jueves, 23 de octubre de 2014

MISIÓN: DESEO (continuación IV )


 —¿Te has vuelto a equivocar? —preguntó algo irritada.
—¡Maldito GPS! —fue la contestación de Adam.
—Haz un cambio de sentido y yo te guio —aunque dudaba mucho que el dolor y la visión borrosa ayudasen a su propósito.
La miró de reojo enojado. No necesitaba ayuda, si el dichoso aparato no le llevaba al lugar correcto seguiría las indicaciones de los carteles.
Prosiguió unos kilómetros más por la carretera de circunvalación y al final con un chasquido de fastidio comprobó que Alex tenía toda la razón. Pulsó el intermitente para salir de la ruta y por el rabillo del ojo vio que ella cubría sus labios con la mano, en ellos se dibujaba una sonrisa de suficiencia.
Diez minutos más tarde se encontraban en la rampa de acceso a las urgencias del hospital.
Su acompañante abrió la puerta antes de que él pudiera ayudarle.
—Espera…
Ella se giró.
—No puedes dejar aquí el coche, tendrás que buscar aparcamiento por el recinto del hospital.
Denegó enérgico con la cabeza. ¡De eso nada! No pensaba abandonarla a su suerte. Su mano se dirigió hacia la manilla de la puerta y no había ni abierto ésta cuando un hombre uniformado y con una porra colgando de su cinturón se acercó a la ventanilla.
—No puede dejar aquí el coche estacionado —fue la tajante orden del individuo.
—Oiga, esto es una urgencia.
—Sí, todo lo que usted quiera pero no puede dejar el auto aquí.
Iba a protestar cuando el aire se inundó con el sonido de una sirena de ambulancia. Las luces se aproximaban a gran velocidad hacia la rampa por donde él había accedido, malhumorado, arrancó el automóvil y descendió con rapidez por el lado contrario al que subía una UVI móvil.
Le costó encontrar un sitio libre donde dejar el coche. Cuando entró por las puertas deslizantes del centro hospitalario buscó con la mirada a su acompañante pero no la encontró.
Se dirigió hacia la ventanilla donde una mujer con cara de cansancio atendía una llamada al mismo tiempo que tecleaba datos en el ordenador.
Esperó impaciente a que la mujer le atendiese, por fin colgó el auricular.
—¿Sí?
—Creo que mi acompañante ha debido de entrar. Venía con una contusión en la mandíbula y los ojos dañados.
—¿Nombre? —preguntó con voz monótona la recepcionista.
—Alex… Alejandra Suarez
—Sala de espera —fue la escueta respuesta.
—Sí, supongo que tendré que esperar pero…
—No, la paciente por quien pregunta está en la sala de espera.
Abrió los ojos con asombro. ¿Cómo demonios iba a estar allí si los felinos ojos de Alex necesitaban con urgencia una revisión?
—Creo que debe haber una equivocación. La mujer de quien hablo está ciega por una lesión y necesitar ser vista con urgencia.
La mujer suspiró con fastidio.
—Sí, como el resto de los pacientes que esperan —informó—. Eten la sala de espera —y señaló con el dedo unas puertas metros más allá.
Desafió con la mirada a la impertérrita mujer y se encaminó donde ella había señalado. Cuando penetró en el recinto se encontró medio centenar de personas, sentadas, que charlaban en voz alta. Pudo observar que varios sujetos tenían el rostro cubierto de sangre seca, varias ancianas gemían doloridas sobre las sillas de ruedas del hospital y Alex permanecía alejada del barullo con la cabeza apoyada en el respaldo de la incómoda silla de plástico en la que se hallaba sentada con los ojos cerrados.
Se dirigió con pasos enérgicos hacia ella y se sentó mientras preguntaba.
—¿Te han visto ya los médicos?
—Aún no, creo que esto va para largo.
—¡Imposible! Tiene que verte los oftalmólogos ahora mismo.
Alex entreabrió uno de sus ojos y lo miró con fijeza.
—Tranquilízate ¿quieres?
Se removió inquieto en el asiento.
—Es que no puedo entenderlo deberías estar…
—Adam, esto es lo que hay. Quizás tú estés acostumbrado a tener alguna serie de privilegios por trabajar a las órdenes de un embajador pero el resto de los mortales no.  Bienvenido al mundo real.
Frunció el ceño al escuchar las palabras de ella. Cierto que él ahora gozaba de una vida de alto standing pero no siempre había sido así. En alguna ocasión había visitado hospitales en el Reino Unido y para nada tenían que ver con lo que se habían encontrado esa noche.
Decidió obedecer a la mujer que estaba a su lado. Bastante movido había sido el inicio de la noche.
Alex sentía la presencia de él. Le llegaba el aroma de su caro perfume masculino y esa sutil fragancia le llevó al momento en que le conoció, el miedo a ser descubierta quedó relegado a un segundo plano cuando el hombre que se hallaba a su lado la tomó entre sus brazos y se perdió en las caricias de sus labios.
Le inundó la misma sensación de debilidad en las piernas, de deseo en cada una de las palpitaciones de su corazón. ¿Cómo un beso, tan solo un simple beso podía provocar esa oleada de emociones en su cuerpo?
