viernes, 31 de enero de 2014

CUERO, BESOS Y ROCANROL (continuación VIII)

    Decidió entrar por la puerta de mercancías, su presencia y la de su automóvil pasarían más desapercibidas en la oscuridad del callejón.
    Tecleó el código de acceso y anulo, momentáneamente, la alarma. Una vez introdujese el coche volvería a conectarla.
    Aparcó por delante de los contenedores donde no se vería a simple vista. Tomó de la guantera la linterna que guardaba en caso de avería y se dirigió hacia el portón de salida de emergencia.
    Abrió con la llave maestra y se introdujo en el recinto. Iluminó el largo pasillo por el que noches atrás habían arrastrado al agresor de Irene.
    El haz de luz se perdió en la oscuridad de la sala principal donde la pista de baile le saludó con el brillo del mosaico del suelo.
    Giró hacia la zona privada de vigilancia. Su silueta se reflejó, fantasmagórica, en el gigante espejo negro polarizado.
    Introdujo, de nuevo, la llave pero no le hizo falta girar el pestillo, ya que estaba sin echar. Al día siguiente ordenaría a Nicolai que esa sala quedase cerrada cuando el local estuviese cerrado.
    Accionó el interruptor y las luces de neón parpadearon unos segundos antes de estabilizar su fría luz blanca. Encendió los ordenadores que dirigían el programa del sistema de grabación de las cámaras.
    Tras unos minutos, buscó las grabaciones del día del suceso. Pinchó sobre el archivo y el monitor comenzó a transmitir las imágenes. Pasó con rapidez las primeras horas de la noche y llegó a la parte que le interesaba.
    Se vio a sí mismo, golpeando al joven. A Irene que intentaba zafarse de los brazos que le sujetaban en  un intento de ir en su ayuda. Sí. Sin duda. La mirada de ella no se despegaba de su espalda.
    Segundos después, su puñetazo, tiraba al tipo por los suelos. En ese momento aparecían Nicolai y sus hombres y se llevaban, a ambos, hacia el pasillo posterior.
    Pudo ver como Irene los seguía después. Volvió a rebobinar las imágenes, quería ver cuándo y en qué estado el joven accedía a la discoteca.
    Ubicó al grupo de amigos en la sala, charlando y riendo pero lo que le llamó poderosamente la atención fue que todo ellos, al poco tiempo de entrar en la sala, acudiesen hacia los baños masculinos. Minutos después el brazo derecho de Nicolai, Vladimir, accedía también a los aseos para momentos después salir.
La pandilla de chicos también salió, algunos limpiándose la nariz, entre ellos el tipo que le había denunciado. Podía estar delante de una prueba pero esta incriminaba al local.
    Si pensaba que el resto del archivo le iba a desvelar algo nuevo se equivocó. No encontraba nada extraño en él, ni siquiera que de vez en cuando un hombre de seguridad acudiese a los aseos cada cierto tiempo. Era una norma que él había impuesto desde el primer momento. Se negaba a que dentro de su local se consumiese cualquier tipo de droga que no fuesen las legales.
    Lo que no le quedó claro es por qué su guardián no se percató de que ese grupo estaba consumiendo en ese momento. Tendría que hablar con él para que aclarase sus dudas.
    «Llevamos un tiempo observando Kid Grimp» las palabras de Andrés volvieron a su mente. Miró la hora, aún tendría tiempo de ver unos cuantos archivos más antes de que el servicio de limpieza comenzase la tarea de los lunes.
    Ojeó todos los archivos almacenados del mes. Uno por uno.
«Ahí va de nuevo Vladimir»… Un momento. La idea tomó forma en su cabeza. Ahí estaba. Vladimir era siempre el que entraba a vigilar los aseos. Estaba en ellos unos minutos y salía y tras él los supuestos clientes. ¿Estaría en lo cierto? En el aseo de mujeres, las camareras se turnaban en la vigilancia.
    No era una casualidad. La furia se agolpó en sus entrañas. Lo había tenido delante de sus narices y jamás lo habría sospechado. Pero ¿cómo podía demostrar que él no estaba involucrado?  El traficante era un hombre de su equipo, en el que Nicolai depositaba toda su confianza y él, a su vez la depositaba en éste.
    El sabor amargo de la traición estalló en la boca de su estómago. Una vena en la sien palpitó con fuerza.
Deseó tener al jefe de seguridad frente a él, poder dar rienda suelta a la ira. Apretó los puños hasta hacer que los nudillos palideciesen y las palmas de las manos comenzaron a arder por el dolor.
    La imagen de Nacho, su hermano gemelo, anegó su mente. Rememoró el rostro pálido, invadido por un sudor frío y los ojos vidriosos, sin vida.
    La impotencia de ver como el aliento de su hermano se escapaba de entre sus dedos sin poder hacer nada.
    Sus manos empapadas por el fluido rojo que manaba con cada latido y que cada vez le iba acercando más hacia la siniestra guadaña.
    No supo nunca quién, cuándo ni cómo Nacho se introdujo en un mundo en el cual no había salida posible, tan solo, la muerte.
    Y así fue. Apenas cumplida la mayoría de edad había abandonado este mundo.
    Al dolor de la perdida temprana de Nacho le siguieron la frustración de ver como su madre se iba apagando lentamente. Como una mujer, hasta ese momento fuerte, se iba dejando morir por el peso de la culpabilidad.
    De nada sirvieron el amor de sus otros seres queridos. Su padre, Neska y él mismo.
    Una mañana ama no despertó. Seis meses después, todos volvieron a recorrer las grises y tristes callejas del cementerio. Un mes más tarde acompañaron el cuerpo de su padre que no pudo superar la muerte de su esposa y se había quitado la vida.
    Recordaba la manita de Neska entre las suyas. No le soltaba en ningún momento los días que siguieron a estas desgracias, como si en su mundo infantil temiese que él la abandonaría también.
    Tardaron un año en volver a recuperar algo del ritmo de la vida rutinaria.
    Los ahorros de sus padres fueron mermando. Él comenzaba a abrirse camino en el duro mundo artístico pero ser el responsable de una niña no le ayudaba.
    Lloraron amargas lágrimas el día que Neska se quedó ingresada en el internado que él le había buscado.
    Fueron años duros de separación. De recordar la cara de su hermana cuando le fallaban las fuerzas.
    Y volvió a España, triunfador y rico, de Norteamérica.
    Ahora se podía permitir elegir para quién trabajar y montó Kid Grimp. Una sala exclusiva donde escuchar buena música en directo y discoteca a la vez.
Y todo se había derrumbado o al menos eso parecía.
    Los rostros de Nicolai y Vladimir se dibujaron frente a él. Esos tipejos iban a ser su ruina.
Tuvo claro que ambos estaban implicados. Eran uña y carne, primos lejanos. Nicolai sabía todos los movimientos de Vladimir. Habían compartido muchas vivencias en su Rusia natal, hasta mujeres, hecho del que se jactaban.
    Mujeres… Marisa… ¡Irene! Estarían en peligro. Tenía que protegerlas.
    Los rasgos de Irene llenaron sus pensamientos. Los sentimientos que ella hacía florecer le invadieron.
No estaba dispuesto a perderla. Lo suyo apenas había comenzado. Solo había sido un atisbo de todo lo que podrían compartir. Y no únicamente sexo.
    El sonido del cierre delantero al abrirse le sacó de sus pensamientos. El equipo de limpieza se disponía a entrar.
    Apagó las luces de la sala de cámaras y salió con sigilo. Sus ojos se adaptaron a la penumbra y se escabulló con rapidez por el mismo camino por el que había entrado sin ser visto.
    En su casa, frente al ventanal, con una taza de café entre las manos rumiaba la estrategia a seguir.
Hablaría con Nicolai. Aunque le costase un tremendo esfuerzo enfrentarse al traidor sin mostrar lo que sabía. Le informaría de la denuncia y que necesitaba localizar a Irene y Marisa para ponerlas sobre aviso, ya que las necesitaba como testigos de lo ocurrido.
    Inspiró hondo. No las tenía todas consigo. Temía que la ira le traicionase y dejarse llevar por sus instintos más oscuros cuando tuviese enfrente al que hasta ese mismo día había tenido como compañero y amigo.




