viernes, 21 de febrero de 2014

CUERO, BESOS Y ROCANROL (continuación XI)

    Irene se hallaba en la ducha cuando Viktor decidió que era el momento de hablar con Nicolai, no podía postponerlo ni un segundo más. Le notó alterado pero su orden fue tajante.
    —Necesito hablar contigo, sin falta.
  Colgó sin ningún miramiento. Sentía como la ira iba tomando forma en su interior. Quizá estuviese equivocado y su mano derecha no estuviese implicado en  esa mierda pero supo que se estaba engañando. Paseó como una animal enjaulado a lo largo del salón. 
    Y lo peor de todo es que Irene aún no estaba al tanto de nada. La conversación de ambos le pillaría de sorpresa.
    Un escalofrío le recorrió por entero. ¿Y si ella no le creía? ¿Y si lo que había comenzado entre ellos terminaba apenas empezaba? 
    Crispó los puños. Necesitaba un respiro y centrar sus pensamientos. Se dirigió hacia el jardín Zen, eso lo calmaría pero no había dado ni tres pasos cuando el timbre sonó. Ahí estaba Nicolai. Le extrañó que el portero no le hubiese avisado aunque ya conocían a su jefe de seguridad aún así tendría que llamar la atención del vigilante.
    Se dirigió al dispositivo de seguridad, tecleó el número de apertura y la puerta se deslizó silenciosa mostrando la musculosa silueta de Nicolai.
    —Buenos días jefe.
    —Pasa —no le pasó desapercibida la herida con sangre reseca del labio de su visitante.
    Este se adentró con toda confianza hasta el salón, donde se plantó junto al sofá con los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto ya habitual en él. 
    —Siéntate, subo a avisar a Irene de que tenemos visita.
   Nicolai asintió y observó como Viktor ascendía al piso superior. Sobre el blanco sofá destacaban las ropas de abrigo de la pareja y el bolso de la mujer tirados de cualquier manera. 
    Sonrió, sí que parecía que hubieran tenido prisa por subir al dormitorio. Conocía bien el ático de su jefe, ahora estaría tras la puerta negra del dormitorio hablando con esa sensual mujer. 
    «Vaya con las amigas». Ambas eran bonitas, cada una a su estilo. Las comparó y sin ninguna duda elegía a Marisa. 
    Frunció el ceño ante ese pensamiento. Pasó la punta de la lengua por la herida producida por los dientes de esa mujer. Sin duda era puro fuego, pura pasión y ese genio le ponía a mil por hora pero no podía permitir que ella diese al traste con el negocio. Habían sido años de estar a la sombra, de adquirir conocimientos, de conseguir contactos y proveedores y ahora que comenzaba a dar beneficios todo ese trabajo, una mujer no derrumbaría todo. Ni ella ni Viktor. No le había gustado para nada la forma en que lo había mirado al llegar a la casa.
    Escuchó a la pareja hablar y alzó la mirada, ambos se aproximaban hacia los escalones. Viktor precedía a la mujer y ayudó a esta, sujetando su mano, en los últimos peldaños. 
    —¡Hola, Nicolai!
    Asintió como respuesta al saludo y observó como ella se sentaba en el sofá y los miraba a ambos. Viktor inspiró sonoramente y comenzó a hablar.
    —El domingo al salir de una comida familiar recibí una llamada de un amigo que además es comisario de policía. 
    Nicolai tensó el cuerpo, Irene aumentó su atención.
    —El tipo que atacó a Irene tras el parte médico de lesiones decidió denunciarme. 
    Un jadeo de asombro salió de la garganta de Irene.
    —¿Por qué? El tiene todo en su contra —comentó.
    —Sí y lo sabe pero parece ser que ha pensado que debido a mi popularidad yo evitaré que todo salga a la luz y que aceptaré algún tipo de chantaje para que mantenga silencio.
    —¿Y la policía que te ha dicho? —fue Nicolai quien habló.
    —Que buscase a los testigos que pudiesen declarar a mi favor. Por supuesto pensé en Irene y en su amiga pero ahora no sé si su testificación podrá ser utilizada —y señaló a Irene.
    —Yo estoy dispuesta a declarar todo lo que ocurrió y lo que vi en el callejón.
    —La cuestión es que en el callejón ambos nos mantuvimos un corto periodo de tiempo y los golpes que presentaba el hombre no correspondían con el puñetazo que yo le propiné —y sus ojos se volvieron hacia Nicolai, fríos, expectantes— ¿Hay algo que no me hayas contado y que yo tenga que saber? —y subrayó el algo y el yo.
     «Imbécil. Por supuesto que le habían dado una paliza. El tipejo amenazó al grupo con contar quién y dónde conseguía la mercancía y le dejaron bien clarito que le convenía mantener la boca cerrada»
     —Bueno jefe —dijo—, es cierto que se nos fue un poco la mano, pero el tipo nos amenazó e insultó y algunos de los chicos se desquitaron.
    —No os pago para que vapuleéis a los clientes que os insultan. Os creía lo bastante preparados para no caer en esas provocaciones. A no ser que fuesen otros los motivos de vuestra amonestación. 
    «Mierda. No debería de haber dicho eso» pensó enfadado consigo mismo pero la furia lo corroía por dentro.
    —No sé a qué te refieres pero prometo que hablaré con elloss. No volverá a suceder.
    —No, de eso estoy seguro —y lanzó una mirada de advertencia a Nicolai—. Necesito que nos des el teléfono de Marisa -dijo dirigiéndose a Irene-. Hablaré con ella y mandaré a mi ayudante —y señaló al hombre que tenía enfrente— para que la recoja el día que tengamos que asistir al juzgado.
    —Nicolai tiene el teléfono de Marisa y por ella no te preocupes seguro que estará encantada de ayudar aunque no sé si servirá de mucho, cuando comenzó la pelea en la pista había desaparecido.
    Viktor recordó las imágenes del archivo de las cámaras de seguridad y sabía que Irene estaba en lo cierto.
     —La llamaré ahora mismo —e Irene tecleó el número de su amiga.
    Esperó respuesta pero pasados unos timbrazos más colgó.
    —No debe de estar disponible. Es raro. Espera llamaré a la clínica —obtuvo el mismo resultado.
Miró la hora en su reloj.
    —Algo debe de pasar. A estas horas, aunque no tenga ningún cliente citado, ella suele estar en el local. Aprovecha para hacer limpieza de material, reponer mercancía y demás.
    La mandíbula de Nicolai se tensó. 
    —Ayer dijo que te vería por la noche —se dirigió al hombre que continuaba de pié en el salón—. ¿Te comentó algo de hoy?
    Nicolai sonrió con una tranquilidad pasmosa.
    —No, pero he de decir que Marisa y yo a lo que menos nos dedicamos es a charlar.
    Entrecerró los ojos con enfado. No le gustó el comentario de ese Popeye de pacotilla para con Marisa iba a responder como merecía cuando Viktor intercedió entre ambos.
    —Está bien. Intentaremos localizarla lo antes posible. Mi abogado me dijo que sería cuestión de días que el juez me llamase a declarar.
    —¿Días? ¿Por unos golpes? —a Irene no le cuadraba el comentario.  Iba a continuar cuando una mirada de Viktor hizo que guardase silencio. Algo pasaba y él no quería hablar delante de Nicolai.
    —Gracias por venir Nico. Mantén el móvil encendido para poder localizarte con rapidez.
    —Ok, jefe y ahora si me disculpas me voy a casa, tengo algunos asuntos que despachar. Ha sido una noche movidita.
    —Ya he visto tu herida. ¿Algún problema en Kid Grimp?
    Nicolai denegó.
    —Lo habitual. Esto —y se señaló la herida—, fue ayer entrenando en el gimnasio. Resbalé.
    Viktor asintió en silencio pero no creyó ni una sola palabra de lo que el hombre, en el que había confiado ,dijo.
    Con un adiós cortante Nicolai se despidió, él le acompañó hasta la puerta y vio como el hombretón se perdía tras las puertas del ascensor.
    Inspiró y se acercó al salón, quedaba la parte más dura. Contarle a Irene la verdad. Sentado junto a ella, a pocos centímetros, lo hizo.
    —¿Cómo sé que no me estás mintiendo? —murmuró Irene impactada por lo que Viktor acababa de contarle—. ¿Cómo puedo estar segura de que tú no estás también involucrado?
    Se pasó las manos por el pelo, en gesto de desesperación. Tendría que ahondar en la herida. Nacho. En su sentimiento de culpabilidad. 
    Miró el rostro de la mujer que tenía al lado. Sus ojos, su boca, su cuerpo, sus manos. Ella merecía conocer su vida, sus miedos. Todo. Por él, por ella… por ellos.




