a buscar tres cinco estrellas para todos.
Witch y Diego se miraron. Unos instantes después se sonreían abiertamente y en paz. Sheila miraba a uno y a otra. Perdida.
—¿Me he perdido algo? —preguntó.
Las carcajadas de ambos estallaron en el aire.
—Aquí está lo que han pedido las señoritas —dijo Phil que entro empujando  una carrito auxiliar repleto de alimentos y distrayéndoles por completo.
Mientras daban buena cuenta de ella, le contaron a Sheila lo sucedido en la sala de espera. Los tres reían sin parar. Después de terminar la copiosa comida, durante el café, Witch le preguntó:
—¿De verdad que tienes un arma?
—Sí. ¿Quieres verla? La tengo en el coche. Esperad.
Salió hacia el jardín que rodeaba la terraza. Las chicas supusieron que hacia el garaje. Al cabo de unos minutos, volvió. Y efectivamente, traía un arma en la mano.  Se sentó de nuevo, no sin antes dejar el arma delante de las chicas, que le miraban con los ojos muy abiertos.
—¿Qué modelo es?—preguntó Sheila.
—Una magnum —explicó él.
—¿Puedo? —interrogó Witch estirando su mano para coger el arma.
—Witch —espetó Sheila, a quien no le gustaban las armas.
—¿Qué? Solo quiero saber lo que se siente al tener una de estas entre las manos.
Diego asintió y respondió:
—Yo no sabría decirte.
Le miraron extrañadas por el comentario. Diego sonrió enigmático.
Phil entró en ese momento a recoger el servicio.
—Phil, por favor —le dijo Diego—. Le importaría acercarme la caja de puritos del salón.
—No faltaba más, señor.
En un momento, el mayordomo se acercó con una bonita caja de plata, la abrió y allí estaban los puritos cinco estrellas como bien reconoció Witch.
Diego cogió tres entre sus largos dedos y extendió uno a cada una de las chicas. Witch se lo llevó a los labios y Sheila lo miraba curiosa.
Diego se levantó y tomó de entre las manos de Witch la Magnum. Las chicas le miraron, quietas. El hombre echó el percutor hacia atrás. Jadearon asustadas. Y antes de poder decir nada, Diego apretó el gatillo, apuntándolas. Ambas gritaron. Silencio. Abrieron sus ojos de nuevo, mirándose y esperando que alguna estuviese herida o muerta. Y se encontraron a Diego, encendiéndose el cigarro con la llama azul que salía por la punta de la enorme pistola.
—¿Un mechero? —gruñó Witch decepcionada—. ¿Defendiste a mi mejor amiga con un mechero?
Diego asintió, mientras exhalaba el humo rojo.
—Y con mis puños, no lo olvides.
Y satisfecho de dejar a ambas, por una vez, aturdidas y en silencio, les ofreció fuego.




Los gruñidos de su estómago vacío le despertaron. Se removió inquieta bajo las sábanas.
«¿Sábanas?» Lo último que recordaba era estar sentada en la terraza disfrutando del sabor de los cigarros especiales de Diego.
Vaya. Los cinco estrellas como había bautizado Witch la habían derrotado.
Abrió los párpados y sus ojos se encontraron metros más arriba con un dosel en tono marino y crudo. Se izó y estudió la habitación con detenimiento.
A su derecha, a la altura del pie de la enorme cama de forja, una sencilla chimenea de piedra caliza llamó su atención. Varias cajas de madera decoraban la repisa. Más allá de esta la pared estaba cubierta por un panel de madera.
Un velador circular y una mesita en madera oscura hacían las veces de mesillas.
A través del enorme ventanal de su izquierda le llegó el aroma avainillado en forma de volutas.
Diego, apoyado en la balaustrada de la terraza contemplaba en silencio el paisaje. Se deleitó estudiando su figura, su rostro relajado, jugaba con el humo del cigarro. Sonrió y deseo abrazarlo pero por más que buscó las muletas no estaban en el cuarto. Supuso que él la habría llevado en brazos hasta allí.
