sábado, 30 de mayo de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 6)


6

Una hora exacta después sonó el interfono.
—Ya vamos —dijo Witch por el auricular y colgó.
El timbre volvió a sonar.
—Que ¡ya! jod…lin.
—Abre —ordenó Diego y con risita burlona añadió— ¿o vas a bajarla tú en brazos?
Witch puso los ojos en blanco sintiéndose como una mema. Miró a Sheila cuando oyó su risita burlona. En respuesta le sacó la lengua.
Abrió la puerta y allí estaba él.
«¡Dios! ¿Tendrá hermanos?»
Diego vestía un traje de chaqueta gris perla que dejaba entrever una impecable camisa de seda blanca y sobre esta una corbata azul índigo a juego con sus ojos.
¡Y como huele el joio!» No sabía cual,  pero se jugaba el cuello a que ese olor que impregnaba las aletas de su nariz no era Varón Dandy precisamente. Además tenía un ligero aroma avainillado que ejercía un efecto devastador en sus sentidos.
Le dejó pasar al interior. Diego de espaldas a ella se aproximó al sofá a recoger a Sheila que lo miraba pasmada.
Su blusa blanca de algodón, la falda vaquera y una manoletina blanca le parecieron insignificantes al lado del traje de firma de Diego. Miró a Witch que a su vez la miró y señalando a Diego, de espaldas a ella, imitó a un perro jadeando mientras con una mano en el trasero imitaba el rabo agitándose. Sheila estalló en carcajadas.
Diego se giró veloz a mirar a Witch que rápida guardó la compostura de nuevo. Miró a ambas mujeres que le sonrieron tranquilas. Sacudió la cabeza y rodeó el sofá para recoger a Sheila.
—Sígueme  —dijo a Witch al salir a la calle—. Tengo el coche aquí mismo.
Se aproximaron a los coches aparcados de la calle y Witch adelantó a Diego cuando este se paró un momento a rebuscar en su bolsillo las llaves del automóvil.
«Quién fuera dedos». El mismo pensamiento cruzó la mente de Sheila con la diferencia de que ella sí había sido dedos.
Witch buscó entre los coches aparcados y sin mediar palabra se acercó a un Renault 21 rojo, algo destartalado.
«Típico coche de profesor»— y miró hacia la pareja, esperando.
Las luces de un BMW gris plateado parpadearon, tres coches más atrás. Desanduvo sus pasos hasta llegar a la altura del esplendido automóvil.
Un prolongado silbido de admiración salió de los labios de la chica.
—El sueldo de profesor da para mucho, ¿no? —espetó a Diego.
Sheila, en brazos de él, le advirtió con la mirada. Él se rió y encogió los hombros mientras sonreía.
—No puedo quejarme. ¿Me ayudas? —pidió y esperó que Witch abriera la puerta.
Colocó a Sheila en el asiento del copiloto y se giró para abrir la puerta trasera a Witch pero esta ya estaba en el interior del vehículo, admirando los asientos. Rodeó el automóvil y ocupó el asiento frente al volante.
—Señoritas, el cinturón, por favor —ordenó. Ambas le obedecieron.
—Mira Sheila —dijo Witch desde el asiento trasero—. ¡Asientos de cuero! —estaba entusiasmada. Se oyó una profunda aspiración seguida de un ¡aaggg, que bien huele!
Diego soltó una carcajada.
—Witch…—advirtió Sheila.
—¡Bah! Déjame —respondió la aludida—. Siempre me he dicho que cuando me montase en uno de estos cochazos sería lo primero que haría —y dirigiéndose a Diego preguntó—. Y ¿cuánto puede alcanzar esta maravilla en carretera? Y ¿de consumo qué?
Diego arrancó y el suave ronroneo del motor hizo surgir un gruñido de placer de la garganta de Witch.
—Mira como suena…
—Sí —confirmo Diego—. A música celestial —dijeron al mismo tiempo y estallaron en carcajadas al ver como Sheila bufaba.



—¿Señorita López? —nombró la enfermera al salir de la consulta, mirando alrededor de la sala.
—Soy yo —dijo Sheila.
—Puede usted pasar.
Diego se levantó del asiento y la izó entre sus brazos, dirigiendo sus pasos hacia la enfermera que lo miraba con la boca entreabierta.
«Lo dicho— pensó Sheila— tiene el mismo efecto en todas las mujeres»
—Yo os espero aquí —comunicó Witch. Sheila la miró indicándole que la acompañase pero esta se negó. «Desertora».
 Se encontró en un despacho. Los muebles y algunos objetos de arte no tenían nada que ver con las impersonales consultas a las que estaba acostumbrada.
Un hombre de mediana edad, con pelo entrecano se levantó del butacón de cuero.
—Diego, sinvergüenza —saludó efusivo—. Ya era hora de que se te viese el pelo, ¡cabronazo!
El aludido rió entre dientes, depositó a una azorada Sheila sobre la mullida butaca de cuero y se giró para abrazar al que le dirigía tan lindas palabras.
—Serás… —contestó mientras hacia un amago de pelea.
Sheila los observaba en silencio.
—Hace semanas que dijiste que me llamarías y aún estoy esperando —dijo con enojo el doctor.
—Lo siento, Juan, es cierto. He estado ocupado con las clases y ya sabes. Lo vas posponiendo y…
—Sí, que me vas a contar que no sepa. Llevo prometiéndole a Nuria una noche de opera… pero en fin, hay que ganarse el pan —rió—. Bueno algunos más que otros… ¿Qué pasa con la fusión?
—Aún nada —contestó conciso.
El médico carraspeó inquieto ante la mirada de su amigo. Dio una palmada, y frotó sus manos al mirar a Sheila.
—Bueno —dijo—. ¿Qué tenemos aquí? —
Miró a Diego—. ¿A quién tengo el disgusto de no conocer?
Sheila se ruborizó. Diego rió e hizo las presentaciones.
—Esta es Sheila López. Sheila, Juan Calamidad Rodríguez, amigo y matasanos  de la familia desde…
—¡Ah! No me lo recuerdes que me haces envejecer aún más.
—¡Ah, sí! desde la era de los dinosaurios.
—Serás cabrón —le espetó el doctor entre risas—. Es cierto que casi le conocí entre pañales… —y miró a Diego mientras susurraba a Sheila—…  algún día le contaré ciertas anécdotas.
—Juan —advirtió Diego.
El otro hombre agitó la mano como espantando a un moscardón.
—¡Bah! —dijo guiñando el ojo a Sheila—. Mucho ruido y pocas nueces —refiriéndose a Diego.
—Sí —dijo Sheila y rió relajada. Ese tipo llevaba bata sí, pero no era el doctor estirado y de rostro agrio que te hacía sentir diminuto. Juan, rió.
— ¡Uy! Ya le contaré ya. Pero ahora… —y su semblante se puso serio—. Tenemos que ocuparnos de usted.
—Tutéame —susurró en un hilo de voz asustada ante el cambio repentino de humor del hombre.
—Tranquila cielo —dijo Diego.
El doctor Rodríguez alzó la cabeza para mirar a Diego unos segundos y volvió a concentrarse en Sheila.
—Sí, tranquila —tuteó el doctor—. Aquí no nos comemos a nadie… de momento.
Se agachó a los pies de Sheila y tomó entre sus manos el hinchado tobillo de la joven.
—Sí, es como me dijiste por teléfono.
«Así que Diego ha hablado con el doctor antes de venir».
  Este siguió hablando para sí en alta voz.
—No tiene buena pinta, no y ¿cómo se lo hizo?
Miró a Sheila, a su amoratado pómulo y su partido labio.
—¡Ah, sí! Ya recuerdo —Juan carraspeó—. Bien.
Se levantó y dirigiéndose detrás del escritorio comenzó a garabatear sobre el papel.
—Enfermera —llamó por un interfono, mientras seguía rellenando impresos y comenzaba a explicar a ambos—. Vamos a hacerle una radiografía de ese pie para descartar una rotura…
Sheila jadeó asustada.
—… No te asustes —prosiguió el doctor—. No lo creo, tiene más pinta de ser un esguince, pero hay que asegurarse. Después le haremos una resonancia  magnética de la cabeza.
—¿Resonancia? —gimió Sheila. No le gustaban las resonancias.  Recordó a su abuela que aterrorizada le narró su angustia.
—¿No sería suficiente con una  radiografía doctor?
—Lo siento Sheila pero quiero descartar daños cerebrales y eso tan solo se puede ver con una resonancia.
—Ya —susurró aún más bajo la joven recordando los golpes recibidos en su cabeza.
Diego se sentó a su lado, en la butaca vacía, y tomando su mano, entrelazó sus dedos.
—No te preocupes  —y apretó con fuerza sus dedos—. Yo estaré allí contigo en todo momento.
La energía de esos dedos y la plena confianza de que él no dejaría que le pasase nada hizo que Sheila asintiese al doctor mientras miraba a Diego y se perdía en el océano azul de sus ojos.
Diego vio como los ojos color miel perdían su mirada de pánico. Esperaba no estar equivocado y que las pruebas saliesen como esperaba. Fue consciente de que ella ponía sus miedos e incertidumbre en sus manos. Confiaba en él y esto hizo que sintiese una responsabilidad enorme y una inmensa ternura hacia ella.
