viernes, 21 de marzo de 2014

DESHOJANDO PASIONES

    Allí estaba Enrique, como cada viernes ¿desde hacía cuanto? ¿Tres años? Sí, desde que días después de inaugurar la floristería, una fría mañana de finales de semana traspasó la puerta del local.
    Lucía preparaba con esmero su ramo de margaritas, aún le quedaba por añadir las hojas de helecho.
Miró la hora en el reloj de la tienda, sí, se había adelantado una hora.
    Él, cruzó el umbral y repasó la figura masculina. Era de complexión atlética, rozaría el metro ochenta de estatura y aunque la camisa le quedaba algo justa a nivel del abdomen, no tenía la típica tripita de un hombre que pasaría de los cuarenta.
    Dedujo esto por las sienes plateadas, no demasiado, lo justo para hacerle interesante a primera vista. Sin embargo fueron sus oscuros ojos lo que más le llamó la atención. Tenía una mirada intensa.
    El rostro era atractivo, nariz grande pero no prominente, labios gruesos pero no exagerados y la piel clara, lo suficiente para hacer destacar la sombra incipiente de la barba.
    —Buenos días —saludó él, ella correspondió al saludo—. Sé que hoy me he adelantado a mi hora pero no podré pasarme a recoger el ramo y pensé que…
    —No se preocupe —interrumpió con una sonrisa—. Ahora mismo estaba con él ¿si no le importa esperar?
    —No, por favor, faltaría más —contestó con esa voz que también la subyugó en su momento.
    Prosiguió con el arreglo floral, tomó las tijeras de podar para nivelar los tallos, sentía la mirada de él observándola interesado.
    Le llegó, sutil a través del perfume de las plantas de su alrededor, el aroma de la colonia masculina, que tras su marcha, siempre quedaba impresa en el ambiente durante un tiempo.
    Sumergida en esa sensación estuvo a punto de cercenarse un dedo.
    —¿No debería de usar los guantes de protección? —comentó él y señaló con la mirada los mismos, que reposaban a un lado de su mesa de trabajo.
    —Sí, lo olvidé.
    Tomó las manoplas y se las puso.
    «¿En qué estaré pensando? —se regañó a sí misma
    —Pues en este hombre que desde hace tiempo altera los latidos de tu corazón —le respondió el subconsciente.
    Y era cierto, cada vez que él abandonaba la tienda, mientras trabajaba en los arreglos florales, su mente elucubraba fantasiosas historias sobre él y sobre quién sería la afortunada de recibir los ramos cada semana y la tarjeta con su mensaje.
    Sentía envidia, últimamente malsana. Tendría que dejar de leer los bonitos relatos de sus autoras favoritas que le acompañaban en sus solitarias noches desde la separación.
    Tras veintidós años de matrimonio, Miguel y ella habían decidido romper. Tomaron la decisión cuando Sergio, el hijo de ambos, se había trasladado de ciudad para proseguir los estudios universitarios.
    Y allí estaba ahora, a sus cuarenta y pocos años, temblando como una colegiala y con mariposas en el estómago porque su cliente predilecto le observaba atentamente.
    —Creo que esperaré fuera mientras acaba —explicó Enrique al verla trabajar con dificultad al ser contemplada.
    Las campanillas de la puerta tintinearon al salir él. Se alejó unos metros y de la cazadora sacó la pipa y el saquito de tela del tabaco y rellenó la pipa en tres pasos presionando las cargas con el dedo pulgar, rebuscó en el bolsillo el atacador pero por más que revisó todos y cada uno de los mismos no lo halló. Maldijo entre dientes. Prendió el tabaco e inhalo repetidas veces para avivar el diminuto fuego. Una nube perfumada le rodeó.
    Lucía le observaba. Jamás hubiese pensado que Enrique fumase en pipa, le pareció algo exótico pero intuyó que iba perfectamente con su personalidad.
    La puerta del local había quedado entreabierta al salir él y el olor a especias del tabaco se introdujo al interior del local. Le agradó, no era el pestilente humo del cigarrillo.
    Vio que él fumaba pensativo, sería mejor que se diese prisa o no terminaría nunca el ramo.
    Lástima que tuvo que salirse fuera, le gustaba contemplar cómo se movían sus manos, con soltura, eligiendo con mimo cada flor, cada perifollo. Se le veía que ponía tanto amor en cada uno de sus arreglos.
    Y siempre tenía una sonrisa para él. Al principio tímidas pero desde hacía unos meses habían cambiado.
Eran alegres, abiertas,  le iluminaban la cara y los ojos le brillaban exultantes. Las mejillas se le coloreaban ligeramente y recolocaba, nerviosa, el rebelde mechón de pelo que le caía sobre los ojos.
    Cuántas veces había deseado ser el mismo el que lo recolocase detrás de la pequeña oreja pero era un gesto demasiado íntimo entre un hombre y una mujer que apenas se conocían. Ni siquiera sabía su nombre, partida que ella le ganaba ya que siempre solía pagar con tarjeta.
    Podría haber encargado los ramos en cualquier otra floristería de la ciudad, pero un día al salir del trabajo el letrero había llamado su atención, más en concreto, el nombre de la floristería: VIOLETAS IMPERIALES.
    A los lados de la puerta de arco dos estanterías metálicas mostraban a los viandantes los centros realizados en la tienda. Delante de la hoja que se mantenía cerrada varios cubos mostraban diversos tipos de ramos y fueron las hermosas margaritas que había en uno de ellos las que le hicieron decidirse a entrar. Eran perfectas para ella y entró.
    Quedó prendado del interior y del trato de la dependienta. Y se encontró con que estaba deseando que llegase los viernes para verla.
    Advirtió un movimiento por el rabillo del ojo y la vio, le hacía ademanes para que recogiese el pedido.
Golpeó sobre el tacón del zapato la pipa para vaciarla y entró.
    —Siento las molestias que le haya podido causar. Ya está listo.
    —No se disculpe señorita… Perdone no sé su nombre.
    —Lucia.
    «Lucia» se deleitó pronunciando su nombre mentalmente.
    —Muchas gracias por tenerlo a punto antes de tiempo.
    Miró el ramo.
    —Precioso —susurró sobre las flores.
    Lucía sonrió satisfecha.
    —Hoy se lo pagaré en efectivo.
    Le extendió un billete que ella tomó, marcó en la caja registradora y eligió las vueltas.
    Fue al dejar estas sobre la mano masculina cuando sintió la descarga en el brazo al rozar con los dedos la piel de la palma, retiró con rapidez la suya al igual que hizo él. Ambos se miraron durante unos segundos, desconcertados y ambos a la vez sonrieron cómplices.
    Enrique tomó en silencio el ramo y se marchó.