    Acarició con la yema de los dedos esos labios tentadores. Sonrió a la mirada verde en la que se perdió. Deseaba decirle tantas cosas pero se sentía incapaz de comenzar.
    El sonido del móvil avisando de la entrada de un mensaje la sacó del momento.
«¿Te han llegado los informes?»
    Contestó y con pesar cerró la ventana de Google dónde había buscado imágenes de Viktor.
    Y es que desde que le había dejado, mejor dicho huido, el día anterior no dejaba de pensar en él.
En las horas que habían compartido. En la complicidad que sentía con él. Rememoró su risa, sus manos acariciándola, el sabor de sus besos.
    —Irene céntrate —se regañó a si misma en voz alta.
    Tenía que acabar esos informes o sus actuales jefes no volverían a contar con sus servicios.
    Y es que adoraba su profesión pero ser freelance es lo que tenía. Mientras las empresas del sector químico no contratasen a personal fijo, algo de lo que dudaba debido a la crisis, no le quedaba más remedio que trabajar para ellos en esa modalidad.
    Hizo acopio de su voluntad y tesón y terminó los informes de control de calidad que necesitaba la empresa de productos de limpieza para la que trabajaba.
    Le dolía la espalda y los hombros. Decidió descansar del ordenador y se levantó a prepararse una taza de café.
    Apoyada en la encimera de su minúscula cocina recordó la del piso de Viktor y su isla.
    Un calor abrasador y no precisamente por la temperatura de la bebida que tenía entre las manos la recorrió todo el cuerpo.
    Ese hombre había calado hondo en su corazón, más de lo que ella misma estaba dispuesta a reconocer.
Y no entendía cómo ni en que en ese pequeño lapsus de tiempo sus sentimientos fuesen tan intensos. Pero allí estaban. Le gustase o no.
    —¡Mierda! —maldijo.
    Marisa se reiría en su propia cara. Ella, la que había repetido en ese último año que utilizaría a los hombres como los kleenex, resultaba que ahora se había colado hasta los huesos de un rockero.
«Qué está para toma pan y moja, recuerda eso Iri» rió entre dientes su comentario.
    Tendría que disculparse ante él. Pero eso necesitaba antes una alección de su querida amiga. Ella estaba más ducha en eso de los dispendios.
    Así que ni corta ni perezosa la llamó.
    —Necesito tus consejos —fue el saludo que salió de sus labios.
    —En media hora quedo libre. Me ha fallado la cliente de las doce. ¿Quedamos en la cafetería de siempre y me cuentas?
    —De acuerdo.  Hasta ahora.
    —¡Ey! ¿No me puedes adelantar algo?
    No estaba dispuesta a escuchar los te lo dije de Marisa en ese momento. De camino al café ya se iría preparando.
    —No. Nos vemos —y colgó antes de que su amiga la enredase y terminase contándole todo.