    —¿A dónde me llevas? —gritó Marisa a su agresor—.¡Estás loco! Da la vuelta. Cuando Nicolai vea que no estamos donde él nos dejó nos matará a los dos.
    —¡Cállate zorra! Todo ha sido por tu culpa.
    —¿Por mi culpa? Tú eres gilipollas —le espetó. 
    Los ojos de Vladimir lanzaron una mirada asesina a través del retrovisor. Pero la mujer estaba en lo cierto, si su primo salía del edificio y comprobaba que ellos no estaban ya podía echarse a temblar.
    Así que rodeó el edificio y aparcó cerca de la entrada de la urbanización privada, en un lugar no visible para el vigilante pero desde el que verían a Nicolai cuando este apareciese.
    Minutos después de parar, Vladimir vio la enorme silueta de su primo, tocó el claxon para hacerse notar. Si a Nicolai le extrañó no encontrarlos a la entrada del portal no dijo nada. Esperó en silencio a que el otro hombre ocupase el asiento de copiloto, se sentó frente al volante y arrancó veloz hacia la salida.
    No se percató de que momentos después un coche negro con dos hombres en la parte delantera comenzaba a seguirlo.



    Eliminó con el pulgar las lágrimas que rodaban por las mejillas de Irene. Se perdió en la mirada femenina. Rozó con sus labios los de ella, intentando calmar el temblor que acompañaba a los sollozos.
   —Lo siento —murmuró y acurrucó su rostro sobre el pecho de Viktor—. Todo esto me sobrepasa. Marisa y yo no solemos meternos en problemas y…¡Marisa! —exclamó—. Tenemos que avisarle. 
    Se despegó del abrazo de él y marcó de nuevo el teléfono de su amiga. Ante la respuesta negativa, marcó el del centro de estética con idéntico resultado.
    —Algo no anda bien. No es normal que Marisa no conteste a ningún teléfono.
    —¿Y dices que anoche iba a verse con Nicolai?
    Irene asintió pero antes de que Viktor se levantara para tomar su móvil el timbre de la puerta sonó. No esperaba a nadie. Abrió y suspiró aliviado mientras lanzaba una plegaria al cielo.
    —No sabes lo que me alegra verte aquí.
    Andrés Palacios penetró al interior de la casa.
    —Parece que tienes movimiento en tu casa, princesa.
  —Más del que yo quisiera —contestó Viktor—.Pero ¿qué te trae por aquí? ¿Alguna novedad en mi denuncia?
    —Aunque esté de manera oficial, y sin que salga de estas cuatro paredes, sírveme algo fuerte porque lo necesito.
    Viktor acompañó al comisario de policía al salón donde hizo las presentaciones.
    —Irene, te presento a Andrés. Andrés ella es…
    —La mujer a la que defendiste, ya. Lo imaginé.
    El comisario se sentó en uno de los sillones individuales.
    —¿Lo de siempre? —preguntó Viktor y ante el asentimiento de su amigo sirvió bourbon en un vaso—. Sin hielo, como a ti te gusta.
    Extendió la copa hacia Andrés que la tomo entre sus dedos y apuró la mitad del contenido. 
    —Lo necesitaba. Y ahora paso a contestar tu pregunta.
   Cruzó las piernas y se relajó contra el respaldo. Viktor se sentó al lado de Irene y ambos esperaron expectantes a que el comisario hablara.
   —Ya sabes que teníamos nuestras sospechas. He de confesarte que aunque creo en tu inocencia, como comisario, no me quedó otra que ponerte vigilancia policial. 
    Viktor asintió en silencio e invitó a su amigo a que continuase.
  —Hoy en la comisaría del distrito hemos recibido una llamada realizada desde aquí. Un vigilante de seguridad denunciaba a un hombre que le había amenazado con un arma de fuego. 
    —¿Nicolai?
    —No, por la descripción más bien parece ser el hombre que le acompaña asiduamente.
    —Vladimir, su primo —informó Viktor.
    —Pero eso no es todo. Al parecer ese individuo intentaba forzar a una mujer que parece ser retenía en el coche.
    —¡Marisa! —exclamaron los dos al unísono. 
    —¿Marisa?
    —Es la amiga de Irene, le acompañaba esa noche en la discoteca y desde entonces tiene una relación…  íntima con Nicolai. Hemos intentado localizarla pero no da señales de vida... hasta ahora.
    —No os preocupéis mis hombres le están siguiendo. Está todo preparado para una redada. Si no te importa esperaremos aquí juntos el desenlace de la misma.
    —¡Tengo que ir en su ayuda! —exclamó Irene alzándose pero Viktor le tomó del brazo y frenó su movimiento.
    —Poco podemos hacer, amor. Lo único que conseguiríamos es estorbar a la policía.
    Palacios asintió ante las palabras de su amigo.
    —Bastante tenemos con un rehén para estar pendientes de otros civiles en la zona. Lo siento, de verdad, pero no puede ser.



    Nicolai conducía a toda velocidad a través del tráfico de la capital. Tomó los subterráneos de la M-30 en dirección a la periferia de la ciudad. Kilómetros más allá se dirigió hacia una de las salidas del túnel pero a la velocidad que iban a Marisa no le dio tiempo a ver dónde se dirigían.
    Si pudiese mandar un mensaje a través del móvil a Irene quizá ésta avisase con tiempo a la policía. Pero Nicolai vigilaba sus movimientos por el retrovisor del coche y Vladimir cada cierto tiempo le observaba desde su posición de copiloto.
    Nada podía hacer sin llamar la atención.
    Salieron al exterior y veinte minutos después el conductor abandonaba  la carretera principal, Marisa observó que se dirigían hacia un polígono industrial. Uno de tantos que había en los alrededores de la capital, no le sonaba de nada.
    Llegaron al final de una calle en la que apenas una decena de coches la poblaba y aparcaron delante de una de las naves.
    Nicolai le sacó de forma brusca del interior del auto y acompañada por los dos hombres penetraron al interior de la misma.
    Un grupo de hombres cargaba un tráiler con pesadas cajas que transportaban en carretillas elevadoras.
El hombre con el que se había acostado horas antes le empujó hacia una de las oficinas. Estaba vacía.
    —Siéntate —ordenó.
    Lo hizo y observó como él sacaba de un armario de chapa varias bridas de las que se usaban para sujetar embalajes en la baca de los coches. Rodeó con estas su silueta y las apretó fuertemente contra la cintura y el pecho. Apenas podía respirar pero no protestó. Ató con unas cuerdas sus muñecas y los tobillos.
    —Espero que te portes bien y no metas mucha bulla, gatita.
    Le dieron ganas de escupirle en la cara al usar el apelativo que le había asignado durante sus encuentros sexuales.
    «Mal rayo te parta, cabrón» maldijo mentalmente.
    Y el hombre desapareció no sin antes lanzarle un beso en el aire.
    Intentó con todas sus fuerzas zafarse del agarre de las cintas y los cordeles pero fue en vano, tan solo consiguió lacerarse las muñecas que sentía en carne viva.
    Lagrimas de frustración rodaron por sus mejillas. Moriría allí sin siquiera poder despedirse de nadie.
    No supo cuando se durmió, despertó al sentirse zarandeada y escuchar una voz autoritaria que le preguntaba:
    —¿Se encuentra usted bien,  señorita?
    Abrió los ojos, hinchados por el llanto y vislumbró la cara cubierta de un hombre. iba a gritar cuando un distintivo conocido llamó su atención. Era la policía.
    Lloró, de nuevo, aliviada.



