miércoles, 29 de abril de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 4)




4

Entre sueños le llegó el sonido de una radio y de agua chapoteando.
—Ya está Witch liada con la música en la ducha —gruñó con fastidio—. Mira que le tengo dicho que no se puede poner a cantar a horas tan intempestivas como una loca.
Paula tenía la costumbre de coger la alcachofa de la ducha, como si de un micrófono se tratase, y aporreaba sus oídos, y los de los pobres vecinos, con sus gritos y canciones de rock duro.
Intentó taparse con la almohada pero no la encontraba al tacto.
«Debe haberse caído».
La voz seguía cantando ajena al enojo de Sheila.
Y escuchó más atenta. O su compañera se había pillado esa madrugada una cogorza de escándalo con Cazalla, de ahí esa voz tan profunda, o sus gustos musicales habían dado un giro de ciento ochenta grados porque adivinó que lo que se oía cantar era un bolero.
Confundida abrió los  parpados. Las luces del atardecer alumbraban débiles el cuarto a través de los estores. ¡Esa no era su habitación! Se levantó con rapidez. Un leve escalofrío  la recorrió el cuerpo y notó su desnudez.
Aún estaba en el despacho de Diego, se dijo, al recorrer con la mirada la habitación en penumbra.
La voz que se oía era la de él, cantando. «¿En la ducha?» Sí, estaba segura de ello. El ruido del agua al fluir no dejaba ninguna duda al respecto. No se estaba volviendo loca.
Escuchó atenta la agradable voz de barítono. Atravesaba sin ningún tipo de esfuerzo el suave fluir del agua y aunque a veces se distorsionaba, de seguro porque Diego introducía la cabeza bajo el chorro, la letra de la canción se entendía casi en su integridad.

La mente de Sheila conseguía rellenar esos pequeños huecos porque la había oído miles veces en la casa de sus padres. A su padre le encantaba Machín. Recordaba los momentos en que entusiasmado por la letra él buscaba por la casa a su madre  y la tomaba de la mano, tiraba de ella desoyendo las protestas de esta, que en el fondo encantada, acababa riendo entre los brazos de su único amor y abrazados bailaban un bolero detrás de otro mientras su padre cantaba y susurraba la letra al compás de la música, como si estuviera recitando palabras de amor para ella.
 Diego vociferó sacándola de sus recuerdos.
       UUUUUUUUUUUU
TARARARARARARAAAA
TITOTITO TITO TIITO
TITO TIII TUUTURUURURUUU
No pudo evitar la carcajada, se tapó la boca con las manos para silenciar algo su risa.
«Canta muy bien».
Pero no se reía de la voz. Más bien del tipo de canción que cantaba. Un bolero. Un bolero de amor.
La risa se le congeló al instante. Meditó. «Un bolero de amor». Jadeó por la sorpresa y se ruborizó al comenzar a asimilar sus pensamientos.
«Un bolero de amor» — volvió a repetirse, rumiando la frase en su interior.           Bueno, eso no quería decir nada… ¿o sí? Sacudió la cabeza en un intento de  despejar su mente de los resquicios de sueño.
«¿Y por qué no?»
Los hombres también se enamoraban. Pero ¿qué estaba diciendo? ¡Por Dios! Si solo hacía escasos meses que se conocían,  eso si contaba su primer encuentro…Él no estaba más enamorado de lo que lo estaba ella. Su voz interior carraspeó.
«Yo no estoy enamorada…—buscó las palabras en su ofuscado cerebro ―Estoy…estoy…encaprichada. ¡Eso es!»
La voz silbó.
—¡Vete a la mierda! —increpó a su subconsciente en voz alta.
—¿Sheila?...
—¿Sí?
—¿Estás despierta, nena?
«Obvio» Pero contestó— Sí…—titubeó. «¿Nena?»
—¡Ven!
«Ven dice. Pero ¿dónde?»
 Por más que miraba el despacho solo veía lo que al entrar en él. Sus ojos se encontraron con un reloj en una de las repisas. ¡Las ocho de la noche! Pero ¿cuánto tiempo se había quedado dormida?
—Vamos—llamó  él insistente.
—Vamos vamos, ¿dónde vamos? —gruñó Sheila que buscaba y rebuscaba.       «Pared, sofá, estanterías. Puerta. Más estanterías. Ventanal. Mesa. Butaca –enumeraba mentalmente—.Y ¿dónde narices está Diego?»
Iba a preguntar en voz alta como encontrarle cuando vio que una parte de la estantería que tenía enfrente se movía. La silueta de Diego se dibujo en la disimulada puerta.
—Necesitaba una ducha —explicó jovial—. ¿Quieres tú también? Aún debe quedar agua caliente en el termo.
Sheila afirmó con la cabeza. Las palabras no salían de su boca porque se había quedado sin respiración al verle.
Su cuerpo era perfecto. Podría mirarlo horas y horas sin cansarse. Y aún más según se encontraba en ese momento.
La piel morena brillaba por las miles de gotitas de agua que corrían por ella, acentuando aún más, los musculosos hombros, los bíceps, los anchos pectorales y sus abdominales.
Sheila recorría lenta pero sin pausa cada centímetro de la piel del hombre. Se había colocado una minúscula toalla enrollada en la cintura que tapaba lo justo. Frenó el impulso de arrancársela y siguió con su inspección. Las piernas eran fuertes e interminables, cubiertas por un fino vello rizado.
Notaba como su cuerpo, si seguía con esos pensamientos, terminaría pidiéndole marcha otra vez. Pero es que esa figura, esos ojos y esos labios no provocaban otra cosa en ella que no fuese una gran lascivia.
Él la observaba mirarle.
«Se me está comiendo con los ojos»—pensó divertido pero lo excitó. Sus labios dibujaron una pícara sonrisa ladeada y la herida del labio protestó.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó insinuador.
Sheila desvió la mirada avergonzada.
—¿Q-Qué?
—Te preguntaba —y se acercó con movimientos felinos hacia ella—. ¿Qué si te gusta lo que ves?
La voz del hombre sonaba  más grave por el incipiente deseo.
Sheila dio unos pasos hacia atrás. Dio igual. Las largas piernas de él la alcanzaron con una zancada.
Aplastó los labios contra los de ella rodeando los hombros y las caderas con sus brazos e ignoró el escozor de la herida. Exploró con urgencia la boca que le correspondió gustosa.
«Sabe a menta» —Se dijo Sheila. Debía de haberse cepillado los dientes. «¿Dientes?» ¡Oh! Ella acababa de despertarse y su boca debía de…no quiso ni pensarlo.
Comenzó a empujar el pecho con las manos en un intento de separar sus cuerpos. Él no se dejó y Sheila protestó con gruñidos lo que hizo que él la apretase aún más. En su desnudez pudo sentir la erección del hombre a través de la minúscula toalla. Quiso rendirse a la pasión. Comenzó a acariciar la ancha espalda. Las gotitas de agua hacían resbalar mejor sus dedos. ¿Agua? Él acababa de ducharse  y por el aroma que impregnaba su nariz debía de haberse perfumado porque su aftershave  la estaba poniendo a mil.
«Y lo que no es su aftershave. ¿Y tú? ¡Cochina! Que no te has lavado desde esta mañana…».
 Sus pensamientos cayeron sobre ella como un jarro de agua helada. Habían sudado y notaba restos de él entre sus muslos. Se sintió pegajosa y sucia en comparación con él, que allí estaba entre sus brazos, limpio y oliendo de maravilla.
Le empujó. Diego gruñó. Intentó apartarlo con todas sus fuerzas y separó sus labios.
—¡No! Diego.
Suspiró fastidiado y la miró. Sus pestañas aún conservaban diminutas gotas y un mechón rebelde le caía húmedo sobre la frente, justo donde su entrecejo había comenzado a fruncirse. Las barba incipiente marcaba la mueca de fastidio y frustración de sus labios.
Se separó unos centímetros.
A Sheila no le gustó verle enojado. Porque lo estaba. Alzó la mano hacia el mechón para colocarlo en su sitio pero él apartó el rostro. Sus dedos quedaron  en el aire, inmóviles y lo miró dolida.
Notaba la respiración agitada de él. Contempló el musculoso pecho subir y bajar acelerado y sus ojos bajaron hacia la toalla. Allí estaba la respuesta a esa agitación.
 No quería que Diego pensase que no le apetecía más sexo con él. Todo lo contrario. Estaba ansiosa por volver a sentirle en su interior. Por compartir con él esos íntimos momentos y él pensaba que lo rechazaba.  Su mano volvió a acercarse al rostro para acariciarlo y él dio un  paso atrás.
 Notó como sus ojos se enrasaban de lágrimas. Conocía demasiado bien esa sensación. Ser rechazada. «Seré tonta. No quiero llorar y menos que él me vea».  Pero una lágrima comenzó a rodar por su mejilla ante el gesto.
Diego la miró sorprendido. Se limpió de un manotazo la maldita lágrima y él intentó acercarse pero la mano que segundos antes había quedado suspendida se alzó firme y el hombre se quedó clavado en el sitio.
—Sheila…
—Da igual —cortó tajante. Suspiró y logró suavizar la voz al explicarse—. Solo quería decirte que me apetecía una ducha para sentirme tan limpia como tú lo estás.
Se giró sobre sus talones y penetró en el aseo camuflado, cerrando la puerta en silencio.
Diego hubiese preferido oír un portazo. Eso habría descargado algo el enfado de ella, pero al cerrar la puerta con suavidad, por experiencia, sabía que quería decir que se sentía dolida.
—Y eso es mucho peor—se dijo—. Mucho peor.
Se quedó de pie, expectante, mirando los libros de la puerta camuflada. Oía algo amortiguados los sonidos de la otra estancia. La cadena de la cisterna, el lavabo, la tapa del cubo al caer. Si la oía sollozar, por Dios, que traspasaba la puerta. Silencio.
