martes, 17 de noviembre de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 18)



18

Le costó Dios y ayuda levantar la cabeza de la almohada, sus sienes palpitaban. Necesitaba un café bien cargado, un ibuprofeno y un cigarro. Justo en ese orden.
Arrastró, casi literalmente, su cuerpo por el pasillo. Zombi por completo. El pitido del microondas taladró su cerebro.
—¡Witch! —gimió dolorida al empujar con la muleta la entornada puerta de la cocina.
Pero la silueta enorme que encontró en ella, con delantal rosa y de puntillas, no era la de su amiga.
—¡Diego! ¿qué haces?
Sus ojos recorrieron la perfecta silueta masculina. Diego giró sonriente  secándose las manos con el paño de cocina, se acercó a ella en dos zancadas, la tomó entre sus brazos, la besó con suavidad, intuyendo quizás el tamborileo estridente que estaba instalado en el interior de su cabeza.
—Te estaba preparando el desayuno. Pensaba llevártelo a la cama.
Sheila miró la bandeja preparada que se encontraba sobre la encimera. Zumo de naranja recién exprimido, apetitosos minicroisants de la pastelería del pueblo. Solo faltaba el café.
Diego deshizo el abrazo y se dirigió hacia el microondas. Del interior sacó una humeante taza.
El estómago de Sheila gruñó pero no convulso sino hambriento. Se sentó en una de las sillas y apoyó las muletas contra la pared.
Diego, ágil, tardó segundos en trasladar todo sobre la mesa y tomando una taza del estante se preparó un café para acompañarla.
—Cielo… —llamó la atención Sheila.
Los ojos de él se alzaron del tazón, acariciándola con la mirada, atento a lo que ella decía.
—¿Te importaría ir al botiquín del baño y traerme un calmante para el dolor de cabeza? Por favor.
Dicho y hecho. A los pocos minutos apareció con un analgésico entre sus dedos. Sheila recordó esas manos recorriendo su cuerpo, que respondió frente a los recuerdos pero sus sienes también.
«¡Puf! Eso me pasa por imbécil».
Dentro de pocas horas él se iría hacia la capital y ella aún estaría resacosa, sin posibilidad ninguna de poder despedirse como debían.
Tomó el zumo y con un largo trago ingirió la pastilla. Esperaba que su estómago aguantase.
—Y ¿cómo te encuentras hoy? —preguntó con sorna Diego.
Por toda respuesta Sheila le taladró con la mirada y alzando el mentón le sacó burlona la lengua.
Diego rió por lo bajo. Observaba como la mujer tomaba entre los dedos uno de los bollos, lo partía, y metía un trozo en su boca.
Sheila masticaba lento, atenta a cualquier signo de repulsa de sus tripas. Todo iba bien. Los cafés de Witch, de la noche anterior, habían hecho su efecto.
—Y ¿Witch? —preguntó.
—Salió con Eric a dar una vuelta con el quak.
Sheila rodó los ojos. Normalmente su amiga, conduciendo, era muy responsable pero las motos tenían un efecto devastador en sus sentidos. La transformaban. Era como el doctor Jeckill y mister Hyde, y en compañía de un loco por la velocidad como Eric, Sheila no esperaba nada bueno. No.
—¿Los has dejado marchar, así, tan campante? Sabiendo cómo son de locos…
Diego se encogió de hombros.
—¿Qué querías que hiciese? ¿Atarles? Ya son lo suficientemente adultos los dos.
Sheila bufó ante el comentario, contestándole la madurez que pensaba que tenían esos dos juntos. Diego chasqueó la lengua.
—Quizás tengas razón…
—La tengo —le espetó—. Solo espero que vengan de una sola pieza.
El desayuno le sentó fenomenal. Faltaba solo el cigarro.
—Acércame un pitillo, plis.
Él, negó con la cabeza. En respuesta ella frunció el ceño.
—Creo que no deberías tentar a la suerte. Ayer…
—Ayer no fue el cigarro, fueron los Sapos verdes. Pásame un cigarro, por favor.
Su tono no dejaba dudas, si quería guerra… la tendría. Suspiró resignado y le extendió el paquete de tabaco. Sheila encendió un pitillo e inhaló ansiosa. Ignoró la sensación de aspereza de la garganta al paso del humo y el tintineo de las sienes.
Diego la observaba. Sheila se perdió en su mirada profunda. Estaba muy silencioso esa mañana. Una pequeña arruga se había instalado en su entrecejo.
—¿Te ocurre algo?
—¿Eh? —Diego pareció volver de donde estaba su mente.
—Te he preguntado ¿qué si te ocurre algo?
—No no —negaba al mismo tiempo con la cabeza—, asuntos de negocios.
—¿La dichosa fusión?
Asintió.
—Me está dando más quebraderos de cabeza de lo que suponía —contestó. «Si tú supieses».
—Me imagino —confirmó Sheila—. Alfredo parece todo un caballero pero la arpía de su hija intentará hacerte la vida imposible.
Sheila no pudo ni quiso reprimir el insulto. Recordaba a la atractiva muchacha pero también su despotismo y altivez.  Le recordaba a su compañera de universidad.
—Por cierto, lamento haberme perdido estos días de clase —las mejillas de la chica se ruborizaron.
Diego la miró y una sonrisa provocativa y pícara salió de sus tentadores labios.
—¿Perdido?—preguntó en un bajo tono.
—Sí, ya sabes. Pediré apuntes a los compañeros.
—No hace falta.
Sheila le miró. Él alzó su cuerpo y desapareció de la cocina.  Le oyó trastear en el salón.
Diego penetró en la cocina con su desgastada mochila entre las manos, se sentó y comenzó a rebuscar en el interior de la misma. A los pocos minutos una bolsa repleta de diminutas cintas de casete apareció en su mano.
—Toma. Todas y cada una de mis clases. Dale las gracias a tu amiga Amanda.
Sheila notaba la cara al rojo vivo. Ya le dijo a Witch que no le parecía buena idea, que Amanda no serviría para eso. Y allí estaba la prueba.
Diego ante el embarazoso momento de ella, prosiguió, disfrutando el momento.
—Armó buen alboroto cuando la grabadora se le cayó de las manos, en plena clase.
Se rió, al recordar la situación de su pelirroja alumna.
—Creí que le daba un ataque cuando le alcancé la cinta y el destrozado aparato. Le faltó tiempo para informarme de todo.
—¡Por eso me encontraste! —jadeó Sheila.
Diego negó con la cabeza.
—Eso se lo debes a la vieja bruja de tu vecina.
—¿A la señora Blanca?
—Sí. No sabes lo sencillo que resulta sobornar con un ramo de flores y una simpática sonrisa.
Diego reía satisfecho de sí mismo. Sheila le miraba incrédula. ¿Simpática sonrisa? Seductora más bien diría ella. Se imaginó la escena. Diego con su mejor sonrisa, esos ojos intensos mirando a la mujer y un ramo de flores. Aunque fuese un carcamal, la pobre mujer, babearía del gusto. Hasta el pelo se le habría escapado de sus inseparables rulos y redecilla. La risa explotó en su garganta.
—Desde luego eres maquiavélico —le espetó—. ¿No te da pena seducir a una pobre anciana?
—No, si con ello conseguía saber de ti.
¡Ay, ese tú! Le supo a gloria. Mariposas recorrieron su estómago. Sonrió, emocionada, en segundos se encontró de pie y sentada en el regazo de Diego. Le besó con pasión y él respondió gustoso. Sus manos comenzaron a recorrer con osadía las curvas de la mujer. Sheila notó un frescor en el torso. Mientras le besaba parte de su cerebro buscaba información. Las manos de Diego acariciaban sus senos. ¿Cómo lo había hecho? Ni se había dado cuenta cuando  le había desabrochado el cinturón de la bata, abierto esta e introducido sus manos por debajo del pijama. Tenía dedos de ladrón de guante blanco pero sinceramente no le importó. Esos dedos le hacían alzarse a nivel de las nubes. Por no hablar de su boca.
 Ella también comenzó a mover las manos. Desabrochó, ágil, los botones de la camisa, dejando al descubierto el potente pecho. Apretó con las manos esos enormes pectorales. Diego gimió entre sus labios. Se separó levemente de ella y tomó con su boca uno de los erectos pezones. Sheila jadeó y clavó las uñas en el torso masculino. En respuesta él mordió suave la rosada protuberancia. Sintió latir su bajo vientre.
Diego exploraba sus senos con la lengua. Su barbilla acariciaba la suave piel de los senos. La entrecortada respiración masculina hacia que la piel del húmedo reguero que iba dejando se le erizase.
Impaciente, tiró de los faldones de la camisa. Sacándosela. Diego paró un momento sus caricias y se despojó de la prenda. En segundos sus manos se deshacían de la bata y de la parte superior del pijama de la chica, que se dejaba hacer, al igual que él.
 La tomó de la cintura y alzó su peso, como si de una pluma se tratase, sentándola sobre la mesa. Las manos de la Sheila se lanzaron hacia el cinturón, desabrochándolo. Los dedos encontraron con facilidad el botón de sus jeans, se desplazó en busca del cierre de la cremallera y ¡oh, sorpresa! La bragueta era de botones. ¡Mm! Se relamió mentalmente  y un sonido gutural de placer brotó de su garganta. Diego sintió el latigazo de su miembro. Desabotonó despacio, saboreando el momento. Una vez que hubo suficiente hueco metió su mano en la entrepierna masculina. Acarició el miembro eréctil a través del bóxer de licra.
—¡Sheila! —le oyó suspirar entre sus senos.
Apretó ligeramente. Palpando.
Él separó la cara de su cuerpo y un bramido salvaje brotó de sus labios. El potente brazo del hombre despejó de utensilios la mesa con gran estruendo de cristales rotos. La tumbó y tiró del pantalón y la diminuta braguita, dejándola  desnuda. Contempló maravillado ese cuerpo. No se cansaba de mirarlo. Acarició con delicadeza los senos, pellizcando lo erectos pezones. Sheila arqueó la espalda.
Sustituyó sus dedos por los labios. Saboreando. La cálida y húmeda lengua jugueteó y lamió gustosa. Sus dedos acariciaban el abdomen, erizando la tibia piel en su recorrido, ombligo abajo.
Los dedos de Sheila se perdían en el frondoso cabello, acariciándolo, sujetando a Diego entre sus pechos. Jadeó cuando la mano de él encontró su centro. Una descarga eléctrica la recorrió por entero, se sintió humedecer. Diego acariciaba sus suaves rizos. Tentando.
Su pulgar comenzó a jugar con el botón erecto y la carne se abrió dispuesta. El mentón rozaba la piel de Sheila, se deslizaba lento pero sin pausa, a catar tan exquisito manjar. Hizo una parada en el ombligo femenino. Lamiendo alrededor. Cuando ella arqueó su cuerpo, embistió con sus dedos en el interior y gimió cuando su miembro se hinchó aún más a la espera de ser el protagonista.
Los dedos de Diego le estaban llevando a tal estado que poco le faltaba para llegar el clímax. Pronunció su nombre en un ronco susurro.
—¿Sí?
—Quiero más.
La suave risa varonil le llegó a través de sus excitados sentidos. Ese hombre  la iba a matar un día de estos. Tanto placer no podía ser bueno.
—¿Bueno?—dijo su voz interior—. Magnífico.
Los expertos dedos masculinos se alejaron de ella. Un bufido de protesta salió de su boca para enseguida jadear sorprendida ante lo que la lengua de Diego le estaba provocando.
El hombre lamió goloso su interior, saboreándola. Impregnándose de ella. Encontró el sensible punto y succionó suave, pellizcándolo con sus labios. Sus caderas comenzaron a marcar el ritmo.
Diego deslizaba la cálida lengua por toda la zona. La notaba ardiendo. Jugosa. Sin previo aviso, el grito de Sheila llegó. Sintió por completo el orgasmo.
—Diego, por  favor.
El ruego no podía significar otra cosa. Deslizó los pantalones por debajo de sus caderas y liberó su miembro del bóxer, acercó las caderas de Sheila hacia el borde de la mesa, acomodándola a él.
Sheila le atravesaba con el fuego color miel de sus ojos. Los jugosos labios entreabiertos. Hinchados. Tenía que besarlos. Y lo hizo.
Su aroma penetró en ella. Impregnó a ambos. Se agarró con urgencia a los poderosos músculos del brazo y tiró de él. Instándole a que le poseyera. Diego no se hizo esperar y de una sola embestida cruzó el umbral. La sintió húmeda y cálida. Gimió de placer.
Comenzó a moverse en el interior. Lentamente. Volviendo a incitar a su cuerpo para un segundo clímax. Se balanceó en su centro. Las caderas de Sheila sujetas por sus manos giraban frenéticas. Diego notó como ella lo envolvía por completo, succionando y se dejó llevar con ella.
Satisfecho,  apoyó la frente sobre el abdomen que recorrió con suaves besos. Al llegar a la altura de sus senos, alzó la mirada hacia el rostro de ella.
—No me canso nunca de tenerte entre mis brazos —su voz sonó ronca.
—Creo, —sonrió seductora— que éste es el mejor remedio para la resaca del mundo.
La carcajada de Diego no se hizo esperar.
—¡Bruja!
Entre risas Sheila asintió. Se incorporó. Notaba la espalda dolorida. Rodeó el potente cuello de Diego con sus brazos, que la alzó, apoyándola en sus caderas.
—Ahora una buena ducha caliente y estarás como nueva.
Comenzó a andar y una maldición salió de sus labios.
Sheila se separó de su cuello y le miró. Diego se miraba los pies, donde enredado, descansaba su jeans.
—Espera —dijo ella— déjame en el suelo.
—No, da igual.
Y con paso de pingüino los acercó a ambos al baño. Las carcajadas de Sheila tuvieron como respuesta un sonoro cachete en sus posaderas.



