domingo, 27 de julio de 2014

DESHOJANDO PASIONES (continuación VII)


    Lucía no preguntó qué es lo que había ocurrido entre los dos hombres ni cual había sido la conversación que habrían mantenido. Ninguno de ellos la había sacado a colación y comprendió que era parte de su intimidad, que la compartirían sí o no, cuando a ellos les apeteciera pero el efecto que provocó en Enrique fue efectivo.
    Aunque el dolor de la pérdida de su hermana estaba ahí, latente. Las conversaciones, las miradas, las bromas entre los dos volvieron a surgir y esto le hacía inmensamente feliz.
    Sergio y Enrique habían iniciado una nueva etapa en el taller del joyero. Trabajaban codo o codo y mantenían largas conversaciones incluso por teléfono cuando la jornada laboral había terminado. Ahora estaban en una de ellas.
    Enrique y ella preparaban la cena cuando el móvil sonó, como él no abandonó la cocina escuchaba el diálogo por llamarle de alguna manera porque su pareja tan solo contestaba con monosílabos. Se preguntó cómo narices Sergio podía entenderlo. Pero bueno eran cosas de ellos dos.
    —De tu parte —fue la contestación final de Enrique al colgar—. Besos de tu hijo.
    —¿Qué quería?
    —Nada, no tenía claro un diseño.
    —¿Y con tanto monosílabo le has aclarado algo? —preguntó al mismo tiempo que se giraba para mirarle.     Las mejillas de Enrique se ruborizaron.
    —Sí.
    Entrecerró los ojos, suspicaz. Esos dos se traían algo entre manos y no le querían hacer partícipe de ello.
    —Vale, si tú lo dices. Anda vamos a cenar que esto se enfría.
    Enrique intentó mantener una charla aunque no dejaba de darle vueltas a la mantenida con Sergio.
    El próximo fin de semana pretendía llevar a Lucia al hayedo. Sergio le había confirmado que había conseguido el permiso pertinente que el Centro de recursos validaba de forma presencial. El joven se había desplazado hasta el mismo y les había inscrito. Además también se había encargado de conseguirles alojamiento en el pueblo, un apartamento rural.
    Ahora tan solo le quedaba pensar cómo pedir su mano a esa mujer que no dejaba de observarle, charlar y sonreír.
    —¿Te encuentras bien?
    —Sí ¿Por?
    —Tienes la frente perlada en sudor. ¿No estarás incubando algo?
    «Mieditis» contestó mentalmente. Pánico a que ella lo rechazara. Terror a que se sintiese agobiada o presionada y rompiese su relación. Pavor a la soledad. A no poder compartir con ella esos momentos tan especiales que sin planearlos siquiera surgían entre ellos.
    Una mirada, un roce, un beso, una frase dicha con amor, una regañina, un te quiero, un silencio tan revelador que no necesitaba ser roto, risas, lágrimas, un paseo cogidos de la mano, compartir el sofá y la manta y un largo etcétera que habían hecho que su vida volviese a vibrar, a ser vivida como esta se merecía. Con sus luces y sus sombras… pero con ELLA.
    Denegó con la cabeza.
    Recogieron y se sentaron a ver un largometraje disfrutando de su mutua compañía.
    Y la semana pasó sin apenas darse cuenta. En el trabajo ensayó las palabras adecuadas. Imaginó los momentos en los que decirlas. Hasta practicó la forma de sacar la diminuta caja que guardaba los pendientes sin que esta se quedara atascada en el bolsillo o cayera al suelo. Algo que ocurrió en la mayoría de las veces porque el monólogo le salía de carrerilla pero sus manos en ningún momento dejaban de temblar.
    Así que la tarde del viernes recogió a Lucía en la puerta de la floristería que le besó en los labios al penetrar en el coche, ilusionada por el regalo: un fin de semana en la sierra madrileña en una casa rural.
Bueno al menos en eso no mentía, no le iba a destapar la sorpresa.
    Llegaron ya anochecido. Aparcaron en la plaza principal del pueblo, tal como les había aconsejado el dueño de los apartamentos. Siguieron las indicaciones de este y a unos cien metros del coche visualizaron la enorme puerta de madera que daba acceso a la planta baja donde se hallaba el restaurante. Penetraron en él. El olor de apetitosa comida casera les impregnó el olfato y en respuesta el estómago de Enrique gruñó para deleite del hostelero que sonrió.
    —Lo siento —se disculpó—. Almorcé frugalmente.
    Se registraron en el libro y el joven treintañero les dio las llaves del apartamento.
    —Salid y entráis por la puerta adyacente a esta. Vuestro apartamento está en la primera planta, la puerta de la derecha. Si no encontráis algo a vuestro gusto decidlo para que subamos a resolverlo.
    Abrieron la pesada puerta y se encontraron con un amplio recibidor donde un banco de madera, unas tinajas de barro sobre sus soportes y una rueda de molino en la pared de ladrillo visto les daba la bienvenida.
    Subieron las anchas escaleras de piedra y llegaron al pequeño descansillo donde la puerta blindada rústica les esperaba. Sobre esta un letrero de cerámica: Casa beige.
    Y así era. Los adornos de los muebles y las paredes encaladas eran de ese tono. A la izquierda una cocina completa, una pared de anaranjado ladrillo separaba esta del salón permitiendo algo de intimidad pero sin separar ambos espacios ya que existían dos huecos comunicantes al principio y al final de ésta.
El televisor de plasma y los radiadores eléctricos era lo único moderno del mobiliario.
    Pero lo que le subyugó a Lucía fue el dormitorio. Sencillo pero encantador. Se tumbó sobre la enorme cama de forja blanco roto y miró el dosel.
    —¡Me encanta! ¿Has visto algo más bonito?
    —No —respondió Enrique con los ojos puestos en ella.
    Se ruborizó al ver el brillo de la mirada masculina.
    —Tonto —murmuró pero le invitó con un gesto a que se tumbase a su lado.
    Segundos después Lucía sucumbía a sus besos y caricias.
    —Deberíamos bajar a cenar —dijo cuando separó sus labios de los de Enrique para tomar aire.
    —¿Ahora? —gruñó él.
    —Ahora o cerraran la cocina y no podrás comer hasta la hora del desayuno y dudo que a estas horas haya algo abierto en el pueblo.
    Aunque se moría por devorarla de pies a cabeza reconoció que ella tenía toda la razón así que muy a su pesar se separó de la calidez de su cuerpo y tiró de ella para izarla.
    —Vamos pero tú vas a ser mi postre —susurró sobre los jugosos e hinchados labios de Lucía y con la mano abierta le propinó, juguetón, un cachete en las nalgas.
    —¡Ay! —protestó la mujer sin convicción—. Vamos me muero de hambre.
    —Y yo —y los negros ojos brillaron traviesos.
    Bajaron entre risas y cenaron con apetito. El calor de la estufa de leña invitaba a relajarse en el acogedor salón que se hallaba junto al comedor pero Enrique tras solicitar un servicio de café para llevar a la habitación la indicó con un movimiento de su ceja y el brillo en sus negros ojos que no había olvidado su propuesta.
    Se despidieron del personal del hotel y subieron al apartamento. Tomaron el café y antes de que Lucía o él sucumbieran al cansancio Enrique la arrastró al dormitorio.
    La tomó por la cintura pegando su espalda contra el pecho y comenzó a besar la curva de su cuello, allí donde sabía que a ella le gustaba, sintió como el trasero se pegaba a su entrepierna que se animaba a pasos agigantados.
    Lucía suspiró al sentir la dureza del miembro masculino y su mano se posó sobre este acariciándolo a través de la tela del pantalón.
    Comenzó a desabrochar la blusa, deseaba acariciar los pezones por encima del sostén. Sentir como estos respondían a sus caricias. Saborearlos pero continuó con los botones y deslizó la camisa lentamente por los brazos de ella. Continuó con la cremallera de la falda, en el cuarto tan solo se oían las respiraciones entrecortadas de ambos y el cierre metálico al ser abierto y el leve susurro de la tela al caer en el entarimado.
    Lucía sacó los pies de la arrugada falda antes de girarse para besar los ardientes labios de él que se abrieron bajo el roce de su lengua.
    Tiró de la camisa de Enrique y deslizó las manos bajo esta. Recorrió con la yema de sus dedos el abdomen, jugueteando con los rizos de su vello, resiguiendo la línea de este que se perdía más allá de su ombligo, desabrochó ágil el pantalón y buscó el cierre metálico pero ¡oh, sorpresa! Se encontró más botones.
    —¿Y esto? —murmuro sonriendo con picardía.
    —Me lo recomendó Sergio.
    —Tendré que hablar con mi hijo —pero le encantó el detalle y traviesa se deleitó en desnudarle.
    Deslizó la palma de su mano a lo largo del pene erecto. Sintiendo su dureza, su grosor, provocando gemidos que salieron espontáneos de la garganta masculina y haciendo que su sangre hirviera en su interior.
    Solo Enrique sabía sacar su lado sexy, atrevido, provocador. Se sentía poderosa entre sus brazos, bajos sus besos y sus caricias al mismo tiempo que indefensa ante las respuestas que su cuerpo lanzaba bajo las manos de él.
    Desnudos, frente a frente se tumbaron en el lecho y Enrique deslizó la tela del dosel, rodeándolos de la intimidad y sensualidad necesaria para dejarse llevar por los sentidos.


