viernes, 23 de mayo de 2014

DESHOJANDO PASIONES (continuación III)

    Acercó el vaso de plástico a los labios y degustó con deleite el café. Un suspiro surcó el aire al mismo tiempo que se acomodaba en la butaca cercana a la cama.
    Observó la portada del libro que había tomado de la mesita. La dama de las camelias. Sonrió al ver la imagen que ilustraba éste, una hermosa flor de la que tomaba el título.  No podía ser de otra manera si Lucía lo había seleccionado.
    Abrió por la página señalada con el marcador y comenzó a leer en alta voz.
    Se sumergió en la trama de la historia. Frunció el ceño molesto al comprender que la vida parecía no cambiar tanto a lo largo de los siglos. Los convencionalismos, las diferencias entre las clases sociales, la doble moralidad, zancadillas que podían, y en muchas ocasiones lo hacían, minar el amor.
    La imagen de Lucía llenó por completo su mente, se giró hacia Clara y le habló.
    —¿Sabes? Hace un tiempo que conocí a alguien, se llama Lucía, es florista y regenta su propio negocio. —Contemplaba a su hermana sin verla—. Solo necesité un par de visitas a su tienda para quedar subyugado por su mirada pero fue su sonrisa la que me enamoró.
    Por unos segundos le pareció que el bip de la máquina se había saltado un latido. Comprobó la zigzagueante línea pero todo parecía normal.
    —Ya os conocéis —continuó—. Al menos sabes cómo es su voz, estuvo aquí leyendo para ti este mismo libro.
    Otro salto.
    Se levantó de la butaca y comprobó que las conexiones estuvieran bien. Lo estaban. Se aseguró que la pinza del dedo no se hubiera movido, correcta. Tomó la mano de Clara y la encontró tibia al tacto. Su hermana se encontraba perfecta o al menos todo lo bien que podía estar una persona en su estado.
    Se sentó en el borde del colchón.
    —Ayer la invité a cenar para agradecerle ese detalle, cuando quise darme cuenta las horas se habían pasado volando. Disfrutamos de nuestra mutua compañía y, —rió entre dientes algo cohibido— la besé.
    »Y sí, sus labios fueron tal y como esperaba: dulces, jugosos, tentadores. La hubiera devorado allí mismo pero no me pareció lo más correcto, al fin y al cabo ya no somos jovencitos de veinte años que les pueden las hormonas.
    «Pero ¿qué diantres?», pensó, tampoco eran unos viejos carcamales. ¿Quizá ella esperaba algo más? ¿Quizá era de la vieja escuela y pensase que era él quien tenía que dar el primer paso?Ella había respondido a su caricia.
     Recordó las reacciones de Lucía y las palabras que le dijo. Era un imbécil, con seguridad ella había pensado que era un borde o un mojigato o peor aún, que le era indiferente.
    Sintió que el estómago se encogía como si le hubiesen golpeado. ¡Mierda! Tendría que poner remedio a eso… y pronto.
    Miró el reloj de pulsera, si se iba ahora le daría tiempo a realizar lo que su alocada mente le sugirió en cuestión de segundos. Posó la mirada en su hermana, apenas había estado con ella. Se la imaginó con ese gesto tan suyo que decía: ¿a qué narices esperas? Depositó un beso en la frente de la mujer y susurró sobre ella:
    —Sé que lo entiendes. Prometo venir entre semana.
    Acarició la pálida mejilla y salió hacia el centro de la ciudad.
    Paró en un conocido centro comercial y compró lo necesario. Sonrió feliz a una estupefacta cajera que le miró con recelo.
    Ya en casa buscó la vieja mochila en el trastero, sacó del armario de la alcoba la manta de cuadros azules y rojos, colocó la comida precocinada en envases de plástico, como no tenía servilletas de papel improvisó y guardó un rollo de papel de cocina.
    En una pequeña nevera portátil plastificada introdujo una bolsa de congelados rellenada con cubitos de hielo y metió la bebida.
    Se cambió de ropa y salía en dirección a la boca del metropolitano cuando se dio cuenta, en su entusiasmo, que faltaba lo más importante. Llamar a Lucía.
    La noche antes habían intercambiado los números de teléfono de sus móviles.
    —¿Dígame?
    —¿Te apetece cometer una locura? —preguntó a bocajarro mientras en su interior gritaba: di que sí, di que sí.