    Cuando tiritando de frío penetró al calor del bar, saludó al camarero y buscó con la mirada a Marisa, la encontró sentada en la mesa de siempre.
    Se acercó hasta ella y se desplomó en la silla sin quitarse ni siquiera el abrigo.
    —Y ¿bien? —demandó su amiga.
    —Espera al menos que nos traigan el café —refunfuñó.
    —¡Y un cuerno! Desembucha a la de ya que nos conocemos.
    —Pero que asquito das —espetó Irene.
    —Tú no te has mirado en el espejo sino no te atreverías a decirme eso.
    —¿Por?
    —Quieres soltarlo de una vez.
    —Está bien.
    Inspiro profundo antes de soltar con rapidez las palabras.
    —Creoquemenamoraodelmacarra.
    Marisa contuvo el trago de café en su boca. Apunto había estado de expulsarlo de golpe sobre su amiga y la mesa.
    Tragó con dificultad y exclamó:
    —¿¡Qué!?
    Irene entrecerró los ojos, suspicaz.
    —No pienso repetírtelo.
    —Te lo dij…
    —Ahorrateló —advirtió en tono seco.
    —Pues eso —y Marisa sonrió con suficiencia—. Y ¿por qué has llegado a esa conclusión?
    —Si no borras esa estúpida sonrisa de marisabidilla de tu cara no pienso contarte nada.
    —¡Jooo!
    —Mariiisaaa...
    —Está bien.
    Irene le habló de lo que sentía, de la sensación de soledad que la dominaba desde el mismo momento que había abandonado el piso de Viktor. Hasta le contó que como una imbécil había buscado imágenes de él y las había acariciado a través de la pantalla del ordenador.
    La carcajada de Marisa hizo que algunos de los clientes de la cafetería mirasen hacia donde se encontraban.
    —¿Quieres ser más discreta? —protestó.
    —Perdona pero es que esto no tiene desperdicio, lo cojas por donde lo cojas.
    —Pues menuda ayuda estás resultando ser.
    —Vale vale. ¿Qué planes tienes?
    —Para eso te he llamado.
    —¿Hm? Yo que tú le llamaba y quedaba con él esta misma tarde.
    —Bien…solo hay un problema.
    —No te vayas a echar para atrás ahora sin apenas comenzar.
    —No tengo su teléfono.
    Los ojos de su acompañante se abrieron como platos.
    —No me mires así. Yo no voy dando el teléfono a cualquiera.
    —A un cualquiera que te has tirados dos veces —aclaró Marisa.
Irene soltó un juramento.
    —Vale está bien. Punto para ti. ¿Y?
    —Pues lo primero es conseguir su número de móvil. Eso o te presentas en su casa y…
    —No —fue la tajante respuesta.
    ¿Y si él no deseaba volver a verla después de los dos plantones? No quería ni pensarlo pero esa posibilidad existía. Es más, ella haría precisamente eso. Borrón y cuenta nueva.
    Un escalofrío recorrió su cuerpo. No. Él tenía que ser más comprensivo. Le explicaría sus temores, sus dudas.
    La voz de Marisa la sacó de sus pensamientos.
    —¡Hola cielo! Necesito que me pases el teléfono de Viktor. No cari ya sabes que yo estoy loca por tus huesitos.
    Irene masculló entre dientes. Marisa le lanzó una mirada de advertencia.
    —Ok. Espera que apunte —e hizo aspavientos a Irene para que la pasase papel y bolígrafo.
Esta revolvió con rapidez en el bolso y pasados unos minutos le extendió ambos.
    —Vale. Dime.
    Irene apuntó los números que Marisa iba dictándole en voz alta.
    —Sí, luego me acercaré a verte. ¡Chao cielo! —colgó y sin perder el tiempo ordenó—. Llámalo.
    —Cuando este…
    —Ahora o te juro que lo hago yo.
    ¡Ay, Dios! si es que solo a ella le podían pasar estas cosas. Se levantó de mala gana para no tener que mirar la cara expectante de Marisa. La pondría nerviosa y seguro que terminaba diciendo algo de lo que después se arrepentiría.
    —¿Sí, dígame?
    Solo oír su voz hizo que el corazón se le disparase. La voz se le quedó atrapada en la garganta. Las piernas le temblaban.
    —¿Oiga? —insistió Viktor, ante el silencio de su interlocutor su voz se torno fría—. Si es una broma no ha elegido usted el mejor día. ¡Adiós!
    —No cuelgues —gritó.
    —¿Hola? ¿Se puede saber por quién pregunta?
    —Viktor soy yo, Irene —logró balbucir.
    El otro lado de la línea quedó en silencio. «Que no me cuelgue que no me cuelgue» rogó para sí.
    Tras unos segundos que le parecieron una eternidad, él volvió a hablar.
    —¡Hola! —saludó, el tono cálido, afectuoso, con cierta dosis de asombro por recibir la llamada pero observó que ésta era bien recibida. Anhelada.
    Se derritió al escucharle y comprobar su respuesta.
    —¡Hola! —contestó tímida.
    —¿Ocurre algo? —preguntó alarmado.
    —No, solo quería que supieses…—rectificó—. Quería saber si podíamos vernos.
    —¿Cuándo?¿Hoy?
    —Si no te viene bien podemos…
    —Me viene perfecto —aseguró él.
    Ella se le había adelantado. Aún no había hablado con Nicolai pero el que quedasen ellos no impedía que los planes cambiasen. Quería ver la reacción de su jefe de seguridad cuando le comunicase lo que la policía le había dicho.
    —¿Dónde quedamos? —se apresuró a concretar él.
    —Pues había pensado que en algún lugar tranquilo.
    «Entendido. Eso quiere decir que no aceptaría en mi piso. Un lugar neutral»
    —Propón tú —invitó.
    —¿Conoces el Starbucks de Gran Vía?
    —No, pero no creo que tenga ningún problema en encontrarlo.
    —¿Sobre las cinco de la tarde? —tanteó Irene.
    ¿Cinco horas sin verla después de haber escuchado su voz? No estaba dispuesto.
    —Tengo una oferta mejor. ¿Qué te parece si te invito a comer en un restaurante que conozco? También está en el centro.
    —¿Comer juntos?
    Marisa asintió vehemente.
    —Está bien —aceptó.
    Marisa hizo un gesto de triunfo.
    Viktor le dio el nombre del restaurante y donde éste estaba ubicado. No tardaría más de quince minutos en transporte público.
    —Pues a la una de mediodía te espero allí.
    —De acuerdo. Hasta luego.
    —Nos vemos Irene.
    Colgó y miró a Marisa que la observaba con un gesto torcido en sus labios.
    —¿Qué? Vamos a comer juntos, ¿qué problema hay ahora?
    La mirada de su amiga la repasó de arriba abajo. Desde su cabello despeinado, pasando por su sudadera dos tallas mayor, los vaqueros lavados a la piedra y sus botas tejanas.
    —Lo demás tiene un pase pero ese saco que llevas por jersey…
    —No pensaba quedar con nadie. La culpable eres tú —refunfuñó Irene.
    —¿Has quedado a la una? Tenemos tiempo. Cerca de aquí hay un Zara en el que hay una ropa monísima y…
    —No pienso disfrazarme de nada. Si no veo nada que me satisfaga iré con mi sudadera. Yo soy así. El que me quiera tendrá que aceptarme.
     Pagaron las consumiciones y Marisa la arrastró fuera de la cafetería.
    Después de pasearse toda la planta de la tienda Irene se decantó por una camisa entallada de color negro. A petición expresa de Marisa y porque tan solo la faltó llorar en la tienda y no quiso dar el espectáculo acompañó la sencilla camisa con un collar largo de cuentas de colores que, ni muerta lo iba a reconocer delante de su amiga, le gustó bastante.
Se despidió con dos efusivos besos de su consejera sentimental y de imagen y fue al encuentro de Viktor.
Justo a la una en punto entraba por la puerta del restaurante que encontró sin dificultad.
    Allí estaba él de espaldas a ella, sentado sobre uno de los taburetes de la barra, tomando una cerveza.
Repasó con la mirada el musculoso cuerpo. Esta vez él había elegido un tres cuartos de ante color chocolate. Era de estilo militar pero le quedaba fantástico.
    En ese momento como intuyendo su presencia se giró. Un jersey de punto del mismo color de sus ojos hacía que estos destacasen aún más en su bronceada piel. La larga melena recogida en una coleta baja.
Sintió la mirada de él recorrer su cuerpo. Una sonrisa deslumbrante surgió en los labios masculinos e Irene aún desde esa distancia pudo ver el deseo en los ojos de Viktor.
    El calor invadió su cuerpo y miles de mariposas revolotearon por su estómago.
    Él fue a su encuentro la tomó de la cintura y depositó sobre la comisura de sus labios sendos besos.
Irene percibió el aroma de su colonia unido al de su piel y los latidos del corazón se desbocaron.
    —¿Te apetece tomar algo antes de sentarnos a la mesa?
    —Tomaré lo mismo que tú.
    Él enlazó los dedos con los suyos y ambos se aproximaron a la barra del bar. Irene sentía como el pulgar de él acariciaba el dorso de su mano y el leve hormigueo hizo que la piel del cuerpo se  erizase, ansiando más. Mucho más.
    «Pero lo primero es lo primero» se recordó a sí misma. Hablarían durante el almuerzo y si él le pedía que lo acompañase a su casa…
Cuero, besos y rocanrol (continuación IX)

domingo, 26 de enero de 2014

CUERO, BESOS Y ROCANROL (continuación VII)


  


