sábado, 29 de noviembre de 2014

MISIÓN: DESEO (continuación VI)

 

    Estaba molida. La semana había sido caótica. Tras el éxito obtenido no había dejado de recibir ofertas. No se decantó por ninguna, necesitaba sopesar cual le interesaba más y para su asombro entre los posibles clientes se encontraba la revista de la cual había sido despedida de tan mala manera. Deseaba verse cara a cara con Pedro.
    Sentada, disfrutando de un merecido relax, escuchó el sonido del whassapp. Cogió el móvil deseando que fuera Adam, llevaba más de siete días sin saber de él.
    Irina: Me ha llegado el rumor de que vienes a la redacción. ¿Por fin la famosa fotógrafa nos va a dignar con su visita?
    Rió las palabras de su amiga.
    Alex: Eres una mala pécora envidiosa. Y sí, veo que radio cotilla sigue teniendo buena antena.
    Irina: No lo sabes tú bien. Entonces ¿me guardarás el almuerzo para que pueda disfrutar de tu compañía? Esto está muy aburrido sin ti. Echo de menos tus trastadas y los rugidos del jefe echándote la bronca.
    Alex: Ya veo todo lo que me quieres. Pero no te preocupes, ya estoy buscando un buen sustituto, ya tengo echado el ojo a alguien.
    Irina: Eres una puerca asquerosa ¿Cuándo pensabas decírmelo?
    Alex: Yo también te quiero. No hay que decir aún…Bueno, unos cuantos arrumacos, una visita a mi casa…
    Irina: ¿Te lo has beneficiado? ¡Y yo sin enterarme! Que sepas que con esto quedas desheredada.
    Alex: jajajaja. No creo que yo pueda caber en ninguno de tus lujosos vestidos. Y no me he tirado a nadie pero ganas me han quedado.
    Jadeó. ¿Acababa de escribir ella eso? ¿Cuándo había sentido esa necesidad? Fue franca consigo misma. En todos y cada uno de los encuentros que había tenido con Adam pero por lo que parecía él debía de estar muy entretenido en su país natal porque no había vuelto a tener noticias suyas. ¡Menos mal que la echaba en falta!
    Un nuevo mensaje de su amiga le sacó de sus pensamientos. Abrió la pantalla para leerlo.
    A.W.: He vuelto. Nos vemos pronto.
    Parpadeó sorprendida. Ni un: hola, ¿qué tal te ha ido? Ni una explicación por su silencio. Pues iba listo si pensaba que caería de rodillas ante él si la llamaba para esa cena prometida.


    —No es una claudicación, tan solo voy para aclarar mis dudas sobre lo que siento por él —se repitió.
    Dudas que antes no tuviera y que aparecieran después del almuerzo con Irina.
    El director de su antiguo empleo se había entrevistado con ella, le había hecho una jugosa contra-oferta. Se hallaban en plena reunión cuando Pedro, su redactor-jefe había entrado en el despacho. Se disculpó ante ella y supo, porque le conocía bien, que era sincero.
    Tras decir a ambos hombres que pensaría la propuesta fue en busca de Irina a su mesa de trabajo, no sin antes ser saludad por casi todos sus compañeros y felicitada por sus logros.
    Sentadas en una de las mesas de su cafetería preferida Alex respondió el tropel de preguntas de la otra mujer.
    —No te engañes —comenzó a decir Irina que se demoró unos segundos para degustar la primera cucharada de la tarta del postre—. Tú no eres de las que se acuestan con el primero que se les presenta —prosiguió—. Por mucho que ese primero sea un embajador, proveniente de una de las mejores familias londinenses y además de ser aristócrata esté para chuparse los dedos.
    —¿Qué quieres decir? —entrecerró sospechosa los ojos.
    —¡Oh, vamos Alex! Que serás una intrépida y maravillosa reportera gráfica pero que eres un pelín cerrada de miras en lo que respecta a los tíos.
    —Eso no es cierto —protestó vehemente.
    Irina puso los ojos en blanco.
    —Dime ¿con cuantos hombres te has acostado en los últimos meses? —Interrogó al tiempo que rebanaba el plato con la cuchara— ¿Y bien? —inquirió al ver el silencio de la fotógrafa.
    —Estoy pensando —refunfuñó Alex.
    —Está bien. Aumentaremos el margen. En el último año —y levantó inquisitiva su perfecta y delineada ceja.
    —arrswgft-uno.
    —¿Uno? —Exclamó Irina—. En doce meses ¿uno?
    —Ninguno —siseó Alex—. Pero he de recordarte que mis continuos viajes no me han permitido profundizar en ninguna relación.
    La risa de satisfacción de Irina le pilló por sorpresa.
    —Vaya. Muchas gracias.
    —Lo ves. Eres una, lo que dirían ellos, estrecha.
    Bufó irritada.
    —Y lo que más me molesta es que no me puedo creer que  yo te sirviera en bandeja de plata ese bombón.
    —Te recuerdo que fue por culpa de ese adonis por lo que me despidieron.
    —Más a mi favor. Le haría pagarme en carne semejante agravio —y se relamió. Alex no supo si porque acababa de terminar el último resquicio de chocolate del postre o porque se imaginaba con Adam en un apasionado encuentro. Frunció el ceño enojada por este pensamiento.
    —Yo que tú le daría la oportunidad de explicar su silencio, si no te convence luego puedes pasarle mi número de teléfono. No seré yo quien le niegue consuelo.
    Tuvo que reírse a la fuerza. Su amiga estaba loca. Pero quería a esa chiflada y sus chifladuras.
    —¿Lo harás? —preguntó a sabiendas que Alex estaba a punto de claudicar.
    —¡Está bien pesada! Con tal de no oírte.

