miércoles, 7 de enero de 2015

MISIÓN: DESEO (continuación VII) En proceso.



Despertó al sentir el peso de una mano sobre su abdomen. El calor que irradiaba de ella le reconfortó. Buscó con la mirada al dueño de la misma. Allí junto a ella Adam descansaba en un plácido sueño.
Observó a la tenue luz de la lamparilla el negro y ondulado pelo, el rostro relajado, la cicatriz a la altura de la sien, la aguileña nariz, los tentadores labios enmarcados por la recortada perilla.


Deseó acariciar el vello incipiente de la barba. Rasparía. Sentía en algunas zonas de su cuerpo la irritación de lo que la oscura sombra había provocado en la piel pero no le importó. El placer que había sentido entre los brazos del hombre que ahora se hallaba dormido a su lado compensaba aquel pequeño sacrificio.
Rememoró las palabras de Irina en su cabeza: tú no eres de las que se acuestan con el primero que se presenta. Y no, no lo era. ¡Maldita bruja! Ya tenía respuesta a sus dudas. No sabía ni en qué momento ni de qué manera sucumbió al ¿amor? ¿En serio lo que sentía por Adam era eso? ¿Ese sentimiento que le hacía sentir tanto respeto? Para qué engañarse, así era. Suspiró entre resignada y  complacida, aunque miles de dudas bullían en su mente.
¿Qué tenían en común una reportera gráfica y un embajador? ¿Podrían dos clases sociales dispares llegar a buen puerto?
El hombre que ahora dormitaba junto a ella pertenecía a la aristocracia. Su familia, según Irina, tenía siglos de abolengo, los mismos que la suya de plebeya. Frunció el ceño.
−¿En qué piensas?
La voz ronca de Adam hizo que girase la cabeza.
−¿Qué está tramando esa cabecita?
−Nada –fue la escueta respuesta.
−Pequeña mentirosa.
Alzó la mano para acariciar con la yema de los dedos la marcada arruga. Al contacto de piel con piel el pliegue disminuyó. Cerró los ojos para disfrutar del calor que desprendía la mano de él.
Adam resiguió la ceja con suavidad, al igual que a su compañera. Deslizó lentamente el dedo índice por la nariz, algo respingona, de Alex para perderse en el inicio de los labios que perfiló deleitándose con la suavidad de los mismos.
Notó como la mujer que se hallaba junto a él dejaba de respirar por unos segundos para poco a poco soltar el aire en un suspiro. Prosiguió más abajo, hacia el mentón donde continuó por el cuello en busca del hueco que este y las clavículas dibujaban en la apetitosa piel del escote.
−Adam…
Si dejaba que él continuara volvería a sucumbir a sus caricias. Le llegaron nítidas las imágenes de esa madrugada.
Abandonaron el restaurante y necesitó la ayuda del embajador para llegar hasta el coche. Los tacones y las dos copas de vino que había ingerido durante la cena no ayudaban. Pero contrariamente a lo que había vaticinado el sopor del alcohol pudo con ella y se encontró buscando el calor del pecho de Adam que la abrazó y ni se percató de cuando se quedó dormida escuchando los latidos del corazón de él.
Fue el susurro de su nombre dicho junto al oído el que la despertó. Abrió los ojos y se encontró con la mirada azul zafiro del hombre que la acunaba entre sus brazos pero si el gesto estaba lleno de ternura lo que leyó en esos ojos fue deseo. Un anhelo que hizo brotar el suyo propio.
Los labios de Adam se encontraban a escasos centímetros de los suyos, el cálido aliento del hombre con un ligero aroma a coñac le hicieron desear degustar esa boca. Se acercó lentamente a ella y rozó con la punta de su lengua el grosor del labio inferior.
 La respuesta del diplomático no se hizo esperar. Sujetó con firmeza la cabeza de la mujer y se perdió en un beso voraz que demolió cualquier barrera que ambos tuvieran en ese momento con respecto a su relación. Se deseaban y eso era lo que contaba en ese momento.
Acarició con ansia el esbelto cuerpo que se amoldó al suyo como una segunda piel. No pudo contener el gemido de placer que emitió su garganta. Llevaba toda la noche deseando perderse en las curvas que el atrevido vestido mostraba.
Un carraspeo inoportuno interrumpió sus avances. Julián. Necesitó toda su voluntad de hierro para separarse.
−Alex –el ronco sonido de su propia voz y la emoción que en él se apercibía le enardecieron aún más.
