jueves, 24 de abril de 2014

DESHOJANDO PASIONES (continuación I )

La semana se le pasó con rapidez. Los largos horarios de la tienda apenas le dejaban tiempo para la vida social y terminada la jornada laboral, a veces hasta medianoche, cuando llegaba a su casa cenaba ligero y se dormía apenas se metía entre las sábanas, casi siempre acompañada de un libro.
Se mantenía al día con Sergio. Había terminado los exámenes parciales y estaba muy contento con los resultados.
Sonrió satisfecha. Su hijo sería alguien importante algún día.
Siempre había sido un niño ejemplar, más maduro para su edad. Colaboró en los gastos de la casa desde la mayoría de edad y aportaba ilusionado los primeros sueldos que ganó dando clases particulares a niños y adolescentes.
Le echaba mucho de menos. Sus risas, sus abrazos tiernos cuando abstraída en la cocina entraba en silencio y le daba un abrazo de oso como él decía. Sus halagos cuando iba a la peluquería o se arreglaba más de lo normal.
Tan solo esperaba que fuese muy feliz en su vida.
Suspiró. Mañana sería viernes y volvería a verle. Ella también tenía esos pequeños momentos felices.
«Con qué poco me conformo» pensó.
Pero así era. Le bastaba saber que las personas que amaba eran felices, que la tienda que con tanta ilusión había abierto iba por buen camino, que su trabajo era valorado y lo que era más importante, se sentía realizada. Como en muchos años no lo había sido.
Nunca pensó que el don natural que tenía para decorar un simple jarrón con unas cuantas flores le daría alguna vez tantas satisfacciones y que sería su profesión.
Al principio sus amistades le llamaban y le pedían consejo. Gustosa les preparaba centros de mesa para las fiestas privadas que realizaban. Y como suele pasar, el boca a oreja funcionó.
Una tarde en la que estaba en clase de Pilates en el centro cultural del barrio se le acercó una de las responsables. Le habían llegado rumores de que era muy mañosa a la hora de adornar un evento y como debido a la crisis no disponían de un presupuesto demasiado alto habían decidido comprar ellos mismos las flores pero no tenían ni idea de cómo hacer los arreglos.
—Pero yo no me dedico profesionalmente a esto. Lo hago por diversión —aclaró.
—Ya —comentó Clara—, pero ¿son muchas horas de trabajo, no?
Ella asintió.
—Tendrás que tener tu compensación, así que no se hable más. Si te interesa el proyecto pásanos un presupuesto para que podamos estudiarlo.
Durante la cena comentó lo sucedido. Miguel torció el gesto sin embargo Sergio le animó.
—Chorradas —comentó su esposo.
Y esto fue el detonante que le hizo decidirse. Le demostraría que ella no hacia «chorradas» y lo hizo y fue todo un éxito, tanto que se planteó aprender más.
Comenzó a dar cursos y más cursos de floristería y fue su tabla de salvación cuando decidió separarse. No dependería de Miguel económicamente ni tendrían que deshacerse del poco patrimonio del que disponían.
—Bueno pues ya estás listo —comentó en voz alta al arreglo floral que acababa de terminar—. Y con esto y un bizcocho ya va siendo hora de que vayamos cerrando el chiringuito.
Al día siguiente se levantaría temprano para realizar su pedido preferido. Había recibido un envío de margaritas y quería hacer para Enrique un ramo especial.


El despertador sonó a las siete menos cuarto, lo apagó con un manotazo y se hizo la remolona.
«Cinco minutos más» pensó.
Total la tienda estaba justo debajo de su balcón, a veces pensaba que tan solo le faltaba una escalera interior que comunicase el piso con el local, de ahí que muchos días terminase tan tarde de trabajar, hubiera sido muy distinto si hubiese tenido que desplazarse más lejos.
Pero le pudo la responsabilidad y pocos minutos después estaba en pie. Preparó la cafetera eléctrica y somnolienta se desplazó hacia el baño, mientras el ansiado café salía le daría tiempo a ducharse.
Tras despejarse con el baño y dos tazas de café bien cargadas recogió la casa, puso una lavadora y cuando terminó de tender ya eran las ocho, hora de bajar al local.
Nada más dejar el bolso en la trastienda el teléfono comenzó a sonar.