    Y allí estaba, de nuevo, intentando no enseñar más de lo debido por el estúpido vestido de Irina. Estúpido vestido, estúpidos zapatos y patética y diminuta cartera de mano.¿Qué se llevaba ahí, solo aire? Miró de reojo su mochila apoyada sobre sus cómodos vaqueros y bajo estos sus botas de serraje.
¿Por qué demonios tenía que disfrazarse de algo que no era?
    Y la culpa la tenía su mejor amiga. Le había hecho prometer que en cuanto supiera el restaurante donde Adam pensaba llevarla se lo haría saber y ella había caído como una pardilla.
    —¡Guau! —Exclamó la periodista de prensa rosa—. Muy exclusivo.
    —No me lo digas —gimoteó a la hilarante Irina.
    —Tendrás que vestir de manera adecuada.
    —He dicho que no me lo dijeras —gruñó.
    —Y estás de suerte. El maître es amigo mío. Le diré que os ponga en una de las mejores mesas.
    —¿Amigo tuyo? —masculló Alex.
    —Sí, y además gay.
    —No me interesan sus preferencias sexuales.
    —Pero a mí, sí. Te puedo asegurar que me informará de todo. En cuanto le mande una foto de tu adonis.
    —No serás capaz.
    Ignorando la amenaza Irina continuó la perorata.
    —Así estaré bien segura de que en el último momento no te arrepentirás y —alargó la conjunción— llevarás puesto lo que yo elija. Ya tengo una ligera idea.
    Alex casi podía escuchar, a través del teléfono, la maquinaria del cerebro de su amiga.
    —¿Aún conservas el mantón de tu abuela?
    —Sí ¿por?
    —Vuelven a estar de moda. Será mejor que lo airees unos días antes. No querrás ir oliendo a moho.
    —Mi ropa no huele a moho —protestó.
    —Paso palabra.
    —¡Imbecil!
    —Te quiero. Chao.
    Cuando días después el coach shopping de tres al cuarto que era su amiga se presentó con la vestimenta, se negó en redondo.
    Irina resoplaba a la espera de que ella saliera de la alcoba.
    —Si casi se me ve el ombligo —gritó a través de la puerta—. ¿Te has propuesto que me suicide? Esto no son tacones son andamios.
    —Deja de protestar arquitecta de pacotilla y sal para que te vea.
    Con un gruñido de frustración salió. Los ojos de Irina se abrieron sorprendidos. Inspiró hondo a la espera de una reprimenda. Seguro que se había puesto el vestido del revés pero los escotes en V de ambos lados de la prenda no ayudaban para nada.
    —¡Estás tremenda! ¡Guapísima!
    Suspiró tranquila.
    —Ponte el mantón de tu abuela —ordenó Irina al tiempo que le alargaba este—. ¡No, así no! Cógelo por los extremos —aclaraba—. Pero ¡con más gracia! ¡Ay Dios, das mocos a quien no dispone de pañuelos!
    Y allí estaba, sentada al borde de la silla para no arrugar el vestido, subida a un noveno piso, como mínimo, de piel y esperando a que Adam hiciera acto de presencia.
    El interfono sonó.
    —¿Sí?
    —¿Estás preparada?
    —Sube.
    Al escuchar el timbre limpió el sudor de sus manos en el vestido, tan solo esperaba no haber dejado marcas y abrió.
    Allí estaba él. Y estaba guapísimo con su elegante traje de tres piezas.
   —Un segundo —e hizo hueco para que el hombre entrara.