Se estremeció al pensar que si no hubieran sido interrumpidos por Marta, la asistente personal de él, habría sucumbido a ese hombre.
Por eso y porque no encontraba explicación alguna a su reacción. Durante todo ese tiempo había intentado, en vano había que reconocer, quitarse ese hombre de la cabeza.
 Parecía que estaba lográndolo cuando él apareció de nuevo en su vida. Y siempre terminaba sacándola de sus casillas. No quiso indagar en su interior del por qué. Varias punzadas dolorosas de los ojos hicieron que un gemido saliese de sus labios.
Él volvió a removerse, por enésima vez, en la silla al escucharla.
—¡Se acabó! —le oyó gruñir entre dientes y sintió que él abandonaba la sala.
Se acercó decidido a la ventanilla. Vislumbró al vigilante de seguridad que se acercó al ver como él, furioso, se aproximaba a la recepción del hospital.
—Desearía hablar con el responsable del hospital.
La mujer dibujó en los labios una sonrisa mordaz.
—Y yo —contestó al irritado acompañante—, pero creo que esta noche no va a poder ser.
—Pues yo creo que sí —y echó mano a su cartera y sacó un documento acreditativo que enseñó a la sarcástica mujer.
Esta buscó ayuda con la mirada y se encontró con la del guarda que esperaba, pasos más allá, intervenir cuando la ocasión lo requiriera. Se acercó al sujeto que parecía molestar al personal administrativo.
—¿Le ocurre a usted algo?
—No personalmente pero sí a una amiga —y mostró al hombre lo que se hallaba en su mano.
Este empalideció.
—Un momento que hablo con mi compañero de control.
—Por supuesto —fue la respuesta de Adam.
Minutos más tarde una estupefacta Alex era llevada en silla de ruedas al interior de la sala de urgencias seguida por Adam que se mantuvo a su lado a lo largo del pasillo que llevaban a los box.
Al llegar a la sala número trece dos celadores se encargaron de ayudar para que se tumbase en la camilla.
Adam permanecía en silencio, observaba todos los movimientos del personal sanitario que parecía haberse vuelto loco y se arremolinaba alrededor de la paciente. Ésta sonrió a la borrosa imagen de él que sus irritados y llorosos ojos le devolvían, él hizo amago de acercarse a ella al ver la tensa sonrisa pero la entrada del facultativo se lo impidió.
Tras saludar a la paciente se sentó delante del ordenador donde comenzó a leer con detenimiento el parte de entrada mientras una enfermera lavaba los ojos con suero fisiológico para eliminar los posibles restos de arena que quedasen en el interior de estos. Instiló unas gotas de fluoresceína para comprobar la integridad corneal y avisó a su superior.
—Ya está lista doctor.
El oftalmólogo realizó las pruebas pertinentes. Alex apretaba entre los dedos la sabanita que cubría la camilla. El dolor casi había desaparecido pero sentir como manipulaban sus ojos y no saber si estos habían sido dañados seriamente le estaba estresando.
Concluida la exploración el doctor volvió frente al ordenador donde comenzó a escribir el diagnóstico y la DUE con voz calmada le explicó.
—Voy a administrarle el antibiótico.
—Deberá repetirlo tres veces al día durante al menos cinco días —terminó de explicar el doctor.
—De acuerdo —respondió más aliviada.
Iba a alzarse de la camilla cuando la enfermera bloqueó la acción.
—Un momento espere a que le cubra los ojos con las gasas.
—¿¡Qué!? —exclamó y sujetó la muñeca de la enfermera.
—No se oponga —regañó el médico—. Deberá mantener reposo ocular durante cuarenta y ocho horas.
—Pero eso es imposible —protestó—. Necesito conservar la visión, mi trabajo así lo requiere. Mañana tengo que presentar unas fotografías…
—Lo siento pero no es posible además el dilatador que le hemos administrado para las pruebas no le permitirá ver bien durante unas horas.
Alex gruñó entre dientes. Eso ya se vería.
—Y ahora si me disculpan tengo más pacientes que atender —comenzó a salir del box cuando paró en seco frente al hombre que en silencio había observado todo ese tiempo—. Nunca creí que llegase a conocer a un embajador en persona señor…
—Adam —fue la concisa y seca respuesta de él.
El médico salió seguido del resto del equipo.
—¿Adam?
—¿Sí?
—¿Estamos solos?
—Sí.
—¿Qué ha querido decir el doctor? —siseó Alex.
Él carraspeó. El silencio que ella recibió por toda respuesta fue suficiente. Se alzó indignada  de la camilla.
—Todo este tiempo me has hecho creer que era un simple escolta y no has sido capaz de sacarme del error.
—Puedo explicarte…
Ella le interrumpió.
—Has debido de pasártelo en grande con esta torpe y crédula periodista ¿verdad?
—Estás sacando las cosas de quicio.
—¿¡Qué!? Es lo que me faltaba por oír —casi gritó y se bajó de la camilla.
—Deja que te ayude.
—No necesito tu ayuda  —increpó.