Acercando su rostro rozó con suavidad sus labios depositando un beso tierno. Frotó su nariz sobre el rostro en gesto cariñoso  y Sheila suspiró indicándole con ello que había entendido su mudo mensaje.
Un ligero carraspeo y la entrada de la enfermera rompieron tan mágico momento.



Sheila apoyó la cabeza en el cuello de Diego, entre el musculoso hombro, ahora tenso por llevarla en brazos, y el robusto cuello muerta de vergüenza.
Sentía las miradas de toda la gente sobre ellos. Murmuraban a su paso. Daban una imagen nada corriente. Un atractivo hombre trajeado con una mujer entre los brazos y una enfurruñada enfermera detrás empujando una silla de ruedas vacía.
La ayudante del doctor Rodríguez apareció con la silla para trasladar a Sheila a la zona de rayos y ella  movió su trasero hacia la silla cuando Diego  la tomó de nuevo entre sus brazos y se negó a que la llevasen sobre la silla.
La enfermera comenzó a explicarle que la zona de rayos se encontraba justo al otro lado del ala de consultas y que obviamente, en su estado, Sheila, no podría llegar andando.
—Ya me tiene a mí —dijo muy serio a la enfermera, atravesándola con la mirada.
—Pero señor, es el protocolo —miró a Diego pero este no se amilanó—. Además en esa zona solo pueden entrar los pacientes y el personal sanitario.
—Lo dudo mucho —le espetó de nuevo Diego—. Yo voy a estar en todo momento a su lado.
—Pero… —la mujer ya irritada—. ¡Es que no se lo puedo permitir! Es totalmente imposible…
—¿Juan? —fue la escueta pregunta de Diego, pasando la mirada de la enfermera a su amigo.
El doctor Rodríguez carraspeó y dirigiéndose a su ayudante.
—Déjelo, Jenny, me hago responsable del señor Galán —miró a Diego advirtiéndole con la mirada de que le estaba poniendo en un aprieto—. Firmaré la autorización pertinente.
La enfermera rebuscó entre los papeles, irritada, pero ante la orden de su superior, no le quedó más remedio que transigir.
El doctor Rodríguez firmó y selló el documento que le extendía su ayudante, con un suspiro de incomodidad.
—Acompáñenme —fue la seca orden de Jenny. Abrió la puerta de la consulta, colocó los documentos sobre la vacía silla y salió. Diego solo había dado un par de zancadas cuando el doctor le llamó.
—¿Diego?
Él se giró.
—Espero, por tu bien y el mío propio, que sepas comportarte…
Diego asintió y volvió a dirigirse hacia la puerta.
—… Y colabora en todo lo que te diga el personal sanitario.
Se oyó decir al doctor mientras la puerta se cerraba tras ellos.
—¡Joder! —maldijo el doctor en el interior—. ¡Puto cabezón de los cojones! ¡La liará!
Diego, con Sheila en brazos, rió por lo bajo.
—¿Diego?... —tanteó—. Yo creo…
—Ni se te ocurra —fue la respuesta de él y la taladró con la mirada.
Sheila tragó con dificultad y suspiró resignada. Intuyó que su comportamiento no era un ansia de posesión insana, era más bien que él sentía un alto grado de responsabilidad sobre ella. Recordó la escena de su alcoba, cuando se le había enfrentado, por eso mismo.
«Ya no soy una niña —se dijo—. Debería dejarme tomar mis propias decisiones. ¡Cabezón de los…!» Confirmó mentalmente las palabras del doctor.
Tal como prometió, Diego, estuvo en todo momento a su lado. A regañadientes se colocó en la zona cubierta del personal durante la resonancia pero se negó a abandonarla en la sala de rayos X y ayudó a colocar su tobillo en la posición idónea. Muy enfadado le dejó en compañía de Jenny, cuando esta le prohibió la entrada, con sonrisa maliciosa,  a una sala común solo para mujeres, donde tenían que hacerle una cura de la herida del labio.


Witch le observaba pasear de arriba abajo por la sala de espera, mirando cada pocos minutos su caro reloj de pulsera.
«Parece un tigre enjaulado».
Se sonrió ante la comparación. Diego era igual de bello que el enorme felino.
«E igual de salvaje —pensó.
Diego se paró frente al gran ventanal de la sala. Envarado.
«Si le tocase ahora mismo en el hombro, pegaría un salto hasta el techo quedándose enganchado». Rió entre dientes ante esa visión y siguió observando al hombre.
Este palpó en el bolsillo interior de la chaqueta. Extrajo de él un purito del bolsillo de su chaqueta, sacó un encendedor dorado y lo prendió fuego. Witch le observó inhalar lento y profundo, con los ojos cerrados, extasiado.
Se  lo imaginó en otras circunstancias. «Stop. Pensamiento prohibido. Chico de tu amiga. Mala.»
Pero es que tenía un cuerpo para pecar…
Le observó exhalar el humo, dio otra calada, esta vez menos intensa con los ojos perdidos en el inmenso jardín que había tras el ventanal. Exhaló de nuevo haciendo figuritas en forma de O con sus labios. Witch parpadeó confusa.
«No puede ser» y volvió a mirar más fijamente.
Otra calada, otra exhalación.
«Que no— se dijo— que no puede ser»
Sin advertirlo siquiera se levantó del butacón de la sala de espera y se aproximó a él. Agazapada. Absorta en el humo del cigarro.
De nuevo Diego inhaló y expulsó humo.
«Qué sí joder, que es rojo»— se confirmó Witch alucinada. Se oyeron unas risas.
Ambos, Diego y ella, miraron hacia atrás. Dos mujeres se alejaban sacudiendo sus cabezas, mientras reían. Antes de perderse por el largo pasillo, volvieron lasmiradas y comenzaron a reír de nuevo.
—¿Y a esas que les pasa? —gruñó Witch enfadada, porque solo estaban ellos dos en la salita, con lo que esas dos pazguatas se estaban riendo de ellos.
 Se giró para mirar a Diego que con sus intensos y azules ojos la miraban desde arriba con curiosidad. Una sonrisa burlona se dibujó en sus perfectos labios.
Witch volvió a mirarle a los ojos, risueños. Vistos desde su posición, sus pestañas parecían más largas y espesas.
«Si fuese una mujer, mataría con la mirada —pensó—. Bueno, este mata igual con la mirada, con la sonrisa, y con TODO TODITO TODO…»
Se quedó pensativa.
 «Un momento… y ¿por qué le veía tan largas las pestañas y tan alto?» se preguntó extrañada.
Entonces se apercibió de su postura, piernas semiflexionadas, culo en pompa, sus manos sujetando ambos bolsos, el suyo y el de Sheila… parecía un pato.
—Por eso se reían esas dos, ¿no? —preguntó Witch a Diego sintiéndose ridícula.
—Sí. Creo que sí —intentaba no romper a reír por lo que la comisura de sus labios comenzó a temblar con un pequeño tic.
Witch entrecerró los ojos y muy digna levantó el mentón mientras farfullaba.
—Puedes reírte, no me vas a ofender, además, estaba ejercitando las piernas —replicó.
Las profundas y sonoras carcajadas de él atronaron la sala.
— ¡SSSSSHHH!—se oyó unos metros más allá. Una enfermera les llamó la atención.
Diego inspiró profundo intentando parar el ataque de risa.
— ¡Ay, Witch! —dijo—. Eres un caso.
—Sí, perdido —respondió ella y volvieron a reírse. Esta vez tapandose la boca para silenciar las carcajadas.
—Pero ¿qué demonios estabas haciendo? —preguntó, mientras la empujaba suavemente a un butacón cercano, sentándola de nuevo. Él hizo lo propio.
—Te miraba a ti.
Diego enarcó una ceja en muda pregunta.
—Bueno —explicó Witch agitando la mano—. A ti no. Bueno sí… no, ¡Puf! —bufó—. Te miraba fumar —aclaró por fin—. Me llamó la atención tu cigarro. ¿O es un puro?
—Bueno —sonrió él mirando el cigarro de sus dedos—. Ambas cosas y ninguna —y le guiñó el ojo.
Ahora que estaba más cerca, a Witch le llegó el aroma del… «Lo que sea» — pensó. Ese era el aroma avainillado que desprendía esa mañana al recogerlas.
—El humo es normal al quemarse, pero cuando lo hechas ¡es rojo! —y Witch le preguntó—. ¿Es rojo verdad? No me estoy volviendo loca.
Diego asintió.
—Pero ¿cómo puede ser?  ¿Dónde los has comprado?
—Están hechos con unas hierbas especiales —rió por lo bajo—. Me los mandan unos amigos desde Holanda.
—Huelen de maravilla.
—Y saben ¿quieres uno? —ofreció.
Witch le miró pensativa unos instantes y contestó.
—Sí, porque no.
Diego sacó otro cigarrillo del bolsillo y se lo pasó.  Extrajo de nuevo el mechero dorado y lo encendió para Witch.
Esta inhaló como le había visto hacer y… ¡guau! Una sensación de euforia la invadió en unos instantes. Exhalo el rojo humo lentamente. Saboreándolo. Mientras miraba el cigarro.
—Esto es… esto es…
—Sí —y algo azorado Diego comenzó a juguetear con el encendedor.
