lunes, 9 de junio de 2014

DESHOJANDO PASIONES (continuación IV)


    —Será mejor que subamos —susurró Enrique sobre los labios de Lucía cuando se separó de ella.
Ascendieron con rapidez los escalones que les separaban de la puerta del domicilio, giró la cerradura blindada varias veces, nunca ese corto lapsus de tiempo se le había hecho más eterno, entraron casi a tropel y cuando con un sonoro golpe la puerta se cerró, Lucía soltó la nevera que portaba en la mano que cayó con un golpe sordo sobre la tarima. Rodeó con los brazos el cuello de Enrique y enredó los dedos en el frondoso cabello a la vez que acercaba su rostro al de ella.
    Le asió por la cintura y la apretó contra él. Despegó renuente los labios de esa boca para perderse en la curva de su cuello. Besó, lamió, mordió.
    Los suspiros de Lucía y su respiración entrecortada aumentaron su excitación que comenzó a presionar contra los vaqueros.
    —¿Dónde está tu dormitorio? —preguntó mientras sus dientes y la lengua jugaban con el lóbulo de la oreja.
    Siguió con la mirada la dirección que el dedo señalaba, al fondo del pasillo.
    Se deshizo de la mochila y de la cazadora vaquera y empujó el cuerpo de Lucía hacia allí. Ella guiaba a ambos entre el frenesí de besos y caricias.
    Traspasaron la puerta de la alcoba  y segundos después las piernas femeninas rozaban el borde del colchón.
    —No sabes cuánto te deseo —dijo con la voz enronquecida—. Cuántas veces en sueños te he tenido entre mis brazos… desnuda.
    Esa palabra cayó como un jarro de agua fría sobre su nublada consciencia.
    —¿Desnuda? —preguntó cohibida y antes de que él pudiera responder empujó el pecho con las palmas de las manos separándose.
    Enrique miró el rostro, ahora lívido, de Lucía.
    —¿Qué ocurre?
    —No —negó efusiva—. Desnuda no —los ojos se enrasaron.
    Vio el temor a través de las lágrimas que pugnaban por salir. Frenó su deseo.
    —Si no estás preparada para dar este paso, dilo ahora, lo entenderé.
    La comisura de los labios le temblaba. Sentía un nudo en la garganta. No estaba segura de que su voz saliese de ésta pero aún así habló.
    —No es eso —y por toda explicación pronunció las palabras—. Mi cicatriz.
    Dos vocablos que le hicieron percibirse de sus miedos.
    —¿Cicatriz? —preguntó en un tono lo más neutral que pudo. Tenso esperaba la reacción de ella.
    —Sergio nació por cesárea —desvió la mirada de esos intensos ojos, no se sentía con la fuerza suficiente para ver en ellos la aversión que tantas veces había visto en la mirada de su esposo—. Miguel la odiaba.
    Enrique inspiró hondo. Así que era eso.
    —Muéstramela —pidió dulcemente.
    La mujer centró de nuevo la atención en él, sus ojos se abrían horrorizados, tomó entre sus manos el rostro de ella, rozó con su boca los trémulos labios y volvió a pedir.
    —Por favor, déjame verlo.
    Dejó espacio suficiente entre ellos para que Lucía pudiera desabrochar el botón de los jeans y alzar el borde de la camiseta.
    Allí estaba, unos centímetros más abajo del hoyuelo del ombligo. Una fina línea rosada. Se arrodilló frente a ella, quitó las manos de Lucía que habían cubierto la antigua herida.
    —Enrique…
    —¡Sh!
    Deslizó el pantalón hacia los pies y con movimientos tiernos se deshizo de ellos. Metió los pulgares en el borde de la braga y la desplazó hacia abajo, ésta cayó junto a los pantalones.
    El pubis recortado de Lucía quedó expuesto ante sus ojos. Sin que ella pudiera evitarlo paseó la yema de sus dedos por la tenue señal.
