martes, 31 de marzo de 2015

BOOKTRAILER

Por si os apetece volver a disfrutar del booktrailer o bien no lo habíais visto, aquí os lo dejo. 




CATEDRÁTICO DEL AMOR (Capítulo 2)


                                                                               2


     En la actualidad

     Decenas de conversaciones le rodeaban. Jóvenes universitarios se saludaban, reían,  comentaban en voz alta lo que sus vidas les habían deparado en esos meses vacacionales.
     Y allí estaba ella que escuchaba con media sonrisa en los labios y rememoraba sus años de universidad.
Continuación
     Ahora. Con un trabajo estable en la Biblioteca Nacional y con unos cuantos años más de experiencia, había decidido volver a ella. Era una oportunidad que no podía pasar por alto.
     La información le había llegado por casualidad. Uno de los mayores expertos en literatura clásica impartía un taller literario que le ayudaría a entender con mayor precisión toda la documentación que pasaba por sus manos, incluidos los valiosos incunables a los que tenía acceso.
     Tras meses de insistencia a sus superiores, Sheila había conseguido convencerlos. Se encargó en  persona de buscar la sustituta perfecta, incluso le había dejado adelantado el trabajo de varias semanas.
     El frenazo del tren le sacó de sus pensamientos. En segundos, el vagón quedó casi vacío y se sumó al pelotón de estudiantes. Aguantó estoica empujones y pisotones mientras ascendía a la superficie.
     El sol de la mañana le deslumbró. Colocó las ahumadas gafas sobre los ojos, la desgastada mochila en el hombro y deslizó sus pasos por el campus en dirección al bloque donde se impartía el taller, justo al final del mismo.
     Al pasar por delante del edificio principal se estremeció al recordar lo sucedido meses atrás.
     De seguro que el descarado administrativo se hallaría sentado tras su mesa sin sospechar la cantidad de noches que esa intensa mirada había aparecido en sus sueños y lo que esos labios habían desatado en ellos.
     Alterada por el rumbo de sus pensamientos, aceleró el paso,  desoyendo el impulso que le pedía penetrar al interior del edificio y buscarle.
     Empujó la puerta del pabellón de talleres y penetró en él. Ubicó en el plano de orientación, situado en el amplio y silencioso hall, dónde estaba el aula correspondiente al curso y se dirigió allí.
     Comenzó a subir las escaleras extrañada al no encontrar a nadie por los pasillos. Todo estaba en silencio. Nerviosa miró el reloj. Si no recordaba mal las clases no comenzaban hasta las ocho y aún quedaban quince minutos.
      Ante la duda, mientras ascendía, abrió la carpeta y rebuscó el  horario entre unos cuantos folios. Por fin dio con él y resiguió con el dedo las asignaturas y las horas correspondientes.
Abstraída no se percató de que los peldaños terminaban y al posar el pie sobre el inexistente escalón su cuerpo se desequilibró.
     Un grito ahogado salió de su garganta al mismo tiempo que el portafolios y todo el contenido salía disparado de las manos, que instintivas buscaron un asidero… Y lo hallaron.
     Dos fuertes brazos sujetaron los suyos por los codos y tiraron del cuerpo hacia adelante evitando así que rodase escaleras abajo.
     —Por lo visto piensas que debo sacarte de apuros cada vez que nos vemos —dijo burlona la conocida voz de Diego.
     Ella, asustada aún, se sintió molesta por el tono usado por el administrativo. Su corazón galopaba en el pecho ante la proximidad del hombre. ¿O era resultado del susto?
     —¿Qué insinúa? —preguntó desafiante y alzó el mentón al no saber la respuesta de su  propia reacción.
     —Yo no insinuó nada. A los hechos me remito —contestó él con un encogimiento de hombros pero sin soltarla.
     —Nadie ha pedido tu ayuda. Sigo recordándote —tuteó.
     —Desde luego he de reconocer que eres única dando las gracias —reprochó.
     Sheila ante las palabras, se sonrojó avergonzada. Reconoció que él tenía razón. Que reaccionase de la manera que lo hacía en su presencia no era culpa del hombre.
     En los tres encuentros, contando con este, que habían tenido siempre le había sacado de un apuro.
     Se mordió los labios, nerviosa, y alzó la mirada en busca de la suya. Sus ojos eran tal y como los recordaba. Dos océanos en los que perderse. Repasó las  atractivas facciones, los tentadores labios y sintió de nuevo ganas de besarlos.
     Sacudió la cabeza para despejarla de tales pensamientos.
     «Céntrate, Sheila, céntrate»
      Se soltó del abrazo y comenzó a recoger los esparcidos folios del rellano donde se encontraban. Su héroe particular, en caballeroso gesto, le ayudó. Al entregarle los últimos papeles, los dedos se rozaron. Una descarga eléctrica recorrió su brazo y replegó las manos con rapidez.
     —Gracias —susurró en un hilo de voz ante el impacto del contacto.
     —De nada —contestó él con sequedad y se alejó.
     Llenó con lentitud los pulmones de aire en un intento de calmar los locos latidos del corazón, apretó la carpeta contra el pecho y reanudó la búsqueda del aula del taller.
     La encontró a los pocos minutos y entró provocando que la clase quedara en silencio. Saludó con un movimiento de cabeza a las personas que la observaban y las conversaciones continuaron.         Comprobó que la mesa que presidia la sala se encontraba vacía.
     Aliviada, decidió sentarse en la primera fila antes de que el profesor hiciese acto de presencia.
Abrió el portafolio, tomó una hoja en blanco y con su pluma favorita fechó el folio. Ensimismada en el recuerdo del encuentro con el funcionario no oyó abrirse la puerta lateral cercana al estrado y la voz de un hombre que se disculpaba.
     —Perdonen pero ha surgido un imprevisto que me ha retenido hasta hace un momento. Prometo compensarles.
     El mutismo del aula fue lo que llamó su atención y curiosa, alzó la vista.
Parpadeó estupefacta. Miró a su alrededor para percatarse de que aquello no era una broma de mal gusto. Sus compañeros miraban al profesor, expectantes.
     Volvió a mirar al frente. Sus ojos se encontraron con unos carnosos labios y unos ojos azul zafiro que  la miraban fijamente.





