sábado, 15 de marzo de 2014

QUIZÁS

    Hace tiempo escribí este relato, más concretamente el 3 Mayo del 2012. Mi intención era aportar mi granito de arena frente a esa enfermedad tan cruel que va difuminando a nuestros seres queridos: el Alzheimer.
    Os dejo el comentario que puse en mi otro blog al respecto: "En nuestras manos está recordarlas día a día quienes fueron, cuales eran sus sueños y sobretodo saber que en algún lugar de su mente, ellas siguen estando ahí."
    Y ahora, ante la insistencia de una persona y de otras cuantas que lo leyeron en su momento, creo que ha llegado la hora de que este relato vea la luz en este nueva etapa de mi vida.
    A todos aquellos que me seguís: GRACIAS!.




    Miró el reflejo del espejo. Unos cansados ojos grises le devolvieron la mirada. Hacia juego con el color de su cabello. Antaño… ¿cómo era su color? Indagó en los recovecos oxidados de su mente. Le venían imágenes incoherentes y borrosas que lo único que consiguieron fue marearla. Desistió con un suspiro de fastidio. 
    Sus artríticas manos se dirigieron al estante de cristal. Tomó el pequeño tarro e intentó abrirlo.
    —¡Dios mío! —pensó— ¿Por qué hacían esos endemoniados recipientes tan minúsculos?
    El tarro de cristal se escapaba de entre sus dedos, como si tuviese vida propia. La tapa verde que cerraba hermética el contenido, se reía estúpida de sus inútiles esfuerzos de intentar girarla. En un último intento, sus dedos apretaron firmemente. Se veía venir. El frasco salió despedido, rebotando sobre el lavabo y cayendo a sus pies, donde se hizo añicos, desparramando todo el contenido sobre las zapatillas y en el enlosado suelo.
    Inclinó trabajosa la espalda y tomó entre sus dedos una pequeña porción del ungüento. Tarareando una canción comenzó a extenderlo por su arrugada cara. 
    Una voz masculina se oyó más allá de la puerta cerrada del baño.
    —¡Matilde! ¿Estás bien?
    La mujer decidió ignorar al intruso. Ese pequeño cabrón, calvo y bajito se había ido apoderando de su casa.
    Recordó con nitidez como una mañana había despertado con ese hombre acostado a su lado. Roncaba como un viejo motor de coche. Sigilosa, se había inclinado sobre el borde de la cama y tomado una de las zapatillas.       
     Él había gruñido entre sueños.
    Inspiró profundamente, tomando fuerzas  y comenzó a golpear al extraño, mientras le gritaba e insultaba.
    El intruso había caído sobresaltado al suelo, al otro lado del colchón, levantándose enseguida y cubriéndose la cara con el antebrazo, mientras con la otra mano intentaba quitarle la improvisada arma. Pero Matilde no se había dejado desarmar. Había llamado a su Pepe a grito pelado, mientras  ese rechoncho sinvergüenza había salido despavorido de la alcoba. 
    Minutos más tarde, su queridísima vecina y amiga Rosa había entrado en la habitación. Llevaba su habitual bata de tweed  y el canoso pelo cubierto por la redecilla que sujetaba los rulos que envolvían su cabello. 
    —¿Qué ocurre Matilde? Pepe me ha dicho que has comenzado a golpearlo sin ton ni son.
    Matilde miró a la mujer, se deslizó de la cama, calzándose las viejas zapatillas y tomando una bata de felpa de color azul celeste comenzó a ponérsela mientras salía de la habitación. 
    —¿No me digas que ese tío guarro ha ido a tu casa a lloriquearte?
    Rosa la miraba anonadada. Matilde caminaba lenta pero decidida por el largo pasillo en dirección a la cocina. 
Sacó un cazo y vertió en él una generosa porción de leche. De uno de los cajones sacó una pequeña hogaza de pan sentado y comenzó a desmigarlo en trozos pequeños, echando éstos sobre un plato de porcelana blanca desportillado. Tan ensimismada estaba con su pequeña tarea que fue Rosa quien hubo de apagar el fuego cuando la leche, al hervir, comenzó a salirse del recipiente. El olor a nata quemada inundó el pequeño habitáculo. Matilde seguía a su quehacer, ajena al desastre. 
    Rosa, bajó del estante del armario un tazón y vertió la leche. Matilde la miró, sonriéndola, y como si tal cosa, volcó los barquitos sobre su desayuno. Tomando el tazón entre sus arrugadas manos se acercó a la destartalada mesa. Del cajón de ésta tomó una cuchara sopera, volcó dos cucharadas colmadas de azúcar sobre el pan ya empapado y comenzó a remover el contenido. Sentó su pequeño cuerpo sobre la silla y comenzó a comer. Una maldición salió de sus labios. 
    —Ten cuidado mujer, no ves que está ardiendo —advirtió Rosa y suspiró resignada. 
    Matilde le pegó un manotazo cuando las enjoyadas manos de la otra mujer intentaban limpiar el churretón de leche con migas que se  le deslizaba por la barbilla. 
    —¡Quita eso! —ladró Matilde enfadada—, no soy ninguna inútil, ¿sabes?
    Rosa retiró la mano prudente. 
   —En cuanto mi Pepe venga de su viaje a Francia, pienso decirle como me tratáis tú y ese viejo verde que ha intentado colarse en mi cama.
    Con resignación la anciana mujer abandonó la cocina en busca del viejo verde que esperaba en el salón sentado sobre su viejo sofá orejero. 
    —No eches en cuenta estas cosas Pepe. Ya sabes que los médicos dijeron que llegaría a pasar con el tiempo. 
    Los ojos castaños de Pepe miraron tristes a la vecina que tantos y tantos años había compartido rellano con él y su  mujer, Matilde.
    —Pero… ha llegado tan pronto…
    —Resignación.