    ¿Una locura? ¿A qué clase de locura se referiría? Recordó los labios de él sobre los suyos, ¡como para no recordarlo! Si no se le había borrado la sonrisa de los labios aún. Y fueron esas mariposas en su interior las que respondieron por ella.
    —Sí.
    —¡Bien! —gritó entusiasmado Enrique—. En media hora estoy allí —antes de que colgase añadió—  ponte ropa cómoda. Hasta ahora.
    Lucía colgó. ¿Ropa cómoda? Y ¿a qué llamaba él ropa cómoda? Confortables eran su pijama o su viejo chándal casi raído pero no iba a ir de esa guisa a una cita con él. «Antes muerta que sencilla» ,se dijo.
    Frunció el ceño y rebuscó en el armario. Optó por unos vaqueros que le sentaban de maravilla, una camiseta de manga corta ya que el día había amanecido caluroso para ser un día de primavera, sus coquetas deportivas y por si refrescaba una chaqueta vaquera a juego con el jeans. Se recogió la melena en una coleta alta, sujetó los rebeldes mechones con horquillas, un poco de rímel, un toque de brillo en los labios, su bolso bandolera y estuvo lista cuando de nuevo sonó el teléfono.
    —¿Preparada?
    —Sí, ya bajo.
    Esperaba estar a la altura de lo que él pretendiese hacer. Abrió el portal y allí estaba él, sonriente y con una voluminosa mochila colgada a la espalda. En la mano portaba una pequeña nevera.
    —¿Vamos de excursión?
    Enrique rió.
    —Más o menos —se acercó a ella y rozó leve los labios.
    Le miró sorprendida, él con una sonrisa le alargó la fresquera portátil que Lucía tomó. Enrique extendió la mano para entrelazar los dedos con los suyos, cambió la bolsa de mano y sujetó con suavidad los fuertes dedos masculinos, él acarició con el pulgar la piel de sus dedos.
    —Adelante —e instó a Lucía a seguirle hacia la boca del metro.
    Se negó a que ella abonase el transporte público y también a revelarle dónde la llevaba pero todo quedó respondido cuando llegaron a la estación de metro de Retiro.
    Sonrió abiertamente a Enrique.
    —¿Al Retiro?
    Él asintió.
    —Hace años que no vengo aquí.
    Traspasaron las verjas de hierro junto a otros grupos que Lucía observó. Parejas de enamorados, padres con sus retoños subidos en bicicletas, patinetes o patines de ruedas. Ancianos cogidos del brazo que renqueaban por la carretera asfaltada que daba acceso al interior del parque.
    Optaron por tomar uno de los laterales, menos concurrido por ser de arena pero refrescante ya que lo cubría los frondosos árboles del recinto.
    —No ha cambiado nada —comentó Lucía recorriendo con la mirada el espacio que los rodeaba—. Está tal y como lo recordaba.
    —¿Solíais venir muy a menudo?
    —Casi todos los domingos, sí. Sergio y yo pasábamos las tardes aquí.
    —¿Solo los dos?
    Lucía sonrió ante la pregunta y lo que implicaba.
    —Miguel se quedaba en casa, decía que el domingo era el único día en el que podía descansar y que se lo tenía merecido ya que él era el que traía el pan a la mesa.
    Enrique frunció el ceño y apretó los labios antes de que una grosería saliese de ellos para comentar lo que pensaba sobre Miguel y su manera de ver la vida. Lucía sin percatarse del malestar de él continuó.
    —Preparaba la merienda para los dos —rió—. Sergio iba guardando pedazos de pan del bocadillo, pensando que no le veía, para dárselos a los peces y los patos del lago. Nos podíamos pasar horas.
    —Lo imagino —y disfrutó de la imagen de ella, del brillo de sus ojos al evocar esos momentos de felicidad.
    —No te creas, que nos costó más de un berrinche a los dos. A él porque sus manitas se aferraban, con una fuerza increíble para un niño de su edad, a la barandilla que rodea el lago y se negaba a dejar a sus amigos solos y a mí por tener que escuchar su llanto desgarrado. Siempre terminaba cediendo ante la promesa de que el domingo siguiente volveríamos.
    —Pues ahí lo tienes —señaló Enrique al lago que era la principal atracción del parque— y prometo no agarrarme con demasiada fuerza a los barrotes cuando decidas que debemos irnos.
    Estalló en carcajadas al imaginarse a ese hombre de sienes plateadas en plena pataleta infantil.