Chascó la lengua y ese leve sonido llamó la atención de él que raudo se giró a mirar. Le sonrió, dejando ver sus perfectos dientes, apuró la última calada del pitillo y desapareció unos instantes de su vista.
Segundos después su silueta enmarcaba el ventanal. Se acercó con largas zancadas hasta la cama.
—Buenos días perezosa —y rozó con ternura sus labios—. ¿Te he despertado?
Negó con la cabeza.
—Tengo hambre —fue su explicación.
Él rió.
—Normal, ayer no cenaste.
—No recuerdo nada después de que tomásemos el café.
Volvió a reír.
—El cigarro te dejó totalmente noqueada.
Una mirada pícara brilló en sus ojos.
—Ya sé lo que no tengo que ofrecerte si quiero tenerte activa por las noches.
Sheila se ruborizó pero su lado travieso quiso continuar la chanza.
—Sabes muy bien lo que me tienes que dar para mantenerme ocupada.
Los ojos de Diego centellearon y en cuestión de segundos Sheila se encontró tumbada de nuevo sobre la cama y con él a su lado.
Comenzó a besarle el cuello, el olor de su piel le volvía loco y saber que debajo de las sábanas estaba desnuda aún más.
La noche anterior tan solo le había dejado puestas unas diminutas bragas de encaje.
Ella gustosa rodeó con sus piernas las caderas del hombre. Notó que algo duro se apretaba sobre los tejanos. Pero una vibración acompañada de unos pitidos la sacó de su error.
Maldiciendo entre dientes Diego se separó de ella y sacó el móvil. Sheila observaba como leía el mensaje y con gesto ceñudo tecleó la respuesta que envió.
Le notó tenso.
—¿Ocurre algo?
La miró unos segundos y denegó con la cabeza.
—Trabajo —fue la lacónica respuesta.
Sheila iba a insistir cuando un sonoro gruñido partió de su vacio estómago.
—Será mejor que pongamos remedio a eso. Ahora vuelvo.
Diego salió hacia la terraza, minutos después apareció con un batín de seda masculino.
—Es lo único que he encontrado que pueda ajustarse a tu tamaño —indicó él—. Vamos, antes de que Daisy me regañe por matarte de inanición.
Asintió mientras se ataba la holgada prenda y remangaba la tela sobrante, permitió que él alzase su peso de la cama pero se sintió molesta por la falta de confianza que él había demostrado momentos antes.
Cierto era que no sabían casi nada de su vida el uno del otro pero esperaba que lo que habían compartido hubiese acercado más su relación. Parecía ser que estaba equivocada y lo que para ella había sido algo más que sexo para él no.
«Y ¿qué esperabas? ¿Un contrato matrimonial firmado y sellado?» Por supuesto que no, se respondió a sí misma pero… bueno algún que otro sentimiento que le diese a entender que ellos tenían algo especial, sí.
Se encogió de hombros mentalmente y no quiso entrar en divagaciones sobre el asunto que no le iban a llevar a ningún sitio. Así que sacó fuerzas de flaqueza, dibujó una de sus mejores sonrisas en los labios y contestó en tono jovial a Diego:
—¡Dios no lo quiera! Llévame en tus brazos querido a probar los apetitosos manjares de tus cocineros.
Él, replicó algo más animado:
—A sus pies doncella mía.
Y abandonaron entre risas la alcoba.
Ya en la planta baja, Diego la dejó en la misma butaca del día anterior y se sentó a su lado. No acababan de acomodarse cuando Daisy apareció con el desayuno de ambos.
—Buenos días, Daisy. ¡Hum! Qué bien huelen esos croissants. ¿Los ha hecho usted?
—No señorito Diego —Sheila intentó disimular la risa al oírle llamar así—. Los ha traído la señorita Witch.
Según terminó de decirlo la cocinera, se oyó la voz de Witch atravesando el jardín. Corría como loca en ¿bikini? Sheila parpadeó aturdida.
—¡Dejadme alguno! Me voy a la piscina a darme un chapuzón y ahora os veo…—parloteó con rapidez.