    —¡Buenos días! ¿Cómo estás amor?
    Depositó un suave beso sobre la despejada frente y acarició con los nudillos la mejilla.
    —Cuando vienes sus constantes se estabilizan, es como si intuyese que estás aquí.
    Enrique giró la cabeza para mirar a la enfermera que, sonriente, era testigo del tierno momento.
    —Lo sabe —fue la escueta respuesta de él—. Sé que lo sabe.
    Depositó el ramo adquirido a los pies de la cama, tomó el jarrón de cristal de la mesita y fue al baño donde tiró a la papelera las flores mustias, rellenó de agua limpia el recipiente y volvió a la habitación. Introdujo el ramo nuevo y lo depositó junto a la cabecera de la cama.
    Se sentó en la butaca próxima a la mujer, sacó de la bandolera un grueso libro.
    —Bueno, ¿por dónde íbamos? ¡ah, sí!
    En la habitación tan solo se escuchaba la voz de Enrique que leía en voz alta y los bips de los aparatos.

sábado, 15 de marzo de 2014

QUIZÁS

    Hace tiempo escribí este relato, más concretamente el 3 Mayo del 2012. Mi intención era aportar mi granito de arena frente a esa enfermedad tan cruel que va difuminando a nuestros seres queridos: el Alzheimer.
    Os dejo el comentario que puse en mi otro blog al respecto: "En nuestras manos está recordarlas día a día quienes fueron, cuales eran sus sueños y sobretodo saber que en algún lugar de su mente, ellas siguen estando ahí."
    Y ahora, ante la insistencia de una persona y de otras cuantas que lo leyeron en su momento, creo que ha llegado la hora de que este relato vea la luz en este nueva etapa de mi vida.
    A todos aquellos que me seguís: GRACIAS!.




    Miró el reflejo del espejo. Unos cansados ojos grises le devolvieron la mirada. Hacia juego con el color de su cabello. Antaño… ¿cómo era su color? Indagó en los recovecos oxidados de su mente. Le venían imágenes incoherentes y borrosas que lo único que consiguieron fue marearla. Desistió con un suspiro de fastidio. 
    Sus artríticas manos se dirigieron al estante de cristal. Tomó el pequeño tarro e intentó abrirlo.
    —¡Dios mío! —pensó— ¿Por qué hacían esos endemoniados recipientes tan minúsculos?
    El tarro de cristal se escapaba de entre sus dedos, como si tuviese vida propia. La tapa verde que cerraba hermética el contenido, se reía estúpida de sus inútiles esfuerzos de intentar girarla. En un último intento, sus dedos apretaron firmemente. Se veía venir. El frasco salió despedido, rebotando sobre el lavabo y cayendo a sus pies, donde se hizo añicos, desparramando todo el contenido sobre las zapatillas y en el enlosado suelo.
    Inclinó trabajosa la espalda y tomó entre sus dedos una pequeña porción del ungüento. Tarareando una canción comenzó a extenderlo por su arrugada cara. 
    Una voz masculina se oyó más allá de la puerta cerrada del baño.
    —¡Matilde! ¿Estás bien?
    La mujer decidió ignorar al intruso. Ese pequeño cabrón, calvo y bajito se había ido apoderando de su casa.
    Recordó con nitidez como una mañana había despertado con ese hombre acostado a su lado. Roncaba como un viejo motor de coche. Sigilosa, se había inclinado sobre el borde de la cama y tomado una de las zapatillas.       
     Él había gruñido entre sueños.
    Inspiró profundamente, tomando fuerzas  y comenzó a golpear al extraño, mientras le gritaba e insultaba.
    El intruso había caído sobresaltado al suelo, al otro lado del colchón, levantándose enseguida y cubriéndose la cara con el antebrazo, mientras con la otra mano intentaba quitarle la improvisada arma. Pero Matilde no se había dejado desarmar. Había llamado a su Pepe a grito pelado, mientras  ese rechoncho sinvergüenza había salido despavorido de la alcoba. 
    Minutos más tarde, su queridísima vecina y amiga Rosa había entrado en la habitación. Llevaba su habitual bata de tweed  y el canoso pelo cubierto por la redecilla que sujetaba los rulos que envolvían su cabello. 
    —¿Qué ocurre Matilde? Pepe me ha dicho que has comenzado a golpearlo sin ton ni son.
    Matilde miró a la mujer, se deslizó de la cama, calzándose las viejas zapatillas y tomando una bata de felpa de color azul celeste comenzó a ponérsela mientras salía de la habitación. 
    —¿No me digas que ese tío guarro ha ido a tu casa a lloriquearte?
    Rosa la miraba anonadada. Matilde caminaba lenta pero decidida por el largo pasillo en dirección a la cocina. 
Sacó un cazo y vertió en él una generosa porción de leche. De uno de los cajones sacó una pequeña hogaza de pan sentado y comenzó a desmigarlo en trozos pequeños, echando éstos sobre un plato de porcelana blanca desportillado. Tan ensimismada estaba con su pequeña tarea que fue Rosa quien hubo de apagar el fuego cuando la leche, al hervir, comenzó a salirse del recipiente. El olor a nata quemada inundó el pequeño habitáculo. Matilde seguía a su quehacer, ajena al desastre. 
    Rosa, bajó del estante del armario un tazón y vertió la leche. Matilde la miró, sonriéndola, y como si tal cosa, volcó los barquitos sobre su desayuno. Tomando el tazón entre sus arrugadas manos se acercó a la destartalada mesa. Del cajón de ésta tomó una cuchara sopera, volcó dos cucharadas colmadas de azúcar sobre el pan ya empapado y comenzó a remover el contenido. Sentó su pequeño cuerpo sobre la silla y comenzó a comer. Una maldición salió de sus labios. 
    —Ten cuidado mujer, no ves que está ardiendo —advirtió Rosa y suspiró resignada. 
    Matilde le pegó un manotazo cuando las enjoyadas manos de la otra mujer intentaban limpiar el churretón de leche con migas que se  le deslizaba por la barbilla. 
    —¡Quita eso! —ladró Matilde enfadada—, no soy ninguna inútil, ¿sabes?
    Rosa retiró la mano prudente. 
   —En cuanto mi Pepe venga de su viaje a Francia, pienso decirle como me tratáis tú y ese viejo verde que ha intentado colarse en mi cama.
    Con resignación la anciana mujer abandonó la cocina en busca del viejo verde que esperaba en el salón sentado sobre su viejo sofá orejero. 
    —No eches en cuenta estas cosas Pepe. Ya sabes que los médicos dijeron que llegaría a pasar con el tiempo. 
    Los ojos castaños de Pepe miraron tristes a la vecina que tantos y tantos años había compartido rellano con él y su  mujer, Matilde.
    —Pero… ha llegado tan pronto…
    —Resignación.