    Las manos de ella permanecían rígidas, los puños apretados, a los lados de su cuerpo sin saber muy bien que hacer. Aprovechó su desconcierto para seguir explorando el vientre de ella. Resiguió con el dedo índice la cicatriz. Al tacto tan solo se notaba un ligero abultamiento en la piel.
    —Es áspera —susurró Lucía.
    Él denegó sin dejar de acariciarle y antes de que ella se lo impidiese aproximó los labios a la rosada piel y la beso cuan larga era.
    —Esto es una marca de amor —murmuro—. De vida —y miró el rostro de Lucía— y si cualquier otro hombre no ha podido ver más que esto en ella… es un malnacido.
    A la mente le vinieron otras maldiciones pero se contuvo.
    Las manos de Lucía ahora, cubrían sus labios, ahogando con ellas los sollozos y empapándose con las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas.
    Se alzó hasta queda frente a ella, cara a cara.
    —Eres muy hermosa.
    Lo abrazó, se sumergió entre sus brazos, apoyó la frente sobre el fuerte pecho, sintiendo su calor, sintiéndose protegida.
    Enrique acarició su espalda, depositó tiernos besos sobre el cabello de ella. A medida que los sollozos se apagaban, sus manos fueron demandando más.
    Lucía alzó el rostro para besarle, para perderse en la tibieza de esos labios. El deseo volvió a extenderse por su cuerpo. Desabotonó la camisa entre caricias, él deslizó la camiseta que cubría los senos que dejó expuestos al deshacerse del sostén.
    Con movimientos lentos desabrochó el cinturón y deslizó la cremallera metálica notando sobre la palma de la mano la dureza que se marcaba bajo la tela. Enrique le ayudó impaciente, acarició por encima del bóxer el miembro masculino provocando un gemido como respuesta. El terminó de desnudarse.
    Quedaron frente a frente. Piel con piel. Deseo contra deseo. Pasión con pasión.
    Perdieron la noción del tiempo entre suspiros, besos y caricias.






    No dejó que la alarma del despertador se activase. Llevaba despierta desde que notó la presencia de Enrique a su lado. Ni siquiera tuvo que pedirle que se quedase a dormir y le gustó el gesto. Seguramente se habría sentido algo decepcionada si él se hubiera vestido y marchado así sin más después de las horas que habían disfrutado de sexo. ¿Sexo? No. Para ella había sido tocar el cielo con las manos. Había sido sexo con mayúsculas. Tierno, apasionado, lujurioso.
    Por primera vez se había sentido conectada con la persona con la que estaba practicando tan íntimo encuentro.
    Y no es que tuviera mucho donde comparar, tan solo había compartido lecho con Miguel y Enrique pero era comparar la noche y el día, el hielo y el fuego, la monotonía con la variedad, el dolor con el placer.
    Se dibujó una sonrisa en sus labios cuando sintió sobre su hombro desnudo el suave beso que el depositó.
    —Buenos días.
    Le encantó el tono con que lo dijo. Ladeó el rostro y él rozó su mejilla con la nariz mientras con el  brazo rodeaba su cintura y posaba la mano sobre su vientre. Acarició la piel desnuda. Jamás durante toda su vida de casada había dormido sin cubrir su cuerpo con alguna ropa, ni siquiera en los primeros años de matrimonio en los que se suponía que el deseo estaba a flor de piel.
    Pero el día anterior parecía que todos los hados se habían confabulado porque nunca se le habría ocurrido disfrutar de un picnic en un parque de ciudad y mucho menos dejarse llevar por las emociones, por el deseo y acabar invitando al hombre que había preparado todo a compartir el lecho en una segunda cita.
    Y realmente se sentía encantada. VIVA. Feliz.
    Y no pensaba sucumbir a las dudas ni hacerse reproches, había escogido con total libertad. Una libertad de la que gozaba desde hacía tres años y en la que como una mujer adulta que era escogía el camino a seguir aun siendo consciente de que este podía ser escabroso.
    —Me estás haciendo cosquillas —protestó débil.