     —¡Há del castillo!
     Escuchó el enérgico saludo de Paula y las pisadas de esta acercarse hacia la cocina.
     —¿Qué estás preparando? — y miró por encima del hombro de Sheila—. Tostas de atún y pimientos. ¡Hm! Yo quiero. Voy a ponerme cómoda y ahora vuelvo.
     La oyó trastear por el cuarto, se quedaría de piedra cuando le contara lo ocurrido.
Regresó al momento en que levantó la cabeza y se encontró con la mirada de él.

      Un jadeo se ahogó en su garganta y estudió desconcertada el musculoso cuerpo. La camisa de seda blanca con los primeros botones desabrochados, el ceñido pantalón tejano lavado a la piedra y sus revueltos cabellos. Cabellos que momentos antes ella había deseado acariciar con desesperación. 
     Pareció leerle el pensamiento porque los largos y fuertes dedos de él atusaron la espesa mata negra, cerrando los ojos e inspirando lentamente. Una serie de suspiros femeninos inundaron el silencio del aula. 
     Sus compañeras contemplaban entusiasmadas el gesto pero quien se llevó la palma fue una rubia, de cabellos largos e interminables piernas bajo una ridícula imitación a minifalda, que se encontraba a su derecha. Una sonrisa lasciva brotó en los labios pintados de rojo. Con estudiada pose, cruzó las esbeltas piernas. Sheila apretó los puños y la estilográfica protestó entre sus manos.
     Le escuchó explicar la dinámica de las clases. Las asignaturas de más relevancia  las impartiría él. Pero por falta de tiempo, algunas de ellas las daría un compañero, que según aseguraba, era igual de competente.
     En ningún momento la profunda mirada de esos ojos volvió a posarse sobre ella y Sheila se encontró examinando su pupitre durante las horas interminables del primer día de taller.
     Cuando el timbre del exterior dio aviso de que la jornada había concluido recogió veloz las pocas pertenencias que había sobre el pupitre y aprovechó que Diego era rodeado por un nutrido grupo de mujeres para escabullirse a gran velocidad del aula. 