    Pero como suele suceder, los planes no salen como uno los espera.
    Recibió la llamada al abandonar la residencia de Neska y Aitor.
    «¿Palacios?». No demoró la conexión.
    —Dime madero ¿qué demonios te ocurre?
    La risa de su interlocutor se oyó a través del auricular.
    —¿Qué hay princesa?
    Viktor sonrió ante el apelativo. Recordaba como Andrés le intentaba hacer cabrear al compararle con una mujer por su melena larga.
    —Pues no lo llevo mal del todo. El zapato de cristal se jodió y el príncipe se largó con el mozo del establo. Ya decía yo que eso de las mallas ajustadas…
    Tras unas chanzas más y las preguntas de rigor por la familia y el resto de amigos en común el tono del comisario se tornó serio.
    —Llamaba para saber de tu propia voz qué ocurrió en tu local el viernes por la noche.
    —¿Por? —preguntó tenso.
    —Viktor, te llamo en condición de amigo —advirtió el jefe de policía—. ¿Podrías acercarte a la comisaria y aclarar todo el asunto?
    —¿A la comisaria? ¿Acaso vas a detenerme?
    —Por el amor de Dios, princesa, no saques los pies del tiesto. Estoy de guardia. Tan solo quiero conocer los hechos antes de que mañana lunes se tramite la denuncia.
    —¿Denuncia?. «Así que ese hijo de puta le había denunciado»
    —Cuando vi tu nombre, les dije a mis hombres que yo llevaría el asunto pero no puedo aplazarlo mucho más.
    —Esta bien —gruñó— ¿Sigues en la comisaría del Centro?
    —Sí.
    —Dame cuarto de hora. Salía de casa de Neska.
    —¿Sigue viviendo a las afueras de la ciudad? —fue la pregunta de su amigo.
    —Ajá.
    —Entonces será mejor que te lo tomes con calma y no sumes a todo esto una multa de Tráfico. Entra al garaje de la jefatura, el guardia estará avisado de tu llegada.
    —Nos vemos.
  De camino al cuartel central, hizo memoria de lo ocurrido la noche que conoció a Irene. Tan solo habían pasado dos días y parecía… una eternidad.
    Tal como Andrés le comunicó no tuvo ningún problema de acceso. Ya en el despacho del comisario, a solas, se abrazaron como antiguos amigos que eran.
    —Siéntate —ofreció el policía.
    Se acomodó en una de las rígidas sillas de la oficina.
    —Y ¿bien? —interrogó Andrés.
    —Antes de nada quisiera saber de qué se me acusa —quiso saber Viktor.
    —Parece ser que el viernes por la noche agrediste a un cliente. Él asegura que tú y tu servicio de seguridad le golpeasteis sin ninguna causa.
    Viktor escuchaba atento y en silencio.
    —Que tú te abalanzaste sobre él —continuó explicando el comisario—, y que tus hombres lo invitaron a abandonar el local por la puerta trasera donde antes de llamar a las fuerzas del orden y los servicios sanitarios le propinasteis una paliza.
    —Eso no es del todo cierto.
    —La denuncia está a tu nombre. Al parecer te reconoció y pretende sacarte una buena tajada.
Andrés se sentó frente a su amigo, buscó con la mirada los ojos de Viktor, carraspeó incomodo y soltó lo que tanta irritación le causaba.
    —Antes de que hables debes saber que la Fiscalia te acusa de algo más.
La ceja de Viktor se alzó en muda pregunta.
    —Trafico de drogas.
    —¡¿Qué?! —estalló—. Maldita sea Andrés, me conoces muy bien y sabes que eso no es cierto.
    El comisario alzó ambas manos para pedirle calma.
    —Tranquilo, ya lo sé. Pero los análisis del hospital no dejan ninguna duda.
    —El tipo estaba puesto antes de que le golpease.
    —¿Entonces admites que le agrediste?
    Viktor asintió leve.
    —Él afirma que compró la mercancía en tu local como tantas otras veces.
    —Miente. En mi local no admito ese tipo de trapicheos… ni su consumo.
    —No es eso lo que dicen mis informes.
    —¿Qué quieres decir? —se revolvió furioso en el asiento.
    —Llevamos un tiempo observando Kid Grimp.
    —¿Desde cuándo vigiláis mi discoteca? —miró sin parpadear a su amigo—. ¿Desde cuándo sospechas de mi?
    —No te lo tomes como algo personal…
    —Y ¿cómo coño quieres que me lo tome? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me avisaste?
    El silencio de Andrés y su incomodidad le respondieron.
    —Lo creíste —murmuró dolido—. Lo crees.
    Los verdes ojos reflejaron por un momento el dolor y la decepción que sentía. Se pasó los dedos, en gesto desesperado, por el cabello. Cerró los ojos para centrar sus pensamientos y recomponerse.
    —Entonces no hay nada más que decir —la voz de Viktor era glacial—. Hablaré solo en presencia de mi abogado.
    —Viktor…
    —Llama a mi abogado y hablaré.
    —No  lo creo —fue la tardía respuesta de Andrés—. Si lo hubiese creído no te hubiese llamado. Tan solo dime por qué agrediste a ese tipo. Hallaremos la manera de aclarar esto.
    Andrés estudiaba el rostro hermético de su amigo.
    —¿Por qué le golpeaste? —volvió a preguntar el comisario.
    Hubiese sido muy fácil decirle que había acudido en defensa de una mujer. Que le había querido acompañar a su casa pero que habían terminado en la suya. Que habían follado como locos y que al día siguiente habían repetido y que tan solo en esas horas compartidas se había enamorada como jamás lo había hecho.
    Sí, habría sido fácil. Pero ahora. Acusado de agresión y tráfico de estupefacientes. Ahora que su vida estaba jodida y en tela de juicio. Ahora que todo por lo que había luchado parecía derrumbarse como un castillo de naipes y no tenía nada que ofrecer a Irene. No despegó los labios.
    —Si persistes en tu silencio no me quedará más remedio que cursar la denuncia —advirtió con un suspiro de fastidio Andrés.
    —Haz lo que tengas que hacer —cruzó los brazos sobre su pecho a la espera de los acontecimientos.
    Cerca de la madrugada, en compañía de su abogado, Raúl, Viktor abandonó la comisaria hasta su próxima citación.
    Raúl le dejó a regañadientes frente al coche.
    —Gracias por acercarte picapleitos —golpeó con complicidad el hombro del abogado y amigo—. Te debo una.
    —Deberías de irte a descansar.
    —Antes tengo que comprobar algo. Ya descansaré en la tumba. Gracias.
    —Como quieras —el letrado encogió los hombros. Conocía a su amigo y cuando algo se le metía entre ceja y ceja. Arrancó el motor del coche y su acompañante se separó de la carrocería. Antes de cerrar la ventanilla comentó—. Espera a ver mi minuta por hacerme trabajar horas extras en domingo…¡Ah! Y no te olvides de Susana, esa sí que te lo hará pagar caro.
    Viktor rió entre dientes.
    —Y esta vez tu mirada no la va a engatusar —Raúl aceleró y desapareció hacia la salida del garaje policial.
    Ya solo, rió por lo bajo, el último comentario de su defensor.
    Los chicos siempre le habían utilizado como reclamo ante el sexo femenino. Decían que él las engatusaba con sus ojos de depredador y que luego ellos hacían el resto.
    «Menudo atajo de aprovechados». Andrés, Raúl, Aitor, Luis, Nacho y él. Los Cinco jinetes y el Adosado, como gustaban de llamarse. El adosado era Luis. Siempre había tenido aires de grandeza. Nunca supieron quién, cuándo ni cómo se unió a la pandilla del barrio pero allí estaba con ellos desde que tenía uso de memoria.
    Con el paso del tiempo, cada uno había encauzado su vida y más o menos se mantenían en contacto.
Se dirigió con pasos cansados hacia su todoterreno y con gesto decidido se dirigió hacia el local de sus sueños… o pesadillas.