    Andrés recibió la ansiada llamada. Asintió a las palabras que su interlocutor le decía y colgó con una sonora inspiración.
    —¿Qué ocurre? —preguntó Irene alarmada al escuchar la respiración del hombre parecía que se disponía a dar malas noticias.
    Pero él sonrió enseñando sus blancos dientes, satisfecho.
    —Todo ha salido bien. Hemos detenido a toda la banda, tenemos la mercancía que pensaba meter en el mercado. Un dispositivo se encuentra en la casa de tu jefe de seguridad y su amiga —miró a Irene que con los ojos enrasados por la emoción esperaba la respuesta—, está perfectamente. Alguna herida sin gravedad, en estado de shock eso sí, pero sana y salva. Le han trasladado a un centro hospitalario.
    Lloró convulsa sobre el pecho de Viktor.




    La inocencia de Viktor en todo el asunto quedó probada cuando Vladimir a cambio de rebajar la condena decidió cooperar con el cuerpo de seguridad del Estado. Él y Nicolai ingresaron esa misma noche en prisión.
    Marisa seguía las sesiones recomendadas por el psicólogo del hospital y salía bastante a menudo con el policía que le rescató, al que comenzaba a hacer ojitos.
    «Y ellos —Irene sonrió a su reflejo en el cristal—. Ellos habían decidido convivir una temporada a ver cómo iba su relación»
    —¿Quieres que te enjabone la espalda cariño?
    La cara de Viktor apareció sonriente en la apertura de la mampara del baño.




    —No debería haberte hecho caso —refunfuñó Irene mientras recorría el sendero de gravilla intentando mantenerse estable sobre los altos tacones y estiraba la exigua piel de la minifalda de cuero que él había elegido.
    —Estás imponente —alagó Viktor mientras se la comía con los ojos—. Estoy por dar media vuelta y conocer ese hotelito que acabamos de dejar a un lado de la carretera.
    —¿En serio? Por mi bien —dijo esperanzada.
    —Demasiado tarde —y Viktor señaló con la cabeza a la pareja que en ese momento aparecía en el umbral de la puerta del chalet.
    Irene dibujó una sonrisa de circunstancias en sus labios. Observó como una mujer, de pequeña estatura, rubia y con los ojos color miel, se acercaba a ellos con una franca sonrisa en sus regordetes labios.
    —Ya era hora de que el impresentable de mi hermano te presentase a la familia —y con este comentario estampó dos sonoros besos en las mejillas de Irene.
    Aitor, que había acelerado los pasos para acompasarlos con los de su mujer, extendió la mano cortés.
    —Estaba deseando conocer a la mujer que dejó marcado a mi amigo —fue el misterioso comentario del alto hombre.
    Neska agarró el brazo de Irene, lo enlazó con el suyo y comenzó a andar hacia la casa mientras comentaba:
    —Estoy yo antes amor. Primero me tendrá que contar que sintió al dejar plantado a mi hermano no una sino dos veces.
    Y guiñó el ojo con complicidad a Irene que dibujo, esta vez, una sonrisa abierta sobre los labios. Neska le iba a caer bien. Muy bien.
    Miró hacia Viktor que ceñudo asistía a la escena. Le sonrió, lanzó un beso y entre risas se perdió junto a Neska en el interior de la casa.
    Aitor posó una mano sobre el hombro de su amigo.
    —Bienvenido a la vida de casado. Esto solo es el principio.
    —Aún no —siseó.
    —¿Estás seguro?
    Viktor gruñó una maldición entre dientes y siguió a su cuñado, que riendo a carcajadas le invitó con un ademán a entrar en el hogar.


                                                                          FIN

viernes, 14 de febrero de 2014

CUERO, BESOS Y ROCANROL (continuación X)

    Estaba terminando de vestirse para irse a la discoteca  cuando Vladimir hizo acto de presencia en la casa.
    —Parece que te lo has pasado genial con esa gatita —comentó el recién llegado que sonrió con deleite al ver la marca dejada por unas uñas en la espalda de su primo—. Estoy deseando que te dignes compartirla.
    —De momento espera sentado. Aún es mía.
    —¡Mm! Más a mi favor si tu respuesta es así —y se relamió los labios al recordar la silueta de Marisa—. Una lástima tenerla que dejar según llegó al piso, tuve que ir a hablar con nuestros proveedores, están de acuerdo en aumentar la cantidad para el próximo envío.
    —¿Según llego? Y ¿a qué hora fue eso?
    —Poco después de que te marchases.
    Nicolai entrecerró los ojos.
    —Y tú ¿cuándo te fuiste?
    —Pues nada más llegar ella. No quería hacer esperar a los Mendoza, ya sabes cómo se las gastan.
    Nicolai maldijo entre dientes, sin abotonar del todo la camisa, se dirigió hacia la sala de pesas, seguido por un confundido Vladimir.
    Inspeccionó con ojos de halcón toda la habitación.
    —¿Se puede saber qué te ocurre? —preguntó su primo.
    Levantó una mano en señal de silencio. Algo andaba mal. Lo intuía. Paseó entre los aparatos de gimnasio hasta llegar al lugar donde Marisa estaba sentada cuando él llegó.
    Estudió la máquina. Las pesas. Las mancuernas que se hallaban bajo ella. Y lo vio. Una difusa mancha blanquecina sobre la esmaltada pintura negra de la base del aparato.
    Pegó la yema de su dedo índice a la salpicadura y probó lo que ya sabía que era.
    —¡Hija de puta! —estalló.
    Tomó la mancuerna. Una de las pesas era ligeramente más pequeña, lo suficiente para pasar desapercibida.
    Encaminó sus pasos hacia donde suponía ella había encontrado con qué cubrir su robo. Y en efecto, la pesa que estaba mal colocada faltaba del montón junto a las cajas.
    —¿Me lo vas a decir o tengo que adivinarlo? —refunfuñó Vladimir.
    Impactó contra el suelo tras el puñetazo que le propinó Nicolai.
    —¡Gilipollas! La muy zorra nos ha robado medio kilo de la coca. Se ha llevado una pesa.
    —¡¿Qué?! No la creo capaz.
    —O eso o eres tú el que me ha robado —y agarró por el cuello al hombre que tirado en el suelo y desprevenido no esperaba un nuevo ataque.
    —Te juro que yo no he sido —las palabras apenas salieron de la garganta. Nicolai le estaba asfixiando     —. Primo ¡lo juro! Por todo lo que hemos pasado juntos.
    El rostro encolerizado de éste estudió al atemorizado monigote en el que se había convertido Vladimir. Su mirada era franca. La piel comenzaba a tomar un ligero tono roji-azul. Le creyó. Y soltó su férrea presa.
    Vladimir inhalaba grandes bocanadas de aire a fin de que sus pulmones funcionasen correctamente de nuevo.
    —No sé lo que ha ocurrido aquí —siseó Nicolai— ni me importa. Solo te digo que falta medio kilo de mercancía y eso es mucho dinero… por muy bien que folle esta putita.
    Miró su reloj. Faltaba menos de una hora para que el local abriese sus puertas y si quería conservar el empleo y la tapadera en la discoteca para sus chanchullos más le valía que se fuese para allá.
    Además, Marisa, estaría en su casa, creyéndose segura porque él no sabía dónde vivía pero estaba muy equivocada.
    De nuevo en su habitación, tomó el móvil y buscó la aplicación. Metió el número de teléfono de la mujer, se dirigió hacia el portátil que conectó. Buscó el icono en la pantalla y lo ejecutó. A los pocos minutos sabía dónde se encontraba su mercancía.
    Apuntó la dirección, apagó el ordenador y mirando a Vladimir ordenó:
    —Vámonos, nos encargaremos de eso más tarde.