Él suspiró resignado. Desde luego el médico había sido de lo más inoportuno con su comentario pero realmente la culpa había sido toda suya por echar mano de sus credenciales diplomáticas pero no estaba dispuesto a consentir más tiempo de espera hasta ser atendidos y el porqué no había sacado a Alex de la confusión no sabía responderlo ni él mismo. ¿O quizás sí? Por una vez durante todos esos meses quería ser Adam Walker persona no personaje público y esa mujer contribuía a ello de una manera que aún no estaba dispuesto a asimilar.
Tal vez eran esos ojos felinos que le habían hechizado o su actitud frente a él. Rebelde, insolente hasta la médula o un conjunto de ello. Lo que sí sabía era que no se había podido quitar de la cabeza en todo ese tiempo el rostro y cuerpo de la mujer que de pie frente a él se mantenía alerta y con los brazos cruzados sobre su pecho.
—Aquí tiene el informe —interrumpió la enfermera adentrándose de nuevo en el box y extendió los papeles a Adam—. No se frote los ojos ni apriete el vendaje sobre ellos —advirtió dirigiéndose a Alex—. Tendrá que ir a su médico de familia para que le recete la medicación pero para la siguiente dosis… tome —y puso sobre la mano de la periodista el tubo de antibiótico que había utilizado—, será suficiente hasta mañana.
—Gracias.
Lo que faltaba, tendría que perder las primeras horas del día en la consulta del doctor y necesitaba esas horas para hacer llegar al periódico las fotografías que seleccionase.
—¿Podemos irnos ya? —fue la pregunta del embajador.
Ante el asentimiento de la DUE se acercó a Alex y la tomó del codo. Sintió como ella se tensaba ante su contacto pero ninguna protesta salió de los labios, necesitaba su ayuda para guiarse.
Salieron al exterior del edificio donde el frío de la noche les azotó.
—Espérame aquí voy a por el coche.
—No hace falta llamaré a un taxi —y sacó el móvil de uno de los bolsillos del pantalón.
Adam se lo arrebató en segundos.
—Yo te traje y yo te llevaré —siseó entre dientes sin alzar la voz.
Alzó el mentón en gesto de desafío, iba a explicarle dónde se podía meter sus órdenes cuando cayó en la cuenta que no sería capaz de marcar a ciegas las pequeñas teclas.
—Está bien —claudicó—, si me ayudas podré llegar hasta donde tienes el auto.
Le costó amoldarse a las largas zancadas de Adam pero no protestó. Minutos después llegaban al aparcamiento.
—Sube —ordenó con voz suave él.
Se sujetó a la carrocería del coche y palpó el asiento en un intento de situar la altura de este. Estaba acoplándose en él cuando sintió cernirse sobre ella la silueta masculina. Cerca, demasiado cerca.
—¿Qué quieres ahora? —espetó—. ¿Un beso de agradecimiento?
Adam quedó quieto y ante la mordaz pregunta respondió:
—No, tan solo quería ayudarte a abrochar el cinturón de seguridad.
Alex quiso morderse la lengua cuando él con una risita se irguió y cerró, sin apenas hacer ruido, la puerta del copiloto. Ella misma se había delatado.
Segundos después Adam se sentaba a su lado. Arrancó el auto y se colocó el cinturón de seguridad, al igual que hacía ella. No fue hasta salir del aparcamiento, metros más allá que habló.
—Aunque no sería una mala forma de darme las gracias.
—Vas tú listo —fue la cortante respuesta de ella y apoyó la cabeza sobre el mullido respaldo con el rostro girado hacia la ventanilla en un intento de que él no fuera consciente de que deseaba ese beso.
Un silencio incómodo se instaló en el interior del vehículo.
Alex no dejaba de dar vueltas en su cabeza a las recomendaciones del médico pero no podía permitirse el lujo de no mandar a tiempo el reportaje, estaban en juego su profesionalidad y su empleo. Y todo por culpa de ese estirado inglés que estaba a su lado. sería el segundo trabajo que perdería por él. ¿Quién le mandaba presentarse en el poblado y con ese coche? Por no hablar de sus ropas, por muy casual que parecieran cantaba por soleares que eran de firma.
Y su perfume. El habitáculo del auto estaba impregnado en él y comenzaba a embotarle los sentidos aunque para ser más sincera consigo misma embotar no era la palabra exacta.
Ese aroma le recordaba el apasionado beso y le hacia imaginar las manos, que en ese momento sujetaban el volante, recorriéndole por entero.
Un aguijonazo de dolor le traspasó las pupilas. ¡Justo lo que necesitaba! que a todos sus males se le uniese una jaqueca.
La maldición de Adam le llegó, apenas un susurro.
—Lo has vuelto a hacer —no fue una pregunta.
Un suspiro de fastidio seguido de unos cuantos improperios por parte del embajador fue toda la respuesta. resopló resignada.
—¿Quién demonios diseñó la M-30? ¿Había bebido?
Alex sonrió. Rememoró parte de un monólogo de uno de los cómicos que más le gustaban de un programa de televisión.
Comenzó a reír. Una risa que se tornó casi histérica.
—No le veo la gracia —refunfuñó su acompañante.
—Pues la tiene. Y mucha. Voy a morir engullida por una obra faraónica y en compañía del hombre que ha provocado todos mis males.
-¿Todos? -fue la asombrada pregunta de Adam.
-De los últimos sí -respondió ya más calmada.
-Creo recordar que fuiste tú quien invadió mi intimidad.
