domingo, 7 de septiembre de 2014

MISIÓN: DESEO



En la embajada…

   Recolocó por enésima vez el escote palabra de honor. «¿Qué estaría pensando el diseñador que lo inventó?» Y esto le planteaba otra cuestión «¿Por qué narices se había dejado engatusar por Irina y se había decantado por el dichoso modelito?» Verdad era que la sentaba como un guante. El rojo granate hacía resaltar el pelo oscuro y la blanca piel. El terciopelo dibujaba sinuosas formas a la luz y le hacían parecer más esbelta. ¡Pero ese molesto escote! Desde su perspectiva veía salir demasiada carne para su gusto. En alguno de los movimientos que hacía para captar con la cámara fotográfica a los invitados de la embajada inglesa ella iba a ser la protagonista, cuando a alguna de sus amigas la diese por salirse. Resopló resignada y volvió a tirar con disimulo del escote.
   Apoyada en una de las hermosas columnas del enorme salón miraba pasar el gentío, todos vestidos de gala, hasta los periodistas, como era su caso. 
   Normalmente ella no se encargaba de este tipo de trabajos para la revista. Era Irina, y su saber estar, quien disfrutaba en esta clase de eventos. Ella era más de batalla. Lo suyo eran los reportajes, tipo Callejeros, pero fotográficos. De ahí que ahora se encontrase como pez fuera del agua y más a sabiendas que su jefe le echaría la bronca por no haber podido plasmar en imágenes la entrada del nuevo embajador  al salón y el saludo protocolar. Y todo porque se había emperrado en venir en taxi y habían quedado atascados en el numeroso tráfico que en estas fiestas tenía el centro de la capital. A todo eso había que sumarle que los vigilantes no habían dejado pasar el transporte público y tuvo que andar los trescientos metros o más de sendero empedrado con esos andamios que llevaba por calzado. Y que le estaban matando.
   Tomó la copa de champán que uno de los numerosos camareros le ofreció y dando un pequeño sorbo volvió a escudriñar a los invitados en busca del diplomático. Pero por más que miraba y remiraba todos los hombres lucían en el esmoquin medallas, galardones, bandas y toda esa clase de insignias que informaban a los demás que alto cargo público regentaba. A todos menos a ella porque a sus ojos todos esos emblemas eran iguales. Ridículos e innecesarios. 
   Los agudos pinchazos de los pies le sacaron de sus pensamientos. Necesitaba sentarse a la de ¡ya! De un solo trago vació la copa que tenía entre las manos y tomó de la pequeña mesita cercana el bolso y la cámara de fotos. Suspiró sufrida. Tendría que cruzar el enorme salón para poder sentarse en los cómodos sofás que había vislumbrado en la entrada de la embajada. En toda  esa maldita sala no había ni un solo asiento. No se explicaba como esas mujeres podían sonreír y moverse con esa gracia sobre los altos tacones. La puerta quedaba a miles de kilómetros de distancia para sus doloridos pies. En esos momentos le parecía imposible recorrerlos con soltura y fineza. 
   Un ligero movimiento en una esquina llamó su atención. Una puerta acababa de abrirse y cerrarse. Y quedaba a tan solo unos pocos metros de ella. Vio el cielo abierto y resuelta se dirigió hacia allí, esquivó a los invitados, sonriendo y saludando con naturalidad mientras se encaminaba hacia su tabla de salvación. 
   Sin ni siquiera volver la mirada atrás posó la mano sobre el picaporte y se introdujo por la estrecha apertura. Estabaen un pasillo amplio, alumbrado tan solo por unos apliques metros más allá. Una serie de puertas, idénticas a la que había abierto se encontraban a su derecha. Acababa de colarse como quien no quiere la cosa en la dependencias privadas de la embajada. Podría meterse en un buen lío, nada anormal en ella, pero echaría mano de la socorrida excusa de buscar los aseos. 
   Observó de nuevo el lugar y vio que una de las puertas se encontraba entreabierta. Comenzó a andar hacia allí cuando paró en seco, en el silencio del pasillo tan solo se oían sus ruidosos tacones sobre el suelo de mármol. Colgándose el bolso y la cámara sobre el hombro se descalzó. 