—¿Dónde se habrán metido estos? —refunfuñó Sheila y volvió a mirar insistente por la ventana del salón.
—Tranquila, nena, es solo un chaparrón.
—Como se nota que tú no has pasado una tormenta… —Su voz se apagó al recordar lo que él había vivido en el Tíbet.
Diego la miró. Serio.
—Lo siento —se disculpó ella—. Es que las tormentas me ponen nerviosa.
Se acercó y la rodeó con los brazos por detrás, rozando con su pelo, aún húmedo, el cuello.
—Estarán bien. Habrán buscado refugio.
—Si al menos supiésemos qué camino han tomado…
Diego encogió los hombros. Lo ignoraba.
—Estate tranquila, Eric no dejará que les ocurra nada.
Sheila suspiró resignada. Decidió mantener las manos y la cabeza ocupada durante la espera. Se dirigió a la cocina. Ya habían recogido los destrozos de su encuentro. Repasó con la mirada pero todo estaba impoluto. Abrió la nevera. La poca comida que había estaba ya toda guardada en pequeños tuppers. «Eso me pasa por ordenada». Diego la miraba hacer.
Nerviosa. Tomó un cigarro entre sus dedos y lo encendió. Aspiró con ansia y sin  pensar tomó una taza de porcelana, sirviéndose un café solo. Se sentó en una de las sillas. Diego de pie ante ella eligió un cigarro de la pitillera de plata y lo encendió con su mechero posando este sobre la mesa.
El brillo dorado atrajo la atención de la chica que lo cogió entre sus dedos. Miró embelesada el bello grabado de las letras, las líneas entrelazadas en un enrevesado dibujo.
De repente, Diego, tomó su mochila y comenzó a rebuscar en ella. Sonrió al hallar lo que buscaba.
—Cierra los ojos.
Sheila le miró. Su humor no estaba en este momento para juegos. Se encogió de hombros. Diego puso los ojos en blanco.
—Vamos —instó.
 Con un suspiro resignado, obedeció.
—Llevo tiempo queriéndotelo dar pero por un motivo u otro no he tenido oportunidad.
El hombre colocó sin hacer ruido, delante de la joven, la bonita pluma de oro.
—Ya puedes abrirlos.
Obedeció de nuevo. Sus ojos se abrieron asombrados.
—¡Mi pluma!
Observó a Diego asentir.
—La pluma de mi abuela… ¿la tenías tú?
El hombre volvió a asentir, sonriendo.
—Pero… ¿cómo? ¿Desde cuándo?
—Se te cayó el primer día de curso —se sonrió mordaz— en tu huida debiste de dejarla caer.
Ella se ruborizó al recordar la retirada silenciosa de la que había sido protagonista. Diego continuó hablando.
—Amanda me vio recogerla —explicó Diego— y al día siguiente, cuando oí…
—¿Nos oíste?
—Sí, cuando oí como ella iba a comentarte que yo la había encontrado, la interrumpí.
Sheila le contempló, abrió la boca para protestar pero la mano de Diego se levantó.
—Era la excusa perfecta para llevarte a mi despacho y seguir donde lo habíamos dejado…
Sintió sus mejillas arder. Rió nerviosa.
—De todas formas, también me diste otra excusa al enfrentarte a mí.
—Te lo mereciste —justificó Sheila.
—Desde tu punto de vista, quizás.
—Desde cualquier punto —su genio comenzaba a revelarse y alzó el mentón.
—No estaba allí…
Sheila enarcó las cejas, sorprendida por esa respuesta.
—Me encontraba en algún lugar de mi mente, tomando ese mentón entre mis dedos —Diego se acercó e hizo lo que estaba diciendo— acercándolo a mis labios, para poder mordisquearlo —lo hizo—, besarlo, y subir lentamente hacia los jugosos labios que horas antes había probado… —Y la besó voraz.
 Ella se agarró a su cuello y enredó los dedos en el espeso cabello de la nuca. Diego  la tomó entre los brazos, alzándola. Sheila quedó pegada a él. Acarició el robusto cuello, resiguió con la yema de los dedos la piel, que la desabotonada camisa, dejaba al descubierto. Escuchó la respiración de Diego agitarse y la suya propia. Las fuertes manos masculinas acariciaban su espalda. Sheila notaba calor allí donde se plantaban.
Sus manos comenzaron a acariciar el torso musculoso. La camisa le estorbaba. Necesitaba sentir la piel de él erizarse ante sus caricias. Comenzó a desabrochar el resto de botones. Las manos de Diego bajaron a sus nalgas y le apretó contra sus caderas. Ella lo sintió. Se rió entre dientes tirando de los faldones de la camisa. De repente las manos de Diego dejaron de acariciarla y sujetaron las suyas. Protestó sobre sus labios. ¿Qué? Le apetecía de nuevo.
Diego la alejó unos centímetros de él. Algo desorientada Sheila buscó el azul profundo de sus ojos. Y lo oyó. El motor de un quak ronroneando en la puerta del jardín.
—Vaya, que oportunos.
Diego por toda respuesta inspiró profundamente, intentando calmarse, al mismo tiempo que volvía a colocar la camisa en su sitio.
Sheila se atusó su corto cabello y tomó un cigarro, encendiéndolo, y dirigiéndose con la rapidez que le dejaban las muletas hacia la entrada principal. Abrió de golpe y se encontró a la pareja perdida calada hasta los huesos.
—Paso paso —pedía Witch con voz temblorosa y castañeando los dientes.
Eric la seguía de cerca. Poco le importó a Sheila los charcos de agua que iban dejando por el pasillo. Cerrando la puerta comenzó a seguirlos mientras les ordenaba.
—Witch, al baño azul. Eric al otro. Diego en la cómoda de la habitación grande hay toallas limpias. Quitaos esa ropa mientras busco algo para Eric.
Diego fue en busca de la ropa de baño. Pero para asombro de Sheila, Eric y Witch se metieron ambos en el baño que hacia un rato Diego y ella habían compartido. Cerraron la puerta, dejándola con un palmo de narices. Diego apareció con un par de toallas en las manos y la miró. Ambos se miraron. La sonrisa de Diego no dejaba dudas al respecto sobre lo que estaba pensando. Sheila puso los ojos en blanco. Carraspeó ligeramente y con los nudillos golpeó la puerta.
—Chicos… las toallas.
La puerta se abrió y el musculoso y desnudo brazo de Eric asomó. Diego le extendió las mismas, que fueron agarradas por la mano y metidas a trompicones por la pequeña rendija, cerrándose la puerta de nuevo. Solo se oían risas y murmullos.
—La caldera está conectada —les gritó Sheila.
—¡Gracias! —respondió de igual forma Witch.
Encogiéndose de hombros, Sheila se encaminó hacia la habitación principal en busca de ropa seca que dejar al hombretón.
—A ver qué encuentro, porque ya te llevaste tú ayer lo poco que había.
—No me lo recuerdes…
La carcajada de Sheila tuvo como respuesta un cachete en las nalgas.
Entre los dos prepararon una serie de prendas que podrían serle útiles a Eric, aunque se hallaría con el mismo problema que Diego, le quedarían cortas. Después Sheila rebuscó en la maleta de Witch, le sacó unos vaqueros y una camiseta de algodón. Eligió un grueso suéter de lana color rojo vino, junto con la ropa interior. Diego tomó todo y ambos volvieron a dirigirse hacia el baño.
Esta vez fue Diego quien aporreó la puerta. Dentro se oía el golpeteo de la ducha y risas.
—Os dejo en la puerta la ropa.
Dejó el montón de prendas en el suelo. Se volvió a Sheila que le miraba y le hizo un gesto golpeándose los dedos índices. Sheila asintió y se rió entre dientes.
—Se veía venir —fue toda la explicación que dio y se dirigió hacia el salón entre risas de los dos.
Se tumbaron en el sofá, ante los rescoldos de las llamas. Sheila miraba pensativa. Faltaban solo unas horas para que sus amigos y Diego se marchasen. Suspiró.
—Cómo desearía que os pudieseis quedar aquí conmigo hasta el martes.
—¿Qué?¿Cómo que hasta el martes? —Preguntó Diego que izó su cuerpo  dejando caer la cabeza de Sheila en el hueco donde momentos antes estaba su torso—. Tú te vienes hoy con nosotros de vuelta a la capital.
Sus ojos echaban chispas. Su arrugado entrecejo no dejaba lugar a dudas. Estaba realmente enfadado. Sheila se alzó también del sofá y se quedó sentada a su lado, enfrentándole.
—No —dijo al mismo tiempo que negaba con la cabeza y alzaba su mentón desafiante—. Yo me voy el martes por la tarde en el coche de línea.
—Ni lo sueñes.
El tono de voz de Diego era bajo, peligrosamente bajo. Sheila fijó la vista en una vena de la frente que repentinamente se había hinchado y latía convulsa.
—Me voy el martes y punto.
No se dejaría amedrentar. A cabezona no le ganaba nadie, al igual que él.
—Y yo te digo que no.
Diego se levantó, Sheila tuvo que alzar su mirada casi al techo. Ella también se levantó.
—Y yo te digo que tengo que solucionar unos asuntos aquí y que hasta el martes no me voy.
—Aunque tenga que meterte arrastras al maletero tú te vienes hoy.
—Y ¿quién es el guapo que se va a atrever a hacer semejante hazaña?
Diego se quedó a milímetros de su cuerpo, con la cara frente por frente a la suya. Una sonrisa malévola se dibujo en sus labios tentadores.
—YO  y solo YO.
—¿Con ayuda de quien más? Porque seré pequeña pero te va a costar Dios y ayuda meter este menudo cuerpo en ese armatoste que llamáis coche.
—¿Habláis del Ford de Witch? —preguntó Eric interrumpiendo la discusión.
—¿Qué pasa con mi coche? —se oyó decir desde el baño a la joven.
—¡Nada! —gritaron al unísono Diego y Sheila. Se miraron desafiantes.
—Hablábamos de tú coche —explicó Diego.
—¿Armatoste mi Porsche Cayenne? —la voz del hombre salió gutural.
—Tú destrozaatmosfera no llevará mi precioso culo a la capital hoy —explicó Sheila.
Eric la miró entre enfadado por los términos usados contra su vehículo  y desconcertado por lo que la chica acababa de decir.
—¿Pensabas regresar hoy? —Preguntó el hombre a Sheila—. Hay sitio de sobra para ti y tu equipaje.
—No, ya te he dicho que no. —Y miró a ambos hombres—. Tengo que dejar la casa recogida, además de pagar a Manuela por sus servicios —explicó—. Por otra parte, ¿por qué demonios tengo que daros explicaciones de mis actos? No tengo consulta hasta el miércoles con el doctor. Es Diego el que está emperrado que vuelva hoy con vosotros.
—Bueno, si el caso es que no puedes quedarte sola… que se quede él contigo.
—No puedo Eric —la voz de Diego arrastró las palabras—. Tengo asuntos importantes en la oficina mañana a primera hora, acuérdate que te lo comenté anoche.
La cara de Eric cambió por completo. Ahora entendía. Diego no quería dejarla sola por el sicario, pero tampoco podía quedarse porque necesitaba la información de Hurtado para poder localizarle. Por otro lado. Sheila necesitaba zanjar asuntos en el pueblo. La cosa pintaba mal. No llegarían a un acuerdo y menos conociéndoles a ambos.
Levantó las manos en signo de paz y dijo:
—Eso lo discutís entre vosotros, a mi dejadme en paz.
—Es justo lo que estábamos haciendo cuando te entrometiste —le aclaró con sorna Diego.
—Creo que me dejé algo en el baño —y Eric desapareció del salón.
—Bonito gesto para con tu amigo —acusó Sheila.
—Se lo merecía por cotilla.
—Sip.
 Y ambos se rieron. Sheila miró esos labios sonrientes. Los perfectos y blancos dientes destacando sobre su bronceada piel.
—De verdad Diego que estaré bien —comenzó a decir a modo de tregua—.  En cuanto os vayáis llamo a Manuela a que se venga a dormir con sus niños esta noche. Pero tengo que recoger la casa, tú no conoces a mis padres… y además he de pagar a Manuela.
—Está bien —suspiró resignado. Menos era nada.
—Gracias, amor.
—De nada pero que sepas que esta claudicación la anotaré para más adelante tomarme la revancha.
—Tonto —y Sheila le dio un manotazo en el hombro, su mano quedó dolorida al chocar contra sus fuertes músculos.