    La luz del amanecer los despertó, eso y las campanadas cercanas del reloj de la torre del ayuntamiento.
    —Apaga eso —gruñó Lucia que apretó la almohada contra sus oídos.
    La carcajada de Enrique sonó en el cuarto.
    —Vamos perezosa, tenemos una dura pero bonita jornada hoy. Son las siete.
    —Pues dilas que pasen —murmuró adormilada.
    Por toda respuesta él se coló bajo el edredón y mordió una de las nalgas desnuda de ella.
    —¡No! —gritó Lucía pero se giró y su cuerpo quedó bajo el peso de el de él. Sus curvas se amoldaron a la firmeza de los músculos.
    Le besó, un beso profundo pero tierno, poniendo en él todo el amor que destilaba cada centímetro de su piel por ese hombre.
    Él rompió pesaroso el contacto.
    —No me vas a encandilar, bruja —y comenzó alejarse de ella—. Vamos, te va a encantar la sorpresa.
    Así que a regañadientes se levantó hacia el aseo, se ducho y vistió en tiempo record ante la insistencia de él y bajaron a desayunar.
    Enrique condujo por una carretera comarcal, hasta abandonar esta y tomar un camino forestal. Parecía perdido pero no. Al cabo de un cuarto de hora llegaron ante una casa de piedra, la rodeaba un vallado de piedra, donde una puerta de entrada anunciaba: HAYEDO DE MONTEJO.
    Se giró sorprendida para mirar a Enrique que la observaba para no perder detalle de sus reacciones.
    Se abrazó efusiva a él y lo besó con pasión. Varios de los visitantes les miraban pero no les importó. Se separaron y escucharon con atención al guía, que se presentó y les dividió por grupos según la senda elegida por ellos.
    —Elegí la senda de la ladera —susurró Enrique en su oído—. Pensé que disfrutarías mucho más del colorido de la vegetación. Es algo complicada pero creo que estaremos a la altura.
    Disfrutó como solo una amante de la naturaleza y las flores podían hacer en ese majestuoso entorno. Paladeó cada sonido, cada olor, cada tonalidad.
    Le importó bien poco la distancia recorrida y el desnivel de esta. Si por ella hubiese sido habrían proseguido kilómetros y kilómetros más. Estaba exultante, eufórica y feliz muy feliz porque el hombre que amaba le había hecho ese regalo.
    Plasmó con la cámara del móvil todo aquello que llamó su atención. Las fotografías no captarían la vida que se mostraba ante sus ojos pero le servirían para recordar ese momento.
    De vuelta hacia el pueblo y a su apartamento, rememoraba en silencio y feliz el recorrido. Enrique respetó su silencio
    Decidieron comer en uno de los pocos restaurantes que había en el pueblo y visitar el polígono artesanal donde los lugareños elaboraran a la manera tradicional bollería, panadería, mermeladas, licores además de contar con un pintor y un carpintero artesano.
    Lucía desoyó las protestas de Enrique cuando este se negó a que le comprase varios licores. Además compró un lienzo en el que el artista del municipio había plasmado todo el colorido de las hermosas hayas y mientras Enrique paseaba por el taller de carpintería, ella se enamoró de una mecedora. Su oscura madera le recordó la mirada ónix de él y la piel que cubría el asiento, la calidez que emanaba de Enrique así antes de que la atención de su acompañante volviera hacia ella y el artesano, cerró el trato.
    Se marcharon hacia su lugar de alquiler para dejar las compras y tomar un aperitivo antes de cenar.
    Pasearon tomados de la mano viendo como el sol declinaba entre las nubes.
    Enrique miró el cielo, el sábado llegaba a su fin y él aún no se había atrevido a declararse a Lucía. 


    No había encontrado el momento oportuno y por miedo a extraviarlos no guardó la cajita donde los pendientes esperaban ser mostrados.
    «En la cena» se dijo «Durante la cena»
    Lucía le encontró nervioso o quizá es que tan solo estaba cansado. No habían parado en todo el día.     Terminados los platos principales una de las camareras se acercó a tomar nota de los postres. Eligió entre el surtido ofrecido y se disculpó para ir al baño.
    Fue el momento que Enrique aprovechó para sacar del bolsillo de la chaqueta la pequeña caja y guardarla en su puño, que ocultó sobre sus piernas, bajo el mantel.
    De vuelta a la mesa Lucía exclamó entusiasmada ante las porciones de tarta que les presentó la hostelera. Aprovechó y pidió un café y tomando la cucharilla comenzó a degustar con deleite el dulce.
    Pasados unos minutos como vio que él no probaba bocado del mismo preguntó.
    —¿No te gusta? —le veía tenso—. Antes de tocarla puedes pedir que te la cambien.
    Era ahora o nunca. El diminuto recipiente de cartón le quemaba en las manos.
    —Tiene un aspecto delicioso —dijo queriendo ganar más tiempo.
    —¿Entonces a qué esperas?
    Eso mismo se preguntaba él. ¿A qué esperaba? Y se lanzó.
    —Llevo mucho tiempo esperando esto. Toda mi vida. Sé que las oportunidades pasan una sola vez y que si nos las atrapas desaparecen, lamentándote luego de tu cobardía.
    Lucía frenó la cucharilla que iba camino de su boca y le miró. El semblante serio de él y sus palabras le hicieron comprender que él no estaba hablando del postre. Posó la cucharilla con cuidado en el plato y le escuchó.
    Enrique carraspeó nervioso, había captado toda la atención de ella y notaba un nudo en la garganta.
    —Lucía quiero que pases a mi lado el resto de los días que me quedan por vivir. Quiero disfrutar de días como este, de tus miradas, de tus sonrisas, de tus halagos, de tus enfados. De tu despertar entre gruñidos, de tus diálogos, de tus silencios, de todo aquello que surge en el convivir de cada día.
    —¿Qué intentas decirme? —preguntó en un hilo de voz.
    —No te fuerzo a nada, si no deseas contraer matrimonio no lo haremos, me conformo con estar a tu lado, en tu casa o en la mía, pero junto a ti.
    Y alzó la mano oculta, abriéndola y mostrando a la mujer que le miraba con los ojos abiertos la cajita de color carmesí y letras doradas.
    Lucía la tomó con manos temblorosas, la abrió y descubrió lo que ocultaba en su interior. Unos elaborados pendientes en forma de margarita, con sus pétalos enlazados y con una brillante piedra en el centro sustituyendo su amarillo polen.
    —Me pareció lo más adecuado —murmuró Enrique inseguro y aclaró—. Al fin y al cabo fueron ellas las que nos unieron.
    Y buscó la mirada de Lucía.
    —Si no te parece bien porque pienses que son un recuerdo de Clara yo…
    El ademán de la mano de la mujer acalló sus palabras.
    —Me parecen perfectos. Tan solo falta un detalle.
    Enarcó una ceja en muda interrogación. No entendía dónde quería llegar ella. Instantes después le llegó la respuesta.
    Las manos de Lucia dejaron la abierta cajita sobre la mesa y con gesto decidido se desprendió primero uno seguido del otro de los pendientes que en ese momento mostraba el lóbulo de su oreja. Tomó los que Enrique había creado con sus manos y se los puso, guardó los suyos con el firme propósito de hacerlos desaparecer en un cajón y olvidarlos. Habían sido un regalo de su marido cuando nació Sergio, se los ponía como recuerdo del nacimiento de su hijo no por el hecho de que fuera un regalo de su ex.
    —Serán el sello de nuestra unión, haya o no ceremonia. Yo soy tu mujer y tú eres el hombre con el que quiero compartir toda mi vida.
    Y se besaron acercando sus rostros a través del espacio que los separaba. Mantuvieron las manos enlazadas mientras con la otra degustaban la deliciosa tarta.
    Al día siguiente anunciarían su decisión a Sergio. Su hijo. De ambos.