—Soy un imbécil —se dijo. Deseó darse de cabezazos contra la estantería—. ¡Imbécil, capullo, insensible!
—Eso —gruño la voz de su subconsciente—. Un capullo imbécil e insensible.
Después un tenso mutismo y una larga espera la cabeza de Sheila asomó por una rendija de la puerta.
Sus ojos no estaban enrojecidos. Inspiró aliviado. Al menos no había llorado.
—¿Te importaría acercarme mi ropa y mis sandalias, por favor?
Tampoco la voz sonaba enfadada. No. Más bien impersonal. Sin fuerzas. Decepcionada.
Diego se apartó a un lado y con un gesto la invitó a salir en su busca.  Hablarían.
 Le observó sin despegar los labios y con intensidad a los ojos. No se dejó cautivar por la profundidad de su azul. Quería marcharse. Necesitaba aclarar sus ideas. Lo que él la hacía sentir. Y para ello solo había un lugar. Su cuarto. Su cama y su cojín favorito entre los brazos. Pero aun así no pensaba salir desnuda  a rebuscar por todo el despacho la ropa. En ese momento necesitaba intimidad y su desnudez no se la proporcionaba para nada y mucho menos si esos ojos seguían al milímetro cada movimiento de su cuerpo. Ni se movió. Siguió mirándole y esperó.
«Bien. Entendido —pensó ante la impasividad de ella—. La cagaste bien cagada amigo».
Exasperado se atusó el cabello con los dedos. Giró y comenzó a recoger las prendas femeninas, las fue doblando con cuidado sobre la mesa, incluidas las diminutas bragas y una vez reunió todo, lo acercó a su dueña.
—¡Gracias!  —le espetó y cerró.
Diego, mientras, recogió la mochila. Cinco minutos más tarde Sheila salió del baño, tomó la mochila de entre los fuertes dedos y dirigiéndose a la puerta la abrió.
Se giró para echar un último vistazo a la magnífica silueta. Diego se encontraba en el centro del despacho. Sus brazos colgaban inertes a ambos lados de su cuerpo.
—Buenas noches y hasta mañana —y salió cerrando con suavidad la vieja puerta.
El pasillo apareció ante sus ojos, interminable, iluminado tan solo por las luces alternas de emergencia. Daba grima. Las suelas de sus sandalias provocaban un eco que le hizo erizar la piel. Temerosa miró hacia atrás. Nadie. Aceleró el paso. Solo le quedaban escasos metros para llegar a la puerta que daba acceso al aula.
Tiró de ella hacia sí. Nada. Volvió a intentarlo con idéntico resultado.
 «Cerrada».
 Comenzó a dar tirones exasperados en un intento de que ¿mágicamente? se abriese. Desistió. Solo le faltaba que apareciera el guardia de seguridad, con el tumulto que estaba armando y  la detuviese. A su derecha el pasillo continuaba.
«Tiene que haber salida por aquí».
 Más despachos. Giró a su izquierda. ¡Hacia la puerta de salida! ¿Puerta de salida? Una maldita pared.
Estaba a punto de ponerse a gritar de frustración… y de miedo. Volvió sobre sus pasos. Tiró de nuevo de la puerta del aula. Nada. Inamovible.
Miró al fondo del pasillo, hacia la puerta del despacho de Galán. Tendría que volver para pedirle ayuda. Bufó exasperada. No le apetecía para nada.
Golpeó la puerta del despacho. Silencio. Insistió golpeando más fuerte.
«Estará en el baño y no me oye».
 Inspiró profundo y empujó el pomo para entrar de nuevo a la dependencia. El pomo no cedió. Empujó. Empujó. Empujó. Golpeó. Nada.
Allí no había nadie. Pero ¿cómo era posible eso? No se había cruzado con Diego. No había oído sus pasos por el pasillo. Quizás se había echado a dormir. Golpeó otra vez con los nudillos.
—¿Diego?...Diego, soy yo.
Todo siguió igual.
Por muy enojado que estuviera no creía que él no le abriese. Sería infantil.
Miró a su alrededor. Nadie. Sombras. Escuchó unos ligeros crujidos.
«Solo es la madera del suelo» −se dijo para darse ánimos.
Estaba sola. Ni la maldita voz interior resonaba en su cabeza. Empezó a hiperventilar. Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos, estaba a punto de gritar y echarse a llorar en el suelo.
Una luz se encendió en su cerebro.
«Un momento… Si Diego no se cruzó conmigo y no está en el despacho… ¿por algún sitio ha debido de salir? Es obvio que él conoce la salida».
Miró hacia el lado del pasillo que aún no había recorrido. A unos diez metros estaba la pared que parecía prologarse hacia la derecha y hacia allí se dirigió.
—Por favor —suplicó en alto—.  Que haya una puerta… que haya una puerta.
Giró y ¡SÍ! Allí estaba la salida de emergencia. Observó que la parte superior había una alarma y paró en seco. ¿Estaría conectada? Las manos le empezaron a sudar. Miró la puerta. La salida al exterior. Aire. Tomó impulso y empujó la palanca con decisión preparada para echar a correr ante el primer pitido de la alarma. El pomo antipánico cedió y la puerta se abrió dejando entrar una ligera brisa.
Sheila inspiró el aire nocturno. La alarma no había saltado. Respiró aliviada y salió al exterior.
La luz de una farola la deslumbró. Parpadeó para que los ojos se adaptasen a la intensidad de la luz y miró a su alrededor.
Nunca antes había estado en esa zona del campus, era desconocida para ella.
—¿Y ahora qué? —preguntó a la noche.
Comenzó a caminar hacia el parking del campus. Aquí y allá círculos de luz iluminaban el asfalto y las estrechas aceras. Ni un alma. Ni un coche. Nadie.
Torció hacia su izquierda caminando sobre el asfalto.
«Seguiré la carretera. Debe llevar hasta el edificio central y desde allí ya sé llegar a la boca del metro».
¿Qué hora era? Miró su reloj. ¡¡Las nueve de la noche!!
A estas horas la entrada del metro del campus estaría cerrada. Le tocaría andar hasta la estación más próxima que se encontraba a más de media hora, resiguiendo el camino que bordeaba la autopista.
«Y eso a buen paso».
 Se miró las estúpidas sandalias. Si llevase las deportivas incluso en veinticinco minutos llegaba, sobre todo con el miedo que tenía en el cuerpo. Aunque estaban a primeros de Octubre y los días seguían siendo cálidos se notaba ya la caída del sol antes de las nueve. Ya era noche cerrada y allí más con tanta arboleda rodeando los edificios y encapotando la escasa luz que despedían las diseminadas farolas.
Los viejos edificios de la universidad que fue encontrando a su paso estaban totalmente a oscuras. Unos ruidos surgieron por detrás. Miró rauda. Oscuridad.
Avanzó un poco más deprisa acomodando las tiras de la mochila a sus hombros donde el roce del cuero le molestaba la piel.
Oyó a lo lejos el ulular de una sirena y el tráfico de los coches transitando por la carretera que se encontraba más allá.
Un estruendo de cristales rotos la hizo brincar. Alguien había roto una ventana. Pero ¿quién? ¿Quién se encontraría a estas horas y en total oscuridad merodeando por la universidad?
—Sólo una gili como tú —estalló enfadada su invisible amiguita.
—¡Oh, cállate! —le replicó Sheila en voz alta pero al menos tenía a alguien.
Más cristales rotos pero esta vez le siguieron un coro de carcajadas varoniles. Gritos de ánimo que provocaron nuevos estallidos de cristales y más carcajadas y alaridos.
Venían de su derecha, justo por donde tenía que pasar. Vaciló un momento y miró hacia el otro lado. Descartado. Una frondosa arboleda con bancos diseminados y ni una sola luz en su interior.
No podía volver hacia atrás. No había nadie en los alrededores.
De repente, recordó su móvil en el interior de la mochila.
 «Imbécil».
Podía haber llamado a un taxi y no tener que estar pasando este mal rato.
Rebuscó nerviosa en el macuto. ¡AQUÍ! Lo sacó con rapidez y casi se le cae de los temblorosos dedos. Ya no sabía si temblaba de miedo o por el frescor de la noche. Ambos.
Desbloqueó el móvil. Miró la pantalla en la que salía el menú. Tenía un mensaje. Lo abrió. Tiene una llamada perdida del número… ¡Witch! Debía de estar preocupadísima. La última llamada había sido cinco minutos antes. Y ¿por qué no había sonado el maldito teléfono? Paula le habría mandado el taxi e incluso hubiese venido a buscarla en él.
Miró de nuevo la pantalla. ¡Mierda! Lo había tenido en silencio todo el tiempo. ¡Claro! Cuando entraba a clase solía ponerlo así y a la salida volvía a activarlo pero hoy la rutina diaria se había trastocado. Recordó su encuentro con Diego. Lo que daría ahora mismo porque estuviese a su lado camino del metro. Ahora veía ridículo que se sintiese dolida por el gesto de él. ¿Qué quería? Le había puesto a mil por hora para decirle que no. Había sido como poner la miel en los labios para luego quitarla bruscamente.
Decidió llamar a Witch. Que le mandase el taxi. ¡YA! Comenzó a teclear los números y llamó, acercando el móvil a la oreja esperaba ansiosa por escuchar la voz de su amiga. No se oía nada. Ni sonido de llamada ni nada de nada. Miró el móvil. Tenía batería suficiente. Volvió a marcar. Esperó. Nada.
—¡Maldito trasto!  —dijo en voz alta. Se encontraba parada debajo de la luz de una farola—. Pero ¿qué maldita cosa te pasa, eh? —hablaba con el móvil. Miró con detenimiento la pantalla luminosa. El condenado armatoste no tenía cobertura. ¡Si acababa de recibir una llamada hacia unos momentos!