Diego se acercó a mirar hacia la ventana. Por increíble que pareciese un sol radiante surcaba el cielo.
—¿Será posible? —preguntó anonadado. Con grandes zancadas se acercó a la puerta principal y la abrió de par en par.
El olor a tierra mojada inundó sus sentidos. Inspiró profundamente. Un arcoíris se formaba a lo lejos, sobre el valle y las montañas.
—¡Sheila! Mira esto —llamó.
Oyó el traqueteo de las muletas acercarse hacia el porche de la casa donde él se hallaba situado en ese momento. La muchacha se colocó a su lado y rodeó con su brazo las caderas de él.
—Lástima que me haya dejado la cámara en la casa de Ramón. Tendría que haberla echado en la mochila —gruño algo enfurruñado— ¿sabes? Me gusta este pueblo.
—Sí, la verdad, es que tiene su encanto. Aún no conozco a nadie que me haya dicho lo contrario. Todo el mundo queda extasiado por el verdor de la sierra, el río, el puente románico, las gentes, los bares…
—Sus tapas.
La risa de Sheila no se hizo esperar. Miró el cuerpo musculoso y envidió como él podía engullir todo sin que un solo gramo de grasa se instalase en él.
—Tragaldabas.
Comenzó a andar por el jardín. Pequeños charcos se habían formado en la zona que no estaba pavimentada, los rodeo con cuidado, inhalando el aroma de las hojas de pino y del enebro que rodeaba toda la tapia del cuidado jardín. Le apetecía sentarse a contemplar el brillo del sol en las minúsculas gotas de lluvia pero las sillas se hallaban totalmente empapadas. Diego la seguía en silencio. Contemplándola. Una sonrisa se dibujaba en sus labios.
—¿Qué?
Él sacudió la cabeza por toda respuesta. No se cansaba de contemplarla. Jamás se había sentido así y dudaba mucho de que hubiese otra mujer en el mundo con la cual quisiera pasar el resto de sus días. El día en que esos mismos pensamientos fueron dichos en voz alta a Rebeca, él mismo se asombró, pero supo que según lo estaba diciendo era la pura y simple verdad. Había tantas cosas que quería saber de ella y en todas las ocasiones en las que habían estado juntos, en lo único que podía pensar era que anhelaba tenerla entre sus brazos y poseerla por completo. Se juró que eso debía cambiar.
Sheila se volvió a mirarle. Sus ojos almendrados entrecerrados, cubierta la mirada por sus tupidas pestañas. Una sonrisa sugerente surgió en sus jugosos labios y Diego sintió los latidos de su corazón comenzar a galopar. ¡Maldita sea! acababa de jurar que tendrían que tener conversaciones más largas y ahora mismo se veía capaz de tomarla entre sus brazos y volver de nuevo a esa habitación hasta hacerla gritar, de nuevo, de placer. Sus azules ojos la devoraron y la risa de ella no se hizo esperar.
En el aire, de repente, se unieron a las risas de Sheila, provocativas,  las de Witch pero estas últimas características de un ataque de risa. Diego y ella miraron hacia la puerta de la casa. Un Eric airado salía por ella.
—¿Tú crees que un hombre se puede sentir atractivo con semejante aspecto?
Diego resiguió con la mirada la silueta de su amigo. La carcajada estalló en sus labios. Sheila le acompañó.
El enorme y fuerte cuerpo de Eric, al igual que Diego el día anterior, sobrepasaba los límites de la ropa y el resultado era igual de ridículo que el de su amigos horas antes.
—Conmigo no contéis para el paseo hasta el pueblo —bufó el joven— o me lleváis en coche o me quedo aquí hasta que regreséis con ropa más decente.
Witch, que salió abrochándose la cazadora y empujando la silla de ruedas le miró y con sorna dijo:
—¿Pusiste la lavadora en el programa de noventa grados y te encogió? O ¿es que esta noche pegaste un ligero estirón?
Todos menos el aludido dieron rienda suelta a sus carcajadas.
Eric enfadado se sentó sobre las mojadas sillas y se izó al instante al sentir su humedad.
—¡Mierda!—exclamó.
Una mancha húmeda abarcó sus prietas posaderas.
—¿Necesitas que te cambie los pañales?—le preguntó Witch.
Furioso Eric salió hacia el exterior de la casa. Necesitaba poner distancia o allí iba a arder Troya.
—Venga va chicas —defendió Diego a su amigo— no os paséis…
Las amigas se miraron y tuvieron que taparse ambas la boca para que la cosa no fuese más allá, los ojos se les enrasaron de lágrimas por las carcajadas contenidas.  Mientras, Diego, había entrado en la casa a por las prendas de abrigo de Sheila y de él.
—¿Habéis cogido las llaves?
Witch le extendió un manojo de ellas y se acercó a ayudar a su amiga a sortear los inundados baches.
En la entrada estaba Eric, fumando un cigarro, intentando apaciguar su genio. Witch se acercó a su coche y abrió.
—Vamos —le llamó— te acerco en un momento a la casa rural —dirigiéndose a su amiga continuó— nos vemos en la plazoleta del pueblo.
—De acuerdo.
Diego se acercó a Sheila, con su mochila a la espalda, y empujando la sill  se dirigieron camino del pueblo. En cuestión de minutos el pequeño Ford desapareció de su vista. A ellos les quedaba una media hora de camino.
Al llegar a la altura de la casa lindante saludaron al jardinero que se hallaba podando en ese momento el seto.
—Mal día para usted amigo —le dijo Diego.
—Sí —el hombretón se giró con las enormes tijeras de podar en las manos— al menos me he librado de regar.
Diego asintió. Sheila frunció el ceño y se agitó incómoda. «Así que el cerdo baboso es jardinero» se dijo. Los ojos del hombre la taladraron. Una sonrisa curvó sus finos labios.
—¿De vuelta a la ciudad supongo? —preguntó como quien no quiere la cosa.
—Por desgracia —contestó Diego—. Las hay con suerte y aún le quedan unos días.
El hombre volvió a mirarla.
—Espero volver a verla, señorita.
—No lo creo —le espetó seca y el temblor de sus manos provocó que una de las muletas que llevaba apoyada sobre sus piernas resbalase.
Ambos hombres se agacharon a la vez para recogerla. El jardinero fue más rápido y ofreció a Diego el soporte.
Dándole las gracias, lo volvió a colocar sobre las piernas femeninas y despidiéndose del otro hombre prosiguieron su camino.
—¿No te parece que has estado algo grosera con el pobre hombre?
—No —no le apetecía explicarle a Diego las muecas groseras que el susodicho le había dedicado.
Diego suspiró resignado y continuó hablando:
—Entonces ¿el martes vuelves para la capital? Y ¿cómo vas a hacerlo?
—En el autocar de línea, ya te lo dije.
—Y cuando llegues a Madrid ¿cómo vas a desplazarte con maleta y muletas? —preguntó no sin cierta ironía en su voz.
Sheila se quedó en blanco. No había pensado en eso. Mentalmente volvió a maldecir a la escayola.
—Tomaré un taxi —y se sonrió satisfecha por la respuesta.
—Me parece bien. Te apuntaré las señas de la casa, muchos taxistas no saben localizar la urbanización… — su voz se perdió—. No, lo mejor es que Phil te espere con nuestro coche en la misma estación.
—No te molestes, Diego.
—No es ninguna molestia, además puedo asegurarte que Phil estará encantado de recogerte y Daisy te tendrá preparada una excelente cena para cuando llegues. Hasta que no te quiten la escayola sabes que no puedes volver a tu piso.
—Creo que con la práctica no tendré problemas de subir…
—No y no se hable más. Me lo debes. Yo claudico en dejarte hoy aquí y tú claudicas en volver a mi casa.
—Has tardado en cobrarte la deuda… — bufó.
—Me gusta llevar mis cuentas al día —contestó mordaz.
—Es bueno saberlo —gruñó entre dientes. Diego rió.
El resto del camino lo hicieron en silencio. Disfrutando del paisaje. Sheila pudo ver la silueta del enorme puente románico a lo lejos.  Consultó su reloj y comprobó que no habían tardado nada más que veinte minutos, gracias a las musculosas y largas piernas de Diego.
—Bueno, trescientos metros más y ya estamos en el puente, supongo que estos nos estarán esperando con unas cañas entre las manos.
—Seguramente.
La plaza del pueblo, al ser domingo, tenía movimiento de gente. Los parroquianos bajaban de misa y se paraban a charlar y a juntarse para el tapeo. El bar de la plaza estaba abarrotado así que las chicas decidieron mostrarles unos cuantos bares más, cada uno de ellos con su aperitivo característico. Para cuando terminaron de recorrer la gran cantidad de bares que había en el pueblo, las chicas ya ni tenían hambre y las cervezas, aunque rebajadas con limón, comenzaban a hacer estragos en su lengua.
—Deberíamos ir a la casa rural para ir preparando las maletas —dijo Diego— además Ramón y Vitoria nos esperan para comer.
—No me puedo creer que después de todo lo que has engullido aún continúes con hambre —reprochó Witch.
Por toda respuesta el hombre encogió los hombros y él y Eric tomaron el camino que se dirigía hacia la casa.
Paula empujaba a Sheila, las grandes zancadas masculinas les adelantaban  un buen tramo, por lo que Sheila aprovechó la ocasión.
—¿Se puede saber dónde os habíais metido?
—Fuimos hasta por encima de la pirámide, justo donde están las rocas que parecen caerse.
—Preciosa vista, sí.
—Sip.
Witch siguió avanzando en silencio. Sheila traqueteaba sobre la silla de ruedas rumiando cientos de preguntas en su interior pero decidió esperar a que su amiga hablase. Al cabo de diez minutos de interminable espera y viendo que llegaban a su destino sin haber sacado nada en claro Sheila, estalló.
—Estamos poco habladoras hoy, ¿no? Ni que tuvieseis algo que esconder…
Se giró para poder ver a su amiga. Un rubor intenso cubría su rostro. Entornó los ojos  en ademán de sospecha y alzando una mano le hizo a Witch ademán de que parase. Casi cae de bruces al suelo de tan rápido como su amiga obedeció, lo que le hizo sospechar aún más.
—¿Y? —fue la corta pregunta.
—¿Qué?—preguntó a la defensiva la aludida.
Sheila bufó por toda respuesta. Agarró los brazos con fuerza para intentar izarse.
—¡Para, para! —pidió Paula—. Está bien —claudicó suspirando—. Me lo he tirado.
La tos al atragantarse impidió a Sheila  responder a su amiga, que comenzó a reírse.
—¿Qué? ¿Acaso he hecho algo que tú no hayas hecho?
—No, —respondió con rapidez Sheila— es que no me lo esperaba…
—Pues se veía venir…
—Ya —segundos después volvió a preguntar— ¿allí? ¿En plena sierra?
—Sip… algunas piedras del suelo me estorbaban pero…
—¿En el suelo?
—No, si te parece lo hacemos encima del quak, no te jode…
Las risas de ambas inundaron la calle. Las chicas se imaginaban a la pareja haciendo piruetas sobre el cuadriciclo a la par que intentaban hacer el amor. Lágrimas en los ojos aparecieron ante el ataque de risa que hizo que la pareja de hombres, metros más adelante, parase y se girase para mirarlas.
—Y antes de que digas nada solo te digo dos palabras ¡MAMMA MIA! —La cortó Witch—. Solo espero que se vuelva a repetir prontito.
Nuevo ataque de risa.
—¡Ah! Y este tiene una recortada.
Sheila perdió las muletas de las manos ante la flojera que tenía por las carcajadas. Witch se adelantó para cogerlas y cuando se las devolvió le guiñó un ojo, sonriendo de oreja a oreja.
—Solo espero —comenzó a decir Sheila— que este te dure un poquito más que el último.
—Me parece que sí —suspiró Witch.
—¿Se puede saber que os pasa? —se oyó gritar a lo lejos a Diego— ¿es que Witch no puede con la cuesta? Esperad, que os ayudo.
—No —gritó Paula—.  Ya vamos.
Comenzaron a subir nuevamente la empinada calle.
—Una recortada… —rumió Sheila por lo bajo.
La risa de Witch, entre dientes, les acompañó.