    Todo eso había pasado… ¿cuánto hacia?
    —Matilde estás chocheando ya —se dijo malhumorada en voz alta.
    —¿Amor? ¿Te encuentras bien? He oído que algo se rompía. Voy a entrar…
  —Ni se le ocurra a usted, viejo verde. Váyase usted de mi casa. Mi Pepe está por llegar y estoy arreglándome. No quiero que diga que mientras él está deslomándose país arriba y abajo con el camión, su mujer anda con unos y otros. Márchese o llamaré a la policía. 
    Matilde oyó los cansados pasos del hombre alejarse pasillo a dentro. Siguió acicalándose ajena a todo aquello que no fuese ella misma.
    Abrió con sigilo la puerta del baño. El extraño trasteaba en la cocina. Despacito y casi de puntillas recorrió el pasillo en dirección al salón. Al entrar se  lo encontró todo lleno de cajas de cartón. «¿De quién sería el cumpleaños?» —Pensó extrañada. Y ¡vaya manera de envolver los regalos!. Enormes cajas de cartón con palabras escritas a carboncillo y pegadas con cinta aislante y cuerdas. 
   Miró de soslayo, el viejo verde se hallaba armando ruido. Era el momento ideal. Ella arreglaría este desaguisado. Volvió sobre sus pasos hacia el cuarto de baño y tomó de la estantería varios lápices de labios. Sigilosa y riéndose entre dientes se acercó a las grandes y feas cajas. 
    Pintó enormes flores rojas, corazones marrones y nubes rosas. Matilde miraba extasiada su pequeña gran obra. Entusiasmada se acercó al espejo del salón que se hallaba sobre el sofá  y miró su reflejo. Agarrándose al respaldo de madera levantó la pierna para subir encima del sofá pero  su anciano miembro no la respondió. Apoyó sus rodillas en los cojines y se deslizó por ellos quedando por debajo del espejo. Agarrándose al respaldo se alzó lentamente. Su menudo cuerpo se bamboleaba inestable, decidió agarrarse del marco del espejo con la mano izquierda, con la derecha sostenía el lápiz rojo y comenzó a pintarse flores rojas en las mejillas. Al tener la otra mano ocupada no podía cambiar de lápiz, encogió los hombros y riéndose pinto también corazones y nubes en su frente. 
    —¿Abuela? —oyó decir a una voz joven— ¿Se puede saber que haces ahí subida?
    Matilde se giró, quedando su mano suspendida en el aire, como un infante pillado in fraganti se ruborizó. Ana observaba a su abuela, la cual, indecisa subía y bajaba su cuerpo sin saber muy bien que hacer.  Se acercó a ayudar a la mujer que tantas y tantas veces la había sacado de apuros como aquel, cuando era niña. Ya más cerca miró los llamativos dibujos del rostro de la anciana. Sin poderlo evitar la carcajada sonó por todo el salón. Matilde, sabiéndose ganadora en esa batalla sonrió traviesa. 
    —¿Te gusta? —preguntó mientras coqueta  posaba para la joven de uno y otro lado su arrugado rostro—, todavía tengo pintura. ¿Quieres que te pinte una flor? Pero a ti te quedaría mejor una margarita rosa. Ven! Ven!
    —No abuela de verdad. Anda dame la mano que te ayude a bajar. ¿Abuelo? —llamó la joven.
    Los pasos de Pepe se oyeron acercarse. Asomó el rechoncho cuerpo por las puertas dobles del salón. Sostenía un paño entre las manos que cayó inerte a sus pies al observar a su mujer bajando del sofá y las coloridas cajas de embalaje.
    —Pero ¿qué ha ocurrido?
    —Pregúntale a ella —dijo la joven señalando a Matilde.
    La aludida sonreía y señalaba las cajas dando silenciosas palmadas de entusiasmo.
    —Ahora sí que son bonitas. Ahora sí que le gustaran los regalos a…¿quién cumple años? —pregunto. 
    —Nadie cumple años abuela —explicó paciente Ana— solo son cajas de embalaje con todas vuestras cosas.
    Pepe rodeaba una y otra vez las cajas, anonadado.
    —¿Cómo se las van a llevar así los de la mudanza? Se van a poner perdidos de pintalabios y se negaran a llevarlas a su destino.
    Volviendo sobre sus paso tomó el paño de cocina y acercándose a una de las cajas más grandes que marcaba las palabras: «juego de té de la boda y porcelana» y estampado la palabra frágil, comenzó a frotar enérgico los dibujos de Matilde. 
    La anciana se deshizo del agarre de su nieta y corrió hacia el hombre que agachado de espaldas no la vio llegar. Matilde comenzó a golpear con los puños la espalda de su esposo.
    —¡Viejo verde!¡Asqueroso!. Estás destrozando mis dibujos. 
    Amargas lágrimas rodaban por las enjutas y arrugadas mejillas. Pepe se giró agarrando las artríticas manos de su mujer en un intento de parar los golpes. Miró esos hermosos ojos grises que hacia medio siglo le habían dejado sin habla la primera vez que le miraron. 