    Todo eso había pasado… ¿cuánto hacia?
    —Matilde estás chocheando ya —se dijo malhumorada en voz alta.
    —¿Amor? ¿Te encuentras bien? He oído que algo se rompía. Voy a entrar…
  —Ni se le ocurra a usted, viejo verde. Váyase usted de mi casa. Mi Pepe está por llegar y estoy arreglándome. No quiero que diga que mientras él está deslomándose país arriba y abajo con el camión, su mujer anda con unos y otros. Márchese o llamaré a la policía. 
    Matilde oyó los cansados pasos del hombre alejarse pasillo a dentro. Siguió acicalándose ajena a todo aquello que no fuese ella misma.
    Abrió con sigilo la puerta del baño. El extraño trasteaba en la cocina. Despacito y casi de puntillas recorrió el pasillo en dirección al salón. Al entrar se  lo encontró todo lleno de cajas de cartón. «¿De quién sería el cumpleaños?» —Pensó extrañada. Y ¡vaya manera de envolver los regalos!. Enormes cajas de cartón con palabras escritas a carboncillo y pegadas con cinta aislante y cuerdas. 
   Miró de soslayo, el viejo verde se hallaba armando ruido. Era el momento ideal. Ella arreglaría este desaguisado. Volvió sobre sus pasos hacia el cuarto de baño y tomó de la estantería varios lápices de labios. Sigilosa y riéndose entre dientes se acercó a las grandes y feas cajas. 
    Pintó enormes flores rojas, corazones marrones y nubes rosas. Matilde miraba extasiada su pequeña gran obra. Entusiasmada se acercó al espejo del salón que se hallaba sobre el sofá  y miró su reflejo. Agarrándose al respaldo de madera levantó la pierna para subir encima del sofá pero  su anciano miembro no la respondió. Apoyó sus rodillas en los cojines y se deslizó por ellos quedando por debajo del espejo. Agarrándose al respaldo se alzó lentamente. Su menudo cuerpo se bamboleaba inestable, decidió agarrarse del marco del espejo con la mano izquierda, con la derecha sostenía el lápiz rojo y comenzó a pintarse flores rojas en las mejillas. Al tener la otra mano ocupada no podía cambiar de lápiz, encogió los hombros y riéndose pinto también corazones y nubes en su frente. 
    —¿Abuela? —oyó decir a una voz joven— ¿Se puede saber que haces ahí subida?
    Matilde se giró, quedando su mano suspendida en el aire, como un infante pillado in fraganti se ruborizó. Ana observaba a su abuela, la cual, indecisa subía y bajaba su cuerpo sin saber muy bien que hacer.  Se acercó a ayudar a la mujer que tantas y tantas veces la había sacado de apuros como aquel, cuando era niña. Ya más cerca miró los llamativos dibujos del rostro de la anciana. Sin poderlo evitar la carcajada sonó por todo el salón. Matilde, sabiéndose ganadora en esa batalla sonrió traviesa. 
    —¿Te gusta? —preguntó mientras coqueta  posaba para la joven de uno y otro lado su arrugado rostro—, todavía tengo pintura. ¿Quieres que te pinte una flor? Pero a ti te quedaría mejor una margarita rosa. Ven! Ven!
    —No abuela de verdad. Anda dame la mano que te ayude a bajar. ¿Abuelo? —llamó la joven.
    Los pasos de Pepe se oyeron acercarse. Asomó el rechoncho cuerpo por las puertas dobles del salón. Sostenía un paño entre las manos que cayó inerte a sus pies al observar a su mujer bajando del sofá y las coloridas cajas de embalaje.
    —Pero ¿qué ha ocurrido?
    —Pregúntale a ella —dijo la joven señalando a Matilde.
    La aludida sonreía y señalaba las cajas dando silenciosas palmadas de entusiasmo.
    —Ahora sí que son bonitas. Ahora sí que le gustaran los regalos a…¿quién cumple años? —pregunto. 
    —Nadie cumple años abuela —explicó paciente Ana— solo son cajas de embalaje con todas vuestras cosas.
    Pepe rodeaba una y otra vez las cajas, anonadado.
    —¿Cómo se las van a llevar así los de la mudanza? Se van a poner perdidos de pintalabios y se negaran a llevarlas a su destino.
    Volviendo sobre sus paso tomó el paño de cocina y acercándose a una de las cajas más grandes que marcaba las palabras: «juego de té de la boda y porcelana» y estampado la palabra frágil, comenzó a frotar enérgico los dibujos de Matilde. 
    La anciana se deshizo del agarre de su nieta y corrió hacia el hombre que agachado de espaldas no la vio llegar. Matilde comenzó a golpear con los puños la espalda de su esposo.
    —¡Viejo verde!¡Asqueroso!. Estás destrozando mis dibujos. 
    Amargas lágrimas rodaban por las enjutas y arrugadas mejillas. Pepe se giró agarrando las artríticas manos de su mujer en un intento de parar los golpes. Miró esos hermosos ojos grises que hacia medio siglo le habían dejado sin habla la primera vez que le miraron. 