FIN

domingo, 13 de julio de 2014

DESHOJANDO PASIONES (continuación VI)



    —Sube si te apetece —sugirió Lucía.
    Él denegó con la cabeza.
    —Tu hijo se va hoy, tendréis que contaros muchas cosas y no creo que mi presencia os ayude.
    —Está bien.
    Se despidió de él lanzándole un beso con la mano y le observó partir en el coche. Zarandeó la cabeza. Enrique no lo había mencionado pero sabía a qué se refería con su alusión de ponerse al día. Imaginaba que madre e hijo hablarían de él y de la impresión que había causado en el joven.
    Abrió la puerta de su casa. Todo estaba en silencio. Se acercó a la habitación de Sergio y entreabrió una rendija. Sobre el lecho la silueta de su hijo se recortaba a contraluz. Cerró sigilosa y decidió ponerse a cocinar.
    —Eso huele de muerte —fue el comentario ronco y somnoliento que le dedicó Sergio, quien se acercó y abrazándola por detrás la besó en la mejilla—. Buenos días mamá.
    —Tienes café recién hecho y te traje unos churros para desayunar —pero llegó tarde porque cuando se giró Sergio masticaba con gula uno de ellos— ¡Come despacio glotón!
    Él asintió pero hizo caso omiso a la advertencia. Abrió voraz la boca y de dos bocados engulló otro mientras guiñaba un ojo a Lucía.
    No le quedó más remedio que echarse a reír.
    —Tendremos que retrasar la hora de la comida dormilón.
    —¿Por?
    —Después de lo que te estás metiendo en el cuerpo no pretenderás comer dentro de media hora.
    Él encogió los hombros por respuesta. Y media hora después ambos compartían mesa.
    —Bueno —comenzó a decir Sergio—. Como veo que eres una cobardica y no te vas a decidir nunca a preguntar lo que te lleva quemando toda la comida en los labios.
    Lucía le miró expectante.
    —Sí, me gusta. Me ha parecido un tío genial. Creo que hacéis muy buena pareja.
    —Gracias. Opino lo mismo.
    —Y ¿qué tal en la cama? —Intentando disimular la sonrisa que pugnaba por salir de sus labios Sergio soltó la pregunta a bocajarro.
    —¡Sergio! —regañó.
    La carcajada del joven no se hizo esperar.
    —No sé por qué pero me da que muy bien —volvió a reír al observar las mejillas sonrosadas de su madre.
    La cogió de la mano a  través de la mesa y acarició el dorso. Su rostro ya estaba serio.
    —Mamá. Me gusta ver lo que Enrique ha hecho en ti. Me encanta saber que te hace feliz y no porque tú me lo hayas dicho sino porque se te ve radiante, enamorada y se puede palpar que te hace sentir viva.
    Sonrió dulce a su hijo y apretó la mano que tomaba la suya.
    —Eso es exactamente todo lo que me hace sentir. Tenía miedo de comprobar que no os gustaseis. No sé.
    —Eso es imposible —adujo el joven—. Le tengo camelado y si consigo el programa que él necesita para su trabajo… le tendré tan enamorado que caerá a mis pies.
    E hizo un gesto exagerado. Recibió un manotazo cariñoso como recompensa.
    —¿Crees que podrás ayudarle?
    —Sí, hoy en día hay programas informáticos para casi todo. Tan solo tengo que buscar alguno de los que existen y adaptarlo al trabajo de Enrique.
    —Recuerda que él no es muy ducho con los ordenadores.
    —No hay problema, si es necesario vendré los fines de semana hasta ver que él se maneja con soltura.
    Ella asintió.
    —Si he conseguido que tú seas capaz de abrir tu correo electrónico sin mi ayuda, con Enrique lo tengo chupado.
    Se escabulló con rapidez de la cocina, riendo a lo largo del pasillo mientras su madre le increpaba por su descaro.
    Pasaron la sobremesa charlando. Cuando llegó la hora de acompañarle hasta la estación de autobuses se prometió mentalmente no llorar y no lo hizo pero no pudo evitar que sus ojos se enrasaran, tragó con fuerza el nudo que sentía en la garganta y dibujó una sonrisa en sus labios.
    Sergio la miraba a través del cristal. Vio como su madre intentaba disimular la pena y sonrió tenso. Le costaba un gran esfuerzo no dejarse llevar por la emoción. Aunque no se lo decía lo suficiente, la echaba mucho de menos y más cuando sabía que la casa se le caía encima. Una casa llena de recuerdos, no todos buenos. Sin embargo, ahora, tenía la esperanza de que con la llegada de Enrique a la vida de su madre esta fuera a recibir lo que se merecía. Ser feliz.
    Con la excusa de que necesitaría hablar sobre el programa había conseguido que ella le diese el número de teléfono del hombre.
    Se mantendría en contacto con él y hablarían, largo y tendido, de hombre a hombre. No estaba dispuesto a que ninguna otra persona de su género hiciese desgraciada a su madre. Ya no.
    El motor del autobús comenzó a ronronear y segundos después el conductor comenzó a maniobrar. Se despidió con la mano de la mujer que le había dado la vida y en el último instante le lanzó un beso, pero no estaba seguro que ella le hubiera visto. Siempre le pasaba igual.
    Volvía de nuevo hacia el coche cuando el pitido del móvil le avisó de que tenía un mensaje. Lo tomó entre las manos y leyó.
    «Hasta pronto. Y recuerda que echaré de menos tus guisos»
    Rió entre dientes y secó de un manotazo la lágrima que al final rodaba por su mejilla. Iba a guardar el teléfono cuando emitió un nuevo aviso.
    «Te quiero mucho mamá»
    Rompió a llorar desconsolada.