continuación







jueves, 5 de noviembre de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 17)





17

Diego se agitó en la cama, inquieto. En su sueño, la oscuridad cernía todo. Corría buscando algo o a alguien. Una niebla espesa lo cubría todo. De vez en cuando un haz de luz cruzaba su camino. Oía voces, gritaban un nombre. Sí, eso era. Buscaban a alguien importante para él porque sentía la angustia crecer en su pecho con la misma rapidez con la que se movía, apartando matojos y ramas en busca del más leve indicio.
—¡Sheila!
Oyó gritar a una voz de mujer. El corazón le comenzó a palpitar alocado. Sheila. Buscaban a Sheila. Más voces siguieron a las primeras y él se unió a ellas.
—¡SHEILA! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡SHEILA! ¡SHEILA!
—¿Qué? ¿Qué? —dijo la chica, sentándose asustada sobre la cama.
A su lado, Diego, agitaba los brazos inquieto.
—Diego —llamó zarandeándole.
El hombre seguía sumergido en el sueño. Su cara de angustia le hizo comprender que estaba teniendo una pesadilla.
—¡Diego! —Esta vez su voz se alzó al mismo tiempo que le meneaba con la intención de despertarle del mal sueño—. ¡DIEGO!
Al oír su nombre, los azules ojos se abrieron de repente. El cuerpo y la cara tensos.
Sheila extendió la mano para acariciar y secar la sudorosa frente.
—Ha sido una pesadilla, amor —le tranquilizó—. No es nada.
Diego parpadeó confuso. Cerró los ojos, sacudiendo la cabeza en un intento de borrar las vividas imágenes de la cabeza. Agarró la mano de la mujer  y  se la llevo al pecho. Ella notaba sobre su palma el alocado ritmo del corazón. Se acurrucó a su lado, abrazándole. Diego la estrechó con sus brazos.
—¡Dios!—le oyó susurrar— parecía tan real…
—Solo estabas soñando. Me despertaste al oírte gritar mi nombre. Se puede saber ¿qué demonios soñabas?
—Te buscaba en mitad de la noche, en un bosque, me angustiaba pensar que estabas herida, sola y que yo no te encontraba…
—Será mejor que nos levantemos, un buen café y algo de comer te espabilarán de ese mal sueño.
Sheila miró la hora en su reloj. ¡Madre mía! Las cinco de la tarde. ¿Cómo demonios se las habían apañado para dormir tanto rato? Su rubor le contestó.
Buscó las muletas en la habitación y recordó que se habían quedado en el baño.
Se giró hacia Diego, que permanecía en silencio, observaba el techo. La mirada pérdida y la expresión seria hicieron que le urgiese aún más el preparar algo de comer y distraerle.
—¿Amor?
Él la miró con ojos preocupados. Si ella supiese que su angustia estaba totalmente justificada. La falta de noticias sobre Rebeca le tenía obsesionado. La conocía muy bien y sabía que ese mutismo no presagiaba nada bueno. Para nada.
Sheila le observaba, y Diego vislumbró preocupación en los ojos color miel. Mejor sería hacerla creer que se encontraba mejor. Al menos, durante su estancia allí, estaría protegida.
—Hora de comer, señorita gandula —y se levantó, tomó la arrugada sábana y envolvió su cintura.  En un solo movimiento ágil, rodeó la cama y tomándola entre sus brazos, la cubrió con el cobertor y con ella en brazos se dirigió hacia la cocina.
Penetró en ella y acomodó a Sheila en una de las sillas. Con sus penetrantes ojos miró alrededor. La cafetera le llamó con campanillas. Sheila le iba indicando donde encontrar las tazas y demás utensilios. El estómago de Diego rugió. Sheila soltó una carcajada.
—Queda algo de lasaña de anoche en la nevera. Tienes que disculparnos pero pensábamos salir fuera a comer y las cenas nuestras suelen ser ligeras.
Diego enarcó una ceja en muda pregunta.
—Bueno —explicó ella—.  La lasaña era un regalo de bienvenida para Witch. La eché de menos toda la semana.
Diego gruñó por lo bajo. Mejor no entraba al trapo. Ya habían hecho las paces y estaba todo aclarado. Bueno, con respecto a ellos, sí. Hasta que no supiese algo de Hurtado, no quería inquietarla.
Abrió la nevera y tomó el plato con las sobras de la cena. Tenía una pinta formidable. Metió primero los cafés a calentar en el microondas  y cuando estos estuvieron delante de ellos, colocó la lasaña en el interior y comenzó a calentarla.
Hambrientos como estaban comenzaron a atacar el plato. Con la boca a medio llenar Diego preguntó:
—¿Hay algo de pan?
—En la bolsa de tela de detrás de la puerta.
Diego se levantó a por él, se relamió gustoso cuando vio la hogaza de pan de pueblo. En sus prisas por llegar a la mesa casi resbala al pisar la sabana que cubría su cuerpo.
Ninguno se molestó en cortar el pan, ni en buscar platos. A Sheila, la escena le pareció de lo más intima. Estaban terminando cuando unos golpes se oyeron en la puerta principal.
—Ve a abrir —dijo Sheila.
Diego levantó una ceja y sonriendo pícaro mientras untaba en los restos de bechamel la contestó:
—Ve tú que es tu casa —y se metió el ultimo trozo de pan con los resquicios de la salsa.
Sheila se miró. Diego siguió su mirada. El cuerpo cubierto con el edredón, enredado varias vueltas en ella. Alzó los ojos al techo.
—Está bien, tú ganas.
Sheila rio por lo bajo mientras perseguía con la mirada la silueta musculosa y el perfecto trasero del hombre enmarcado por la fina sábana. Le daban ganas de salir detrás y darle un buen azote en esas cachas.
Diego abrió de par en par. Paula y Eric lo miraron desde el exterior. La una, abrumada ante la imagen de esos músculos, el otro sonriéndose por lo que imaginaba que había sucedido en esas horas que les habían dejado a solas.
—Que hay campeón —saludo el joven. Diego sonrió y golpeó amistoso el hombro de su amigo.
Witch con sonrisa picarona le dijo:
—Y ¿qué? ¿Ha sido medalla de oro, plata o bronce?
Diego entrecerró los ojos, alzó altivo el mentón y le respondió pedante.
—Platino.
—Fantasma —contestó la chica—. Ya será menos.
—Hombre, si él lo asegura —defendió Eric, guiñándole un ojo a Diego.
Witch les miró y haciendo caso omiso llamó:
—¡Sheila! ¿Dónde estás?
—En la cocina.
—Vale. Tengo que preguntarte algo —miró a Diego de reojo mientras se lanzaba pasillo adelante corriendo.
—Será… —exclamó este que salió en su persecución sujetando la sabana a la cintura.
Witch se sentó al lado de su amiga.
—¡Rápido! Elige. ¿Oro, plata, bronce o platino?
Sheila la miraba con extrañeza.
—Vamos vamos —instó Witch.
—Platino —respondió.
Las carcajadas de Diego y Eric resonaron por la cocina. Sheila les miraba sin comprender y Witch refunfuñaba por lo bajo algo de una traición.
Sheila encogió los hombros en muda respuesta y se levantó a recoger la mesa, de pie, comenzó a andar hacia el fregadero cuando oyó la maldición de Diego.
Se giró a mirarle. En segundos estaba al lado de ella. Levantó el cobertor de alrededor de los pies de la chica e inspeccionó. La mujer siguió su mirada. Vio sus piernas desnudas bajo la colcha, mejor dicho, su pierna y su escayola bajo la colcha. Adivinó el porqué de la maldición. A su favor se ruborizó ligeramente y en tono de disculpa exclamó:
—¡Ups! Se me olvidó. —Y alzó la pierna dañada a un palmo del suelo—. ¿Alguien me puede traer las muletas? Están en el baño azul.
A Diego no le engañó.
—¿Desde cuándo apoyas el pie? Esas rajas no salen de un momento como ahora.
Witch refunfuñó.
—Últimamente se le olvidan las cosas más importantes y si no que te cuente porqué estábamos discutiendo.
Sheila la taladró con la mirada con la total intención de dejarla allí mismo carbonizada. Diego carraspeó llamando su atención. Inconsciente, la joven alzó el mentón, desafiando a ambos.
—¿Hay algún problema?
Sus dos contrincantes la miraron, ambos con los brazos cruzados y de pie, impidiéndole salir de la cocina.
—El miércoles tenemos que ir a la consulta de Juan y ver que tal va tu esguince —habló primero Diego con voz seria—.  Al paso que vas, en vez de un mes de recuperación necesitarás medio año.
—¡Sip! —Asintió Witch—.  Y si a eso le sumas que tendrán que darte puntos de sutura por dormir con objetos punzantes debajo de la almohada…
—¿Objetos punzantes debajo de qué?—preguntó Diego receloso.
—Tonterías de Witch —atajó Sheila a su amiga suplicándole con la mirada que no dijese nada más. Ya encontraría el momento para explicarle a Diego. Con lo protector que era ya le veía sentado en la mecedora del salón, con una estaca en las manos, a la espera de que los cacos entrasen.
Witch puso los ojos en blanco y se mordió los labios para no seguir hablando, se giró hacia la puerta y fue hacia el salón donde Eric, muy sigiloso, había dirigido sus pasos huyendo de la quema de la cocina.
—¿De qué hablabais sobre objetos punzantes? ¿Acaso vais a acuchillar a la pobre chica por romper un poco la escayola? —y agitó la cabeza en silencioso reproche.
—Mejor no digas nada más, cuando te cuente lo entenderás, pero no es el momento.
Eric asintió y se encogió de hombros. Witch se sentó a su lado, frente al calor de la chimenea. De vez en cuando miraba de reojo el perfil del hombre. Veía los ojos azul cristalino perdidos en las anaranjadas llamas del fuego, el mentón apoyado en los pulgares, en aptitud pensativa.
La boca, con esos labios perfectamente dibujados por la sombra de la creciente barba, algo fruncidos, al igual que el entrecejo. Las largas piernas, sin embargo, estaban totalmente estiradas y relajadas.
«¿En qué estará pensando?» se preguntó Witch, deseó poder leerle la mente.
Volvió a mirar sus manos. Los dedos largos pero robustos. Siendo informático como le había dicho que era, tenia manos de obrero. Se preguntó cómo podía ser posible esto y ansiaba preguntarle pero no se atrevía.
—¿Tú?—le preguntó asombrada su voz interior— ¿Que no te atreves tú? Vaya vaya —y se rió.
—¿A qué viene esa risa?—le preguntó mentalmente la joven.
—Me parece que estás más pillada de lo que crees… —y volvió a carcajearse.
Witch con el pensamiento le hizo un gesto grosero con el dedo y su voz se carcajeó aún más. Inquieta por el comentario de su yo interior se removió en la butaca. Eric la miró. Witch le sostuvo la mirada, perdiéndose en el azul cielo de esos ojos. Cuanto deseaba volver a besar esos labios, y sentir el hormigueo de mariposas en su vientre y el latido entre sus piernas. Se sonrojó ante esos pensamientos.
 Normalmente se tiraba de cabeza a la piscina pero esta vez deseaba sumergirse poco a poco, tanteando primero las cristalinas aguas. No le apetecía para nada encontrarse de nuevo en otra relación tormentosa como sucedió con  su anterior pareja. Esta vez no se dejaría llevar tanto por el corazón y si por la cabeza, pero el rememorar lo que Eric le había hecho sentir con solo abrazarla y acariciarla no le ayudaban en nada en sus nuevos propósitos.
Y la mirada de él sobre su cuerpo tampoco. Veía dilatarse las pupilas del hombre, su mirada de deseo no dejaba ninguna duda al respecto sobre los pensamientos que en ese momento le rondaban la cabeza y Witch sintió como su cuerpo enviaba invisible respuesta de igual contenido.
La respiración de ambos se aceleró. Eric estiró el brazo y extendió sus dedos que acariciaron suaves el mentón de la joven y colocó despacio un rebelde mechón de su cabello tras la oreja, acariciando el lóbulo de la misma en el gesto.
La piel de Witch se erizó. Y antes de que él volviese a juntar sus manos, Paula entrelazó sus dedos con los de él, apoyando ambas manos unidas sobre el brazo de la butaca en la que estaba sentada. Eric acarició con el pulgar la sensible piel del dorso.
Ninguno dijo nada. Sobraban las palabras. Oyeron la voz grave de Diego hablar de nuevo en la cocina.
—¿Qué ha querido decir Witch, Sheila?
—Yo que sé —le contestó evasiva la muchacha—. Pregúntale a ella.
—Claro que lo haré.
Se oyeron los pasos descalzos de Diego en el pasillo. Witch miró a Eric en busca de ayuda. El hombre asintió en silencio. Cuando los pasos de su amigo se situaron a la puerta el comedor, Eric, alzó la voz, simulando no haber oído a este acercarse a ellos.
—¿Diego? ¿No deberíamos devolver los caballos a las cuadras? Ramón debe de estar preocupado por nuestra tardanza, no me extrañaría nada que se hubiese acercado al cuartelillo a dar aviso de que unos turistas se han perdido por la montaña o algo parecido.
—¡Joder! —maldijo Diego detrás de él.
—¡Ah, estas aquí! —dijo Eric y giró la cabeza—. ¿Has oído lo que te he dicho?
—Sí, lo he oído y tienes toda la razón. Se me fue el santo al cielo.
—Sí —contestó Eric—. Gloria bendita, ¿eh amigo?— y se rió.
—Sí —afirmó Diego—. Witch… ¿qué querías decir con…?
—¿Con que no te creías que Diego se podía ganar la medalla de platino? —atajó Eric.
Witch, siguiéndole la corriente contestó:
—Sheila se deja convencer fácilmente. Eso habría que comprobarlo, pero claro, no creo que eso sea posible.
—¡No! —la respuesta de Eric sonó seca y cortante.
Diego le miró asombrado. Su joven amigo alzó el mentón, desafíante.
 Le importaba un comino, en ese momento, su amistad con Diego. Witch era suya. ¿Suya? O al menos por el intento que no quedase. Su jefe y colega ya tenía en Sheila lo que tanto tiempo llevaba buscando y él no estaba dispuesto a ceder ni un ápice de terreno en lo que intuía que podía llegar a ser una interesante historia.
Olvidando la pregunta por unos instantes, Diego, riéndose entre dientes ante el ataque de celos de su joven amigo respondió:
—No creo que eso sea necesario, tu intuición debería responderte.
Witch se rió y burlona le sacó la lengua. La tensión entre los dos hombres desapareció.
—Creo que deberías de ponerte algo más adecuado si quieres entrar al pueblo— le espetó a Diego la joven.
Él se miró y sonriendo desapareció en busca de las muletas de Sheila y de la muchacha misma.
Witch se dirigió a Eric:
—¿No crees que yo debería de saber elegir mis respuestas?
—Con respecto a ese tema, mientras yo esté, con cualquier candidato la respuesta será NO.
Witch abrió la boca asombrada. ¿Celos? Sí. Eric tenía un ataque de celos, por ella, y con su mejor amigo. Ardió algo en su interior. Los tipos celosos no le iban pero tuvo que reconocer que el que él se creyese con derechos sobre ella le ponía, vaya que si le ponía. Pero ya le enseñaría ella quien poseía a quien y hasta donde.
Salió hacia el pasillo en dirección a la cocina, al final, la terca de Sheila había recogido el menaje usado. Oyó discutir a la pareja en la habitación.
—¡Voy! —gritó hacia la puerta del dormitorio. Golpeó la desvencijada puerta—. Yo sé de alguien que va a tener que pagar los desperfectos ocasionados por su mal genio.
—¡Witch! —siseó Diego—. No vengas a tocarme las… narices, que ya me las está tocando bastante tu compañera ahora mismo.
Entró y estudió a la pareja que de pie, frente al armario, revisaban la ropa del interior. Witch recorrió el cuerpo de Diego y la carcajada sonó rotunda por la casa. Sheila que hasta ese momento se contenía  la siguió. Se oyeron los pasos apresurados de Eric por el pasillo que preguntaba en voz alta mientras se acercaba:
—¿Qué me estoy perdiendo?
Y entró en el dormitorio. Encontró a las chicas tiradas sobre la cama con un ataque de risa, miró a Diego y sentándose en el borde del colchón, se unió a las mujeres.
—Bueno —bufó Diego—. Ya está bien, ¿no?
Echó un vistazo a su reflejo del espejo. La sudadera Nike azul marino dejaba vislumbrar el cuello redondo de la camiseta blanca que llevaba debajo. El pantalón de chándal del mismo tono con rayas blancas a los lados, se ajustaba a los músculos poderosos de sus muslos. Hasta ahí, todo bien. Las risas de sus amigos y compañera se debían más que nada a las terminaciones de las prendas en sus largas extremidades, un palmo más arriba del que debían, tanto en brazos como en piernas.
Los brazos tenían un pase, al fin y al cabo con la chaqueta quedarían tapados, pero el final de la pernera del pantalón le quedaba a mitad de las pantorrillas, dejando a la vista, los gruesos calcetines de lana y las botas de serraje. Tenía un aspecto ridículo pero eran las únicas prendas masculinas de todo el armario que le cabían. Y necesitaba ponerse ropa seca para llegar a la casa rural si no quería llevarse de recuerdo de ese bonito pueblo una buena pulmonía, ya que sus ropas seguían mojadas.
Se giró hacia los otros tres y encogiendo los hombros dijo.
—Es lo que hay.
Y claudicó, sumándose a las risas.
Las chicas decidieron acompañarles hasta su hospedaje. Como ya comenzaba a oscurecer, Sheila y Witch les irían abriendo camino con la luz del coche hasta la entrada del pueblo, en caso necesario.
Diego guardó en su mochila la mojada ropa y recordó lo que llevaba en el interior de la misma. Esperaría el momento oportuno para dárselo a la dueña.
Salieron al exterior, Sheila cerró la puerta con llave y echó el candado de la verja. Diego quedó quieto en la cancela. Eric se acercó a los caballos que piafaron cuando el joven los desató y comenzó a tirar de ellos. Las chicas se acercaron hacia el Ford de Witch. Diego seguía parado. Carraspeó. Los otros le miraron.
—¿Y esto? —preguntó señalando el quak.
Eric siguió andando como quien no quiere la cosa en dirección al pueblo. Sheila quedó con la mano en la manilla de la puerta del copiloto, al igual que Paula con la suya.
—Lo alquilé para moverme por aquí cuando Witch no estaba —explicó Sheila azorada.
—Por el polvo que adivino, lo habéis cogido esta mañana, ¿verdad?
—Sí —contestó Witch—. ¡Una pasada! Tomamos el camino que bordea el río, casi nunca está transitado, se puede coger una velocidad de vértigo…
—Ya —respondió Diego.
—… Aunque hoy, hemos tenido un percance con un palurdo que se ha puesto en medio.
—¡Palurdo!
—Uno que iba de Superman. ¡Sip! Se cruzó de brazos en medio del camino pretendiendo que parasemos. No sé por qué. No molestábamos a nadie. ¿Verdad, Sheila?
La aludida palidecía por momentos, atando cabos. Se lo había intentado decir a Witch. Y estaba en lo cierto. Al que casi habían atropellado era Diego. Había reconocido su silueta pero había desechado ese pensamiento porque no le cuadraba que él se encontrase en el pueblo. Ahora lo entendía. Los caballos debían de haberse asustado y le habrían tirado al agua.
—Witch, creo que deberías de callarte —advirtió.
—¿Por qué?
—Porque me parece que tienes delante de ti al Superman palurdo.
Witch abrió los ojos, estupefacta.
Diego la miraba con ojos de pocos amigos y los musculosos brazos cruzados sobre su pecho. Asentía lentamente.
La chica no se amilanó ante el gesto. Chascó la lengua mientras abría la puerta del coche y le dijo:
—Lo siento mucho, marinerito —y miró las perneras del pantalón—. La próxima vez que quieras cruzar el río asegúrate de que tu barco no zozobre.
Y soltando una risa desvergonzada se metió en el interior del coche y subió el seguro de la puerta del copiloto.
Sheila le sonrió tímidamente a Diego y se sentó, colocó las muletas entre sus piernas, tardando más de lo debido en un intento de disimular.
Las carcajadas de Eric le llegaron desde unos metros más allá.
Diego, soltó una maldición en voz alta, le pegó una patada a una piedra que rebotó contra el tronco de un árbol y gruñendo se alejo hacia su amigo y los equinos.
Witch arrancó entre risas y Sheila se tapó la cara, para que Diego no la viese reír.