—¡Por Dios! Que estamos en la capital…con unas antenas como camiones de grandes y ¿tú no tienes aunque sólo sea una maldita rayita de cobertura?
Le estaba gritando al móvil. ¿Qué esperaba? ¿Qué le contestase? Una risa histérica brotó de su garganta.
—¡Ey, nena! ¿Quieres unirte a nuestra pequeña fiesta?
Su risa se cortó instantánea. Alzó la mirada asustada hacia la voz que acababa de increparla. Un muchacho de unos dieciocho años se acercaba tambaleante hacia donde ella se encontraba.
«Si intenta propasarse le meto un mochilazo. Con la curda que lleva lo dejo KO».
Asió con fuerza las asas de la improvisada arma.  Él seguía acercándose y  Sheila tensó los músculos para defenderse de un posible ataque.
—¡Ey, preciosa! —farfulló el joven con lengua estropajosa—. No me has contestado aún.
«¡Madre mía como va!» Mejor para ella, más inestable.
—¡Eh, Julio! no seas tacaño y tráela para acá. ¡Nosotros también queremos conocerla!
Risas juveniles corearon la frase. Si se había envalentonado con el tal Julio, ahora notaba temblar sus piernas. Eran al menos seis, y aunque todos fuesen igual de jóvenes y escuálidos, como el Julito borrachín, eran muchos mochilazos  que dar. No podría con todos. Imposible. No quiso pensar en nada. Esto no podía estar pasándole a ella.
«Todas las víctimas de violaciones pensarán lo mismo» —se dijo. Ya ni se sentía con ánimos de darse coraje. Estaba aterrorizada.
Pensó en echar a correr pero recordó que llevaba sandalias. No llegaría muy lejos antes de que la cogiesen.
Decidió esperar al tal Julio. Enfrentarle. Lo mismo los amigos al verla defenderse con uñas y dientes huían.
—Y te caíste de la cama — Le increpó su voz interior.
Apretó de nuevo la mochila. Al menos este se llevaría un buen recuerdo de ella. El adolescente se paró a un metro de donde estaba. Intentaba mirarla fijamente y al mismo tiempo mantener el equilibrio de su cuerpo.
—¡Hola prezioza!
—Hola.
—M-me llaaaamo Jjj-Juuu-lio.
—Hola Julio.
—Y tú ¿cómo te llaamas encanto?
Arrastraba las palabras.
—María.
—¡María! ¡Eh, chicos! —gritó girándose a mirar hacia donde se encontraban sus amigotes―. ¡Osss presento a María!
Un coro de ¡holas! y silbidos se oyó en el silencio de la noche.
— ¿Vienez a nuegtra fiesta?
— No, creo que no.
—¿Por qué? ¿No te guzzzzto? ¿Le pareggo poga gosa a la señoritinga?
Esto estaba poniéndose feo. Muy feo. Lo malo no es que él estuviese borracho. Era peor que encima de borracho fuese agresivo. Entonces ahí sí que tenía las de perder.
«Un borracho no razona, embiste como los toros. ¡Ea! Sheila, a ojos cerrados y lo que sea será».
 Si fuese solo podría con él. Pero en el momento que le golpease su grupo de amigos vendrían a por ella. Tampoco podía ir voluntaria a su fiesta.
«¡Dios!! ¿Qué hago?»
 Divagando como estaba no se dio cuenta que Julio ya no estaba a un metro de ella sino que se encontraba a escasos centímetros de su cuerpo e intentaba abrazarla, estiraba los labios para besarla. ¡Puf! El aliento le apestaba a alcohol.
 Retrocedió pisando el bordillo mal y trastrabilló. La sandalia se deslizó hacia el interior del pie y su tobillo justo al lado contrario. Un dolor agudo la hizo gritar de dolor.
Se agachó, por instinto, a tocarse el torcido tobillo.
— ¡Oh! Vaya. Te hag hexo dagñoo.
— No es nada no es nada —jadeó dolorida. No quería mostrar ningún signo de debilidad. Parpadeó varias veces intentando borrar las lágrimas de dolor que se le habían escapado. El tobillo le ardía por momentos y un dolor pulsátil le hizo apretar los dientes.
—Degja que te ayuuude —se ofreció Julio e intentó levantarla del suelo.
Pero debido a su estado, su equilibrio dejaba mucho que desear y en su intento de agarrar las axilas para izarla, como le empujó asqueada, terminó rodando encima de ella.
Gritó. El dolor del tobillo era insoportable. Estaba mareándose pero ese baboso no dejaba de manosearla e intentaba levantarse y levantarla.
—¡Ey, Julio! ¡No empieces sin nosotros!
Ahora sí que estaba perdida. Tumbada en el suelo. La mochila fuera de su alcance, el baboso encima de ella, intentaba subirle el vestido que él mismo tenía pillado con su cuerpo y el tobillo aullándole de dolor. ¿Cómo iba a defenderse de seis tíos? Lágrimas de frustración, dolor y miedo brotaron de sus ojos.
Los amigos de Julio tardaron menos que este en llegar al lado de ambos.  Entre lágrimas adivinó que no tendrían más de dieciocho años y estos no estaban ebrios. Hicieron corro a su alrededor  y jaleaban a su amigo para que comenzase la faena.
El tal Julio intentaba desabrochar los botones de la bragueta y como no atinaba comenzó a tirar de sus pantalones hacia abajo con desesperación. Sus amigos le coreaban, mientras ella comenzaba a sollozar. Si al menos perdiese el conocimiento. Al despertar no recordaría nada pero el maldito dolor del tobillo lo único que le estaba provocando eran unas ganas tremendas de vomitar. Y lo hizo. Justo encima de la pechera del tal Julio.
Las carcajadas de sus amigos no se hicieron esperar.
Enfurecido el joven  miró su pecho vomitado y levantándose con asombrosa rapidez para  su estado, comenzó a gritar.
—¡Maldita zorra! Mi camisa recién estrenada.
Ya no arrastraba las palabras, la furia  había disipado los efluvios del alcohol y comenzó a golpearla.
 Notó un dolor intenso en su pómulo, seguido de otro en el labio. Sintió el sabor de la sangre en su boca. Se preparó para los siguientes golpes e intentó cubrir con los brazos su cabeza y su vientre.
A través del jaleo de los jóvenes percibió los neumáticos de un coche acelerando.
«Si pudiese gritar pidiendo ayuda  —se dijo, pero los labios le ardían y un dolor agudo le martilleaba el pómulo—. Tengo que gritar aunque me duela. Puede ser la única persona que pase por aquí en horas».
Y gritó, vamos que si gritó. El corro de adolescentes saltó unos metros hacia atrás al oír los alaridos.
Ya no se reían. La miraban paralizados.  Siguió gritando, mientras oía, no sabía cómo, el coche acercándose más y más hacia el pequeño grupo.
Los enormes faros les alumbraron, cegándolos a todos. El automóvil frenó a escasos centímetros de las piernas de los chavales.
—¡Eh! ¿Qué haces? —increpó uno de ellos.
La puerta del coche se abrió veloz y la enorme silueta de un hombre quedó recortada a la luz de la farola.
—Por favor, ayúdeme—consiguió decir.
Oyó la maldición del hombre. Entre brumas vio como el desconocido empuñó una pistola. Los chavales se separaron aún más de Sheila.
—¡Eh, colega, tranqui! Ya nos vamos…Solo nos estamos divirtiendo un rato.
No dijo nada más. Sheila oyó el impacto de un puñetazo y como un cuerpo caía. Los otros huyeron en distintas direcciones.
El hombre se acercó a Sheila.
—Ayúdeme —susurró a la sombra recortada—. Lléveme a mi casa.
El chico vapuleado aprovechó para huir también y se encontraron los dos solos.
«Por fin»— se dijo dejándose engullir por la bruma.
—¡Sheila! ¡Sheila!
Oyó a lo lejos que le llamaban.
—¡Despierta!
—¿Mm?
—Tengo que llevarte a un hospital.
La palabra hospital penetró en su cerebro. Odiaba los hospitales desde la horrible muerte de su abuela, le ponía mala el olor, las luces, todo lo que en sí era un centro hospitalario.
Se agitó convulsa.
—¡No!¡No! A casa… a mi casa…al hospital ¡No!
—¡Shhh! ¡Shhh!, tranquila… tranquila. Está bien yo te llevo a casa. Yo te cuidaré.
—Sííí —se perdía de nuevo en la inconsciencia. Se sintió izar en brazos y su tobillo protestó con el vaivén.
—¡Aug!
—Sí , ya sé que duele pero Diego está aquí para cuidarte.
—Diego —suspiró semiinconsciente—. Sí. Él me protegerá.
—Sí —dijo la voz apretándola aún más hacia su pecho.
Cuando Diego la introdujo en la parte trasera de su automóvil, Sheila se había desmayado.

domingo, 12 de abril de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capitulo 3)


                                                                                 3

     —Te espero si estás lista.
     —Casi.
     Sheila volvió a mirarse en el espejo del baño. Unas ligeras ojeras delataban su pelea nocturna entre las sábanas. Había dormido muy pocas horas. La cabeza no dejaba de dar vueltas una y otra vez que si no se andaba con cuidado sucumbiría a sus deseos y estos no eran otros que saborear los labios de Diego y esto traería sus consecuencias. 
     No podía permitirse anular ese curso y sabía con seguridad que no existía la posibilidad de cambiar a otra aula donde impartiesen las materias que él ofrecía. Antes de matricularse, se había informado de manera exhaustiva, y la única universidad que las impartía en todo el país era esta. Y para colmo, ¿cómo les explicaba a sus jefes que mandaba a paseo la excedencia y la beca que tan insistentemente les había estado pidiendo durante años? Al final, habían claudicado y ella podría cumplir uno de sus sueños, estudiar a los clásicos literarios universales, de tal manera, que casi sería regresar al pasado y observarlos plasmar las increíbles obras sobre el papel.