    Matilde trabajaba de dependienta en una pastelería de postín en el centro de la capital. Pepe se hallaba paseando calle Mayor abajo, en dirección a la Plaza de Oriente, y metros antes de llegar al escaparate, su nariz quedó inundada por el aroma embriagador de bollos calientes. Su estómago gruñó y palpando el bolsillo del pantalón rebuscó la poca calderilla de la que disponía. Sacó dos perras chicas. Con eso no le iba a llegar ni para un chusco de pan. Inhaló profundamente y apoyó la chata nariz sobre el cristal, la dependienta atendía unos clientes que señalaban los pasteles surtidos que preferían. 
    Era una joven menuda y esbelta. Su dorado cabello quedaba cubierto en parte por la cofia blanca que adornaba la cabeza. Vestía un uniforme azul celeste y un bonito delantal almidonado cubría la parte delantera.          Pepe observaba al matrimonio parlotear, y de repente, la señora le señaló. Echó la cabeza hacia atrás y se disponía a huir cuando la joven miró hacia él asintiendo y sonriendo.  La vio acercarse hacia la puerta corredera  de cristal que separaba el escaparate del mostrador. La bonita joven extendió su níveo brazo y con una mano pequeña y con pequeños hoyuelos agarró una enorme bandeja de bombones del escaparate. Antes de volver a introducirse hacia el interior, miró a Pepe con sus hermosos ojos grises y le sonrió gentil. 
     Ni siquiera oyó el ligero tintineo de la campanilla de la puerta al salir el matrimonio en cuestión. Seguía allí parado, con la boca abierta y las manos en los bolsillos intentando volver a ver a ese ángel del cielo que le había sonreído. Una fina lluvia comenzó a caer. Al momento se tornó tormenta pero Pepe era ajeno a ello. Tan solo veía moverse a la joven por la tienda. Reponiendo pasteles, bombones y demás confituras en las bandejas vacías. 
    Como por arte de magia el ángel  se acercó hacia la puerta. La abrió y con una dulce voz se dirigió hacia él.
    —Puede usted pasar hasta que pase la tormenta. Con esta lluvia no creo que vengan más clientes y estamos a punto de cerrar. 
    Fue solo en ese momento cuando Pepe se dio cuenta de la gran tromba de agua que le estaba calando hasta los huesos. Su único traje de los domingos chorreaba agua por todas partes. Sus bonitos zapatos de gamuza habían quedado destrozados. 
    —Le mancharé el suelo con el agua —farfulló. 
    —No importa antes de cerrar debo de fregar el suelo. Pase ande, dentro se está calentito.
    El olor a pasteles y bollos recién horneados inundó nuevamente la nariz de Pepe y asintiendo dijo:
    —Pero me quedaré aquí al lado de la puerta y solo hasta que pase la tormenta.
    —Bien. Si gusta usted de sentarse en las mesitas de té puede hacerlo. ¿Desea usted tomar algo?
    —No gracias, merendé hace un rato —pero como respuesta a la mentira su estómago gruñó desconsolado.
    Matilde se sonrió. Alejó su menudo cuerpo ondulando ligeramente las caderas mientras Pepe no despegaba sus ojos de las bonitas pantorrillas de la joven. 
La dependienta siguió con sus quehaceres detrás del mostrador. De repente gritó al caérsele una de las bandejas de las manos.
    —¡Uy que tonta! Tendré que tirarlos —dijo mientras sacudía con sus pequeñas manos dos deliciosos suizos — se han llenado del serrín de las tablas. Mi jefe me va a regañar.
    Pepe observaba en silencio. Si tenía lo que tenía que tener que se atreviese ese hombre a tan siquiera elevar la voz a tan bonita joven. Ahí estaba él para defenderla si hacía falta. Hinchó su pecho. 
    —A no ser…sí. Seguro, será lo mejor.
    Pepe le miraba hablar consigo misma. La bonita joven entonces  giró su cabeza hacia él y sonriéndole picarona le espetó:
    —A no ser que usted sea tan amable y quiera comérselos antes de que él llegue. Se los regalo. Pero no pueden quedarse aquí…
    Él observaba esos ojos grises que le miraban intensamente mientras la bonita barbilla comenzaba a hacer pucheros.
    —No me llore señorita. Yo me los comeré con tierra y todo, pero no puedo pagarlos.  Tan solo tengo dos perras chicas.
    —Con una me basta. ¡Ea! Pues no se hable más, suyos son.
    Pepe tomó entre sus grandes manos los deliciosos bollos y acercó el primero de ellos a su nariz. Abrió su boca y le dio un enorme mordisco, mientras sonreía a la bonita mujer.
    Años después supo que ni los bollos tenían restos de serrín ni se habían caído. Matilde en un arranque de piedad a su hambre había decidido que comiese algo caliente ese día, aún con la posibilidad de que su jefe la despidiera al hacer las cuentas y ver que no cuadraban las piezas vendidas y las monedas. Pero su Matilde fue más lista porque le contó una pequeña mentira al decir al tacaño obrador que había vendido dos suizos que se le habían caído a una conocida clienta y los cuales ella le había cambiado, por supuesto, a un mendigo que había asomado la cabeza por la puerta. El mendigo le había ofrecido una perra chica y la joven le había endilgado la mercancía estropeada. Con lo cual el jefe le había felicitado y decidió subirla el mísero sueldo que le daba «en compensación por mirar por lo nuestro» 