—¡Vale! —le gritó también Diego.
«¿Piscina?¿Qué piscina?». Ella no había visto ninguna piscina en el jardín. Miró a Diego interrogante. Pero él estaba enfrascado esparciendo una más que generosa cantidad de mermelada de fresa sobre el pequeño croissant, desbordando los lados.
—¿Diego?
—¿Hm? —Contestó él mientras se llevaba el bollo a la boca y lo mordía cerrando los ojos con plac—. Como me gustan estos croissants, tienes que decirme donde los compra Witch.
—Te llevaré algún día…
—¿Qué ibas a decirme, perdona? —se disculpó Diego engullendo el bollo.
—¿A qué piscina se refiere Witch?
—La que está en el jardín —y dejándole con más dudas se concentró en volver a preparar otro de los deliciosos bollos.
«¡Hombres!» gruño para sus adentros «Les pones una buena comida y una buena sesión de sexo y se abducen».
Comprendiendo que no iba a sacar nada más en claro hasta que el estómago  de Diego no estuviese satisfecho le imitó. Acababan de terminar sus desayunos cuando vieron acercarse a Paula.
—¿Me habéis dejado algo? —dijo Witch sentándose con ellos a desayunar —. ¡Ah! Ya veo que sí. Sheila ¿no quieres ninguno? Mira que es raro porque tú los devoras —y tomó uno de los bollitos y le untó mermelada en cantidad. Mordió deleitándose—. ¡Mmm! Qué bueno.
Parte de la mermelada cayó sobre la blanca toalla que Witch llevaba atada alrededor de su cuerpo.
—Mira como te estás poniendo Paula —regañó Sheila—. Siempre te ocurre lo mismo.
—¡Ups, lo siento!
Ante la mirada de advertencia Witch exclamó airada:
—Además, mami, si no me manchase la lavadora no tendría trabajo.
La carcajada de Diego ante el descaro de ella no se hizo esperar. El temblor de la risa hizo que su mano vibrara y ¡PLOF! Un grueso hilo de mermelada se deslizó ipso facto encima del tejano blanco de él.
Witch le miró, los ojos de él brillantes por las lágrimas de risa contenidas. Las carcajadas de ambos sonaron, haciendo que Sheila, al final, terminase uniéndose a ellos.
—Sois un caso —les dijo. Y ya mirando a su amiga le preguntó—. ¿Qué tal estaba el agua? Demasiado fría a estas horas ¿no?
—No, como ayer tarde, bien.
—¿Ayer tarde? —preguntó perdida.
—Claro —exclamó Witch—. Como tú te pillaste un pedal impresionante con el purito cinco estrellas y Diego tuvo que subirte al cuarto, no pudiste ver la piscina. Está allí, detrás de esos arbustos que no te dejan ver. ¡Es una pasada! —Explicaba a su amiga—. Es una piscina cubierta, por eso el agua está genial a… ¿cuántos grados Diego?
—Normalmente a veinticinco grados pero como Paula ayer se quejó de que estaba fría la subí a treinta grados anoche, porque mira tú por dónde, me imaginaba que la usarías de nuevo.
La aludida le sacó la lengua y siguió contándole a Sheila.
—El bañito me dejó como nueva. Phil me preparó unos cocktails buenísimos, sin alcohol, ¡tienes que probarlos nena! Y cuando Diego bajo de dejarte en la alcoba, nos acercamos a casa a por una maleta con lo necesario para las dos. Te he traído tu biquini, ya sé que no puedes bañarte pero al menos disfruta de este veranillo de San Miguel tan majo, que han dicho en el telediario que a partir del lunes, el tiempo va a refrescar y…
—Witch respira por favor —Sheila comenzó a reírse.
Su amiga hizo un ademán grosero con su dedo, Diego se rió, y continuó hablando.
—Te puse también en la maleta un par de shorts, camisetas, otra falda, un par de blusas, ropa interior y… —sonrió maliciosa— tu camisón favorito —terminó Witch en tono intencionado.