-Te recuerdo que solo buscaba descansar los pies pero claro el señor embajador pensó mal.
Adam retiró la mirada unos segundos del asfalto.
-Si vivieras rodeado de la gente con la que me codeo entenderías mi postura.
No supo que responder a eso. Sí, quizás fuese verdad. Se imaginó viviendo como él, sin saber si las personas se acercaban por su posición social, por su poder o porque realmente les atraía o interesaba como persona y la labor que realizaba.
Desde luego visto así era normal que él sospechase de todo el mundo y de la prensa llamada rosa más. Sabía que unas fotos jugosas habían hecho rico a más de uno de sus compañeros de profesión.
-No logro entender por qué vives en esta zona.
Las palabras de Adam le sacaron de sus pensamientos.
-¿Dónde estamos?
-A escasos metros de tu portal. Aparcados.
No quiso indagar cómo él podía saber el lugar en el que residía, supuso que al igual que sabía dónde encontrarla esa mañana, Adam tenia el poder y los medios necesarios para indagar.
El dolor de cabeza le estaba matando así que sin querer comenzar una nueva disputa murmuró un gracias y se dispuso a descender del coche.
-Un momento -ordenó el hombre.
Segundos después él le ayudaba a bajar del deportivo. La tomó por el codo y la guió hasta el alto escalón que daba acceso a la entrada.
-Dame las llaves.
-¿Estás muy mandón, no?
Rebuscó en el bolsillo de los pantalones ignorando el gruñido de él. Oyó el tintineo de estas al girar sobre la cerradura y dio un respingo al notar la mano de él sujetarle a nivel de la cadera.
-Y muy sobón.
Adam no pudo reprimir una risita.
-Y tú muy gruñona, me espera una larga noche.
-¿Qué?
-¿No creerás que voy a dejarte sola, verdad?
-Ni lo sueñes.
Ignorando la protesta él continuó.
-Estoy seguro que en cuanto te dejase desobedecerías las ordenes y lo primero que harás será ponerte a trabajar frente al ordenador.
¡Mierda! ¿Acaso él podía leer su mente? ¿O sería su rostro el que reflejaba sus pensamientos?
Una nueva risa contenida de él confirmó sus sospechas.
Comenzaron a ascender los escalones hasta el primer piso donde vivía Alex. Tras cuatro vueltas la puerta del domicilio se abrió.
-Pasa -invitó aunque él ya había accedido al interior de la vivienda.
Repasó mentalmente el ordenado caos del salón. ¿Por qué demonios esa mañana no habría recogido un poco? Y ¿por qué narices intentaba justificarse? Era su casa, su hogar.
-Siéntate si encuentras algún hueco libre donde hacerlo -ofreció en tono seco.
-No te sientas incómoda. Sé lo que es vivir en un piso compartido de estudiantes donde la suciedad se acumulaba y los restos de comida eran desechados a la basura para reutilizar, de nuevo, el plato sin lavar.
Si no fuera porque el vendaje tapaba sus ojos Adam podría haber visto una mirada de asombro en ellos.
-Y no me mires así -comentó él-. Los apósitos tapan tus bonitos ojos pero tu rostro te delata.
Antes de poder encontrar una contestación mordaz a eso Adam preguntó:
-¿Dónde está tu ordenador? Tenemos una larga tarea por delante.
Le señaló la habitación que utilizaba como despacho. Se dirigieron a ella. Sentada frente al ordenador introdujo la contraseña y entonces Adam ocupó su lugar y conectó la cámara al portátil.
Fue una dura pero satisfactoria experiencia. El embajador le describía cada una de las imágenes que ella había captado, y de cada una de ellas hacia un comentario. De lo que él como observador del retrato captaba. De lo que le transmitían los rostros o las escenas.
Alex le escuchaba embelesada y entre ambos eligieron las que creyeron mejores instantáneas.
-Necesitó un café.
-Pensé que los ingleses eran más de té.
-Psss soy la excepción que confirmar la regla -comentó con humor.
Sí, desde luego no podía negar que él era singular. Singularmente atractivo. Demasiado atractivo. Peligroso.
Pero con una sonrisa le preparó la bebida. A ella le encantaba el peligro.

continuación

jueves, 2 de octubre de 2014

MISIÓN: DESEO (continuación III)

Por fin los contactos de sus compañeros habían dado sus frutos. Atrás quedaba, o al menos eso esperaba, volver a los reportajes de eventos nupciales. 
Aparcó el destartalado coche a las afueras de la barriada. Prefería no llamar demasiado la atención en ese barrio marginal de los suburbios de la capital. El periódico que le había hecho el encargo quería que plasmase con su cámara la situación de cientos de familias que debido a la crisis, se habían quedado sin hogar, sin empleo y de la noche a la mañana debían compartir chabola y medios de vida, venta de drogas sobre todo, con los grupos de etnia gitana que vivían en la zona.