Cuero, besos y rocanrol (continuación VIII)

viernes, 17 de enero de 2014

CUERO, BESOS Y ROCANROL (continuación VI)

    Le despertó el cosquilleo de la respiración de Irene sobre su pecho desnudo.
    Rió entre dientes al ver la posición del cuerpo de ella sobre el colchón. Se hallaba en posición casi fetal, abarcaba el ancho de la cama, en paralelo a la almohada.
    La punta de los pies sobresalía del jergón. La mejilla apoyada en su pecho, la larga melena esparcida por su torso. El brazo derecho lo abrazaba y la mano izquierda se posaba, abierta, sobre el almohadón.
    Desde su posición, algo más elevada por el doble almohadón, veía todos sus rasgos. Relajados.
    Acarició con su mano libre un mechón del oscuro cabello. Era suave, sedoso y desprendía un sutil aroma. ¿Vainilla? No, era más exótico. Canela. Sí. Definitivamente canela.
    Intentó liberar el brazo que ella atrapaba con su peso. No quería despertarla. Aún no.
    Los rayos de luz que se filtraban por los estores negros le indicaron que hacía poco había amanecido.
Estudió las cortinas. Él nunca las utilizaba pero cuando al subir a la habitación Irene se percató que desde el edificio situado a un lateral del suyo algunos vecinos podían ver todos sus movimientos, se negó a sus avances.
    Recordó el rubor de las mejillas cuando él le recordó que en la mañana del día anterior no había tenido tantos remilgos. Como respuesta a tan descarado comentario recibió un manotazo en el hombro, que dicho sea de paso, le dolió más a ella que a él.
    Pero sus burlas tan solo la hicieron obcecarse más en la petición. No le quedó más remedio que sucumbir a esta. Eso o se pasaría la noche en el sofá como Irene amenazó.
    Con cualquier otra mujer su respuesta habría sido tajante: Pues adiós. Pero esa mujer, en cuestión de horas, se había metido en el tuétano de sus huesos.
    Paseó la mirada por ese rostro sereno. Por fin, con una ligera sacudida liberó el brazo.
    Deslizó el dedo índice por la mejilla. Dibujó con la yema de los dedos el perfil de los labios. Ella, en sueños, se rascó al sentir las cosquillas que él le hacía.
    El pecho de Viktor vibró por la risa contenida. Juguetón, delineó la nariz. La mano de ella volvió a frotar la zona acariciada.
    —Déjalo ya ¿quieres? —refunfuñó medio dormida.
    —¿Desde cuándo estás despierta?
    —No —gruñó.
    —No ¿qué?
    —No estoy despierta —explicó somnolienta.
    —Ya. Entonces… ¿hablas en sueños?
    Un suspiro de fastidio fue toda la respuesta de Irene.
    —Y ¿qué más sabes hacer en sueños? —preguntó pícaro.
    —Esto —y con una rapidez que él no esperaba esta le pellizcó el pezón.
    —¡AUG! —Protestó Viktor—. Me refería a si eras sonámbula o algo parecido.
    —¡Já! —Irene había cambiado de posición. Ahora, de rodillas frente a él con las manos en las caderas le retaba desde arriba.
    Se perdió en el brillo travieso y aceitunado de sus ojos. Él aliviaba con los dedos la tetilla dolorida. Sonrió. Le gustaba, mucho, ese lado juguetón de él.
    —Pero también sé hacer esto —y aproximó los labios a la zona dolorida y la besó con delicadeza—. ¿Mejor?
    Él negó, vehemente. Irene rió. Volvió a besar el pezón y lo lamió con ternura, endureciéndolo, de nuevo, para luego espirar sobre él.
    —O esto otro —y se sentó a horcajadas sobre las caderas masculinas. Su vulva, palpitante, contra la rigidez naciente de él. Apoyó las manos sobre el torso y se dejó caer, lentamente, lo suficiente para poder besar sus labios.
    Las manos de Viktor apresaron las nalgas, elevó las caderas en busca del calor de ella.
    El beso de Irene se hizo más intenso, la respiración más agitada. Sus manos apretaban los pectorales, su pubis ondulaba sobre la rigidez de él, impregnándole con su flujo.
    La mano de él se deslizó hacia donde sus cuerpos se unían y acarició el sensible clítoris. Lo lubricó con la propia esencia de su dueña, que en respuesta gimió sobre sus labios.
    Irene se separó unos centímetros y con voz ronca por el deseo susurró:
    —Quiero más.
    No tuvo que pedirlo dos veces. Viktor con ayuda de su mano introdujo el pene en la ardiente y húmeda abertura.
    Ambos cabalgaron al unísono sobre la cresta de la cima del placer.



    Frente al ventanal, con una taza de café humeando entre las manos, Irene contemplaba las esplendidas vistas.
    Sintió la presencia de Viktor tras ella. Él, le rodeó con el brazo la cintura, acoplándola al torso desnudo.
Dejó caer la cabeza sobre el hombro, un suspiro se escapó de sus labios. Él acarició la piel de su vientre y acomodó el rostro en el hueco del esbelto cuello.
    —¡Raspas! —protestó débil.
    La risa de él hizo burbujear intensas emociones en su interior. Ese hombre estaba derrumbando todas las barreras que se había autoimpuesto en el corazón.
    Sería mejor que aclarasen la situación. Inspiró profundo para comenzar a hablar cuando el sonido del teléfono cortó su iniciativa.
    Tras varios timbrazos el contestador automático se conectó. Pudo escuchar la voz de una mujer airada.
    —Sé que estás ahí perezoso. Ya es hora de que te levantes. No pienso consentir que vuelvas a dejarnos tirados a la hora de comer. Te prometo que si no apareces hoy por casa, esta tarde me presento allí —y colgó.
    Irene giró la cabeza para mirarle. Disimuló la sonrisa que intentaba aflorar en sus labios. La voz de la mujer sonaba exactamente igual que la de una madre cuando regaña a un hijo.
    —Neska —fue la explicación de Viktor.
    Ella asintió.
    —Será mejor que nos duchemos —propuso él con una sonrisa pícara en los labios.
    —Tú primero. No pienso caer en la trampa.
    Él rió, depositó un beso sobre los labios y dándole un cachete en el trasero subió hacia el baño.
Irene dejó pasar un lapso de tiempo, el suficiente para cerciorarse que él estaría bajo el chorro del agua y no le oiría marcharse.
    Tomó las ropas que se hallaban tiradas en el sofá y sus zapatos planos. Abrochó el sostén y buscó entre las prendas sus braguitas. No estaban. Corrió hacia la cocina. Recordó que él se las había quitado allí. Pero por más que buscó y rebuscó no las vio.
    Viendo que el tiempo se le echaba encima optó por colocarse los pantalones sobre la piel. Dobló el chaleco y lo metió en el bolso. No había posibilidad de ponerse a acordonar de nuevo la cinta. Abrochó la chaqueta sobre el sujetador, se puso el abrigo, tomó el bolso y salió sin hacer ruido.
    Durante el interminable trayecto en Metro se repitió una y otra vez que había hecho lo correcto. Pero no sabía por qué las excusas le sonaban vanales.



