lunes, 12 de mayo de 2014

DESHOJANDO PASIONES (continuación II)

    Se hallaba de espaldas a la puerta cuando el sonido de las campanillas le avisó de que un nuevo cliente entraba. Terminó de colocar el lazo en el centro de mesa que estaba componiendo y se giró.
    Allí estaba Enrique parado, mirándola con una leve sonrisa en sus labios y en silencio.
    —¡Ho-hola! —Saludó sintiéndose abrumada bajo la mirada de él—. ¿Cómo tú por aquí? —se arrepintió de las palabras al momento de decirlas, parecía que quisiera echarle de la tienda—. Quiero decir que…
—enmudeció cuando la sonrisa de él se ensanchó y los latidos del corazón se le dispararon, carraspeó nerviosa y colocó el mechón de cabello tras su oreja—, hoy es sábado y estaba a punto de cerrar ya —fue lo único que se le ocurrió comentar.
    —Sí —confirmó él— pero vengo de la residencia.
    Notó como el rubor encendía sus mejillas. Intentó disimular.
    —¿Te gustó el ramo?
    Él asintió y sus ojos buscaron los de ella.
    —Pero me ha gustado mucho más tu detalle.
    «¡Ay, Dios!» pensó. Era de suponer que las enfermeras le comentasen las visitas que recibía su hermana. A ver cómo demonios salía de esa.
    —Lo siento Enrique, de verdad, tuve muchos pedidos y cuando me quise dar cuenta se había pasado la hora de que el servicio a domicilio aceptase llevar el ramo.
    —No me refiero a eso —aclaró él—. Esa aptitud demuestra que eres responsable.
    —¿Entonces?
    Se acercó más al mostrador que les separaba, sentía la presencia masculina aun con ese escaso medio metro de distancia. Los oscuros ojos de él perderse en su mirada, el aroma de su colonia, su voz…
    —Me refiero a leer a mi hermana para que se calmase.
    —Si te he ofendido…
    —Para nada, me ha sorprendido eso es todo «y a provocado que me gustes aún más» —pero eso no lo pronunció en voz alta, no era el momento—. Venía para darte las gracias y compensar ese buen gesto.
    —No tienes que hacer nada, lo hice de todo corazón.
    —Lo sé —le acarició con la mirada, deseaba besarla con toda su alma por demostrar esa ternura—. Pero no tienes escapatoria, vendré esta noche a buscarte, te invito a cenar. No se hable más. A las ocho.
    —D-de acuerdo —farfulló
    No pudo agregar nada más, la entrada de un nuevo cliente los interrumpió. Y con una intensa mirada de sus negros ojos Enrique se despidió y se marchó.
    Lucía se quedó allí, pasmada, tijera en mano, esperando a que los latidos de su corazón se calmasen. Tenía una cita. ¡Con Enrique! Sonrió feliz y atendió a otra de sus clientas habituales
    No pudo quitarse ese pensamiento en toda la mañana. Cuando echó el cierre hasta el siguiente lunes y subió a su casa a punto estuvo de quemar la comida dándole vueltas al asunto.
    ¿Qué  se pondría? ¿Dónde la llevaría? ¿Se depilaba?  Dio un respingo ante este último pensamiento. Se recordó a si misma que era una cita de agradecimiento, no significaba nada más para él, pero en su interior algo se rebulló, sabía como mujer que las miradas que él le lanzaba ocultaban algo más, el qué, esa misma noche quizá fuese desvelado, y con esa reflexión decidió prepararse para la ocasión tal y como merecía esta.
    Rebuscó en el armario, miró una y otra vez las escasas prendas que guardaba para momentos especiales y, sinceramente, habían sido tan ocasionales las escapadas que había hecho con Miguel durante sus años de matrimonio que no tenía mucho donde elegir: un par de vestidos, ambos negros y una traje pantalón del que se había encaprichado unas navidades y tan solo se había puesto una vez. El tejido era ligero pero nada que no pudiese compensar con uno de sus chales o el abrigo.
    «Sí, será perfecto». Buscó sus zapatos de salón y extendió la ropa sobre la cama.
    Decidió distraerse leyendo y se sentó en la chaise longue hasta la hora en que Enrique fuese a buscarla pero le fue imposible, recogió y recolocó los adornos de la casa, regó las macetas del balcón, se sentó en el sofá y comenzó a pasar cadenas sin ver nada que le gustase y para mayor desastre se mordió las uñas lo que destrozó la manicura francesa.
    Enfadada consigo misma fue a arreglarse, decidió no maquillarse tan solo unas pasadas de máscara de pestañas, un toque ligero en los labios, unas gotas de perfume y se dio un último vistazo en el espejo del hall colocando el chal por el que se decidió sobre los hombros, tomó la cartera de mano  y cerró.
    Minutos después de esperar en la puerta del local apareció él, venía andando, los pasos firmes y vestía un traje gris e impecable, como siempre.
    Sonrió al verla, mostrándole los blancos dientes y las pequeñas arrugas que aparecían a ambos lados de los oscuros ojos. El corazón se le disparó en el pecho e inhaló varias bocanadas de aire en un intento de calmar los latidos.
    —Buenas noches Lucía —y depositó un beso en la mejilla.
    —Hola —susurró e hizo además de colocarse un inexistente mechón rebelde tras la oreja.
    La sonrisa de Enrique se ladeó. Así que no era el único que estaba nervioso en esa cita.