    Matilde trabajaba de dependienta en una pastelería de postín en el centro de la capital. Pepe se hallaba paseando calle Mayor abajo, en dirección a la Plaza de Oriente, y metros antes de llegar al escaparate, su nariz quedó inundada por el aroma embriagador de bollos calientes. Su estómago gruñó y palpando el bolsillo del pantalón rebuscó la poca calderilla de la que disponía. Sacó dos perras chicas. Con eso no le iba a llegar ni para un chusco de pan. Inhaló profundamente y apoyó la chata nariz sobre el cristal, la dependienta atendía unos clientes que señalaban los pasteles surtidos que preferían. 
    Era una joven menuda y esbelta. Su dorado cabello quedaba cubierto en parte por la cofia blanca que adornaba la cabeza. Vestía un uniforme azul celeste y un bonito delantal almidonado cubría la parte delantera.          Pepe observaba al matrimonio parlotear, y de repente, la señora le señaló. Echó la cabeza hacia atrás y se disponía a huir cuando la joven miró hacia él asintiendo y sonriendo.  La vio acercarse hacia la puerta corredera  de cristal que separaba el escaparate del mostrador. La bonita joven extendió su níveo brazo y con una mano pequeña y con pequeños hoyuelos agarró una enorme bandeja de bombones del escaparate. Antes de volver a introducirse hacia el interior, miró a Pepe con sus hermosos ojos grises y le sonrió gentil. 
     Ni siquiera oyó el ligero tintineo de la campanilla de la puerta al salir el matrimonio en cuestión. Seguía allí parado, con la boca abierta y las manos en los bolsillos intentando volver a ver a ese ángel del cielo que le había sonreído. Una fina lluvia comenzó a caer. Al momento se tornó tormenta pero Pepe era ajeno a ello. Tan solo veía moverse a la joven por la tienda. Reponiendo pasteles, bombones y demás confituras en las bandejas vacías. 
    Como por arte de magia el ángel  se acercó hacia la puerta. La abrió y con una dulce voz se dirigió hacia él.
    —Puede usted pasar hasta que pase la tormenta. Con esta lluvia no creo que vengan más clientes y estamos a punto de cerrar. 
    Fue solo en ese momento cuando Pepe se dio cuenta de la gran tromba de agua que le estaba calando hasta los huesos. Su único traje de los domingos chorreaba agua por todas partes. Sus bonitos zapatos de gamuza habían quedado destrozados. 
    —Le mancharé el suelo con el agua —farfulló. 
    —No importa antes de cerrar debo de fregar el suelo. Pase ande, dentro se está calentito.
    El olor a pasteles y bollos recién horneados inundó nuevamente la nariz de Pepe y asintiendo dijo:
    —Pero me quedaré aquí al lado de la puerta y solo hasta que pase la tormenta.
    —Bien. Si gusta usted de sentarse en las mesitas de té puede hacerlo. ¿Desea usted tomar algo?
    —No gracias, merendé hace un rato —pero como respuesta a la mentira su estómago gruñó desconsolado.
    Matilde se sonrió. Alejó su menudo cuerpo ondulando ligeramente las caderas mientras Pepe no despegaba sus ojos de las bonitas pantorrillas de la joven. 
La dependienta siguió con sus quehaceres detrás del mostrador. De repente gritó al caérsele una de las bandejas de las manos.
    —¡Uy que tonta! Tendré que tirarlos —dijo mientras sacudía con sus pequeñas manos dos deliciosos suizos — se han llenado del serrín de las tablas. Mi jefe me va a regañar.
    Pepe observaba en silencio. Si tenía lo que tenía que tener que se atreviese ese hombre a tan siquiera elevar la voz a tan bonita joven. Ahí estaba él para defenderla si hacía falta. Hinchó su pecho. 
    —A no ser…sí. Seguro, será lo mejor.
    Pepe le miraba hablar consigo misma. La bonita joven entonces  giró su cabeza hacia él y sonriéndole picarona le espetó:
    —A no ser que usted sea tan amable y quiera comérselos antes de que él llegue. Se los regalo. Pero no pueden quedarse aquí…
    Él observaba esos ojos grises que le miraban intensamente mientras la bonita barbilla comenzaba a hacer pucheros.
    —No me llore señorita. Yo me los comeré con tierra y todo, pero no puedo pagarlos.  Tan solo tengo dos perras chicas.
    —Con una me basta. ¡Ea! Pues no se hable más, suyos son.
    Pepe tomó entre sus grandes manos los deliciosos bollos y acercó el primero de ellos a su nariz. Abrió su boca y le dio un enorme mordisco, mientras sonreía a la bonita mujer.
    Años después supo que ni los bollos tenían restos de serrín ni se habían caído. Matilde en un arranque de piedad a su hambre había decidido que comiese algo caliente ese día, aún con la posibilidad de que su jefe la despidiera al hacer las cuentas y ver que no cuadraban las piezas vendidas y las monedas. Pero su Matilde fue más lista porque le contó una pequeña mentira al decir al tacaño obrador que había vendido dos suizos que se le habían caído a una conocida clienta y los cuales ella le había cambiado, por supuesto, a un mendigo que había asomado la cabeza por la puerta. El mendigo le había ofrecido una perra chica y la joven le había endilgado la mercancía estropeada. Con lo cual el jefe le había felicitado y decidió subirla el mísero sueldo que le daba «en compensación por mirar por lo nuestro» 