—¿Me permites? —preguntó Witch, extendiendo su mano para que él le prestase el mechero. Se lo pasó. Ella lo miró y lo sopesó—. Oro macizo. ¡Puf!, lo dicho. Como profesor no te va nada mal, ¿no?
—Yo no diría tanto… —ante la mirada de reproche de Witch confirmó—… bueno va, sí.
Ambos se miraron e inhalaron otra eufórica bocanada de humo, exhalaron a la vez el rojo humo que pareció más intenso al unirse el de ambos cigarros.
—Me gusta —declaró Witch— ¿podrías conseguirme algunos?
—Son algo caros, te prometo que la próxima entrega te la regalo.
—No soy tan pobretona —le reprochó Witch—. Para una cajetilla de esta maravilla creo que con mi sueldo me llegará, ¿no? ¿Cuánto cuestan? ¿Treinta euros? ¿Cincuenta?
Diego negó. Ella le azuzó con un gesto.
—Trescientos.
—Tr-tr —a Witch se la atragantó la cifra— ¡trescientos euros una cajetilla de veinte cigarrillos!
—Diez.
—¿Diez qué?
—Diez cigarrillos.
Witch parpadeó y silbó prolongadamente. Miró el cigarro. Ahora con nuevos ojos. Se estaba fumando treinta euracos. Rió histérica. Miró a Diego y comentó.
—Estoy por apagarlo y guardarlo en mi caja de caudales como un tesoro —sonrió y mirando a Diego exclamó—. ¡Mi tesoro mi tesoro! —imitó al personaje de Golum de El señor de los anillos.
Más carcajadas de ambos. Más regañinas de la enfermera.
—Reitero lo que dije, debes ganar un pastón al mes.
—No me puedo quejar.
—BMW, traje de firma, clínica privada… —dijo Witch mientras volvía a fumar—… porros cinco estrellas y estás como un queso. Hijo, algo malo tienes que tener, ¿no?
Diego parpadeó ante el descaro y luego se rió. Witch lo miró deseando que se la tragase la tierra. Se disculpó.
—Perdón, Diego, es el porro… ¡te lo juro!, yo jamás…
—No te disculpes… el cinco estrellas —y se rió— tiene muchos efectos, a mí por ejemplo, me sirve para relajarme, a otros les desinhibe… un poco más, como es tu caso —y le guiño un ojo—. Bueno, tú ya he comprobado no te cortas ni con un cuchillo —Witch asintió azorada—… y a otros… —siguió explicándole Diego—, les provoca… como decirlo con suavidad. Les aumenta un poquito más su libido.
—Vamos que les pone cachondos… a mil por hora… ¡jolín, pues ya me podía a ver pasado eso a mí!
Jadeó. Sí que desinhibía sí. Maldita lengua viperina que tenía. Miró a Diego. Carcajadas. La enfermera ya enfadada salió de su puesto de control y se dirigió hacia ellos.
Al llegar a su altura, con los brazos en jarras, les recriminó:
—Se puede saber ¿qué hacen ustedes?
—Eso mismo me pregunto yo —dijo la voz de Sheila—. ¿Me he perdido algo?
Las carcajadas de ambos enmudecieron al instante. Se levantaron raudos acercándose hacia la silla de ruedas, donde una enfurruñada, celosa y escayolada Sheila les miraba con ojos furiosos y los brazos cruzados.

lunes, 11 de mayo de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capitulo 5)



5

Diego aferraba el volante de cuero con fiereza. Los nudillos estaban blancos por la presión que ejercían al apretar.
Se dirigían a casa de Sheila. Tuvo que rebuscar en la mochila para encontrar la dirección en el carnet de identidad.
Su domicilio se encontraba en pleno centro de la capital, a una media hora en coche de donde la había encontrado.
Llegó en quince minutos escasos. Durante ese corto espacio de tiempo, no había dejado de vigilar cada pocos minutos a la mujer que se encontraba tendida en el asiento posterior de su coche.
—¡Malditos bastardos!
 Diego maldecía una y otra vez, cada vez que veía el abultado y amoratado pómulo de Sheila y su partido labio inferior.
—¡Cabrones!¡Hijos de puta!
Daba gracias que habían huido al ver la pistola porque no sabía lo que habría hecho con ellos, los habría matado a golpes, era cinturón negro de Karate. Le hubiese bastado un ataque certero para dejarlos indefensos, lo mismo que ellos a Sheila.
Habían llegado a la dirección que ponía en el DNI. Frenó con brusquedad y del asiento posterior brotó un gemido de dolor.
«¡Mierda!» —comprobó raudo si estaba bien.
Como se imaginaba no había donde aparcar. Tan solo una plaza de minusválido vacía.
«Lo siento pero esto es una emergencia».
Aparcó su BMW gris plateado en la plaza libre. Se bajó con rapidez hacia la puerta trasera, colgó en el hombro derecho la mochila de Sheila y con todo el cuidado que pudo la tomó entre sus brazos. Su cuerpo desmayado parecía aún más pequeño entre su pecho y sus bíceps.
Pulsó el mando para cerrar las puertas del coche y se dirigió hacia el portal que indicaba la documentación. Apretó con la mandíbula el botón del interfono y la pequeña herida de su labio protestó e hizo que rememorase el momento en su mente.
«¡Dios!» Abrazó protector a la causante de la herida.
—¿Sí? —contestó una voz somnolienta.
—Soy Diego Galán. Traigo a Sheila.
Al escuchar el zumbido de acceso Diego empujó con el pie para abrir. Entró de espaldas sujetando con su trasero el portón mientras intentaba pasar con cuidado de no dañar  el tobillo hinchado de Sheila.
No había ascensor. La luz del portal ya estaba encendida y miró hacia arriba por el hueco de la escalera donde vislumbró, dos pisos por encima, la silueta de una mujer.
Comenzó a subir los escalones. En cuestión de minutos se encontraba frente a una somnolienta joven que enmarcaba la puerta del piso.
—Pasa.
Diego penetró al interior. La chica cerró la entrada al tiempo que le indicaba.
—La segunda puerta a la derecha es su cuarto. ¡Madre mía! Como huele a vomitona. ¿Por qué la has dejado beber tanto?
La enojada voz de Witch le perseguía pasillo adelante. Abrió la puerta del dormitorio y se fue directo a depositar sobre el mullido colchón el cuerpo inconsciente.
Witch seguía parloteando.
—Ella no está acostumbrada a beber. Se chispa con una sola copita de vino. No te digo si toma algo más fuerte, le da llorona… llevo llamándola al móvil toda la tarde y ni se ha dignado contestar… claro… para que avisar a Witch…estaríais en algún pub de copas pasándolo pipa y claro… la señorita no me oía llamarla y…
—¡Vale ya! —Cortó frío Diego con un ademán de la  mano—. Tráeme un recipiente con hielo, paños de cocina y prepáreme la bañera con agua caliente.
Witch le miraba confusa. Por fin reaccionó.
«Pero ¿qué se creía ese tipo?  Además ¿quién demonios era?».
 Al preguntar para abrir oyó un nombre acompañado de un Sheila pero adormilada como estaba solo se preocupó de que su amiga ya estuviera allí y la traían.
—Perdona, —dijo Witch—  pero ¿tú quién eres?
Diego, de espaldas a ella, comenzó a desvestir la figura inánime con total delicadeza.
—¡Espera! Eso puedo hacerlo yo −no iba a dejar que un total desconocido desnudase a su compañera ante sus propias narices ¡faltaría más! Y continuó hablando—. Yo te indico donde puedes encontrar lo que me has pedido.
Diego levantó su musculoso cuerpo y se enfrentó a Witch. Los hermosos ojos azul profundo ahora eran puro hielo, la mandíbula desafiante y con los dientes apretados.
Witch se quedó paralizada al mirar  ese  rostro. Desde el espeso pelo negro, pasando por los ojos y los perfectos labios enmarcados por una barba incipiente. Sin querer su boca se abrió.
Diego inspiró con fuerza, intentando calmar sus excitados nervios.
«Ella no tiene la culpa de lo que ha pasado. Estaría preocupada».
Al ser consciente suavizó sus modales. Sonrió a Witch que  escuchó  un ¡PLOF!, eran sus bragas que se le acababan de caer. Rió nerviosa.
«¡MAMMA MÍA! Como está este hombre» babeó.
—Perdona —se disculpó—. Es que estoy nervioso. Mi nombre es Diego Galán, soy el… ¡Hm!…un amigo de Sheila.
—¡Tú eres su profesor! —gritó Witch al reconocer el nombre repasando otra vez la alta figura. La descripción de Sheila no le había hecho justicia—. Yo soy Witch… Paula —aclaró— amiga y compañera de piso de Sheila.
Tras asentir preguntó:
—¿Podrías traerme, por favor, lo que te he pedido hace un momento?—y puso su atención en Sheila.
—Sí, pero espera, la desvisto y voy luego a por el hielo.
—No importa, ya lo hago yo. Tráemelo y los paños… ¡ah! ve llenando la bañera.
—Pero…es que…
Diego se giró a mirarla de nuevo.
—Es que tú no puedes desvestirla —protestó Witch—. Será mejor que yo…
—No te preocupes —interrumpió y con una sonrisa pícara en los labios comentó—. Ya lo he hecho antes, así que…hay confianza.