    Se levantó apenas el sol comenzó a cubrir con sus rayos la oscuridad de la noche.

    No había pegado ojo y testigos eran las sábanas enredadas y el cobertor que se encontraba en el suelo.
Fue hacia el baño, el reflejo del espejo le devolvió la imagen de una mujer pálida, con ojeras y con el miedo reflejado en los ojos.
    Estaba amaneciendo y tenía que contactar con Irene como fuese. No podía dejarla con Viktor. Y ¿si él también andaba involucrado? De repente le cuadraba la vida de ermitaño, su casi fobia a los periodistas, la vida de millonario que llevaba. Igual que los narcos que en tantas ocasiones veía en los reportajes de televisión. Y ella había animado a su amiga para que cayese en las redes de ese… ese…
    Sin más, volvió a teclear el número de Irene, pero como horas atrás, la voz femenina de la grabación la informó de que el móvil estaba apagado o fuera de cobertura.
    Cuando la tuviese frente a ella ya le diría cuatro cositas por apagar el móvil. Pero ahora lo que tenía que hacer era ir directamente a la comisaría más próxima.
    Fue hacia su armario, eligió el atuendo más formal, tomó ropa interior limpia y se dirigió a darse una ducha. La necesitaba para despejar la mente.




    Abrió con sigilo la puerta y escuchó atento los sonidos de la casa. Se introdujo por la abertura y cerró.