Witch aparcó en la plaza del pueblo. Las empedradas calles relucían por las diminutas gotas, provocadas por la frialdad de la caída de la noche,  que reflejaban la luz blanquecina de las farolas.
Decidieron esperar en el bar que estaba abierto tomando un café para entrar en calor. Aún les quedaba un largo rato de espera.
Eric se negó a volver a subir al caballo y él y Diego venían andando al paso de los equinos. Witch les había terminado por adelantar frustrada por el lento paso de los animales y porque su viejo coche se le había calado varias veces, al no aguantar tan mínima velocidad, haciendo que los hombres  rieran entre dientes. Su genio se encendió, si no llega a ser porque Sheila le advirtió de que podría asustar a los caballos y provocar un accidente, les hubiese pasado veloz, haciéndoles tragar el polvo del camino. Se alegró un montón de lo que le había ocurrido a Diego con el quak. Y al trasero de Eric con la montura. Rió malévola entre dientes y Sheila adivinando sus pensamientos resopló con cierto reproche.
Delante de las tazas humeantes, sentadas en una de las mesas, Sheila se dirigió a su amiga:
—Sabes que lo del quak no va a quedar así. En cuanto entre por esa puerta le vas a tener que aguantar la reprimenda, ¿no?
 Paula asintió con un encogimiento de hombros, la miró con fijeza y replicó
—Y ¿tú sabes que lo de la escayola y el porqué discutíamos tampoco lo ha olvidado, verdad?
—Sí  —susurró Sheila.
 Lo de Witch, al fin y al cabo se podría tomar como una gamberrada pero lo suyo distaba mucho de broma, gamberrada o algo parecido. Ahí se discutía su salud y su seguridad, y sabía que tendría a los dos, Paula y Diego, en su contra. Eric, estaba segura, se mantendría al margen.
Sopló sobre la crema del café en un intento de bajar la temperatura del mismo. Volvió a sus pensamientos. Solo esperaba que no empezasen la discusión en medio del bar, prefería un sitio más íntimo, no quería ser el espectáculo del sábado por la noche del pequeño pueblo.
En la paz de la noche recién caída se oyeron en la plaza cascos de caballo sobre el empedrado. «Ahí están». De dos sorbos se terminó el cargado café, pagaron al camarero y se alejaron hacia la puerta del establecimiento donde los hombres las esperaban.
Se alejaron camino hacia la ermita del pueblo donde se encontraba la casa rural que Diego y Eric habían alquilado.
Al oír los relinchos de los equinos, Ramón salió al portalón de la casa,  seguido por una rechoncha mujer que secaba sus manos con un inmaculado paño de cocina de algodón.
—Pensé que os había ocurrido algo —comentó el hombre—. Vitoria no me ha dejado pero pensaba acercarme al cuartelillo, esta misma noche, si no aparecíais.
—Lo siento Ramón —se disculpó Diego que agarró al hombre en gesto amistoso por los hombros—. Nos entretuvimos con las chicas en su casa y se nos pasó avisarte.
—No importa —contestó el hombre mientras golpeaba amistoso la espalda del joven—.  Llámalo deformación profesional pero suelo tratar a los clientes como lo haría con un familiar y estaba preocupado, no seríais los primeros turistas que se han perdido por estas montañas y se han tenido que mandar cuadrillas de hombres en su busca.
—Me imagino, —asintió—  pero nunca se me ocurriría salirme del camino. Sobre todo sin estar preparado con lo imprescindible para un caso de supervivencia en la montaña. Mi mochila —y señaló su desgastado zurrón de piel— no lleva nada de eso, más bien efectos personales.
—No os quedéis ahí, al frío —regañó Vitoria en tono maternal— sentaos al calor de la chimenea mientras os preparo algo de cenar.
—Supongo que será una molestia que os traigamos unas invitadas con las que no contabais pero prometo compensaros —se disculpó Diego.
Ramón rió, comenzó a servir en las copas que había colocado sobre la mesa trillo, su exquisito vino.
—En eso no hay problema, ya sabes que Vitoria, cocina para un batallón.
El hombre se alejó y comenzó a poner la mesa.
Un denso silencio se creó en el salón.  Eric miraba absorto el contenido de la copa, de vez en cuando, sus ojos se desplazaban hacia los tres compañeros. Esperaba inquieto a que estallase la tormenta de un momento a otro. Witch jugaba distraída con un mechón de su largo cabello, dando pequeños sorbos de vez en cuando a su copa. Diego carraspeó. Sheila jugueteaba con una de sus muletas.
—Con respecto a… —comenzó a decir Diego.
—Siento lo que… —habló Witch
—Diego yo… —dijo Sheila.
Eric los miró a los tres. Todos había hablado a la vez y todos se callaron al ver que los otros hablaban. El silencio volvió al salón. Al cabo de unos minutos el joven resopló y dejando su copa sobre la mesa comenzó a hablar.
—Tú —y señaló a Witch—. Espero que te disculpes por lo ocurrido esta mañana, sabemos que no fue intencionado pero deberías de tener más cuidado a la hora de conducir… al menos con un quak.
La aludida le atravesó con sus castaños ojos. «¿Mira quién iba a reprocharle su mala conducción? Fititonto en persona» pero lo que menos le apetecía ahora era comenzar una nueva discusión. Tomó aire lentamente y habló.
—Lo siento Diego —y miró al aludido con una sombra de arrepentimiento en sus ojos—. Debí de ser más cuidadosa.
Sheila parpadeó asombrada ante la rápida claudicación de su amiga. Algo estaba tramando la bruja, si lo sabría ella.
Diego asintió y sonrió a la joven, aceptando sus disculpas. Giró levemente su cuerpo en dirección a Sheila. Witch hizo lo mismo. Ambos la miraban. «¡Ay Dios! Ahí viene —se dijo— me tocó la peor parte del chaparrón». Eric seguía los movimientos de los otros en silencio.
—Cuéntale a Diego —comenzó a hablar Witch— ¿por qué has roto la escayola?
Sheila carraspeó ligeramente y abrió la boca para comenzar a hablar cuando se vio interrumpida por su amiga.
—Pero todo todo —le advirtió Witch, indicándole con el tono que si no, ella, se encargaría de rellenar los huecos en la historia.
Sheila deseó por un momento cogerla por los pelos y pegarle un buen tirón, si ya sabía ella que su claudicación era por algo, pero se arrepintió al instante de ese pensamiento, sabía que  la joven solo se preocupa como buena amiga y casi hermana que la consideraba. Aclaró su garganta y comenzó a hablar.
—El miércoles pasado cuando Manuela, la mujer que me atiende, se marchó, al rato decidí calentarme la cena que me había dejado preparada.
Diego la miraba en silencio, escuchando atento sus explicaciones. Al igual que Eric y Witch.
—En ello estaba cuando, por casualidad, al mirar el cuadro de la cocina, vi el reflejo de una silueta de hombre mirando por la ventana.
Diego se envaró en el sofá. Eric escondió tras la copa, al beber de ella, el gesto de sorpresa y Witch resopló en silencio. Sheila prosiguió.
—Asustada,  simulé no haberle visto y acercándome al cajón de los cubiertos tomé un machete que tiene mi madre. Lo empuñé con fuerza y me giré gritando insultos hacia la ventana, pero allí no había nadie.
Diego se levantó de su asiento y comenzó a pasear inquieto por el salón. Las manos en los bolsillos del chándal que le había prestado Sheila. Esta continuó con su historia.
—Como me había asustado, las muletas se me cayeron al suelo, y en mi prisa por inspeccionar la casa, cuchillo en mano, apoyé el pie.
—¿Inspeccionar la casa? —bufó Diego enfadado—. Así sin más. ¿No se te ocurrió tomar el móvil y llamar para pedir ayuda?
—Pero primero tenía que saber si necesitaba ayuda, ¿no?—protestó.
—Y si llega a haber alguien. ¿Le hubieses agredido con el cuchillo?
—Por supuesto —le replico Sheila.
—Permíteme que lo dude —exclamó agrio Diego.
—¿Lo dudas? —Preguntó enfadada con sus manos apoyadas en las caderas—.  ¡Que sepas que yo puedo defenderme solita!
Diego se le acercó en dos zancadas. Unos pocos centímetros quedaban entre sus cuerpos. Ella podía sentir la ira de él emanar por sus poros y en invisible contestación su rabia también irradió. Levantó el mentón desafiante, taladrando con sus ojos color miel los, en ese momento, azul grisáceo de él. Con voz profunda y en un tono de advertencia Diego le susurro a milímetros de sus labios.
—Creo que puedo dar fe por mí mismo que lo que acabas de afirmar no es cierto.
Inspiró sorprendida por el golpe de sus palabras. Acababa de recordarle que no hacía mucho le había salvado de una brutal paliza y que si no llega a ser por él, quizás, esta discusión no hubiese tenido lugar nunca. Abrió los ojos dolida. Instintivamente separó su cuerpo del de él. Diego rápido no la dejó. Con sus fuertes manos la sujetó por los codos y la atrajo hacia sí, apretando la cara de la chica contra su musculoso pecho. Sheila se agarró a su cintura e inspiró el aroma varonil.
—Tienes razón —claudicó—, me hubiesen faltado fuerzas. Pero en ese momento no lo pensé. Quería asegurarme de que estaba sola, y sin cenar ni nada me encerré en mi cuarto, guardando el cuchillo debajo de la almohada.
Diego la abrazó aún más fuerte, acariciando el corto cabello con sus largos dedos. Besó, leve roce, la cabeza de Sheila.
—¿Y eso es todo lo que tienes que decirle?—le gruñó Witch—. Menuda ayuda que tengo contigo.
—Witch… —advirtió Diego— ella ya sabe que ha metido la pata, no hace falta ensañarse en la herida.
—Si llego a ser yo la que lo hago menuda bronca me hubieseis echado los dos… que si soy una cabeza loca… que en qué narices estaba pensando… que si a ver si maduro de una puñetera vez…
Eric la miraba soltar la retahíla de palabras que salían con una rapidez inusitada de sus jugosos labios. Se levantó en silencio y acercándose a la muchacha, la rodeó con sus brazos por detrás mientras susurraba al oído:
—Pero todos sabemos que dentro de ti hay una feroz guerrera, nena, no se puede comparar.
Witch tensó su cuerpo unos instantes ante el inesperado abrazo pero al sentir sobre su oreja el susurro de esa voz sus piernas se rilaron y tuvo que apoyar el peso de su cuerpo sobre el musculoso pecho de él y sus estrechas y prohibitivas caderas. Su enfado se diluyó en el deseo.
—Pero Manuela ya nos había advertido de robos en la zona… —susurró ya sin fuerzas.
—Bueno —dijo Eric que alzó un poco más la voz—. Pensad que todo ha quedado en un susto y ya está.
La voz de Ramón les sacó a todos del tenso momento:
—Señores, la cena está servida.
Ambas parejas, enlazadas, se volvieron a mirar al hostelero y se encaminaron hacia la esplendida mesa llena de exquisitos manjares.




La enorme y silenciosa silueta salió de entre la maleza que bordeaba el camino.
Los fríos ojos recorrieron ambos lados de la polvorienta calzada en busca de algún indicio de movimiento, humano o de transporte. La calma de la noche le indicó que el sendero se hallaba despejado.
Acercó sigiloso su corpulencia a la verja que rodeaba la casa. Rió entre dientes al mirar con desdén el oxidado candado que cerraba la cancela. Del bolsillo posterior de sus pantalones de camuflaje sacó una pequeña petaca de piel con las herramientas necesarias para abrir cualquier tipo de cerradura. Con dedos expertos y en cuestión de segundos el candado cedió al giro de su muñeca. Lo tomó en su gran mano y lo guardó en el bolsillo delantero.
La puerta chirrió leve al ser empujada pero no había nadie que lo advirtiese, excepto él. Recorrió el trecho de sendero pavimentado hasta la entrada de la casa. La cerradura cedió con la misma rapidez que la exterior y penetró al calor del hogar.
El olor de la madera quemada impregnó las aletas de su nariz. Sus ojos, ya acostumbrados a la penumbra, vislumbraron el recibidor y el pasillo con las puertas dispuestas a ambos lados. Se asomó al salón y memorizó en cuestión de segundos la posición de los muebles y de las ventanas de acceso. Recorrió en silencio toda la casa, inspeccionando y haciendo un croquis mental de ella. Al llegar al final del pasillo observó interesado la descolgada puerta de madera. Acarició la astillada madera del pestillo arrancado. ¿Qué había ocurrido allí?
Había estado observando todo el día los movimientos de los habitantes de la casa. Camuflado a unos cuantos metros más allá, ladera arriba, la perspectiva del chalet había sido asombrosa. Incluso, ya arropado por la oscuridad creciente, les había observado a través de las ventanas sin que ellos se percatasen de su presencia.
Penetró en el dormitorio. Un olor intenso llenó sus fosas nasales. Olía a hembra. La revuelta cama le informó de que en ella no solo habían dormido. Tomó la colcha del suelo y un olor dulzón le invadió los sentidos. Acercó la mullida tela a su nariz e inspiró profundamente. La colcha estaba impregnada del olor de Sheila.
El sicario sintió una palpitación entre sus piernas. Recorrió con su experta mirada toda la habitación. Sobre la sábana que cubría el colchón vio unas pequeñas marcas. Tomó entre sus dedos parte de los restos y los palpó. Acercó las yemas de sus dedos mojados a la nariz. Su cuerpo se tensó ante el olor del interior de la mujer y su miembro apretó sin piedad  contra los pantalones en  respuesta a ese aroma.
—Esa pequeña putita huele deliciosa —masculló.
Tendría que reestructurar su plan de nuevo. «La puta rubia la quiere fuera de servicio —se dijo— ¿por qué no disfrutar un poco antes de liquidarla?»
 Se rió ante sus lascivos pensamientos. Ya estaba bien por hoy. La inspección había terminado. No quería arriesgarse a que volviesen antes de que él abandonase la casa. Sus botas de soldado tropezaron con un diminuto objeto de tela del suelo. Se agachó y sus zarpas tomaron la diminuta ropa interior de Sheila.
El asesino acercó la braguita a su cara y se embebió, de nuevo, del olor. Girando los talones hacia la salida se guardo el minúsculo tesoro en el bolsillo trasero. Furtivo volvió sobre sus pasos al exterior de la casa. Comenzó a cerrar el candado de la verja cuando el ronroneo de un coche y el haz de luz de unos faros hicieron que en cuestión de segundos abandonase el lugar, perdiéndose su figura en la espesura de la noche y la maleza.

continuación



domingo, 25 de octubre de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capitulo 16)


16


Al salir por la verja del jardín Paula miró anonadada los caballos, que atados en un árbol cercano a la entrada del chalet, pastaban tranquilos.
—Nuestro medio de transporte toda la maldita mañana —resopló Eric y señaló su trasero.
Witch soltó una carcajada. Ahora entendía lo de sus extraños andares. Él la emuló.
—Yo tengo un remedio infalible para esas molestias —sonrió picarona.
—¿Ah, sí? —preguntó con una sonrisa ladeada que formó un atractivo hoyuelo.
Notó que una oleada de calor invadía su cuerpo, los ojos del él brillaban. Se acercó a escasos centímetros de ella y pudo oler el aroma de su piel: una mezcla de colonia, sudor y el olor al animal que había montado durante horas, pero asombrada, comprobó que el efluvio no le desagradaba.
—Eso habrá que demostrarlo —susurró Eric sobre sus labios.
Estos comenzaron a arder. Contempló la boca. La zona donde el tentador hoyuelo aparecía cuando sonreía. El aliento abrasador del hombre quemaba sus labios. Los humedeció con la punta de la lengua y él tomó ese gesto como una invitación. Rodeándola con sus fuertes brazos posó sus labios sobre los de ella. Sorprendida, forcejeó. Eric lamió insinuante los apretados labios de la joven.
«Pero, éste, ¿qué se ha creído?» pensó mientras intentaba separarse de él.
La fuerza del hombre le superaba. Decidió cambiar de táctica. Aflojó su resistencia y metió las manos entre la cazadora, acariciando el amplio pecho masculino a través de la camisa. Eric, aflojo el abrazo. Witch decidió hacerle creer que se había rendido.
La lengua de él perfiló sus labios haciéndola estremecer e inconsciente, los entreabrió. Él aprovechó y mordió el labio inferior, succionándolo. Resopló mentalmente.
«Esto se me está yendo de las manos» se dijo mientras notaba los latidos de su corazón a mil por hora.
Las manos acariciaron la ancha y musculosa espalda. La lengua de él jugueteaba con su boca, provocándola. Witch apretó los dientes pero él no cedió. Volvió a succionar el labio y mordió un poco más fuerte de lo debido. Abrió la boca para protestar por el mordisco y el hombre aprovechó el descuido para introducir la lengua en el interior que acarició la piel interna de las mejillas, ella  notó un hormigueo entre sus piernas. El jugueteo hizo saltar chispas en ambos.
Las manos de ella pasaron otra vez al tórax y apretó sus manos sobre él. Escuchó como Eric gemía y jadeaba. Satisfecha con la reacción, se lanzó a acariciar los pezones masculinos a través de la tela y sus dedos chocaron con algo duro. Demasiado duro para ser un pezón. Con la yema de los dedos lo palpó. Era algo redondo. De metal. Ahogó una exclamación en su garganta. «¡Lleva un peercing! ¡Un arete en su pezón izquierdo!» y se dejó llevar por el deseo.
La lengua de Eric seguía tentando a la suya y Witch le correspondió. Notaba las piernas como gelatina y apoyó su peso en las caderas y pecho del hombre que  agarró su cintura y la pegó más a sí, haciéndole sentir lo que ella estaba provocando. El  cosquilleo entre sus mulos creció al notar la dureza de Eric. «¡Y vaya dureza!» se dijo. Las manos se trasladaron al trasero masculino, apretándolo.
El saludo de una voz desconocida hizo que la pareja se separara al instante, quedando a escasos centímetros uno del otro. Miraron al extraño, que acompañado de una mujer, paseaba tranquilamente por el camino montaña arriba. Se estudiaron, confusos y sonrieron azorados. Witch carraspeó ligeramente antes de decir:
—Bueno, ¿qué? ¿Nos vamos a comer?
—Creo que, de momento, será lo mejor —contestó Eric.
Ese de momento no le pasó desapercibido. «Bien. Para la próxima veremos quien juega con quien» y sonrió maliciosa para si.
Eric miró con desagrado el caballo. No pensaba volver a montar en él ni de coña. Al otro lado, vio aparcado el quak de las chicas. Entrecerró los ojos. El vehículo  estaba  lleno de polvo.
—¿Habéis montado esta mañana en ese cacharro? —preguntó a Paula.
—Sí, como quien dice acabábamos de llegar de dar una vuelta con él cuando habéis aparecido. ¿Por?
—No, por nada…
 Rió por lo bajo. Verías cuando saliese Diego, viese el quak y atase cabos como él.
—¿Quieres que vayamos con él al restaurante?
—Si no te importa, prefiero no tener que volver a abrir mis piernas otra vez, creo que mi dolorido trasero no lo podría aguantar de nuevo.
—Está bien, —intentó disimular la sonrisa—  entonces vamos en mi coche. Lo tengo aparcado en el garaje. Espérame aquí.
A los pocos minutos apareció con su antiguo Ford.
—¿Este es tu coche?
—Sí —contestó cortante—. ¿Algún problema? Porque  por mí puedes ir hasta el pueblo andando…
—No, ninguno.
Eric montó en el asiento del copiloto. Sus largas piernas casi sobresalían por el salpicadero.
—Puedes echar el asiento hacia atrás, así irás más cómodo —indicó la conductora.
—¿Cómodo? —resopló y el tono decía entre velado. «¿En esta antigualla?»
—Sí, cómodo —recalcó—. ¡Ah, claro!, que el señor va mejor en su 4xaccidentemecargo1 ¿no?
—Arranca ya que estoy muerto de hambre y no tengo ganas de discutir.
—Será lo mejor, —Witch arrancó— de momento.
Eric sonrió. Había captado su de momento, al igual que ella había captado el suyo. «Me gusta» se dijo «Me gusta mucho».  Y Paula aceleró hacia el pueblo.