Esto sí que la mató.
«¿Qué ya lo había hecho antes? ¿Desvestir a Sheila? ¿Cuándo? ¿Dónde?».
Diego seguía observándola y Witch permanecía atónita.
—Bueno, es para hoy —increpó.
—Sí sí sí…ya voy —contestó desconcertada—. Pero…hay un pequeño problema…
—¿Hm?—gruñó. Sus dedos continuaban desnudando a Sheila.
—Nosotras no tenemos bañera.
—En ese caso —contestó sin dejar de desnudar a la mujer—. Tráeme una palangana o un barreño o lo que sea que tengas, con agua caliente, jabón neutro, una esponja, cualquier antiséptico… y unas vendas.
—Ya voy.
—¿Paula?
—¿Sí?
—Y una toalla para secarla.
En el tiempo que Diego tardó en despojar de sus ropas a Sheila, Witch tuvo preparado lo que él había pedido.
Observo a su amiga desnuda sobre la cama.
Diego enjabonó con suavidad todo el cuerpo, y con ternura lo aclaró y secó centímetro a centímetro. Witch le miraba hacer, extasiada.
Colocó el hielo en los paños y los sobrepuso con delicadeza sobre el hinchado labio, el amoratado pómulo y el tobillo torcido. Este gesto fue el que despertó a Witch de su aturdimiento.
—¿Qué os ha ocurrido para que se diese tal trompazo? ¿Tan gorda es la curda? Porque tú también tienes un buen golpe en el labio.
Diego la miró.
—No está borracha —explicó.
—Pero si traía el vestido llenito de vomitona. ¿Era suya no?
Diego se removía inquieto sobre el borde de la cama.
—Sí, el vómito era suyo pero… —inspiró para calmar la furia que empezaba a consumirle de nuevo—… ha sido atacada por unos adolescentes borrachos que  la estaban moliendo a golpes y les ha vomitado encima.
Witch se derrumbó abatida al lado de él. El movimiento del colchón hizo que Sheila protestase.
—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Por qué a ella? —Las preguntas salían precipitadas de su boca—. Hay que llevarla ahora mismo al hospital —concluyó.
Diego suspiró y encogiendo los hombros en un gesto de impotencia   respondió:
—No ha querido, en cuanto la recogí y dije que la llevaba al hospital se puso histérica gritando que no, temí que se lesionara más el pie y prometí que la acercaba a casa —miró a Witch con los ojos llenos de preocupación—.  Sé que hubiese sido lo más correcto pero no quería que por la mañana despertase allí y sentir que la había decepcionado… —y susurró— otra vez.
Witch lo oyó pero no dijo nada.
—De todas formas —continuó—. He comprobado por si tenía algún hueso roto y no, solo son los golpes y en el tobillo, probablemente, se haya hecho un esguince. Mañana con más calma hablaré con ella para que podamos llevarla a un hospital.
—Y si no, no te preocupes, que la llevo por los pelos —gruño Witch.
  Sonrió ante el comentario y precisó:
—La llevaremos entre los dos entonces, uno a cada lado—. Y con chanza señaló—. Lástima que no tenga coletas.
Ambos rieron. Necesitaban romper la tensión.
—Ahora necesito que la vigiles mientras bajo a cambiar el coche —continuó serio—. Aparqué en plaza de minusválido.
—Por supuesto. Anda ve —instó.
Oyó la puerta del piso cerrarse y los pasos de él corriendo por las escaleras. «¡Jesús debe de estar saltando los escalones de tres en tres! Mañana la vieja cotorra nos matará… a todos. Aunque quizás si Diego le sonríe de esa manera… a la anciana le de un infarto del soponcio». Rió en alto por sus pensamientos. Miró a Sheila que se removió y le habló como si estuviese despierta.
—Así que este es tu Galán, ¿eh?—mencionó taimada—. Nena, no me extraña nada de nada que soñases con él en el sofá porque yo soñaría en el sofá, en la encimera de la cocina, en el baño, ¡uf! Se me ocurren tantos sitios donde soñar con ese peazo de hombre.
Sonó el portero automático.
«¿Ya? Pues sí que es rápido este hombre en encontrar aparcamiento».
Abrió el portal y la puerta del piso. Fue hacia la cocina mientras escuchaba atenta las pisadas de él sobre la escalera.
 «Lo dicho, de tres en tres».
Oyó cerrarse la puerta del piso y como echaba los cerrojos. Witch sonrió. Los pasos indicaban que se dirigía de nuevo hacia la alcoba de Sheila.
 Minutos después le siguió. Entró dando un pequeño puntapié y Diego la miró. Llevaba dos tazas de café sobre una bandeja, unas galletas y una jarrita con leche caliente. La colocó en una de las esquinas libres de la cama y sonriéndole  dijo:
 —Pensé que necesitábamos un café después de todo esto, ¿no?
Él asintió y se acercó al extremo del somier, tomó una de las tazas que acercó a los labios, sopló y dio el primer sorbo. Abrió los ojos sorprendido. Miró a Witch que se ruborizó y por fin tragó. Enarcó su negra ceja.
—Bueno— explicó esta—. También pensé que si lo bautizaba con un poquito de brandy nos calmaría los nervios.
— ¿Un poquito? Yo más bien diría un muchito.
Witch deseó que la tierra se la tragase. Acababa de quedar como ¿una borrachina? Al ver los apuros de la chica, Diego estalló en carcajadas.
—No te preocupes, nena. He bebido cosas más fuertes y además, he de reconocer, que la idea ha sido estupenda, esto reconforta.
 «Nena.  Este guapetón musculoso y hecho todito para pecar me ha llamado nena» babeó mentalmente.
Degustaron en silencio los cafés y entonces el hombre propuso.
—Ahora vete a descansar. Al menos alguno de los dos tiene que estar fresco por la mañana por si hay que atarle las muñecas —bromeó.
Rieron.
 —Voy a prepararte el sofá —dijo Witch.
 —No te preocupes. Me quedo aquí con ella.
La firmeza con que expresó la decisión hizo que asintiese en silencio y comenzó a salir del cuarto de su amiga.
—Buenas noches, Diego.
—Buenas noches Paula. Qué descanses.
Y se escabulló.
Se encontró a solas frente al desmayado cuerpo. Se sentía culpable por lo ocurrido. Si él no la hubiese dejado marchar. Si no hubiera estado dando vueltas con el coche buscando en la otra parte del campus, habría llegado a tiempo. ¿Por qué no se le había ocurrido que ella tomaría el camino que estaba más alumbrado?
 Exasperado consigo mismo atusaba entre sus dedos los espesos cabellos. Más preguntas lo azotaron. ¿Y si llegaba a pasarle algo grave? ¿Una hemorragia interna? No sabía cuánto tiempo la habían estado golpeando. Gracias a Dios, y lo había comprobado, esos cabrones no habían abusado de ella. La intención la tenían pero justo en ese momento los había encontrado. Si ellos hubiesen llegado a tal extremo… inspiró con fuerza para ahogar el grito de rabia. Ahora mismo estarían muertos. Y le importaba un bledo si eran o no menores de edad. Un hombre, de cualquier edad, si se sentía lo suficientemente hombre para llegar a degradar así el cuerpo femenino, merecía morir.
Se aproximó al cuerpo. Volvió a arroparla de nuevo con el edredón. Tenía las manos heladas, comprobó su frente. Estaba fría. Destapó un momento los pies. Helados. Todo su cuerpo estaba erizado.
«¿Tendrá frío?».
 Solo había una manera de que un cuerpo tomase mayor temperatura. El calor de otro cuerpo. Dicho y hecho. Se desnudó y se arrebujó debajo del edredón, amoldando el cuerpo inerte de Sheila al suyo propio, como si en su inconsciencia ella le sintiese, suspiró satisfecha.



En su duermevela, Sheila, sintió un cosquilleo en el cuello. Paró unos segundos y volvió. Paró y volvió. Paró y volvió. Incomoda se pasó la mano por la zona.
«Malditos mosquitos. Tengo que comprar hoy mismo el insecticida sino me acribillarán»
Otra vez. Menos mal que le había dado por el cuello y no la oreja. Odiaba cuando les daba por revolotear cerca del oído con su pequeño y molesto zumbido. Como diciendo: «ZZZZZZ… estoy aquí… ZZZZZZ… te voy a picaaarr… ZZZZZZ… no me pillas».
Al sentir de nuevo el cosquilleo lanzó un manotazo.
—A ver si te aplasto ¡cabrón!
Sí. Aplastar aplastó algo. Pero los mosquitos no decían «¡Aug!» con voz varonil. Rodó sobre su cuerpo. Diego la miraba con cara de asombro y sus profundos ojos abiertos de par en par.
—Me lo merezco ¿no?—preguntó con voz de recién despertado.
—¿Qué?... ¿Diego?
—El mismo.
Se encontraba tendido junto a ella. Parpadeó confusa.
 «¿Aún seguían en el sofá del despacho?»
Miró a su alrededor. No. Aquello era su habitación. Había salido del despacho de Diego… recordó lo sucedido en el campus. Volvió a parpadear confusa.
«¿Entonces? ¿Cómo he llegado hasta aquí? O mejor dicho. ¿Qué hace Diego en mi cama?»