   Un gemido salió de sus labios cuando las doloridas plantas de los pies sintieron la frialdad de la piedra. «¡Qué descanso!». Movió los dedos entumecidos, recolocó la costura de las medias y enderezándose con un zapato en cada mano, se encaminó hacia la entreabierta puerta.
   Empujó insegura e intentó vislumbrar por el hueco abierto pero en el interior solo había penumbra. Reculó hacia atrás cuando unas voces seguidas de unos rápidos pasos le indicaron que alguien se acercaba, antes de ser descubierta se escabulló al interior de la estancia.
   Cerró la puerta con sigilo. Al girarse, una vez que sus ojos se acostumbraron a la semioscuridad, comenzó a estudiar la pequeña estancia, aunque decir pequeña no sería lo conveniente porque ese despacho o biblioteca casi tenía el tamaño de su mini piso. 
   Al fondo a su derecha unas tupidas cortinas de terciopelo cubrían la ventana, delante una mesa de estilo isabelino con butacas a juego, una detrás del escritorio, y otras dos en el frente. 
  En el centro de la salita, lanzando un brillo cálido, los rescoldos de la chimenea siseaban suavemente en su interior. Y delante de la enorme chimenea. ¡El paraíso! Un enorme sofá del mismo estilo que las butacas pero tapizado en un granate intenso que le pedía a gritos ser utilizado. 
   Como una chiquilla corrió hacia él y un  ahogado grito de alegría salió de sus labios al tumbarse sobre los mullidos almohadones. Se deshizo del bolso y la cámara, los puso a sus pies y soltó los zapatos que con un sordo sonido quedaron debajo del sofá.
   Recolocó su cuerpo, se izó y comenzó a masajear con delicadeza sus doloridos pies. Un gemido de placer salió de sus labios. 
   De repente una voz masculina rompió el silencio del despacho. La puerta se había abierto unos centímetros.
   —Deme cinco minutos Elizabeth.
   —No —negó la mujer.
   —Quince a lo sumo —la voz varonil se volvió suplicante. Un suspiro de resignación de la mujer le indicó que esta había claudicado. Segundos después un sonoro beso y una risita de complicidad mientras unos tacones se alejaban pasillo adentro.
   La puerta se abrió del todo y se cerró y Alejandra se acurrucó contra los almohadones  del sofá mientras intentaba silenciar su, ahora, agitada respiración. «¡Dios mío! ¿Qué excusa pondría si ese individuo le encontraba allí? ¿Qué sus pies habían comenzado a dolerla tanto que se había escabullido hacia la zona privada del palacete?» La verdad sonaba absurda y cuando el hombre llamase a seguridad y le encontrasen la placa identificativa de Prensa pensarían que su intención no habría sido otra que colarse y poder fotografiar alguna situación embarazosa y vender la exclusiva.
   «Para situación embarazosa la tuya» se regañó mentalmente. Irina jamás se habría encontrado en  ella. Maldijo para sus adentros a su amiga y compañera. 
   Los pasos masculinos se adentraron en la estancia. Hacia su izquierda. Un ligero tintineo y el sonido del líquido al caer le indicaron que el desconocido se estaba sirviendo una copa. Un gruñido de satisfacción siguió después. Rogó para que al hombre no le diese por buscar el acomodo del sofá. 
   Escuchó sus pasos cortos unos metros más allá, amortiguados por la mullida alfombra. Dio gracias al cielo porque la estancia fuese tan grande. Si él se mantenía en paralelo a ella, no le vería. Recolocó unos centímetros su cuerpo. 
   Al menos la suerte le acompañaba. Su vestido estaba totalmente mimetizado con los tonos del sofá y aunque su blanca piel destacaba sobre el rojo del mismo, la cálida luz de la chimenea no le delataba con la suficiente claridad. 
   Notó la garganta reseca. El tintineo de los hielos ante el nuevo trago del desconocido le hizo desear cualquier bebida que calmase su ardiente garganta. Intentó distraer sus pensamientos ante la sed. 