Diego atravesó el dintel de la alcoba y empujó la puerta con el pie para cerrarla, con un chirrido leve esta volvió a abrirse lentamente. Empujó con la mano y la puerta volvió de nuevo a separarse del marco.
Sheila se rió en silencio.
—La has descolgado al pegarle la patada —explicó.
Él, irritado, cerró de un portazo. Error. El pestillo destrozado impedía que encajase.
—¿Diego? —llamó Sheila, tomándole por la mandíbula y girando la cara ceñuda hacia ella.
Él la miró.
—Estamos solos, cariño.
El hombre bufó y puso los ojos en blanco. Sheila se rió.
—¿Te estás riendo de mí? —preguntó con su cara a milímetros de la de ella.
—Un poquito. —Al ver el brillo malicioso de sus ojos rectificó—. No, no me reía de ti, me reía contigo.
—No cuela —murmuró él sobre sus labios—. Ahora vas a pagar por todos estos días de puro martirio que me has hecho pasar.
Y con ella aún en brazos, se acercó al borde de la cama, apoyó sus rodillas en él y posó a Sheila sobre el lecho que permaneció enganchada a su cuello y a su cintura. Diego acopló los codos en los costados junto al cuerpo tendido.
Sumergió el rostro sobre el hueco entre cuello y  hombro e inhaló profundo, impregnándose del aroma de su piel.
—¡Dios!—susurró—. Tu olor me vuelve loco.
Sheila sonrió. Él rozó esa sensible zona con la nariz. Ese leve cosquilleo hizo que la piel se erizase y emitió un jadeo. Diego, frotó de nuevo la estremecida piel, en una dulce caricia. Ella enredó sus dedos en el espeso cabello negro, acariciándolo y tirando suave de él. Gimió ante ese gesto y comenzó a recorrer con la punta de la lengua un camino invisible hasta el pequeño hueco de la garganta femenina, que arqueó la espalda.
Diego se separó de la mujer, que resopló con fastidio, pero por poco tiempo.  Se arrodilló en el suelo afianzando su peso, agarró las caderas de ella que arrastró hacia el borde de la cama y  quedaron pegadas a su entrepierna.
Con las manos liberadas él fue deslizando con lentitud la sudadera, dejando libre la piel del abdomen, que comenzó a recorrer con la yema de sus dedos. Notaba como se erizaba a su contacto.  Su dedo índice recorrió sin prisa el hueco del ombligo y se desplazó hacia abajo, hasta el borde del pantalón deportivo de cinturilla baja que recorrió de lado a lado dejando en su camino un calor abrasador en la zona.
Ella notaba un latido entre sus muslos. Le miraba hacer, ardiendo en llamas.
 Diego se deshizo del suéter, tirándolo hacia atrás. Con mirada embelesada recorrió el cuerpo semi desnudo. Parecía querer grabarlo en su mente.
—Deseaba tanto volverte a ver desnuda —dijo con la voz ronca por el deseo.
Sheila le llamó insinuante con el dedo. El hombre rió por lo bajo. Se deshizo de los pantalones de ella, junto con la ropa interior y luchó un poco más con los suyos debido a que seguían húmedos.
Sheila contempló el cuerpo musculoso de Diego y su erección. Deslizó la mirada, despacio, por el amplio pecho, por los marcados abdominales,  por el suave vello rizado que cubría, en parte, una zona desde el ombligo hasta el pubis. Las hinchadas venas del bajo vientre que se marcaban bajo la piel. Estiró su mano y las acarició. Un gemido ronco brotó de la garganta masculina. Le miró a los oscuros zafiros, que brillaban con lujuria. Tentadora, le sonrió, y entrecruzó sus piernas, de nuevo, por detrás de la ancha espalda. Él atrapó sus nalgas con fuerza. Se inclinó hacia ella y preparó sus labios al ansiado beso pero la cabeza de él siguió justo el camino contrario y la boca se perdió entre otros labios, que latieron con frenesí. Ahora fue ella quien gimió, al sentir el contacto de la cálida lengua sobre su ardiente sexo.
Diego saboreo el interior. Lubricando aún más la íntima zona. La punta de la lengua acariciaba el erecto botón, lanzando descargas de placer por todo el cuerpo femenino, que acariciaba sus cabellos. Sus labios succionaron suaves, aprisionándolo con dulzura. Ella jadeó y sacudió su cadera, él aprovechó para introducir un dedo. Lentamente. Humedeciendo y abriendo la inflamada y tierna carne. Comenzó a marcar el ritmo. Pausado y profundo a la vez que su lengua lamía y jugaba con el clítoris. Las caderas se movían al compás, sinuosas, pidiéndole más, y, acató la silenciosa orden, con gusto, introdujo otro apéndice. Sentía sus dedos cubrirse con el flujo. Su pene gritaba, ansioso, por desalojar a esos intrusos del lugar que le correspondía. Los músculos interiores aprisionaron a estos y jadeó satisfecho ante el gemido largo y profundo que brotó de la garganta de Sheila al llegar al clímax.
Despacio su mano se deslizó del interior y ella le observó saborearla. La provocativa lengua de él relamió sus labios que dibujaban una  sonrisa ladeada con un punto de lascivia. Su subconsciente le gritó:
 —¡COMETELO!
«¡SÍ! Con mucho gusto…».
Y le empujó con las piernas hacia ella, instándole a cubrirla con su peso. Diego se incorporó y aprovechó para  deslizarse hacia el centro de la cama, esperándole con una traviesa sonrisa en sus labios. Él, avanzó como un felino hacia su presa. Sin prisa pero sin pausa. De su garganta  salió una carcajada y Diego entrecerró los azules ojos y volvió a relamerse, degustando antes de atacar.
Semierguido sobre ella, acercó su rostro y la besó con pasión. Sheila probó su sabor en la boca de él. Gimió y antes de que Diego lograra tumbarse, sus manos se apoderaron del miembro. Acariciándolo. Deleitándose con su potencia. Desplazó su cuerpo hacia él, quedando en la posición perfecta para tomar con sus labios lo que momentos antes acariciaba. Lamió con delicadeza la suave piel del glande. Aún estaba fría por el húmedo pantalón.
«¿Cómo demonios se habría mojado?» Pensó. Su voz interior le bufó. Y desechando cualquier otro pensamiento que no fuese darle placer a Diego, prosiguió.
Abarcó con sus labios el grosor del pene. Su lengua jugueteo con la punta. Excitando el pliegue que se formaba entre esta y el tronco. Lo probó en toda su longitud, lubricando con la saliva, acariciando al mismo tiempo sus testículos. Comenzó a masajearlo. Sintiendo en las yemas de los dedos el latido de las venas  al mismo tiempo que acariciaba, lamia, succionaba. Los jadeos de Diego le guiaban en sus movimientos.
Él agarró sus cabellos, tiraba de estos con suavidad.  Profundizó sus movimientos y aceleró el ritmo. La respiración entrecortada del hombre y sus gemidos la ponían a mil. Jadeó.
Diego estiró del pelo, separándose ligeramente de su boca.
—Sheila —susurró con voz ronca—. Para.
 Obedeció pero siguió acariciándole. Diego la empujó hacia el lecho. La mirada penetrante, acariciando los labios que tanto placer le acababan de dar con las yemas de los dedos. Resiguió la mandíbula hacia la oreja y sustituyó los dedos por su lengua. Al llegar al lóbulo lo mordisqueó. En respuesta Sheila clavó sus uñas en el torso masculino.
—Te amo —susurró él en su oído.
Esas palabras la sacaron del torrente de emociones en el que estaba sumergida. Se separó unos centímetros para ver el masculino rostro y penetrar en el interior de sus impresionantes ojos. Él le sostuvo la mirada, serio por un momento, haciéndole entender que no eran palabras dichas en el calor del momento, sino sentidas de verdad. Notó un nudo en la garganta, la imagen de Diego comenzó a hacerse borrosa, al momento, una lágrima rodaba por su mejilla. Él que la contemplaba en silencio aproximó su rostro de nuevo al de ella y sorbió la pequeña gota de sal. Sheila suspiró.
—¡Sh! —arrulló él. Posando sus jugosos labios, en un dulce beso, sobre los de ella.
 Correspondió a la caricia pero en cuestión de segundos el dulce beso pasó a ser más ardiente. Le provocó con su lengua y Diego se dejo hacer. El momento dulce había pasado, era hora de dar rienda suelta a sus pasiones.
Los labios de él volvieron a su cuello, besando, mordisqueando.  Succionó con fuerza sobre él, provocando mil sensaciones con su aliento sobre la piel de Sheila, que jadeó. Él lo soltó y siguió con la punta de su lengua hacia el hueco del cuello.
Las fuertes manos, acariciaban sus pechos, excitando los montículos rosáceos que hicieron que los latidos de su pubis casi se pudiesen palpar. Diego, recorrió con suaves besos la piel de entre sus senos.
La incipiente barba de él le hacía cosquillas, que junto a los suaves besos de esos tentadores labios, su abrasador aliento y las palabras que acababa de escuchar, hicieron que estuviese en un punto similar al clímax. Deseaba fundirse en él, le estorbaba casi hasta la piel de ambos. Quería fundirse en él y que él fluyese por sus venas. Era un ansia difícil de explicar pero fácil de sentir cuando amas a alguien.
La lengua de Diego jugueteaba con los pezones haciendo que jadeos de placer brotasen de su garganta.
 Notaba el ardor y la humedad de ella en su muslo y empujó leve los de Sheila para abrirla más a él.
 Acopló sus caderas entre ellos, su miembro palpitó impaciente. El glande se impregnó con el flujo que fluía del interior. Lubricándose. Tanteó y la carne se abrió sin resistencia alguna. Gimió al sentir su calor. Mordisqueó el pezón, succionó y junto al jadeo de Sheila, de una sola embestida la penetró.
Un jadeo se oyó en la habitación, seguido de una especie de ronroneo gutural de la mujer, al que él se unió.
Las caderas de ambos comenzaron a moverse al unísono. Al principio con urgencia, llevándolos a un punto cercano a la culminación, pero Diego frenó el ritmo. Deseaba gozar todavía un poco más. Sus movimientos se hicieron lentos y ondulantes. Las caderas de Sheila lo siguieron, parecían bailar la danza del vientre sobre la cama.
Caricias, besos, mordiscos, jadeos, nuevos embistes rápidos, lentos. Sheila se sentía arder como nunca antes lo había sentido. Diego notó como el interior lo atrapaba, sin posibilidad de escapar. Y se dejo llevar con ella.
Quedó tendido entre sus senos, escuchando el tamborileo del corazón femenino. Ladeó un poco el cuerpo, pero su cara siguió donde estaba. Sus manos acariciaban como plumas la suave piel de la mujer. Abarcando el menudo cuerpo todo lo que su largo brazo daba.
Sheila comenzó a pasar las yemas de sus dedos por los pliegues de la frente masculina. Acarició sus cejas. Resiguió su nariz. Sus labios. Diego mordió juguetón la yema del dedo y excitó con la punta de su lengua la sensible piel.
—¡Diego! —protestó sin convicción.
Notó la vibración de los hombros ante la risa silenciosa de él.
Con la otra mano comenzó a recorrer la musculosa espalda, relajando los fuertes músculos. La respiración del hombre comenzó a sosegarse.
—Si continúas así, me duermo —dijo con voz ronca él.
—Ajá —susurro ella y prosiguió sus caricias.
—¡No! —protestó él también sin firmeza.
Ahora fue a ella a quien le tocó reír.
Medio adormilado ya, Diego le oyó llamarle.
—¿Diego? — su voz salió en un hilillo.
—¿Hm?
—Yo también te amo.
Diego suspiró satisfecho y abrazando con su musculoso brazo la estrecha cintura, se durmió. Sheila cubrió, como pudo, sus desnudos cuerpos con el cobertor y sucumbió a Morfeo.