     —¡Maldita sea! —blasfemó.
     La cara sonriente de Witch, volvió a asomar por el hueco de la puerta.
     —¿Qué ocurre?
     —Todo y nada —contestó.
     Witch  la observaba a través del reflejo del espejo. Mantuvo unos segundos más la vista fija en las ojeras que intentaba disimular con un corrector.
     —¡Anda trae! —dijo.
     —¿Qué?
     —Déjame a mí.
     —No, yo puedo.
    —¡Sí! Puedes  sacarte el ojo a través de la piel o preparar el disfraz de carnaval para el año que viene.
     —¿Disfraz de carnaval? Pero… ¿De qué demonios hablas?
Witch, sin hacer ni caso, tomó una toallita desmaquilladora e intentó arreglar el desaguisado a la vez que contestaba.
     —Pensé que ibas de oso panda. 
     Sheila gruñó a la malvada sonrisa de Paula.
     —¡Oso panda! ¡Oso panda! —y giró brusca para mirarse en el espejo… Efectivamente era un oso panda.
     Witch miraba con obstinación el agujero de las cortinas del baño en un vano intento de mantener la compostura. Por momentos, su cara pasó de un blanco pecoso a un escarlata profundo. Los ojos se le empezaron a arrasar de lágrimas y los hombros, convulsos, se agitaban dentro de la camiseta azul celeste.
      Sheila parpadeó a su reflejo, miró a su amiga y ambas estallaron en carcajadas.
    —¡Ssshhhh! ¡Ssshhhh!... la vieja bruja se va a despertar —fue instantáneo. Los pies de ambas chicas comenzaron a notar la vibración de los golpes.
      Las carcajadas aumentaron y las vibraciones, también. 
     —A veces pienso, que esta mujer, va siguiendo nuestros  movimientos por toda la casa, escoba recortada en mano cual fusil, enfundada en un traje militar mimetizado —exclamó Witch.
Imaginarse a la octogenaria cascarrabias de doña Blanca, vestida al más clásico estilo Rambo, con las huesudas mejillas tiznadas y la perpetua redecilla rosa en el pelo que inmovilizaba los rulos…solo provocó un ataque histérico de risa y que ambas cayesen al suelo riladas por las carcajadas.
     Sheila colocaba las medias mangas del guardapolvo cuando vislumbró la hora en el reloj.
     —¡Dios mío! Mira que tarde es. ¡Oh! ¡No!  Por favor…
     —Bueno, piensa en lo bueno —dijo Witch que encogió los hombros y se alzó del suelo.
     Sheila  la miró confusa.
     —Volverás a tener el pasillo vacío para ti y tu señor Galán.
     —No es MI señor Galán.
     —¿No?
     —¡No!
     —Pues esta noche en sueños bien que le llamabas…
     

Sheila lanzó un manotazo al aire pero Paula fue más rápida y esquivó el golpe.





     Al llegar al campus observó complacida los nutridos grupos de estudiantes que charlaban relajados antes del comienzo de las clases.
     Hacía una mañana estupenda. El sol entibiaba el aire y una ligera brisa impregnó su nariz con el olor a hierba recién cortada.
     Paseó los ojos por toda la explanada. Buscando.
     «¿Buscando?»
     —¡Sí! Buscando-LE —instigó la vocecita de su cerebro.
     —Pues LE se va a quedar con las ganas —farfullo enfadada.
     Y dirigió sus pasos hacia el fondo del campus, al llegar a la puerta del pabellón de talleres  echó un último vistazo al cielo azul.
     —Azul zafiro—pensó—. Igual que sus ojos. 
     Con un estremecimiento descartó ese pensamiento y penetró a la oscuridad del vestíbulo.
     —¡Buenos días!—saludó a sus compañeros y se sentó en el mismo sitio del día anterior.
     No se iba a amilanar. Aunque tuviera que atarse con cuerdas a esa silla, no le iba a demostrar que el encuentro le había afectado lo más mínimo.
     —¿A quién intentas engañar? —preguntó la vocecita.
     —¡Déjame en paz! —dijo al cuello de su camisa.
   La rubia tetona miró con curiosidad desde el otro lado del pasillo. Sheila sonrió por cortesía,  notaba la gélida mirada de esos ojos verdes observarla con desdén de arriba abajo.
       «Gilipollas» —pensó. 
     Hizo caso omiso a la despampanante mujer y se concentró en buscar entre el revoltijo de la mochila la libreta, aún en blanco, que dejó sobre el pupitre y la maravillosa pluma Mont Blanch recuerdo de su abuela.
     —¿Dónde estás? ¿Dónde estás?
     Por más que rebuscó entre los pliegues del desgastado forro, la pluma no apareció. 
     Un carraspeo llamó la atención de la clase. Nadie había oído entrar a Diego, que sentado sobre el borde de la mesa, deslizaba la mirada por su cuerpo. Y al contrario que con la rubia, Sheila, notó como cada centímetro de la piel hormigueaba ante tan exhaustivo repaso.
      El rubor tiñó sus mejillas.
     «Como una quinceañera enamorada» —refunfuñó para sus adentros y frunció el entrecejo.
     La ceja del profesor se elevó, sutil.  Había percibido su cambio de humor y se preguntaba o le preguntaba el porqué.
     Se removió inquieta en el asiento.
     —Ten, te lo presto.
   Dirigió la mirada hacia la izquierda, donde una pelirroja pecosa sonreía mientras le ofrecía un bolígrafo. 
     —¿Eh?...Gracias— y tomó este.
     —No es tu bonita pluma pero te servirá para tomar apuntes.
     —Sí…—contestó titubeante Sheila.
      Así que se había fijado en su pluma. Y si ella… 
     —Creo recordar, —cortó sus pensamientos la alumna— que la vi por última vez  en…
     —¿Señorita O´Connor?... ¿Amanda O´Connor? ¿Ha terminado ya?
     La gélida voz del profesor atrajo la atención de ambas.
     —¿Eh?... ¿perdón?... sí  —la voz de la chica salió en un hilillo.
     —¿Cómo dice?—tronó de nuevo la voz de Diego.
     Sheila observó como el menudo cuerpo de la joven se encogía en el asiento.
     —Sí, profesor —el tono tembloroso  al contestar—. Le comentaba a mi compañera…
     —Los comentarios para otro momento, se lo ruego —cortó tajante el catedrático.
     —Bien —musitó esta.
     «¡Será capullo! Pero ¿quién se creía él que era? ¿El ombligo del mundo?» pensó irritada Sheila.
     Le taladró con la mirada, la mantuvo firme sobre sus ojos, insondables en ese momento,  y bajó por la perfecta nariz para  repasar golosa el grosor de los labios.
     El robusto cuello quedaba al descubierto, al igual que parte de los anchos hombros, por el generoso escote del jersey azul  grisáceo de punto inglés que ceñía el musculoso cuerpo en los puntos clave resaltando aún más la fortaleza de ese tórax. Unos jeans blancos apretaban sus caderas y la entrepierna y notó como la temperatura de su cuerpo aumentaba.
     «¡Jesús!» —se dijo, anulando el instinto de abanicarse con la mano. 
     Sus ojos se encontraron. Las pupilas del hombre se dilataron por momentos. Sheila recordó esa misma mirada. Un latido en su bajo vientre le recordó que se estaba adentrando en terreno peligroso pero no pudo reprimir el gesto de humedecerse los labios con la punta de la lengua.
     La mano de él pinzó su tabique nasal, mientras las yemas de los dedos masajeaban  los cerrados parpados, en un intento de…
     «¿Aliviar la tensión?» —se preguntó al mirar embelesada sus dedos. Gimió al recordar lo que estos habían realizado en sus sueños— «¡Oh, Dios! ¿Qué iban a pensar sus compañeros oyéndola gemir así? Mira, está cach…»
     No terminó la frase. Recorrió nerviosa con la mirada al resto de sus compañeros.
     Al parecer, nadie había oído nada. Todos peleaban con sus plumieres y carpetas preparándose para la clase. Hasta la rubia de bote parecía ensimismada retocándose los labios.
    Miro a Amanda que repasaba ansiosa los apuntes del día anterior a escasos centímetros de ella, por tanto le tenía que haber oído, pero no.
     Volvió su atención a Diego, la comisura de sus labios algo elevada. ¿Habría oído él su gemido? ¡Imposible!,  «Si la alumna que está a mi lado ni se ha enterado menos él que está a dos metros de distancia».
     Pero la arqueada ceja del catedrático le dio la respuesta. 




     Sin apenas darse cuenta había pasado un mes del curso académico. Su vida se ciño a su nuevo estatus de estudiante, donde las mañanas la ocupaban las clases y las tardes estudiar los apuntes, cocinar el menú del día siguiente y charlar o ver la televisión mientras escuchaba a Witch parlotear sobre el trabajo o aguantar sus puyas diarias sobre ella y sus avances con el profesor. 
     Avances inexistentes, a no ser que las miradas y sugerentes sonrisas, por ambas partes, contasen como tal.
     Le dolía el trasero y la espalda de estar toda la mañana sentada en ese horrible banco de madera. Miró con envidia la butaca de mullido cuero negro del catedrático.
     «Bueno— se dijo—. Solo quedan veinte minutos para que termine otro largo día de aprendizaje».
     Intentó concentrarse en la pregunta que en ese momento Galán le hacía al grupo.
     Lo sabía. Bécquer siempre había sido su autor favorito de la época romántica. No es que fuera un clásico universal tan reconocido como Cervantes  pero, como Diego había explicado, primero había que conocer lo nuestro para poder entender lo que se cocía en literatura más allá de los Pirineos.