    —¿Nos vamos? —e invitó con un gesto de la mano a comenzar la marcha—. Pensé que la noche acompañaba y decidí ir paseando al restaurante.
    —Está bien.
    La mirada de él se posó sobre los tacones de Lucía que asomaban por los bajos del pantalón.
    —Quizás me precipité.
    —No, de verdad, estoy bien —afirmó ella—. Son muy cómodos a pesar de su altura.
    El hombre asintió. Rompió el silencio que se instaló entre ellos.
    —Desconozco tus gustos gastronómicos así que me decanté por el mesón de un conocido cuya especialidad es la comida mediterránea.
    —Estupendo, nada mejor que promocionar lo nuestro —calló. No quería parecer demasiado conservadora—. Quiero decir…
    —Te entiendo perfectamente y estoy de acuerdo contigo. Estoy harto de escuchar a mis amistades nombres de platos impronunciables.
    Lucía rió ante el gesto el gesto de su acompañante.
    —¿Pescado crudo? —continuó él.
    —¿Aleta de tiburón? —prosiguió el juego ella.
    Ambos rieron.
    —Oiga amigo Fu o Pin o cómo demonios se pronuncie su nombre, si quisiera ver tiburones ya me encargaría yo de ir al parque acuático y no que naden en mi sopa.
    Lucía no perdía detalle de la expresividad con la que hablaba. Se ayudaba de las manos para dar mayor énfasis a las palabras y la diversión en sus ojos hacía que estos hipnotizasen aún más.
    Charlaron animados sobre sus platos preferidos. Enrique sujetó su codo unos instantes, sintió arder la piel bajo su contacto.
    —Ya hemos llegado —y señaló las puertas de la taberna.
    El mismo dueño salió a su encuentro. Abrazó efusivo a Enrique a quien preguntó por Clara y cuando su acompañante le presentó, Mario, el restaurador, tomó la mano que le ofrecía y besó el dorso de esta.
    —Todo un placer —y Lucía se ruborizó ante la mirada que recorría su silueta—. Os he reservado una de nuestras mejores mesas.
    Les señaló el salón y con un gesto, casi imperceptible, llamó al maître que les acompañó hacia el lugar.
    En un cuadrado de pequeñas dimensiones que pasaba desapercibido,  debido a unas columnas y unas plantas estratégicamente puestas, se hallaba preparada una mesa para dos.
    Enrique le ayudó a quitarse el chal y lo dobló con cuidado antes de colocarlo sobre el respaldo de una de las sillas libres, acompañó la silla donde ella se sentó y antes de hacer lo propio colgó la chaqueta en el cuarto asiento.
    —Espero que me permitas esta confianza —comentó—, no me siento demasiado a gusto al comer con chaqueta.
    —Por favor, no faltaba más.
    El jefe de sala se acercó con una botella de vino obsequio del restaurante y les ofreció la carta.
    Dudaron al elegir y al final se decantaron por un menú degustación para compartir entre dos personas. Sonrió mentalmente ante ese hecho. «Como cualquiera de las parejas que están aquí». Ese pensamiento hizo que se le erizase la piel.
    Disfrutaron de la cena mientras charlaban. Ella supo que él era dueño de una joyería cercana a su local, heredada de su padre y este de su abuelo. Tenían taller propio y había aprendido el oficio a manos de ambos hombres.
    También le contó que había tenido una mala época en su vida. Cuando Clara sufrió el accidente de coche del que había salido con vida pero desde entonces estaba en estado vegetativo, su en ese momento mujer, no entendió que él se dedicase a cuidar a la única familia que le quedaba.
    Las continuas peleas, el descenso de las ventas, por la crisis, en el local y saber que la mayor parte de los ingresos que este producía se los llevaban los cuidados a Clara en la residencia, hicieron que Eva, así se llamaba la esposa de Enrique, buscase quien pudiera cubrir, de nuevo, el alto standing de vida a la que estaba acostumbrada y cuando lo encontró, le presentó los papeles del divorcio.
    No tenían hijos.
    Ella también le puso al corriente de su vida. De los años de casada en los que ejerció de madre y esposa porque Miguel no estaba de acuerdo en que ella trabajase fuera de casa. Años en los que necesitaba el permiso expreso de él para todo.
    De cómo al hacerse su hijo mayor y sentirse apoyada por él, comenzó a sacar los pies del tiesto expresión que utilizaba su ex marido.
    Y de cuál fue el momento en que surgió la profesión a la que ahora se dedicaba.
    —Parecer que ninguno de los dos lo hemos tenido fácil —comentó Enrique haciendo girar el ambarino licor de la copa que sostenía entre los dedos y clavaba su mirada en ella.
    —Así es —corroboró ella— pero míranos ahora. Triunfadores y felices.
    Él asintió. Paseó, de nuevo, los ojos por el rostro de Lucia. Saber más de su vida tan solo había provocado que desease compartir muchos momentos junto a ella. Intuía que tras esos gestos de inseguridad se encontraba una mujer firme, con convicciones, y que guardaba en su interior una gran cantidad de amor. Amor por el que él estaba dispuesto a luchar.
    En el silencio que se había instalado en el espacio que compartían se oyó la voz de Lucía.
    —¿Puedo hacerte una pregunta personal?
    —Adelante —invitó.
    —¿Por qué margaritas?
    No esperaba esa pregunta tan inocente, pensó más bien en que ella desearía saber si aún amaba a su esposa o algo más de ese estilo.