    Se acercaron al borde del estanque, de cerca, la apariencia del agua y su salubridad dejaban mucho que desear pero elevar la mirada y encontrarse con el  majestuoso monumento a Alfonso XII que se reflejaba en el azul del cielo que tomaban las calmadas aguas hacía que una serenidad se filtrase por todos los poros de la piel.
    Lucía inspiró el cálido aire de ese día primaveral.
    —¿Prefieres que comamos primero?
    La pregunta de Enrique le sacó de ese momento zen. Alzó una ceja en muda pregunta.
    Una sonrisa traviesa se dibujó en los labios de él.
    —Una visita a este parque y no sucumbir a un paseo en barca sería un delito.
    Se quedó perpleja.
    —¿No pretenderás?
    —Sí —y la mirada de él fue retadora.
    —Así que ¿un delito? —los ojos entrecerrados.
    —Penado con un berrinche en toda regla.
    Rió ante las palabras de él pero la carcajada se ahogó ante la cara de determinación que mostraba el rostro masculino.
    —¿No te atreverías?
    Enrique tomó aire en sus pulmones, abrió la boca para emitir el grito y este comenzaba a salir cuando la mano de Lucía acalló la protesta mientras miraba a los lados para comprobar si el resto de viandantes les observaban.
    Estallaron ambos a carcajadas y Lucía se encontró pegada a él, los brazos le rodeaban la cintura y sus ojos la miraban risueños.
    Consciente de la cercanía de ese torso se envaró, él tomó la mano que aún se hallaba sobre los labios, la sujetó y depositó un suave beso sobre la palma.
    Sentía el palpitar del corazón en el pecho, allí donde él había posado su boca la piel le hormigueaba y lanzaba descargas de emoción a todo su cuerpo. Notó como sus piernas se debilitaban.
    —Será mejor que comamos algo antes, pareces desfallecida —y un brillo pícaro refulgió en las oscuras pupilas.
    Ladeó la cabeza y una sonrisa cómplice surcó sus labios, sabía que él era consciente de lo que su gesto había provocado en ella y de que la mirada de Enrique le estaba lanzando mudas promesas.
    —Sí, será mejor, tienes toda la razón… esta mañana no desayuné en condiciones.
    Él rió entre dientes.
    —Busquemos el sitio idóneo.
    Se adentraron por los arenosos senderos, pararon en uno de los quioscos del parque para comprar bebidas, ante la extrañeza de Lucía que se preguntó que contendría la pequeña nevera que portaba.
     Escudriñaron las parcelas de césped y lo encontraron. Frente a ellos un inmenso roble les invitaba, acogedor, a que disfrutasen de su sombra.
    —Espera —y con un gesto de la mano impidió que ella le ayudase a colocar lo que portaba en la mochila—. No, hoy disfrutarás del día.
    Le vio extender una manta de cuadros, colocar los recipientes de comida en el centro de esta, sacó platos de un solo uso y los repartió.
    —Esto para después —le oyó decir cuando sus dedos palparon algún objeto en el interior de la bolsa y que no sacó.
    La invitó a que se sentase sobre la manta del improvisado picnic. Abrió uno a uno los tuppers mostrándola el contenido. Un gruñido de su estómago la delató.
     —Sí, ya veo que fue una buena idea comer antes —aseveró Enrique.
     Golpeó con el puño el hombro masculino.
     —Eso maltrátame encima —fingió ofenderse él pero tiró de ella y Lucía se encontró con la espalda apoyada sobre el pecho masculino y dejó caer la cabeza en su hombro.
    Sonrió feliz al mirar lo que él había preparado para ella. Se sintió especial. Mimada. Valorada.
    —No es momento para la timidez —susurró él sobre su sien donde depositó un beso—. Estos manjares están gritando: cómeme.
    Lucía miraba sin saber qué elegir. Y es que todo tenía el tamaño perfecto, un bocadito.
    «Mañana y pasado a base de lechuga pero hoy —y miró el rostro expectante de Enrique— a disfrutar.»
    Terminaron con todo lo que contenían los platos, compartió con él la última croqueta por la que recibió un efusivo beso en los labios. Enrique recogió todo en un abrir y cerrar de ojos pero, ante su curiosidad ya malsana, la nevera seguía sin abrirse.
    —Y ¿eso? —señaló.
    —Eso —y recalcó la palabra— le viene que ni pintado a esto —y con un rocambolesca pirueta de la mano mostró un recipiente con fresas.