    Los sollozos de Matilde sacaron a Pepe de su ensimismamiento. 
    —No llores, mi niña, ves. Esto se arregla en un santiamén. Ven, trae tus pinturas. Estas flores no te habían quedado muy bien, las estaba borrando para que las hicieses de nuevo. 
    Ana suspiró no sin cierta envidia interior, al comprobar, como su abuelo tras cincuenta años de matrimonio con su abuela  y siete de novios aún la trataba con dulzura y amor. Vio como el anciano ayudaba a su esposa a arrodillarse a su lado mientras le acercaba  los pintalabios para que la mujer dibujase sus flores rojas.
    Pepe se dirigió hacia ella.
    —Ana, prenda, termina de embalar los tazones del desayuno. Es lo único que queda por guardar.
    La joven asintió en silencio y abandonó el comedor. Desde la cocina oía a su abuelo hablar con su esposa, animándola como se anima a un niño ante sus primeros garabatos. Sus ojos se enrasaron de lágrimas que a golpe de mano desechó. Ya habría tiempo de llorar a solas. Bastante duro se le hacía a su abuelo esta decisión para que la viese flaquear a ella también. 
    Envolvió los gastados tazones de porcelana con papel de periódico y los colocó junto a los demás enseres de cocina, en su correspondiente caja.  Comenzó a revisar todos y cada uno de los armarios de la cocina. Acarició la formica color vainilla, desportillada en algunas zonas. Recordaba cómo había presumido su abuela de muebles nuevos delante de las vecinas. 
     Era aún una niña. Acababa de mudarse a vivir con sus abuelos, porque sus padres, al igual que otros muchos de su generación habían emigrado a Alemania, en busca de un trabajo que no tenían en patria. Cuando los turnos interminables de sus padres en el trabajo hicieron imposible el poder cuidarla como una hija se merecía, decidieron mandarla con sus abuelos, que la recibieron emocionados con los brazos abiertos. No había tenido una abuela en la anciana señora que estaba ahora pintando en el salón, había tenido una madre. Una madre que la protegió, cuidó y mimó durante todos los años que podía recordar y hasta hacia más o menos un año. Cuando los primeros síntomas de la enfermedad dieron la cara. 
    Al principio pensaron que eran despistes de vieja  pero cuando la situación ya llegó a volverse caótica y a no poder dejarla ni un momento a solas porque el día menos pensado ella o su abuelo llegarían a un piso totalmente calcinado fue cuando se plantearon que Matilde necesitaba una persona que cuidase de ella y de la casa, en ausencia de los dos. 
    Las chicas duraban menos que un suspiro porque Matilde en su locura las hacia la vida imposible. Si no las acusaba de robar, las tenía todo el día para su entera disposición, arreglándole las uñas, tiñéndola los cabellos, dándola masajes en su dolorido cuerpo, con lo cual a las pobres asistentas no les cundían las horas. El día que la anciana se levantaba con ansias de limpieza las deslomaba a trabajar, haciéndoles fregar el suelo de rodillas «como se hacía antaño».  En menos de seis meses habían pasado cinco mujeres por la casa. Se llegaron a plantear un Centro de Día, pero la enfermedad avanzaba a pasos agigantados y la llamada de asuntos sociales no llegaba nunca. 
    La gota que colmó el vaso fue el día que Ana y su abuelo tuvieron que ir a la revisión periódica de su yayo al hospital. Habían dejado a Matilde adormecida en la cama. Debido a su estado no podían llevársela a estar sentada en la sala de espera tantas y tantas horas. Quedaron con la vecina que se pasase de vez en cuando a echar una ojeada a la anciana. 
    Cuando volvieron se encontraron a Rosa llorando a lágrima viva en el salón agarrada al teléfono intentando llamar a una ambulancia. Les explicó entre hipidos que se había pasado cada media hora pero que tuvo que bajar a unos recados y cuando volvió Matilde se había levantado sola y había decidido darse una ducha. Rosa la encontró vestida y con las zapatillas, tirada dentro de la bañera donde, por lo que se intuía, había resbalado y se había abierto una ceja con el grifo del agua. Sacaron a una Matilde empapada, tiritando de frio y con la cara ensangrentada. 
    Los del Samur se portaron geniales. Atentos ofrecieron a su abuelo acompañarles en la ambulancia. Todo quedó en unos puntos y un gran susto. Entonces fue cuando Ana decidió planteárselo a Pepe. 
    Su abuelo lloraba desconsolado mientras Ana le explicaba que tendrían que llevarla a una residencia donde seria atendida por personal especializado. Que él podría verla todas los días y en las horas de visita. Que estaría vigilada las veinticuatro horas por un médico, en caso necesario, y sus comidas y medicación a su hora. 
    Arreglaron los papeles y su sorpresa fue enorme cuando quince días más tarde recibieron una llamada. Se les había asignado una residencia concertada. El problema venía que era en un pueblecito a setenta kilómetros de la capital. Quedaba entonces totalmente descartado que su abuelo pudiese ir a verla a diario. Fue Pepe quien planteó lo más duro. Había decidido vender el piso. Su piso. El que tanto sudor y lágrimas le había costado conseguir. Los gastos de la residencia eran altos y la pequeña pensión de Pepe no daba para más. 
    Así que, haciendo de tripas corazón, se habían acercado los tres a conocer el lugar donde vivirían los últimos años de su vida. Primero se acercaron a la residencia, donde la amable directora les mostró todas las dependencias comunes y les presentó al personal. Les enseñaron las habitaciones, amplias y soleadas, donde Matilde compartiría espacio con otra residente.
    Comieron en un restaurante de la zona mientras hacían tiempo para ver la habitación con derecho a cocina que Pepe había decidido alquilar en el pueblo. Le quedaba a dos calles de la residencia, y aunque las cuestas eran bastante pronunciadas, ya que el enclave del pueblo era en plena sierra, Pepe sonrió satisfecho con el pequeño cubículo y su entorno. Rió entre dientes mientras decía a su nieta que era volver tiempo atrás. Cuando él y su abuela habían comenzado su matrimonio en las mismas circunstancias. 
    Y allí estaban, esperando a los de la mudanza para que llevasen los pequeños enseres que el abuelo había seleccionado para llevarse a su nuevo hogar. Un timbrazo de la puerta, le sacó de sus recuerdos.
    —Voy yo abuelo.
    Abrió la puerta. En el umbral de la misma dos fornidos hombres se presentaron. Ana les indicó el salón, donde entre ella y su abuelo, habían ido acumulando las cajas, que su abuela, en su mente, había confundido con regalos de cumpleaños. 
   Los hombres se quedaron parados contemplando a los ancianos pintarrajeando las cajas. Matilde reía entusiasmada haciéndoles señas para que se acercasen a pintar ellos también. Con un carraspeó de garganta, el mayor de los dos hombres, tomó unos guantes de trabajo, metió sus fuertes manos en ellos y sonriendo a la menuda mujer, comenzó a trasladar las cajas hacia la furgoneta que les esperaba en la calle. 
    Pocos viajes de cajas después preguntaron las señas donde debían trasladar los enseres. Ana les pasó una tarjeta y su número de móvil para en caso de que surgiese alguna duda. 
    —Abuelo…debemos irnos ya. 
    Pepe levantó sus cansados huesos del gastado suelo de madera y ofreció su brazo a la mujer de su vida. Matilde, por una vez silenciosa, tomó gratamente lo que le ofrecían y sonrió al hombre.
    —Sabe caballero. Al principio me calló usted muy mal. Pero en cuanto venga mi Pepe le voy a decir que nuestro huésped es una bellísima persona.
    —Sí, Matilde, sí.
    Pepe cerró por última vez la vieja puerta de la casa. Acarició el pequeño pomo de ésta y la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que cuarto de siglo atrás Matilde había puesto por encima de la mirilla. «Él nos protegerá» había exclamado la mujer y así había sido hasta hacia bien poco. Suspiró resignado y tragó el nudo de su garganta. Agarró a su mujer del brazo y la acompañó escaleras abajo.




