lunes, 22 de septiembre de 2014

MISIÓN: DESEO (continuación II)

   Un día después de su encuentro en la revista, Marta, por paquetería urgente había mandado una fotografía del nuevo embajador firmada de su puño y letra, junto con algunas instantáneas personales de éste recibiendo a los invitados. Todo ello remitido a nombre de Alejandra Suarez. Cuando Pedro abrió el sobre quedó sin habla ante el contenido.
    La revista publicó el reportaje fotográfico de Alex, el texto estaba redactado por Irina García.
Marta cerró la publicación en silencio y sonriendo la colocó bajo el montón de prensa que Adam revisaba a diario.
   Desde el día del breve encuentro de su jefe con la reportera Marta le encontraba, en ocasiones, abstraído con una sonrisa en los labios, que ante su presencia y varios carraspeos intentaba disimular. Pero ella, sabia ya en esas lindes, podía descifrar los síntomas.  Aunque su frío jefe intentase disimular y seguir con su vida como si nada hubiese ocurrido, esa jovencita de pelo ensortijado y ojos de gato le había hecho más mella de la que él mismo querría reconocer.
   Sospechó desde el mismo instante que una vez acabada la recepción en la embajada les hiciese desalojar de su despacho el hermoso sofá. De nada sirvieron sus ruegos a que esperase al día siguiente cuando las personas del servicio comenzasen la jornada laboral. Con ayuda de los escoltas privados y hasta de él mismo recolocaron el enorme diván en una estancia que escasamente se usaba. Como si desapareciendo el mueble de su vista lo vivido con la joven pudiese borrarlo de su memoria.
   Por eso, decidida, por una vez en su vida iba a hacer de Cupido.
   Se alejó de la mesa del despacho cuando Adam entró al mismo con un frío saludo matinal.
   Salió de la sala sonriente ante su pequeña travesura.



   Terminados de firmar los documentos, Adam pasó a responder el correo, puso su agenda al día y pasó al tedioso trabajo de leer la prensa diaria. En primer lugar los  diarios británicos; acabados estos, el resto. Los más importantes de cada país occidental y alguno que otro online del tercer mundo.
   Cuando el montón de periódicos había sido reducido a la mitad, algo llamó su atención. Al final de la pila de papel grisáceo brillaba en papel satinado un suplemento, se preguntó con curiosidad que sería. Alzó los rotativos y se encontró con un rostro conocido. El suyo propio. Tomó la revista. Prensa rosa. Al mirar el nombre de la misma su corazón dio un vuelco. Era la revista en la que Alex trabajaba.
   ¿Cómo demonios había llegado allí tan absurda publicación? Para incoherente su pregunta. Marta. Frunció el ceño  ante el atrevimiento de la asistente y secretaria personal pero la curiosidad lo llamó a buscar el reportaje de la joven.
    Acaparaba todas las páginas centrales. El texto que acompañaba a las imágenes estaba firmado por otra periodista. Recordó que ella había mencionado que sustituía a una compañera. Al final del reportaje unas pequeñas fotografías con el nombre de las periodistas terminaban el mismo. La imagen de Alex no plasmaba la belleza de la mujer que él había tenido entre sus brazos.
   Rememoró el encuentro, breve pero intenso. No había día que esa maldita mujer no se colase en sus pensamientos y en los momentos más inesperados.
   Recordaba el aroma de su piel, la suavidad de la misma, el roce de sus dedos, el sabor de sus labios. La respuesta ardiente ante sus caricias, los gemidos que habían brotado de su garganta. ¡Maldita mujer! Ansiaba volverla a tener entre sus brazos.
   Ahora al mirar las fotos comprobaba que era cierto lo que ella había dicho, tan solo se había dedicado a plasmar a los invitados al evento. Comprobó extrañado que a excepción de la foto en primer plano con su firma plasmada él no salía en ninguna más. Y a ciencia cierta que esa imagen tenía que haber sido enviada por personal de la embajada porque pertenecía a una serie personal que él mismo se había encargado de enviar, con sus saludos, a todas las embajadas y consulados del mundo. Intrigado decidió salir de la duda.
   Por el intercomunicador llamó a su asistente. Minutos después la mujer aparecía en el despacho.
   —¿Sí señor embajador?
   —Déjate de protocolos, y ¿dime qué hace esta publicación en mi mesa? — refunfuñó con tono cortante.
   —Pensé que le gustaría echar un vistazo a las fotos que hizo la joven —respondió con calma Marta.
   —Pues pensaste mal, te puedes deshacer de ella en cuanto termine con la prensa  —y para aclarar sus sospechas añadió—. Por cierto, la próxima vez consúltame antes de mandar fotos mías personales.
   —Está bien. ¿Algo más?
   —Nada más gracias —respondió seco. Así que sus sospechas eran ciertas.
   Marta giró sobre sus talones con una sonrisa de oreja a oreja. El frío tiburón había picado el anzuelo y había pasado a ser un pequeño pescadito.
   Adam continuó las labores del día. Horas después abandonó el despacho. Marta puso orden en él momentos  después. Vislumbró en la papelera las coloreadas hojas, curiosa, hojeó la revista del corazón y como intuía las páginas centrales habían desaparecido. Sonrió satisfecha de sí misma.



   Alex intentó no ponerse a gritar en mitad de la iglesia. Menuda boda la estaban dando los niños que portaban las arras. Desde el momento que había hecho acto de presencia en la casa de la novia y hasta ese momento, los dichosos niños se cruzaban siempre que ella apretaba el botón de su cámara. Tenía que repetir las instantáneas un par de veces más como mínimo.
   Aprovechando que unos familiares les habían entretenido con chucherías captó la última imagen de la pareja saliendo del recinto. Mientras los recién casados saludaban a los familiares ella disponía de los minutos suficientes para guardar los focos y cables que tenía desperdigados por  el templo.
   Metros atrás sentado en un banco, Adam, la observaba moverse. Cuando ella se agachó para desconectar los focos atisbó las redondeces de su trasero embutido en unos pantalones gris marengo a juego con la chaqueta. Recordó esa misma postura en su despacho y lo que instantes antes habían vivido. Un latido en su entrepierna le avisó de que no siguiese por esos derroteros pero haciendo caso omiso a su cuerpo se izó sobre sus largas piernas y con pasos silenciosos se acercó a la mujer que llenaba sus pensamientos.
   Nunca le había gustado hacer gala de sus privilegios como personaje público y político pero por una vez en su vida había hecho uso de los mismos para que investigasen a la mujer.
   Ahora conocía todo sobre su vida. Desde su infancia hasta sus días. Sus notas en la facultad de periodismo.  Sus trabajos como becaria hasta encontrar un puesto fijo en la profesión. Cómo veían los colegas de profesión sus trabajos. Por lo que había leído todos la consideraban una gran profesional y tachaban estos de soberbios. Decían que plasmaba en imágenes la esencia del personaje al que retrataba y podía dar fe de ello tras mirarlos.
   Día a día había ido empapándose de su vida. Ahora quedaba lo más complicado. Disculparse. Y en ello estaba.
   Cuando quedó a escaso medio metro de ella habló:
   —Creo recordar que te avisé que si me ponías tan suculento manjar a la vista lo demás quedaba relegado a un segundo plano.
   Alex tensó el cuerpo ante esa voz. Giró el rostro y le vio. Alto, fuerte, seguro de sí mismo, observándola ávido con esos increíbles ojos y una sonrisa burlona en sus apetitosos labios. Su corazón comenzó a latir a mil por hora. Las manos comenzaron a sudar y notó como el rubor coloreaba sus mejillas ante las imágenes que inundaron su mente. Enfurecida consigo misma tiró con fuerza del conector  atascado, este se zafó del enchufe y ella dio con su trasero en el suelo. Adam rápido la agarró de la cintura y la izó. Ella, furiosa, se soltó de su agarre y le espetó:
   —¿Qué haces aquí?
   —Buscarte —fue la respuesta directa de él.
   —Pues ya me has encontrado. Y ¿qué demonios quieres?
   —Tenemos que hablar —respondió con tranquilidad.
   Alex ante su impasividad masculló entre dientes.
   —Usted y yo lo tenemos todo hablado señor vigilante de seguridad. Creo recordar que en su momento le sobraban a usted las explicaciones.
   ¿Vigilante de seguridad? ¿Por qué diantres pensaba ella que él era escolta? Las siguientes palabras de ella le sacaron de su ignorancia.
   —O ¿es que el señor embajador también le ha despedido a usted por no cumplir con su trabajo y permitir que  gente non grata penetre a sus aposentos privados?
   —¿Despedido? ¿Te han despedido? —preguntó asombrado. Esa noticia no había llegado a sus manos.
   —Como si no lo supieras —reprochó ella mientras recogía el cable y lo guardaba en el pequeño maletín— y si no te importa me estás entreteniendo y los novios me esperan.
   —Pues que esperen —replicó él ahora enfadado— y no, desconocía que te hubiesen despedido.
Alex bufó.
   —Y ¿se supone que te tengo que creer? déjame en paz o vas a conseguir que pierda de nuevo mi empleo.
   —¿Ahora te dedicas a reportajes de novios?
   —Sí —replicó desafiante— ¿qué quieres? Tengo que comer y pagar los gastos como toda alma de vecino.
   Vislumbrando a lo lejos que el padrino la llamaba Alex decidió cortar la conversación.
   —Vete.
   —No me puedes echar de una iglesia. El templo es de todos.
   Y se plantó frente a ella con los brazos cruzados.
   —Pues muy bien, quédate. Te vendrá bien rezar por los pecados cometidos contra tus semejantes.
Y dejándolo con dos palmos de narices Alex se alejó por el pasillo. Aún le quedaban otras cientos de fotografías por hacer.
   Adam la vio alejarse, contoneando ligeramente las caderas, con la cámara en una mano y el maletín en la otra.
   —Como me pone esta mujer, como me pone.
   Y soltando una carcajada se encaminó hacia donde momentos antes Alex había desaparecido. Cuando llegó  al exterior no había ni rastro de la mujer.