     La clase seguía en silencio y el profesor esperaba una respuesta. Dudó. No  había vuelto a dirigirse a él en persona desde su encuentro y no estaba segura de que la voz no delatara lo que él le hacía sentir.
     Acomodó de nuevo el trasero y esperó.
     —Y¿ bien?—preguntó Diego—.  ¿Ningún cerebrito de la clase lo sabe? ¿No son ustedes una clase avanzada y especializada?
     «¿De qué va este?» y sin poder evitarlo.
     —Es una alegoría a su amada —replicó enfadada. Deseaba terminar la clase. 
Diego la miró. 
     —¿Está usted segura? —instigó él.
     Ella le taladró con su mirada.
     —Sí —desafió alzando el mentón.
     —¿Sí?
     «Pero que terco es» —pensó. Y en voz alta continuó—. Por supuesto que el poeta no la nombra en los versos pero está muy claro…— «Toma eso capullo» reprochó en silencio—…que habla sobre ella por la metáfora usada al final del cuarto verso.
     —¿Qué metáfora? —replicó él.
     —La que alude al color de sus ojos.
     —¿De sus ojos? —Galán carraspeó—. Y ¿Cómo sabe usted de qué color eran los ojos de la amada del señor Bécquer? ¿Llegó a conocerla usted en persona?
      «¡Ahhhhhgg!» —gritó exasperada en su  mente.
     El grupo entero les seguía con la mirada como si de un partido de pin pon se tratase.
     Él estaba a un metro escaso de distancia de ella, sus ojos brillaban burlones, al igual que la sonrisa que deseó borrar del atractivo rostro. 
     No le gustaba, ni nunca le había gustado, alardear de sus conocimientos, pero no iba a quedar como una completa idiota frente a sus compañeros. Sabía de lo que estaba hablando y no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer.
     Ante su silencio, él, se acercó más hacia donde se encontraba y apoyó retador las  manos a escasos centímetros de las suyas sobre el pupitre. Miró esas manos embelesada y deseó que recorrieran su cuerpo.
     —¡Céntrate! ¡Céntrate!—le regaño su voz—.Y pon  en su sitio a este guapo bastardo de culo prieto. ¡Ya!
     «Voy».
     Él viendo que no reaccionaba comenzó a alejarse. Esto unido a las disimuladas risas de sus compañeros hizo el resto. 
     —Pues no —negó, y su tono desafiante paró en seco a Diego.
     —No, ¿qué? —siseó este mientras cruzaba los brazos sobre el pecho y se giraba para enfrentarla de nuevo. 
     —Que no la conocí en persona —y recalcó esto último. Oyó murmullos entre sus compañeros.
    Diego la miró enfadado. Sabía que le retaba pero él se lo había buscado, la verdad fuese dicha. 
¡Maldita sea! Le costaba centrarse en las clases mientras ella le observaba con sus preciosos ojos.
     Desde su  reencuentro el primer día de curso no se podía quitar de la cabeza el sabor de sus besos. La tibieza de su tímida lengua. Las cálidas  curvas de su cuerpo sobre la firmeza de sus músculos. Sabía que había un volcán de fuego bajo esa tímida apariencia y él ansiaba, anhelaba, quemarse en la líquida lava de su interior.
     No había dormido bien en todo ese tiempo. Se despertaba sudoroso y con una erección espectacular tras oírla gemir en sus sueños, cuando se encontraban en pleno juegos sexuales. 
     «No vayas por ahí Diego. Ahora no»
     Inspiró aire lento y profundo para despejar la mente pero le impregnó el olor que la suave piel de ella desprendía.
     Las aletas de la nariz se dilataron y turbado comenzó a notar que otras zonas del cuerpo también comenzaban a dilatarse.
     Quería sentir arder su glande con el fuego interior de ella. Que se impregnase con su flujo. Que ella lo envolviese por entero y que la redondez y los embistes de las caderas de esa apetecible mujer le llevasen al séptimo cielo. 
     Sentirla estremecerse de placer bajo su cuerpo. Gemir al sentir el orgasmo de ella y explotar él mismo en su interior, liberándose así de ese dulce tormento.
     Y la pregunta hecha miles de veces a lo largo de las noches y miles de veces no contestada volvió a su mente.
     ¿Qué le pasaba?  ¿Qué tenía esta mujer que no tuviesen el resto de mujeres del mundo? Él era profesor. No podía permitirse ese tipo de sentimientos con el alumnado. No si quería conservar el puesto en la universidad. Su dolorida entrepierna le sacó de sus elucubraciones.  Frustrado atusó los cabellos entre los dedos e intentó centrar su atención. 
     «¡Mierda!» La maldita erección tenía que estar notándose con esos jeans tan apretados.
    Se giró rápido y dio la espalda a la mujer que poblaba sus sueños. Quería llegar a la butaca y sentarse en ella hasta que su tienda de campaña se fuese desinflando. Viró la silla para sentarse.
     «¡Aug!» —gimió dolorido.
     Al menos a esta distancia no le inundaba el aroma de ella. 
     La clase estaba en silencio. Alzó sus ojos hacia el aula.
     «¿Qué pasaba?...¡Ah! Sí, Bécquer» 
    La tensión se mascaba en el ambiente. Esperaban de él una respuesta a la mordaz replica de esos jugosos labios. 
     Carraspeó para centrar sus ideas. Juntó las yemas de los dedos por delante del  rostro.
     —Y ¿entonces?—la pregunta fue directa a su oponente.
     Vio la mirada de enojo en esos ojos. Ardían. Apretaba con fuerza los nudillos sobre el bolígrafo y estaba seguro que si hubiese podido le habría abofeteado. Y él como respuesta la habría sujetado entre sus brazos y la besaría salvajemente hasta hacerla rendirse a las caricias de sus labios. 
     «Vale. No se rinde». Sheila aceptó el desafío. Tomó aire y comenzó a hablar con voz firme y segura.
     —En las cartas escritas a su amigo Héctor de Mendoza, fechada en abril de 1858, de la cual se tiene copia en la Biblioteca Nacional con nº de registro 384/22, en la segunda mitad del quinto párrafo, la describe como, y cito textualmente: Una adorable jovencita de quince primaveras, de cabellos dorados cual trigo al sol y con los océanos de la tierra inmersos en un manto de nieve.
     Envalentonada, continuó:
    —Gustavo Adolfo Bécquer deja bien claro en su poética descripción, que la joven era rubia, de ojos azules y de piel muy blanca. Confirmándose así la alegoría a su amada que antes mencioné.
     — ¡Chúpate esa cabrón! —gritó su voz.
     «¡Esa boca!» —regañó Sheila a su mente.
     —¿Boca?
     «Bueno lo que sea que tengas» —respondió. 
     Los murmullos de la clase silenciaron el diálogo consigo misma. Le miró a los ojos. Ahora, soltado el enojo, lamentaba  su arrebato y con la mirada quiso transmitirle una tregua.
Diego la estudió suspicaz. Se preguntaba cómo podía ella saber lo que acababa de decirle. Muy pocas personas, él entre ellas, conocían la existencia de esas cartas, pero ninguna, de las que al menos él trataba, le podía dar el número de registro de la Biblioteca Nacional y saberse de memoria en qué párrafo se encontraban ciertas frases y lo que estas frases decían.
     Y para colmo, sin faltarle en ningún momento el respeto, le había puesto en su sitio.
     Sonrió, admirado, para sí. No solo era una cara bonita en un cuerpo perfecto. Esa cabeza tenía una inmensa materia gris muy bien utilizada.
     «Interesante. Muy interesante.»
     Y el deseo por ella aumentó aún más, si eso era posible.
     El timbre del pasillo dio por finalizadas las clases y le sacó bruscamente de sus pensamientos.
Observó a los alumnos levantarse con rapidez y recoger sus enseres mientras de manera fugaz y curiosa, vigilaban los movimientos de su compañera, que también recogía sus apuntes.
     En ese momento ella hablaba en voz baja con Amanda O´Connor, la alumna Erasmus, que la miraba con admiración.
     Vio que Sheila negaba con la cabeza y la pelirroja se despidió. Quedaban una docena de alumnos rezagados murmurando en corrillos. Ella comenzó a subir los peldaños e iba colocándose su desgastada mochila a la espalda.
     Más que ver, intuyó el contoneo de las caderas bajo su vestido floreado. Miró los pies que calzaban unas sandalias. Entornó los ojos. Eran la réplica femenina de las suyas. Se sonrió.
     —Señorita López.
    Trece pares de ojos se volvieron a mirarle. Él mantenía los ojos fijos en ella quien sostuvo la mirada unos instantes y volvió la vista a sus compañeros, que estudiaron a ambos.
     —¿Podría acompañarme un momento a mi despacho, por favor?
     Como en una carrera de caballos al oír el disparo de salida, veinticuatro pares de pies galoparon por los sonoros peldaños de madera huyendo de la quema que se avecinaba. 
     «¡Adiós! ¡Hasta mañana! ¡Que te vaya bien!» Fueron las apresuradas despedidas que oyó Sheila que continuaba como una estatua sobre el peldaño en que se había parado.
     —Si… er... Profesor.
    La rubia de bote remoloneaba con una sonrisa malévola en los siliconados labios y antes de salir por la puerta se giró.
     —Hasta mañana, profesor Galán —se despidió melosa y dirigiendo sus gélidos ojos verdes a Sheila le dijo un frío— ¡Adiós!
      «¿¡Adiós!?... más quisieras tú bonita».
     Comenzó a bajar los desgastados peldaños intentando rebuscar en su mente las palabras de disculpa que apaciguasen el ego de, en ese momento, su oponente.
     Ya frente a él alzó los ojos para mirarle a la cara. Intentó no parecer desafiante. Ya había metido la pata bastante, al menos por hoy.
     —Te importa acompañarme…es solo un momento.
     El tuteo relajó la tensión de sus músculos.