    Sonrió y la mirada se tornó soñadora.
    —Cuando éramos pequeños íbamos una parte de las vacaciones al campo. Mi hermana se pasaba las horas del día buscando margaritas en los amplios terrenos, sobre todo durante su adolescencia, cuando preguntaba a las flores y las deshojaba pétalo a pétalo.
    —Vaya —susurró Lucía.
    —Ya en la edad adulta continuó con esa superstición, yo le regañaba.
    Calló unos instantes.
    —Ella decía que le servía como guía y que tan solo ella decidía aun poniéndose en contra de lo que la flor le hubiera respondido. Que era un juego.
   —Quizá lo fuese.
    —No lo sé —sus hombros se elevaron, suspiró y continuó hablando—. Ahora soy yo el que cada viernes tomo una flor de tus ramos y le pregunto.
    Antes de que curiosa le interrogase por el tipo de preguntas que hacía un ligero carraspeo les interrumpió.
    —Perdonen los señores pero es que…
    Lucía miró el reloj. Pasaba un cuarto de la medianoche.
    —Mira que tarde es —comentó a su acompañante.
    Enrique abonó la cena, le colocó el chal sobre los hombros y salieron del restaurante.
    El aire frío de la noche les azotó pero no les importó, paseaban en silencio disfrutando de la mutua compañía.
    —¿Sabes? Tenías mucha razón —comentó Lucia rompiendo esa quietud.
    —¿En?
    —La cena ha sido estupenda.
    —Y la compañía más —puntualizó él y recorrió con sus oscuros ojos el rostro de ella.
    Esos ojos parecían mandarle miles de silenciosos mensajes. Mensajes que ella no estaba segura de descifrar adecuadamente. Fue en ese momento cuando una fuerte ráfaga de viento azotó su cuerpo y le hizo desestabilizarse sobre los tacones, Enrique  le sujetó con rapidez impidiendo que cayese.
    Sentía los dedos de él sobre la cintura, su cuerpo a escasos centímetros del de ella, su aliento con un leve olor a coñac mezclado con el aroma de la colonia que emanaba su piel marcaban más su masculinidad y su cuerpo respondió. Deseaba que esas manos se perdiesen entre su pelo, que esos labios degustaran los suyos. Vividas imágenes poblaron en segundos su mente y se apartó azorada de él.
    —¡Jolines con el aire! Gracias.
    Él sonrió tanto por la expresión utilizada por ella como por el arrobamiento que vislumbró en el rostro de ella.
    —Estás helada —y sin más preámbulos se quitó la chaqueta y cubrió los hombros de ella.
    —Pero te vas a quedar helado —protestó.
    —Son solo unos cuantos metros los que nos quedan, además así me despejo de los efectos del licor.
    Y era cierto, metros más allá vislumbró el cartel de su local. Por el rabillo del ojo vio como él se estremecía por el frío, y sin pensarlo, rodeó con el brazo su cintura al tiempo que decía.
     —Ven, te daré calor.
    Él sin mediar palabra rodeó los hombros de ella con el brazo hasta llegar a las cristaleras de la floristería.
    —Ha sido una velada maravillosa —susurró él una vez pararon y quedaron uno frente al otro—. Debería acompañarte hasta tu casa.
    Lucía sonrió y señaló el balcón que se encontraba por encima del cartel.
    —Vivo ahí.
    —Por supuesto —señaló él a ver los maceteros que poblaban los metros de barandilla.
    Se separó de él inquieta sin saber bien como despedirse. Sonrió tensa al hombre.
    —Hasta otro día —y subió los escalones hacia la puerta de hierro del portalón.
    Le traicionaron los nervios. Las llaves cayeron de sus temblorosas manos. EL tintineo del metal quedó ahogado por la caótica marea de sus pensamientos ¿Le invitaba a subir a su piso? ¿La encontraría demasiado atrevida si lo hiciera?
    Después de una velada tan agradable en su compañía no quería romper la magia de la noche. Se agachó para recoger el llavero al mismo tiempo que Enrique hizo otro tanto. Sus frentes chocaron, irremediablemente.
    Separaron las cabezas entre risas nerviosas y él le ofreció, en la palma de la mano, la flor azul de piel de la cual colgaban las metálicas piezas.
    Sintió la descarga eléctrica al rozar la piel de él y sin darse cuenta respingó hacia atrás.
    Una sonrisa perspicaz se dibujó en los labios de Enrique que en segundos tomó entre los dedos la barbilla femenina y fijó su oscura mirada en los ojos de Lucía.
    —No temas —susurró muy cerca de su rostro—. No voy a pedirte que me dejes subir a tu casa... Aún no.
    Abrió los ojos por la sorpresa que le causaron sus palabras. Llevaría mucho tiempo fuera del juego de la seducción pero sabía leer entre líneas y eso era una total declaración de intenciones.
    Antes de que pudiera responder algo adecuado, Enrique acercó su cara unos centímetros más y rozo, con un suave beso, los entreabiertos labios de ella.
    —Ha sido una deliciosa noche y deseo que se repita de nuevo. Te llamaré.
    Bajó los escalones que separaban el portal de la acera de la calle. Esperó a que ella abriera el portal y se introdujese en él.
    Lucia escuchó el amortiguado sonido de los pasos de Enrique y cómo estos  alejaban al hombre que le había hecho sentir de nuevo especial.
   Con una sonrisa bobalicona en sus labios, ascendió las escaleras hacia su casa.