   Agotada, mientras se preparaba un emparedado, Alex rememoró el encuentro de la iglesia. En toda la condenada tarde no había podido sacarle de sus pensamientos. En toda la maldita tarde y en todo el resto de los días que habían pasado desde su tórrido encuentro, hacía ya casi dos meses.
   ¡Mierda! Ahora que parecía que comenzaba a olvidarle volvía a aparecer en su vida. Y ¿además? ¿Cómo demonios se había enterado de su nuevo trabajo? ¿Quién le habría informado? Sospechaba que haciendo uso de sus influencias habría indagado sobre ella. Y maldita la gracia que le hacía eso. ¿Acaso sería un acosador? No tenía pinta de ello. Pero ¿y qué pinta se suponía que tenían los acosadores? Eran gente normal como ella, a la que un buen o mal día se le cruzaban los cables y comenzaban a perseguir a su víctima. Y en este caso la víctima era ella. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
   Desechó esos pensamientos. Prefirió pensar que él estaba interesado en ella, pero aún desconocía la respuesta a que desde cuando andaba indagando sobre ella y quién le pasaba la información. Tras el despido no había vuelto a conversar con sus compañeros de la revista. Era el único lugar en el cual podría haber encontrado alguna información personal mas descartó esa posibilidad. Muy pocos de sus compañeros conocían su vida privada, tan solo Irina a la que consideraba amiga además de colega profesional, y puesto que ella también había estado a punto de ser despedida por ese engreído prepotente rechazó de pleno que hubiera sido quien le diera la información.
   Masticó nerviosa el emparedado. No servía para nada dar más vueltas al asunto. Además le había dejado bien claro que su presencia no era bienvenida pero algo en su interior la dijo que él no era una persona que se diese por vencida tan fácilmente. Peor para él. Si volvía a cruzarse en su vida ya le dejaría las cosas claras.
   Bostezó. Los reportajes de boda la agotaban. Tenía que revisar las fotografías, elegir las mejores, y montar el book para enseñárselo al día siguiente, a primera hora de la mañana, a los recién casados antes de que estos partiesen para su luna de miel.
   Arrastrando los pies, se puso delante del viejo ordenador y comenzó la ardua tarea.



   Se sentó detrás del escritorio y por el interfono llamó a su asistente. Minutos después Marta, con su eficiencia habitual, penetró en la sala.
   —Buenos días, Adam.
   —Buenos días Marta —sin andarse con rodeos preguntó— me gustaría que me contase que ocurrió    —¿Qué ocurrió? Pues a ciencia cierta no lo sé. Yo cuando entré aquí la encontré en una actitud…como diríamos…algo cariñosa contigo.
   Él torció el gesto ante la burla mal disimulada de su secretaria.
   —No me refiero a lo ocurrido en este despacho y tú lo sabes —replicó—. Cuando le mandasteis sus pertenencias con mi nota. ¿Pasó algo? Quiero decir ¿ocurrió algo fuera de lo normal?
   Marta inspiró hondo y tomándose la libertad se sentó frente a su jefe y amigo. Por fin había llegado el momento que estaba esperando.
   —Antes de contestar a tus preguntas —comenzó a decir—, me gustaría saber los motivos que te mueven para ello.
   —Soy tu jefe, Marta, no creo que tenga que explicarte los motivos que me mueven a hacer nada —increpó enfadado.
   La madura mujer ni se inmutó. Esperó, sentada con las manos cruzadas sobre su regazo. Los ojos de Adam la taladraban furiosos, aguardando una respuesta inmediata. Pasados unos largos minutos inspiró y soltando un juramento advirtió.
   —Algún día de estos vas a terminar con mi paciencia y entonces…
   —Y entonces yo seguiré diciéndote las cosas bien a las claras y poniéndote los pies en la tierra —soltó con toda tranquilidad la asistente.
   Los ojos del hombre se entrecerraron peligrosamente, la mujer no movió ni un músculo de su rostro.
   —¡Touché! —Fue la lacónica respuesta de él— ¿Y bien?
   —Como por tu actitud veo que no vas a dar tu brazo a torcer y no me vas a contar que interés tienes con esa joven… —dejó la frase sin terminar.
   Removiéndose inquieto el embajador respondió a la mujer.
   —Personal —reconoció—. Me mueve un interés personal.
   —Ahí quería yo llegar — sonrió afable—. Te diré para tú información que fui yo la que personalmente hizo entrega en la redacción de los objetos incautados a la joven. Me tomé la libertad de exigir que fueran entregados en sus manos.
   Y pasó a contarle lo sucedido en el despacho del redactor jefe.
   —¡Maldito hijo de puta!
   —Adam por favor no seas grosero. Además ¿qué esperabas? Tu mismo la despediste con cajas destempladas, llegaste a insinuar que sus propósitos al estar en este despacho no habían sido otros que buscar…
   —Ya sé lo que insinué no hace falta que me lo recuerdes —masculló enfadado.
   Atusó sus cabellos con gestos bruscos.
   —Lo que no entiendo es ¿qué demonios hace dedicándose a hacer reportajes de bodas?
   —Lo desconozco —respondió la mujer con un encogimiento de hombros— pero la crisis que está sintiendo este país me hace suponer que las ofertas de empleo brillan por su ausencia y cualquiera, por muy bueno que sea en lo que hace, no encuentra un empleo fijo tan fácilmente.
   Adam se removió inquieto en su butaca. Se sentía culpable de la situación de Alex. Marta descruzó los manos, acarició su barbilla en gesto pensativo y por fin prosiguió.
   —Me pregunto ¿cómo sabes tú a lo que se dedica en la actualidad? Que yo sepa no has tenido ningún tipo de contacto con ella desde entonces.
   Pillado in fraganti el embajador desvió la mirada de su asistente. Levantándose del asiento se enfrentó al ventanal dando la espalda a la mujer. En voz baja respondió
   —Mande que la investigasen.
   —¡¿Cómo?!
   —Al principio —aclaró con rapidez él— los motivos fueron por seguridad de la embajada.
   Un leve gruñido escéptico le llegó como respuesta. Continuó hablando.
   —Cuando comprobé con mis propios ojos el reportaje, comprendí que me había precipitado con mis conclusiones esa noche, decidí conocer más sobre la mujer que me…
   Calló, aún no se atrevía a reconocer sus sentimientos en voz alta. Era absurdo que con tan solo un encuentro, dos si contaba como tal el del día anterior, esa mujer se había adueñado de su vida.
   —Que te había llegado tan hondo —concluyó por él la asistente.
   Adam asintió en silencio.
   —Mis contactos me pasaron informes sobre ella, ayer al conocer dónde podría entrar nuevamente en contacto, decidí presentarme allí.
   —¿Y?
   —Nada. Me despidió.
   La carcajada de la mujer resonó en la estancia. Le estaba bien empleado. Por fin había encontrado la horma de su zapato. Por su atractivo y su status social siempre había sido asediado por todo tipo de mujeres. Había jugado con ellas y cuando se había cansado las había despachado. Ahora una mujer del pueblo, sin alcurnia, sin dinero, casi sin empleo, había conseguido derrumbar el muro que él mismo había construido en su corazón. Y allí estaba frente a ella, perdido, sin saber bien como proseguir.
   —¡Ay, Adam! No sabes cuánto me alegro.
   —¿De qué me despidiese con cajas destempladas?
   —No, bueno sí —rectificó, la mirada iracunda de él no la impidió proseguir—. Por fin una mujer hecha y derecha ha hecho temblar tu corazoncito.
   Él bufó.
   —Y ¿qué piensas hacer al respecto? —continuó la secretaria y consejera.
   —No he llegado donde estoy por amor al arte. No cejaré en mi empeño así como así.
   —¡Bravo por ti! —aplaudió Marta entusiasmada—. Si quieres mi consejo…
   Adam volviéndose la miró de hito en hito.
   — … Sé tú mismo.
   —¿yo mismo? —repitió sin entender.
   —Si —confirmó la mujer—. Ella no es como las otras. No busca lujos, ni vivir en palacios, rodeada de glamur. Ella se ha hecho a sí misma. Es una reportera gráfica. Acostumbrada a ver pobreza, guerras, hambre. Lo que llamarían en nuestro entorno…una mujer del pueblo.
   —¿Una mujer del pueblo? —rumió pensativo—. Bien. Pues si quiere un hombre del pueblo…lo tendrá.