     —Bien —respondió.
    Diego tomó su macuto de piel y se dirigió a la puerta por la que accedía al aula, la sujetó e hizo pasar a la joven por delante de él.
   Sheila atravesó el umbral y se encontró en un largo pasillo, apenas alumbrado, de altos techos, suelos de madera pulida y a ambos lados una interminable hilera de puertas algunas con la pintura desconchada. 
     —Al final del pasillo, la última puerta de la izquierda—le indicó Diego.
   Condujo sus pasos hacia allí. Por el rabillo del ojo observó que unas chapas de latón junto a los marcos informaban del nombre del profesor al cual correspondía el despacho y la asignatura que impartía.
    El silencio les rodeaba, tan solo roto por las pisadas que resonaban con eco sobre ellos. Sentía un hormigueo en la nuca. Sabía que él observaba sus movimientos. Se encontraba  varios pasos por detrás de ella pero si pensaba que con esa actitud la iba a amedrentar, iba listo.
     «Bueno, un poco acojonada sí que estás» —se reconoció a sí misma.
    ¿Qué iba a pasar en el interior del despacho? ¿La amonestaría por dejarle en ridículo delante de toda el aula o la expulsaría sin mediar palabra alguna más? 
     Reaccionó ante este último pensamiento y su genio volvió a despertar.
     «Pues, no me rendiré. Recurriré a quién sea y las veces que hagan falta». Sus hombros se cuadraron y su mentón se elevó unos centímetros.
     Diego, la observaba con detenimiento. Inspiró hondo antes de seguirla por el largo pasillo. El olor de su aroma lo invadió de nuevo.
     «Mal empezamos. Necesito tener la cabeza fría…y lo que no es la cabeza». Y se rió de su propio chiste.
     Repasó la silueta de la mujer. El corte de pelo a lo garçon despejaba la nuca dejando al descubierto el cuello esbelto. Los tirantes del vestido le permitían ver los omóplatos y el vuelo de la falda resaltaba más aún, si cabía, su trasero respingón. Lo adivinaba contoneándose por el leve movimiento de la tela. La cintura se remarcaba y volvió a estudiar los sensuales hombros. Suaves, torneados.
     «Deliciosos para morder». 
     Como en respuesta a esta erótica sugerencia los hombros de ella se crisparon. 
     Una risa ahogada surgió de su pecho.
    Un tirante del vestido se deslizó del hombro femenino y sintió un hormigueo en los dedos. Deseaba volver a colocarlo en su lugar y rozar esa piel sedosa.
     «¡Uf! Respira hondo, chaval» —se ordenó.
     Habían llegado a la puerta del despacho.
    Sheila se hizo a un lado del umbral, esperando a que él abriese la desvencijada puerta, donde un rótulo informaba: Diego Galán. Profesor de literatura clásica.
     Rebuscó las llaves en el bolsillo de los vaqueros. Se ceñían tanto a las caderas que las malditas llaves se enganchaban en el interior del bolsillo. Echó los glúteos hacia atrás, ahuecando el apretado forro e intentado liberar el llavero rozó su miembro, que aún seguía hipersensible.
     «Quieto Babieca» —ordenó a sus bajos.
     Sheila seguía con detenimiento los movimientos de los dedos de él.
     —Ayúdale un poquito—dijo picarona la vocecilla.
     «Más quisiera yo meter mano a esos jeans» —contestó quejumbrosa a su voz.
     Lo que hubiese dado por acariciar esa zona y hacer que el miembro viril engrosase por momentos.
Se sofocó ante esos pensamientos, la temperatura del pasillo parecía haber subido unos cuantos grados.
     Movió inquieta sus pies en un intento de disimular lo que sentía.
     —Por fin —dijo él en voz alta al sacar las llaves.
    Sheila al unísono había replicado lo mismo mentalmente.
    Él abrió la puerta que chirrió leve y la invitó con un gesto a pasar. Carraspeó nerviosa y penetró a la penumbra del interior.
   Cuando sus ojos se adaptaron a la escasa luz, se encontró con un enorme ventanal en el frente cubierto por unos estores de lamas que permitían regular la  luminosidad externa. Comprendió el porqué de estar casi cerrados, el sol apretaba con justicia en ese lado de la fachada. Se notaba por la temperatura del despacho, algo superior en contraste con el pasillo que acababan de dejar atrás.
     Delante del ventanal una butaca de cuero marrón detrás de una enorme y tallada mesa de despacho llamó su atención. Se hallaba repleta de carpetas apiladas cerca de un protector de cuero a juego con la butaca. Junto a él, la típica lámpara de oficina. Una figura abstracta de cristal sujetaba más documentos en la zona de la izquierda.
    Dos de las paredes estaban cubiertas por estanterías de madera de roble y no quedaba ni un solo hueco libre en ellas, de ahí que en las esquinas, se amontonasen varias pilas de libros. La única pared sin estantes del despacho, la ocupaba un sofá de chenilla marrón chocolate con los mullidos almohadones en color vainilla. Sobre el sofá una réplica exacta de El beso de Klimt y junto a él una mesita con una lámpara con pantalla de tela anaranjada. Más allá, un carrito auxiliar de aluminio pulido con una cafetera eléctrica y todo lo necesario para poder disfrutar de un café. Delante del sofá, una hilera de libros hacían de patas de mesa, sosteniendo un tablero de pulida madera de roble.
     «Práctico».
    Mientras ella examinaba el despacho, Diego la contemplaba a ella. La observó mirar las paredes y los muebles. No supo porqué pero deseó que  le gustase.
     Sheila se giró en ese momento para mirarle. Sonreía dando el visto bueno al espacio. Quiso acercarse a ella, tomarla entre sus brazos y besarla con pasión.
     Para asegurarse de no caer en la tentación, prefirió soltar su macuto de piel sobre el escritorio y colocar los libros que portaba en el interior en el lugar correspondiente de las estanterías.
     «Necesito mantener por un momento mis pensamientos alejados de ese tentador cuerpo».
     Sheila seguía todos sus movimientos en silencio.
    Al terminar de colocar los tomos se acercó al escritorio y apoyó las nalgas en el borde de la mesa mientras cruzaba brazos y piernas en desenvuelta postura.
     Se observaron mutuamente sin mediar palabra alguna durante largo rato. Sheila devorándole con la mirada, Diego apretando los brazos en un intento de no atravesar la pequeña distancia que los separaba y tomarla entre estos.
    Incomoda se miró los pies rompiendo la conexión visual.
   «A ¿qué demonios me ha traído aquí?»—se preguntó. Y nerviosa comenzó a juguetear con una de las borlas de su mochila.
    —Bien— dijo la voz ronca de Diego. Carraspeó.
    Sheila alzó la mirada.
    —Te preguntarás por qué te he traído aquí, ¿no?
   Asintió. Ahora sí que había llegado la reprimenda. Inquieta se colocó con mano temblorosa el tirante del vestido. De nada sirvió porque volvió a caerse. Lo recolocó de nuevo. En vano. Desistió.
    Cruzó sus manos por delante entrelazando los dedos. Trago saliva y por fin  se decidió a hablar.
    —Profesor Galán…
    —¿Sí?
    —Desearía disculparme…
    —¡Cobardica! ¡Te has rendido! —replicó decepcionada su vocecilla interior.
    Sheila la ignoró y continuó hablando.
   —D-desearía pedirle…
   —Que me folle  aquí mismo —estalló la maldita voz.
   Ignoró a su subconsciente.
    —¿Dime? —instó Diego ajeno a la pelea que ella tenía con su mente.
    «Que te tome aquí mismo —se respondió él—. ¡Joder!  Diego, para» —se dijo.
    Sheila llenó de aire sus pulmones y dejó que el torrente de palabras fluyera.
    —No quisiera que tomase en cuenta, para un futuro, lo ocurrido durante la clase de hoy. Solo quería limitarme a contestar a su pregunta pero al ver que nadie respondía…
    —Decidiste hacerlo tú —interrumpió.
    — Sí…—Sheila se mordió los labios—. No me gusta intervenir en clase —aclaró.
    Él arqueó su ceja.
    —Yo… no me siento cómoda alardeando de mis conocimientos.
    —Pues no lo parecía.
    Le miró furiosa. Eso era una total fustigación. «Se acabó la disculpa». 
    —Y usted, —subrayó— no debería insultar a sus alumnos. Para que le respeten a uno hay que saber respetar primero.
     —Ole tus ovarios—dijo su voz—. ¡Apuntíllale ya! Y se rió.
     Diego se levantó con brusquedad de la mesa y retrocedió por instinto unos pasos.
     «Se armó la gorda».
    Con dos zancadas quedó a escasos centímetros de ella. Podía notar el magnetismo que desprendía. El aroma sutil de la colonia mezclado con un ligero aroma ¿avainillado? Las aletas de su nariz se dilataron. Su cerebro empezó a embotarse y el enfado comenzó a disiparse siendo sustituido por los vapores del deseo. Alzó la mirada y se zambulló en esos trozos azul intenso.
   —Y —enfatizó él—, no deberías ponerte tan apetitosa cuando te enfadas.
Antes de que pudiera darse cuenta, se encontraba envuelta en sus brazos y la boca de él intentaba abrir con urgencia la suya.
     Empujó el amplio pecho con las manos, aprisionadas entre ambos, para tomar aire. No consiguió mover ni un milímetro ese musculoso cuerpo. Muy al contrario. Él la apretó más hacia sí.
     A través del ligero vestido podía percibir el calor que irradiaba ese cuerpo. Una mano de él pasó de su cintura a la nuca y la mano de la cintura a las nalgas que apretó contra sus caderas.