   Oyó como los pasos del hombre se acercaban hacia el enorme ventanal. Un ligero sonido la indicó que él estaba abriendo las cortinas y  el resplandor de la luna llena inundó la estancia. 
   «¡Ay Dios!» gimió para sus adentros y se escabullo todo lo que pudo contra los almohadones que ahora no le parecían tan increíbles, el mullido de los mismos delataba con total claridad su silueta.       «Si al menos fuesen más bajos podría deslizarme sin temor a caerme» pensó.
  El zumbido de un móvil  le hizo dar un respingo. Un suspiro de fastidio salió de los labios del desconocido.
   —¿Sí? —la voz sonó cortante—. Estoy resolviendo un imprevisto, en cinco minutos estoy allí.   Entretenga al embajador —siguió un silencio mientras el interlocutor del otro lado respondía—. No, no puede salir sin escolta hágaselo saber de mi parte… Sí, es una orden —y cortó la comunicación.        El hombre soltó una maldición entre dientes, apuró el último trago del vaso y lo posó sobre la mesa.
Alex, sonrió aliviada. El individuo se marcharía en cuestión de segundos. Debía de ser parte del servicio de seguridad, su jefe, dedujo por lo escuchado. 
   Oyó como las cortinas volvían a su lugar. Cerró los ojos aliviada. La forzada posición en  ese sofá le estaba matando. Se removió, zigzagueando sobre los cojines. Todo ocurrió en cuestión de segundos. Su delgado cuerpo fue engullido, literalmente, por el sofá. 
   Los mullidos almohadones se deslizaron hacia afuera mientras ella quedaba encajada entre estos y el respaldo del sofá. A la luz de las llamas vio como su cámara se deslizaba hacia el hueco que estos dejaban pero no así su bolso que con un ruido sordo cayó sobre el suelo. En el silencio de la estancia sonó como un trueno en plena tormenta.
   Tensó su cuerpo a la espera de los acontecimientos. Los pasos del hombre se acercaron con una rapidez inusitada.
    —Pero… ¿quién demonios es usted? —tronó la voz amenazadora del hombre.
   —Err…Alex —susurró mientras alzaba sus almendrados ojos hacia la enorme silueta masculina. En segundos decidió echar mano del desparpajo que la caracterizaba para salir de situaciones imprevistas—. Y si no es mucho pedir ¿podría usted ayudarme a salir de este sofá engullidor de personas?
   Los ojos del hombre estudiaron la situación, el cuerpo femenino hundido y casi mimetizado con el mismo,  los brazos de ella a ambos lados de su cuerpo apoyando los codos sobre uno de los cojínes y el respaldo del sofá , en un vano intento de alzar su cuerpo, y los pies descalzos que asomaban por encima del otro cojín. La carcajada estalló en sus labios. 
   Alex miraba como el duro rostro que minutos antes le miraba ceñudo se distendía. Unos perfectos dientes quedaron al descubierto. El ancho pecho vibraba por la carcajada, el robusto cuello hacia atrás; los brazos, cruzados tensos instantes antes sobre el pecho, ahora más relajados y las manos, fuertes, de largos dedos apoyadas sobre sus antebrazos.
   Sintiéndose ridícula y molesta porque él ignorase de manera tan descarada su súplica, la lengua de Alex se desató.
   —Sus cinco minutos se están alargando demasiado. Su jefe, el señor embajador, no creo que le espere tan risueño como está usted ahora mismo. Así que si no me va a ayudar lárguese que ya me las arreglaré yo solita —y miró al hombre con sus ojos echando fuego.
   Las carcajadas del desconocido se cortaron al instante. Sus ojos se abrieron con asombro ante la desfachatez de la mujer, que ahora se encontraba semiincorporada y con sus brazos cruzados sobre el pecho con fuerza.