    Pasaron los días, y las semanas y cuando quiso darse cuenta llegó el verano y con él la decisión de qué hacer en las vacaciones los diez días que ambos habían decidido cerrar sus respectivos negocios.
    Enrique amaba la playa y ella, por el contrario, el campo. Se encontró con el dilema de tener que elegir entre ir sola o claudicar pero una tarde Enrique le llamó horas antes de cerrar.
    —¿Estás muy ocupada esta tarde?
    —Unos cuantos centros que me quedan por terminar. Nada que no pueda solucionar con rapidez. ¿Por?
    —Me apetece que paseemos la noche madrileña y cenar en alguna de las terrazas del bulevar. Te espero en la puerta de la joyería a la hora del cierre.
    Miró su indumentaria, andaría justa de tiempo si después de terminar los arreglos subía a acicalarse y tenía que ir después a buscarle. Decidió que el conjunto que llevaba era adecuado.
    —Está bien, allí nos vemos.
    La recibió con su habitual sonrisa en los labios. La sujetó con firmeza contra su cuerpo y la besó con pasión.
    —Demos un paseo —sugirió una vez se separaron.
    Tomados de la mano comenzaron a bajar por la hermosa avenida. Era una de las principales arterias de la capital.
    Charlaban animados comentándose la jornada laboral cuando Enrique paró frente al escaparate de una conocida agencia.
    «¡No, otra vez no!» suspiró aliviada al comprobar que las luces del local estaban apagadas, no se esperó, para nada el gesto de su acompañante. Decidido golpeó el cristal de la puerta y aguardó.
    —Está cerrado cariño, no creo que te vayan a atender.
    Pero se equivocó. A través del reflejo del cristal vio una joven que salía del fondo de la tienda, sonreía efusiva y se acercaba veloz a abrirlos.
    —Pasa Enrique —y con una sincera sonrisa se dirigió a ella—. Bienvenida. Pero pasad al despacho, os estaba esperando.
    Miró a Enrique que mantuvo un silencio sepulcral. ¡Menuda encerrona! Ya hablarían más tarde.
    —Tengo aquí preparado lo que me pediste —comentó la muchacha mientras sacaba de una carpeta unos folios.
    Lucía pudo comprobar el logotipo de unos conocidos hoteles. Paseó la mirada por circuito que la comercial había preparado. Enrique permanecía a la espera de que ella dijese algo. Al ver que no reaccionaba comentó:
    —Como no había manera de ponernos de acuerdo con respecto a mar o campo pensé que la mejor solución era esta. Hubiera preferido llevarte a Escocia que sé que es uno de tus sueños pero Ana no ha podido encontrar ningún vuelo disponible en las fechas que nosotros tenemos vacaciones.
    Asintió sorprendida.
    —Además, Asturias, es nuestra pequeña Escocia y no tendremos problemas a la hora de hacernos entender.
    Así que dicho y hecho. Salieron del local tiempo después con una reserva hecha para diez días en ese paraíso verde.
    Metros más allá fuera del alcance de la visión de Ana se enfrentó a él.
    —Señor Pérez, es usted un mal bicho.
    Él rió.
    —Iré tan solo con una condición.
    Enrique entrecerró los ojos, suspicaz.
    —¿Cuál?
    —Pagaremos a medias.
    —Pero es que…
    —No hay peros que valgan a medias o me quedo en mi casa.
    Suspiró resignado.
    —Está bien.
    —Trato hecho entonces.
    Prosiguieron el paseo en silencio. Enrique preocupado porque ella estuviera enfadada habló por fin.
    —¿No dices nada?
    —Es que estoy que aún no me lo creo.
    La cara de él reflejó su tristeza.
    —Tenemos tiempo de anular el viaje si quieres. Ana es un cliente habitual, la llamo mañana sin falta y le explico.
    —¡No! Para nada vamos a anular este viaje.
    —¿Entonces?
    Le besó con efusividad.
    —Estoy encantada. Fascinada. Has encontrado la solución perfecta y no podías haber elegido un lugar mejor.
    Sonrió feliz. Solo con ver el brillo de esos maravillosos ojos para él era suficiente.
    —Bien pues no se hable más. Ahora vayamos a cenar.



    Pasaron unas vacaciones idílicas. Una luna de miel de la que nunca había disfrutado y junto al hombre más maravilloso del mundo.
    Y llegó el otoño.
    Su relación con Enrique mejoraba con el tiempo. Los fines de semana bien lo pasaban en su casa o en la de él.
    Visitaba con cierta regularidad a Clara y aunque no se había atrevido a decirle nada a su compañero ella había observado que la mujer iba empeorando con los días. Perder a su hermana sería un duro golpe pero ella estaba dispuesta a llorar con él y ayudarle a cerrar esa honda cicatriz con su amor.
    En todo ese tiempo también había habido discusiones. Roces sin importancia que solventó con una disculpa bien de ella bien de él pero ¿quién no discutía alguna vez con su pareja? El que dijese que no lo hacía mentía. Además, las reconciliaciones eran memorables.
    Durante esos meses Sergio y Enrique habían afianzado su amistad. Habían trabajado codo con codo en el programa informático y su compañero estaba encantado, las horas que había ganado preparando sus diseños las invertía en ella.
    Cada día les costaba más alejarse uno del otro. Posponían la hora de regresar a sus hogares con tal de no separarse. Pero Lucía había escarmentado. No quería depender de un hombre para tener vida social.           Cuando se separó de Miguel se encontró sola, sin nadie con quién salir, ya que la mayoría de las amistades, de él, eran matrimonios. Así que de vez en cuando salían con un grupo de amigos, de ambos y disfrutaban de esas charlas masculinas o femeninas que tan solo se daban con las personas de tu mismo sexo.
    Algunos de sus amigos comentaban con chanzas como se buscaban con la mirada,  que parecían dos tortolitos y ellos reían encantados.
    Enrique había aceptado las sugerencias de ella en la decoración de su casa. Había conseguido convencerlo de no vender el bonito chalet. Estaba en una zona privilegiada de la sierra y gozaba de un inmenso espacio donde relajarse y dar rienda suelta a su creatividad.
    Poco a poco tanto en  una casa como la otra fueron haciendo pequeños huecos en los armarios donde dejar artículos personales.
    Le encantaba una vez terminaba de arreglarse abrir el frasco de perfume que él tenía en el estante del baño y olerlo. Le parecía que de un momento a otro él atravesaría el umbral de la puerta y la rodearía con sus brazos, dejando un reguero de besos sobre su cuello como solía hacer.
    No sabía que Enrique por su parte, en las noches que pasaba en solitario sobre la enorme cama colocaba uno de los camisones que ella utilizaba cuando compartían el fin de semana en la casa de él, y lo colocaba sobre la almohada para sentir el aroma que la piel de ella impregnaba en la tela.
    Se moría por pedirla que se fuesen a vivir juntos. Tras las vacaciones de verano y los fines de semana que pasaban juntos cada vez llevaba peor tener que prescindir de su presencia, aunque fuera tan solo por unas horas. Pero esas horas se le hacían interminables.
    Había diseñado con ayuda de Sergio unos pendientes de oro y brillantes para ella. Dos preciosas margaritas. Al fin y al cabo no eran unas flores exclusivas de Clara y habían sido estas las que los habían unido.
    Tan solo esperaba el momento idóneo para dárselas y declararse oficialmente.
    El joven le alentaba. Se habían tomado aprecio y él le aleccionaba con sus diseños. Además de ser un magnífico informático dibujaba con maestría. Varios de sus últimos diseños se habían vendido muy bien y aunque él quiso que Sergio cobrara un porcentaje el joven se negó a ello.
    Era tan testarudo en eso como la madre así que decidió que con la edad que tenía ya era hora de que como cualquier chaval de su edad pudiera moverse con total libertad y le pagó un curso on line para que se sacara el carnet de conducir.
    Le había oído quejarse varias veces de tener que depender de sus amigos y sabía que aunque a Lucía el negocio le marchaba bien no podía desembolsar ese dinero.
    Temió la reacción de ella pero cuando entendió que era un pago en especie y que para nada quería inmiscuirse en la educación de su hijo y mucho menos dirigirles la vida ni a ella ni al joven se alegró mucho.       Él le prometió que a partir de entonces las decisiones las tomarían conjuntamente. Y así había sido.
    Y el otoño había llegado sin apenas darse cuenta. Y junto a él largos paseos por los jardines de El Retiro donde rememoraban sus primeras citas.
    Mientras buscaba información sobre una de las máquinas del taller que se había estropeado y esperaba la llamada de respuesta del fabricante de la pieza aprovechó para buscar información sobre el hayedo de Montejo y las visitas al mismo.
    Deseaba sorprender a Lucía. El amor que ella sentía por la naturaleza y que quedó patente durante sus vacaciones en Asturias le había dado la idea.
    Quería aprovechar ese bucólico entorno para declararle su amor eterno y pasar junto a ella en algunos de los bonitos hoteles de la sierra madrileña el fin de semana.
    Pensar en ella le hizo desear verla así que despidió a la dependienta hasta el día siguiente y con rapidez cerró el comercio.
    La noche caía ya. Fue cuando recibió la llamada. Se quedó clavado en el sitio cuando en la pequeña pantalla del teléfono identificó quién era el emisor. Dio paso al mismo con la mano temblorosa.
    —¿Enrique? —se oyó decir al otro lado de la línea cuando contestó—. Creo que deberías venir.
    Escuchó atento la llamada del médico de la residencia y colgó impactado. Lo siguiente que recordaba era ver llegar a Lucía, en chándal y zapatillas, corriendo en su búsqueda y poco después apareció Sergio conduciendo el destartalado coche de su madre.
    Cambiaron la posición en los asientos y Lucía condujo hacia el pueblo donde se hallaba el centro. Sergio sentado a su lado en la parte trasera del coche apoyaba la mano en su hombro y le apretaba este a modo de consuelo.
    Cuando llegaron al lugar la noche ya era cerrada. A esas horas la recepción permanecía vacía pero una auxiliar se acercó a ellos para accionar el sistema que abría el portón de hierro.
    Subieron las escaleras con rapidez y aminoraron la marcha al bajar del ascensor en la planta donde permanecía su hermana.
    Al penetrar en la habitación le impactó la respiración forzosa de Clara. Su palidez. El rictus de dolor que reflejaba su rostro. No pudo ni quiso evitar las lágrimas que cayeron por su rostro.
    Se acercó hacia el lecho para acariciar la mejilla del único familiar que le quedaba.
    —¿Hay alguna posibilidad?
    La enfermera negó con tristeza.
    Notó la mano de Lucía tomar la suya. Le apretó emocionado y ella segundos después se soltaba para rodearle con su brazo.
    Sergio permanecía quieto a los pies de la cama.