—Floristería Violetas imperiales ¿dígame? —contestó al tercer timbrazo.
—Buenos días Lucia.
La voz de Enrique por teléfono era aún más sensual. Se puso tensa. Igual le llamaba para decirle que no quería el pedido.
—Dígame Enrique.
—Vaya —exclamó él—, me has reconocido.
«Imbécil, a ver como sales de esta»
—Tengo muy buen oído para las voces —mintió con descaro.
—Te llamaba porque hoy no podré recoger el ramo, me ha surgido un imprevisto con un cliente importante y había pensado que ¿si te podría encargar un servicio a domicilio?
—No hay ningún problema tan solo tiene que darme los datos, como es usted un cliente habitual la semana que viene le cargaré en la tarjeta los dos pedidos… Bueno, si viene usted la semana que viene —aclaró.
—Por supuesto que iré. Anota la dirección.
Tomó papel y bolígrafo y escribió lo que él le dictaba.
—Esta semana le va a encantar el ramo.
—Estoy seguro y ¿de verdad que no hay ningún problema con no abonarlo ahora? No quiero abusar ni ser una molestia…
—De verdad que no. No es algo que suela hacer con todos los clientes pero ya son muchos años conociéndole.
—Gracias Lucia.
Se estremeció. Le gustaba oír su nombre de los labios de él. Sería mejor que se centrase en la conversación telefónica.
—Como el teléfono queda registrado si quiere le puedo avisar cuando el ramo sea entregado.
—No es necesario, al igual que tú, me fio de ti.
Rió nerviosa.
—Pues no hay más que hablar, ahora mismo me pongo en ello.
—Que tengas un buen día y muchas gracias —se despidió él.
—Igualmente.
Colgó. Su gozo en un pozo, hoy no le vería pero se reconfortó al pensar en el ramo que le iba a preparar, sería esplendido.
Curiosa, volvió a repasar la nota  con las señas. Así que él iba todos los viernes a llevar los ramos a una residencia. Antes de poder deducir nada el teléfono comenzó a sonar de nuevo.
Pasó el resto de la mañana elaborando los pedidos que recibía. A las cinco de la tarde había acabado con casi todas las existencias, llamó al vivero para un pedido y vio junto al teléfono la nota de Enrique. ¡Se había olvidado por completo!
Miró el reloj. Demasiado tarde para avisar al servicio que tenía contratado para las entregas a domicilio, no le quedaba más remedio que hacerla ella personalmente. Era un error suyo y tenía que subsanarlo. Tan solo esperaba que él no hubiera llegado al centro y comprobase su ineficacia.
Fue hacia el ordenador y entró al buscador donde metió los datos que tenía. En la página del centro aparecía un teléfono de contacto, sin dudarlo, llamó. La recepcionista le informó que el horario de visitas era hasta las ocho de la tarde, hora en que los residentes cenaban.
Recogió todos los utensilios, puso una nota en la puerta para los posibles clientes tardíos y cerró.
Ya en el coche introdujo los datos en el GPS y la voz femenina de éste llenó el pequeño habitáculo. Tiempo después tomaba la salida hacia el pueblo de la sierra en el que estaba ubicada la residencia.
No le llevó mucho tiempo encontrarla. Tomó el ramo y se introdujo en los jardines aprovechando que unos visitantes salían.
Se encontró con un edificio de ladrillo anaranjado y blanco de tres plantas con grandes ventanales que supuso pertenecerían a las habitaciones de los residentes.
Obedeció la señalización de un letrero que indicaba la entrada principal. Una escalinata de mármol daba la bienvenida. Ascendió por ella descartando la rampa y se encontró en un hall que nada tenía de aspecto hospitalario.
Le pareció entrar a un hotel con encanto de los que tantos que había visto por la red.
Fue hacia el mostrador de recepción donde una joven atendía el teléfono en ese momento. Asintió ante el gesto que ésta le hizo y esperó.
Se distrajo estudiando el recibidor. Suelo de mosaico, muebles de mimbre, una jaula de pie donde una cacatúa graznaba de vez en cuando, una estufa de hierro con un bonito esmaltado en su redonda tripa.
—¿En qué puedo atenderla?
Giró el rostro hacia la sonriente mujer que le hablaba.
—Vengo a dejar un pedido —y mostró el ramo de margaritas.