Las persianas se hallaban cerradas a medias dejando pasar la luz del día por las diminutas rendijas, en cuestión de minutos sus ojos se habían adaptado a la penumbra.
    Esquivó algunos muebles y se encaminó hacia el lugar del que provenía el rumor del agua. La puerta estaba entreabierta y la empujó.
    La figura de la mujer se desdibujaba entre los vapores y el vaho de la mampara. Podía verla mover los brazos y se imaginó las manos enjabonando el cuerpo, deslizando con suavidad la esponja por esa suave piel. Aclarar la espuma de esos senos turgentes donde sus pezones destacaban enhiestos.
    El silencio momentáneo de la habitación le sacó de su fantasía. Marisa deslizó la hoja de cristal y aluminio y le vio, apoyado en la puerta, con sus ojos llenos de deseo pero abrió los labios para emitir un grito.
    —Ni se te ocurra —aconsejó Nicolai amenazante.
    Marisa cerró la boca y cubrió su desnudez. Su gesto provocó una sonrisa en el duro rostro masculino.
El hombre se apartó del marco y tomó la toalla de baño colgada en la barra, se acercó con movimientos felinos, parecía degustar como estos a su presa antes de atacar y su enorme mano extendió la mullida prenda hacia ella que la tomó con mano temblorosa.
    Se cubrió y quedó inmóvil, a la espera del siguiente movimiento de Nicolai pero este parecía disfrutar de la situación.
    Apartó los cabellos mojados que le cubrían la frente y se pegaban a las mejillas.
    —¿Te importaría pasarme la toalla de mano? —rogó. Se veía incapaz de moverse del sitio. Notaba las piernas entumecidas.
    Con una sonrisa ladeada en el rostro él acató su ruego y ella enrollo la tela afelpada a modo de turbante sobre su cabeza.
    —Eres preciosa —afirmó Nicolai—, pero por mucho que me gustes tienes algo que me pertenece.
    El rostro se endureció con sus últimas palabras, sus ojos se volvieron fríos.
    No se le ocurrió negarlo ni tampoco preguntarle cómo demonios había entrado a su casa. Dedicándose a lo que se dedicaba, estaba segura, que habría muchas otras cosas que sabría hacer y no deseaba más información. Gracias. Ya estaba lo suficientemente asustada.
    La piel se le erizó. No sabía si por el miedo o porque comenzaba a tener frío.
    —¿Te importa que me vista?
    El negó en silencio. Apoyó su duro trasero sobre la encimera del baño y contempló como ella iba vistiéndose.
    —¿Dónde ibas a estas horas?
    No le pasó desapercibido el tiempo verbal. O sea, que no le dejaría salir de su propia casa.
    —He quedado con Irene —ella también enfatizó el verbo y en un arrebato de arrojo continuó—. Te devuelvo lo tuyo y me voy.
    La risa indulgente de Nicolai no le engañó. Al menos lo había intentado.
   —Sí, vendrás conmigo. ¿Ya has terminado? —antes de que le diese tiempo a contestar él continuo—. No hace falta que pierdas el tiempo secándote el cabello.
    —Al menos dejarás que lo peine —espetó molesta. Se arrepintió de su osadía.
    —No, creo que me gusta más así. Alborotado, dejando ver tus rizos. ¿Nos vamos? —y abrió la puerta en una falsa invitación, era una orden.
    Salió del baño y se dirigió hacia el perchero donde el bolso con el alijo y el abrigo esperaban.
Los tomó, cogió las llaves del piso y precedió a Nicolai.
    Al llegar al portal él le tomó por el codo, trastrabilló hacia atrás y chocó contra el poderoso torso.
El hombre aprovechó el movimiento para pegar su cuerpo al de Marisa y le sujetó por la cintura.
Intentó zafarse de ese agarre con el miedo y la repugnancia metidos en el cuerpo. Pero su rechazo tan solo provocó una sonrisa mordaz.
    Nicolai le empujó contra una de las paredes y quiso adueñarse de sus labios. Marisa apretó la mandíbula con fuerza. Tan solo pensar en esa lengua en su interior le sacudían las nauseas.
    Las grandes manos de él apresaron los senos, sentía la respiración agitada del hombre sobre su oreja y se alejó del rostro masculino todo lo que pudo.
    —No me vengas con remilgos ahora —reprochó él—. Ayer gemías de placer mientras te follaba.
    Las insultantes palabras recibieron contestación en su mente.
    «Pero ayer no eras un maldito traficante, hijo de puta» aunque no la pronunció.
    Ante su silencio, él, tomó la muda respuesta como una invitación y aproximó las caderas contra el bajo vientre de ella.
    El peso de Nicolai le estaba ahogando y empujó el torso pero éste no se desplazó ni un centímetro.
Él intentó besarle y para evitar un nuevo rechazo le sujetó el mentón. Marisa se tragó sus nauseas pero no podía permitir que él avanzase en su ataque.
    Entreabrió los labios y oyó la risa complaciente, cuando él introdujo la lengua, le mordió con fuerza el labio inferior.
    Con un gruñido de dolor el hombre se separó, sus ojos claros, destellaban furia.
Temió las consecuencias de su arrojo. Fue en ese momento cuando en el silencio del rellano sonó el móvil de Nicolai.
    —¡Joder! —maldijo, sacó el teléfono y miró la pantalla. Aceptó la llamada y acercó el aparato a su oreja al mismo tiempo que alzaba el dedo índice hacia sus labios indicándola silencio.
    —¿Dime Viktor?
    Marisa oía el murmullo de la voz del jefe de los narcotraficantes.
    —Está bien, voy para allá —colgó y fue cuando vio la mancha roja sobre el dorso de su mano.
Instintivamente llevó esta hacia sus labios y comprobó que en efecto de su boca manaba sangre.
    —¡Puta!
    Le zumbaron los oídos al recibir el impacto del puño cerrado de Nicolai, que sujetaba el móvil, contra el pómulo.
    El dolo hizo que se le saltasen las lágrimas. Él, le tomó con rudeza y salieron al exterior. Se cruzaron con varios viandantes, que con prisa, se dirigían al trabajo.
    Metros más allá el vehículo del hombre estaba aparcado. Marisa pudo vislumbrar la figura de Vladimir en el interior. Ya junto al auto Nicolai abrió la puerta trasera y la empujó sin miramientos. Cayó extendida sobre el asiento pero se incorporó veloz.
    —Siéntate en el centro y ponte el cinturón —ordenó. Ella obedeció sin rechistar, sus manos temblaban y sintió la mirada de Vladimir sobre ella.
    Una vez se hubo cerciorado de que Marisa no podría escapar con dificultad del coche, cerró la puerta y se sentó frente al volante. Recolocó el retrovisor interior que le mostró el rostro de ella. Los oscuros ojos lanzaban chispas, la mejilla se veía hinchada por el golpe y comenzaba a enrojecer.
    Se miró en el espejo. El mordisco de ella le había abierto una herida en el labio. No era grande y el reguero de sangre comenzaba a cortarse. «Menuda fierecilla», el pensamiento hizo que algo en su interior se removiese pero no se podía permitir ningún tipo de sentimiento.
    Arrancó y se dirigió hacia la casa de Viktor.
    —¿Qué vamos a hacer con ella? —preguntó Vladimir que estudiaba a la chica con ojos lascivos—.Ahora que ya no estás interesado en ella podías pasármela.
    Los ojos de Marisa se abrieron atemorizados. ¿Pasársela? ¿Compartir?
    Nicolai apretó las manos contra el volante ante el comentario de su primo. Por su vida habían pasado muchas mujeres. Mujeres que no habían significado nada por lo que no le importó que durante sus encuentros sexuales les acompañase otro hombre u otra mujer pero Marisa era suya, enteramente SUYA.
    —No —fue la escueta respuesta.
    Vladimir ante el tono cortante y retador de Nicolai no insistió. Tiempo después se encontraron frente a un edificio. Nicolai se apeó, no sin antes ordenarlos que le esperasen sin salir del coche.
    Ambos miraron como el fornido hombre saludaba al guarda jurado que salió a su encuentro. Hablaron unos minutos, en los cuales, el vigilante asintió. Nicolai desapareció tras la cristalera del portal.
    Marisa miraba los jardines que rodeaban el edificio. Desde luego se notaba que las drogas debían de dejar dinero porque estaban en uno de los barrios más lujosos de la capital.
    Repasó la fachada del bloque de pisos con la vana esperanza de ver asomada en uno de los enormes ventanales a Irene. Saber que estaba a escasos metros de ella y que ambas corrían peligro y no poder advertirla le ponía aún más nerviosa, y eso que su situación no era para tomársela a broma. Al menos Irene ignoraba los negocios sucios a los que se dedicaba Viktor pero ella, sin pretenderlo siquiera, se hallaba sumergida en toda esa porquería y dudaba que saliese a flote.
     Se asombró a sí misma. Ante la proximidad de la muerte, algo factible después de escuchar la pregunta de Vladimir a su primo, estaba relativamente tranquila. Nunca se había preguntado cómo sería abandonar este mundo antes de los cuarenta,  es que ni se lo había planteado.
    Un movimiento a su lado llamó su atención. Tan ensimismada estaba que no se percató de que Vladimir, sigiloso, había abandonado su asiento y se había desplazado a escasos centímetros suyos.
    Los ojos del hombre hablaron por sí solos. Pensaba aprovechar la ausencia de Nicolai para dar rienda sueltas a sus instintos más bajos. Pero no le sería fácil. Pensaba luchar con uñas y dientes. Y lo hizo.

    Los vaivenes del coche llamaron su atención. ¿Qué demonios ocurría dentro de ese auto? Ya había avisado al dueño de que allí no podía aparcar más de diez minutos y que no estaba permitido el acceso de vehículos que no fueran de los propietarios del edifico o automóviles autorizados previamente. Bastante que le había permitido estacionar debido a que según el musculitos era una emergencia de su jefe.

    Pero esto pasaba de castaño oscuro. Esos dos se estaban pegando el lote a plena luz del día. Si alguno de los dueños se percataba peligraba su puesto de trabajo. Así que sin pensárselo dos veces se acercó hacia el coche estacionado.
    Golpeó el cristal con los nudillos. El rostro del hombre reflejó miedo durante unos segundos pero cuando se percató de quien llamaba su atención sus facciones se relajaron.
    —¿Qué quieres? No ve que estamos ocupados —espetó Vladimir al vigilante.
    —No pueden estar aquí. Abandonen esta zona, por favor.
    El rostro de una mujer apareció tras el tipo que le había increpado desde el interior. Sus ojos reflejaban miedo y pedían a gritos auxilio. La mejilla hinchada debido a un golpe llamó su atención.
    —¿Se encuentra bien señorita?
    —Métete en tus asuntos si no quieres salir mal parado.
    La amenaza del otro no le amilano.
    —Baje señorita —y extendió la mano para abrir la puerta del vehículo pero esta quedó sobre la manilla, inmóvil, cuando frente a él apareció un arma de fuego que le apuntaba.
    —La señorita no se baja y ahora tú vas a darte media vuelta y olvidarás todo lo que has visto.
    Asintió en silencio. Lanzó una mirada de disculpa a la mujer por no poder socorrerla y se giró hacia su puesto.
    Vladimir se escabulló entre los asientos y se sentó frente al volante. Arrancó el motor y con un chirrido de neumáticos abandonó el estacionamiento.
    El guarda marcó en su teléfono el número de la policía. Había memorizado el número de matrícula del vehículo.


Cuero, besos y rocanrol (continuación XI)

domingo, 9 de febrero de 2014

CUERO, BESOS Y ROCANROL (continuación IX)

    Sola, de camino hacia su centro de estética, Marisa se imaginó a la pareja charlando en un restaurante. Ojalá que todo marchase bien. Sonrió al recordar la voz de Nicolai, enfadada, cuando le pidió el número de teléfono de su jefe.
    No le gustaban los hombres celosos ni posesivos, pero saberse con el poder suficiente para que esa masa de músculos bebiese los vientos por ella… la ponía. Y mucho.
    Así que se vio a si misma tomando camino hacia la casa de Nicolai. Sería una sorpresa porque hasta la noche no la esperaba.