    La directora les esperaba en su despacho. Ana y Pepe llevaron las pocas pertenencias permitidas a la habitación asignada a Matilde.  Habían compartido la hora del almuerzo en el comedor de visitas, donde los residentes podían convivir en la  mesa con los familiares.  
    Ana se había marchado a hacerse cargo de los hombres de la mudanza. Pepe después de dejar a una agotada Matilde echando la siesta había decidido darse una vuelta por el pueblo y sus inmediaciones. 
    Tras despedirse de su nieta, al cabo de unas horas, decidió volver al nuevo alojamiento de su mujer. La encontró sentada frente a un puzzle, en la sala de actividades, donde los fisioterapeutas animaban con sus juegos a que los residentes participasen.
    Pepe se acercó y acarició el blanco cabello de su esposa. El fisioterapeuta se acercó, sonriente y puso una mano en el hombro del anciano, dándole un ligero apretón de ánimo.
    —Lo está haciendo muy bien. Creo que participará en todo lo que le digamos.
  —Hoy tiene el día tranquilo, doctor —explicó el anciano—.  No sabe usted cómo se las gasta mi Matilde cuando está enfadada.
    El joven rió ante el aviso del anciano. 
    —Lo tendré en cuenta señor…
    —Pepe, llámeme Pepe a secas…eso de señor.
    —Antonio. Toño para los amigos. Y adivino, no sé por qué, que usted y yo seremos grandes amigos. 
    Una voz por megafonía interrumpió el momento, avisando a los visitantes que la hora de visitas había concluido. 
    Matilde, ajena a todo, tomaba las pequeñas piezas una a una, ensimismada e intentaba casarlas. 
    Pepe, rozó con un leve beso los peinados cabellos de la mujer, sin querer molestarla apenas. Dirigía sus pasos hacia la puerta de salida de la sala cuando la dulce voz de Matilde se oyó:
    —Pepe
    El anciano giró todo lo rápido que le dieron sus viejas rodillas, parando en seco.
    Matilde le miraba con sus ojos grises llenos de amor. 
    —Dime Matilde —susurró ronca la voz ante el reconocimiento de su mujer hacia su persona. 
    —Te quiero mucho. Ten cuidado con la carretera.
    Una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en la cara del anciano, que ufano hinchó pecho como aquella primera vez. 
    —Si mi amor, tendré mucho cuidado.
    Matilde volvió a su quehacer, como si ese lapsus de cordura la hubiera abandonado de nuevo.
    Pepe sonriendo pasillo adelante alcanzó la salida del centro. Miró hacia el cielo que comenzaba a oscurecer ya. 
    Mañana temprano volvería a ver  a su Matilde, a darle el desayuno y a que quizás, con un poco de buena suerte, volviese a recordarle. 
    QUIZÁS. 
    Pepe se perdió en el silencio de las calles. 


jueves, 13 de marzo de 2014

SEGUNDA OPORTUNIDAD

No solo de sexo vive el hombre o la mujer. Aquí os dejo un relato que no es del género que suelo poner en el blog pero me apetecía compartirlo. Saludos.