    Con el pelo aún húmedo tras la ducha que calmó su inquietud decidió llamar a Marisa.
    Al cuarto timbrazo contestó.
    —¿Si?
    —¿Conseguiste deshacerte del octopusy?
    La carcajada de su amiga no se hizo esperar.
    —¡Uy, calla! En cuanto me di cuenta que el maripusy ponía ojitos a Nicolai, entré en modo quieta parada que este es mío y saqué las uñas.
    Irene se desternillaba ante la escena que dibujó su mente.
    —¿Maripusy? Pues cualquiera lo diría. Le faltaban manos al macizo.
    —Sí, jámia y mira que prometía pero a ese le va tanto la carne como el pescado.
    —Osea, que de conseguirte modelitos a precio de ganga, ni hablamos.
    —Ni modelitos ni Manolitos  pero en fin —concluyó Marisa decepcionada.
    —Y a todo esto. Popeye ¿qué opinó?
    —Encantado de la vida con el subidón de ego que le metí. Pero tuve recompensa —rió con picardía—. No te puedes imaginar que regalazo me hizo.
    —¿Sí?
    —Lo que da de sí un banco de abdominales. Estoy empezando a ver los gimnasios con otra cara diferente.
    Ambas rieron el comentario. Ya calmadas Irene comentó:
    —Y tú no te puedes hacer una idea de las posibilidades que proporciona una isla.
    —¿Desierta?
    —No, tonta. De cocina —aclaró tras la carcajada.
    —Vaya vaya. Así que a don no divulgo mi vida privada le gustan los jueguecitos.
    —No te puedes hacer una idea.
    —Y ¿qué haces que no estás con él… jugando? —preguntó traviesa.
    Ante el silencio de Irene, su tono cambió, se hizo más serio.
    —Y ¿bien?
    —Tenía comida familiar —fue la escueta respuesta de Irene.
    —Bueno supongo que os habréis despedido como mandan los cánones.
Silencio.
    —¿Iri?
    —Déjate de Iri.
    —¿Qué has hecho?
    —Le he dejado en la ducha.
    —¿Eh?
    —Huí.
    —¿¡Qué!?
    —Ya te dije que no quiero nada de él.
    —Pues para no querer te lo has cepillado dos veces… o las que hayan sido.
    —Y me lo tiraría las veces que hiciesen falta  pero creo que esto se ha acabado.
    —¿Por ti o por él? Porque si le has dejado mientras se duchaba…
    —Por ambos —concluyó pero sabía que mentía. Que se engañaba a sí misma mas no quiso ahondar, en ese momento, en sus palabras.
    —Pues yo voy a aprovechar un poquito más a Nicolai. Aún me quedan aparatos en el gimnasio por probar.
    Decidió seguirle el juego a Marisa.
    —¿Gimnasio? No me digas que os lo habéis montado en un sitio público.
    —No, tiene uno en su casa. Una habitación… llenita de espejos. ¡Grrrr!
    Rió ante el gruñido lascivo de su amiga.
    —Bueno, te dejo. Tengo una montonera de plancha.
    —¿Plancha? ¿Una tarde de domingo? Tú estás fatal.
    Tras despedirse de Marisa colgó con una sonrisa en los labios por su último comentario.
Sí, estaba fatal. Loca más bien por dejar escapar a un hombre como Viktor en el que se vislumbraban tantas maravillas.
    Pero descartó estos pensamientos con un cabeceo y se puso manos a la obra. Atacó de lleno el cesto de la ropa de planchado.


    —¿Más vino? —ofreció Aitor.
    —No, gracias —su atención volvió al pedazo de carne con el que remoloneaba hacía rato.
    —Sírveme un poco más a mí, corazón —pidió Neska.
    Aitor volcó el Rioja sobre la copa vacía.
    —Voy por más pan, tragaldabas —dijo la muchacha que se levantó y al pasar junto a su pareja le besó. Viktor se removió incomodo en la silla.
    —Cuñado, normalmente no eres el alma de la fiesta pero hoy estás que te sales.
    Viktor alzó la mirada del plato, taladró con ella al hombre que se sentaba frente a él.
    Oyó la carcajada de Neska en la cocina. No estaba de humor para las puyas de esos dos. Otro domingo cualquiera hubiese disfrutado como el que más, habría respondido a los piques con su habitual sarcasmo y se deleitaría viendo los arrumacos que la pareja se prodigaba. Pero hoy no. Decididamente no.
    Andaba con un humor de mil demonios desde que al salir de la ducha se encontró con que ella había desaparecido sin despedirse siquiera.
    —Por lo visto la chica te ha dejado tocado —observó Aitor.
    —¿Qué chica? —preguntó curiosa Neska que no perdía detalle de lo que ocurría en el salón.
    —No hay ninguna chica —masculló Viktor entre dientes fulminando a su cuñado con la mirada mientras éste se regodeaba ante su apresurada respuesta.
    —Pues tú dirás lo que quieras pero o tienes una enfermedad muy rara y tenemos que llevarte ahora mismo al hospital…
    Viktor miraba ceñudo y sin comprender una palabra de lo que decía a Aitor. Neska se quedó clavada en el sitio, junto a la puerta del salón, sujetando el cesto de pan y con los ojos abiertos de par en par.
    —…o lo que tienes en el cuello es un chupetón.
    La carcajada de Neska estalló, seguida por la de su pareja. Viktor se llevó la mano al cuello justo dónde la marca rojiza destacaba en él.
    Recordó el momento. Irene apretó su boca contra su cuello para ahogar los gemidos de su segundo orgasmo. O eso, al menos, había pensado él hasta ahora.
    Su hermana se acercó con rapidez hacia dónde él se encontraba y con un manotazo despegó sus dedos de la señal.
    —Sí señor —confirmó Neska— y recientito además. Cuenta cuenta —exigió al sentarse en la silla.
    —No hay nada que contar.
    —Así estás tú hoy, que hay que hablarte con tarjeta —cizañó la mujer.
    —No estoy de ninguna manera. Como siempre.
    —Si tú lo dices —subrayó su hermana.
    —Bueno ¡ya está bien! —explotó Viktor dando un puñetazo a la mesa—. Como cojones queréis que esté si me ha dejado plantado por segunda vez.
    Dos pares de ojos le miraron estupefactos.
    —No me lo puedo creer —admitió Neska.
    —Pues créetelo —comentó con acritud Viktor.
    —Esto es muy fuerte —indicó Aitor.
    —Y tanto que lo es —y sin apenas darse cuenta les relató los acontecimientos del fin de semana—. Y esto es lo que ha ocurrido.
    —Quiero conocer a esa mujer —manifestó Neska.
    —Y yo —dijo Aitor.
    —No creo que sea posible. Además ¿para qué? Yo sé arreglar mis propios asuntos.
    —No tan deprisa hermanito. Es para decirla que soy su más devota y absoluta admiradora.
    —¿Qué?
    —Que ya era hora de que te diesen a probar tu propia medicina —explicó Neska—. Has tenido todas las mujeres que te han apetecido. Todas te han bailado el agua. Ya era hora de que encontrases la horma de tu zapato.
     La carcajada de Aitor resonó en la sala.
    —Esa es mi chica —declaró con deleite mientras la tomaba entre sus brazos y la estampaba un beso en los labios.
    —Es que algunos nada y otros demasiado —aclaró—. Y tú no te rías tanto de mi hermano porque si no llega a ser porque te lo puse en bandeja aún iríamos cogiditos de la mano por el parque.
   Ahora le tocó a Viktor reír. Tras unos segundos, la pareja se le unió.