    Presionó el interruptor con insistencia. Una voz masculina contestó a los pocos minutos.
    —¿Nicolai? Soy yo.
    —Nico no está —respondió la voz.
    —¡Ah! Perdón.
    —¿Quién eres?
    —Soy Marisa, la…
    No pudo terminar la frase, el desconocido pulsó el acceso al portal. Sin más opción entró en este y subió las escaleras hasta el piso del vigilante.
    Al llegar al rellano vio que la puerta estaba abierta y que un hombre la esperaba.
    —¡Hola! —saludó—. Siento molestarte pero pensé que Nicolai estaría en casa, hablé con él pero…
    —Entra —invitó el otro—. Puedes esperarle aquí, no tardará. Tenía que comprar comida de la suya, ya sabes, para deportistas.
    Marisa asintió. Le había visto en esos días prepararse batidos, complejos vitamínicos, bebidas isotónicas.
    —No creo que tarde —comentó el desconocido.
   Aunque esa cara le sonaba bastante.
    —¿Nos conocemos? —preguntó.
    —Sí y no. Yo te he visto en la sala pero yo te habré pasado desapercibido. Trabajo con mi primo.
    Ante la cara desorientada de ella, aclaró:
    —Soy Vladimir, primo lejano de Nicolai y trabajo de vigilante.
    —¡Ah! Es que sois tantos que no me he fijado concretamente en ninguno.
    Una sonrisa mordaz cruzó el rostro del hombre.
    —Bueno, fijarte fijarte sí que has mirado a unos más que a otros.
    No supo si reír ante la velada insinuación de Vladimir de la relación que mantenía con el primo pero al ver el repaso descarado del que estaba siendo objeto hizo que mantuviese el rostro serio.
    —Solo pasaba por aquí. Si Nicolai tarda demasiado tendré que irme.
    —Ya te digo que no lo creo. Yo estaba a punto de marcharme. Tengo que arreglar algunos asuntos. Puedes pasar al salón si quieres y le esperas viendo la televisión.
    La acompañó hacia la sala donde Marisa se sentó en uno de los sillones individuales, no fuese que el tipo ese cambiase de opinión y al final le diese por acompañarla. No le gustaba la manera que tenía de mirarla. La hacía parecer  un objeto sexual.
    —Creo que necesitarás algo —comentó Vladimir.
    —No gracias así estoy bien. «¿Qué demonios se creía este imbécil que necesitaba?-Suspiró casi agradecida cuando el hombre extendió su mano y le ofreció el mando a distancia del televisor.
    Por la sonrisa maliciosa que dibujaron los labios de Vladimir supo que él había intuido los pensamientos de ella. Riendo por lo bajo el hombre abandonó el piso.
    Media hora después, Marisa seguía haciendo zapping por los distintos canales. Aburrida decidió levantarse y tomar algún refresco del frigorífico, más tarde se disculparía con Nicolai por ese atrevimiento… pero ¡qué narices! Habían compartido sexo. Bien se podía permitir cotillear lo que guardaba en la nevera.
Y resguardándose en ese pensamiento que nublaba su conciencia comenzó a pasear por las distintas habitaciones del piso.
    Llegó a la zona que él tenía preparada como gimnasio. Rememoró lo que días atrás había sucedido en ella.
    Con pasos decididos se sentó sobre un aparato que servía para muscular distintas zonas del cuerpo. Apoyadas sobre la base del mismo unas mancuernas lanzaban destellos metálicos. Tomó una de ellas. ¡Joder como pesaba! La agarró con ambas manos y estudió el diseño.
    Los extremos parecían de goma de neumático, la zona donde en ese momento su mano aferraba con firmeza, era de aluminio, brillante y suave.
    Paseó su mirada por la pequeña sala. En un rincón, superpuestas sobre un soporte de metal, varias piezas de caucho de distintos tamaños, llamaron su atención.
    Ni corta ni perezosa se levantó y fue hacia allí. Tomó una de las piezas pequeñas donde grabada sobre la superficie vio un número. Quinientos. Supuso por el peso que se referiría a gramos.
    Con esa miniatura sí que podría perfectamente. Giró una pieza del extremo de la mancuerna y la pesa se deslizó con facilidad. La cogió y la colocó en el lugar vacio que había dejado, metió la pesa más pequeña y apretó el tope. Hizo la misma maniobra en el otro extremo pero antes de que sus dedos pudiesen agarrar la enorme pesa esta se deslizó y cayó a sus pies.
    Abrió los ojos perpleja cuando la goma se rajó y expandió el contenido por el limpio suelo.
¡Ay, madre mía! El desastre que acababa de hacer. Cuando llegase Nicolai no quería ni pensar cómo se pondría. Adoraba todo lo que había en esa sala.
    Sin pensárselo dos veces corrió hacia la cocina donde presumía que él guardaría la escoba y el recogedor. Y allí los vio, en un rincón junto al cubo de basura. Los tomó y rauda volvió a la sala.
Nicolai estaría a punto de llegar. Barrió las huellas de su torpeza dejando la zona impoluta y se dirigió de nuevo hacia la cocina. Iba a verter la arena blanca en el interior del cubo de basura cuando cayó en la cuenta de que entonces Nicolai se daría cuenta de lo que había hecho.
    Paseó su mirada por la abarrotada encimera y la vio. Verde, arrugada, su salvadora. Tomó la bolsa de plástico, sacudió el cogedor en ella, limpió este bajo el chorro del agua y dejó todo tal y como estaba.
Todo no. Volvió sobre sus pasos hacia el salón y guardó en su bolso la improvisada bolsa de basura.
    Ya en la sala, recolocó las pesas y junto a unas cajas encontró pesas sueltas. Buscó una de tamaño similar a la que había roto, y restituyó la rota, tomó una más pequeña y la colocó junto a su pareja.
    Se limpió el sudor de la frente. Solo a ella la podían pasar estas cosas.
    Justo se sentaba, de nuevo, sobre el aparato multifuncional cuando escuchó las llaves de Nicolai abrir la puerta del piso.
    —¡Holaaaa! —saludó cantarina—. Estoy aquí.
    Los pasos del hombretón se oyeron aproximarse hacia dónde había salido la voz de mujer.
Nicolai la miró y sonrió, tenso. Inspeccionó la sala con una penetrante mirada y relajó la tensión de su cara cuando comprobó que todo estaba en su sitio y perfecto.
    —Y ¿Vladimir? —preguntó a Marisa mientras se acercaba a ella y depositaba un beso sobre sus labios.
    —Dijo que tenía que arreglar unos asuntos y se marchó hace unos minutos.
Tampoco tenía por qué saber que hacía casi una hora que estaba sola en su piso.
    —Comentó que no te importaría. Espero no haber sido una impertinente.
    —No, para nada. Es que me sorprendió que estuvieses aquí, en esta sala. Nada más.
Marisa sonrió seductora.
    —Y qué querías. Tan solo estaba rememorando ciertos momentos.
Y Nicolai se dejó llevar por lo que el brillo de los ojos de la mujer le prometía.