     El punzante dolor le sacó de sus recuerdos. Rojas gotas de sangre manaban del corte que se acababa de hacer con el cuchillo.
     —¡Maldita rubia y malditos ojos! —gruño entre dientes.
     —Vaya… no estamos de humor.
     Taladró con la mirada a Witch que entraba en la cocina en ese momento y abrió el grifo del agua para cortar la hemorragia.
     —¡Coño, como escuece!
     —Anda vamos al baño que te cure y me cuentas a qué viene tanta maldición.
     Sentada sobre la taza del váter, Sheila se dejaba curar, a la espera del inevitable interrogatorio al que sería sometida.
     —¿Quién es la maldita rubia?
     —Una compañera de clase.
     —Ajá. Y ¿por qué maldita?
     —Porque tan solo  le faltó babear delante de él.
     —¿Él? ¡Aja! Y ¿por qué malditos ojos?
     —Porque hacen que mi cerebro tan solo sea una temblorosa masa de gelatina.
     —¡Aja! ¿Y?
     —Y dale con el ¡aja!
     Witch apenas podía disimular la risa al comprobar el ataque de celos del que era espectadora.  Ante el silencio y el ceño fruncido de la frente de Sheila, decidió dar una vuelta más de tuerca.
     —¿Y quién es ÉL? —preguntó inocente y parodió la conocida canción de Perales acompañando con la música el interrogante.
     —Diego.
     —¿Diego? —preguntó Witch a su vez—.  Tan solo conozco a Diego Boneta, el actor mejicano.
      Ignoró la furiosa mirada de Sheila mientras desinfectaba la herida y ponía un apósito sobre esta. En silencio esperaba ansiosa la respuesta.
     —Galán. Diego Galán.
     —¡Aja!
     —Como vuelvas a pronunciar ajá te juro qué…
     —¿Qué?
     —No sé… pero en alguien tengo que descargar mi frustración ¿no?
     Sentándose en el bidé, para estar a la altura de ella, Witch asintió con la cabeza y esperó a que Sheila se desahogase.
     Minutos después esta le relataba lo ocurrido.
     Una vez sincerada esperó los comentarios de Paula, que embutida en el hueco del sanitario la miraba asombrada con sus enormes ojos castaños.
     —O sea —dijo Witch una vez asimilados los acontecimientos—, que tu oficinista ha resultado ser tu profesor de taller.
     —¡Sí! —refunfuñó Sheila.
     —¡Aj…!— carraspeó ante la mirada iracunda de su amiga—.Y ¿cuál es el problema? —preguntó encogiéndose de hombros.
     Sheila puso los ojos en blanco ante la obviedad de la respuesta.
     —¡Por Dios, Witch! ¡Qué me dado el lote con mi profesor!
     —No no…tú te has dado el lote con un desconocido que luego ha resultado ser tu profesor.
     —¿Y te parece poco?—jadeó.
     —No, pero estoy segura de que a él se ha quedado a cuadros. Tan solo recuerda su reacción cuando te ha visto sentada en primera fila.
     —¡Sí!
     —Y tan sí…—Tras un silencio, preguntó—. Y ¿qué vas a hacer al respecto?
Sheila se ruborizó. Witch esperaba la respuesta.
     —Nada —reconoció apesadumbrada.
     El resoplido de Paula resonó en el pequeño recinto.
     —¡Witch!
     —Ni Witch ni Wotch. ¿Acaso te encuentras un machoman así todos los días? O solucionas esto o tendrás que vértelas conmigo —y alzó el puño en actitud desafiante
     Sheila la miró estupefacta para segundos después prorrumpir en una sonora carcajada.
Witch la observó enfurruñada desde su posición.
     —¿No te doy miedo?
     Sheila denegó entre risas con la cabeza.
     —¿Ni un poquito?
     —No. Y menos engullida como estás dentro del bidé.
     En ese momento Paula estudió su postura. Se encontraba sentada en el interior del sanitario, con las piernas colgando en el aire, el brazo en alto, más que en actitud guerrera como ella suponía, parecía estar  pidiendo auxilio.
     El ataque de risa de ambas hizo que las lágrimas rodaran por sus mejillas. Sheila intentó levantar el cuerpo de Paula pero debilitadas por la risa no pudieron. De repente Witch se puso seria.
     —Y ¿si llamamos a los bomberos? —sonrió pícara.
     Rompieron a reír de nuevo.
     —Y ¿a tu profesor?
     —Anda vamos gansa.
      Sheila tiró de ella, la izó y terminaron de preparar la comida.