    Los altos tacones resonaban por el pasillo. Se cuidó bien de no trastrabillar y estropear los movimientos de sus andares infinitamente ensayados.
    Desapareció en busca del mantón, lo colocó sobre sus hombros anudándolo tal y como Irina le había enseñado, o al menos eso esperaba, tomó el minúsculo bolso y salió al salón en busca de Adam. Pero no estaba.
    ¿Habría entrado al baño? Giró el rostro hacia la puerta pero esta seguía tal y como ella la había dejado. Entreabierta y el interior a oscuras. ¿Dónde demonios se había metido ese hombre? el carraspeo de él junto a la puerta principal la sacó de dudas y asomó la cabeza.
    —¿Qué haces ahí?
    Sentía la mirada de él deslizarse por toda su figura. Podía ver el brillo de esos ojos. La intensidad.
    —¿Qué haces? —susurró.
    —Disfrutar.
    —¿Disfrutar?
    Él asintió.
    —Deleitarme con las vistas.
    —Me estás poniendo nerviosa —la voz en un hilillo.
    —Ven —ordenó él en un susurro ronco—. Quiero volver a contemplar cómo te mueves.
    Alex pudo ver la mirada de deseo. Como él, inconsciente, se pasaba la lengua por el labio inferior. Un calor sofocante irradió por todo su cuerpo.
    —Alex —llamó Adam.
    Antes de que el valor le abandonara del todo acercó sus pasos hacia él. Sin percatarse de lo femenina y sensual que se la veía.
    Quedó a escaso medio metro del hombre. Alzó los ojos para quedar a nivel de los de Adam. Podía ver como la negra pupila se había agradado en esos océanos. Las aletas de la nariz ligeramente dilatadas, sus tentadores labios entreabiertos. Deseaba besarle. Sin advertirlo eliminó el espacio que los separaba.
    Las manos de Adam la tomaron de la cintura, abrasándola al contacto. Inspiró el aroma que emanaba de él. Los latidos de su corazón se desbocaron. Anhelaba perderse en esos labios. Acerco los suyos, maquillados, pero en el último segundo él retiró el rostro para posar, en un erótico beso, estos sobre su cuello.
    Se aferró a las solapas de la chaqueta y dejó caer su peso sobre él. Las piernas apenas le sostenían.
La boca de Adam recorría la piel de su cuello, sintió como su lengua dejaba un húmedo y ardiente camino sobre este, y se movía en busca del lóbulo de la oreja que mordió, sutil, tentador.
    Las manos masculinas afianzaron sus caderas, aproximándolas a las de él, donde apreció una dureza, fiel testimonio de que Adam también la deseaba.
    —No quiero estropear el maquillaje de tus labios —susurró ronco sobre su oreja—. Y será mejor que nos vayamos, el chofer espera y a Dios gracias porque ten por seguro que si no fuera así no escaparías —y tras murmurar esto la soltó, renuente.
    Alex volvió a respirar, al menos recordaba cómo hacerlo porque sentía el cerebro embotado por la pasión. Adam, tomándole de la mano, le hizo girar sobre sí misma.
    —Muy española —comentó con una sonrisa en los labios.
    Sonrió al mismo tiempo que le estudiaba a él.
    —Muy británico.
    Minutos después abandonaba la barriada en el lujoso coche diplomático.