Vestida con su ropa de trabajo habitual comenzó a pasear lentamente por la calle principal del pequeño poblado chabolista. Decenas de chiquillos, descalzos y con más mugre en su cuerpo de lo que sería higiénicamente aceptable, la rodearon. Tiraban de la ropa en un intento de llamar su atención. Sonreían, mostrando sus dentaduras infantiles melladas, con la alegría brillando en sus ojos. Alex comenzó a disparar instantáneas. Las madres, alertadas por los chillidos de los pequeños, asomaban sus cuerpos por el umbral de las casas. Algunas se quedaban quietas, observando. Otras, las más osadas decidieron acercarse. Inspiró profundamente para darse valor, colgó la cámara sobre su pecho y decidió saludarlas.
—Anda la paya vaya parato de afotos que lleva. Mi Richal quiere uno ansi. ¿Por cuánto me lo venderías?
—Buenos días —saludó y aclaró—. No está en venta, lo siento. Soy reportera gráfica. 
La mirada de incertidumbre de la robusta mujer, la indicó que no entendía a que se dedicaba, decidió explicarse con otras palabras.
—Hago fotos para las revistas del corazón. 
No era del todo cierto. En realidad ese reportaje saldría en el suplemento de uno de los diarios de más tirada del país, pero como media verdad valía.
—¿Trabajas en el HOLA? En esa revista que salía la Lola Flores y el Paquirrín.
Alex asintió en silencio. Fue visto y no visto. La corpulenta mujer comenzó a llamar a gritos a los habitantes del poblado. Alex pensó que la lincharían y encontrarían su cuerpo, días después, mutilado en alguna charca de la zona.
Pero se equivocó. Sin saber cómo se vio rodeada de decenas de mujeres, que la invitaban a entrar a sus casas, dejando que las retratase haciendo los quehaceres diarios. 
Alex pudo comprobar que en el interior de esos chamizos, la limpieza era tal que casi se podía comer en los suelos. Eso sí, si no te importaba compartir cama y comida con algún intruso negro y con patas que a Alex le repugnaba.
Se le pasó la mañana volando. Compartiendo risas y anécdotas con esas mujeres. Algunas rondaban su edad, veinte y pocos años, y parecían su madre. Los hombres las cargaban de hijos desde bien jovencitas además de trabajar en los hogares y buscar leña, y todo aquello que pudiese ser vendido como chatarra, en los vertederos cercanos. 
Serian cerca de las dos de la tarde cuando el pequeño poblado comenzó a llenarse de voces masculinas. Los hombres bajaban de sus destartaladas furgonetas alardeando de lo ganado ese día. Todos se reunían en la chabola de El Rubio, un guapo gitano que como su mote indicaba era rubio con unos enormes ojos azules que le recordaron otros. Desechó ese pensamiento. Él jamás se rebajaría a vivir así. Se le imaginó en un ático, con todas las comodidades, vestido con ropa de firma. El sueldo que la embajada le proporcionase bien podría pagar esos caprichos. Suspiró resignada. 
Su suspiro no pasó desapercibido a Juana, su inesperada anfitriona, ya que por la hora habían insistido en que compartiesen puchero con ellos. 
—A ver corason. Dame tu mano. La Choli te va a leer tu futuro.
Antes de que Alex pudiera negarse la corpulenta mujer tomó su mano derecha. Comenzó a estudiarla. 
—Un príncipe azul ha aparecido en tu vida. Es tan grande su amor que renunciará a todo por ti. Con  él recorrerás el mundo.
—¡Ay Juana! —Respondió riendo—, de momento lo único que he encontrado han sido sapos.
Ambas estallaron en carcajadas y se abrazaron con complicidad.
—La Choli nunca falla. Ya lo verás. 
—Ten cuidado muchacha —comentó Curro, el marido de la Choli—, mi Juana es una casamentera de cuidado. A que te descuides te ha endilgaó algún payo sosaina.
Las risas al comentario del patriarca no se hicieron esperar. Comieron todos del puchero. Terminado el pequeño ágape Alex comenzó a despedirse de su inesperada anfitriona. Prometió mandarle las fotos que había hecho esa mañana en el poblado y salió a la luz del atardecer. En invierno anochecía pronto. No queriendo volver por esos caminos con su coche, por si la dejaba tirada, últimamente hacía unos extraños ruidos, se despidió de sus nuevos amigos. 
Los chiquillos decidieron acompañarla hasta la entrada del poblado. Una decena de metros la separaban de su pequeño auto cuando observó que al lado del mismo se encontraba un despampanante deportivo. Y apoyado sobre su capó, cruzado de brazos en insolente postura, Adam.

Mascullando entre dientes una maldición aceleró sus pasos hacia él. Cuando se encontraba a unos pocos metros observó que el fruncía el ceño.
—Pensé que te habían secuestrado —soltó de sopetón—. Llevo horas esperándote.
—Y ¿por qué me iban a secuestrar? —Respondió a la defensiva acercándose hacia él—,  que sepas que me han tratado mejor que otras personas que presumen de vivir en un lugar más civilizado.
Esperó que él captase la indirecta.
—Al menos —continuó—,  no me han requisado nada y no me han echado de ningún sitio. Todo lo contrario. He comido el mejor puchero de alubias de toda mi vida, compartido en la misma olla, por supuesto, y me han tratado como a una reina.
—Eso no lo dudo mi pequeña Cenicienta —susurró él que en dos zancadas se había aproximado a escasos centímetros de ella—. Tú no te mereces menos.