miércoles, 25 de marzo de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR





                                                                             


1




Dos meses atrás


Aparcó el coche bajo el tórrido sol de verano en el vacio aparcamiento del campus. Tomó del asiento cercano las pocas pertenencias y se apeó del vehículo. La alta temperatura hizo que acelerase los pasos en busca del frescor del interior del edificio. Allí, tras un cubículo acristalado, un bedel le informó dónde se encontraba la oficina de Secretaría.
Metros más allá, sobre la puerta, un cartel de «PASE SIN LLAMAR» daba acceso al recinto. Entró. Un mostrador, tras el que se encontraba una mujer de mediana edad y aspecto avinagrado atendiendo al público, dividía el despacho.
—Tome número de turno —fue la orden que recibió Sheila de la funcionaria.
Sheila buscó con la mirada la máquina expendedora pero tan solo encontró varios archivadores, un banco de aspecto incómodo y nada más.
—Creo que se refiere a esto —murmuró una voz masculina detrás de ella. Cerca, demasiado cerca.
Se encaró al desconocido, al que no había escuchado entrar, con la intención de reprocharle su proximidad y quedó sumergida en el azul profundo de unos ojos enmarcados por unas espesas pestañas negras.
Por unos instantes dejó de respirar hipnotizada por la mirada del hombre y el atractivo rostro.
 La piel bronceada resaltaba el color del iris, una nariz recta y unos labios gruesos, tentadores, que sonrientes marcaban una ligera arruga sobre la alzada comisura le hicieron perder la noción del tiempo.
«Perfectos para besarlos lentamente. Muy lentamente» se regodeó en el pensamiento.
De repente, toda la magia del momento fue interrumpida por la aparición de una mano delante de su cara.  
Parpadeó confusa y fijó su mirada color miel sobre el papel amarillo que se sacudía entre unos dedos fuertes y largos.
—¿Disculpe? —susurró e intentó centrar los pensamientos en algo que no fueran esos labios.
—Le decía que la secretaria se refiere a este trozo de papel que  la estoy  ofreciendo hace unos minutos —contestó burlón el hombre.
Al escuchar el tono, su genio, reaccionó. « ¿Pero quién se creía este tipo que era?»
—Señorita, mis dedos comienzan ya a entrar en estado catatónico.
Sheila alzó el mentón, miró la mano frente a sus ojos y segundos después, con un brusco tirón, tomó el ticket.
—Sesenta y nueve —nombró hastiada la secretaria— ¿Sesenta y nueve? —repitió impaciente.
—Si no me equivoco, es su número —volvió a susurrar el desconocido—. Buen número.
Le guiñó un ojo, penetró en la zona reservada al personal y se acercó a la secretaria que dibujó al instante una encantadora sonrisa en el aburrido rostro. El atractivo hombre se agachó al nivel de la mujer y susurró algo en su oído. Molesta, sin saber por qué, deseó ser de nuevo objeto de la atención de este.
La carcajada masculina le sacó de ese pensamiento. Alcanzó a ver como la secretaria daba un manotazo al hombre, que se dirigió hacia la impresora.
—¿Está o no está el sesenta y nueve?—volvió a preguntar enfadada la mujer.
—Sí —respondió—. Yo, soy yo. «¿Quién más puede ser si estamos solas tú, yo y el adonis?» —replicó Sheila grosera y para sí.