Le surgieron un montón de preguntas. Se imaginó su cerebro como una serie de engranajes seleccionando las preguntas adecuadas.
«Vale, Sheila, ¡céntrate! Sí, lo primero era ¿cómo he llegado aquí desde el campus? Vale. No lo sé. Solo recuerdo al desconocido salvándome el pellejo. Bien. Ahora. Estoy en mi cama, en mi alcoba y con Diego a mi lado —y le miró de nuevo—  y desnudo. ¡Mm! Ya, para. La cuestión es… ¿Cómo ha  llegado él hasta aquí? No aquí mi cama.  Aquí a mi casa». No recordaba haber hablado de donde vivían.
—¿Q-qué haces aquí? —preguntó.
—Hasta hace un momento, antes de que aporreases mi cara, dormir.
Le miró la cara somnolienta. Una barba ensombrecía sus mejillas pero lejos de afear su rostro, de por si varonil, su masculinidad quedaba más patente. El rebelde mechón de pelo volvía a hacer de las suyas en la ancha frente. Los labios estaban relajados y la pequeña herida de su labio inferior algo amoratada. Se perdió en la intensidad de esos iris. La observaban mirarle. Tenía una mirada extraña. No sabía cómo definirla. Vio una pequeña rojez cerca de la ceja, extendió el dedo titubeante. La mirada de Diego se intensificó. Y Sheila tocó la mancha. Acariciándola.
  —Ayer no me fijé en esta rojez.
  —Ayer no estaba.
Le interrogó en silencio. Entonces comprendió. Su aporreo.
—Lo-lo siento —exclamó—. Creí que eras…eras…un mosquito.
Diego arrugó la nariz.
—¡Un mosquito!— y se estremeció con gesto de asco.
Rió al ver la reacción de él pero paró a los pocos segundos.
—¡Aug! —Y se llevó una mano a los magullados labios.
—¡Shhh! —él sujetó los dedos—. No te toques o volverá a abrirse la herida.
Recordó los golpes de ese cabrón llamado Julio. El sabor de su propia sangre en la boca. Los impactos en la cara. Y le pareció escuchar allí mismo el chirrido de los neumáticos de un coche al frenar a escasos centímetros de ellos.
—Había un hombre…—miró a Diego—. Un hombre me rescató…— él la miraba—… sí, lo recuerdo perfectamente, vi su silueta recortada por los faros del coche. Él sacó un arma y esos… esos…
—Hijos de puta —gruñó Diego.
—… huyeron. Golpeó a uno de ellos, después todo se vuelve borroso… ¡No! ¡Espera! Él te conocía.
—Sí, seguro que sí.
—¡Sí! ¡Sí! De verdad. Dijo tu nombre… —comenzaba a exasperarse. Quería recordar todo lo sucedido pero las imágenes llegaban solo hasta ese punto.
—¿Por eso estás aquí, no? Porque él te llamó. —Sí, todo encajaba—. Debisteis buscar la dirección en mi carnet y me trajisteis.
Diego  la dejaba hablar. Los engranajes seguían funcionando.
—Lo que no entiendo es…
—¿Qué cosa? —preguntó él.
Sheila se ruborizó.
«Bueno. Me muero por preguntárselo».
 Y soltó muy deprisa la pregunta:
—¿Cómo demonios has terminado metido en mi cama y desnudo?
Diego se envaró. Irguió su tórax y el edredón se deslizó hasta sus caderas dejando ver sus marcados abdominales.
«Mi tabletita de chocolate» —babeó Sheila.
Diego permaneció callado. Se atusó su negro pelo con los dedos.
«Como envidio a esos dedos ahora mismo».
 Por fin, él rompió su mutismo.
—Anoche, parecías estar helada de frío, aún con el edredón, tiritabas y unas cuantas jornadas de montaña me han enseñado que no hay como el calor humano para subir la temperatura.
—¿Has hecho montañismo?
Él asintió.
—Unos cuantos compañeros y compañeras de la universidad decidimos probarnos a nosotros mismos e intentamos el Everest.
—¿El Everest?—jadeó. Él asintió— ¿la primera vez y el Everest?
—Sí.
Sheila sacudió la cabeza.
—Éramos muy jóvenes… y muy locos, la verdad sea dicha —. Comentó con la mirada perdida. Tras un corto intervalo continuó—.  Los primeros días tuvimos mucha suerte con el tiempo, nos acompañó y eso hizo que muy ufanos en vez de descansar lo suficiente decidiésemos proseguir. Los serpas no estaban de acuerdo, decían que el tiempo iba a cambiar y que era mejor esperar en esa base a que pasara la tormenta. Todos miramos el cielo raso, riéndonos y haciendo caso omiso decidimos ascender.
Sheila le escuchaba atenta.
 —Las primeras nubes nos pillaron en los cinco mil metros más o menos. No parecían de tormenta, así que continuamos. No habíamos recorrido ni trescientos metros cuando el cielo se oscureció. No presagiaba nada bueno y así fue. En cuestión de minutos rachas de viento de noventa kilómetros por hora, según nos dijeron después, nos azotaron.
»Nieve, granizo y lluvia. Todo a la vez. El viento nos impedía avanzar, ganarle un metro a la montaña nos costaba sudor y lágrimas, varios de mis compañeros salieron despedidos perdiendo sus mochilas y con ellas las tiendas y las provisiones.
  —¡Dios mío!—susurró aterrada.
  —Dios no estaba con nosotros —la voz de Diego sonó dura a través de sus dientes apretados.
   —Diego…
Él inspiró, con la mano hizo un ademán pero Sheila comprendió que sus recuerdos no eran agradables.
—Por fin —continuó—, tras recorrer unos cincuenta metros descubrimos un risco donde guarecernos y esperar a que la tormenta amainase. Y esperamos.
—¿Y pasó?
—Sí, sí pasó —Diego la miró—, después de veinticuatro horas. Veinticuatro malditas horas de hambre, frío y desear la muerte para dejar de sufrir.
Sacudió la cabeza como si con ello pudiese borrar de su memoria esos recuerdos.
  —Aún me pregunto cómo narices conseguí conservar todos mis dedos. ¿Sabes? Es curioso y una vez que te lo explican lo comprendes, es lo primero que se congela, y lo primero que pierdes. Algunos de mis amigos, porque esta vivencia te lo puedo asegurar, te une de por vida, tienen un muñón por mano… tardé años en quitarme el peso de la culpa.
   —Pero Diego, tú no podías saber lo que iba a ocurrir.
   —Yo fui uno de los primeros en reírse y el que más cizañó a los demás hasta convencerles de seguir.
Sheila no tuvo palabras de consuelo para refutar esos hechos. Observó las facciones dolidas del hombre.
—Am…−por Dios, apunto había estado de declarar sus sentimientos.
Él alzó al  instante el rostro hacia ella. sus ojos entrecerrados. observándo. Escudriñando. Sheila prosiguió:
—…Al menos admites parte de tu culpa.
—¡Toda!
—No estoy de acuerdo —le espetó—. Ellos eran tan responsables de vuestras vidas como tú. Si decidieron proseguir fue por voluntad propia. Tomaron… tomasteis —rectificó— una decisión y os equivocasteis, como otras muchas en la vida.
—Sí —confirmó él.
—Dice el refrán que de los errores se aprende. De algo os sirvió.
—Parece ser que no —susurró él, en un tono tan bajo que apenas entendió lo que decía.
—¿Por qué dices eso? —preguntó.
Y como respuesta a la pregunta Diego fijó su mirada en el pómulo hinchado de la joven, en su partido labio. Un rictus de dolor cruzó su rostro. Sus ojos estaban vidriosos, perdidos en una mirada de angustia. Y entonces Sheila comprendió. Él se sentía culpable de lo que le había ocurrido.
Sheila se sentó sobre la cama y también su desnudez quedó expuesta. Se miró los senos desnudos pero hizo caso omiso de ello. Diego era más importante que taparse ahora. Además, ¿qué iba a cubrir que él no hubiera visto ya?
Le agarró fuerte por el brazo, a la altura del bíceps, él posó los ojos en su agarre y luego la miró.
—¡No!— Y Sheila alzó la voz varios tonos.
—¿No?
—No, no y no.
Diego seguía mirando. Esperando que le explicase de una vez.
—Y mil veces no. No te permito. Me oyes  —le espetó ya enfadada—. ¿Me oyes bien? No te permito que te sientas culpable de lo que me ocurrió anoche. ¿Me entiendes?
Diego apartó la mirada e hizo intención de levantarse de la cama. Comenzó a retirar el edredón de sus piernas pero ella fue más rápida, no supo como lo hizo pero en un solo movimiento el edredón apareció a los pies de la cama y rodó sobre la misma para agarrarle del…
«¿Dónde? Si está desnudo».
Y como no tuvo de donde asir, al ponerse él en pie, del mismo impulso sus manos resbalaron por la espalda del hombre, arañándole y nada más. Su torso cayó al borde del colchón y sus piernas se doblaron en el aire.
Gritó de dolor. En segundos Diego volvió a su lado.
—¡El tobillo! —gritaron los dos al unísono.
Sheila agarró el vendaje que no sabía cómo demonios había llegado allí, supuso que Diego o Witch se lo habrían puesto. En ese momento, le servía de bien poco esa sujeción.