    Durante el café, Neska no dejaba de darle vueltas a un comentario de su hermano.
    —Viktor.
    —¿Hm?
    —¿Por qué dices que es imposible que conozca a Irene?
    —No se nada de ella. Ni teléfono ni dirección. Nada.
    La chica puso los ojos en blanco.
    —De verdad hermano que serás un hacha localizando a la siguiente estrella del rock pero es que no te enteras de nada.
    —A ver, ilumíname tú que eres tan inteligente.
    —Pregúntale a Nicolai —adujo.
    —¿Qué le pregunte a Nico?
    —Nico-Marisa, Marisa-Nico —al ver que su hermano no entendía nada explicó—. ¿No están enrollados esos dos?
    —Parece ser que sí.
    —Pues Nico tiene que saber el teléfono o la dirección de Marisa. Si ésta es amiga de Irene…
    Viktor la miró asombrado. ¡Mierda! Y tenía que ser su hermana quién tuviese que darle lecciones a él. Había tenido la respuesta todo el tiempo y no había caído en ella.
    Su mente comenzó a elucubrar con rapidez. Una sonrisa radiante iluminó el rostro de Neska al comprobar cómo los ojos verdes de su hermano relucían de nuevo.

Cuero, besos y rocanrol (continuación VII)

lunes, 6 de enero de 2014

CUERO, BESOS Y ROCANROL (continuación V)

Pero no desaparecieron, al contrario, el hormigueo que sentía en su bajo vientre iba creciendo por momentos. Sobre todo cuando entre los dos recogieron los pocos utensilios utilizados y sin querer rozaron sus manos.
Los latidos de su corazón se aceleraron, expectantes. Deseaba que Viktor le tomase entre sus brazos y devorase con un beso salvaje sus labios. En respuesta a esta idea notó como se humedecía. Si seguía dejando que su imaginación tomase el control sería ella misma quien tomaría cartas en el asunto… Y ¿por qué no? Una sonrisa maliciosa asomó a sus labios.
Él se hallaba de espaldas, colocando el cepillo y el recogedor en el mueble de donde los había sacado. Sigilosa se acercó hasta Viktor y pegando su cuerpo al de él le rodeó con sus brazos. Acarició por debajo del chaleco la amplia espalda, notó como los músculos se tensaban y que él intentó girarse pero afianzó sus pies y le acorraló contra el mueble. Este era su momento y pensaba disfrutarlo de lo lindo.
Sus manos se deslizaron hacia los costados, arañando, tenues la piel. Resiguió con la yema de los dedos los marcados abdominales  y ascendió hasta los pezones que rozó y pellizcó hasta hacerlos endurecer.
La respiración de Viktor era agitada, sus manos apretaban con fuerza el mueble contra el que ella le tenía cercado y se dejaba hacer, disfrutando de cada caricia de sus manos.
Se separó de él para deshacerse del chaleco que lanzó a sus espaldas y sus manos fueron hacia el cinturón mientras movía sinuosas, contra las nalgas de él, sus caderas.
Desabrochó uno a uno los botones del pantalón e introdujo, osada, la mano en busca de lo que intuía habría respondido a sus caricias.
Lo encontró. Duro, erecto. Lo palpó a través de la licra de la ropa interior. Viktor no pudo evitar el gemido que emergió de su garganta. Las tablas del mueble crujieron contra las manos de él.
Deslizó la mano entre los bóxer y tomó entre sus dedos el miembro rígido que masajeó con deleite.
—Irene —siseó entre dientes el hombre.
Ella rió traviesa. Acariciaba el pene mientras con su otra mano enardecía los pezones masculinos.
Probó con la lengua la piel de la espalda. Depositó suaves besos sobre ésta. Tentando. Provocando, se desplazó hacia un costado y mordió.
Fue la gota que colmó el vaso. Viktor se giró sin que Irene pudiese evitarlo, quedó sorprendida por unos segundos que él aprovechó para alzarla sobre sus brazos y devorar esos labios con pasión.
La sujetó con firmeza contra sus caderas que ella rodeó con sus piernas y de varias zancadas se aproximó a la isla donde apoyó las nalgas de ella contra el borde.
La afianzó con sus piernas mientras con lujuria la despojaba de la chaqueta que se unió a su chaleco.
Devoró con vehemencia los labios de ella hasta que los notó hinchados, separó con desgana su boca de la de ella para lamer el lóbulo de la oreja, las uñas de ella se clavaron en sus costados como respuesta y él comenzó a desanudar la cinta de la espalda femenina.
¡Dios! llevaba soñando con ese momento toda la noche. Acarició la tibia piel y tiró de la tela hacia adelante, liberando los senos donde los pezones, erectos esperaban sus caricias.
Los lamió, saboreó cada uno de ellos hasta que doblaron su tamaño y los gemidos de Irene invadían el silencio de la cocina.
Con suavidad, la tumbó sobre la encimera. La fría superficie la hizo respingar pero Irene no se movió del sitio.
Deslizó su lengua sobre el vientre femenino, dibujando abstractas figuras, sus dedos desabrocharon el pantalón de la mujer que elevó las caderas ayudándole para que estos cayesen a sus pies.
Se deleitó paseando la mirada por el cuerpo de Irene. El encaje de la ropa interior dejaba entrever su pubis  recortado. En un asomo de timidez ella intentó cubrirse pero él sujeto con firmeza las muñecas contra la encimera. Y se perdió en el aroma íntimo de ella.
Jugó con su lengua a través del calado de la atrevida prenda. Notó la humedad que la empapaba y quiso degustar tan sabroso bocado. Soltó las manos de ella y se deshizo del tanga.
Ella quedó totalmente expuesta a él. Su miembro pegó un latigazo contra el bóxer cuando el brillo de esos labios, hinchados, le confirmó lo excitada que estaba.
Se hundió en ella. Saboreó con deleite. Se empapó de su fragancia, de su esencia. Las manos de Irene sujetaban su cabeza contra el pubis. Los gemidos de ella hacían que los latidos de su corazón galopasen desbocados.
Se ayudó de los dedos para darle más placer. Ella los aprisionó. Amoldó el ritmo de las caderas a los movimientos de él en su interior. Notó como alcanzaba el punto álgido donde ya no había marcha atrás y sucumbió a las oleadas de placer.
Viktor libó hasta saciarse. Hasta notar la laxitud en el cuerpo femenino. Pero la noche era larga. Muy larga.