    Los sollozos de Matilde sacaron a Pepe de su ensimismamiento. 
    —No llores, mi niña, ves. Esto se arregla en un santiamén. Ven, trae tus pinturas. Estas flores no te habían quedado muy bien, las estaba borrando para que las hicieses de nuevo. 
    Ana suspiró no sin cierta envidia interior, al comprobar, como su abuelo tras cincuenta años de matrimonio con su abuela  y siete de novios aún la trataba con dulzura y amor. Vio como el anciano ayudaba a su esposa a arrodillarse a su lado mientras le acercaba  los pintalabios para que la mujer dibujase sus flores rojas.
    Pepe se dirigió hacia ella.
    —Ana, prenda, termina de embalar los tazones del desayuno. Es lo único que queda por guardar.
    La joven asintió en silencio y abandonó el comedor. Desde la cocina oía a su abuelo hablar con su esposa, animándola como se anima a un niño ante sus primeros garabatos. Sus ojos se enrasaron de lágrimas que a golpe de mano desechó. Ya habría tiempo de llorar a solas. Bastante duro se le hacía a su abuelo esta decisión para que la viese flaquear a ella también. 
    Envolvió los gastados tazones de porcelana con papel de periódico y los colocó junto a los demás enseres de cocina, en su correspondiente caja.  Comenzó a revisar todos y cada uno de los armarios de la cocina. Acarició la formica color vainilla, desportillada en algunas zonas. Recordaba cómo había presumido su abuela de muebles nuevos delante de las vecinas. 
     Era aún una niña. Acababa de mudarse a vivir con sus abuelos, porque sus padres, al igual que otros muchos de su generación habían emigrado a Alemania, en busca de un trabajo que no tenían en patria. Cuando los turnos interminables de sus padres en el trabajo hicieron imposible el poder cuidarla como una hija se merecía, decidieron mandarla con sus abuelos, que la recibieron emocionados con los brazos abiertos. No había tenido una abuela en la anciana señora que estaba ahora pintando en el salón, había tenido una madre. Una madre que la protegió, cuidó y mimó durante todos los años que podía recordar y hasta hacia más o menos un año. Cuando los primeros síntomas de la enfermedad dieron la cara. 
    Al principio pensaron que eran despistes de vieja  pero cuando la situación ya llegó a volverse caótica y a no poder dejarla ni un momento a solas porque el día menos pensado ella o su abuelo llegarían a un piso totalmente calcinado fue cuando se plantearon que Matilde necesitaba una persona que cuidase de ella y de la casa, en ausencia de los dos. 
    Las chicas duraban menos que un suspiro porque Matilde en su locura las hacia la vida imposible. Si no las acusaba de robar, las tenía todo el día para su entera disposición, arreglándole las uñas, tiñéndola los cabellos, dándola masajes en su dolorido cuerpo, con lo cual a las pobres asistentas no les cundían las horas. El día que la anciana se levantaba con ansias de limpieza las deslomaba a trabajar, haciéndoles fregar el suelo de rodillas «como se hacía antaño».  En menos de seis meses habían pasado cinco mujeres por la casa. Se llegaron a plantear un Centro de Día, pero la enfermedad avanzaba a pasos agigantados y la llamada de asuntos sociales no llegaba nunca. 
    La gota que colmó el vaso fue el día que Ana y su abuelo tuvieron que ir a la revisión periódica de su yayo al hospital. Habían dejado a Matilde adormecida en la cama. Debido a su estado no podían llevársela a estar sentada en la sala de espera tantas y tantas horas. Quedaron con la vecina que se pasase de vez en cuando a echar una ojeada a la anciana. 
    Cuando volvieron se encontraron a Rosa llorando a lágrima viva en el salón agarrada al teléfono intentando llamar a una ambulancia. Les explicó entre hipidos que se había pasado cada media hora pero que tuvo que bajar a unos recados y cuando volvió Matilde se había levantado sola y había decidido darse una ducha. Rosa la encontró vestida y con las zapatillas, tirada dentro de la bañera donde, por lo que se intuía, había resbalado y se había abierto una ceja con el grifo del agua. Sacaron a una Matilde empapada, tiritando de frio y con la cara ensangrentada. 