Sheila quiso disimular y preguntó.
—Y ¿qué tenéis pensado que hagamos hoy? —preguntó Sheila.
—Pues tú, descansar esa pierna —exclamaron Diego y Witch a la vez.
Sheila bufó.
—Pero es que me aburro sin poder hacer nada.
—Comete un croissant anda —y Witch le metió un trozo del que estaba partiendo en ese momento en la boca.
—¿Cofohasiboapfeyos? —preguntó Sheila con la boca llena.
—Traga nena —le dijo Diego y sonrió burlón recriminándola—. Vaya imagen que estás dando.
Witch se tapó la boca para disimular la risa. Sheila le miró, tragó y le hizo una pedorreta.
—¿Ah, sí? Con que esas tenemos ¿no? —indicó Diego que comenzó a levantarse…
—Creo que yo ya terminé de desayunar…, voy a quitarme el biquini mojado…
—¡Cobardica! Ayuda a tu amiga —recriminó Sheila, mientras veía como su amiga hacía un gesto expresando en silencio: «tú te lo has buscado. A mí déjame en paz. En cosa de parejas no me meto».
Diego la tomó entre sus fuertes brazos y con grandes zancadas atravesó el jardín en dirección a los arbustos que tapaban la piscina.
Al llegar al parterre, Sheila lo comprendió. La piscina se hallaba unos cinco metros más baja que el nivel del jardín donde se encontraban. Estaba cubierta por una bóveda empañada por la temperatura del agua. En el enlosado de piedra que bordeaba la piscina se acomodaban unas enormes tumbonas con mullidos cojines anaranjados sobre un colchón de loneta color crema, varias mesas auxiliares y un carrito de madera con lo necesario para preparar cocktails y bebidas componían el conjunto de la zona de baño.
«El sueño de mi vida. Toda una piscina para mí solita. Con el agua calentita. ¡Y yo con escayola!—pensó frustrada».
—¡Argggg! —gritó.
—¿Qué te ocurre? ¿No te gusta?... bueno me decidí por una de veinticinco metros al principio pero entonces no había lugar para poder poner los vestuarios y el pequeño office con barbacoa y…
—Cállate, Diego, por favor.
Diego paró de inmediato su perorata. Y la miró.
—¡Es injusto!—bufó Sheila—. Esta maravilla para poder disfrutarla y yo ¡con esto!
Diego comprendió y comenzó a reírse por lo bajo.
—¡No te rías, joder, no tiene ninguna gracia!
—Sí, sí la tiene —contestó risueño—. Porque…
—¡¿Qué?! —espetó enfadada.
Él hizo caso omiso de su enfado.
—Tengo una pequeña sorpresa para ti. ¡Vamos!
Bajó la suave ladera por la que se accedía a la piscina y deslizó una de las puertas de la cristalera, penetrando a la humedad del recinto. Cerró.
—¿Y? —preguntó Sheila mientras miraba con ojos impacientes a Diego.
—¡Voila! —y se giró ciento ochenta grados.
Sheila se encontró frente a un círculo de unos cinco metros de diámetro y una profundidad que rondaría el medio metro.
Sheila miraba la pequeña piscina. Tenía un escalón en su interior y una serie de surtidores en distintas posiciones.
Le miró y se encogió de hombros.
—Una piscina infantil. ¿Pretendes que me bañe en una piscina infantil?
La carcajada de Diego se vio intensificada por el eco de la abovedada cubierta.
—Sheila, cielo, eso no es una piscina infantil. Es un jacuzzi, y cuando sientas los chorros sobre tu cuerpo, no vas a ver nada infantil en ello…
Sheila volvió a mirar el pequeño tanque pero ya con otros ojos. ¿Un jacuzzi? Una serie de imágenes, para nada aptas al público menor, surgieron en su mente, ruborizándola.
Apretando su cuerpo al suyo, Diego le susurró al oído con voz ronca.
—Veo que lo has entendido.
Y en dos zancadas se plantó al borde del jacuzzi, descalzándose.

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