    Sentada sobre el cuero del asiento veía pasar la ciudad a gran velocidad. El chofer había tomado los túneles de la autopista que circundaba la capital y ahora cogía la salida hacia uno de los más lujosos barrios del centro.
    —Le llamaré cuando vuelva a necesitarle Julián —despidió Adam al conductor frente al restaurante— ¿Vamos? —y tendió la mano, gentil, para ayudar a bajar a Alex—. Voy a ser la envidia de todos los hombres —susurró sobre el rostro de la fotógrafa y besó, pícaro, la punta de su nariz.
    Se ruborizó, él entrelazó los dedos con los suyos y tiró de ella hacia la entrada. Les recibió el maître que tras un atril preguntó el nombre de la reserva. Confirmada esta dos ayudantes tomaron sus prendas de abrigo y les condujeron a un reservado.
    Adam acompañó la silla donde se sentó para después sentarse frente a ella.
    —¿Cómo ha ido todo en este tiempo? —preguntó jugueteando con los dedos de Alex.
    —Bien.
    —¿Solo bien?
    Necesitaba soltarse de esa mano si quería tener pensamientos coherentes. Hizo amago de ello pero Adam sujetó con más firmeza sus dedos. Carraspeó y tras unos segundos respondió.
    —He recibido multitud de ofertas después de nuestro trabajo conjunto.
    —Tu trabajo —rectificó.
    —Tú aportaste los pie de foto, y no solo eso, elegiste todo el álbum.
    —Sí, de acuerdo —consintió el embajador— pero tú eres quien plasmó toda la esencia del lugar, de la gente.
    —Buenas noches —saludó, de nuevo, el maître con voz afeminada—. Bienvenidos a Un Péché donde les tentaremos con nuestros platos. Soy François, responsable de que esta noche sea deliciosa.
    Los ojos del jefe de mesas no se despegaban de su acompañante.
    —Buenas noches François. ¿Nos recomienda algún plato en especial?
    Tras nombrar algunas de las especialidades y elegir un vino que acompañase a los platos elegidos François se despidió de ellos, no sin antes guiñar, cómplice, un ojo a Alejandra.
    El amigo de Irina se alejó contoneando las caderas, casi había devorado a Adam con la mirada pero el embajador no parecía haberse inmutado. Debía de estar acostumbrado a este tipo de reacciones por ambos sexos.
    —Le ha faltado sentarse en tus rodillas —comentó.
    Él rió ante el comentario.
    —¿Siempre ejerces este efecto en las personas? —la pregunta escapó de sus labios.
    El rostro del político se tornó serio. Elevó una negra ceja a modo de interrogación.
Se removió nerviosa. Ella y su bocaza. Como él esperaba una respuesta por su parte tragó el nudo de su garganta antes de responder.
    —Me refiero a que todos se sienten atraídos por tu presencia. Pareces impresionar a cualquiera, sea quien sea.
    —¿Y a ti te intimido? En la actualidad eres la única persona de la que realmente me importa la respuesta.
    La sinceridad y el mensaje de las palabras le golpearon. Decidió hacer lo mismo.
    —A veces.
    Un gesto contrariado cruzó el semblante del hombre.
    —No me asustas —aclaró—. Es más —y calló.
    —¿Más? —invitó a que prosiguiera.
    —Aún no tengo muy claro los sentimientos que provocas en mí.
    El brillo en la mirada de él la subyugó al igual que la enigmática sonrisa.
    —En eso, querida mía, discrepamos. Yo sí tengo muy claro lo que tú me haces sentir —y acarició el interior de la muñeca—. Y ahora disfrutemos de la cena —comentó al ver aproximarse a los camareros.
    Le quedó nítido el porqué él era diplomático. A partir de ese momento su relación quedó relegada a un segundo plano. Hablaron sobre la vida social a la que se veía obligado un embajador. Le contó divertidas anécdotas. Cuál era el verdadero papel de un representante a la hora de suavizar los roces entre los países.
    Ella a su vez le contó cuando recibió como regalo de Reyes su primera cámara fotográfica. Como plasmaba con ella todo aquello que llamaba su atención. Su carrera universitaria. Los primeros trabajos como becaria y como poco a poco se había ido haciendo hueco dentro de la profesión.
    —Y ahora con este último trabajo puedo decir que al fin veo los resultados a todos los esfuerzos de estos años.
    —Te lo mereces —afirmó Adam. Tomó la copa de vino entre los largos dedos y la alzó—. Brindemos por todos los éxitos que te auguro.
    —No hubiera sido así sin tu ayuda. Y no, no admito replicas —y alzó también la copa que chocó con delicadeza contra la de él dando un largo trago después—. Espero que el vino no se me suba a la cabeza, no soy muy buena compañera estando ebria.
    —¿No?
    Negó.
    —Me da por discutir.
    La carcajada de él resonó en el íntimo espacio.
    —¿Aún más?
    —Y después por ponerme cariñosa.
    Los ojos de Adam brillaron maliciosos
    —¿Te sirvo un poco más?