    Los del Samur se portaron geniales. Atentos ofrecieron a su abuelo acompañarles en la ambulancia. Todo quedó en unos puntos y un gran susto. Entonces fue cuando Ana decidió planteárselo a Pepe. 
    Su abuelo lloraba desconsolado mientras Ana le explicaba que tendrían que llevarla a una residencia donde seria atendida por personal especializado. Que él podría verla todas los días y en las horas de visita. Que estaría vigilada las veinticuatro horas por un médico, en caso necesario, y sus comidas y medicación a su hora. 
    Arreglaron los papeles y su sorpresa fue enorme cuando quince días más tarde recibieron una llamada. Se les había asignado una residencia concertada. El problema venía que era en un pueblecito a setenta kilómetros de la capital. Quedaba entonces totalmente descartado que su abuelo pudiese ir a verla a diario. Fue Pepe quien planteó lo más duro. Había decidido vender el piso. Su piso. El que tanto sudor y lágrimas le había costado conseguir. Los gastos de la residencia eran altos y la pequeña pensión de Pepe no daba para más. 
    Así que, haciendo de tripas corazón, se habían acercado los tres a conocer el lugar donde vivirían los últimos años de su vida. Primero se acercaron a la residencia, donde la amable directora les mostró todas las dependencias comunes y les presentó al personal. Les enseñaron las habitaciones, amplias y soleadas, donde Matilde compartiría espacio con otra residente.
    Comieron en un restaurante de la zona mientras hacían tiempo para ver la habitación con derecho a cocina que Pepe había decidido alquilar en el pueblo. Le quedaba a dos calles de la residencia, y aunque las cuestas eran bastante pronunciadas, ya que el enclave del pueblo era en plena sierra, Pepe sonrió satisfecho con el pequeño cubículo y su entorno. Rió entre dientes mientras decía a su nieta que era volver tiempo atrás. Cuando él y su abuela habían comenzado su matrimonio en las mismas circunstancias. 
    Y allí estaban, esperando a los de la mudanza para que llevasen los pequeños enseres que el abuelo había seleccionado para llevarse a su nuevo hogar. Un timbrazo de la puerta, le sacó de sus recuerdos.
    —Voy yo abuelo.
    Abrió la puerta. En el umbral de la misma dos fornidos hombres se presentaron. Ana les indicó el salón, donde entre ella y su abuelo, habían ido acumulando las cajas, que su abuela, en su mente, había confundido con regalos de cumpleaños. 
   Los hombres se quedaron parados contemplando a los ancianos pintarrajeando las cajas. Matilde reía entusiasmada haciéndoles señas para que se acercasen a pintar ellos también. Con un carraspeó de garganta, el mayor de los dos hombres, tomó unos guantes de trabajo, metió sus fuertes manos en ellos y sonriendo a la menuda mujer, comenzó a trasladar las cajas hacia la furgoneta que les esperaba en la calle. 
    Pocos viajes de cajas después preguntaron las señas donde debían trasladar los enseres. Ana les pasó una tarjeta y su número de móvil para en caso de que surgiese alguna duda. 
    —Abuelo…debemos irnos ya. 
    Pepe levantó sus cansados huesos del gastado suelo de madera y ofreció su brazo a la mujer de su vida. Matilde, por una vez silenciosa, tomó gratamente lo que le ofrecían y sonrió al hombre.
    —Sabe caballero. Al principio me calló usted muy mal. Pero en cuanto venga mi Pepe le voy a decir que nuestro huésped es una bellísima persona.
    —Sí, Matilde, sí.
    Pepe cerró por última vez la vieja puerta de la casa. Acarició el pequeño pomo de ésta y la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que cuarto de siglo atrás Matilde había puesto por encima de la mirilla. «Él nos protegerá» había exclamado la mujer y así había sido hasta hacia bien poco. Suspiró resignado y tragó el nudo de su garganta. Agarró a su mujer del brazo y la acompañó escaleras abajo.