    —¡Me encantan!
    —Todo sea porque la dama disfrute —hizo una reverencia y sacó de la mochila dos copas aflautadas.
    —¿Copas?
    —A no ser que prefieras beber a morro… esto —y por fin abrió la nevera de la que sacó un benjamín de cava—, no está lo frío que debiera —gruñó decepcionado.
    —Está perfecto —aseguró Lucia—, todo. No deberías de haberte molestado.
    —Por ver ese brillo en tus ojos y esa sonrisa en tus labios haría lo que fuera.
    La voz de él sonó enronquecida por la emoción. Se acercó a ella, sujetó el rostro entre sus nervudas manos y la besó con pasión.
    Poco le importaron en ese momento las miradas del resto del mundo. Disfrutó de esos labios que devoraban los suyos. Del contacto de sus lenguas, del sabor de ese beso, de sentir sobre la yema de sus dedos el alocado palpitar del corazón de Enrique en su pecho y de los latidos del suyo que galopaba a la par con el de él.
    Se separaron momentos después con la respiración agitada, con el deseo destellando en la mirada.
    —Necesito ese cava —murmuró él sobre su rostro—, o nos detendrán por escándalo público.
    Acarició por última vez el rostro femenino y centró su atención en abrir la pequeña botella del espumoso licor.
    Escanció en las copas una generosa cantidad y ofreció las fresas a Lucía que se deleitó con el sabor del dorado líquido y el dulce amargor de los frutos.
    Terminado el postre Lucía reposó la cabeza sobre las piernas de Enrique que apoyaba la espalda en el hermoso roble. Él jugueteó con su pelo, acarició con ternura la suave piel de sus mejillas, ella disfrutaba con los ojos cerrados.
    —¿Cómo se te ocurrió esta locura tan divina? —preguntó en un momento dado.
    —Fue de repente, esta mañana cuando advertí —y calló.
    —¿Cuándo advertiste qué?
    Carraspeó nervioso. ¿Era el momento de decirle lo que le hacía sentir? Quizá se estuviera precipitando, quizá lo único que consiguiera era que ella huyese o le parase los pies o…
    —Y ¿bien? —Lucía esperaba la respuesta.
    —Lucía tú me importas. Más de lo que puedas pensar y no quisiera hacer o decir algo que pueda estropear lo que está naciendo entre nosotros.
    ¡Ya está! Ya lo había dicho. Sonrió al ver la sonrisa de ella aflorar en sus labios.
    —Tú también me importas.
    Y acarició la mandíbula de él. Deseó estar en un lugar más íntimo para dar rienda suelta a lo que su cuerpo le pedía. Perderse entre esos brazos y aspirar el aroma de la piel de Enrique. Sintió crecer un hormigueo en su bajo vientre. Sería mejor que levantasen el campamento o se lanzaría sobre él y pensaría que era una cabeza loca.
    —Y ahora ¿qué te parece si quemamos todas estas calorías que acabamos de ingerir con ese paseo en barca?
    —Estupendo.
    Recogieron, entre los dos esta vez, el picnic y tomados de la mano se encaminaron hacia el embarcadero.
    Unos acordes de guitarra llamaron la atención de Lucía. Metros más allá, un reducido grupo de personas escuchaban el comienzo de una melodía. La voz masculina del cantante le llegó y curiosa se aproximó a escuchar. Junto al joven una muchacha rubia mecía sus pies esperando el compás que le diese paso a unirse a su compañero.
    Abrazados, escuchaban la letra de la canción con la que, a ellos y al resto del grupo que iba en aumento, la joven pareja les deleitaba.   CANCIÓN QUE ESCUCHAN LOS PERSONAJES. PINCHAD.

    Era la guinda perfecta para esa tarde mágica. Se vio reflejada a la perfección. ¿Por qué tener miedo? ¿Por qué tener que esperar un tiempo precioso hasta encontrar el momento idóneo, el mes o el año? ¿Cuánto más debía negar que se moría por conocer a ese hombre y compartir con él muchas tardes más como aquella? Porque algo en su interior le decía, le gritaba que Enrique sí la valoraría, sí la haría sentir la única mujer en su universo, sí se sentiría amada, respetada, apoyada.
     Al terminar el último acorde de guitarra, suspiró feliz y con el valor necesario incrustado en su corazón para la decisión tomada.
     Sacó un billete del monedero y lo arrojó al estuche donde unas míseras monedas destacaban sobre el oscuro fondo. Sonrió al ver que su gesto fue el resorte que provocó que el resto del público se animase también en sus donativos.