     Sheila notó al instante la erección a través de los ceñidos tejanos. Gimió. Como respuesta al gemido, los labios de él se separaron de los suyos. La miró con pasión. Ella notaba las piernas débiles y deseó que él no parase. No sabía porque pero ese hombre hacia que en su cabeza solo fluyesen pensamientos libidinosos. Sheila podía ver las pupilas dilatadas por el deseo. Sabía que las suyas no andarían muy a la zaga de las de Diego. Notaba en sus oídos el rápido latido de su corazón y a través de ellos su respiración entrecortada.
     Bajó la mirada hacia los jugosos e hinchados labios. Recordaba lo que le habían hecho sentir en sus sueños. Deseó morderlos. Y lo hizo. Chupó con ansia el grueso labio inferior, dejando al descubierto la sensible piel y atacó con su lengua. Lamiendo. Degustando su sabor. 
     Un latido entre sus piernas le respondió. Dibujó con la punta de su lengua el contorno de los labios que se abrieron a ella. Los relamió. Jugó con ellos. Diego intentaba en vano atrapar su lengua. Sheila no se dejó hacer. Por una vez ella llevaría la sartén por el mango.
    Atrapó con delicadeza entre sus dientes la punta de la lengua de él y jugueteó con ambas. Él gruñó. Sheila rió para sí. Le quería de esta manera. A mil por hora. Por fin, cedió y profundizó el beso. Su boca le supo a gloria bendita.
    Sus manos, no sabía cuando, se encontraban enredadas entre los negros cabellos. Acariciando la nuca. El cuello. Notó los latidos desbocados en él al posar las manos sobre este.
    Las manos de él tampoco se habían quedado quietas. De acariciar las nalgas, en algún momento, habían pasado a jugar con sus senos.
    Los pulgares estaban causando estragos sobre los pezones, que se endurecieron al contacto. Se pegó más a su erección.
     «¡Dios! Lo que daría por sentirlo dentro de mí».
    Diego separó sus bocas, mordió con suavidad la barbilla haciéndola gemir y resiguió el perfil de la cara en dirección al lóbulo de la oreja, que mordisqueó con suavidad.
    Comenzó a lamer con deleite el cuello y bajó a los hombros. El tirante del vestido seguía caído e hizo realidad el pensamiento del pasillo. Mordió. Sheila  apretó la cabeza contra su pecho.
    Con ágiles dedos comenzó a desabrochar los botones del vestido dejando al descubierto los erectos pezones que gritaban por salir del encaje que los aprisionaba. Decidió liberarlos.
    Lamió el espacio que quedaba entre los senos, rozando el encaje con la lengua y apretó entre sus dientes el pezón. Ella jadeó.
     Deslizó los tirantes del vestido, la única sujeción que le restaba a la prenda del cuerpo y ella quedó semidesnuda frente a él. Se deleitó contemplándola.
     Sheila abrió los ojos al notar deslizarse el tejido por sus piernas.
    «¿Cuándo demonios le había quitado la mochila de la espalda y le había desabrochado los botones del vestido?»
   No le dio tiempo a pensar más. Diego estaba atacando los corchetes del sostén y sus labios volvieron a besarla.
    «A este juego jugamos TODOS». Y comenzó a desabrochar el botón de los vaqueros. Diego se dejó hacer separando ligeramente sus caderas de las de ella para ayudarla.
     Despacio, muy despacio, sus dedos abrieron la cremallera de los pantalones. Deslizó estos en el hueco proporcionado y acarició la erección a través del  bóxer. Le oyó gemir. Tiró de los laterales del vaquero. Necesitaba más sitio para poder palpar en toda su magnífica longitud el miembro masculino. Le sintió grueso y potente contra su palma.
     Diego le separó de repente las manos de su falo. Esto la aturdió por un instante. Hasta que se dio cuenta que lo único que él quería era deshacerse del  sostén. Le volvió a colocar la mano donde instantes antes estaba, Sheila sonrió y notó a través del profundo beso que él también lo hacía. Estaban totalmente conectados.
    Los dedos de él pellizcaron sus  pezones. Y en respuesta ella introdujo la mano a través de la ropa interior. Allí estaba. Grande. Potente. Latiendo entre sus dedos. Acarició con suavidad la piel del glande.
     Le sintió estremecer de placer y continuó. Libero el miembro eréctil de su aprisionamiento y pasó a acariciar los testículos. Sutil. Los giró entre sus dedos con delicadeza. El pene dio un latigazo. Apretó con su otra mano la musculosa nalga del hombre, al mismo tiempo que con la otra comenzaba a masajear la verga en toda su longitud.
   El gemido que brotó de la garganta de él la excitó. Sentía arder su interior. Le gritaba que necesitaba dentro lo que tenía entre sus mano. Pero ¡YA!
     Lo soltó con desgana.
    Diego aprovecho ese momento de lucidez para atacar por su flanco. Deslizó los dedos a través de las braguitas de encaje y abrió los labios vaginales, en busca del clítoris.
    Lo encontró hinchado y palpitante. Le pellizcó leve. Sheila se estremeció y al momento comenzó a masajearlo con la yema de los dedos.
   Ella jadeaba y la notó lubricada. En un solo movimiento introdujo en su interior un dedo que provocó un pequeño grito y acalló los gemidos de placer con su boca mientras comenzaba un movimiento de vaivén. Sheila, había rodeado con una pierna sus caderas pero sentía por momentos el peso de su cuerpo. La otra pierna no resistiría mucho más esa posición.
    «Maldita sea» —masculló en su interior.
    Los vaqueros a medio quitar no le dejaban maniobrar para poder alzarla sobre sus caderas y llevarla hasta el enorme sofá. Esos escasos metros se le hicieron kilómetros.
   «Pareceré un pingüino, torpe y casi desvestido. Tengo que deshacerme de estos pantalones. ¡Joder!»
     No quería romper el contacto de sus dedos en el interior de ella. Le iba a cortar todo el rollo. Pero no quedaba más remedio. Si querían terminar lo comenzado con fuegos artificiales. 
Lamentándolo deshizo el contacto.  Como bien dedujo Sheila se puso rígida en un momento. Y comenzó a acariciar sus senos, no quería que la pasión  de ella bajase ni un milímetro su temperatura. Maldijo la ropa masculina tan difícil de quitar en esos momentos.
    Deslizó hacia abajo su cabeza. Siguiendo con la lengua una línea vertical en dirección al ombligo. Se arrodilló frente a ella e introdujo su sensual lengua en el hueco. Lamió la circunferencia y prosiguió el camino en dirección al pubis. Sus manos ya habían deslizado las braguitas de su sitio hacia los tobillos donde quedaron.
    Acarició con las yemas de los dedos la suave piel de entre los muslos. Las piernas de Sheila se doblaron.
Ambos cuerpos quedaron frente a frente y aprovechó la situación. La empujó hacia el suelo. Rodó sobre ella. Apoyó ambas manos a los lados del cuerpo, no quería aplastarla con su peso, así que extendió los brazos, elevando el tórax. 
    Sheila dejó de sentir la ardiente piel de él sobre la suya y abrió los ojos. Diego contemplaba su desnudez. Bajo su penetrante mirada sintió arder cada centímetro del cuerpo. Le deseaba intensamente. Con urgencia. Ansiosa. Invitándole  a continuar abrió sus muslos e intentó rodear las caderas de él con sus piernas. Intentó, porque sus inoportunas braguitas se lo impidieron. 
   Una risa tonta brotó de su garganta ante tan ridícula situación. Que torpe se sentía. Se ruborizó azorada.
    Diego se unió a sus nerviosas carcajadas. Su risa era profunda, contagiosa. Relajada ya, se le unió.
Pasados esos momentos de relax emocional y con Diego apoyado en el suelo a su lado. Sheila le miró.
   Deslizó la mirada por el rostro masculino. Intentado grabar a fuego, en su memoria, las varoniles facciones. Su pelo. Sus ojos. Sus labios. ¡Hm! Esos jugosos y perfectos labios. Para… reafirmó su primer pensamiento sobre ellos… besar larga y apasionadamente.  Volvió a sus profundos ojos azules. 
    Diego recorrió con su mirada las redondeces de la mujer que yacía en el suelo junto a él. Ya no era  momento de sonrisas. La realidad de la situación le golpeó sobre el rostro.
   Allí estaba la mujer más apetitosa del mundo, dispuesta y alzó su mano para acariciar los suaves labios de Sheila.
    Ella se estremeció al contacto de los dedos. Capturó el pulgar de la mano y chupó. Jugueteó con su lengua, relamiéndolo. Diego gimió cerrando sus ojos. Liberó el dedo y tomó la palma de la mano que acarició con la punta de la lengua. Él se soltó, sustituyendo la mano por sus labios tomó posesión de su boca de manera febril.
    Se aferró a sus fuertes brazos y ladeó el cuerpo para amoldarse al de él, como una segunda piel.
    Diego se separó con brusquedad y ella parpadeó confusa.
   —Un momento —alzó la mano Diego—. Tengo que solucionar un problemilla.
   Volvió a parpadear.
   En cuestión de segundos vio como el hombre deslizaba sus braguitas fuera de las piernas y con la rapidez de un rayo se deshacía de su calzado, el bóxer y los tejanos. 
   Ella se rió y contemplo a Diego que se hallaba a sus pies. Se le cortó la risa cuando con sensuales movimientos él le quitaba las sandalias.
   Apoyó el pie en su ancho pecho y él comenzó a acariciar sus dedos. La sensible piel del empeine se erizó.
   Jamás hubiese pensado que los pies le mandasen ese tipo de sensaciones a su cuerpo. Los dedos fueron sustituidos por la lengua y la temperatura de la habitación se elevó unos grados o al menos eso fue lo que le pareció a ella.
   Los labios siguieron subiendo por su pierna, al llegar a la altura de sus rodillas Diego relamió la piel de las corvas. Su entrepierna  palpitó. Acelerada. Él avanzó de rodillas entre sus muslos.