     Sentía el frescor de la hierba bajo sus pies descalzos.
    Alzó la vista para contemplar la inmensidad de la llanura en la que se encontraba.
    Rió feliz. La pradera estaba repleta de margaritas. Aquí y allá el rojo fuego de las amapolas rompía la blancura del manto floral.
    Una suave brisa agitó sus cabellos y a su nariz le llegó un olor inconfundible.
    Volvió el rostro y allí estaba. Ella.
    Los cabellos canos, tal cual los recordaba; la fina tez de su rostro y una pícara sonrisa que hacía resaltar sus preciosos ojos grises. Esos que en multitud de ocasiones  había envidiado.
    —¡Mamá! —exclamó emocionada y corrió hacia los brazos que metros más allá le esperaban abiertos.
    Se sumergió en ellos. Sintió el calor y la calma que le transmitían y el olor de su madre. Tan suyo.
    —Al fin, luz de mis ojos —susurró su madre sobre su frente y depositó un beso con ternura.
    —Te he echado tanto de menos —la voz sonó quebrada por el llanto.
    —Yo también mi niña.
    No supo cuanto tiempo se aferró a esos brazos. Cuando el llanto se calmó fue consciente que faltaba alguien.
    —¿Y papá? —y con temor prosiguió—. ¿No está aquí?
    —Sí, nos espera. Él también se alegrará mucho de verte. Vamos.
    Tomadas de la mano comenzaron a andar sobre un sendero que surgía a su paso a través de las margaritas.
    Una voz le llegó en la lejanía.
    —¡Clara!
    Detuvo sus pasos. A lo lejos bajo la copa de un hermoso roble Enrique la llamaba. Titubeó unos instantes.
    —Vamos Clara, él será muy feliz.
    En el mismo instante que su madre pronunció esas palabras junto a su hermano apareció la figura de una mujer.
    —Adiós Clara.
    Oyó la voz de ella que se despedía. Una voz sobre un rostro borroso.
    Con una sonrisa en los labios y una lágrima cayendo por su mejilla susurró.
    —Adiós Enrique. Te esperaremos… pero aún no.
    Con mano temblorosa Enrique limpió la solitaria gota que resbalaba por el sonriente rostro de su hermana.
    Lucía le abrazó por detrás. Transmitiéndole todo el dolor compartido pero también todo el amor que los unía.
    Tomó las manos de ella y las besó.