Eric observaba en silencio a Witch que se deleitaba con una mousse de chocolate casera. La veía relamer una y otra vez la cucharilla con la punta de la lengua.
Sus pensamientos se dispararon y sintió una opresión en el pantalón. Removió su trasero en el asiento, a Witch este gesto no le pasó inadvertido.
—Perdona Eric, es que me encanta la mousse. Termino y nos vamos. Necesitas descansar, ciertas partes, sobre algo más blando.
La sola mención de una cama o un sofá, hicieron volar aún más su imaginación. Se vio a sí mismo y a ella, desnudos, en una maratoniana sesión de puro y lascivo sexo. Sabía que detrás de ese humor ácido y esa lengua viperina, había un volcán en erupción.
«¡Dios!» —exclamó en su interior, recordando su discusión cuando Diego les presentó.
—Eric te presento a la mujer que te dejó tan maravilloso regalo en tu todoterreno.
El fulgor de esos ojos almendrados, color avellana, al mirarlo hicieron que su corazón se acelerase hasta salírsele del pecho. Pero no fue miedo, ni mucho menos, a la reacción de la mujer, fue un ansia de lucha, cuerpo a cuerpo, a ver cuál de los dos podía más.
—¿Así que tú eres el capullo que ganó el primer premio?—le espetó Witch.
—¿Y tú la que derramaste el champán sobre el coche ganador?—repuso él.
—Sip —y elevó el mentón.
—Ya veo —él alzó el suyo.
—Casi me matas —le instigó ella.
—Yo no lo veo así —replicó.
—¡Ah! ¿No? Y ¿cómo llamas tú al adelantamiento que hiciste en línea continua?
—Casi continua —corrigió. Elevó una espesa y perfecta ceja y replicó—. ¿Destreza?
Witch bufó.
—Tontos como tú llenan los cementerios.
—Indecisas como tú los acompañan.
—¿Indecisas? Precavida más bien diría yo —el tono de voz bajó peligrosamente, advirtiéndole de que se movía en terreno peligroso.
Pero Eric pretendía cruzar ese terreno. Ansiaba cruzarlo. No sabía porqué pero así era.
—Lentas, las llamo yo.
Witch entrecerró los oscuros ojos, Eric los suyos. De repente, ella se ruborizó, segundos después, la notó nerviosa. Pero se recompuso.
—Imbéciles llamo yo a los Fitipaldi como tú.
Rió, ella sonrió. Se abrazó, soltándose de nuevo y sus dedos acariciaron el largo pelo oscuro, del color de sus ojos.
Parpadeó confuso con su propia reacción. Deseaba acariciar esas ruborizadas mejillas. Apoderarse de esos jugosos labios y enredar sus dedos entre los cabellos de esa cautivadora mujer.
Ante esos pensamientos también se sonrojó. Ambos se miraban azorados y ambos exclamaron al unísono:
—¿Tregua?
Entonces fue cuando oyeron el grito de Sheila y él dijo:
—Empieza lo bueno.
Y ahora allí, contemplándola en el restaurante, tras haber charlado como viejos conocidos, su urgencia ya no era conocerla, era, bueno sí, conocerla… bíblicamente. Se sonrió ante el pensamiento. Witch paró la cuchara a medio camino de su boca y le preguntó:
—¿De qué te ríes?
—Estaba pensando en nuestro mal comienzo.
—Sip —dijo y se rió—. Ya me irás conociendo, tengo un pronto brutal pero luego…
«¿Ya me irás conociendo?»Se dijo «Le estoy dando pie para otras posibles citas».
—Y el codo, y la mano y lo que haga falta con tal de ver esos ojazos y ese cuerpo serrano —le dijo su voz— y quiero ver más de cerca ese peercing.
Él sonrió.
Ahora fue Witch quien se movió inquieta en la silla. El rifirrafe dialéctico que habían tenido le había descolocado.
Se sintió vulnerable ante la presencia y la atracción física que sentía por ese total desconocido.
Pero tampoco ella misma sabía a qué se refería, solo que notaba su cuerpo y su mente raros. Las emociones que la embargaban no eran las normales. Sentía un cosquilleo en la nuca, como cuando te sientes observado, y un hormigueo en sus dedos. Quería acariciar ese hoyuelo que se acababa de formar en el perfecto rostro del hombre.
«Y es que parece un modelo, el condenaó» babeó Witch.
 Carraspeó.
«¡Mierda!—pensó— pero ¿qué me pasa con este tío?»
Su voz interior silbó haciéndose la despistada.

continuación

martes, 29 de septiembre de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capitulo 15)



15

 Diego  decidió no ir directo a buscar la casa de Sheila. Estaba impaciente, pero necesitaba visualizar el encuentro para pensar cómo iba a entablar el diálogo con, se imaginaba, la furiosa joven. Además, le apetecía recorrer ese bonito pueblo antes de ir a verla, porque si las cosas salían como él esperaba, la reconciliación le impediría del tiempo necesario para conocer el lugar. Se sonrió ante las imágenes subidas de tono que le vinieron a la mente. Su entrepierna protestó y recolocó el trasero en la silla de montar. Su caballo negro azabache se agitó inquieto.
—Tranquilo, bonito —e inclinó el cuerpo para acariciar el cuello tenso del bello animal.
—Tú y tus geniales ideas —protestó Eric, que acopló su dolorido trasero en la silla.
Diego se rió por lo bajo. Estaban cerca del rio, podía escuchar el fluir del agua. Los animales se encaminaron hacia allí. Ambos jinetes decidieron darles esa tregua, llevaban toda la mañana montando y los caballos debían de tener sed.
Se aproximaron a un claro del rio. La profundidad de las aguas no era mucha pues al meterse los animales para beber observó que les llegaba por la mitad de sus patas y que el fondo era de arena. Una arena fina que se veía amarilla por la luz del sol.
 El rio ensanchaba el cauce en ese tramo y el caudal era lento por lo que les permitiría cruzar al otro lado y sin peligro. Una vez los equinos calmaron su sed así lo hicieron. Diego reparó en los hermosos barbos que se cruzaban en su camino huyendo del movimiento de las bestias.
Los jinetes se desplazaron hacia una pequeña cala de arena que se había formado entre unas enormes piedras ya  que el resto de la orilla era fangoso.
 Un camino bordeaba ese margen del rio.  Dos metros más allá, un  enorme prado repleto de hierbas silvestres se abría ante sus ojos haciéndoles disfrutar de una vista panorámica de la sierra. A lo lejos del prado se vislumbraban los tejados rojos de varios chalets. Una polvareda y el motor lejano de un coche hicieron pensar a Diego que más allá habría un camino principal que llevaría de nuevo al pueblo.
 Desmontó de su caballo y de la mochila que llevaba atada a la silla de montar sacó un paquete de cigarrillos. Se sentó sobre una de las piedras, estiró las piernas y encendió un pitillo. La quietud del lugar, tan solo rota por el sonido del agua y de una abubilla, calmaron sus alocados pensamientos sobre el encuentro que se avecinaba.
Eric le imitó y andando, con las piernas abiertas, fue hacia el prado donde dolorido se tumbó sobre la tierra.
—¡Aaggg! —suspiró de gusto el joven, estirándose cuan largo era sobre un pedazo de mullidas hierbas.
Diego ensimismado oteó el agreste y hermoso paisaje. A lo lejos escuchó un ligero rugido. Alguien debía de estar cortando leña con una moto sierra.  Miró a su amigo, extendido en la hierba.
«Este zopenco es capaz de dormirse».
—¿Eric?—llamó.
—¿Sí?
Suspiró resignado ante el tono de satisfacción de su amigo.
—Nada, sigue descansando.
—¡Bien! Cinco minutos y nos vamos.
Diego inhaló de su cigarro. El sonido de la moto sierra parecía más cercano. «Un momento… eso no es una moto sierra, eso es una motocicleta».
A través de la alameda vislumbró la polvareda que el vehículo iba provocando con su velocidad.
—¡Los caballos! —señaló en voz alta y se levantó raudo a sujetar las riendas de los animales.
No le dio tiempo a ello. Un quak, rojo fuego, con dos motorista en él se acercaba veloz a donde ellos se encontraban. Los animales piafaron nerviosos y comenzaron a retroceder hacia el río.
—Estos malditos motoristas —gruñó Diego—. No respetan la naturaleza.
De pie, con su imponente cuerpo y sus brazos cruzados, se plantó en mitad del camino. El quak, a pocos metros de él, tocó la estridente bocina pero no aminoró la marcha, por escasos segundos tuvo tiempo de apartarse.
—¡Yeeeeeaaaaaaa! —gritaron los motoristas pasando veloces y dejando un reguero de polvo a su paso.
Diego entre toses se acercó a los encabritados caballos que asustados y con las aletas de la nariz dilatadas comenzaban a adentrarse hacia el interior del torrente.
—¡Mierda! —exclamó y al momento, ordenó—. Eric, levanta… los caballos huyen.
El aludido ni se movió. Viendo que los animales se alejaban cada vez más, maldijo de nuevo y se metió en el agua en su búsqueda.
—¡Está helada! —jadeó mientras perseguía a los equinos. 
El agua le llegaba a media cintura. Caminaba despacio pues los vaqueros se le pegaban a las piernas, además, tampoco quería asustar de nuevo a los caballos, que a mitad del rio se pararon, no sabiendo bien qué camino tomar. Diego aprovechó el hecho a su favor y estiró el brazo para tomar  una de las riendas que estaba cercana, frenó su marcha y tiró fuerte de ella. El equino ladeó la cabeza mirándole. Gracias a Dios que estaba bien adiestrado porque ante el tirón, el animal, comenzó a dar media vuelta en dirección a él. Su compañero le siguió.
 Llegaron los tres a la orilla. Diego con ayuda del animal, que le adelantó, pudo salir sin problemas del agua. Los jeans mojados le impedían levantar en exceso las piernas.
—¡ERIC! —bramó.
—¿Qué? —exclamo éste despertando bruscamente y sentándose al mismo tiempo.
—Te has dormido. Ven a ayudarme.
—Imposible —y negó con la cabeza—, solo he cerrado un momento los ojos.
—Sip —refunfuño Diego— lo justo para perderte como casi me atropellan unos motoristas locos y que han provocado que los caballos, asustados, se hayan metido al rio.
—¡Dios!—jadeó el joven y miró a su amigo—. ¿Estás empapado?
Diego le fulminó con la mirada.
—Adivina quien tuvo que ir a por los caballos mientras el bello durmiente seguía soñando… —soltó sarcástico.
Eric se rió entre dientes pero al ver la fría mirada de esos ojos color zafiro, la risa se le congeló en la garganta, carraspeó incomodo y algo turbado habló:
—Necesitarás que te empuje para volver a montar a la silla.
Diego renegó entre dientes.
—Vamos —ordenó—. Tenemos que irnos.
Eric le ayudo a colocar la bota mojada en la brida, Diego, agarrándose a la montura, tiró con fuerza izándose cuanto le daban los pantalones. Eric puso sus grandes manos en el trasero de su amigo y empujó.
—Bonita estampa estamos dando para que alguien nos viese —gruñó Eric soportando el peso mientras el catedrático intentaba pasar la otra pierna al otro lado del lomo del animal.
Diego rumió una réplica mordaz a esas palabras pero se abstuvo de decirla en voz alta.
Eric rodeando la montura de Diego y a éste, se dirigió hacia su caballo. Le costó sudor y lágrimas, literalmente, volver a subir su trasero dolorido a la silla de montar.
Esta vez fue el calado hombre quien rió por lo bajo.
—Hermoso momento —azuzó carcajeándose de la situación de ambos.
Eric por toda contestación adelantó su montura mientras levantaba el dedo medio de la mano derecha. Las carcajadas de Diego sonaron acompañadas por su eco en el silencio del claro.




—¿Witch?—gritó Sheila a través del casco— ¿Has visto a ese?
—Sí. Menudo palurdo —gritó a su vez la chica—. ¿De qué iba? ¿De Superman?
—Pero es que creo que era…
—¿Qué? —gritó de nuevo la piloto.
—No, nada… le confundí con alguien.
A la velocidad que llevaban estuvieron en la casa en poco tiempo. Aparcaron el quak en la parte exterior de la verja y Witch entró a por las muletas de Sheila. 
Aunque hacia fresco la zona del jardín donde se encontraban las sillas y la mesa estaba soleada por lo que Sheila se sentó. Arrimó una silla y puso el pie escayolado encima. Un montón de colillas en el suelo, al lado del árbol, llamó su atención.
—¡Witch! ¿No te tengo dicho que no tires colillas al jardín?
La aludida, que había entrado a la casa a por unos refrescos y un aperitivo, asomó su cara por la ventana de la cocina y miró a Sheila.
—¿Qué colillas?
Sheila puso los ojos en blanco y señalándolas con el dedo dijo:
—Esas colillas.
Witch las observó desde su posición y encogiéndose de hombros repuso:
—Yo no he fumado en el jardín —y metió la cabeza de nuevo.
Sheila las volvió a mirar. La boquilla era blanca y no anaranjada como las suyas. Levantó la mirada hacia la ventana. Miró las colillas. Otra vez a la ventana. Y palideció. Recordó la silueta. ¡Había vuelto a la casa! El día anterior, por la tarde, ese montón de restos de tabaco no estaba allí. Seguro.
«Debió de ser anoche mientras cenábamos». Un sudor frío comenzó a empapar su cuerpo.
—¡Ey, nena! ¿Tan desfallecida estás por beber algo que te has puesto pálida? —y Witch extendió el refresco a su amiga, que la miró con ojos aterrados.
Witch alerta preguntó:
—¿Ocurre algo?
Sheila asintió en silencio. Witch se acomodó a su lado y le contó lo que había visto.
Un puñetazo hizo que la mesa de hierro sonase como un gong.
—¿Estás loca? —gritó Paula enfadada—. De verdad que lo tuyo es para encerrarte.
—Pero… es que no estaba segura… pensé que me lo había imaginado —farfulló Sheila en su defensa.
—Y ¿ni se te ocurrió comentárselo a Manuela, verdad? 
—No.
—Porque sabías que yo le mandaría al cuartelillo ¿cierto?
—Sí.
—Y cuándo hemos hablado estos días y anoche ni mú porque intuiste que pasaría esto. 
—Sip —susurró Sheila.
—¡Arg! —gritó Witch al aire, enfadada.
Sheila la miraba en silencio, esperando que parase la tormenta
—Eric, creo que hemos llegado en mal momento —dijo una voz profunda y varonil. 
Dos pares de ojos se giraron hacia el sonido. Unos le miraban estupefactos y otros brillaron aún más enfurecidos.
—¡El que faltaba! —explotó Witch que caminó colérica hacia la puerta del jardín donde Diego y Eric permanecían  parados.
Paula abrió la puerta de un tirón y quedó delante de Diego.
—Y tú ¿qué? —Increpó—  ¿Vienes a contarnos todos tus secretitos o también te los vas a guardar para el momento oportuno?
Antes de que Diego respondiera añadió mordaz. 
—¡Ah, no, espera! Si tu gran secreto ya fue desvelado por la arpía de tu novia. Pues para tu información has de saber que dos son pareja; tres, multitud.
 Levantó el mentón desafiante esperando una respuesta del hombre, que permanecía impasible.
Diego inspiró profundamente y acercándose a escasos centímetros de Witch, que no se había movido ni un ápice, se agachó y dijo:
—Buenos días, Witch.
Ésta, entrecerró los ojos y él con una calma absoluta  estampó un par de besos en las mejillas de la chica que se quedó muda.
«Y ahora. ¿Con quién me desahogo yo?».
Diego encaró a Eric, que estupefacto seguía la escena en silencio y extendiendo una mano hacia Witch le dijo:
—Eric, te presento a la mujer que te dejó tan maravilloso regalo en tu todoterreno.
Paula viró veloz su atención hacia el desconocido. Reconoció esos ojos y esa boca, que ahora, no le sonreía sugerente ni le lanzaba besos, sino que se apretaba en una fina línea.
« ¡El capullo del todoterreno!». 
—¡A la yugular! —Clamó su voz interior—. ¡Tírate a la yugular!.
Y lo hizo.