«¿Cómo lo he permitido?»
 Yago, extendió, maquinal, la espuma de afeitar sobre la barba, retiró la porción que cubría los labios y comenzó a recortar.
Su mano se movía con rapidez. Dibujaba caminos de piel sobre el azul espumoso. Sonrió a su reflejo con tristeza. En su mente se acababa de dibujar la figura de Leire sentada sobre la taza del inodoro, mirando extasiada, como él se rasuraba.
—Estás muy sexi cuando te afeitas —le había oído decir miles de veces, con una sonrisa insinuante y ese brillo, que tan bien conocía, en sus ojos castaños.
Él, le sonreía a través del espejo lanzando con su mirada verde íntimos mensajes. Leire reía y se escabullía llena de promesas.
La punzada de dolor le sacó de los recuerdos. Masculló una maldición entre dientes, tomó un pedazo de papel y lo puso sobre la sangrante herida. Hasta ese pequeño gesto rememoraba a la mujer de su vida. Cuando le ocurría, era ella quien rauda curaba la diminuta hemorragia y con un beso comentaba:
—Pero que peligro tienes.
  Con pasos decaídos fue hacia el dormitorio. Miró con tristeza el vacío hueco en la cama. Tenía que cambiar las sábanas pero aún quedaban restos del olor de Leire en ellas, y no era capaz. Se vistió y se encaminó al sofá donde el mando a distancia le esperaba.
Zapeó aburrido. Mientras miraba pasar las cadenas volvió a importunarle el punzante pensamiento.
Él había consentido que la relación de ellos llegase hasta ese punto. Y ahora allí, solo en el salón, deseaba no haber sido tan tajante en su negativa de irse de vacaciones.
Leire había insistido en que ese año le apetecía disfrutar fuera del ambiente rutinario en el que se movían. Él, testarudo, se había negado. Resultado. Al día siguiente la vio marchar.
Y lo peor de todo es que desconocía por completo su paradero. Había apagado el móvil y él llevaba una semana de auténtica tortura.
Los gemelos le habían insistido en que no llamase a emergencias porque su madre estaba bien. Hablaba a diario con ellos pero por mucho que perseveró no quisieron facilitarle ningún dato. Los tres se habían confabulado contra él.
Las palabras de Ismael ante sus reproches le cayeron como un jarro de agua fría.
—Al menos a ver si esto te sirve de lección y comienzas a darte cuenta del valor que tiene mamá.
Iba a responder cuando Mario le interrumpió.
—Has dejado que la rutina inunde tu vida, vuestra vida —miró a su padre con evidente enfado—. Mamá lleva lanzándote señales años.
—¿Años?
Ambos asintieron.
—Pero como tú vives en tu mundo y solo miras tu ombligo.
—Largaos de aquí y no me toquéis más los cojones —fue la ruda respuesta de él.
Y lo hicieron.

*****

—¿Habéis ido a ver si vuestro padre necesita algo? —preguntó Leire por enésima vez.
—Ya te hemos dicho que sí. ¿Quieres dejarlo estar ya?
—Pero es que…
—Mamá, necesita este escarmiento, así a tu vuelta… porque ¿vas a volver, no?
Mario estudió en la pantalla del ordenador el rostro de su madre. Estaba preciosa. Sus ojos brillaban hipnóticos y contagiaba la alegría que sentía al ver su sueño hecho realidad. Por fin el relato que tantas y largas noches en vela la había tenido escribiendo, veía la luz. Estaba radiante.
Ante el silencio prolongado de su madre, insistió.
—¿Mamá?
Ella suspiró.
—Pues claro. No podría estar lejos de vosotros dos tanto tiempo.
Los hermanos se miraron, tras esto, observaron de nuevo la madura cara de su madre.
—Pero —comenzó a decir ella—, la situación en casa no será la misma.
Ante la atónita cara de sus hijos Leire expuso.
—No adelantemos acontecimientos. Aún me quedan días de promoción y largas horas en el hotel donde aclarar mis pensamientos.
Terminado el hangout. Posó el portátil en la cama, y se estiró en el mullido colchón.
Eran las primeras vacaciones que pasaba sin Yago.
Le echaba mucho de menos. En realidad, echaba de menos bastantes cosas entre ellos. Risas, confidencias, miradas… hasta el sexo.
Inspiró profundo para impedir que las lágrimas enrasasen sus ojos. Se habían dejado dominar por la rutina, y ya se sabía, que esta terminaba minando el amor.
No. Eso no era cierto. Ella aún le quería pero ¿le amaba?
Por supuesto que el amor que sentía por él no era tan apasionado como cuando tenían veinte años. Era más pausado, incluso se podía denominar tierno. ¿Menos intenso? A veces se lo preguntaba y ahora, en la soledad de la alcoba impersonal del hotel, ante el cúmulo de sentimientos que la envolvían, su mente no dejaba de elucubrar sobre ello.
Que le echaba en falta, estaba claro. Un cuarto de siglo compartiendo vida con una persona no se podía borrar así como así. Tantas vivencias. Buenas y otras no tanto. Dos hijos. Gemelos. Que les hicieron pasar tantas y tantas noches desvelados.
Pero la vida se les había ido escapando de entre los dedos. Los largos horarios laborales tan solo conseguían que las horas en las que ellos pudieran disfrutar el uno del otro, terminasen dormidos en el sofá.
Los fines de semana, encerrados entre las cuatro paredes de su hogar. Y así, las semanas, los meses, los años… iban pasando.
Ahora que los polluelos habían dejado el nido, la casa se les caía encima. No tenían nada que decirse, no tenían nada en común. ¿O sí?
Yago se había negado a implicarse en su nuevo mundo. Estaba casi segura que él pensaba que era una tontería, que ya se le pasaría. Pero no. De eso estaba segura. Siempre había escrito. Lo fue dejando por la vida familiar, porque no encontraba nada de lo que inspirarse en esa vorágine de rutina. Pero ahora sí. Ahora que sus musas habían vuelto. Nada ni nadie le iba a decir lo que podía o no podía hacer o escribir o ¡VIVIR!.
Y lo haría, con él o sin su compañía.
El sonido de un mensaje en el facebook la hizo volver la cabeza hacia el portátil. Lo vio borroso y se dio cuenta que amargas lágrimas habían pugnado por salir de su encierro.
Se había jurado que jamás volvería a llorar pero allí estaban.
Se durmió abrazada a la almohada.