MISIÓN: DESEO (continuación V)

 

    —A propósito, tengo una pregunta.
    —Dispara.
    Adam sonrió ante la expresión.
    —¿Cómo has hecho los cafés? —preguntó al percatarse de que el vendaje no presentaba el mismo aspecto que momentos antes.
    —Con una cafetera.
    —Está bien —chasqueó la lengua con fastidio. Sabía que ella había entendido la pregunta—. Lo preguntaré de manera más directa. ¿Te has levantado el vendaje?
    —No. «¡Mierda! Demasiado rápida»
    —Ya
    —De verdad. Te lo juro —y cruzó los dedos tras su espalda.
    El gesto infantil no le pasó desapercibido. ¿Cómo podía una mujer independiente, acostumbrada a situaciones peligrosas y de quien intuía que no le gustaba tener que depender de nadie, mostrar ese resquicio de inocencia?
    Recorrió la esbelta silueta. De inocente no tenía en absoluto nada. Las curvas precisas en los lugares precisos.
    —Te has quedado muy callado.
    Se removió inquieta en el asiento. No veía pero podía percibir que él la observaba con detenimiento.
    —¿Qué hora es? —preguntó para romper la tensión.
    —Hora de ir marchándome pero no sin antes haber enviado el correo con las fotos —y así lo hizo.
    Una vez realizado esto cerró el ordenador y se tomó el café. Alex removía la cucharilla perdida en sus pensamientos. «Debería darle las gracias por las molestias que se ha tomado» Oyó como él se levantaba.
    —Adam, yo… —«No te vayas. Quédate» fue la frase que se coló en su mente. Ahogó el jadeo de asombro que pugnó por salir de sus labios. Realmente deseaba que él se quedara, que la tomara entre sus brazos y juntos, en su cama, descansar de esa larga noche—…Gracias —fue lo único que pronunció.
    —Diría que se te atragantó el agradecimiento —replicó él con sorna. Miró el reloj—. Se me hace tarde. Será mejor que deje las tazas en el fregadero.
    —¡Oh,no! Yo puedo —protestó.
    —Tropezarás con todo a no ver que vuelvas a hacer trampa.
    —¡No hice trampa! —exclamó enfadada—. Y te lo demostraré.
    Alargó la mano para que Adam depositara en ella la taza vacía y junto con la suya se giró para dirigirse con pasos inestables hacia la cocina. El embajador rió entre dientes. Había caído en la farsa.
    Estaba seguro que en cuanto él abandonara el domicilio se quitaría los vendajes y conectaría el portátil. Aprovechó esos minutos de ausencia para tirar del cable de conexión y guardárselo en el bolsillo de la cazadora. Anduvo unos pasos cuando cayó en la cuenta de que ella podría tener algún repuesto, se acercó a la mesa y tomó el modem que disimuló como pudo bajo la prenda de abrigo y abandonó el despacho de la reportera.
    La encontró de vuelta palpando a ciegas las paredes del pasillo, al escucharle aproximarse se detuvo.
    —Es hora de que me vaya. Prométeme que serás una niña buena y te irás a descansar.
    —Sí, lo necesito —y ahogó un bostezo—. Te acompaño a la puerta.
    Adam le tomó del codo. Sintió la descarga de electricidad bajo su piel al igual que el calor de la yema de los dedos, un ardor que se expandió a lo largo de todo su brazo.
    Él abrió y atravesó el umbral. Alex esperó escuchar los pasos alejarse. El aroma de Adam le llegó a escasos centímetros de ella.
    —Felices sueños pequeña mentirosa —y rozó sus labios con los suyos en un tierno y exquisito beso.
    Cerró tras él con un suspiro escapando de su boca.