Rodó sobre su espalda y se quedó tumbada boca arriba apretando  el dolorido tobillo mientras gemía dolorida.
Diego intentó soltar las manos para comprobar los daños pero ella se aferraba al pie.
—Sheila —llamó él dulce intentando acaparar su atención.
Ella mantuvo los ojos fuertemente cerrados y expulsó el aire, soplando. Acunándose a la vez.
—Nena —volvió a llamar—. Déjame ver el tobillo.
Negó enérgica. Ni Dios le iba a tocar ese tobillo.
—Por favor —insistió él.
Negó con menos vehemencia. Él se sonrió. Sabía que claudicaría.
—Amor… —susurró él en su oído. Su aliento le cosquilleó en la oreja—. Necesito verlo.
El tono arrullador y grave de su voz, la desarmaron. Era exactamente el mismo tono de voz que había empleado cuando hicieron el amor.
Se derritió por dentro. Paró su balanceo y con lentitud separó las manos del vendaje. Bajó los brazos a lo largo del cuerpo y con los dedos aferró fuerte las sábanas en espera del dolor.
Notó las manos de él sobre el pie. Su calor le aliviaba. Diego tanteó  suave los dedos, tenían buena temperatura, la planta del pie tenia reflejo y el talón estaba bien pero llegaba la parte más dolorosa.
—Nena, esto puede molestar pero intentaré hacerte el menor daño posible.
Sheila mantenía los ojos cerrados. Inspirando. Espirando. Uno. Dos. Uno. Dos.
Cuando sintió que ella se relajaba Diego empezó a apretar los huesos laterales del tobillo. La parte interna continuaba algo hinchada.
«Pero mucho menos que anoche. Bueno lo peor ahora».
 Estaba casi seguro que en la parte exterior del tobillo estaba el daño. Ahí debía de estar el esguince.
Apretó varias zonas y Sheila siguió bien pero al llegar a un punto entre el hueso y el talón, convulsionó y apretó los nudillos sobre las sábanas.
—¡Ya ya! —susurró él. Acariciando la zona.
Sheila volvió a relajarse.
El calor de las manos calmaba el dolor. Diego masajeaba el talón.
Abrió los ojos para mirarle. Él se hallaba izado al borde de la cama, con el pie de ella apoyado en su pecho, a través del vendaje Sheila lo sentía duro. Musculoso.
Los dedos de él bajaron hacia la pierna relajando la pantorrilla.  Las manos acariciaban su piel y apretaban delicadas los músculos.
Los latidos de su corazón se dispararon.
«Más abajo más abajo».
Su respiración se hizo entrecortada.
Diego estudió sus ojos. Estos se mantenían fijos sobre él. Deslizó la mirada por el cuerpo desnudo de Sheila. Lentamente. Deleitándose. Los senos con los pequeños montículos rosáceos. Su vientre liso. La redondez del ombligo. El pubis depilado. Rememoró la suavidad de esa piel en sus dedos, en su cara y el sabor de ella. Su nariz se dilató y su miembro comenzó a despertar.
Siguió avanzando en las caricias. El masaje había sido relegado a un segundo plano. Acarició la parte interna del muslo y la piel de ella se erizó a la vez que la escuchó gemir. Sus manos apretaron las sábanas de nuevo pero el rictus de dolor había sido reemplazado por un gesto de placer. Su pene estaba ya en su plenitud. Largo. Grueso.
Sheila abrió los ojos. Recorrió el cuerpo de él. Su fuerte torso. Sus manos acariciándola. Bajó la mirada hacia su miembro y lo vio allí dispuesto para la acción.
«Bien, no soy la única afectada».
Sonrió seductora. Las pupilas de él estaban totalmente dilatadas cubriendo el intenso azul.
Diego no quería moverse. La perspectiva que tenía de ella desde esa posición le encantaba. Podía ver por entero todo su sexo. Rosado. Húmedo. Sheila descubrió donde se perdían sus ojos y cubrió con el muslo doblado, en parte,  su íntima zona pero la mano de él lo desplazó.
Negó en silencio.
 —Me gusta contemplar primero lo que voy a comer.
Y le sonrió pícaro, con los ojos brillantes. Parpadeó estupefacta al comprender el sentido de la frase.
Él se arrodilló sobre la cama y se deslizó con actitud felina, Sheila jadeó expectante pero Diego no fue directo al centro del deseo.
Su lengua comenzó a recorrer el interior de los muslos mientras sus manos buscaban los pezones erectos. Que acarició hasta endurecerlos y los pellizcó.
Un gemido fue la respuesta de ella y él rió por lo bajo.
El olor de su piel impregnó las aletas de su nariz. Deseaba penetrarla. ¡Ya!
«Aún no, tranquilo. Hazla enloquecer de placer».
Mordisqueó el interior de los muslos. Los lamió. Bajó. Subió. Rozando con su nariz el clítoris. Los pulgares jugaban con sus pezones erectos. Sheila entre jadeos movió sus caderas en busca de su boca.
Él no se hizo de rogar. Comenzó a lamer el botón endurecido. Lo rozó dando leves toques con la punta de su lengua y lo lamió. Sheila gimió y él probó el interior que se abrió a sus caricias. Se ayudó de sus dedos para darle más placer. Ella comenzó a mover sus caderas y él se amoldó a su ritmo. El flujo fluía como oro líquido. Tibio. Embriagador.
 Estaba a punto de estallar. Lo notó. Aceleró el ritmo de sus dedos y su lengua y profundizó un poco más. Sheila explotó y un gemido de placer retumbó en el silencio de la alcoba. Diego lamió. Saboreó el exquisito líquido. Ahíto, se deslizó con movimientos felinos hacia su boca. Sus ojos se encontraron y se sumergieron el uno en el otro.
La besó. Profundo. Su lengua jugueteaba con la de ella. Acariciando el interior. Separó sus labios para poder contemplarla de nuevo.
Sheila le acariciaba la espalda y las nalgas. Sentía latir el miembro eréctil apoyado sobre su vientre y giró las caderas, incitadora.
Diego dibujó los  labios con la punta de su lengua haciéndolos cosquillear. Frotó su barba sobre el mentón y lamió. Mordisqueó la zona. Haciéndola gemir.
—Sabes de maravilla  —susurró ronco sobre su oreja. Chupó el lóbulo y lo mordió.
Las manos de Sheila apretaron sus glúteos. Él comenzó a bajar por su cuello depositando suaves besos que dejaron un reguero de placer. Volvió a subir hacia el lóbulo rozando la sensible zona con sus labios.
—Diego —gimió.
Le necesitaba en su interior. Ardía de nuevo por dentro.
Él resiguió la piel de sus senos con la lengua que deslizó hacia un pezón. Jugueteó con él. Mordió. Succionó. Lo dobló en tamaño.
Sheila sentía el palpitar de su clítoris. Gritándole.
—¡Ya! —suplicó.
Él acopló sus caderas a las de la mujer. La punta de su glande se impregnó con su flujo y jugueteó entre las piernas de ella.
—Por favor, Diego.
Y la penetró en una sola embestida. Un gemido de placer estalló en ambas gargantas. Se miraron el uno al otro con intensidad. Conectados. Acoplaron sus movimientos.
Sheila apoyó los talones para afianzar el movimiento.
 Y gritó.
Diego paró en seco. Se quedo quieto en su interior. Preguntándose qué sucedía.
—Mi pie —jadeó ella pero no de pasión—. El tobillo.
Diego le miró y torció el gesto. Comenzó a separarse pero Sheila le agarró por las nalgas, negando.
—Corazón —susurró él—. Así no puede ser.
— Sí sí… aguanto —asintió con vehemencia.
El dolor disminuía. Sopló e inspiró varias veces hasta casi mitigarlo.
Sin previo aviso notó como rodaba y quedó de costado sobre el lecho. La mano de él sujetó el muslo flexionado de la pierna herida y alejó el tobillo de cualquier golpe. Sheila le sonrió.  Él bajó la cabeza y la besó con pasión.
—Lo ves tontita —dijo cuando sus labios se separaron—. Así sí.
Y volvió a embestirla para hacerla entender. Ella jadeó. En esa posición las sensaciones eran distintas pero igual o más placenteras.
Diego le acariciaba la espalda, mientras mordía sus pezones de nuevo.
Sus manos acariciaron el fuerte torso. Notó sobre su palma el corazón desbocado de Diego. Avanzó por el musculoso abdomen y al llegar a las caderas se apoderó de las nalgas. Eran duras, firmes, y en cada embiste de él un ligero hoyuelo se marcaba en ellas. Daban ganas de morderlas.
Diego acompañaba cada vaivén con giros de sus caderas y Sheila le sentía aún más. El ritmo de ambos se acrecentó. Estaban a punto de llegar al clímax.
Un último y profundo embiste  y comenzó a ver lucecitas de colores sobre sus parpados cerrados y clavó sus uñas en las nalgas. Él estalló y un gemido contenido y profundo salió de su garganta.
Exhaustos permanecían unidos. Los cuerpos brillaban bajo la fina capa de sudor. Diego apoyó la cabeza sobre el cuello femenino. Recuperando el aliento.
—¡Hola! —saludó una voz cantarina y la puerta se abrió de golpe.