    La directora les esperaba en su despacho. Ana y Pepe llevaron las pocas pertenencias permitidas a la habitación asignada a Matilde.  Habían compartido la hora del almuerzo en el comedor de visitas, donde los residentes podían convivir en la  mesa con los familiares.  
    Ana se había marchado a hacerse cargo de los hombres de la mudanza. Pepe después de dejar a una agotada Matilde echando la siesta había decidido darse una vuelta por el pueblo y sus inmediaciones. 
    Tras despedirse de su nieta, al cabo de unas horas, decidió volver al nuevo alojamiento de su mujer. La encontró sentada frente a un puzzle, en la sala de actividades, donde los fisioterapeutas animaban con sus juegos a que los residentes participasen.
    Pepe se acercó y acarició el blanco cabello de su esposa. El fisioterapeuta se acercó, sonriente y puso una mano en el hombro del anciano, dándole un ligero apretón de ánimo.
    —Lo está haciendo muy bien. Creo que participará en todo lo que le digamos.
  —Hoy tiene el día tranquilo, doctor —explicó el anciano—.  No sabe usted cómo se las gasta mi Matilde cuando está enfadada.
    El joven rió ante el aviso del anciano. 
    —Lo tendré en cuenta señor…
    —Pepe, llámeme Pepe a secas…eso de señor.
    —Antonio. Toño para los amigos. Y adivino, no sé por qué, que usted y yo seremos grandes amigos. 
    Una voz por megafonía interrumpió el momento, avisando a los visitantes que la hora de visitas había concluido. 
    Matilde, ajena a todo, tomaba las pequeñas piezas una a una, ensimismada e intentaba casarlas. 
    Pepe, rozó con un leve beso los peinados cabellos de la mujer, sin querer molestarla apenas. Dirigía sus pasos hacia la puerta de salida de la sala cuando la dulce voz de Matilde se oyó:
    —Pepe
    El anciano giró todo lo rápido que le dieron sus viejas rodillas, parando en seco.
    Matilde le miraba con sus ojos grises llenos de amor. 
    —Dime Matilde —susurró ronca la voz ante el reconocimiento de su mujer hacia su persona. 
    —Te quiero mucho. Ten cuidado con la carretera.
    Una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en la cara del anciano, que ufano hinchó pecho como aquella primera vez. 
    —Si mi amor, tendré mucho cuidado.
    Matilde volvió a su quehacer, como si ese lapsus de cordura la hubiera abandonado de nuevo.
    Pepe sonriendo pasillo adelante alcanzó la salida del centro. Miró hacia el cielo que comenzaba a oscurecer ya. 
    Mañana temprano volvería a ver  a su Matilde, a darle el desayuno y a que quizás, con un poco de buena suerte, volviese a recordarle. 
    QUIZÁS. 
    Pepe se perdió en el silencio de las calles. 