    Esparcieron las cenizas de Clara sobre los campos que en su infancia había recorrido.
    Los días de luto se alargaron semanas. Y Lucía se trasladó a la casa de Enrique. Aunque él intentaba aparentar normalidad observó que se perdía en sus pensamientos y le atemorizaba que pudiera tener un accidente al desplazarse a la capital pero esto no ocurrió como ella esperaba.
    Enrique se sumió en un estado depresivo donde se dejaba manejar como un muñeco sin querer tomar las riendas de su vida habitual.
    Sergio junto a la dependienta de la joyería se hizo cargo del negocio de Enrique.
    La noche de un viernes Lucía habló con su hijo.
    —Necesito que estés aquí a primera hora de la mañana.
    —Está bien mamá.
    —Tengo que hacer un pedido al vivero y preparar…
    —No tienes que decirme nada más. Mañana a las ocho me tienes allí.
    Al día siguiente puntual como un reloj suizo el joven aparcaba el coche en la entrada del chalet.
    Antes de que su mano llegase siquiera a rozar el timbre de la puerta, esta se abrió.
    —Enrique está descansando. En la nevera tienes lo necesario para preparar la comida. Intentaré regresar lo antes posible pero…
    —¿Quieres dejar de preocuparte por todo e irte ya?
    —Ya voy.
    Acarició la mejilla de su hijo, depositó un beso sobre ella y se alejó con paso rápido hacia el coche.
    —Las llaves están puestas —fue lo último que escuchó de Sergio.
    Entró en el chalet y se encaminó hacia la cocina. Lo primero de todo un café. Y unas tostadas, decidió al sentir el gruñido de su estómago.
    Tras recoger el desayuno tomó el portátil que había llevado consigo y se dedicó a navegar por la red.
No dejaba de dar vueltas a una idea que le rondaba por la cabeza.
    Esos meses en los que había trabajado con Enrique se había sentido muy a gusto realizando las dos profesiones que más le gustaban: la informática y el diseño.
    El compañero de su madre era un jefe exigente pero no podía reprocharle nada ya que él respondía por igual, pagaba bien y le había tomado bajo su tutela con el fin de enseñarle el manejo de los materiales y herramientas de su oficio. Tuvo que reconocer que le gustaba.
    Pero quería ir más allá. Los expertos conocimientos y la dedicación y delicadeza de las piezas realizadas por Enrique no estaban reconocidos como él merecía y ahí encajaba su idea.
    Le propondría visitar y darse a conocer en exposiciones y eventos del gremio, donde interactuarían con el público, potenciales clientes.
    Crearían una página web donde colgarían imágenes de las joyas que Enrique había realizado, el taller y los últimos avances de éste.
    Abrirían un nuevo mercado diseñando piezas para la joven aristocracia y la clase media-alta.
    Todo esto se pospuso debido a la muerte de Clara. Enrique estaba sumido en su duelo y sabía que no estaba en condiciones de tomar ese tipo de decisiones por el momento.
    Sería mejor que subiese a ver como estaba su maestro y amigo. Golpeó con los nudillos la puerta pero nadie contestó. Decidió entreabrir.
    Enrique se hallaba sentado en la cama con varios libros de fotos esparcidos sobre ésta.
    —Llamé pero no contestaste —se disculpó— ¿Puedo pasar?
    El hombre asintió de manera casi imperceptible.
    —¿Qué haces? —preguntó aunque sabía la respuesta.
    Los oscuros ojos del hombre se cruzaron con los suyos. Sergio pudo ver que en ellos no estaba el brillo que les caracterizaba. Las ojeras marcadas bajo estos decían a gritos que su dueño no dormía lo suficiente por las noches.
    —Deberías salir de este cuarto.
    Su jefe encogió los hombros desganado. Esa actitud le irritó.
    —Dúchate, ponte ropa cómoda y sal al jardín. Disfruta de estos días otoñales, distrae tu mente con buenos recuerdos.
    —Es lo que pretendo.
    —No —respondió indignado—. Estás dejando que la tristeza te inunde. Clara no desearía esto.
    Por unos segundos la mirada de Enrique brilló con furia para instantes después apagarse de nuevo.
    —Déjame en paz.
    —No, no te dejaré —ante la cara impasible de Enrique las palabras surgieron—. Llevamos varios meses trabajando codo con codo. Jamás me había sentido más a gusto con una persona. Eres la figura paterna que nunca tuve. Me has dado cariño, confianza. Has conseguido que me valore y valore mi trabajo. Has hecho que comparta tus ilusiones, tus proyectos y me sienta feliz porque me involucres en ellos.
    »He seguido tus consejos. Tengo un montón de ideas que exponerte. Creo que podríamos realizar muchas cosas, juntos… y ya no solo me refiero a nivel profesional.
    Enrique escuchaba en silencio.
    —Pero tú has decidido encerrarte aquí. Guardar bajo llave todas tus emociones, echar por tierra todo lo conseguido conmigo y con mi madre. Te queremos —la voz se le quebró al decir esto—, sé que no somos de la misma sangre, al igual que he elegido a mis amigos y los considero parte de mi, de mi familia yo te he elegido a ti… como padre.
    Secó las lágrimas que surcaban su rostro.
    —Y ahora si me disculpas me iré a hacer la comida.
    Abandonó el cuarto cerrando la  puerta muy despacio.
    Parpadeó sorprendido. Escuchaba la perorata del joven deseando que terminara. Que expulsara toda la furia que parecía tener en su interior pero ver a su pupilo al borde de las lágrimas y escuchar de sus labios que lo consideraba igual que un padre hizo que una descarga de emociones recorriera todo su cuerpo.
    Comenzó a llorar, convulso. Cubrió durante una largo tiempo su rostro con las manos hasta notar que su cuerpo expulsaba todo su dolor, toda su ira por la injusticia de la vida.
    Desechó de varios manotazos el llanto que cubría sus mejillas y fue cuando se encontró la mirada de Clara en una fotografía. Sonreía feliz a la cámara con una margarita entre sus dedos.
    Recordó el juego que su hermana mantenía con esa flor. Y ahora que lo pensaba detenidamente, era cierto, Clara siempre había tomado las decisiones por sí misma, con sus aciertos y sus errores y hasta el momento de su accidente había vivido con intensidad, poniendo en todo cuanto hacía el amor a la vida. A esos preciosos instantes que esta brindaba.
    Y ahora él, que se hallaba en uno de esos momentos, iba a dejar que el desánimo y la tristeza destruyesen todo. Todo aquello que le importaba. La mujer que desde el fallecimiento de su hermana le cuidaba con amor, su negocio y un hijo, no biológico pero un hijo al fin y al cabo. Así se lo había declarado con todo el ímpetu y la sinceridad de su juventud.
    Se levantó de la cama con el brillo de una nueva ilusión en la mirada. Despojó su cuerpo del arrugado pijama, abrió el grifo del agua y dejó que esta se llevara consigo los últimos rastrojos de tristeza.
    Frente al espejo, se afeitó y acicaló como siempre. Desechó la propuesta del chándal que había comentado Sergio. No, se vestiría correctamente. Hecho esto se acercó hacia la cocina de donde salía un delicioso olor a comida.
    —¿Tendrías un café para mi?
    Sergio giró sobresaltado al escuchar la voz de Enrique.
    —Por supuesto —dijo mientras apartaba del fuego la salsa y servía una generosa porción de la bebida en una jarra— ¿Leche?
    —No gracias.
    Enrique tomó el jarro entre las manos. Aún estaba tibio. Bebió y sintió como el brebaje calmaba la tensión de sus músculos.
    —En menos de media hora mi madre estará aquí —comentó el joven que rompió así el silencio que se había instaurado en la cocina.
    Enrique se levantó, dejó el tazón vacio en el interior del lavavajillas y se acercó a observar lo que el joven preparaba.
    —Salsa boloñesa.
    Éste asintió.
    —Me gusta.
    Sonrió ante el gesto de acercamiento de Enrique. Carraspeó antes de dirigir la mirada hacia él.
    —Quisiera disculparme por…
    Pero las manos alzadas del maduro hombre que tenía frente a sí acallaron sus disculpas.
    —Necesito —inspiró profundo—. Hijo —pronunció emocionado—. Necesito que me abraces.
    Ambos hombres se fundieron en un estrecho apretón. Fue así como Lucía los encontró. Mostrándose ambos el cariño y el respeto que se tenían mutuamente. Se acercó a ellos y los rodeó con sus brazos, uniéndose a ese amor.



continuación

domingo, 6 de julio de 2014

DESHOJANDO PASIONES (continuación V)