Witch portaba una bandeja enorme entre sus manos. Empujaba la puerta con el trasero y una vez atravesó el marco se giró hacia ellos.
—¡B-buenos días! —tartamudeó pasmada.
En el denso silencio se oía un tintineo de cristal. Los tres se observaron. Witch a Sheila. Sheila a Diego. Diego a ambas. Ambas a él. El tintineo aumentó y los tres a la vez miraron hacia la enorme bandeja que se movía, casi con vida propia, entre las temblorosas manos de Witch. Peligraba la vajilla entera.
 Diego fue el primero en romper el silencio.
—Paula, espera que te ayudo—.Y comenzó a separarse de Sheila.
— ¡No! —Gritaron ambas.
Diego paró y miró primero a una y luego a otra con una ceja enarcada en muda pregunta.
—N-No ne-necesito ayuda —dijo con un hilillo de voz Witch—. Ya… ya os lo dejo aquí.
Y soltó la bandeja sobre la esquina libre de la enorme cama. Salió despacio y… ¿de puntillas? Cerró la puerta sin hacer ruido.
Ese gesto extraño hizo que en la habitación estallaran sonoras carcajadas.
 —A que viene andar así —consiguió decir entre risas Diego—. ¿Para no despertarnos? —Más carcajadas—. Si ya nos ha pillado casi in fraganti.
Las lágrimas rodaban por las mejillas de ambos. Tendidos miraban al techo intentando apaciguar sus risas. Al cabo de unos momentos, más calmados Sheila habló con una sonrisa en sus labios.
  —Es que Witch es así. Única. Por eso la quiero tanto. Es mi mejor amiga —Sheila le miro seria—. Siempre ha estado ahí, en los buenos y en los malos momentos.
Diego asintió en silencio. Miró con ojos golosos la bandeja.
 —Bueno, vamos a dar buena cuenta del desayuno  —propuso—. Encima, no  le vamos a hacer el feo, ¿no?
Sheila asintió, se sentó de lado y apoyó cuidosa el tobillo dañado.
Diego se estiró, cuan largo era, para alcanzar la bandeja.
—¡Dios! —jadeó Sheila.
—¿Qué? —se giró él.
—Mírate —se tapó la cara con gesto consternado.
—¿Qué mire qué?
 Se giró sobre  sí mismo intentando localizar la parte trasera de su cuerpo que  la había asustado.
—Tu culo.
—¿Qué le pasa?
—¡Oh! Diego lo siento… de verdad. ¿No te duele?
Diego se quedó quieto unos instantes.
—Noto un ligero escozor  pero no es molesto.
—Eso es ahora… Verás dentro de unas horas —dijo ella azorada.
—Pero ¿qué tengo si se puede saber?
—Te clavé las uñas cuando… bueno, antes.
Diego rememoró. Una sonrisa sensual brotó de sus labios.
—Sííí…lo recuerdo.
—Creo que me pasé de fuerza — quería que la tragase la tierra.
—Y yo creo…que en nuestro próximo encuentro voy a llevar puesta una armadura… o eso o no te voy a durar ni dos asaltos, nena.
Durar. Había dicho a durar.  «Bien. Aprovecharemos mientras dure» y rogó: «Que dure muchos Dios mío» sonrió satisfecha.
En la bandeja solo quedaron restos. ¿Cómo podían haber devorado todo lo que Witch había puesto? se había explayado. Tostadas, croissants recién hechos de su pastelería favorita.
«¿Qué se traerá entre manos esta bruja?».
Sabía que Witch podía ser muy despistada, hasta la exasperación, pero cuando algo o alguien le importaba se daba al cien por cien.
Diego se levantó y colocó la bandeja sobre la cómoda de la alcoba. Recogió el edredón del suelo y lo puso sobre la descalzadora. Se acercó al lado de la cama, se agachó para recoger sus pantalones y se los puso.
—¿Y tu bóxer? —preguntó Sheila extrañada de que se colocase los tejanos directamente sobre la piel.
Mientras subía con delicadeza la cremallera y los abotonaba, Diego miró al techo y resopló.
—Es una larga historia —respondió lacónico.
Despertó su curiosidad pero inquieta desechó las preguntas que comenzó a hacerse.
«¿Dónde los habrá perdido?¿Habría salido a desfogarse después de dejarle?» Canturreó para distraer los malos pensamientos.
«Alguna mala pécora los expondrá enmarcados, como un trofeo, en su habitación» gruñó celosa en su interior.
—La la la la la la —canturreó mentalmente.
«Sí sí tú canturrea pero a ver si te crees que este hombre no tiene una fila de féminas apostada a la puerta de su alcoba».
—LA LALLA LALAALALLLALALA—cantó en alto.
—¿Cantas? —preguntó Diego.
—¡Sip!
Su ceja se arqueó en muda pregunta.
Sheila comenzó a sacudir de entre las sábanas invisibles migas. Ignorándolo.
Diego le miraba.
—¿Sheila…?—conminó él impaciente y en espera de una respuesta.
Ella encogió los  hombros.
 —No sé —seguía sin mirarle a sus profundos ojos azules—. Deben ser las hormonas.
 —¡Ya! —fue la escueta respuesta del hombre y resopló.
Diego no tenía ganas de discutir, no después de lo que acababa de suceder y además le esperaba, al menos ahí tendría la ayuda de Witch, convencerla que tenían que llevarla al hospital por sus lesiones.
Abrió la puerta de la habitación y recogiendo la bandeja salió.
En el salón se encontró a Paula, recostada en el sofá mirando la televisión. Le miró de reojo con un ligero rubor en sus mejillas. Se paró junto a ella con la bandeja entre las manos. Silencio. Unos ruidos extraños salían de la pantalla y miró hacia allí para comprobar que pasaba. Las imágenes eran un caos. No tenían ningún sentido.
«¿Qué tipo de programa estaba viendo Witch?».
 Observó. BBC, MGM, TNT, Canal +, la Primera, la Sexta y un sinfín de canales más pasaban con tal rapidez por la pantalla que el batiburrillo que formaban sonaba raro. El televisor  de las chicas se había vuelto loco.
Volvió su atención sobre Paula para preguntarle dónde se encontraba la cocina cuando se dio cuenta de que ella aferraba el mando del aparato loco y  poseída  pulsaba la tecla de cambio de canal con rapidez.
—¿Witch?
—¿Qué? —respondió sin quitar los ojos de la pantalla.
—¿Witch?... se puede saber ¿qué demonios estás haciendo con el mando?
—Nada.
—¿Cómo que nada? ¡Para ya que vas a quemar el televisor!
Por fin Witch le miró a la cara. Su dedo seguía pulsando. Frenético.
 —No es lo único que arde por aquí, entonces.
Diego abrió los ojos pasmado.
«¡Descarada! directa, sí señor. No se reprime».
Pero lejos de sentirse ofendido, una carcajada sonora y profunda se oyó en el salón.
 Witch paró y le miró reír. Al salir él del cuarto con la bandeja entre sus fuertes brazos, deseó ser invisible ¿Cómo se habría tomado su intromisión? le conocía apenas de unas horas y no tenía ni idea de cómo iba a reaccionar.
No estaba  segura, por eso frente al televisor, barajó toda clase de respuestas a sus posibles preguntas. Al salir estaba turbada. ¡Qué corte, por Dios!
 «Me lo tengo merecido» se dijo. Sheila siempre le advertía que llamase a las puertas antes de entrar. Witch sabía que a su amiga su manía no le importaba pero insistía. «Llama Witch, un día te vas a encontrar con lo que menos te esperas» y ese día era hoy. De eso estaba segura. Esperaba encontrar un hombre adormilado cuidando de su amiga. No un culo tan perfecto entre las piernas de esta. La imagen de esa espalda y su trasero no se le iba de la cabeza.
«Y para colmo, me sale ahora sin camisa y ¡mira que tabletita de toblerone! Sin dan ganas de comerla con un cacho de pan».
Como siguiese así se iba a resbalar del sofá por las babas. Por eso cuando él se acercó se quedó quieta con el mando entre las manos. Y ahora le veía reírse tan abiertamente y con lágrimas en los ojos.
Diego intentó mantener el equilibrio de las tazas. Tintinearon igual que hacia un rato. Y su risa se paró. Miro a Witch. Witch a él. Y estallaron ambos a carcajadas.
—La cocina está allí —consiguió decirle entre risas y señaló una puerta al fondo del salón.
Y Diego despacito y de puntillas se dirigió hacia el lugar. Witch le tiró un cojín, que le pasó rozando por la nuca, mientras otra explosión de risas brotaba de su garganta al ver la parodia que él hacía de ella.
Sheila desde la alcoba oía las carcajadas.
«¿Qué demonios les pasa a estos? Están pasándoselo en grande y yo aquí tirada en la cama».
La señora Blanca comenzó a aporrear el techo y con ello el suelo del piso superior.
—La que faltaba —dijo en voz alta.
Sacó las piernas de la cama  y buscó las zapatillas de casa. No las veía por ningún lado. En un rincón estaba la ropa de la noche anterior y le recorrió un escalofrío.
—Necesito mi pijama.
Apoyó ambos pies en el suelo. Tanteó el tobillo. Nada. Perfecto. Y se alzó. Al descansar el peso sobre ambos pies un dolor lacerante la hizo jadear y se volvió a sentar.