Pero no deseaba amar a esa mujer en la parte trasera de una limusina. Ambicionaba recorrer cada milímetro de esa aterciopelada piel. Memorizar cada curva, cada sombra, todas y cada una de las reacciones de ella cuando la tuviera bajo su cuerpo.
−Alex –llamó de nuevo−, será mejor que dejemos que Julián descanse por esta noche.
La frase de Adam le cayó como un jarro de agua fría. ¿Cómo podía pensar en el chofer en ese instante? Entendió entonces la flema británica.
−Sí, yo también estoy cansada –y antes de que él pudiera evitar su movimiento se zafó del abrazo y deslizó los dedos hacia la manilla de la puerta que empujó con rapidez y salió al frío de la noche.
A pesar de los altos tacones corrió hacia el portal. Acababa de quedar en ridículo, de dejar a la vista del político lo que sentía por él pero ya le había quedado bien claro que aunque él mismo no era inmune a ella le podían más las formas y el qué dirán que sus propias emociones. Pues bien, que se largara con viento fresco a su decrépita mansión y sus anticuados pensamientos.
Abrió con manos temblorosas el minúsculo bolso y sacó las dos únicas llaves que cupieron en él. Introdujo una de ellas o al menos eso intentaba porque sus ateridos dedos no conseguían encajar con precisión el metal en la cerradura. Cuando tras una maldición el pasador giró sintió la presencia de Adam tras ella.
−Ya te dije que estoy cansada, no era necesario que como buen caballero inglés−remarcó mordaz− me acompañaras hasta la puerta.
Ni siquiera se giró para soltar esa perorata, no quería que él viera la desilusión reflejada en su mirada. Empujó con decisión el portón y entró al edificio. Él le siguió y antes de que pudiera accionar el pulsador de la luz se encontró empotrada contra la pared.
−Muy bien, tú ganas, dejaré de ser un caballero –siseó Adam a escasos centímetros de su rostro, sujetó con firmeza las muñecas de ella contra la pared y atacó hambriento la boca de ella.
Mordió el labio inferior al ver que Alex le negaba el beso. Cuando debido al dolor la mujer le dio acceso al interior no perdió ni un segundo.
Degustó con ansia su sabor, la calidez de la lengua, la suavidad del interior de sus mejillas.
Alex forcejeaba contra la presión que su cuerpo ejercía sobre el de ella pero Adam no cedió. Minutos después se devoraban con pasión.
Abandonó la calidez de la boca para perderse en la piel del escote. Tiró con fuerza de la prenda que la cubría del frío, deshaciendo el nudo corredizo y lamió con avidez el sendero de carne que separaba sus senos. Pudo ver a la escasa luz que entraba a través de los cristales de la puerta cómo los pezones de ella se endurecían contra la tela del vestido. Fue suficiente respuesta para él y los lamió con deleite.
Notó como Alex dejó de luchar y relajaba el cuerpo amoldándose al suyo. Apretó la dureza de la entrepierna contra las caderas de ella.
−Será mejor que subamos –consiguió pronunciar entre jadeos.
La reportera asintió y tiró de él hacia la puerta del ascensor, sentía las piernas como gelatina y no se veía capaz de subir los escasos peldaños que la separaban del primer piso.
En el interior del elevador fue ella quien pasó a la acción. Desanudó la corbata de Adam y comenzó a desabrochar, ávida, la camisa.  Lamió la marcada nuez del robusto cuello. El gemido de él provocó que la humedad que sentía en sus braguitas aumentara. Osada tiró de los faldones para acceder a la piel del torso masculino, el chaleco se lo impidió y sin pensarlo sujetó con firmeza la tela de este y desgarró el tejido haciendo saltar los botones.
−My God! –exclamó Adam sintiendo bullir la sangre.
 Se sintió poderosa por provocar esas respuestas en el estirado diplomático. Cuando segundos después las puertas metálicas se deslizaron  antes de que pudiera salir del habitáculo las manos de Adam sujetaron con firmeza la cintura y sintió como él la alzaba contra sus caderas. Rodeó estas con las piernas y afianzó la mano a la nuca mientras con la otra intentaba introducir la llave en la cerradura de su domicilio.
Sentía en la piel de la palma las marcas que esta le había dejado pero no le importó.
Una vez dentro de su piso Adam caminó con pasos decididos por el pasillo hasta llegar al salón donde titubeo.
−Allí –indicó con el dedo su dormitorio.