    El joven, que tendría la edad de Sergio, le agradeció su aportación con una leve inclinación de cabeza y descubriendo su cabeza del llamativo sombrero unos segundos. Se sonrieron y ella enlazó los dedos con los de Enrique.
    —Será mejor que dejemos para otra ocasión el paseo en barca. Volvamos a casa —propuso a un sorprendido Enrique.
    Tomaron de nuevo el metropolitano, apenas hablaron durante el trayecto, se besaron y arrullaron como cualquier otra pareja ignorando las miradas de reproche de algunos usuarios que murmuraban frases como: « a su edad, míralos.»
    Al llegar al portal tomó las llaves, empujó la puerta que se abrió unos centímetros y antes de que las dudas y el miedo le hicieran cambiar de opinión, giró sobre sus pies, enfrentó a Enrique que estaba a su lado y preguntó.
    —¿Te apetece seguir cometiendo locuras?
    Le encantó ver la cara de asombro, por unos segundos, de él. Reaccionó enseguida, tomó el rostro de ella entre las manos y la besó con pasión. Respondió a ese beso mientras con el trasero empujaba la pesada puerta y tiraba de las solapas de la cazadora de él invitándole a que la siguiera.

continuación

lunes, 12 de mayo de 2014

DESHOJANDO PASIONES (continuación II)

    Se hallaba de espaldas a la puerta cuando el sonido de las campanillas le avisó de que un nuevo cliente entraba. Terminó de colocar el lazo en el centro de mesa que estaba componiendo y se giró.
    Allí estaba Enrique parado, mirándola con una leve sonrisa en sus labios y en silencio.
    —¡Ho-hola! —Saludó sintiéndose abrumada bajo la mirada de él—. ¿Cómo tú por aquí? —se arrepintió de las palabras al momento de decirlas, parecía que quisiera echarle de la tienda—. Quiero decir que…
—enmudeció cuando la sonrisa de él se ensanchó y los latidos del corazón se le dispararon, carraspeó nerviosa y colocó el mechón de cabello tras su oreja—, hoy es sábado y estaba a punto de cerrar ya —fue lo único que se le ocurrió comentar.
    —Sí —confirmó él— pero vengo de la residencia.
    Notó como el rubor encendía sus mejillas. Intentó disimular.
    —¿Te gustó el ramo?
    Él asintió y sus ojos buscaron los de ella.
    —Pero me ha gustado mucho más tu detalle.
    «¡Ay, Dios!» pensó. Era de suponer que las enfermeras le comentasen las visitas que recibía su hermana. A ver cómo demonios salía de esa.
    —Lo siento Enrique, de verdad, tuve muchos pedidos y cuando me quise dar cuenta se había pasado la hora de que el servicio a domicilio aceptase llevar el ramo.
    —No me refiero a eso —aclaró él—. Esa aptitud demuestra que eres responsable.
    —¿Entonces?
    Se acercó más al mostrador que les separaba, sentía la presencia masculina aun con ese escaso medio metro de distancia. Los oscuros ojos de él perderse en su mirada, el aroma de su colonia, su voz…
    —Me refiero a leer a mi hermana para que se calmase.
    —Si te he ofendido…
    —Para nada, me ha sorprendido eso es todo «y a provocado que me gustes aún más» —pero eso no lo pronunció en voz alta, no era el momento—. Venía para darte las gracias y compensar ese buen gesto.
    —No tienes que hacer nada, lo hice de todo corazón.
    —Lo sé —le acarició con la mirada, deseaba besarla con toda su alma por demostrar esa ternura—. Pero no tienes escapatoria, vendré esta noche a buscarte, te invito a cenar. No se hable más. A las ocho.
    —D-de acuerdo —farfulló
    No pudo agregar nada más, la entrada de un nuevo cliente los interrumpió. Y con una intensa mirada de sus negros ojos Enrique se despidió y se marchó.
    Lucía se quedó allí, pasmada, tijera en mano, esperando a que los latidos de su corazón se calmasen. Tenía una cita. ¡Con Enrique! Sonrió feliz y atendió a otra de sus clientas habituales
    No pudo quitarse ese pensamiento en toda la mañana. Cuando echó el cierre hasta el siguiente lunes y subió a su casa a punto estuvo de quemar la comida dándole vueltas al asunto.