Las inesperadas palabras de él y su cambio de humor la dejaron sin habla. Alzó su rostro para mirar esos profundos ojos, que refulgían.
—Tan solo quería recalcar que estaba preocupado por ti —musitó sobre sus labios y antes de que pudiese impedirlo la besó.
Alex se perdió en su abrasadora caricia. Saboreando con deleite su boca. ¡Dios! cuanto había soñado con volver a besarlo. A sentir como esos labios la embriagaban y que su cuerpo levitaba sobre el suelo. Se dejó llevar por sus sentimientos y rodeó con sus brazos el fuerte cuello masculino, acariciando su nuca, acercándolo aún más si cabía a su cuerpo, que se amoldó a los músculos de él como una segunda piel. 
Las manos de él comenzaron a acariciar la redondez de sus nalgas. Un gemido de satisfacción brotó de la garganta femenina.
Las risas de los chiquillos la devolvieron a la realidad. Con desgana separó su cuerpo del hombre. Este sonreía ufano ante la respuesta de ella. 
—Anda con el payo —exclamó risueño uno de los chiquillos más mayores—, con solo dos palabras se la ha llevaó al guerto.  Ya sé que lo tengo que hacer yo con la Soraya.
Alex ruborizada miró al rapaz, que la guiñó un ojo con complicidad.
—Ya te lo dijo mi maé. La Choli nunca se equivoca.
—¿La Choli? —preguntó confuso Adam—.Y ¿qué te ha dicho la tal Choli?
Antes de que el chaval respondiese replicó.
—Cosas de mujeres, ya sabes —e hizo un gesto que pretendía quitarle importancia.
—De mujeres.
Su tono de voz dejó a las claras que en algún momento tendría que explicarle que cosas de mujeres eran esas.
—Te lo dije —escuchó decir a sus espaldas a Juana—. La Choli nunca se equivoca. 
Alex giró en redondo. Allí se encontraba medio poblado. Entre chanzas y risas la muchacha hizo las presentaciones. Paco y los demás hombres atrajeron la atención de Adam que se vio apabullado ante las preguntas que estos hacían sobre su coche. Gustoso comenzó a explicarles las prestaciones del mismo. Alex por su parte respondía las atrevidas preguntas de las féminas en susurros. 
Así se hallaban cuando de repente un alboroto de cláxones irrumpió en el poblado. Las mujeres del grupo arroparon con rapidez a los chiquillos bajo sus brazos. Los hombres, tensos, se cuadraron alrededor de la pareja.
Cinco coches entraron a velocidad vertiginosa al poblado, derrapando y haciendo trombos que levantaron una polvareda sobre el grupo.
Adam intuyendo preguntó:
—¿Quiénes son?
—Problemas —respondió Paco—. El Chavi y su panda de gamberros. Se dedican a negocios sucios. No los queremos aquí pero su abuelo es uno de nuestros patriarcas ancianos y no nos queda más remedio que apencar.
Adam asintió en silencio. Tensó sus músculos en espera de los acontecimientos.
Entre risas e improperios El Chavi y sus compinches bajaron de sus vehículos.
Al ver reunidos a su gente se acercó con andares chulescos hacia ellos.
Adam calculó que rondaría los veinte años. En su cara lucía una serie de peercing y sobre sus desnudos brazos varios tatuajes. Se paró frente al deportivo y un silbido de admiración salió de sus labios.
—Vaya carro más guapo —dirigiéndose a Paco—, no sabía que habías entrado en el negocio. Tendré que pasarme por tu chabolo a que me des cuentas. 
—No es mío —respondió el hombre—, ya sabes que yo solo me dedico a la chatarra. Mis negocios son limpios.
La cara del muchacho se tensó. 
—No permito que nadie me hable así delante de mis muchachos —y antes de poder esquivarlo el joven cruzó la cara al gitano.
Adam con dos zancadas se abalanzó sobre el camorrista. Paco logró sujetarlo a duras penas. La luz del atardecer se reflejó sobre las navajas que sacaron los compañeros del chico. Quitándole una de ellas a su hombre más próximo, el Chavi le puso a Adam el filo sobre su cuello. Los músculos de su mandíbula se tensaron. Notaba la frialdad del acero sobre su rostro. La tensión de las manos de Paco sobre su antebrazo. Sabía que corría peligro pero no en ese momento lo que menos le importaba era su seguridad. Si le herían a él, Alex quedaría indefensa y eso sí que no lo podía permitir. 
Devanó sus sesos en busca de algo que pudiese hacer que ese camorrista se calmase. Antes de encontrar la solución la voz de la mujer que él intentaba salvar se oyó en el silencio.
—Nunca pensé que los narcos fuesen unos cobardes —explotó furiosa.
La atención del agresivo joven se centro sobre ella. Adam puso los ojos en blanco. Tenía que sacar a relucir su lengua mordaz en este momento. Separando el cuchillo del cuello de Adam el joven se acercó con su mortal arma hacia Alex. Esta tragó saliva e intentó que su miedo no se reflejase.
—Y ¿tú? ¿valiente? — arremetió el muchacho— ¿quién cojones eres? 