—¡Como duele Dios! —maldijo—. La última vez que me pongo sandalias.
Ajenos a sus intentos, Diego y Witch seguían riendo y charlando.
—¡Argggg! —gruñó  frustrada mientras les oía—. Vale, bien. Piensa Sheila piensa.
Miró hacia su pijama. La bata quedó descartada porque se encontraba en el baño.
«Son solo dos o tres metritos de nada —pensó—. ¡Ya está! A la pata coja».
Y dicho y hecho. En unos cuantos saltos lo tenía entre sus manos. Bailoteo con los brazos, ufana. Metió el pie dañado en la pernera del pantalón y…
—¡Imbécil!
Y ahora ¿qué? ¿Apoyaba el dolorido pie? Comenzó a maldecir por lo bajo mientras dejaba el pantalón donde estaba.
—Bueno pero la camiseta si puedo ponérmela —y lo hizo—. Bragas necesito unas bragas  —gimió llorosa mientras miraba la mesilla de noche junto a la cama, con las braguitas guardadas, y unos metros más atrás.
—Pero seré mema —y miró al techo—. ¡Vale! Pues sin bragas. ¡Ale, Sheila, p´al salón!
Otros pocos saltos más y llegó a la puerta de la alcoba. Abrió y miró alrededor. Nadie. Las risas y el parloteo provenían de la cocina.
«Pero si hace un momento estaban aquí».
Calculó la distancia. ¿Diez metros? «No es mucho. Vamos allá».
A mitad de camino una vocecita jadeante por el esfuerzo le decía:
—No es mucho no es mucho, pues saltando, esto parece una maratón.
—Ya lo sé ya lo sé —resolló en voz alta respondiéndose a sí misma—. Pero nosotras podemos.
—¡Sip¡ podemos… podemos pegarnos una hostia contra el suelo…
—No seas ordinaria —le regaño Sheila.
—Y tú no presumas de atleta… que el único esfuerzo que has realizado en este año ha sido lo dos buenos polvos que Diego te ha echado.
Tuvo que callarse porque la puñetera voz tenía razón. Llevaba solo la mitad del camino recorrido y ya le llegaba la lengua por el suelo, pero pudo su tozudez.
Cuando llegó a la puerta de vaivén de la cocina, estaba sudando a mares. Descansó unos minutos hasta recuperar el aliento. No quería entrar donde estaban esos dos con apariencia de necesitar ayuda. Pero vaya si la necesitaba. Estaba molida. Para volver hacia atrás y tumbarse en la cama de nuevo. No, mejor el sofá que pillaba más cerca.
—Pues yo no pienso decírselo —oyó decir a Witch—. No tengo ganas de que me arranquen la cabeza y después de lo de antes…
—Vale, bien, se lo propondré yo. Creo que razonando con ella se podrá llegar a buen puerto.
Empujó la puerta y en dos saltitos entró.
—¿Proponer a quién? —pregunto, mientras se apoyaba, como quien no quiere la cosa, en la encimera. «Una silla, please»—rogó mentalmente pero allí se mantuvo, firme.
Hablaron los dos a la vez.
—¿Qué haces levantada?
—Si ya lo sabía yo —confirmó Witch—. No te decía que tiene hormigas en el culo —y miró a Diego mientras hacía un ademán de  «ves, te lo dije» y puso los ojos en blanco.
Diego soltó el paño y el vaso que secaba y en dos zancadas estuvo a su lado.
«Cómo envidio esas piernas. Como me hubiesen hecho falta hace unos segundos».
 La izó entre sus brazos como si de una muñeca se tratase, no parecía notar su peso.
—¿Quién te ha dado permiso para levantarte? —la regañó—. ¿No puedes estarte quietecita ni un momento? Witch tiene razón. Te pueden los nervios, de verdad es que tie…
—Vale, vale —cortó  y conciliadora—. Tienes razón. Debí pedir ayuda pero es que me pudo la curiosidad.
Diego entrecerró los ojos.
—¿Qué trama esa cabecita? —preguntó suspicaz.
—Yo, nada.
Y era verdad. Se sentía tan a gusto transportada entre sus brazos. Bueno, entre sus brazos sin más. Diego la depositó con suavidad en el sofá, se sentó e izándola de nuevo la colocó sobre su regazo.
 Ella se agarró a su cuello
—Bueno, ¿y? —preguntó.
—¿Y?
—¿Qué vais a proponer y a quién?
—Me parece que más que una propuesta va a ser un mandato —contestó airado.
Sheila se encogió de hombros.
—Me he perdido —dijo.
—Sí, eso parece —Diego estaba muy serio y señaló a su tobillo—.  Has echado a perder lo que habíamos ganado.
Sheila miró su pie y abrió los ojos espantada. Su tobillo acababa de doblar en tamaño. La venda elástica que lo envolvía parecía a punto de estallar.
—¡Jesús! —exclamó.
—Y María y José —añadió Witch que entraba al salón—. Y no te hablo de la burra —y la miró furiosa—, que se encuentra entre los brazos del Ángel anunciador —y volvió sus ojos hacia Diego.
Y se sentó muy tiesa, con los brazos cruzados en el sillón orejero cercano al sofá.
Sheila miró el entrecejo fruncido, los labios arrugados y los brazos de su amiga.
«Mala señal. Aquí va a ver guerra».
Miró a Diego en busca de apoyo pero le encontró igual de ceñudo y con el mismo mohín en sus labios.
 «Dos contra uno».
—No tres— le dijo su voz.
Esbozó su mejor sonrisa.
—A mí no me vengas con esas —dijo Witch.
—Ni a mí —apoyó Diego.
—Pues a mí ni te cuento—le dijo su voz.
La sonrisa se le congeló. Cambió su táctica y puso cara de comenzar a hacer pucheros.
—A otro perro con ese hueso —le advirtió Witch.
Diego arqueó su ceja.
Su voz ya ni contestó.
«¡Joder!».
Y esperó en silencio la regañina.
—En vista de la gravedad de la situación —dijo Diego muy serio—. Nos vamos. ¡Ya!
—Sí —dijo Witch y se levantó—. Voy a preparar la tarjeta sanitaria y un neceser con lo necesario por si tuviera que quedarse.
  —¿La tarjeta? ¿Un neceser? —preguntó Sheila.
  —Sí —dijo Diego—. Nos vamos al hospital.
  —¡Qué! —exclamó  Sheila—.  ¡No, no, no, no! —repitió rotunda—.  Esto con un poquito de hielo…
Pero se calló al instante al ver la cara de pocos amigos que pusieron los dos.
—Al hospital ¡no! —Rogó.
 «Witch sabe que les tengo fobia… la cosa debe de ser grave si ella cree que debo ir» pensó pero dudó si claudicar.
—Sí —le espetaron al unísono.
Witch se alejó en dirección a la alcoba de Sheila.
—¿Witch? —llamó Diego.
Ella se giró.
—No hace falta la tarjeta. El neceser con un par de mudas y los utensilios de aseo, bastarán.
—Pero… nos van a pedir el número sanitario.
—Haz lo que te digo.
—Está bien —y encogiéndose de hombros desapareció en el dormitorio.
—Y ahora usted, señorita, se va a venir conmigo al baño y sin protestar se va a dar una buena ducha y… —acalló con la mano las protestas de Sheila—… como una niña buena se va a vestir y a venirse con nosotros a ver al señor doctor.
—Diego, cariño —susurró melosa.
—Ni cariño ni nada —cortó.
—Ya está listo —dijo Witch  mientras portaba el neceser entre sus manos.
—Diego quiere que me duche y me vista —buscó el apoyo de su amiga ante la situación—. ¿Me ayudas Witch?
—Dalo por hecho. Voy abriendo el grifo. Mientras meto el taburete de la cocina en el plato de ducha ve con Diego a elegir la ropa.
Diego se levantó con Sheila en brazos con una agilidad sorprendente. Witch le miró anonadada.
«Vaya músculos tan potentes que tiene el tío… como en todo sea así…» y babeó. Sacudió la cabeza. Ni era el momento adecuado ni la persona adecuada. Era el chico de su amiga. En qué estaba pensando. «En que tiene un polvazo» pensó, rememorando el trasero, el torso expuesto, los gruesos labios y esa intensa y profunda mirada azul. «Ains, las hay con suerte…».
Pero sonrió feliz porque por fin, su amiga del alma, había encontrado su media naranja.
—Sheila —dijo Witch desde la cocina—, ponte falda. No creo que en ese tobillo entren unos pantalones.
Elegida la ropa Diego la llevó al baño y la depositó en el taburete.
—Chicas os dejo hacer. En una hora os quiero preparadas —ambas se miraron confusas. Diego se miró a sí mismo—. Necesito cambiarme de ropa y una ducha y he de realizar un par de llamadas.
Se azoraron ante algo tan obvio.
—De acuerdo—dijeron simultáneamente.
—Sheila —dijo Diego dirigiéndose serio a la muchacha—. No quiero excusas. Una hora.
Y les dejó en el baño. Le oyeron recoger sus cosas de la alcoba de Sheila y segundos después la puerta cerrarse.
Witch espetó a su amiga.
—¡Pero qué suerte tienes, cabrona!
Se miraron y ambas se echaron a reír.