    —Un toque de color y listo —murmuró a su propio reflejo en el espejo.
    El sonido del interfono hizo que la mano temblase.
    —¡Abre! —ordenó a Sergio—. Ahora salgo —avisó.
    La voz sonó trémula. Inspiró varias veces para tranquilizar los nervios y deshacer el nudo que se anidaba en el estómago desde hacía unas horas.
    Minutos después el timbre de la puerta sonaba. Oyó como las voces masculinas se saludaban, cortesas y tras esto nada, silencio, así que decidió salir del aseo.
    En el recibidor, ambos hombres se estudiaban con disimulo. Sonrió y se acercó hasta ellos. Titubeó unos segundos al acercarse a Enrique antes de depositar un beso en la mejilla.
    Le embriagó el aroma de la colonia y la suavidad de la piel recién afeitada. Los latidos de su corazón se dispararon y ante la oleada de deseo que la embargó sus mejillas se ruborizaron.
    El brillo ónice de los ojos de Enrique y la sonrisa de complicidad de sus labios delató por igual los sentimientos de él.
    Sergio observaba a la madura pareja y se tragó la carcajada que pugnaba por salir de sus labios. Se comían con la mirada, embelesados, olvidando por un instante su presencia. Carraspeó discreto para romper el momento y gracias al Cielo su madre reaccionó.
    —Pero pasa no te quedes en la puerta —y acompaño con un gesto de la mano la invitación—. Sentaos.      Voy a mirar el asado del horno y vuelvo con los aperitivos.
    —Te ayudo —fue la respuesta simultánea de ambos.
    —Por favor Enrique eres el invitado —objetó Sergio—. Habrá más ocasiones.
    Sonrió travieso al hombre que sentado en el sofá asintió.
    —Y si te parece bien creo que sería el momento de que me dieses la botella que sujetas entre tus manos o ¿estoy equivocado y no es para compartir durante la cena? ¿Queréis celebrar algo después? —y recalcó la última palabra.
    El hombre se removió incómodo en el asiento.
    —Sí, perdón, no sé en qué estaría pensando —y azorado extendió el licor que el joven tomó.
    Al perderse junto a Lucía en el pasillo, Sergio recibió un cachete en el cogote y una mirada de advertencia. Rió entre dientes.
    —Lo siento, no pude evitarlo —dijo en voz baja ya en el interior de la cocina—. Pero es que os teníais que haber visto.
    —¿Qué? —preguntó Lucía extrañada.
    —Mama pues que, —pero ¿cómo demonios se decía a una madre que parecía una tigresa relamiéndose ante su presa?— creo que voy a engullir la cena lo más rápido que pueda para dejaros espacio libre.
    Ahogó un jadeo al escuchar a su hijo. No por lo que había dicho sino por lo que no había comentado. Sería una cuarentona, estaría algo desfasada en eso del amor pero sabía leer entre líneas.
    —¡Sergio! —regañó.
    —¿Mamá? —y los ojos le brillaron juguetones.
    Sintió que las mejillas se le encendían.
    —Nada. El asado está listo.
    «Nadie mejor que una madre para saber cambiar la conversación cuando no le conviene» pero su cuerpo rebosó de alegría. Estaba muy agradecido a ese hombre que debido a sus puyas esperaba inquieto en el salón. Había devuelto el brillo y la vida a la mirada de su madre y tan solo por eso merecía todo su apoyo y su respeto.
    La cena transcurrió tranquila. La conversación entre Enrique y Sergio surgía fluida. Hablaron de deporte, política, de la situación laboral actual.
    —Es una lástima que la mayoría de nosotros tengamos que plantearnos salir de nuestro país para buscarnos la vida —comentó con tristeza Sergio.
    —¿No hay oportunidades aquí? —se interesó Enrique.
    —Realmente no, la mayoría de las multinacionales están en el extranjero y los orientales vienen pegando fuerte hasta tal punto que me estoy planteando empezar a estudiar japonés.
    —Eso no me lo habías comentado —reprochó Lucía.
    —Es tan solo una posibilidad —no era el momento pero ya que había salido la conversación era mejor dejarlo caer.
    Llevaba un tiempo planteándoselo pero nunca se había atrevido a comentarlo con su madre, no en los últimos años sabiendo que se quedaría sola pero ahora…
    —¿Entonces dices —Enrique decidió dar un giro a la conversación para destensar el ambiente— que tienes conocimientos en programas de diseño en 3D?
    Sergio asintió.
    —Eso me interesa.
    El joven alzó una ceja en muda pregunta.
    —Verás. Siempre he trabajado guiándome en el diseño en papel que realizaba de la pieza según el gusto del cliente o el mío propio. Pero hay personas que por mucho que les expliques no llegan a ver —y entrecomilló con los dedos— la joya en su mente hasta que no está en sus manos y no siempre quedan satisfechos, con lo cual debo retocar las piezas aumentando con ello los costes.
    —Entiendo.
    —Y es una pérdida de tiempo y material —continuó Enrique—. Sin embargo si yo dispusiese de un programa sencillo en el que pudiera dibujar la pieza, mostrarla al cliente desde todos los ángulos, con los distintos materiales y piedras que se pudiesen utilizar, estoy casi seguro que me ahorraría muchos quebraderos de cabeza.
     Sergio entrecerró los ojos, concentrado. Enrique y Lucía se miraron al ver que el joven, serio, no contestaba. Sin previo aviso una sonrisa de satisfacción surgió de los labios del muchacho y sus ojos se avivaron ante el desafío que el hombre acababa de servirle en bandeja.
    —Déjame algo de tiempo, creo que podría ayudarte.
    —¿En serio?
    El estudiante asintió. El joyero sonrió feliz. Y Lucía no cabía en sí de gozo, tanto porque su hijo le demostraba una vez más que valía tanto para un roto como para un descosido como comprobar que su miedo a que ellos no congeniasen había sido infundado.
    En lo que llevaban de cena y postre Sergio había hablado más con Enrique que con su propio padre en esos últimos años.
    Suspiró satisfecha. Esto se merecía un café y una copa de cava.
    Se levantó para comenzar a recoger la mesa y no hizo falta que dijese nada porque los dos hombres se alzaron también y entre los tres recogieron todo. Su hijo hasta barrió las pocas migas que habían caído de la mesa. Enrique, por su parte, abría los armarios de la cocina preparando lo necesario para tomar el café cuando Sergio entró.
    —Veo que te mueves con soltura por la cocina, yo aún suelo equivocarme.
    Las palabras fueron dichas sin maldad más corroborando el hecho que una amonestación pero la pareja se sonrojó y Enrique quedó, durante unos segundos, con la mano suspendida en el aire sujetando una taza, que posó después sobre la bandeja.
    Viendo que el comentario parecía haber creado cierta tensión decidió aclarar.
    —Vamos pareja ¿no pensaréis que me va a molestar que halláis compartido cama? Por favor, que estamos en el siglo XXI.
    Lucia empalideció mientras sus ojos se abrían sorprendidos. Enrique le miró perplejo para instantes después romper a reír. Seguido de Sergio y Lucía.
    El sonido de una llamada entrante en su móvil hizo que el joven abandonase la cocina.
    Se oía la voz de Sergio en el salón riendo y charlando con los amigos. No se supo cual de los dos inició el beso. Sus bocas se buscaron con ansia, sus manos se acariciaron por encima de la ropa, el aire de la habitación se llenó de suspiros ahogados, de palabras susurradas cargadas de pasión. Perdieron la noción de dónde estaban, tan solo les llenaba la presencia del otro, su aroma, su piel.
    Rompieron el abrazo de forma brusca al escuchar los fuertes pasos de Sergio y la voz de este que gritó al final del pasillo.
    —Mamaaaa —sonrió ladino, les daría un tiempo prudencial para que se recompusiesen, sí. Porque lo que tenía muy claro es que esos dos habrían aprovechado el momento de soledad para magrearse a conciencia.
Y no lo dudó ni un segundo cuando observó las leves gotas de sudor de la frente de Enrique y el rubor de las mejillas de su madre.
    —Me voy, siento no poder tomarme el café con vosotros pero estos me esperan.
    —Pero hijo…
    —Ya te lo dije —avisó y se colocó una ligera cazadora de entretiempo— ¡Ah! Y no me esperes a dormir seguramente me quedaré en casa de Roberto.
    Lucía se acercó para darle un beso, abrazado a ella aprovechó para guiñarle un ojo a Enrique al mismo tiempo que vocalizaba: «Vía libre»
    Ambos hombres compartieron una sonrisa de complicidad.
    Le caía bien ese muchacho. Parecía aceptar con total normalidad que su madre mantuviese una relación, era muy joven pero parecía maduro para su edad.
    Le gustó la actitud cuando prometió ayudarle en la propuesta. No había tenido hijos pero si así hubiese sido le habría gustado que se pareciera al hijo de Lucía.
    Escucharon cerrarse la puerta de la casa y sin apenas dudarlo se abalanzaron el uno sobre el otro.
    El pasillo fue mudo testigo de sus besos, sus gemidos, de sus manos desnudándose mutuamente.
    Cayeron los dos sobre el lecho y se amaron, queriendo compensar las horas y días pasados sin poder sentirse.