   Su lengua comenzó a recorrer el interior de los mismos aumentando su excitación. Instintivamente rodeó con ambas piernas las caderas de Diego, acercándole a las suyas, que cada vez se apretaban con mayor urgencia.
   Las fuertes manos se posaron sobre los glúteos y alzaron sus caderas.  Notó el miembro palpitar entre su pubis.
    Diego jugueteó con su glande. ¿Entro? ¿No entro? ¿Entro? ¿No entro?
   Gimió y con exasperación intentó empujar el pene erecto dentro de ella. Pero él no se dejó engañar.
  La quería tener abierta, lubricada a más no poder. Que su flujo saliese a cada latido de su cuerpo y estirando sus largas piernas hacia atrás sustituyó su miembro por su lengua y sus dedos.
   Sheila se irguió con rapidez y le enganchó del pelo, tirando, en un intento vano de separar sus labios. 
    Ignorándola el continuó con su exploración. Ella se desplomó hacia atrás rendida a sus caricias. Ya no tiraba del pelo, sino todo lo contrario, empujaba, casi con vehemencia, la cabeza de él entre sus muslos y las caderas comenzaron a marcar el ritmo.
    Notaba su miembro palpitar, ansioso por sustituir a esa intrusa pero no cedió a sus deseos. Lamió su pubis depilado y deslizó la lengua hasta probar su sabor. Ebrio. Degustó. Excitó el botón eréctil que respondió a sus caricias. Los gemidos de Sheila acompañaban los movimientos de su lengua que acariciaba, lamía y penetraba una y otra vez el interior de ella. Ya faltaba poco. Y llegó. Un torrente de flujo impregnó su boca pero continuó bebiendo de ella hasta saciar su sed. 
    Alzó su torso de entre las piernas y la miró. Ella sonreía extasiada. Recorrió con la mirada el cuerpo d desnudo. Las pupilas inundando con su negrura el azul de sus ojos.
    Sheila le invitó con un gesto de su índice. Él negó con la cabeza y parpadeó confusa. Antes de que pudiera detenerle vio como acercaba su mano a su rostro  y se relamió los dedos. Un gruñido de satisfacción brotó de su garganta. 
    —Delicioso —susurró con deleite.
    Sheila arrugó la nariz.
   —Estás muy equivocada —murmuró, con voz ronca.
   Sheila negó y lo acompañó con un gesto de asco. Se encontró en segundos con la cara de Diego a escasos centímetros de la suya.
   —Pero que muy muy equivocada —recalcó.
  Se impregnó de su aroma. Consternada comprobó que el mentón de él estaba manchado de su flujo y alzó su mano para limpiarle. Pero él fue más rápido, sujetó fuerte su muñeca, la miró a los ojos, sonrió ladino y sacó su lengua  relamiéndose con gusto.
   — ¡Diego!—protestó. 
   —…
   —Cómo…cómo has…
   —COMIEENNNNDO…
   Buscó los ojos de Diego que se entornaron y con una lentitud premeditada posó sus labios sobre los de ella.
   De nuevo le inundó su aroma. Un olor dulzón y penetrante. Apretó sus labios. No le apetecía para nada probarse a sí misma. «¡Uff!» Masculló, pero él no desistió del beso.
   Relamió sus labios, abriéndolos con su lengua. Incitando la piel sensible del interior. Apretó los dientes. La lengua de él jugueteó con las comisuras del labio. Sus dientes mordisquearon el labio inferior, inflamándolo y ella cedió. Raudo, introdujo su lengua en el interior de la boca. Las lenguas se acariciaron. Probó su sabor y asombrada descubrió que más que darle asco su esencia la inflamaba igual que a él.
   Diego la sintió rendirse y suavizo el beso. Aún le tenía sujeta la muñeca y con un movimiento premeditado fue bajando la mano de ella a su entrepierna. 
     Sheila gimió al tomar entre sus dedos el grueso miembro viril. Comenzó a masajearlo provocando  gruñidos de placer en la garganta del hombre. Pasó a acariciarle los testículos. Pretendía darle a él el mismo placer que ella momentos antes había sentido e intentó levantarse.
     La mano de él empujó sobre su hombro y la miró. Diego negaba con la cabeza. Ella insistió.
      —La próxima vez —susurró con la voz llena de deseo mientras volvía a besarla con pasión.
     Sus manos comenzaron a recorrerla de nuevo. Erizando la piel en los sitios adecuados y al poco tiempo, estaba al límite.
     Diego pareció leerle la mente porque antes de darse cuenta se encontró alzada entre sus brazos camino del enorme sofá del despacho donde  la depositó con suavidad.
     Y en segundos él de nuevo sobre ella que envolvió las caderas con sus piernas, enlazando sus pies sobre el trasero masculino en un afán de sentirlo más profundo.
     La punta del pene jugueteaba con el clítoris y con su vulva. Su sexo ardía. Le quería en su interior. ¡YA! Pero Diego la ignoraba. Un gemido largo emergió de su garganta, invitándole y él así lo entendió.
   En una sola embestida se encontró en el interior. Gimió extasiado al sentir el  íntimo calor abrasador que parecía arropar su miembro del frío externo. Comenzó a moverse a un ritmo lento y las caderas de ella se amoldaron a la perfección  a las embestidas. Sentía el flujo a cada movimiento de las caderas y aceleró el compás. Sheila jadeaba y él la acompañó con sus jadeos.
    Al oír los resuellos de placer, aceleró aún más el contoneo de su cuerpo. Miraba extasiada las venas completamente hinchadas en el musculoso cuello de Diego. Comprendió que le faltaba poco para llegar al clímax. Como a ella. Comenzaba a notar el hormigueo entre sus piernas, ascendiendo placentero hacia donde se unían sus caderas.
    —Diego —susurró— ¡Dios!
   Los ojos del hombre se perdieron en los de ella. Se agachó para besar sus labios con lujuria y provocó que la penetración fuese más profunda aún. Ella gimió contra los labios de él. Estaba a punto de llegar al clímax.
     De repente unos ligeros golpes en la puerta del despacho le sacaron del momento cumbre.
     —¿Profesor Galán?
   ¿Esa voz? ¡Era la voz del rector! Diego levantó la cabeza y se llevó un dedo a los labios indicándole silencio.
     El pomo de la puerta comenzó a girar.
     «¡Por Dios! ¡Que no ocurra! ¡Que no entre!»
    Diego siguió embistiéndole con fiereza. Abrió los ojos atónita y negó con desesperación mirándolo. Si seguía así llegaría al clímax ya mismo y gritaría. Él sonrió ladino. Parecía disfrutar enormemente con la situación.
     —¿Profesor Galán? ¿Se encuentra usted ahí?
    El pomo de la puerta comenzó a golpear la cerradura. Pero no ocurrió nada. La puerta no se abrió.
    «¿Está cerrada con llave?».
  Entornó los ojos con recelo mirando a Diego que le sonrió pícaro. 
    —¿Dónde se habrá metido este hombre?—se oyó decir al rector—. Me tenía que haber entregado unos informes hace rato. ¡Ah! Profesora Olmos… Un momento por favor…
     La voz y los pasos del rector se alejaron. 
    —Tú…—comenzó a decir Sheila pero Diego le acalló con uno de sus salvajes besos y embistió más hondo. Comenzó a marcar el ritmo. Primero lento. Rápido. Lento. Rápido.
Iba a llegar al clímax  y las voces del pasillo seguían allí.
    —¡Oh, Dios, Diego! —ronroneó—. ¡Sí! ¡Así!
    Siguió el compás de las caderas de ella. Notó como atrapaba su miembro desesperada por llegar al clímax. Continuó embistiéndola. Él también estaba a punto de estallar.
   Sheila abrió los labios para gritar y Diego acalló el grito con su boca. Lo que no pudo evitar fue el gemido largo y delicioso de la garganta de ella que hizo que él también llegase al clímax.
   Apretó los dientes sobre los labios de él, con fuerza, mientras fuegos artificiales estallaban en su interior. Se oyó así misma gemir y sintió la descarga de él en su interior.
    Abrió los ojos a la penumbra del despacho. Sentía el peso del cuerpo de Diego sobre el suyo pero no la incomodaba, al contrario, lo encontraba íntimo y placentero. El sudor sobre la espalda de Diego marcaba todos los músculos.
   Ya no se oía a nadie en el pasillo. Debían de haberse marchado.  Le beso en el cuello en suave caricia. Él se alzó al contacto de sus labios.
    Sheila jadeó asustada.
    —¿Qué? —Diego alzó la voz. 
    Ella miró horrorizada el lugar donde le había besado. Había una mancha roja.
    —¡Sangre!
   Diego se llevó la mano al cuello y se limpió. Ella observó sin ver que brotase, de nuevo, nada. Parpadeó extrañada y estudió el rostro del hombre.
    —Tus labios…
   Él se tocó los mismos y los dedos se llenaron de sangre fresca.
  —¡Dios mío!—exclamó Sheila—. Te mordí tan fuerte que te he herido en el labio.
  Acalló sus protestas con un beso que ella correspondió con gusto. Sabía metálico pero no le importó.
   Al separarse los rostros se perdió en su mirada. Sus ojos reflejaban, tan solo, los resquicios de la pasión. Ni reproches ni enfado.
    Los heridos labios se ladearon en una sonrisa traviesa. Sus ojos brillaron al decir:
    —¡SALVAJE! —Rió entre dientes—.  Eres una fierecilla salvaje.
   Sonrió tímida y se estiró en el sofá de lado. Diego amoldó su cuerpo al de ella, rodeándola con los brazos. Suspiró gozosa y satisfecha. Los dedos de él jugaban con su pelo. Acariciaban tiernos su cuerpo. Las caricias no pretendían excitar sino relajarla y comenzó a sentirse somnolienta. Cerró sus parpados.
   «Cinco minutos para descansar y me visto».


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