continuación

domingo, 14 de septiembre de 2014

MISIÓN: DESEO (continuación I)


   Observaba en silencio el largo corredor con muebles antiguos, alfombras de ensueño y una decena de puertas, que presumió que debían de dar a otras tantas estancias. Pensó que se necesitaría un ejército de personal de mantenimiento para tenerlo a punto. Pero seguramente lar arcas inglesas estarían repletas de libras.
   Alex paró detrás de Marta cuando esta golpeó con los nudillos sobre una puerta. La asistente entró y al cabo de unos segundos apareció acompañada de uno de los aparcacoches. El hombre tras el saludo extendió la mano para tomar las supuestas llaves de su auto pero ella negó con la cabeza.
   —No haga más difíciles las cosas señorita Suarez —riñó la asistente.
   —No, —respondió— no es que no quiera darle las llaves a este señor es que no tengo coche.
   —¿Entonces? ¿Cómo ha venido usted?
   —En taxi, que por cierto sus guardias de seguridad no dejaron entrar y tuve que hacer el trayecto a pié hasta la entrada principal.
   —Ya veo —comentó lacónica Marta—. Por favor Javier. Llame un taxi para la señorita y avise a los  hombres de seguridad de que lo dejen pasar hasta aquí.
   —Si señora —y el joven desapareció por donde minutos antes había salido.
   —Mientras el taxi llega puede esperar usted en la salita de al lado, estará más cómoda —indicó la mujer y miró los pies de Alex que dolorida por los zapatos cambiaba el peso de su cuerpo continuamente.
   —No gracias —rechazó—. No quisiera propasarme con la hospitalidad británica.
   El tono mordaz no pasó inadvertido a Marta, si bien la mujer no dijo nada.
   —Pues entonces si no necesita nada más tengo que dejarla. Mis obligaciones me llaman.
   —No
   —Adiós señorita Suarez.
   —Adiós…Marta —no bien ésta se había desplazado unos metros Alex la llamó- ¿Marta? —la aludía se giró—. Siento haberla puesto en este compromiso— la mujer sonrió—. Por favor, que tengan cuidado con mi cámara.
   —No se preocupe se tratará el material con toda la delicadeza que requiera.
   —Gracias.
   Con un asentimiento de cabeza la mujer desapareció de su vista.
   Diez minutos después Alex tomaba el taxi y le daba instrucciones al conductor sobre cómo llegar a su domicilio.