   Desde su posición Adam podía estudiar con deleite los senos femeninos que apretados pugnaban por salir del generoso escote. Deslizó su mirada por el esbelto cuello. La mandíbula de la mujer se alzaba, retadora hacia él. Los labios femeninos ligeramente fruncidos. Jugosos. Sintió deseos de besarlos para aligerar las pequeñas arruguitas que formaban. Los almendrados ojos refulgían, furiosos. Al color de las llamas tenían un tono ambarino, casi felinos. Unas tupidas pestañas los enmarcaban aún más. El pelo oscuro con destellos cobrizos que tomaban vida con la luz del hogar, estaba recogido en un moño. Algunos mechones se habían soltado y enmarcaban seductores el rostro femenino. 
   Sus ojos volvieron al cuerpo. Era delgada pero podía adivinar las redondeces en los sitios adecuados. Los pies ahora se hallaban cruzados, con descaro, sobre el mullido sofá. 
   Cruzó un brazo sobre su pecho mientras con la otra mano, se acariciaba con el pulgar el mentón y los dedos acariciaban los labios sopesando, con estudiada pose, las palabras de la mujer. Sus cejas se alzaban levemente, dibujando sobre la amplia frente unos ligeros surcos. Sus labios esbozaban una sonrisa burlona.
   Los pensamientos de Alex pasaron de la furia a la lujuria, en cuestión de segundos. Mientras observaba como el atractivo hombre acariciaba con sus dedos  la comisura de sus labios, deseó ser ella misma quien  lo hiciese. Deseaba lamer con su lengua esos delineados labios. Probar el sabor de su piel, la textura de su boca. Se imaginó el ligero cosquilleo que sentiría cuando esa boca acariciase su cuello. Cuando esos labios recorriesen la piel de su escote en busca del nacimiento de sus senos. Se movió inquieta al notar los latidos de su corazón y de su bajo vientre ante los lascivos pensamientos. 
   Pero ¿en qué estaba pensando? Era un total desconocido por muy atractivo que estuviese vestido con ese esmoquin que se amoldaba a la perfección sobre un cuerpo espectacular. 
   Irritada consigo misma y por la falta de ayuda del hombre intentó zafarse del agarre del maldito sofá. Mal movimiento. Los cojines del sofá se desplazaron hacia el suelo, su cuerpo extendido en el tapizado armazón del sofá quedó aún más expuesto a la mirada de él. 
   Esperando nuevamente la carcajada de él apretó sus dientes. Para sorpresa suya la mano masculina se extendió en su ayuda. Alex miró esos largos dedos y luego a su dueño. El rostro de él dibujaba una leve sonrisa, solicita, sin atisbos de burla. Titubeó unos segundos y una ceja masculina se alzó en silenciosa pregunta. Inspirando profundamente su mano se sujetó a la masculina. Una descarga eléctrica atravesó sus dedos pero no se desasió del contacto de su piel.
   Notó como la mano se tensaba para ayudarla a izarse. Con su mano libre empujó los almohadones para hacerse sitio y posó sus desnudos pies sobre la alfombra, cerca de los de él. Sujetándose sobre el otro antebrazo se alzó quedando a unos centímetros del desconocido. El aroma masculino inundó sus sentidos, notaba los dedos de él sobre su mano y su codo, fuertes, protectores. Sus ojos quedaron a la altura del torso masculino. Los latidos de su corazón le golpeaban inquietos los oídos, tragó saliva para deshacer el nudo de su reseca garganta. Su proximidad le ponía nerviosa, no se atrevía a alzar sus ojos y bajó la mirada hacia sus desnudos pies haciendo que un mechón de cabello cubriese parcialmente la mejilla.
   Adam observaba embelesado a la mujer que sostenía entre sus manos. Desde su altura sus ojos se perdían en el escote y las redondeces que el mismo dejaba vislumbrar. Deseó besar la piel descubierta de los senos. Estos, apretados, se movían con las rápidas inspiraciones de la mujer. La blanca piel destacaba sobre el granate del vestido, tentándole. Su olor inundó sus fosas nasales, una mezcla de perfume y el aroma de su piel y sintió el latido de su corazón galopar sobre su pecho. Los dedos de ella se aferraban a sus brazos, tensos.
   No pudo resistirse y desasiéndose de la mano femenina sus dedos tomaron el largo mechón y lo colocó por detrás de la pequeña oreja, acariciando al mismo tiempo la piel del esbelto cuello. 