continuación




10 comentarios:

  1. jejje....qué sorpresa más estupenda nos has dado.....genial continuación de la historia...ya sabes, queremos más....
    besis

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  2. Pero si acabo de publicar jjajajjaajaja que sí, que sí que hay más. Besazo.

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  3. Ainsssss.... Cómo me gustan estas historias!!! Y cómo nos lo cuentas, Cat!. Me encanta Enrique. Me encanta la historia y me encanta leerte! Gracias por compartir tus relatos, linda!! Nos leemos. Besos.

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  4. Muchas gracias nena, es todo un placer para mí que me leáis, ya lo sabes. Muakis.

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  5. valla valla , me esta gustando , de pone interesante esta nueva historia de amor maduro .. espero que nos deleites con muchos más capitulos muakk reina mora

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  6. En ello estoy cielo, deseando "escuchar" lo que Lucía y Enrique me susurren. ;)

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  7. Supongo que una primera cita después de mucho tiempo te tiene que crear una inseguridad tremenda, así que no me extraña que Lucía tuvieras sus dudas.
    Quizás haya sido mejor que no lo invitara a subir porque ha sido la manera de Enrique de dejarle claro que habrá otras oportunidades.
    La historia de Clara y sus margaritas, muy tierna y que su hermano le haga ese homenaje con ellas es encantador.
    Gracias por continuar esta historias supongo que no la dejarás aquí ¿verdad?
    Besos!

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  8. May no lo invitó lo pensó pero él intuyó los pensamientos por la cara de ella jajajajaja y sí Enrique es encantador. Besos nena.

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  9. Oooohhh... por favor, qué cita tan bonita! Me ha encantado!

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    1. Gracias Lucía. Ambos andan ahí algo perdidos pero no se puede negar que existe feeling. Besos.

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