Días después…

   —El jefe quiere verte. Está que echa humo.
   Alex miró a su compañero de redacción. Se sentaba varias mesas más allá. Trabajaba en la sección de sucesos y varias veces ella había acompañado sus reportajes con fotografías.
   Asintió en silencio ante su aviso y le sonrió agradecida. Se levantó y recolocó la holgada sudadera mientras se acercaba a la oficina del redactor jefe, golpeó con los nudillos y esperó respuesta. Normalmente, hubiese entrado sin más pero estos últimos días no estaba el horno para bollos, después de la metedura de pata en la embajada su puesto allí pendía de un hilo.
   —Pase —tronó la voz de su superior en el  interior. Penetró y cuando se puso delante de la mesa este alzó la vista de los papeles—. ¡Ah! Eres tú.
   Decidió quedarse callada, esperar el rapapolvo y salir para continuar con todo el trabajo acumulado que tenía encima de la mesa. Su jefe comenzó a hablar.
   —Lo que parecía presentarse como una mañana sin sobresaltos, las rotativas no han dado problemas, los reportajes y artículos han sido presentados a tiempo…
   Alex inspiró, resignada, ante la retahíla de quejas y lamentos que se avecinaba. Era el pan de cada día con el jefe. Decidió tomar asiento, esto iba para largo. No se inmutó ante la iracunda mirada de su superior. Ya estaba acostumbrada, mientras las venas del cuello no se hinchasen hasta parecer que iban a explotar, la cosa iba bien. Él continuó.
   —…todo iba viento en popa, pero claro, se me olvidaba que desde que tú te encuentras entre nosotros, los problemas se han multiplicado por mil.
   Hizo intención de protestar pero Pedro levantó la mano mandándola callar.
   —Hace unos minutos recibí una llamada. ¿Adivina?
   Ella encogió los hombros.
   —Una voz con acento inglés me informaba que recibiríamos un paquete de la embajada inglesa.
   —Te lo dije —soltó sin remedio Alex— quedaron en que mandarían el material.
   —Sí, lo que no me dijiste  —la voz de su jefe comenzó a elevarse— es que pasándose mi autoridad por el forro de los cojones, esos jodidos ingleses no nos van a dar el material si no es en tú presencia. Pero ¿quién coño te crees tú que eres en esta revista?
   —¿La mejor reportera fotográfica que has tenido en años?
   —¡Alex! No me toques más las narices o…
   Las venas del cuello habían comenzado a hincharse a una velocidad supersónica y por su tamaño el cabreo de Pedro era monumental. Así que Alex sabiendo hasta donde podía apretar las tuercas reculó ligeramente.
   —Yo también te quiero jefe —replicó con descaro dibujando sobre el rostro la mejor de sus sonrisas—. Verás cuando veas el reportaje fotográfico. Te encantará.
   Calmándose apenas Pedro replicó.
   —Eso espero. Reconozco que tus fotografías son especiales.
   —Gracias jefe.
   —No pongas la pica antes de conquistar el cerro.
   Sabiendo que no toda la batalla estaba perdida Alex volvió a sonreírle mientras ponía ojitos. Los penetrantes ojos de su jefe la taladraron.
   —¿Quieres dejar de hacer el tonto y decirle a esa estirada de la embajada que ya puede pasar?
  Se giró para mirar hacia la puerta acristalada por donde había entrado. A través del cristal pudo observar la redacción. Todo seguía exactamente igual que minutos antes de haberla dejado.
   —¡Joder Alex! La otra puerta  —y Pedro señaló tras de él, hacia la puerta opaca que daba acceso a los pasillos internos y a las oficinas de los altos cargos del periódico y que los empleados raramente usaban.
   Alzó la ceja en muda pregunta. Su jefe suspiró.
   —No sé quién será pero se negó a entrar por la puerta del personal. No nos quedó más remedio que acceder si no queríamos terminar con algún incidente más.
   Intrigada  se encaminó hacia la puerta y la abrió. Sentada sobre los mullidos sofás de piel estaba Marta, que al verla, alzó su cuerpo y tomó un paquete que se hallaba junto a ella. Ya de pié estiró el pulcro traje de chaqueta y asiendo el bolso se acercó a ella.
   —Buenos días señorita Suarez.
   —Buenos días Marta —balbuceó.
   —Vengo a entregarle en persona el material que se dejó en la embajada.
   —Que me fue requisado —puntualizó la fotógrafa.
   Sintió la helada mirada de la otra mujer sobre el rostro. No queriendo ser más impertinente, Alex, le indico con un ademán que entrase en la oficina.
   Su jefe se levanto a saludar a la asistente. «¡Vaya! —pensó Alex— parece ser que un buen traje hace maravillas. Tendré que pensarme lo de cambiar el look mi armario»
   Rió por lo bajo sus pensamientos. No se veía recorriendo los barrios bajos a los que accedía para sus reportajes portando unos tacones y un traje de firma.  Con ese aspecto duraría lo que una golosina a la puerta de un colegio.
   Sus reflexiones quedaron cortadas cuando escuchó la voz amable de Pedro.
   —Siéntese, por favor. Como verá está con nosotros la señorita Suarez.
   —Gracias —y Marta se sentó con el porte de una reina.
   Ella se repanchigó sobre la butaca libre mientras cruzaba los tobillos enfundados en unas botas militares.
   Marta la estudió con atención. El ensortijado pelo recogido en una moñete sujeto por un lapicero, la sudadera, dos tallas más grande y descolorida de tantos lavados, los pantalones multibolsillos de camuflaje. Y por último, esas horrendas botas masculinas. Volvió su mirada hacia el rostro de la muchacha.
   —Le comentaba a Alex que usted se había negado a entregarme el paquete si ella no estaba presente. Pues bien, aquí la tiene.
   —Perfecto —respondió con la típica flema inglesa—. Señorita Suarez aquí está los objetos que le pertenecen. Nos hemos tomado la molestia de revelar las fotografías, aquí tienen ustedes las copias y su cámara. Podrá comprobar que no ha sido dañada.
   Sin mediar palabra tomó el paquete, rasgando el papel sin miramientos dejó al descubierto una caja de embalaje. La abrió y en su interior encontró un sobre que pasó a su redactor jefe y envuelta en papel de burbujas su querida cámara. Desenvolvió nerviosa la misma, una pequeña nota cayó sobre su regazo. La tomó entre sus dedos y leyó: Te di mi palabra de que no resultaría dañada. Siempre cumplo. Adam.
   Guardó la nota en el bolsillo lateral de su pantalón y comprobó el estado de la cámara con ojos de profesional. En efecto no tenía ningún desperfecto. Alzó la mirada y se encontró con los ojos verdes de Marta, que sonreía ligeramente. Alex no la correspondió.
   Pedro inspeccionaba las fotografías. Repasó el pequeño montón varias veces. Por fin rompió el silencio del despacho.
   —No me sirven —y sus ojos miraron irritados a la reportera—. No es más que basura —y lanzó con desdén las fotografías que se esparcieron por la mesa.
   Alex se alzó de inmediato y comenzó a recoger las mismas mientras miraba las imágenes. Allí estaban todos los invitados retratados en el salón, tomando copas relajados, vestidos con sus trajes de etiqueta y sus insignias.
   —¡Maldita sea jefe! es lo que me pedisteis —protestó.
   —¿Dónde está la entrada del embajador? ¿Y el mismo embajador? No sale en ninguna de tus inútiles imágenes.
   Notó como el rubor brotaba en su rostro. Ahora venía lo peor. Miró a su jefe que en silencio esperaba una explicación. Por el rabillo del ojo vio que Marta no perdía detalle. Suspiró resignada ante la reprimenda que se avecinaba y aclaró.
   —Está bien. No llegué a tiempo de retratar la entrada protocolaria.
   Ante la furibunda mirada de Pedro su genio se disparó.
   —Fueron los malditos zapatos —los ojos de su jefe parpadearon incrédulos, decidió explicarse mejor—. Los condenados guardias de seguridad no dejaron que el taxi entrase en la embajada, tuve que andar los trescientos y pico metros de empedrado con esos desorbitantes tacones, para cuando llegué al evento los invitados ya habían sido presentados y se hallaban en el salón.
   Vislumbró por el rabillo del ojo como Marta ocultaba con disimulo una sonrisa. «¡Estúpida!» pensó mientras miraba los altos tacones que la secretaria portaba
   —¿Y el embajador?  —siguió protestando Pedro.
   —Y yo que sé  —prosiguió enfadada Alex—. Pensé que alguno de esos vejestorios  con banda de mises sería el dichoso embajador, así que me dediqué a retratarlos a todos.
   —Pues no está.
   —Pues te repito que hice fotos a todos los invitados. Tiene que estar —la voz de Alex se alzaba por momentos, al igual que el enfado de ambos.
   —¿Me permiten? —dijo la mujer que asistía al enfrentamiento verbal.
   Alex le alargó el paquete de fotografías con la esperanza de que ella corroborase sus palabras y le indicase a Pedro quién era el nuevo embajador inglés.
Marta, repasó con lentitud las imágenes. Al cabo de unos minutos confirmo las palabras de…su jefe.
   —Cierto. El señor embajador no se haya en ninguna de ellas —y posó con delicado ademán las instantáneas sobre la mesa del despacho, volviendo a sentarse.
   —¡Estás despedida!  —explotó Pedro.
   Le miró estupefacta. Durante unos minutos no emitió ningún sonido. Por fin pudo responder.
   —¿Estás de broma?
   —No, hasta aquí hemos llegado. Tienes todo el día de hoy para poner en orden tus trabajos pendientes y recoger todas tus cosas. Mañana puedes pasarte por el departamento de nóminas para cobrar tu liquidación.
   —Pe-pero Pedro —farfullo—. Sabes que necesito este empleo.
   —Lo siento Alex. Eres buena, muy buena, pero tu actitud no es la que corresponde con una profesional —con un ademán cortó la protesta de ella—. Ya está todo dicho. Y si no hay nada más que  resolver tengo mucho trabajo que hacer —y fijando su atención sobre los papeles que tenía frente a él ignoró a ambas.
   Las mujeres se levantaron, Alex se dirigió hacia la acristalada puerta, Marta la siguió.
   Fuera del despacho se miraron en silencio. La madura mujer estudió el rostro de la joven. Su rostro reflejaba el impacto de saberse sin empleo, perdida. Dulcificó su voz al hablar.
   —No se preocupe Alex —tuteó—, ahora está enfadado y decepcionado pero dele un par de horas y verá como reconoce que sus fotografías son espectaculares.
   Denegó con la cabeza.
   —Me la tenía jurada. Ya me avisó que la siguiente vez que no hiciese lo que él me ordenaba no lo pasaría por alto.
   —Pero usted tiene toda la razón. Todos los invitados al evento salen en sus fotografías.
   —Sí, pero no el embajador. Así que no hay más que decir sobre el asunto. Parece ser que lo importante era sacar un retrato de él. Según tengo entendido es el embajador más joven de toda la historia pero yo no vi nada más que viejos carcamales sumidos en un mundo irreal de lujo e hipocresía política.
   Una carcajada estalló en los labios de la mujer al escuchar de manera tan cruda la realidad que ella vivía todos los días. La encantó esa franqueza. Estirando la mano apretó con afecto el brazo de la joven y dijo:
   —Todo tiene remedio. Ya verá.
   Resignada, encogió abatida los hombros.
   —Si me disculpa tengo que volver a mi mesa de trabajo. He de dejar todo disponible para el compañero que me sustituya.
   —No se moleste en acompañarme. Conozco la salida. Ha sido todo un placer conocerla, Alex.
   Y deslizándose sobre sus altos tacones desapareció por la puerta de la redacción.