    En el restaurante, Irene, jugueteaba nerviosa con el postre. Casi ni habían hablado entre plato y plato. Tan solo unas cuantas banalidades. Y es que no sabía cómo encaminar la conversación y llevarla hacia terrenos más personales.
    ¿De qué forma podría disculpar los esquinazos que le había hecho?
    «¿Disculpándote?» le indicó su Pepe Grillo interior.
    Carraspeó nerviosa y decidió coger al toro por los cuernos. Que fuese lo que los hados quisieran. Al menos que no se dijese que no lo había intentando.
    —¿Viktor? —la voz le salió en un hilo. Mal empezaba.
    Él levantó la vista de la porción de tarta que había elegido. Acercó el pedazo de bizcocho de chocolate a sus labios y lo introdujo en su boca.
    Una lágrima de chocolate líquido quedó en el borde de los labios masculinos. Tentadora.
Él masticaba ajeno a esa atrevida provocación dulce y oscura, esperando a que ella hablase.
Irene siguió sus instintos. Sin importarle lo más mínimo lo que el resto de los comensales pensase. Se levantó, segura de sí misma, los verdes ojos seguían sus movimientos. Arrastró la silla hacia atrás, rodeó la mesa y acercando su rostro al de él. Lamió con deleite la pequeña porción de chocolate.
    Dibujó con la punta de su lengua el labio inferior de Viktor. Humedeció con lentitud la suave piel. Rió entre dientes cuando le escuchó engullir, se imaginaba la cara de estupor que tendría en ese momento.
Pero se sintió atrevida, seductora y muy muy femenina. La respuesta de él así se lo dio a entender. Las manos de Viktor sujetaron su rostro, impidiendo que alejase sus labios de los de él y respondió a su caricia.
    No le importó saborear los restos de la tarta en la lengua que provocó que los latidos de su corazón se disparasen a mil por hora. El amor era eso. Aceptar todo de la persona que llenaba tu corazón. Sus defectos, sus virtudes, tal cual.
    Durante unos instantes se perdieron ambos en su mundo. En sus caricias, en su deseo.
No fue hasta que oyó que entre risas los pocos comensales que quedaban en el restaurante aplaudían.
Separó el rostro del de él y miró a su alrededor. Les aplaudían a ellos. Más concretamente a ella.
Las sonrisas cómplices de las mujeres. La de anhelo de ellos.
    Irene oyó  a un anciano que más allá murmuraba a su mujer:
    —Ya podrías tú felicitarme así de vez en cuando.
    Y rió. Rió como nunca lo había hecho. Viktor acompañó sus carcajadas. Todos rieron.
    Él la sentó sobre su regazo y ella le rodeó el cuello con sus brazos.
    —Lo siento —susurró—. No sabes lo que te he añorado.
    —¿Nos vamos? —murmuró Viktor con voz ronca sobre su oreja.
    Asintió sonriendo. Abonaron la cuenta y tomados de la mano y con las miradas sonrientes de sus espectadores, abandonaron el restaurante.




    En el coche de Viktor, camino hacia su ático. Se sentía eufórica. Se mantuvieron en silencio. Se acurrucó contra él lo que el cinturón de seguridad le permitía. Agarró el fuerte brazo. Sentía el bíceps entre los dedos tensarse cuando el maniobraba con la palanca de cambios.
    Posó una de las manos sobre los músculos de la pierna. Notó como respingaba ante el calor de la mano sobre el pantalón pero no le apartó ésta, al contrario, cuando no utilizaba los cambios cubría la mano con la suya. Transmitiéndole con ese gesto todas las emociones que le embargaban.
    Ensimismada en el rostro de él no advirtió cuando llegaron al garaje subterráneo del edificio donde él vivía.
    Viktor detuvo el motor del coche. Y antes de que Irene se separase de él, tomo a esta por la cintura y atrajo la boca de ella hacia la suya.
    Devoró con ansiedad esos labios. Mordió la carne del labio inferior hasta que este se entreabrió ligeramente, lo suficiente para deleitarse en saborear la sensible piel del interior del mismo.
Su entrepierna protestó dolorida pero no deshizo el beso. Oía las respiraciones alteradas de ambos en el habitáculo, los cristales habían comenzado a empañarse. Le daban ganas de terminar lo que habían comenzado allí mismo pero sabía que el guardia de seguridad hacia rondas cada cierto tiempo y no tenía ganas de ser la comidilla del edificio. Bastante tenía ya con los periodistas.
    Y si no podía demostrar su inocencia le acosarían durante los siguientes meses. Desechó estos pensamientos. No era el momento. Para nada.
    —Irene —murmuró, la voz ronca por el deseo—. Será mejor que nos movamos o no responderé de mis actos.
    La risa nerviosa de ella le inundó por completo y le dio fuerzas para separarse de ese cuerpo el tiempo suficiente para bajar del vehículo y encaminarse agarrados por el talle hacia el ascensor.
    Fue en éste cuando volvió a atacar voraz los apetitosos labios femeninos. Donde sus manos se perdieron bajo la camisa de ella buscando los erectos pezones, que allí, entre el encaje, pedían a gritos ser atendidos.
    Los minutos que tardó el ascensor en llegar a la última planta se le hicieron eternos. Al igual que los que siguieron a estos al teclear el código de acceso a su vivienda. Por una vez maldijo la domótica.
Traspasaron el umbral de la puerta que se deslizó silenciosa de nuevo al cerrarse.
    Se deshizo del abrigo de ante y lo tiró al suelo, en el recibidor. Despojó a Irene del suyo, lanzó el bolso sobre el sofá y tomándola en brazos se dispuso a subir hacia la habitación.
    —Un momento —gritó ella cuando su pié se posó sobre el primer escalón—. ¿Estás loco? Bájame si no quieres que ambos nos matemos.
    Pero Viktor no le hizo caso. Sonrió con seguridad a Irene, con un brillo intenso en su verde mirada y comenzó a subir los escalones con ella en brazos.
    Irene se zafó a su cuello como si su vida dependiese de él, y es que así era. Miró por el rabillo del ojo la altura a la que se encontraban y temerosa apretó el rostro contra el cuello masculino.
El aroma de él unido al de su perfume la inflamaron los sentidos.
    Viktor empujó con el pié la puerta de su alcoba. La depositó sobre la cama y segundos después Irene podía sentir el peso de esos músculos sobre los suyos, amoldándose a la perfección a través de la ropa.
Deslizó sus manos hacia el cinturón que sujetaban los vaqueros de él. Tiró de estos hacia abajo dejando a la vista el bóxer y acarició con su mano el erecto miembro.
    Viktor gimió contra sus labios. Ese sonido la hizo más atrevida y sin pensárselo dos veces introdujo su mano bajo la licra del calzón.
    Allí estaba. Potente. Cálido. Esperando encontrarla abierta, lubricada solo para él.
    Tan solo sentir el pene de él entre sus dedos hizo que su vientre ardiese, que su cuerpo le gritase cuánto lo necesitaba en su interior.
    Desplazó sus manos hacia el jersey de punto. Deslizó éste para dejar al descubierto la piel del hombre que se estremecía bajo su contacto.
    Pero las manos de él no se habían mantenido quietas, ni su boca, ni su lengua. Ésta dibujaba senderos de placer por el cuello, hacia la abertura de la camisa que no sabía cuando él había abierto.
    Suspiró de placer cuando los dientes de él atraparon, suaves, el erecto pezón. Cuando los dedos de Viktor apretaron al compañero hasta hacerle engrosar.
    Se desnudaron con frenesí, ansiaban el momento en que sus pieles entrarían en contacto. Transmitiéndose todo lo que sus labios no habían dicho.
    La lengua de él recorrió su abdomen. Trazó sobre éste ardientes caricias en busca del placer de su sabor que esperaba al final del mismo.
    Cuando la lengua de él rozó su clítoris Irene no pudo evitar el grito de gozo que salió de sus labios.
La calidez de esa boca sobre su centro la hicieron estremecer. Y él degustó, lamió, le abrió para él hasta que los espasmos del clímax inundaron el cuerpo de la mujer que se dejaba amar.
    Con el sabor de ella aún en la boca, se deslizó hacia el rostro que reflejaba lo que él le había hecho sentir. Y probó voraz el sabor de los labios de ella.
    Las caderas de Irene se alzaron, las piernas rodearon la cintura masculina, en una invitación a hacer más intimo el contacto.
    Y se dejó llevar por la llamada. Penetró con lentitud al cálido interior. Sintiendo como este lo envolvía por completo. Como su humedad lo enardecía hacia niveles insospechados de placer.
    Acompasaron el ritmo de sus caderas. Bailando juntos una danza ancestral. Dejándose llevar por los sentidos. Por los latidos de sus corazones. Por los jadeos esporádicos y los gemidos del otro.
    Y juntos alcanzaron a ver la miríada de estrellas del final.