Centró la atención sobre la administrativa a quien entregó el sobre que portaba. Ésta lo abrió y extrajo los papeles.
—Fotocopia del carnet —dijo la funcionaria.
—¿Perdón?
—Falta la copia del DNI. Sin ella no podemos admitir la matriculación.
—Tiene que estar dentro. Seguro que se ha quedado en el fondo.
Con un gruñido de fastidio la secretaria volvió a abrirlo y miró en el interior.
—No está. Sin ese documento no puede matricularse.
—P-pero… ¡tiene que estar ahí! —farfulló Sheila.
Enfadada, la mujer, sacudió con fuerza la funda de papel marrón. Enarcó con suficiencia una ceja ante el nulo resultado.
—No-es-tá —subrayó.
Sheila rememoró la escena del día anterior en el apartamento.
Paula, a quien todas las amistades llamaban Witch, tumbada en el sofá con un paquete de Kleenex sobre el regazo y el mando a distancia en la mano, lloraba a moco tendido al mirar embobada la televisión y a los protagonistas del culebrón que veía todas las tardes.
—¿Witch?—llamó— ¿Witch?—repitió impaciente.
—¡¿Qué?! —contestó e insto con un gesto de la mano  que esperara unos segundos.
Sheila inspiró profundo. Miró la pantalla y vio a la pareja protagonista que se besaba con pasión.
—¡¡Sí!! —gritó jubilosa la muchacha mientras aplaudía entusiasmada e intentaba extraer más pañuelos de papel para secar las lágrimas— ¡Por fin! —hipó y se sonó con estruendo la nariz.
Ella asistía en silencio a la escena. La música de los anuncios inundó el salón, momento que aprovechó para hablar.
—Si bajas el volumen y dejas de lloriquear como una posesa podremos mantener una conversación  —comentó irritada.
Una sonora pedorreta fue toda la respuesta de su amiga que continuó enjugándose las lágrimas.
Hizo caso omiso a la burla y comenzó a interrogarle.
—¿Dónde está el sobre de matriculación?
—Ahí —señaló Witch  con la atención puesta en el monitor de televisión.
—¿Ahí dónde?
—Donde siempre.
Sheila puso los ojos en blanco.
—Y ¿dónde es donde siempre?
—Pues ahí —replicó enojada la joven.
—Me niego a seguir con esta conversación de besugos —respondió Sheila—. Para un recado que te mando…
—¡Para el carro morena! –interrumpió Paula y la atendió unos segundos—. El sobre está encima del mueble del recibidor. La copia del carnet y las fotografías están dentro, al igual que la matrícula. Yo misma las puse esta mañana. Y ahora no seas pelma y déjame seguir con la novela —terminó de decir justo cuando comenzó a sonar la pegadiza canción del serial.
Con la batalla perdida, Sheila, tomó el sobre  junto con el bolso  y dejó ambos objetos sobre el tocador, preparados para la mañana siguiente»
Y allí estaba. Ahora. Maldiciéndose por no haber verificado el contenido antes de salir. Y más al saber los despistes de su difunta amiga. Difunta, sí. Porque en cuanto llegara a casa la mataría.
—No está —volvió a repetir por tercera vez la secretaria.
El desconocido entre fotocopia y fotocopia no perdía detalle de la escena.
—Lamento la confusión —se disculpó Sheila—. ¿Podríamos sellar hoy la matrícula? Mañana a primera hora le entrego en mano la fotocopia… «Dichosa» —terminó en su interior.
Antes de que acabara de hablar, la cabeza de la funcionaria  negaba enérgica.
—No puedo admitirlo. Tendrá que venir usted mañana —y recalcó— con toda la documentación en regla.
—¿Y no podría hacerla usted? Tengo aquí el carnet —tanteó esperanzada.