   La mañana transcurrió sin más infortunios. De vez en cuando algún compañero se acercaba para apoyarla. Las noticias corrían como la pólvora. En un par de ocasiones le pasaron discretamente una nota con el nombre de algún conocido que necesitaba reporteros gráficos. Ambas notas fueron guardadas en su bolsillo lateral.
   Al final de la tarde, con un par de cajas de cartón con restos de pan, prestadas por las chicas de la cafetería de la revista, Alex comenzó a recoger sus pertenencias.
   Podía notar las miradas que de reojo le lanzaban sus compañeros, que discretos para no ahondar más en la herida, la dejaban hacer. La redacción parecía más silenciosa. Por fin, metió en la caja el pequeño retrato en el cual estaba la redacción en pleno y con gesto triste cerró su ordenador. Tomó entre las manos la caja y levantó la vista. Sus compañeros la miraban en silencio. Se le hizo un nudo en la garganta cuando varias manos comenzaron a aplaudir. A las cuales siguieron otras y otras y en minutos toda la redacción estaba en pié y aplaudía entusiasmada mientras alguna voz se alzaba diciéndola: Tú vales, tú puedes, es injusto.
   La puerta del despacho de Pedro se abrió de repente. Los aplausos en vez de amainar doblegaron en ímpetu. Era la forma que tenían sus compañeros de decir a su jefe que ese despido les parecía injusto. Alex alzó el mentón, sonrió a todos y con un frío asentimiento, a modo de despedida, miró a su hasta hacia pocas horas, jefe. Este, respondió de igual manera y cerró la puerta en silencio.
   —Chicos —comenzó a decir la fotógrafa— mañana tengo que volver para recibir nuestra gran nómina mensual —sus compañeros rieron el comentario—. Hoy no me siento con fuerzas para despedirme. ¡Chao, hasta mañana!
   Girando sobre sus talones, tomó dirección hacia la salida. En el ascensor, sola, en silencio, sus ojos se enrasaron de lágrimas. Echaría mucho de menos a todos esos locos. Sabía que al día siguiente no se pasaría por la redacción. Había momentos que necesitaban de tiempo para cicatrizar y digerirse y este era uno de ellos.