    ¿Qué  se pondría? ¿Dónde la llevaría? ¿Se depilaba?  Dio un respingo ante este último pensamiento. Se recordó a si misma que era una cita de agradecimiento, no significaba nada más para él, pero en su interior algo se rebulló, sabía como mujer que las miradas que él le lanzaba ocultaban algo más, el qué, esa misma noche quizá fuese desvelado, y con esa reflexión decidió prepararse para la ocasión tal y como merecía esta.
    Rebuscó en el armario, miró una y otra vez las escasas prendas que guardaba para momentos especiales y, sinceramente, habían sido tan ocasionales las escapadas que había hecho con Miguel durante sus años de matrimonio que no tenía mucho donde elegir: un par de vestidos, ambos negros y una traje pantalón del que se había encaprichado unas navidades y tan solo se había puesto una vez. El tejido era ligero pero nada que no pudiese compensar con uno de sus chales o el abrigo.
    «Sí, será perfecto». Buscó sus zapatos de salón y extendió la ropa sobre la cama.
    Decidió distraerse leyendo y se sentó en la chaise longue hasta la hora en que Enrique fuese a buscarla pero le fue imposible, recogió y recolocó los adornos de la casa, regó las macetas del balcón, se sentó en el sofá y comenzó a pasar cadenas sin ver nada que le gustase y para mayor desastre se mordió las uñas lo que destrozó la manicura francesa.
    Enfadada consigo misma fue a arreglarse, decidió no maquillarse tan solo unas pasadas de máscara de pestañas, un toque ligero en los labios, unas gotas de perfume y se dio un último vistazo en el espejo del hall colocando el chal por el que se decidió sobre los hombros, tomó la cartera de mano  y cerró.
    Minutos después de esperar en la puerta del local apareció él, venía andando, los pasos firmes y vestía un traje gris e impecable, como siempre.
    Sonrió al verla, mostrándole los blancos dientes y las pequeñas arrugas que aparecían a ambos lados de los oscuros ojos. El corazón se le disparó en el pecho e inhaló varias bocanadas de aire en un intento de calmar los latidos.
    —Buenas noches Lucía —y depositó un beso en la mejilla.
    —Hola —susurró e hizo además de colocarse un inexistente mechón rebelde tras la oreja.
    La sonrisa de Enrique se ladeó. Así que no era el único que estaba nervioso en esa cita.
    —¿Nos vamos? —e invitó con un gesto de la mano a comenzar la marcha—. Pensé que la noche acompañaba y decidí ir paseando al restaurante.
    —Está bien.
    La mirada de él se posó sobre los tacones de Lucía que asomaban por los bajos del pantalón.
    —Quizás me precipité.
    —No, de verdad, estoy bien —afirmó ella—. Son muy cómodos a pesar de su altura.
    El hombre asintió. Rompió el silencio que se instaló entre ellos.
    —Desconozco tus gustos gastronómicos así que me decanté por el mesón de un conocido cuya especialidad es la comida mediterránea.
    —Estupendo, nada mejor que promocionar lo nuestro —calló. No quería parecer demasiado conservadora—. Quiero decir…
    —Te entiendo perfectamente y estoy de acuerdo contigo. Estoy harto de escuchar a mis amistades nombres de platos impronunciables.
    Lucía rió ante el gesto el gesto de su acompañante.
    —¿Pescado crudo? —continuó él.
    —¿Aleta de tiburón? —prosiguió el juego ella.
    Ambos rieron.
    —Oiga amigo Fu o Pin o cómo demonios se pronuncie su nombre, si quisiera ver tiburones ya me encargaría yo de ir al parque acuático y no que naden en mi sopa.
    Lucía no perdía detalle de la expresividad con la que hablaba. Se ayudaba de las manos para dar mayor énfasis a las palabras y la diversión en sus ojos hacía que estos hipnotizasen aún más.
    Charlaron animados sobre sus platos preferidos. Enrique sujetó su codo unos instantes, sintió arder la piel bajo su contacto.
    —Ya hemos llegado —y señaló las puertas de la taberna.
    El mismo dueño salió a su encuentro. Abrazó efusivo a Enrique a quien preguntó por Clara y cuando su acompañante le presentó, Mario, el restaurador, tomó la mano que le ofrecía y besó el dorso de esta.
    —Todo un placer —y Lucía se ruborizó ante la mirada que recorría su silueta—. Os he reservado una de nuestras mejores mesas.