—No, no nos está permitido hacer fotocopias a personas ajenas al centro.
Dicho esto metió los documentos en el sobre que extendió hacia Sheila.
—Tendrá que volver mañana.
Apretó los dientes y lo tomó.
—Pero María, mujer —intervino el atractivo hombre— ¿Cómo le vas a hacer venir otro día por esa nimiedad?
La secretaria se giró hacia él.
—Sabes que las normas son muy estrictas. Si el rector tuviera conocimiento…
—Pero el rector no lo tendrá —cortó el hombre y acercó su impresionante físico al mostrador. Colocó un mechón de cabello de la mujer, seductor y mirándola con sus profundos océanos susurró con voz grave—. Estamos solos tú y yo…
La mujer se sonrojó.
—…Y esta señorita —prosiguió él—. Tan solo tienes que deslizar con tus bonitas manos  —y tomó estas al decirlo—  el documento en la máquina. Pulsar con estos deliciosos dedos —y acarició los mismos— el botón de imprimir y esta señorita…  —miró a Sheila unos segundos y volvió la atención a la ahora temblorosa funcionaria—…y yo —susurró— seremos mudos testigos de tu generosidad y…—guiñándole un ojo— de tu gesto de rebeldía ante unas absurdas normas. ¿Qué me dices?
El rostro de la mujer reflejó el cúmulo de emociones ante las  inocentes caricias, de las que ella había sido mudo testigo e involuntaria partícipe, ya que su cuerpo reaccionó ante cada una de las palabras susurradas por el hombre.
Él, al ver aún dudar a su compañera tomó entre  los dedos el mentón femenino y lo acarició.
—¿Nos atrevemos? —instó.
 Al igual que un resorte, la funcionaria se levantó de la silla, encaró a Sheila,  y extendió la mano.
—Como favor personal hacia mi compañero Diego, por esta vez.
Antes de que cambiara de opinión, Sheila, alargó el carnet hacia la mujer que rauda lo tomó, fue hacia la impresora, y segundos después al sentarse con una sonrisa de regocijo en los labios se lo devolvía.
—Gracias — y él tomó la mano de la secretaria y besó el dorso.
—Lárgate de aquí, zalamero —cuchicheó la mujer—, antes de que nos pierdas a los dos.
El hombre rió, volvió a la impresora y recogió las fotocopias que había realizado. Ladeó la cabeza hacia Sheila, guiñándole  un ojo con complicidad y salió de detrás del mostrador.
Mientras abandonaba de la oficina dos pares de ojos femeninos no dejaron de observarle en ningún momento.
—Vaya —murmuró Sheila. «Con Diego» pensó.
—¡Sí! —suspiró la administrativo que con varios golpes secos selló los papeles de la matrícula y dio a la joven el resguardo correspondiente.
—Gracias.
—No hay de qué.
Sheila se encaminó hacia la salida. Desanduvo el pasillo por el que había accedido a Secretaría para volver al caluroso exterior, a la mitad del mismo vislumbró una placa que señalaba los aseos.
«Después de esto necesito refrescarme» se dijo. No conseguía quitar de su mente al hombre que  la había ayudado de manera tan desinteresada y las palabras y gestos seductores de él. Aún sentía el hormigueo que habían provocado en su cuerpo y en su cabeza pululaban sugestivas imágenes. Rió en silencio y se refrescó el rostro y la nuca. Miró su reflejo en el espejo y atusó los cabellos cortados a lo garçon, recompuso el ligero suéter de tirantes, tomó la mochila  y salió rauda tras mirar la hora en el reloj. Giró por el pasillo en forma de T, que daba acceso a los distintos aseos, para salir al principal pero chocó contra un muro… de músculos.