    Nicolai le dejó frente al centro de estética minutos antes de que la cliente llegase a la cita.
Se despidió de él con un beso de tornillo. Pasarían varios días hasta que volvieran a verse.
    Dejó su bolso en el perchero, el abrigo y se colocó la bata blanca sobre la ropa. Dispuso los productos que necesitaría para la sesión de drenaje linfático.
    Saludó a la mujer, entrada en carnes, que sonriente depositó dos sonoros besos sobre sus mejillas.
    —Me encanta tu pelo. Suelto te queda perfecto.
    Su pelo. Cierto. No lo había recogido. Y es que a Nicolai le encantaba sentir el roce de este sobre su piel. Pero se negó a pensar en ello en esos momentos. Necesitaba mantener la cabeza despejada en el trabajo.
    Fue hacia su bolso y lo abrió. Rebuscó entre las pertenencias mas la bolsa con los restos de su metedura de pata le impedían encontrar la goma elástica con la que sujetaba su cabello. La dejó a un lado, sobre una mesa auxiliar y comenzó la sesión con la cliente.
    A esta le siguieron dos más. Cuando echó el cierre las calles estaban casi desiertas.
    Se sentó unos minutos para descansar las piernas e hizo una serie de flexiones de brazo y cuello.
Notaba los hombros tensos, doloridos, no sabía si por el trabajo realizado o por las horas que se había pasado entre los brazos de su Popeye, como le llamaba Irene.
    Irene ¿Qué habría pasado al final con la parejita? Esperaba que todo se hubiese resuelto. Que su amiga se hubiera sincerado con Viktor. Ya no es que fuese un tío rico, es que se le veía una buena persona. El tipo de hombre por el que una mujer perdería la cabeza.
    «La cabeza, los pies y lo que hiciera falta» Rió sus pensamientos en voz alta. ¡Qué suertuda su amiga! Pero se alegraba por ella. Y si Irene no se decidía… allí estaba ella. Ya consolaría al pobre Viktor. Volvió a reírse porque sabía que no podría hacer lo que sus locos pensamientos le estaban diciendo.
    Bueno. Ya estaba bien. Por hoy ya había levantado suficientemente el país. Fue hacia el perchero y tomó el abrigo y el bolso. Se limpió las manos con una toallita húmeda y al tirar ésta a la papelera, la vio. La bolsa verde.
    La abrió y miro su contenido. La blancura de la arena y el fino grosor de la misma llamaron su atención. Introdujo la mano y la zambulló en esa suave textura. Se pegó a la humedad de los dedos. ¡Puag! Volcó el contenido en la papelera y lo cubrió con el plástico.
   Tiró de la puerta para salir, bajó el cierre y echó la llave a este. Introdujo las llaves en el bolsillo de su abrigo y comenzó a andar hacia la parada del autobús.
    Se sentó en el frío banco metálico a la espera de que el autobús llegase lo antes posible. Sacó el móvil para comprobar si tenía algún mensaje nuevo. Fue al introducir este en el bolsillo, junto a las llaves, cuando se percató de las manchas blanquecinas de su abrigo.
    Miró sus dedos. Aún tenían restos de la dichosa arena y no tenia toallitas a mano. Así que hizo lo que se suele hacer, con disimulo humedeció sus dedos con la lengua con la intención de limpiarse con un tisú.
Buscaba en el interior del bolso cuando sintió el hormigueo en la punta de la lengua y cómo esta se adormecía en su extremo.
    Sus manos pararon en seco y levantó el rostro, alarmada. Con los latidos de su corazón a cien por hora y un sudor frío comenzó a cubrirle la piel.
    Volvió a lamerse las yemas. Sí. Estaba segura. Un temblor incontrolado se cernió sobre su cuerpo. Se levantó como un resorte de la dársena y volvió sobre sus pasos hacia su negocio.
    Las manos le temblaban mientras introducía las llaves en el cierre de seguridad. Y seguían con espasmos al subir el cierre. Inspiro varias veces seguidas para intentar calmar los nervios. Por fin la llave entró en la cerradura de la puerta. Empujó esta y de un solo golpe bajó la metálica verja.
    Cerró por dentro y encendió las luces del local. Fue directamente a la papelera cerciorándose antes, de cerrar la puerta donde daba los masajes.
    Pulsó el pedal de la papelera, alzó el plástico verde y miró los restos blancos que parecían reírse de su inocencia.
    Extendió la mano y cogió un guante de látex de la caja. Lo puso en su mano derecha y metió el dedo índice dentro del suave polvo.
    Con gesto más seguro probó, de nuevo, lo que parecía inocente arena artificial.Y sí, lo que el cubo de basura contenía era artificial pero no arena precisamente.
    Tan solo la había probado dos veces, la primera por curiosidad y la segunda por una apuesta y recordaba perfectamente el sabor, los efectos que había producido en su cuerpo y lo que tener esa bomba de relojería en su poder podía conllevar.
    Pero ¿cómo podía haber llegado ese medio kilo de cocaína a una pesa de mancuerna?
    —Marisa, eres imbécil —se dijo a sí misma segundos después de que su cerebro hiciese tan tonta pregunta.
    Contestada a sí misma esa cuestión surgió otra. ¿Qué parte de responsabilidad tenía Nicolai en todo esto? Otra pregunta tonta. Responsabilidad… ninguna. ¿Narcotraficante? Todas las papeletas de esa rifa las tenía el vigilante consigo. Y estaba segura como se llamaba María Luisa que Vladimir estaba también metido en el ajo.
    Viktor. ¿Estaría él también involucrado? E inmediatamente le vino la cara de Irene. ¡Irene! Ahora mismo estaría con él. ¿O quizá no? Tenía que hablar con ella. Entre las dos sabrían que hacer.
    Agarró la bolsa de basura, tiró de las asas que esta tenía para cerrarla y las anudó con fuerza. Rebuscó en los cajones, seguro que en alguno guardaba alguna de las bolsas de papel que daban en las tiendas de ropa donde solía comprar. Y ¡bingo! allí estaba doblada una bolsa negra con el logotipo de una conocida marca de ropa femenina.
    Metió el alijo de cocaína y los restos de basura en la bolsa de papel y ya en la parte delantera del local marcó el número de Irene. Pero o no tenía cobertura o se encontraba entretenida con Viktor.
    Con el miedo metido en el cuerpo tomó un taxi hacia su casa.

Cuero, besos y rocanrol (continuación X)