*****

Casi tres semanas sin saber de ella. En esos días se había ido dando cuenta de todos los errores cometidos. Y lo que era más importante. Que la amaba. Con toda el alma. Que él no era nada sin tenerla a su lado. Que los días se hacían insoportables y las noches… eternas.
Decidió fregar lo que se había ido amontonando en la pila, por desidia.
Estaba enjabonando cuando el timbre de la puerta sonó insistente.
—Ya voy —gritó.
Serían los chicos, para no faltar a la costumbre, se les habría olvidado las llaves.
Abrió con las manos cubiertas de espuma.
—Buenos días. ¿Leire Serrano Martínez?
—No está en este momento. Soy su marido.
—Lo siento pero es un paquete a su nombre y tan solo puede recogerlo ella. A lo sumo si le firma como representante…
—Sí, ya, vale —cortó seco Yago—. Déjeme el aviso y cuando pueda ya lo recogerá ella.
Cerró de un portazo. Tiró la papeleta de correos y prosiguió la tarea. Pero segundos después su interés volvió al resguardo. Algo había llamado su atención.
Releyó el remitente. P&P, editorial. Y el domicilio social. Tuvo una corazonada. Secó las manos con papel de cocina y se puso frente al ordenador. Buscó en la red la editorial. En la pantalla la página web y en llamativas letras los próximos eventos. La cara de Leire le sonrió a través de una fotografía. Entre sus manos sostenía un libro. Segunda oportunidad, se titulaba. Su libro. Desplazó la mirada por las fechas insertadas en la página.  Correspondían a ese mismo mes. Leire recorrería las principales capitales de la península.
Buscó la fecha del día. Se encontraba en Bilbao. Una idea se plasmó en su mente.

*****

La mañana se le había pasado rápida con sus lectoras. Eufórica tras la firma de libros había decidido conocer la ciudad.
Al día siguiente continuaría la presentación pero esta vez en una librería del centro y de ahí viajaría a Santander. Después le seguían Oviedo y Santiago de Compostela. Luego, la vuelta a casa. A su hogar. A Yago.
Visitó la exposición del Museo Guggenheim. Como romántica empedernida que era no dudó en pasear por el Parque de Doña Casilda donde se entretuvo dando de comer a los patos y mirando con envidia a las parejas que se cruzaban en su camino cogidas de la mano.
Volvió al hotel, no sin antes, comprar un pack de sándwiches fríos y un par de latas de refresco. Después bajaría a tomar una taza de café antes de irse a dormir.

*****

Tendió su cansado cuerpo sobre la cama. Por fin había llegado. Las cuatro horas de viaje al final habían sido seis ya que había realizado dos descansos.
Y aún se podía considerar afortunado. Todo le había salido a pedir de boca. Los de la editorial no habían tenido ningún reparo, al darse a conocer, en decirle en qué hotel se hospedaba Leire. Había contactado con este y los hados se pusieron de su parte, porque una cancelación de última hora le había permitido hospedarse en él.
Y allí estaba. No queriendo tentar su suerte no había preguntado por Leire en recepción. Cenó en un bar de tapas cercano y cuando vio que el movimiento de huéspedes en la entrada del hotel disminuía, entró.

*****

El barullo de las mujeres que esperaban su turno para la firma del libro casi le hace desistir pero se armó de valor, tomó uno de los volúmenes y esperó, arropado por los cuerpos que tapaban su figura.
Ahí estaba. A dos escasos metros. Enfrascada en  conversación con una de sus lectoras. Posó sonriente junto a esta. Sonrió para sí. Con lo poco que a Leire le gustaba fotografiarse. Pero se la veía tan feliz. La mujer que le precedía se acercó a la mesa. Más de lo mismo. Ahora era su turno.
Leire miraba el móvil. Se acercó en silencio hasta ponerse frente a ella.
Levantó la vista y parpadeó varias veces. Yago le sonreía. En silencio alargó el libro. Ella lo tomó, abrió la tapa y con un hilo de voz preguntó:
—¿A quién se lo dedico?
Yago clavó la mirada en ella, transmitiéndole todo el amor, todo el arrepentimiento que sentía dentro de su corazón.
—Para el mayor imbécil del mundo que no ha sabido valorar lo que tiene.
Con mano temblorosa plasmó la petición bajo la asombrada mirada de la representante de la editorial.
—Un último favor, Leire. Cómo posdata podría poner: ¿Dame una segunda oportunidad?