Mientras Witch discutía con Diego, Sheila aprovechó y entró en la casa, pero ese movimiento no pasó desapercibido al hombre, que tomó la mochila de la montura y dirigiéndose a la pareja dijo: 
—Os dejo haciéndoos las presentaciones —y se rió entre dientes.
Con pasos firmes se aproximó a la puerta principal, sin molestarse en llamar, abrió y entró. El olor a leña de la chimenea penetró en su nariz. Esperó unos segundos a que sus ojos se acostumbrasen a la luz del interior. Todo estaba en silencio. Un silencio que no presagiaba nada bueno.
Diego recordó una situación similar vivida con Sheila. La tarde en que después fue atacada.
Penetró por el pasillo despacio. Las botas mojadas chirriaban en el suelo de madera e iba dejando un rastro de gotas en el suelo, encogió los hombros, pesaroso pero continuó. 
Al llegar a las puertas dobles abiertas, paró en el umbral e introdujo la cabeza para mirar su interior. Paseó la vista por todos los rincones pero allí no había nadie. Continuó pasillo adentro, que daba acceso a una serie de puertas.
 Una puerta con cristalera daba a la cocina. Nada. Una alcoba de matrimonio. Nadie. Un baño. Vacio. Quedaban tres puertas. Abrió la de la derecha, otra alcoba de matrimonio. La siguiente resultó ser otro baño. Solo quedaba la que tenía frente a sí. Inspiró y giro el pomo con decisión. Este no cedió. Volvió a intentarlo, con el mismo resultado.
«Vale, bien, tranquilo». Golpeó con los nudillos en la puerta.
—Vete —dijo Sheila desde el interior del cuarto.
—Abre la puerta —pidió sereno.
—¡No! Vete, déjame en paz.
—Sheila, abre por favor.
Tan solo silencio. Esperó a que el pestillo se abriese, pero el clic no llegó.
—Sheila, te lo ruego, tenemos que hablar.
—Que me dejes en paz —sollozó ella— ¿Es que no me has hecho ya bastante daño?
Estaba llorando. Diego podía oír los hipidos desde allí. Se oyó el crujido de la cama y la voz de ella amortiguada por el colchón.
—Mentiroso, cerdo —gritaba llorando desconsolada—. Yo te creí, te creí. Creí que lo nuestro era…
Y el llanto aumentó.
«Bien» gruñó Diego «Pues por las malas».
Retrocedió, tomó aire y propinó una patada a la altura del picaporte haciendo que el pestillo estallara y que la puerta se abriera de par en par golpeando la pared con gran estrépito. Sheila gritó.
Eric y Witch, en plena discusión y en el exterior, miraron hacia la casa.
—Empieza lo bueno —dijo con sorna Eric.
—Sip —replicó Witch.
Se miraron. Paula se perdió en el cristalino azul de esos ojos y en la juguetona sonrisa que se estaba formando en esos labios tentadores.
—¿Nos lo vamos a perder?—preguntó.
Witch le miró pensativa unos momentos.
—No, creo que no.
—Vale —y Eric se adelantó hacia la puerta de la casa.
Witch, paseó la mirada por los ajustados jeans lavados a la piedra, la cazadora de piel que enmarcaba los anchos hombros, haciéndolos aún mayores, y las botas de montaña.
«Anda algo raro pero tiene un culito prieto, como a mí me gusta» babeó.
—¿Por qué andas así? —preguntó curiosa.
—Luego te cuento —bufó Eric—. Ahora no quiero perderme el primer acto.
—Vale —contestó la joven, poniéndose a su altura y enganchándole descarada el brazo.
«Está macizo» se dijo mientras apretaba el musculoso antebrazo. Eric la miró a sus almendrados ojos castaños.
—Creo… —carraspeó para aclarar la aflautada voz que le había salido después de esa mirada—. Creo que tenemos palomitas. ¿Quieres que prepare unas pocas mientras observamos cómo se desenvuelven estos dos?
—Sííí —rió malicioso Eric y tomándola de la mano, le cedió el paso en la puerta, pasó sin soltarse tras ella y cerró en silencio.



Diego penetró en la alcoba. Su enorme silueta enmarcada por el umbral de la  destrozada puerta.
Encontró a Sheila tumbada sobre la cama, abrazada a la almohada y con el rostro escondido en ella.
En varias zancadas quedó a la altura de la chica, junto al borde del colchón. Buscó por la alcoba un sitio donde acomodarse para estar a su altura pero recordó sus vaqueros mojados así que optó por arrodillarse junto a ella. 
Miró el cuerpo convulsionar por el llanto. ¡Dios! deseaba tanto tomarla entre sus brazos y acurrucarla entre ellos para darle consuelo.  Extendió la mano con la intención de tocarla pero paró a escasos centímetros del brazo de ella. Era mala idea. Le rechazaría y se sentiría dolido. Primero tenía que convencerla hablando.
«Vamos Diego tú puedes. Te enfrentas a diario con fríos hombres de negocios con peor carácter que el de ella».
«Sí —pensó— pero eran eso, negocios. Aquí estaba en juego su corazón y su futuro con ella».
—Sheila, cariño… —tanteó.
—No me llames cariño —le soltó ella a través de la almohada—. Tu cariño lo has dejado a ciento veinte kilómetros de aquí.
—Eso no es cierto —respondió con suavidad—. Mi cariño está aquí, llorando desconsolado por no hacerme caso.
—¡¿Qué?! —Sheila levantó el rostro de la almohada. Sus ojos hinchados por el llanto atravesaron los suyos— ¿Cómo te atreves?
—Tengo toda la razón —adujo él—, te dije que me esperases.
—¿Pretendías que me quedase de brazos cruzados esperando sobre ese puf como una tonta rematada, horas, para después explicarme que sentías mucho no haberme contado que Rebeca existía? ¿Que lo que había habido entre nosotros eran solamente unos cuantos polvos más para ti, con otra de otras tantas mujeres? Ibas listo.
—No pongas en mis labios palabras que no he dicho —advirtió muy serio Diego.
En el pasillo, mientras tanto, dos siluetas sentadas en sendas sillas y compartiendo un bol de palomitas susurraban.
—Si tu amiga sigue por esos derroteros Diego va a estallar.
—Y ¿qué quieres que le diga? ¿Le felicita por tener tan poco gusto al elegir prometida? Según lo presentó esa… ¡uf! Me callo. Sheila era eso. Unos cuantos polvos echados antes de sentar la cabeza.
—Eso no es así —explicó Eric.
—¡Shhh! Calla, que nos perdemos la contestación…
Y tomando un puñado de palomitas cada uno, siguieron escuchando, más que viendo.
—No hace falta ponerlas en tus labios —replicó Sheila—. Quedó bastante claro con la actitud de tu novia y la tuya propia.
—¡Ah! ¿Sí? Y según tú, ¿qué actitud tomé yo?
—Confirmar lo que ella estaba diciendo al permanecer callado.
—¡¿Qué?! —respondió él—. Preferí no entrar en el juego de Rebeca. Creo que quedó patente la frialdad con la que la estaba tratando.
—¿Para quién? Porque para mí lo único que quedó patente es que estabas disgustado por su presencia por haberte pillado in fragantí.
—Cuando fui a responderte me ordenaste que te bajara de entre mis brazos.
—Sí. En ese momento no quería nada de ti. Te hubiese abofeteado allí mismo si no llego a pedírtelo cuando aún me quedaba algo de lucidez en la mente.
Sheila le miraba desde su altura, arrodillada sobre la cama. Y Diego, postrado a sus pies, quedaba un poco más bajo que ella. Los ojos azul zafiro de él se oscurecieron. Se perdieron en la mirada de ella. Sheila se derretía por dentro pero debía de ser fuerte. No podía demostrarle que la tenía ganada solo por estar allí, intentando disculparse o eso parecía.
—¿Y ahora? —preguntó Diego con la voz ronca por las emociones que contenía en su interior.
—Ahora ¿qué? —interrogó a su vez Sheila.
—Ahora ¿quieres algo de mí?—la mirada clavada en ella.
Sheila refunfuñó por lo bajo, volteó en la cama saliendo por el otro lado y tomó las muletas  para abandonar la habitación, antes de desaparecer respondió: 
—Si tengo que contestar a esa pregunta creo que entonces estaba equivocada con lo nuestro.
Diego se quedó allí, plantado de rodillas frente a la vacía cama. Oyó una puerta cerrarse de un portazo seguida de un clic.
Furioso salió hacia el pasillo. Frente a él Eric y Witch comiendo palomitas, observaban sin perder detalle. Diego observó las puertas cerradas. Paula chasqueó los dedos para llamar su atención. La miró,  señalaba la puerta del baño. Avanzo hacia allí, puso la mano sobre el pomo de la puerta e iba a girarlo cuando, de repente, detuvo el movimiento de la muñeca y examinó a esos dos del pasillo.
—Y vosotros ¿no tenéis nada mejor que hacer?—les recriminó con la voz y la mirada gélidas.
Eric y Witch cruzaron las miradas para después contemplar a Diego.
—No —respondieron al unísono. 
Continuaron comiendo palomitas como si nada. El profesor resopló y resignado giró el pomo que no cedió un ápice.
—¡Sheila, abre esta maldita puerta!
Ella no respondió. Apretó los puños sobre la puerta al mismo tiempo que apoyaba su frente en la madera e inspiraba hondo para calmarse pero de nada sirvió. Le hervía la sangre.
—Me importa un carajo tener que romper todos los pestillos de estas malditas puertas si con ello consigo que de una vez por todas des la cara y digas todo lo que tengas que decir. Tú decides. O hecho la puerta abajo o abres y hablamos como dos personas adultas que somos —Bramó:
Eric y Witch, desde su posición, aplaudieron en silencio. los fulminó con la mirada pero la pareja sin inmutarse, dieron un sorbo a sus refrescos.
Escuchó deslizar el pestillo al otro lado y alzó la mirada al techo en un gesto de alivio. Giró el pomo que cedió a su movimiento. Antes de abrir la puerta volvió a mirar hacia sus amigos. Witch levantaba el dedo pulgar en alto. Eric se había levantado de la silla y hacia un movimiento de baile conocido, parecía agitar con un palo invisible un contenido de algo a sus pies. Puso los ojos en blanco y les sonrió presa de la timidez. Los otros dos agitaban las manos instándole a entrar.
Y así hizo.
Ella estaba sentada sobre la taza de retrete sin despegar los ojos de la entrada donde él se hallaba con los puños crispados. Entró y cerró. Contempló su imagen durante unos segundos, los ojos enrojecidos,   enrasados. Inspiró  se puso al lado de ella, arrodillado, cerca de sus rodillas. La miró con sus profundos ojos llenos de amor. y con voz ronca la dijo.
—Supongo que tus lágrimas y el dolor de tu voz al contestarme quieren decir que sí que sigues queriendo algo de mí —susurró tan emocionado como ella.
Sheila suspiró aliviada y sus manos se distendieron sobre su regazo. Diego, atento a sus movimientos, agarró esas manos entre las suyas y apoyó la cabeza sobre los muslos. Inspirando el aroma de su piel.
 Como añoraba tenerla entre sus brazos pero antes tenían que aclararlo todo. Y comenzó a contarle lo ocurrido con Rebeca. También le contó como de la nada había conseguido construir una de las empresas más fuertes del mercado, que esto no llenaba su vida y que había decidido dedicarse a su pasión, la literatura y la docencia. Sheila contestó y preguntó durante su relato. Terminado éste fue ella quien se sinceró. 
 Las manos de él habían soltado las de ella y ahora, las tenía en la cintura, no sabía cómo ni cuándo le había atraído hacia el pecho, rodeado con sus piernas las caderas de él y le acariciaba la cara y el espeso pelo entre sus dedos. Callada, cautivada por ese momento.
 Diego alzó el rostro. Deseaba tanto besarle, que la tomase entre sus brazos y volver al cuarto que habían dejado y no salir de él hasta el día siguiente. Este pensamiento debió de reflejarse en su cara porque  él  la rodeó con gesto suave entre sus manos y se acercó lentamente para besarla. 
El beso fue dulce. Rozó, sutil, el labio inferior. Con la punta de la lengua humedeció ambos. Saboreando la sal que las lágrimas habían dejado sobre las comisuras. Sheila suspiró. 
Diego intensificó el beso.  Su lengua buscó la tierna piel y mordisqueó el labio que se entreabrió al instante e introdujo veloz su lengua, saboreando el interior, acariciando y haciendo vibrar las terminaciones nerviosas de la lengua de Sheila que profundizó aún más el beso, pegándose a él y comenzando a respirar con rapidez.
Las manos de Diego pasaron al trasero de la joven. Lo acarició y lo apretó aproximando a Sheila hacia su entrepierna, que hacía rato había saltado como un muelle. Ella gimió y comenzó a acariciar el ancho pecho a través del jersey de lana gruesa. La respiración de él también se alteró.
Las caricias se volvieron más urgentes. Las manos de él desabrocharon el para liberar los senos. Acarició con suavidad los endurecidos pezones. Ansiaba tenerlos entre los labios. Levantando la sudadera de la chica, atacó con suavidad las rosadas cimas y el gemido de Sheila se escuchó por toda la casa.
Unos carraspeos provenientes del pasillo paralizaron a la pareja. Sheila miró extrañada a Diego. Este maldijo entre dientes mientras al separarse.
—¡No! —protestó ella.
—Sheila, mi amor, no pienso hacerte el amor sobre una taza de water y si sigues mirándome así, te juro, que tendré que maldecir después por haberme dejado llevar en un sitio tan poco romántico como este.
La risita de la joven encrespó aún más los alterados nervios de Diego. Se levantó y antes de que ella se diese cuenta la tenía sobre su cintura, sujetando el trasero con las manos. Las piernas de ella se afianzaron, aún con escayola y todo.
Diego giro hacia la puerta para abrirla.
—¿Diego? —susurró Sheila.
—¿Sí?
—Es mi impresión o ¿estás mojado?
Puso los ojos en blanco y con un suspiro dijo.
—Primero vamos a terminar lo que acabamos de comenzar y luego te cuento. —Y salió hacia el pasillo. 
Eric y Witch esperaban en silencio. Sentados en sendas sillas. Sheila los miró boquiabierta. Diego les atravesó con la mirada.
Ambos comenzaron a aplaudir. Witch les señalaba imitando el gesto de quien presenta a los actores al público, Eric silbando entre sus dedos.
Diego dirigió sus pasos hacia ellos. Sheila le paró al susurrarle: 
—Déjalos. Vamos a terminar los deberes, señor profesor.
Mirándola con intensidad Diego le murmuró al oído:
—Espero que saque usted matrícula de honor, señorita Sheila.
Y se dirigieron hacia la habitación que un buen rato antes habían abandonado.
Witch miró a Eric. Con que ganas le cogería a él también para llevarle al otro cuarto. Eric sonrió y ella carraspeó y poniendo cara de inocente preguntó:
—¿Tienes hambre? Sheila y yo habíamos reservado mesa en nuestro restaurante favorito, y yo creo que estos dos ya se van a comer bastante entre ellos, ¿no?
Eric se rió ante su descaro.
—Opino lo mismo. ¿Servirán buenos chuletones, no?
—Los mejores, te lo puedo asegurar —asintió Witch.
—Entonces, hecho —Eric la guiñó un ojo— ¿Diego?
Witch le hizo aspavientos con la mano. El joven se rió. Desde el fondo del pasillo bramó la voz profunda de Diego.
—Mi cartera está en el cajón de la mesilla de mi habitación.
—¡Gracias! —canturreó Eric—. Cuando usted quiera señorita.
Y haciendo una reverencia señaló la puerta de salida de la casa. Por una vez en su vida, Witch se dejó llevar.