    Suspiró feliz al ver alejarse a Enrique con el ramo de margaritas en la mano camino de la residencia.
    Pasaría parte de la mañana y de la tarde del sábado en compañía de Clara y había quedado en recogerla para ir al cine y cenar después.
    Lo agradeció. Dormiría la siesta y arreglaría la casa y lo más importante le daría tiempo a meter en el neceser lo necesario para pasar la noche fuera porque él le había invitado a conocer su casa. Iba a haber protestado pero le pudo la curiosidad. Le apetecía ver dónde vivía, su hogar, sus muebles, sus pertenencias.
    A la hora acordada él llamó al telefonillo. Vestía de sport y durante los segundos que tardó en echar la llave pudo comprobar que los pantalones le quedaban muy bien, pero que muy bien, sobre todo a la altura de las nalgas. Las ceñía, tentadoras y se preguntó como un hombre de su edad, que se pasaba la mayor parte del día sentado podía mantenerse tan en forma. Respuesta que obtuvo horas más tarde.
    Dio por sentado que irían a alguno de los pocos cines de la capital que a duras penas conseguían sobrevivir pero, al igual que el hombre que le acompañaba, la sala le sorprendió muy gratamente.
    —¿Qué película vamos a ver? —tan abstraída había estado observando el lugar que ni siquiera se había preocupado hasta ese instante por el film. Esperaba que no fuese una película de acción, de esas que tanto gustaban a Miguel.
    —Intocable de Nakache y Toledano.
    —¡Ah, bien!
    Enrique rió entre dientes.
    —Son dos directores franceses, de nuestra edad. Te gustaran.
    Cine europeo. Francés. A ella le sacabas de Gerard Depardieu y estaba totalmente perdida. Hubiera jurado que por cómo le había sonado el primer apellido un japonés y un castellano-manchego habían aunado sus intelectos y dado rienda sueltas a sus fantasías cinematográficas.
    La intensidad de los focos disminuyó y comprobó que no rondarían la veintena de personas en la pequeña sala. Minutos después las luces se apagaron y la banda sonora comenzó a sonar.
   —Ten —le dijo Enrique una hora después al tiempo que la extendía un pañuelo de tela.
   Las luces de la sala no lograron sacarla del momento de éxtasis en que le había dejado la película.
   —¿Vamos? —preguntó su acompañante.
   Asintió embelesada. Y es que los ciento nueve minutos, como le informó después Enrique, le habían sabido a poco. Con gusto hubiera engullido más sobre la vida conjunta de Philippe y Driss.
    Abandonó la sala con un suspiro de satisfacción. Caminaban en silencio abrazados cuando él preguntó.
    —¿Te ha gustado?
    —¿Gustar? —observó la cara expectante de él. Su entrecejo se había unido, leve, a la espera de su respuesta—. Decir gustar es quedarse corto. La película es…es —no tenía palabras para describir los sentimientos, las emociones que le habían hecho sentir. Enrique asintió sonriente.
    —Sí, en efecto, ES.
    Detuvo sus pasos y le enfrentó. Agarró las solapas de la chaqueta que él llevaba y susurró.
    —Gracias —al tiempo que tiraba de esta y acercaba los labios de Enrique a los suyos.
    Se separaron minutos después, abrazados y con pasos lentos se dirigieron a cenar.
    Casi a medianoche abandonaron en el interior del automóvil de Enrique el parking privado dónde habían estacionado. Media hora más tarde las puertas de hierro del chalet del joyero se deslizaban, en silencio, para dar paso a la pareja.
    La vivienda unifamiliar era de una sola planta. Un hermoso y cuidado jardín daba la bienvenida. Un sendero de losetas de piedra dividía el césped recortado desde la verja a la entrada principal. Ellos rodearon la casa por un sendero de gravilla que desde el garaje daba acceso a dicha entrada.
    Enrique le pasó el neceser que él había tomado del maletero del coche y abrió, algo nervioso, la lacada puerta en blanco.
    Lucía sonrió, el momento le recordó su primera cita cuando ella temblorosa había abierto la puerta del portal.
    El hombre la invitó a pasar al interior. El eco de sus pisadas retumbó en las paredes. Enrique  le precedía.
    —Tendrás que disculpar la decoración de la casa pero ya sabes que dispongo de poco tiempo libre.
    ¿Decoración? No podría llamarse así al poco, más bien escaso mobiliario con el que se iba encontrando. Antes de poder formular la pregunta que pugnaba en sus labios él la contestó.
    —Eva, mi ex, no solo me pidió el divorcio.
    ¡Madre mía! Y si se hubiera descuidado le habría quitado hasta la última gota de sangre. Notó como la ira brotaba en sus entrañas y se disponía a decir lo que pensaba de esa mujer cuando él giró el rostro y se encontró con la obscura mirada de Enrique llena de tristeza. Se tragó la bilis y dibujó una enorme sonrisa en sus labios.
    —Mejor así, ahora la decorarás a tu gusto.
    Él sonrió con tristeza mas no iba a dejar que su pasado se interpusiese entre ellos.
    —¿Te apetece una copa? Aún conservo el mueble bar y creo que puedo ofrecerte algún licor sin alcohol.
    Pasaron al salón donde una enorme chimenea era el centro de atención. Un sofá de dos plazas, una mesa auxiliar, el mencionado mueble y unos cuantos retratos de familia eran todos los muebles que quedaban.
    Se sentó en el pequeño sillón y esperó a que él se acercara con las bebidas.
    Enrique se acomodó en el hueco libre y ella aprovechó para acurrucarse contra su pecho. Vio como él, pensativo, se llevaba la copa de brandi a los labios para posarla, sujeta entre los dedos, en el antebrazo del asiento.
    —Pareces preocupado.
    Notó como él giraba el rostro hacia ella, le oyó suspirar y sintió el beso que depositaba sobre sus cabellos.
    —No —contestó tras unos minutos de silencio—. Tan solo pensaba en el maravilloso momento en el que estoy en mi vida.
    Lucía sonrió feliz.
    —En ti —continuó él—. En por qué el maldito destino no hizo que nuestros caminos se cruzasen mucho antes.
    Ella pensaba exactamente lo mismo. De su pasado tan solo podía agradecer su maternidad.
    —Jamás en los años que compartí con Eva me sentí así.
    La acomodó en su pecho para poder contemplarla.
    —Tú me completas. No tengo palabras para describir lo que me haces sentir. Yo…
    No le dejó continuar. Besó con pasión esos labios acallando con el gesto y confirmando con él que ella sentía lo mismo. Durante intensos minutos sus bocas y sus caricias hablaron por sí solos.
    Se separó, renuente y susurró sobre los labios de él.
    —Hazme el amor.
    Y se amaron, con lentitud, expresando con las manos y los labios todo lo que sentían, amoldando sus cuerpos, rompiendo la barrera de piel contra piel, enlazando sus almas en una sola.
Exhaustos, abrazados se dejaron vencer por el sueño.

continuación