La posó sobre la cama. Alex le liberó de su agarre y taloneando se deslizó por la misma hacia el centro. Adam aprovechó ese momento para deshacerse de la ropa y dejar su torso desnudo.
La mujer deslizó la mirada por la bronceada piel del lampiño pecho. Por los marcados abdominales hasta fijarla sobre la protuberancia que marcaban los pantalones. Sonrió pícara. Los parpados de Adam se entrecerraron ante el reto que demostraba ese gesto. Pronto la demostraría lo que ella tanto parecía desear.
Apoyó las rodillas sobre el colchón y con movimientos lentos, felinos, se acercó hacia donde los puntiagudos tacones apenas sujetaban las esbeltas piernas de ella. Con premeditada lentitud la descalzó.
−Mi seductora Cenicienta.
Pero ella no quería un príncipe azul. Le demostraría que él no lo era.
Deslizó las manos acariciando el brillo de la licra y sintiendo el calor que la piel de Alex irradiaba a través de esta. Ágil desabrochó la sujeción del liguero del encaje. Los ojos de la periodista se abrieron asombrados. 
¿Quién le iba a decir a ella que bajo ese aspecto frío y distante había todo un seductor? La media sonrisa que en ese momento dibujaban los labios de él así se lo confirmó.
Las manos de Adam fueron sustituidas por sus labios, por su lengua cuando el transparente tejido fue retirado. Sujetó entre los dedos el cobertor al sentir que él se aproximaba al latido ardiente que palpitaba entre sus piernas. Anheló que la boca de él probara lo que el deseo había provocado en el interior de sus muslos. Cuando los dientes de él mordieron con suavidad el encaje que cubría su pubis no pudo evitar el jadeo que escapó de sus labios.
Escuchó la risa sorda de él sobre su ombligo y como las manos masculinas deslizaban el vestido hacia arriba para dejar expuesta la piel de su abdomen. Alzó las caderas para ayudarle a desnudarla y agradeció mentalmente a Irina que el exagerado escote del vestido ayudara a que minutos después ella estuviera tumbada frente a él desnuda.
Sentía la mirada de él recorriendo cada milímetro de la pies expuesta. La mirada de deseo de él hizo que su respiración se acelerase anticipando en su mente el siguiente movimiento del hombre.
Adam se arrodilló entre sus muslos inclinando el torso desnudo sobre el suyo, rozándolo apenas, provocando que sus doloridos pezones rozaran el pecho masculino.
La boca de él se apoderó de la suya. Embriagándola, subyugándola, haciéndole perder los resquicios de sensatez que le gritaban que aún podía zafarse de las llamas del deseo.
Respondió con avidez a las caricias de esos labios. Acarició con deleite cada marcado músculo de la ancha espalda de Adam.
Sentía sobre su pubis la dura erección que pujaba contra la tela de los pantalones que la aprisionaban. Deseó sentir la dureza de esa carne entre las palmas de sus manos. Osada comenzó a desabrochar el cinturón que dejó paso al botón y el cierre de la cremallera que siseó un sonido metálico al ser bajada.
Acarició el miembro con los dedos deleitándose en su grosor y largura. El gemido de Adam tan solo provocó que sus manos se deslizaran hacia la cinturilla de goma de la cual tiró para introducir la mano en el interior de la prenda.
Tomó el pene entre sus dedos. Acarició la suave piel del glande con el dedo pulgar, el siseo de Adam la incitó a explorar con más libertad aquello que él le ofrecía. Liberó el miembro de su agarre para poder ayudarse con ambas manos y despojar al hombre de las únicas prendas que quedaban sobre su musculado cuerpo.
Él se dejó hacer.
Desnudos comenzaron a acariciar sus cuerpos, a saborear cada pliegue, cada recoveco. Sin prisa. Amándose. Leyendo en cada gemido, en cada jadeo del otro, elevando sus cuerpos hacia el estallido final.
Saciados y abrazados se dejaron dominar por el sueño.

Y  ahora sintiendo como él deslizaba el dedo por su cuello y aspiraba, embriagado, el aroma que su ardiente piel despedía sabia que volvería a dejarse llevar por sus sentidos.
Más tarde, a solas, cuando él abandonara la intimidad de su alcoba y se marchara del piso para ejercer su trabajo tendría que batallar entre lo que su corazón deseaba y lo que su cerebro le indicaba. Pero ahora no. Ahora disfrutaría del calor de ese cuerpo y del sabor de esos labios.