11 comentarios:

  1. Super bueno y como tú rozando esa sensibilidad que te caracteriza muakkkk sigue no te detengas jamás y algún día no muy lejano lo cnseguiras , te quiero churriiiiiiii muakkkk

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    1. Y si paro ya estáis vosotras para animarme a seguir. ;)

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  2. No tiene nada que ver con lo que habitualmente escribes, pero ha sido un relato muy emotivo, y tristemente muy real.

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    1. Real como la vida misma, sí. por eso lo he puesto. Un beso neni.

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    1. Hola estupenda,
      tu relato me ha emocionado mucho...
      besicos

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    2. gracias nena. Se agradece. Bicos.

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  4. Yo he trabajado en una residencia de ancianos como profesora de manualidades, con ancianos con demencia senil y alzheimer... Nadie se imagina lo duro q es, ni q por muchas horas q le eches no parecen suficientes... Son enfermedades tan crueles q te dejan un cascarón vacio donde antes hubo una persona excepcional.
    Gracias por pensar en ellos...

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    1. Por desgracia lo tengo en la familia y sé como son tanto el Alzheimer como el Parkinson, de ahí que les quisiera hacer este relato. Un beso Rosario. Gracias por comentar.

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  5. Gracias Cat. Me he encantado. Cada vez estoy más convencida de que deberías escribir, publicar y que tod@s pudiéramos leerte. Gracias por compartir tus relatos. Besos.

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    1. Gracias a ti por tus palabras Mary Ann. Y ya disfrutáis aquí de mis relatos, quién sabe lo que nos depara la vida. Un beso amor y gracias por dejar un comentario.

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