domingo, 7 de septiembre de 2014

MISIÓN: DESEO



En la embajada…

   Recolocó por enésima vez el escote palabra de honor. «¿Qué estaría pensando el diseñador que lo inventó?» Y esto le planteaba otra cuestión «¿Por qué narices se había dejado engatusar por Irina y se había decantado por el dichoso modelito?» Verdad era que la sentaba como un guante. El rojo granate hacía resaltar el pelo oscuro y la blanca piel. El terciopelo dibujaba sinuosas formas a la luz y le hacían parecer más esbelta. ¡Pero ese molesto escote! Desde su perspectiva veía salir demasiada carne para su gusto. En alguno de los movimientos que hacía para captar con la cámara fotográfica a los invitados de la embajada inglesa ella iba a ser la protagonista, cuando a alguna de sus amigas la diese por salirse. Resopló resignada y volvió a tirar con disimulo del escote.
   Apoyada en una de las hermosas columnas del enorme salón miraba pasar el gentío, todos vestidos de gala, hasta los periodistas, como era su caso. 
   Normalmente ella no se encargaba de este tipo de trabajos para la revista. Era Irina, y su saber estar, quien disfrutaba en esta clase de eventos. Ella era más de batalla. Lo suyo eran los reportajes, tipo Callejeros, pero fotográficos. De ahí que ahora se encontrase como pez fuera del agua y más a sabiendas que su jefe le echaría la bronca por no haber podido plasmar en imágenes la entrada del nuevo embajador  al salón y el saludo protocolar. Y todo porque se había emperrado en venir en taxi y habían quedado atascados en el numeroso tráfico que en estas fiestas tenía el centro de la capital. A todo eso había que sumarle que los vigilantes no habían dejado pasar el transporte público y tuvo que andar los trescientos metros o más de sendero empedrado con esos andamios que llevaba por calzado. Y que le estaban matando.
   Tomó la copa de champán que uno de los numerosos camareros le ofreció y dando un pequeño sorbo volvió a escudriñar a los invitados en busca del diplomático. Pero por más que miraba y remiraba todos los hombres lucían en el esmoquin medallas, galardones, bandas y toda esa clase de insignias que informaban a los demás que alto cargo público regentaba. A todos menos a ella porque a sus ojos todos esos emblemas eran iguales. Ridículos e innecesarios. 
   Los agudos pinchazos de los pies le sacaron de sus pensamientos. Necesitaba sentarse a la de ¡ya! De un solo trago vació la copa que tenía entre las manos y tomó de la pequeña mesita cercana el bolso y la cámara de fotos. Suspiró sufrida. Tendría que cruzar el enorme salón para poder sentarse en los cómodos sofás que había vislumbrado en la entrada de la embajada. En toda  esa maldita sala no había ni un solo asiento. No se explicaba como esas mujeres podían sonreír y moverse con esa gracia sobre los altos tacones. La puerta quedaba a miles de kilómetros de distancia para sus doloridos pies. En esos momentos le parecía imposible recorrerlos con soltura y fineza. 
   Un ligero movimiento en una esquina llamó su atención. Una puerta acababa de abrirse y cerrarse. Y quedaba a tan solo unos pocos metros de ella. Vio el cielo abierto y resuelta se dirigió hacia allí, esquivó a los invitados, sonriendo y saludando con naturalidad mientras se encaminaba hacia su tabla de salvación. 
   Sin ni siquiera volver la mirada atrás posó la mano sobre el picaporte y se introdujo por la estrecha apertura. Estabaen un pasillo amplio, alumbrado tan solo por unos apliques metros más allá. Una serie de puertas, idénticas a la que había abierto se encontraban a su derecha. Acababa de colarse como quien no quiere la cosa en la dependencias privadas de la embajada. Podría meterse en un buen lío, nada anormal en ella, pero echaría mano de la socorrida excusa de buscar los aseos. 
   Observó de nuevo el lugar y vio que una de las puertas se encontraba entreabierta. Comenzó a andar hacia allí cuando paró en seco, en el silencio del pasillo tan solo se oían sus ruidosos tacones sobre el suelo de mármol. Colgándose el bolso y la cámara sobre el hombro se descalzó. 
   Un gemido salió de sus labios cuando las doloridas plantas de los pies sintieron la frialdad de la piedra. «¡Qué descanso!». Movió los dedos entumecidos, recolocó la costura de las medias y enderezándose con un zapato en cada mano, se encaminó hacia la entreabierta puerta.
   Empujó insegura e intentó vislumbrar por el hueco abierto pero en el interior solo había penumbra. Reculó hacia atrás cuando unas voces seguidas de unos rápidos pasos le indicaron que alguien se acercaba, antes de ser descubierta se escabulló al interior de la estancia.
   Cerró la puerta con sigilo. Al girarse, una vez que sus ojos se acostumbraron a la semioscuridad, comenzó a estudiar la pequeña estancia, aunque decir pequeña no sería lo conveniente porque ese despacho o biblioteca casi tenía el tamaño de su mini piso. 
   Al fondo a su derecha unas tupidas cortinas de terciopelo cubrían la ventana, delante una mesa de estilo isabelino con butacas a juego, una detrás del escritorio, y otras dos en el frente. 
  En el centro de la salita, lanzando un brillo cálido, los rescoldos de la chimenea siseaban suavemente en su interior. Y delante de la enorme chimenea. ¡El paraíso! Un enorme sofá del mismo estilo que las butacas pero tapizado en un granate intenso que le pedía a gritos ser utilizado. 
   Como una chiquilla corrió hacia él y un  ahogado grito de alegría salió de sus labios al tumbarse sobre los mullidos almohadones. Se deshizo del bolso y la cámara, los puso a sus pies y soltó los zapatos que con un sordo sonido quedaron debajo del sofá.
   Recolocó su cuerpo, se izó y comenzó a masajear con delicadeza sus doloridos pies. Un gemido de placer salió de sus labios. 
   De repente una voz masculina rompió el silencio del despacho. La puerta se había abierto unos centímetros.
   —Deme cinco minutos Elizabeth.
   —No —negó la mujer.
   —Quince a lo sumo —la voz varonil se volvió suplicante. Un suspiro de resignación de la mujer le indicó que esta había claudicado. Segundos después un sonoro beso y una risita de complicidad mientras unos tacones se alejaban pasillo adentro.
   La puerta se abrió del todo y se cerró y Alejandra se acurrucó contra los almohadones  del sofá mientras intentaba silenciar su, ahora, agitada respiración. «¡Dios mío! ¿Qué excusa pondría si ese individuo le encontraba allí? ¿Qué sus pies habían comenzado a dolerla tanto que se había escabullido hacia la zona privada del palacete?» La verdad sonaba absurda y cuando el hombre llamase a seguridad y le encontrasen la placa identificativa de Prensa pensarían que su intención no habría sido otra que colarse y poder fotografiar alguna situación embarazosa y vender la exclusiva.
   «Para situación embarazosa la tuya» se regañó mentalmente. Irina jamás se habría encontrado en  ella. Maldijo para sus adentros a su amiga y compañera. 
   Los pasos masculinos se adentraron en la estancia. Hacia su izquierda. Un ligero tintineo y el sonido del líquido al caer le indicaron que el desconocido se estaba sirviendo una copa. Un gruñido de satisfacción siguió después. Rogó para que al hombre no le diese por buscar el acomodo del sofá. 
   Escuchó sus pasos cortos unos metros más allá, amortiguados por la mullida alfombra. Dio gracias al cielo porque la estancia fuese tan grande. Si él se mantenía en paralelo a ella, no le vería. Recolocó unos centímetros su cuerpo. 
   Al menos la suerte le acompañaba. Su vestido estaba totalmente mimetizado con los tonos del sofá y aunque su blanca piel destacaba sobre el rojo del mismo, la cálida luz de la chimenea no le delataba con la suficiente claridad. 
   Notó la garganta reseca. El tintineo de los hielos ante el nuevo trago del desconocido le hizo desear cualquier bebida que calmase su ardiente garganta. Intentó distraer sus pensamientos ante la sed. 
   Oyó como los pasos del hombre se acercaban hacia el enorme ventanal. Un ligero sonido la indicó que él estaba abriendo las cortinas y  el resplandor de la luna llena inundó la estancia. 
   «¡Ay Dios!» gimió para sus adentros y se escabullo todo lo que pudo contra los almohadones que ahora no le parecían tan increíbles, el mullido de los mismos delataba con total claridad su silueta.       «Si al menos fuesen más bajos podría deslizarme sin temor a caerme» pensó.
  El zumbido de un móvil  le hizo dar un respingo. Un suspiro de fastidio salió de los labios del desconocido.