—Alex. Soy fotógrafa de un importante periódico y este es mi compañero, Adam. El coche pertenece al diario —su mente inventaba a velocidad de vértigo—.  Mi colega —prosiguió— lo tomó prestado porque nos esperan en el periódico para llevarles las fotos que hice hoy en el poblado. Saldrán mañana, si no estamos los dos antes de las nueve en el periódico mandaran patrullas de policía.
Juana la Choli miraba anonadada a la atrevida joven, admirada por la sarta de mentiras que su boca emitía intentando salir con vida de las amenazas del Chavi. Envalentonada por la mujer decidió intervenir.
—Es verdá lo que dice la paya. Vino esta mañana y le hizo una afoto a tu abuelo. Quedó encantado y la chica le ha prometio que se la va a mandar. Tú sabrás lo que haces pero no quisiera yo estar en tu pellejo como el Puñales se enteré que l´as dejaó sin su retrato. 
Indeciso el pandillero miró a su alrededor, todos asentían y murmuraban entre sí. Una cosa era cargarse a dos payos maleducados y otra mú distinta enfrentarse a su yayo. No quería probar de nuevo su vara. Pero no podía perder autoridad frente a sus hombres. Miró con los ojos entrecerrados a los desconocidos. Sopesando. Minutos después encontró la solución.
—Tá  bien. Los payos se puén marchar pero el coche guapo se queda.
—Ni lo sueñes —masculló entre dientes Adam—, el coche se viene conmigo y mi compañera también.
—Nadie tá peio tu opinión. O el coche o la chica se queda.
—Un momento Chavi —intervino Paco. Bajando la voz se dirigió a Adam—. Que le den por culo al coche amigo. Tu jefe pué hacerse con otro. Coge a la chica y marchaos antes de que esto se ponga más feo. Tú no sabes cómo se las gastan el Chavi y sus amigos con las mujeres. No querrás tenerla que reconocer en el furense.
Adam palideció ante las últimas palabras. Claudicando respondió:
—Está bien. El coche se queda.
—De eso nada —estalló Alex—. Este pequeño macarra no me va a tocar ni un pelo. Ni a mí ni al coche.
—¿Por qué no te callas? —murmuró Adam.
—Eso mujer, por qué no te callas y te dedicas a lavar los calzoncillos a tu hombre — replicó El Chavi.
—Porque ningún niñato como tú me va a hacer callar y yo no tengo hombre ni lo necesito. Y menos para lavarle sus vergüenzas.
El muchacho se acercó peligrosamente hacia ella. Alex con rapidez se deshizo de la cámara que pasó a una atemorizada Juana.
—Protégela — y guiñándola un ojo se adelantó hacia el muchacho.
Este blandió con seguridad la navaja en su mano. La esperaba de pié, tenso.
Paco y sus compadres sujetaban a un enfurecido Adam que intentaba desasirse en vano de la docena de brazos que le sujetaban por doquier.
Alex sujetó con fuerza su ensortijado pelo sobre su nuca. Se arremangó la sudadera y con las piernas ligeramente abiertas esperó el ataque del joven.
Los amigos del muchacho le instaban a atacar entre risas y apuestas. Él envalentonado atacó.
Con un rápido reflejo el cuerpo de Alex esquivó el ataque. El muchacho se revolvió y atacó de nuevo.  El codo de la muchacha lo golpeó en la espalda con fuerza. El joven cayó cuan largo era sobre la arena. Se levantó con rapidez entre las risas de sus compinches. Furioso ante esas burlas volvió a atacar.
Esta vez recibió una patada en la mandíbula. Dio con su cuerpo en el suelo, repantingado y con el golpe perdió la navaja que una de las mujeres escondió entre sus ropajes. 
Desarmado, dolorido, más en su orgullo que en su cuerpo, decidió atacar con sus puños. Atacó de frente y recibió un puñetazo en el estómago. Arremetió furioso contra la mujer. Que volvió a tumbarlo nuevamente. Tomó un puñado de arena y lo lanzó a la cara de su adversaria. Gritos de protesta por su mala acción se oyeron por la pequeña aldea. Alex cegada esperaba el ataque de su adversario. Le escocían los ojos y apenas lograba ver entre lágrimas a su oponente. Pero tensó su cuerpo.
—Tu chica no lo hace nada mal muchacho —animaba Paco a Adam que asistía embobado a la pelea—. Menuda hembra, ya la quisiera yo pá mí.
—Ni lo sueñes — replicó el embajador que no perdía detalle. 
El Chavi se alzó y lanzó su cuerpo contra la joven. Alex recibió el puñetazo en la mandíbula, trastrabillo e intuyendo el siguiente golpe, paró este. Sujetó con una llave el brazo de su adversario, retorciéndolo y golpeó secamente sobre él. El chasquido del hueso se pudo oír por encima de los gritos del gentío. Un aullido de dolor taladró la noche. El Chavi se revolcaba sobre el suelo maldiciendo y con gruesas lágrimas de dolor recorriendo sus mejillas. 
Sus compinches decidieron entrar en acción pero una voz autoritaria se oyó entre todas.
—Quietos ahí. La mozuela ha luchado limpiamente.
Todos se volvieron hacia el patriarca que apoyado sobre su vara se acercaba renqueante. 
—Coged a mi nieto y llevadle pá la casa. Paco ya puedes soltar al grandullón. Y tú muchacha, espero esa “afoto”
Y sin más se giró y se alejó renqueando hacia su chabola. 