    El reportaje fue todo un éxito y los acertados pies de foto que Adam había añadido provocaron que hasta el mismo director del diario se pusiera en contacto con ella.
    —He intentado comunicarme contigo vía mail y al final visto que no respondes en un hueco de agenda he decidido llamarte.
    —Tengo un problema con la red —y añadió—, nada que no se pueda solucionar en breve.
    Cuando cogiera a Adam por banda iba a entesarse de quién era Alejandra Suarez.
    Minutos después de que él abandonara la casa se había desprendido de las vendas y como alma que persigue el diablo penetró en el despacho para descubrir la fechoría que el embajador había realizado.
    Como si una invisible conexión uniera sus mentes su teléfono móvil sonó.
    —Prometo que lo tendrás en tus manos en cuanto se cumpla el tiempo ordenador por el doctor. Ni un minuto más ni uno menos. Palabra de inglés.
    Alex gruñó a la línea telefónica.
    —De nada —respondió guasón—. Todo sea por el bien de tus preciosos ojos.
    —Eso, de nada te va a servir hacerme la pelota —continuó gruñendo.
    —Lo sé. Nos vemos en dos días —y colgó.
    Alex no sabía si estampar el aparato contra la pared ante su frustración o bailar de felicidad porque en cuarenta y ocho horas lo volvería a tener entre esas paredes.
    Tarareando y con una sonrisa en sus labios se tumbó en la cama para dormir.

    Las llamadas de sus antiguos compañeros felicitándola por las fotos llenaron esas horas tediosas pero no se sentía plenamente feliz. Echaba de menos unos profundos ojos azules. «Demasiado de menos» se dijo para ser una persona que no era importante en su vida.
    Pero por fin el día había llegado. Se esmeró en recoger la casa e incluso había comprado algunos platos precocinados ingleses que le costaron un ojo de la cara pero todo por mor de expresar a Adam su agradecimiento.
    A las ocho en punto de la noche sonó el telefonillo y ni siquiera preguntó quién era. «Puntual, como buen británico». Le dio acceso al portal y echó un último vistazo a su reflejo del espejo antes de abrir.
    —Mejor espero unos segundos o pareceré ansiosa —murmuró en alto.
    Sonó el timbre y contó hasta treinta. Abrió con una sonrisa deslumbrante en sus labios para encontrarle. A él. Al empleado de una conocida empresa de paquetería urgente.
    El muchacho ni se inmutó tras el casco.
    —¿Alejandra Suarez?
    —Sí, soy yo.
    —Un paquete para usted. Firme aquí, por favor —y le extendió el aparato de albaranes electrónico.
Firmó en el diminuto espacio, tomó la caja de embalaje y susurró un adiós al joven que ya se perdía en el interior del ascensor.
    Cerró confusa y se dirigió a la cocina donde cortó la tira de plástico que cruzaba el paquete. Sobre el papel de burbujas un sobre.

        Asuntos de Estado me reclaman en Londres. Pero como ves he cumplido mi palabra y con puntualidad británica. Saludos. 
                      Adam 

        PD: Deseaba verte. Te debo una cena. 

    Se desinfló como un globo. Desenvolvió el modem, el cable y con ambos se encaminó al despacho.     Tenía mono de navegar por la red. Tras esperar la señal que indicaba que el aparato funcionaba a la perfección, tecleó la contraseña para poco después escuchar esa hermosa melodía, o al menos así le pareció, al despertar su portátil.
    Cinco minutos después estaba examinando el correo cuando le llegó un whassapp.
A.W.: Decidí darte los cinco minutos de rigor. Espero que no canses mucho esos preciosos ojos.
Alex: Tan solo estaba probando que el modem funcionara correctamente.
A.W.: jajajajaja ¡pequeña mentirosa!
Alex: :P¨
A.W: Nos vemos en breve para esa cena.
Alex: Tendré que consultar mi agenda.
A.W.: No admito un no. Hazme un hueco.
Alex: Lo pensaré
    La pantalla se mantuvo en silencio. Esperó pero al ver que él no volvía a escribir, con un suspiro continuó revisando los mails. El sonido de un nuevo mensaje atrajo su atención.
A.W.: Te echo de menos.
    ¡Vaya! Eso sí que era toda una sorpresa. ¿No decían que los ingleses eran fríos y distantes?
Recordó las manos de Adam sobre su cuerpo, el sabor y la calidez de sus labios y las intensas miradas que esos penetrantes ojos le lanzaban.
    —Para nada eres un tempano de hielo señor embajador. Tendré que averiguar cuánto de fuego corre por tus venas.
    Rió entusiasmada por su idea, tan solo esperaba no quemarse en el intento.