   Notó como esta se erizaba bajo la caricia y sus dedos resiguieron el óvalo de su  cara llegando a su barbilla donde firmes, se posaron y ejercieron una ligera presión para que la mujer alzase su rostro hacia él, que quedó expuesto a su intensa mirada. Su cuerpo dejaba ese rostro entre las sombras, imperceptiblemente reposicionó su postura. Las pequeñas llamas del hogar iluminaron a la mujer y Adam se perdió en esos ojos felinos que le miraban. Los labios entreabiertos, jugosos, con un ligero temblor. Deseó apaciguar su miedo y antes de darse cuenta se encontró saboreándolos. 
   Dibujó con su lengua el delicado perfil de los mismos. Deleitándose con su suavidad, perdiéndose en su calor. Tentó con su lengua la tierna piel interna, embriagándose y sus dientes mordisquearon el labio inferior buscando que ella respondiese a sus caricias. Y lo hizo. 
Una mano sujetó con firmeza la nuca femenina coartando cualquier posibilidad de escape, mientras la otra se deslizaba con suavidad por la espalda, acariciándola. Cuando llegó al final de la columna paró. 
  Alex sentía como su cuerpo se derretía ante el contacto de esas manos. Alzó las suyas hacia el robusto cuello, rodeándolo, acariciando la nuca masculina y enterrando sus dedos entre el espeso y suave cabello negro del desconocido. 
   Sus lenguas jugaban entre ellas, tentándose, moviéndose en círculos. Ahora rápido ahora lento. Notaba los latidos de su corazón en los oidos y a través de ellos, las respiraciones agitadas de ambos. Se alzó de puntillas para intensificar el beso  aplastando sus senos sobre el torso del hombre. Ante su movimiento la mano de la cintura pasó a acariciar el trasero. Pero lejos de sentirse molesta Alex se apretó contra las caderas del hombre. No había duda, la protuberancia de la misma la indicó que él se hallaba igual de alterado que ella. Gimió. 
   Adam abandono la boca de la mujer y comenzó a recorrer con sus labios el esbelto cuello, erizando la piel en su camino. Mordisqueó el hueco entre cuello y hombro. La respuesta femenina fue arquear su espalda para ser más accesible a los provocadores labios. Resiguió con la punta de la lengua la clavícula y se encorvó ligeramente para deslizar sus labios sobre la piel expuesta del escote. Un jadeo de su dueña le indicó que iba por buen camino. 
   Las caderas de la desconocida se fusionaban contra las suyas pidiendo más. Su miembro palpitaba entre los muslos, deseoso de comenzar a participar en ese tórrido encuentro.
   De repente la puerta se abrió.
 —Adam espero por tu bien que no te hayas quedado dormido —la voz de la mujer sonaba ligeramente enfadada al mismo tiempo que buscaba el interruptor de la luz.
   La pareja quedo expuesta ante los ojos asombrados de la asistente. El resplandor de las luces les golpeó, sacándolos bruscamente del íntimo momento. 
   Alex, parpadeó confusa, separándose del desconocido y sintió como sus mejillas enrojecían.  Adam inspiró profundamente, intentado controlar sus emociones. 
   —¿Qué sucede Marta? —logró pronunciar aunque su voz sonó ronca por el deseo.
   —Sir Anthony Townshend, te requiere. 
   —Dame unos minutos.
   —¿Otros quince? —fue la respuesta mordaz de la asistente y salió cerrando en silencio.
   Adam rió entre dientes. Marta tan incisiva como de costumbre. Su atención volvió a la mujer que se hallaba a escasos centímetros de su cuerpo. La estudió con atención. Sus ojos le miraban fijos, aún enturbiados por el deseo. Las pequeñas motas verdes del iris parecían refulgir aún más a la luz de la enorme araña de cristal. Los labios estaban ligeramente hinchados, apetitosos, pero descartó este pensamiento. Si volvía a perderse en ellos, por Dios que  no volvería a la recepción de la embajada. Carraspeó dándose tiempo para centrar los caóticos pensamientos.