    Les señaló el salón y con un gesto, casi imperceptible, llamó al maître que les acompañó hacia el lugar.
    En un cuadrado de pequeñas dimensiones que pasaba desapercibido,  debido a unas columnas y unas plantas estratégicamente puestas, se hallaba preparada una mesa para dos.
    Enrique le ayudó a quitarse el chal y lo dobló con cuidado antes de colocarlo sobre el respaldo de una de las sillas libres, acompañó la silla donde ella se sentó y antes de hacer lo propio colgó la chaqueta en el cuarto asiento.
    —Espero que me permitas esta confianza —comentó—, no me siento demasiado a gusto al comer con chaqueta.
    —Por favor, no faltaba más.
    El jefe de sala se acercó con una botella de vino obsequio del restaurante y les ofreció la carta.
    Dudaron al elegir y al final se decantaron por un menú degustación para compartir entre dos personas. Sonrió mentalmente ante ese hecho. «Como cualquiera de las parejas que están aquí». Ese pensamiento hizo que se le erizase la piel.
    Disfrutaron de la cena mientras charlaban. Ella supo que él era dueño de una joyería cercana a su local, heredada de su padre y este de su abuelo. Tenían taller propio y había aprendido el oficio a manos de ambos hombres.
    También le contó que había tenido una mala época en su vida. Cuando Clara sufrió el accidente de coche del que había salido con vida pero desde entonces estaba en estado vegetativo, su en ese momento mujer, no entendió que él se dedicase a cuidar a la única familia que le quedaba.
    Las continuas peleas, el descenso de las ventas, por la crisis, en el local y saber que la mayor parte de los ingresos que este producía se los llevaban los cuidados a Clara en la residencia, hicieron que Eva, así se llamaba la esposa de Enrique, buscase quien pudiera cubrir, de nuevo, el alto standing de vida a la que estaba acostumbrada y cuando lo encontró, le presentó los papeles del divorcio.
    No tenían hijos.
    Ella también le puso al corriente de su vida. De los años de casada en los que ejerció de madre y esposa porque Miguel no estaba de acuerdo en que ella trabajase fuera de casa. Años en los que necesitaba el permiso expreso de él para todo.
    De cómo al hacerse su hijo mayor y sentirse apoyada por él, comenzó a sacar los pies del tiesto expresión que utilizaba su ex marido.
    Y de cuál fue el momento en que surgió la profesión a la que ahora se dedicaba.
    —Parecer que ninguno de los dos lo hemos tenido fácil —comentó Enrique haciendo girar el ambarino licor de la copa que sostenía entre los dedos y clavaba su mirada en ella.
    —Así es —corroboró ella— pero míranos ahora. Triunfadores y felices.
    Él asintió. Paseó, de nuevo, los ojos por el rostro de Lucia. Saber más de su vida tan solo había provocado que desease compartir muchos momentos junto a ella. Intuía que tras esos gestos de inseguridad se encontraba una mujer firme, con convicciones, y que guardaba en su interior una gran cantidad de amor. Amor por el que él estaba dispuesto a luchar.
    En el silencio que se había instalado en el espacio que compartían se oyó la voz de Lucía.
    —¿Puedo hacerte una pregunta personal?
    —Adelante —invitó.
    —¿Por qué margaritas?
    No esperaba esa pregunta tan inocente, pensó más bien en que ella desearía saber si aún amaba a su esposa o algo más de ese estilo.
    Sonrió y la mirada se tornó soñadora.
    —Cuando éramos pequeños íbamos una parte de las vacaciones al campo. Mi hermana se pasaba las horas del día buscando margaritas en los amplios terrenos, sobre todo durante su adolescencia, cuando preguntaba a las flores y las deshojaba pétalo a pétalo.
    —Vaya —susurró Lucía.
    —Ya en la edad adulta continuó con esa superstición, yo le regañaba.
    Calló unos instantes.
    —Ella decía que le servía como guía y que tan solo ella decidía aun poniéndose en contra de lo que la flor le hubiera respondido. Que era un juego.
   —Quizá lo fuese.
    —No lo sé —sus hombros se elevaron, suspiró y continuó hablando—. Ahora soy yo el que cada viernes tomo una flor de tus ramos y le pregunto.
    Antes de que curiosa le interrogase por el tipo de preguntas que hacía un ligero carraspeo les interrumpió.
    —Perdonen los señores pero es que…
    Lucía miró el reloj. Pasaba un cuarto de la medianoche.