—Eso no puede ir a otra habitación que la de Clara. Segunda planta, habitación 202 —e indicó con la mano hacia el pasillo.
Recorrió la galería hasta llegar a los ascensores, pulsó el botón de llamada y espero. Segundos después las puertas de éste se abrían. Marcó en el panel y sintió que la cabina se desplazaba.
Cuando las puertas se abrieron de nuevo se encontró en un amplio corredor, no tenía la decoración de la planta baja, era algo más aséptico pero tampoco la típica imagen de hospital.
Pasos más allá se encontró frente a la habitación señalada. Estaba cerrada y golpeó con los nudillos. Nadie respondió. Dudaba si entrar o no cuando metros más allá vio una mujer con uniforme, se acercó con rapidez hacia ella.
—Buenas tardes —saludó——. Venía a dejar este pedido.
Tras responder al saludo la auxiliar, según ponía su insignia, le acompañó.
—Me extrañaba que hoy no tuviera ramo nuevo —comentó la mujer—. Pero hoy Enrique no ha venido. Pase —invitó la mujer abriendo la puerta de la habitación— puede ponerlas usted misma en el jarrón. Siento no hacerlo yo pero ahora mismo estoy ocupada revisando los informes si lo desea puede dejarlas encima de la mesita auxiliar y cuando tenga algo de tiempo me ocupo de ellas —y señaló las margaritas.
Lucia se encontró en una habitación individual donde sobre la cama una mujer yacía conectada a varios aparatos. Junto a ella, sobre la mesa auxiliar, un ajado ramo de flores.
La auxiliar comprobó, supuso que por rutina, el funcionamiento de los aparatos y el estado de Clara.
—Hoy está algo alterada —comentó al ver las pulsaciones en el monitor—. Enrique no ha venido —y girándose a mirarla continuó—, siempre he mantenido que ella es consciente de su presencia y cuando él se sienta a leerla en voz alta durante horas, parece mejorar. Tengo que dejarla.
Y sin más salió de la habitación. Lucia se encontró estudiando a la otra mujer.
No tendría más de treinta años. El cabello, corto, enmarcaba un rostro dulce, casi relajado como si durmiera. En el esbelto cuello la conexión al aparato que la mantenía con vida y en su mano, delicada, el dedil que captaba los latidos de su corazón.
El resto del cuerpo estaba cubierto por la ropa de cama pero se veía delgado. Se sintió violenta al darse cuenta de cómo estudiaba a la comatosa mujer, retiró la mirada hacia el mustio ramo.
No le sería de mucha molestia intercambiarlos. Y así lo hizo, vació el agua turbia por otra limpia y metió el hermoso ramo fresco que había traído consigo.
Los latidos de Clara parecieron alterarse y recordó las palabras de la enfermera. Y no supo porqué ni que le movió en su interior ha hacerlo pero salió al exterior del pasillo en busca de alguien del personal, al no ver a nadie preguntó a una mujer mayor que encontró por el pasillo.
—¿Tienen ustedes biblioteca aquí?
La mujer asintió y le señaló el lugar. Decidida sus pasos le llevaron hacia allí. No había mucho dónde elegir pero al final se decantó por un libro que había leído hacía años: La dama de las camelias.
Con el libro en sus manos, desanduvo los pasillos hasta llegar a la habitación 202, se sentó sobre la butaca cercana a la cama, aclaró su voz con un ligero carraspeo y comenzó a leer.
Dos horas después la enfermera la encontró adormilada en la butaca. El cansancio había hecho mella en su cuerpo.
Volvió al centro de la ciudad ya oscurecido. Se preparó un sándwich vegetal pensando en la mujer que había dejado en el centro. Clara, la hermana de Enrique, ya que al salir observó que junto al número de habitación en un marco de aluminio, insertado y escrito con rotulador, estaba el nombre del residente y los apellidos coincidían con los de la tarjeta de crédito que tantas veces había visto cuando Enrique le pagaba los ramos.
¿Qué le habría ocurrido para encontrarse en ese estado? ¿Una enfermedad?¿Un accidente? No lo sabría nunca porque tampoco se veía con fuerzas ni tenía la suficiente confianza con su cliente como para preguntarle sobre temas personales.
Además, se suponía que el ramo sería entregado por el servicio de la floristería no por ella misma.
Con estos pensamientos y sin ganas de leer se acostó.


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