   Alex observaba el rostro masculino. Los intensos ojos claros que le recordaron las aguas de mares exóticos bajo el negro de sus espesas cejas. Estudió sus labios, rememorando los que estos la habían hecho sentir minutos antes. Deseó volver a sentirlos sobre su piel. 
   Unos ligeros golpes en la puerta volvieron a interrumpir los pensamientos de ambos.
   —Cinco minutos —recordó nuevamente Marta.
   Recomponiéndose Adam comenzó a recolocarse la pajarita.
   —Creo que deberías ir a atender  a Sir Anthony.
   Alex se obligó a agacharse para tomar el bolso entre sus manos. Movió uno de los enormes cojines en busca de sus zapatos. Los vislumbró debajo del sofá. Arrodillándose sobre la mullida alfombra y elevando su trasero se estiró para cogerlos.
   Con una sonora inspiración Adam respondió.
  —Y yo creo que si sigues exponiéndome tan suculento manjar Sir Anthony ya puede darse por despachado.
   Desde su posición Alex le miró. Los ojos de él no se despegaban de sus nalgas. Instintivamente se izó y apoyó estas sobre sus desnudos talones. La risa de él no se hizo esperar. Arrodillándose tomó los escarpines de entre sus manos. Los estudió con atención. 
   —Me estaban matando- fue la explicación de Alex.
  El sonrió asintiendo. Empujó con una de sus manos a la mujer, indicándola que se sentase. Con delicadeza calzó los desnudos pies. Tomó entre sus dedos la mano de Alex ayudándola a alzarse del sofá. Con los altos tacones sus rostros quedaban casi a la par. No pudo ni quiso evitar el suave roce de sus labios contra los de ella.
   —Mi pequeña Cenicienta —susurró sobre la boca femenina—. Ahora tengo que dejarte, esta vez el cuento cambia ligeramente— ambos sonrieron—. Le diré a Marta que te acompañe hacia los aposentos privados del palacete. La recepción no se alargará mucho y podremos continuar donde lo hemos dejado.
   —Es-está bien —balbució, aún estaba abrumada por los vapores del deseo. 
   Tomándola de la cintura la empujó hacia la puerta que abrió solícito parra que ella saliese. Marta los esperaba intranquila unos metros más allá en el pasillo. Al verlos aparecer, la madura mujer se acercó.
   —Marta, por favor, acompañe a la señorita Alex a las estancias privadas. 
   Si la orden de él sorprendió a la mujer el rostro de esta no dejó vislumbrar nada. Asintió en silencio y con su mano señaló la puerta que daba acceso al gran salón. 
   —Otro pequeño favor, Marta —la aludida elevó su ceja— ¿Podrías poner en orden el pequeño desaguisado del sofá?
   Los labios de la mujer se torcieron ligeramente pero asintió en silencio y se dirigió hacia la estancia que segundos antes la pareja había abandonado.
   Adam y Alex dirigieron sus pasos lentamente hacia el final del pasillo. Él se paró delante de la puerta. Tomó entre sus brazos a la mujer y susurró sobre sus labios.
   —Déjame probarte antes de volver con esa jauría.
   Ella alzó sus labios hacia él. Se perdieron el  uno en el otro sabiendo que ese beso era solo un anticipo de los muchos que vendrían a lo largo de la noche.
   Embriagados, la voz de Marta les llegó atenuada. Los pasos de la mujer se acercaron a ambos. 
   —Un momento —llamó la asistente—. Señorita Alex ¿esto le pertenece?
   La pareja giró sus rostros hacia ella. En las manos de Marta se encontraba la cámara profesional de Alex. Pudo notar la tensión del cuerpo masculino antes de que con un brusco movimiento él la separase de entre sus brazos.
   Las manos de él se cerraron, crispadas a ambos lados de su cuerpo, en espera a la respuesta de ella.
  —Sí —admitió—, la había olvidado —y extendió su mano para tomar la cámara que en ese momento le extendía Marta.