   —¿Sí? —la voz sonó cortante—. Estoy resolviendo un imprevisto, en cinco minutos estoy allí.   Entretenga al embajador —siguió un silencio mientras el interlocutor del otro lado respondía—. No, no puede salir sin escolta hágaselo saber de mi parte… Sí, es una orden —y cortó la comunicación.        El hombre soltó una maldición entre dientes, apuró el último trago del vaso y lo posó sobre la mesa.
Alex, sonrió aliviada. El individuo se marcharía en cuestión de segundos. Debía de ser parte del servicio de seguridad, su jefe, dedujo por lo escuchado. 
   Oyó como las cortinas volvían a su lugar. Cerró los ojos aliviada. La forzada posición en  ese sofá le estaba matando. Se removió, zigzagueando sobre los cojines. Todo ocurrió en cuestión de segundos. Su delgado cuerpo fue engullido, literalmente, por el sofá. 
   Los mullidos almohadones se deslizaron hacia afuera mientras ella quedaba encajada entre estos y el respaldo del sofá. A la luz de las llamas vio como su cámara se deslizaba hacia el hueco que estos dejaban pero no así su bolso que con un ruido sordo cayó sobre el suelo. En el silencio de la estancia sonó como un trueno en plena tormenta.
   Tensó su cuerpo a la espera de los acontecimientos. Los pasos del hombre se acercaron con una rapidez inusitada.
    —Pero… ¿quién demonios es usted? —tronó la voz amenazadora del hombre.
   —Err…Alex —susurró mientras alzaba sus almendrados ojos hacia la enorme silueta masculina. En segundos decidió echar mano del desparpajo que la caracterizaba para salir de situaciones imprevistas—. Y si no es mucho pedir ¿podría usted ayudarme a salir de este sofá engullidor de personas?
   Los ojos del hombre estudiaron la situación, el cuerpo femenino hundido y casi mimetizado con el mismo,  los brazos de ella a ambos lados de su cuerpo apoyando los codos sobre uno de los cojínes y el respaldo del sofá , en un vano intento de alzar su cuerpo, y los pies descalzos que asomaban por encima del otro cojín. La carcajada estalló en sus labios. 
   Alex miraba como el duro rostro que minutos antes le miraba ceñudo se distendía. Unos perfectos dientes quedaron al descubierto. El ancho pecho vibraba por la carcajada, el robusto cuello hacia atrás; los brazos, cruzados tensos instantes antes sobre el pecho, ahora más relajados y las manos, fuertes, de largos dedos apoyadas sobre sus antebrazos.
   Sintiéndose ridícula y molesta porque él ignorase de manera tan descarada su súplica, la lengua de Alex se desató.
   —Sus cinco minutos se están alargando demasiado. Su jefe, el señor embajador, no creo que le espere tan risueño como está usted ahora mismo. Así que si no me va a ayudar lárguese que ya me las arreglaré yo solita —y miró al hombre con sus ojos echando fuego.
   Las carcajadas del desconocido se cortaron al instante. Sus ojos se abrieron con asombro ante la desfachatez de la mujer, que ahora se encontraba semiincorporada y con sus brazos cruzados sobre el pecho con fuerza.
   Desde su posición Adam podía estudiar con deleite los senos femeninos que apretados pugnaban por salir del generoso escote. Deslizó su mirada por el esbelto cuello. La mandíbula de la mujer se alzaba, retadora hacia él. Los labios femeninos ligeramente fruncidos. Jugosos. Sintió deseos de besarlos para aligerar las pequeñas arruguitas que formaban. Los almendrados ojos refulgían, furiosos. Al color de las llamas tenían un tono ambarino, casi felinos. Unas tupidas pestañas los enmarcaban aún más. El pelo oscuro con destellos cobrizos que tomaban vida con la luz del hogar, estaba recogido en un moño. Algunos mechones se habían soltado y enmarcaban seductores el rostro femenino. 
   Sus ojos volvieron al cuerpo. Era delgada pero podía adivinar las redondeces en los sitios adecuados. Los pies ahora se hallaban cruzados, con descaro, sobre el mullido sofá. 
   Cruzó un brazo sobre su pecho mientras con la otra mano, se acariciaba con el pulgar el mentón y los dedos acariciaban los labios sopesando, con estudiada pose, las palabras de la mujer. Sus cejas se alzaban levemente, dibujando sobre la amplia frente unos ligeros surcos. Sus labios esbozaban una sonrisa burlona.
   Los pensamientos de Alex pasaron de la furia a la lujuria, en cuestión de segundos. Mientras observaba como el atractivo hombre acariciaba con sus dedos  la comisura de sus labios, deseó ser ella misma quien  lo hiciese. Deseaba lamer con su lengua esos delineados labios. Probar el sabor de su piel, la textura de su boca. Se imaginó el ligero cosquilleo que sentiría cuando esa boca acariciase su cuello. Cuando esos labios recorriesen la piel de su escote en busca del nacimiento de sus senos. Se movió inquieta al notar los latidos de su corazón y de su bajo vientre ante los lascivos pensamientos. 
   Pero ¿en qué estaba pensando? Era un total desconocido por muy atractivo que estuviese vestido con ese esmoquin que se amoldaba a la perfección sobre un cuerpo espectacular. 
   Irritada consigo misma y por la falta de ayuda del hombre intentó zafarse del agarre del maldito sofá. Mal movimiento. Los cojines del sofá se desplazaron hacia el suelo, su cuerpo extendido en el tapizado armazón del sofá quedó aún más expuesto a la mirada de él. 
   Esperando nuevamente la carcajada de él apretó sus dientes. Para sorpresa suya la mano masculina se extendió en su ayuda. Alex miró esos largos dedos y luego a su dueño. El rostro de él dibujaba una leve sonrisa, solicita, sin atisbos de burla. Titubeó unos segundos y una ceja masculina se alzó en silenciosa pregunta. Inspirando profundamente su mano se sujetó a la masculina. Una descarga eléctrica atravesó sus dedos pero no se desasió del contacto de su piel.
   Notó como la mano se tensaba para ayudarla a izarse. Con su mano libre empujó los almohadones para hacerse sitio y posó sus desnudos pies sobre la alfombra, cerca de los de él. Sujetándose sobre el otro antebrazo se alzó quedando a unos centímetros del desconocido. El aroma masculino inundó sus sentidos, notaba los dedos de él sobre su mano y su codo, fuertes, protectores. Sus ojos quedaron a la altura del torso masculino. Los latidos de su corazón le golpeaban inquietos los oídos, tragó saliva para deshacer el nudo de su reseca garganta. Su proximidad le ponía nerviosa, no se atrevía a alzar sus ojos y bajó la mirada hacia sus desnudos pies haciendo que un mechón de cabello cubriese parcialmente la mejilla.
   Adam observaba embelesado a la mujer que sostenía entre sus manos. Desde su altura sus ojos se perdían en el escote y las redondeces que el mismo dejaba vislumbrar. Deseó besar la piel descubierta de los senos. Estos, apretados, se movían con las rápidas inspiraciones de la mujer. La blanca piel destacaba sobre el granate del vestido, tentándole. Su olor inundó sus fosas nasales, una mezcla de perfume y el aroma de su piel y sintió el latido de su corazón galopar sobre su pecho. Los dedos de ella se aferraban a sus brazos, tensos.
   No pudo resistirse y desasiéndose de la mano femenina sus dedos tomaron el largo mechón y lo colocó por detrás de la pequeña oreja, acariciando al mismo tiempo la piel del esbelto cuello. 
   Notó como esta se erizaba bajo la caricia y sus dedos resiguieron el óvalo de su  cara llegando a su barbilla donde firmes, se posaron y ejercieron una ligera presión para que la mujer alzase su rostro hacia él, que quedó expuesto a su intensa mirada. Su cuerpo dejaba ese rostro entre las sombras, imperceptiblemente reposicionó su postura. Las pequeñas llamas del hogar iluminaron a la mujer y Adam se perdió en esos ojos felinos que le miraban. Los labios entreabiertos, jugosos, con un ligero temblor. Deseó apaciguar su miedo y antes de darse cuenta se encontró saboreándolos. 
   Dibujó con su lengua el delicado perfil de los mismos. Deleitándose con su suavidad, perdiéndose en su calor. Tentó con su lengua la tierna piel interna, embriagándose y sus dientes mordisquearon el labio inferior buscando que ella respondiese a sus caricias. Y lo hizo. 
Una mano sujetó con firmeza la nuca femenina coartando cualquier posibilidad de escape, mientras la otra se deslizaba con suavidad por la espalda, acariciándola. Cuando llegó al final de la columna paró. 
  Alex sentía como su cuerpo se derretía ante el contacto de esas manos. Alzó las suyas hacia el robusto cuello, rodeándolo, acariciando la nuca masculina y enterrando sus dedos entre el espeso y suave cabello negro del desconocido. 
   Sus lenguas jugaban entre ellas, tentándose, moviéndose en círculos. Ahora rápido ahora lento. Notaba los latidos de su corazón en los oidos y a través de ellos, las respiraciones agitadas de ambos. Se alzó de puntillas para intensificar el beso  aplastando sus senos sobre el torso del hombre. Ante su movimiento la mano de la cintura pasó a acariciar el trasero. Pero lejos de sentirse molesta Alex se apretó contra las caderas del hombre. No había duda, la protuberancia de la misma la indicó que él se hallaba igual de alterado que ella. Gimió. 