Juana corrió hacia la muchacha. Tomando su rostro entre las manos comenzó a ordenar.
—Sole, trame una jofaina con agua, Richarl  andaté por yelo hasta donde el Rubio. Y tú tranquila mi arma que de estas sales vivita y coleando. La Choli…
—Sí, ya sé. Nunca se equivoca- refunfuñó Alex.- pues ya podrías haber visto lo que avecinaba. Vamos digo yo.
La carcajada de Juana no se hizo esperar. Abrazó a la joven que se dejó mimar. Juana la apretaba entre sus enormes senos.
—Ju-a-na- tus-te-tas-me-es-tan-as-fis-xi-an-do —balbuceó apenas la joven.
—¡Ay! Perdona mi niña. Es que los nervios me hacen ponerme cariñosa.
—Por eso yo aprovecho antes de acostarme para meterla miedo en el cuerpo —  comentó con chanza Paco atento a todo y a todos.
La respuesta de Alex se vio interrumpida por la llegada de Sole y Richard que extendieron el agua y el hielo a Juana.
La mujer ni corta ni perezosa agarró el moño de Alex y tirando con fuerza hacia atrás arrojó sobre los ojos de la joven el agua helada.
—¡Juana! —protestó.
—Ssshhh a callal se ha dicho. Sole dame tu pañuelo. 
La mujer desanudando la pañoleta que cubría sus cabellos la arrojó a las manos de la matriarca. Esta tomó el cuenco de hielos, anudo el pañuelo cruzando los picos y con delicadeza puso el pequeño emplaste sobre la magullada mandíbula de la joven. Que gimió dolorida.
—Ya lo sé mi niña, es pá bajal la flema. Ya verás como ansí tu cara no quedará hinchá. Mano de santo. Es lo que me pongo yo cuando a mi Paco le da por ponerse farruco.
—¿Paco te pega? —preguntó asombrada Alex ante la naturalidad con que la otra mujer expresaba su maltrato.
—Es que me quiere —explicó la otra.
—Es que la quiero — contestó al mismo tiempo su marido.
Alex resopló. 
—Tendré que probar yo esos métodos —escuchó decir a escasos centímetros de su rostro.
—Ni se te ocurra escolta de pacotilla —replicó enfadada.
Giró su rostro hacia la voz. Intentó visualizar su rostro a través de la neblina que cubría sus ojos. Parpadeó varias veces pero tan solo conseguía ver borroso. Alzó su mano para frotarse los ojos pero los dedos de él tomaron los suyos.
—Ni se te ocurra princesa. Ahora mismo nos vamos para el hospital más cercano. 
—Er Doce —explicó Paco.
—¿Eh? —preguntó perdido Adam.
—Er Doce — volvió a decir el gitano—. Es el hospital más cercano.
—El Doce de Octubre —aclaró Alex—. Se encuentra a escasos 20 minutos de aquí. 
—¡Ah! Bien —afirmó  el hombre. 
—Déjalo Adam, no tienes ni idea de donde se encuentra —refunfuñó la muchacha.
—Pues no, pero nada que un buen GPS no pueda resolver. Andando entonces- replicó y suavizando la voz preguntó- ¿Te encuentras en condiciones de andar o necesitas que te lleva hasta el coche?
—Puedo andar, gracias —replicó con rapidez. ¡Lo que la faltaba! sentir sus brazos rodeando su cuerpo y el calor de sus manos sobre su piel—. De peores batallas que esta he salido.
Adam rió entre dientes mientras observaba como ella con ayuda de Juana izaba su cuerpo y se encaminaban hacia el deportivo.
Solícito abrió la puerta del copiloto, dejando que la robusta mujer que parecía haber tomado cariño a la joven la ayudase a acomodarse en el asiento. Rodeó el auto y antes de meter su musculoso cuerpo en él se despidió con un abrazo de Paco. Juana aprovechó el momento para susurrar en el oído de la reportera.
—Tu príncipe está contigo. Todo irá bien —y apretó afectuosa el brazo de la muchacha.
—¿Mi príncipe? ¿Él? — cuestionó—. Este es el mayor sapo de todos Juana.
La risita de la mujer la instó a añadir.
—Y hasta con pelos.
—No mi arma la…
—Sí, ya. La Choli no se equivoca.
—Eso es.
—Cuídate Juana y no dejes que Paco te quiera tanto.
Adam penetró en el pequeño habitáculo. Colocó el cinturón de seguridad de su acompañante. Seguidamente el suyo y cuando metía la llave de contacto Alex exclamó:
—¡Espera!, ¡mi cámara!. 
—Está en el asiento trasero  —antes de que ella añadiese algo más informó—-. Intacta.
 Con un suspiro de alivio, Alex se relajó en el asiento.
—Entonces vámonos. Los ojos me arden, me está empezando a doler la cabeza y la mandíbula me está matando.
—Tú sí que me vas a matar —masculló entre dientes el hombre.
—¿Qué?
—Nada. Intenta relajarte mientras llegamos al hospital.
Y arrancó. Juana los vio perderse en la oscuridad de la noche. Tomando del brazo a su Paco concluyó:
—Hacen una pareja perfecta.