   Adam tensó la mandíbula. Sus ojos le escudriñaban furiosos. Con un tirón arrebató la cartera de su mano y la abrió. Segundos después entre los dedos masculinos apareció la credencial de Prensa. Leyó la misma. Entrecerró los ojos suspicaz para momentos después mirarla fríamente.
   —Esto queda requisado —su tono era gélido, distante, con un ligero matiz de decepción mientras se dirigía a ella—. Marta le acompañará a la salida.
 —Pe-pero es que…déjame que te explique  —protestó aturdida Alex por el giro de los acontecimientos.
  —No hay nada que explicar. Está todo totalmente claro señorita…Suarez.
Le molestó que tal y como había intuido antes de su encuentro, si la encontraban allí pensarían lo que no era. Decidió responderle en su defensa.
  —No es lo que tú piensas. Los zapatos me molestaban y decidí buscar un sitio privado donde poder descalzarme, eso es todo.
  Pudo comprobar por la mirada de desprecio de él que no se creía nada de lo que decía. Suspiró frustrada. Ya no tenía remedio pero no se marcharía de allí con la cabeza gacha, no le daría esa satisfacción. Ella no había hecho nada reprochable, tan solo se había dedicado a hacer su trabajo. Alzó el mentón con una osadía que no sentía y lo miró directamente.
—Está bien señor…—al comprobar que desconocía su apellido rectificó— Adam  —y recalcó con la misma frialdad que él su nombre— tan solo le ruego que no me rompan la cámara y que una vez comprobado su contenido esta me sea devuelta intacta. 
   El rostro masculino dejó vislumbrar por unos segundos sorpresa ante la claudicación de la periodista. Ésta prosiguió dirigiéndose directamente a él en un tono más suave.
   —Necesito este reportaje. Si no lo entrego a mi redactor ya puedo darme por despedida. Yo y mi compañera a la que cubría— explicó—. No suelo dedicarme a este tipo de eventos.
   Adam aún así se sentía enojado, más con él mismo al dejarse llevar por sus emociones, cosa a la que no estaba acostumbrado, que con la mujer que lo estudiaba con sus felinos ojos. No queriendo mostrar nada en su rostro respondió.
   —Ya veremos —y dirigiéndose a su asistente prosiguió—. Marta, no quiero escándalos en el salón. Acompañe a la señorita hacia la salida que utiliza el personal y que uno de los aparcacoches le traiga su vehículo —y dirigiéndose a ella— su cámara no sufrirá daños. 
   Sin decir una palabra más se giró de espaldas a ellas. 
   —Bien —respondió Marta a la orden, miró a la otra mujer—.Si me acompaña, por favor.
Alex asintió en silencio, dirigió una última mirada al hombre y  comenzó a andar tras la mujer. 
Adam la siguió con su mirada, pasillo adelante, hasta que el cuerpo de ella desapareció en el recodo del pasillo. Inspirando profundamente, posó su mano sobre el picaporte y penetró al interior del salón, donde como anfitrión debía de atender a sus invitados.

continuación

5 comentarios:

  1. Muy bueno , ese ADAM y ALEX , tienes que ser dura con él por no darle la oportunidad de que se explicará , pero bueno de seguro que tendrán otro encuentro para que surja la magia del deseo ...

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  2. Me encantó Cat, y YA SABÍA YO QUE ADAM ERA ÉL!!!! jajajaja Gracias por comenzar otra historia. Sigue escribiendo y DANOS MÁS!! DÁNOSLO PRONTO!!
    Besitos linda!! <3

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  3. Campi, Alex es de armas tomar ya verás jajajajajaja Mary Ann pero que bruja eres jajajajaja si apenas le he descrito jajajajaja
    Besos a las dos y gracias por comentar.

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  4. Hola,
    biieennnn!!!!!!!!!!...ya me tienes de nuevo enganchada a una de tus historias....
    besis

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  5. Catz, me encanta! Esta historia tiene una pinta increíble. Vaya química en el acto que han sufrido los dos. Un flechazo en toda regla. Estoy deseando leer la cara que se le queda a Adam cuando vea las fotos y como se redime ante Alex. No creo que ninguno de los dos se lo,ponga fácil al otro.

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