    —¿Cosquillas? —no pudo evitar que un deje de decepción se colase en su voz—. No era eso lo que tenía en mente.
    No pudo evitar que la carcajada aflorase. Por Dios que este hombre le volvía loca. Giró con brusquedad, sujetó con fuerza las, ya, rasposas mejillas de él y le beso con pasión.
    Enrique no tardó ni dos segundos en sumarse a sus caricias.
    Se perdió en el hueco del esbelto cuello, en el aroma que la suave piel de Lucía desprendía. Sentía, bajo su cuerpo la calidez del de ella, como las curvas femeninas de adaptaban a la perfección con su cuerpo, las manos de ella acariciando su espalda, arañando, sutil, los laterales de esta, provocando en su interior un cúmulo de sensaciones que estallaron e hicieron que su entrepierna cobrase vida.
    Gimió al sentir la erección de Enrique contra su pubis. Tan solo unas pocas caricias de sus manos le habían hecho arder de deseo y se sintió poderosa, sexi, audaz. Bajó sus manos con lentitud y apretó entre ellas las nalgas, un ronco gemido le llegó a través de su embotado cerebro.
    —Lucía, me vuelves loco.
    Deseaba provocar en ella lo mismo que él sentía en ese momento. Recorrer cada milímetro de ese cuerpo con sus labios. Probar el sabor de su piel. Resiguió con la punta de la lengua el sendero que se abría entre sus senos, abriéndose camino para llegar a esos rosados montículos que se erguían expectantes. Lamió en círculos sobre ellos, dejó jugar a sus pulgares con ellos para poco después dejar que sus dientes rozasen con suavidad las excitadas cimas.
    Los jadeos de Lucía llenaban la habitación, enervaban su deseo, desplazó el torso en busca del centro femenino, añoraba su esencia, su sabor.
    Dibujó con la yema de los dedos regueros de placer, ver como la piel de ella respondía a sus caricias le instó a prolongar estas, a deleitarse con la urgencia que las caderas de ella reclamaban, se elevaban en busca de su miembro reclamándole en su interior pero no se dejó embaucar.
    Sus labios buscaron otros labios, las lenguas se buscaban, sedientas. Sus dedos se deslizaron por los hermosos pliegues que cubrían la húmeda oquedad, impregnándose del deseo de ella. Acarició el punto de placer que había entre ellos y lo sintió duro, pulsátil sin más demora la invadió. Se deslizó en ella con suavidad, notando como las impregnadas paredes vaginales se adaptaban al grosor de los dedos y los aprisionaban.
    Las caderas de Lucía comenzaron a marcar el ritmo. Oír los gemidos que salían de la garganta femenina le estaba llevando a tal excitación que necesitó de todo su auto control para no dejarse ir.
    Lamió con deleite los pezones y los sintió crecer bajo sus caricias, mordió con suavidad y sintió los espasmos del éxtasis de Lucía. La besó con pasión y su mano abandonó la vagina para instantes después deslizar el preservativo sobre su miembro  y de un solo embiste introducirse en ella. Gimió al sentirla caliente, lubricada.
    Las manos de Lucía apretaron las nalgas masculinas instándole a profundizar más. Rodó hacia un lado para poder acariciar la espalda, los senos. Besar los hinchados labios de ella bebiéndose los jadeos y su nombre que brotó en un gemido largo cuando ella llegó de nuevo al clímax.
    Minutos después el se dejó llevar por el placer.
    Yacieron entrelazados, sudorosos, acompasando las respiraciones y los latidos de sus corazones.
    —Deberíamos levantarnos —susurró Lucía al mirar los dígitos del despertador— ¿Te apetece un café?
    —¿Le preguntas a un adicto a la cafeína?
    Sonrió. Como él,  era adictivo. Podría acostumbrarse con suma facilidad a estos momentos.
    Aprovechó que Enrique fue hacia el baño para cubrirse con la camisola de dormir y se dirigió hacia la cocina. Notaba las piernas débiles, algo doloridas.