    —Mira que tarde es —comentó a su acompañante.
    Enrique abonó la cena, le colocó el chal sobre los hombros y salieron del restaurante.
    El aire frío de la noche les azotó pero no les importó, paseaban en silencio disfrutando de la mutua compañía.
    —¿Sabes? Tenías mucha razón —comentó Lucia rompiendo esa quietud.
    —¿En?
    —La cena ha sido estupenda.
    —Y la compañía más —puntualizó él y recorrió con sus oscuros ojos el rostro de ella.
    Esos ojos parecían mandarle miles de silenciosos mensajes. Mensajes que ella no estaba segura de descifrar adecuadamente. Fue en ese momento cuando una fuerte ráfaga de viento azotó su cuerpo y le hizo desestabilizarse sobre los tacones, Enrique  le sujetó con rapidez impidiendo que cayese.
    Sentía los dedos de él sobre la cintura, su cuerpo a escasos centímetros del de ella, su aliento con un leve olor a coñac mezclado con el aroma de la colonia que emanaba su piel marcaban más su masculinidad y su cuerpo respondió. Deseaba que esas manos se perdiesen entre su pelo, que esos labios degustaran los suyos. Vividas imágenes poblaron en segundos su mente y se apartó azorada de él.
    —¡Jolines con el aire! Gracias.
    Él sonrió tanto por la expresión utilizada por ella como por el arrobamiento que vislumbró en el rostro de ella.
    —Estás helada —y sin más preámbulos se quitó la chaqueta y cubrió los hombros de ella.
    —Pero te vas a quedar helado —protestó.
    —Son solo unos cuantos metros los que nos quedan, además así me despejo de los efectos del licor.
    Y era cierto, metros más allá vislumbró el cartel de su local. Por el rabillo del ojo vio como él se estremecía por el frío, y sin pensarlo, rodeó con el brazo su cintura al tiempo que decía.
     —Ven, te daré calor.
    Él sin mediar palabra rodeó los hombros de ella con el brazo hasta llegar a las cristaleras de la floristería.
    —Ha sido una velada maravillosa —susurró él una vez pararon y quedaron uno frente al otro—. Debería acompañarte hasta tu casa.
    Lucía sonrió y señaló el balcón que se encontraba por encima del cartel.
    —Vivo ahí.
    —Por supuesto —señaló él a ver los maceteros que poblaban los metros de barandilla.
    Se separó de él inquieta sin saber bien como despedirse. Sonrió tensa al hombre.
    —Hasta otro día —y subió los escalones hacia la puerta de hierro del portalón.
    Le traicionaron los nervios. Las llaves cayeron de sus temblorosas manos. EL tintineo del metal quedó ahogado por la caótica marea de sus pensamientos ¿Le invitaba a subir a su piso? ¿La encontraría demasiado atrevida si lo hiciera?
    Después de una velada tan agradable en su compañía no quería romper la magia de la noche. Se agachó para recoger el llavero al mismo tiempo que Enrique hizo otro tanto. Sus frentes chocaron, irremediablemente.
    Separaron las cabezas entre risas nerviosas y él le ofreció, en la palma de la mano, la flor azul de piel de la cual colgaban las metálicas piezas.
    Sintió la descarga eléctrica al rozar la piel de él y sin darse cuenta respingó hacia atrás.
    Una sonrisa perspicaz se dibujó en los labios de Enrique que en segundos tomó entre los dedos la barbilla femenina y fijó su oscura mirada en los ojos de Lucía.
    —No temas —susurró muy cerca de su rostro—. No voy a pedirte que me dejes subir a tu casa... Aún no.
    Abrió los ojos por la sorpresa que le causaron sus palabras. Llevaría mucho tiempo fuera del juego de la seducción pero sabía leer entre líneas y eso era una total declaración de intenciones.
    Antes de que pudiera responder algo adecuado, Enrique acercó su cara unos centímetros más y rozo, con un suave beso, los entreabiertos labios de ella.
    —Ha sido una deliciosa noche y deseo que se repita de nuevo. Te llamaré.
    Bajó los escalones que separaban el portal de la acera de la calle. Esperó a que ella abriera el portal y se introdujese en él.
    Lucia escuchó el amortiguado sonido de los pasos de Enrique y cómo estos  alejaban al hombre que le había hecho sentir de nuevo especial.
   Con una sonrisa bobalicona en sus labios, ascendió las escaleras hacia su casa.


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