Trastrabillo hacia atrás, pero  antes de tocar el suelo, unos fuertes brazos la tomaron por la cintura y se encontró pegada a esa pared  musculosa.
En un acto reflejo se sujetó a ese apoyo y sintió los fuertes bíceps contraerse entre sus dedos.
—Por lo visto sacarle de apuros va a ser mi trabajo de hoy —susurró sobre su rostro la voz de Diego.
Sheila inspiró profundo ante la voz grave y seductora. Craso error. Sus sentidos quedaron sumergidos por el aroma de él. Una mezcla de colonia, el olor de la bronceada piel y un ligero matiz avainillado.
Alzó la vista hacia esos labios tentadores y sus ojos dorados se perdieron en la profundidad azul.
La mirada del hombre ya no era burlona. Las pupilas estaban dilatadas y sumergían esos océanos en la oscuridad. Sintió como  la besaba con la mirada y deseó con intensidad que fuesen sus labios.
Separándose unos centímetros, Diego, estudió el rostro femenino, que en ese momento se hallaba alzado hacia el suyo, los ojos cerrados, sus labios entreabiertos. Húmedos. Ofreciéndose. Recordó la frase de ella perfectos para besarlos lentamente al mirarle momentos antes en la oficina. Le sorprendieron las descaradas palabras hasta que comprendió que ella las había pronunciado en voz alta de manera inconsciente.
Notó en las sienes el desbocado latido de su corazón. Inspiró y se impregnó de la esencia femenina
—Estoy más que dispuesto a tu proposición —susurró a escasos milímetros del rostro de femenino.
«¿Proposición? —se dijo Sheila— ¿Qué proposición?» Pero cerró la mente a todo pensamiento ajeno a esa boca.  Los labios seductores rozaron suaves los suyos. Con una leve caricia de segundos.
 Diego se apretó contra ese cuerpo, amoldando cada músculo del suyo a las suaves redondeces. Se acoplaban a la perfección y un solo pensamiento cruzó por su mente.
«¡MIA!».
Y quiso marcar esa posesión.
Recorrió con suavidad el perfil de esa boca. Acariciando con la punta de la lengua la sensible piel. Mordisqueó el grosor del labio inferior, saboreó el interior del mismo. Tentando. Excitando. Degustando.
Su caricia fue correspondida y poseyó esa boca. Jugueteó y se enredó con ella en íntima caricia. Un latido en la entrepierna le avisó que entraba en un juego peligroso. Pero no tuvo la fuerza de voluntad, ni quiso tenerla, para separarse de ese cuerpo que respondía con pasión.
 La voz  y la recortada  silueta de un hombre tras el traslucido cristal de la puerta que daba acceso a los aseos los sacó a ambos de ese mágico momento.
—¡Mierda, el rector! —murmuró Diego.
 Deseó que la tierra la tragase allí mismo. ¿Qué hacía ella entre los brazos de un total desconocido besándole? Enfadada consigo misma por su debilidad se separó del agarre.
—Yo no formo parte de su trabajo, está  usted muy equivocado —siseó—. En ningún momento he pedido su ayuda y ahora si me disculpa creo  que hemos acabado.
—¡Ah! Está usted ahí —la figura que momentos antes se vislumbraba penetró al interior del  pasillo—. Le andaba buscando.
Sheila giró sobre sus talones, caminó con dignidad hacia la puerta y salió.
—No, no lo estoy —murmuró Diego para sí mismo—. Volveremos a vernos.

Y atendió a su superior. 


continuación