    «Pero que dolor más rico» rió el pensamiento.
    Preparó la cafetera italiana, la puso al fuego y fue hacia el baño, allí, Enrique terminaba de asearse. La beso con ternura al pasar por su lado hacia la habitación. Se duchó y vistió en tiempo record. El olor del café recién hecho inundaba el piso, entró en la cocina. Él había tomados dos tazones de los que había en la repisa sobre la encimera.
    —No he querido buscar en los armarios —se disculpó.
    Le mostró dónde encontrar lo necesario y media hora después estaban preparados para marcharse a sus respectivos negocios.
    Frente al cierre de la floristería se besaron.
    —Te llamo a la tarde —acarició por última vez el rostro de Lucia y se marchó calle abajo.


    Sus labios dibujaron una sonrisa al ver en la pantalla luminosa del móvil la llamada entrante. Descolgó.
    —¿Sí?
    —Te echo de menos
    El susurro ronco de la voz de Enrique le erizó la piel. Ella también se encontró a lo largo del día abstraída rememorando los momentos pasados con él. No quiso ahondar en el miedo que cubrió su corazón en algunos momentos.
    Miedo a un nuevo fracaso, al desengaño.
    «A lo hecho, pecho» ya cruzaría ese camino escabroso si se daban las circunstancias, ahora disfrutaría de esta segunda oportunidad.
    Les fue imposible coincidir los días siguientes. La tarde del jueves recibió una videoconferencia de Sergio.
    —¡Hola, mamá!
    Tras las preguntas habituales el joven quedó en silencio y observó el rostro que la pantalla del ordenador le devolvía. La mirada de su madre  gritaba a los cuatro vientos felicidad.
    —¿Ocurre algo?
    Por muy lejos que estuvieran la conexión que había entre ellos se materializaba. Inspiró hondo y lo soltó a bocajarro
    —He conocido a alguien.
    La sonrisa de entusiasmo que vio en la cara de su hijo calmó sus temores.
    —¡Por fin! Ya era hora de que abandonases el retiro autoimpuesto. ¿Le conozco?
    —No, es un cliente habitual.
    Contó a grandes rasgos la relación que mantenía con Enrique y cómo ese fin de semana quería compensar al hombre que le hacía sentir viva por el almuerzo sorpresa. Había decidido preparar una cena intima en su casa.
    —No te preocupes, tú sigue con tu plan. Saldré con el grupo y ya sabes que cuando salimos pueden darnos las tantas de la madrugada.
    —Pero me apetece estar contigo. Cenaremos los tres.
    No esperaba pasar esa prueba de fuego tan pronto pero si tenía que ser, que fuese. Además le intrigaba cual sería la reacción de los dos hombres más importantes de su vida en ese momento.
    Llamó a Enrique.
    —Estaba pensando en ti.
    Rió ante sus palabras, si él supiese que no había momento del día en que no viniese a su mente la negra mirada de él, la sonrisa de sus labios. El susurro ronco de él le volvió al momento.
    —Quiero sentirte.
    Se le erizó la piel ante esas palabras, los latidos de su corazón bailaron desbocados en su pecho y un calor, abrasador, corrió por sus venas pero recordó el motivo por el que le llamaba, antes de que el deseo obnubilase sus pensamientos habló.
    —Mañana viene Sergio.
    Dejó de respirar los segundos en que el silencio se impuso en la conversación.
    —Será todo un placer conocerlo —dijo Enrique y Lucía soltó el aire aliviada—, si es tan encantador como la madre me tiene ganado.
    —Adulador —riñó pero sonrió feliz—. Te espero a las ocho en casa.
    En casa. Lo había dicho sin pensar.
    —Allí estaré.
    Si las palabras de ella le habían sorprendido no notó la reacción de él. Se despidió como siempre, natural y diciéndole que ansiaba volver a verla.
    Con un suspiro ensoñador colgó. En menos de veinticuatro horas los tres compartirían mesa. Un nudo se anidó en su estómago.


continuación