   Adam abandono la boca de la mujer y comenzó a recorrer con sus labios el esbelto cuello, erizando la piel en su camino. Mordisqueó el hueco entre cuello y hombro. La respuesta femenina fue arquear su espalda para ser más accesible a los provocadores labios. Resiguió con la punta de la lengua la clavícula y se encorvó ligeramente para deslizar sus labios sobre la piel expuesta del escote. Un jadeo de su dueña le indicó que iba por buen camino. 
   Las caderas de la desconocida se fusionaban contra las suyas pidiendo más. Su miembro palpitaba entre los muslos, deseoso de comenzar a participar en ese tórrido encuentro.
   De repente la puerta se abrió.
 —Adam espero por tu bien que no te hayas quedado dormido —la voz de la mujer sonaba ligeramente enfadada al mismo tiempo que buscaba el interruptor de la luz.
   La pareja quedo expuesta ante los ojos asombrados de la asistente. El resplandor de las luces les golpeó, sacándolos bruscamente del íntimo momento. 
   Alex, parpadeó confusa, separándose del desconocido y sintió como sus mejillas enrojecían.  Adam inspiró profundamente, intentado controlar sus emociones. 
   —¿Qué sucede Marta? —logró pronunciar aunque su voz sonó ronca por el deseo.
   —Sir Anthony Townshend, te requiere. 
   —Dame unos minutos.
   —¿Otros quince? —fue la respuesta mordaz de la asistente y salió cerrando en silencio.
   Adam rió entre dientes. Marta tan incisiva como de costumbre. Su atención volvió a la mujer que se hallaba a escasos centímetros de su cuerpo. La estudió con atención. Sus ojos le miraban fijos, aún enturbiados por el deseo. Las pequeñas motas verdes del iris parecían refulgir aún más a la luz de la enorme araña de cristal. Los labios estaban ligeramente hinchados, apetitosos, pero descartó este pensamiento. Si volvía a perderse en ellos, por Dios que  no volvería a la recepción de la embajada. Carraspeó dándose tiempo para centrar los caóticos pensamientos.
   Alex observaba el rostro masculino. Los intensos ojos claros que le recordaron las aguas de mares exóticos bajo el negro de sus espesas cejas. Estudió sus labios, rememorando los que estos la habían hecho sentir minutos antes. Deseó volver a sentirlos sobre su piel. 
   Unos ligeros golpes en la puerta volvieron a interrumpir los pensamientos de ambos.
   —Cinco minutos —recordó nuevamente Marta.
   Recomponiéndose Adam comenzó a recolocarse la pajarita.
   —Creo que deberías ir a atender  a Sir Anthony.
   Alex se obligó a agacharse para tomar el bolso entre sus manos. Movió uno de los enormes cojines en busca de sus zapatos. Los vislumbró debajo del sofá. Arrodillándose sobre la mullida alfombra y elevando su trasero se estiró para cogerlos.
   Con una sonora inspiración Adam respondió.
  —Y yo creo que si sigues exponiéndome tan suculento manjar Sir Anthony ya puede darse por despachado.
   Desde su posición Alex le miró. Los ojos de él no se despegaban de sus nalgas. Instintivamente se izó y apoyó estas sobre sus desnudos talones. La risa de él no se hizo esperar. Arrodillándose tomó los escarpines de entre sus manos. Los estudió con atención. 
   —Me estaban matando- fue la explicación de Alex.
  El sonrió asintiendo. Empujó con una de sus manos a la mujer, indicándola que se sentase. Con delicadeza calzó los desnudos pies. Tomó entre sus dedos la mano de Alex ayudándola a alzarse del sofá. Con los altos tacones sus rostros quedaban casi a la par. No pudo ni quiso evitar el suave roce de sus labios contra los de ella.
   —Mi pequeña Cenicienta —susurró sobre la boca femenina—. Ahora tengo que dejarte, esta vez el cuento cambia ligeramente— ambos sonrieron—. Le diré a Marta que te acompañe hacia los aposentos privados del palacete. La recepción no se alargará mucho y podremos continuar donde lo hemos dejado.
   —Es-está bien —balbució, aún estaba abrumada por los vapores del deseo. 
   Tomándola de la cintura la empujó hacia la puerta que abrió solícito parra que ella saliese. Marta los esperaba intranquila unos metros más allá en el pasillo. Al verlos aparecer, la madura mujer se acercó.
   —Marta, por favor, acompañe a la señorita Alex a las estancias privadas. 
   Si la orden de él sorprendió a la mujer el rostro de esta no dejó vislumbrar nada. Asintió en silencio y con su mano señaló la puerta que daba acceso al gran salón. 
   —Otro pequeño favor, Marta —la aludida elevó su ceja— ¿Podrías poner en orden el pequeño desaguisado del sofá?
   Los labios de la mujer se torcieron ligeramente pero asintió en silencio y se dirigió hacia la estancia que segundos antes la pareja había abandonado.
   Adam y Alex dirigieron sus pasos lentamente hacia el final del pasillo. Él se paró delante de la puerta. Tomó entre sus brazos a la mujer y susurró sobre sus labios.
   —Déjame probarte antes de volver con esa jauría.
   Ella alzó sus labios hacia él. Se perdieron el  uno en el otro sabiendo que ese beso era solo un anticipo de los muchos que vendrían a lo largo de la noche.
   Embriagados, la voz de Marta les llegó atenuada. Los pasos de la mujer se acercaron a ambos. 
   —Un momento —llamó la asistente—. Señorita Alex ¿esto le pertenece?
   La pareja giró sus rostros hacia ella. En las manos de Marta se encontraba la cámara profesional de Alex. Pudo notar la tensión del cuerpo masculino antes de que con un brusco movimiento él la separase de entre sus brazos.
   Las manos de él se cerraron, crispadas a ambos lados de su cuerpo, en espera a la respuesta de ella.
  —Sí —admitió—, la había olvidado —y extendió su mano para tomar la cámara que en ese momento le extendía Marta.
   Adam tensó la mandíbula. Sus ojos le escudriñaban furiosos. Con un tirón arrebató la cartera de su mano y la abrió. Segundos después entre los dedos masculinos apareció la credencial de Prensa. Leyó la misma. Entrecerró los ojos suspicaz para momentos después mirarla fríamente.
   —Esto queda requisado —su tono era gélido, distante, con un ligero matiz de decepción mientras se dirigía a ella—. Marta le acompañará a la salida.
 —Pe-pero es que…déjame que te explique  —protestó aturdida Alex por el giro de los acontecimientos.
  —No hay nada que explicar. Está todo totalmente claro señorita…Suarez.
Le molestó que tal y como había intuido antes de su encuentro, si la encontraban allí pensarían lo que no era. Decidió responderle en su defensa.
  —No es lo que tú piensas. Los zapatos me molestaban y decidí buscar un sitio privado donde poder descalzarme, eso es todo.
  Pudo comprobar por la mirada de desprecio de él que no se creía nada de lo que decía. Suspiró frustrada. Ya no tenía remedio pero no se marcharía de allí con la cabeza gacha, no le daría esa satisfacción. Ella no había hecho nada reprochable, tan solo se había dedicado a hacer su trabajo. Alzó el mentón con una osadía que no sentía y lo miró directamente.
—Está bien señor…—al comprobar que desconocía su apellido rectificó— Adam  —y recalcó con la misma frialdad que él su nombre— tan solo le ruego que no me rompan la cámara y que una vez comprobado su contenido esta me sea devuelta intacta. 
   El rostro masculino dejó vislumbrar por unos segundos sorpresa ante la claudicación de la periodista. Ésta prosiguió dirigiéndose directamente a él en un tono más suave.
   —Necesito este reportaje. Si no lo entrego a mi redactor ya puedo darme por despedida. Yo y mi compañera a la que cubría— explicó—. No suelo dedicarme a este tipo de eventos.
   Adam aún así se sentía enojado, más con él mismo al dejarse llevar por sus emociones, cosa a la que no estaba acostumbrado, que con la mujer que lo estudiaba con sus felinos ojos. No queriendo mostrar nada en su rostro respondió.
   —Ya veremos —y dirigiéndose a su asistente prosiguió—. Marta, no quiero escándalos en el salón. Acompañe a la señorita hacia la salida que utiliza el personal y que uno de los aparcacoches le traiga su vehículo —y dirigiéndose a ella— su cámara no sufrirá daños. 
   Sin decir una palabra más se giró de espaldas a ellas. 
   —Bien —respondió Marta a la orden, miró a la otra mujer—.Si me acompaña, por favor.
Alex asintió en silencio, dirigió una última mirada al hombre y  comenzó a andar tras la mujer. 
Adam la siguió con su mirada, pasillo adelante, hasta que el cuerpo de ella desapareció en el recodo del pasillo. Inspirando profundamente, posó su mano sobre el picaporte y penetró al interior del salón, donde como anfitrión debía de atender a sus invitados.

continuación