Cuero, besos y rocanrol (continuación VI)

CUERO, BESOS Y ROCANROL (continuación IV)

    Ya en el exterior Irene maldijo en alto.
    —¿Qué ocurre?
    —Marisa tiene las llaves del coche. Quedamos en que sería yo la que lo utilizaría.
    Él la estudió y con una sonrisa de suficiencia, la agarró de la mano, entrelazó los dedos con los de ella y tiró de su cuerpo para que le siguiese.
    Rodearon el muro de la discoteca. Hasta llegar a una puerta de hierro que les dio acceso a uno de los laterales. Varios coches se hallaban aparcados allí y bajo la luz de un foco Irene pudo leer Acceso del personal, pero ellos siguieron avanzando, rodeando el edificio.
    Una luz roja al fondo la informó que habían llegado al callejón del día anterior. Y como dedujo allí estaba la potente moto de Viktor. Sus pasos se volvieron más renuentes al escucharle decir:
    —Hoy sí que vas vestida adecuadamente —sonrió con sorna al ver reflejado el miedo en la cara de ella.
Irene negó. Si no se sentía cómoda conduciendo menos en una moto.
    —Tengo dos cascos y creo que el de reserva te valdrá, lo único que tendrás que deshacer tu peinado.
    —Viktor es que a mí no me gustan las motos.
    —Eso, preciosa, es porque no has probado demasiado la potencia entre tus piernas.
    Los ojos de él se posaron en un punto por debajo de su cintura, la sonrisa  se acentuó en sus labios y la respuesta de ella no se hizo esperar. Le dio un manotazo, sin fuerza, en el hombro.
    —Idiota.
    Le encantó la risa profunda de él que reverberó en las paredes del callejón.
    —Anda vamos.
    Las largas zancadas de él se dirigieron hacia un auto estacionado más allá de los contenedores. La agresiva trasera del vehículo mostraba la matrícula y en el lateral izquierdo, en color plata, Q7, unos aros se entrecruzaban en el centro. Irene reconoció la marca.
    Era negro mate, a excepción, de una banda de color antracita que atravesaba el coche a lo ancho.
    Viktor la tomó por el codo, acompañándola hacia el asiento del copiloto. Activo el sistema de apertura y abrió solícito la puerta. Irene se deslizó en el interior, él rodeó el vehículo por la parte delantera y segundos después se sentaba a su lado. Sacó del bolsillo de su cazadora una tarjeta que introdujo en el salpicadero.
    El sonido del motor al arrancar hizo que sus manos buscasen el cinturón de seguridad.
    Viktor aproximo esa belleza al portón. Echó el freno de mano y se aproximo al panel de abertura de este. Minutos después se encontraban rodando a través del tráfico de la capital.
    La aguja del velocímetro se movía irregular rozando, a veces, el exceso de velocidad en ciudad. Tensó los puños a los lados del asiento de piel.
    Viktor observaba por el rabillo del ojo todos sus movimientos. Decidió poner algo de música para distraerla. Por los altavoces del habitáculo comenzó a sonar la suave voz de una mujer, aunque los instrumentos sonaban similares a rock duro Irene quedó subyugada por la vocalista.
    La comisura de los labios de Viktor dibujó una sonrisa al ver como ella relajaba su cuerpo y llevaba el compás de la batería con los pies.
    —El grupo es Evanescence. La canción Bring me to life.
    —Suenan genial.
    —Sí.
    —¿Éstos los llevas tú? —se arrepintió al momento que la pregunta surgiera de sus labios.
    La noche anterior no habían hablado de sus vidas. Tan solo sabían sus nombres y que se sentían atraídos irremediablemente. Decidió ser sincera.
    —Marisa, mi amiga…
    —Sé quién es.
    —Ella estuvo anoche con Nicolai. Mejor dicho ellos…
    —No hace falta que me expliques más, conociendo a Nico, presupongo que habrá hablado de más, le pierden las faldas.
    —Desconozco que hablaron entre ellos, solo sé que Marisa te reconoció y si he de ser sincera al comentarme quién eras busqué por la red información sobre ti.
    —Ya —fue la escueta respuesta de él.
    —Y sinceramente es una pena, tanto que ella me hablase de ti como que yo cotilleara sobre tu vida.
    Él giró la cabeza para mirarla unos segundos, sorprendido preguntó:
    —¿Por?
    —Porque ahora te quedará la duda de cuál es el motivo por el que en este momento me encuentro aquí-.
Como él no respondió, su silencio reafirmó estas palabras a ojos de Irene.
    —No busco nada de ti —carraspeó para continuar—. No puedo negar que la atracción sexual existe entre nosotros. Y ¿sabes? ¿Por qué no voy a poder darme una alegría al cuerpo? Supongo que bastaran unos cuantos encuentros como los de esta mañana para que ambos nos cansemos mutuamente el uno del otro.
    Estudió el perfil del hombre, atento a la carretera, antes de concluir.
    —Y borrón y cuenta nueva. Eso es lo que pienso.
    —Supongo que tienes razón —Viktor aceleró, su voz sonó tensa al responder.
    Pero las palabras de ella le escocieron, más de lo que quiso reconocer.


    Irene reconoció el edificio, pero esta vez entraron al interior a través del garaje, donde Viktor aparcó el coche.
    Tomaron el ascensor que les llevó al loft de él.
    Viktor permanecía callado desde su confesión. Suspiró resignada. No tendría que haberse sincerado de esa manera.
    Ya se lo advertía su madre. Las mentiras piadosas, algunas veces, eran preferibles pero ella no estaba para nada de acuerdo.
    Llegaron a la planta de su piso. Él tecleó el número de seguridad y la puerta se deslizó, silenciosa.
    —¿Tienes hambre? —la voz de Viktor le sacó de sus pensamientos.
    —Un poco —admitió—. No he tomada nada después del helado de chocolate.
    —¿Helado de chocolate? ¿En pleno invierno?
    —Tarde de lectura —ante la extrañeza de él,rió pero no le sacó de su desconcierto.
    Al comprobar que no iba a conseguir más explicaciones, con un encogimiento de hombros Viktor dejó la tarjeta-llave sobre un cuenco del recibidor y se encaminó hacia la cocina. Irene le siguió.
    —Tenemos espaguetis a la boloñesa, rosbif de pavo, una tabla de quesos, otra de patés…¡ah! Y salmón ahumado —enumeró al abrir la nevera de donde tomó un botellín de cerveza mostrándole otro que ella aceptó—. Y ¿bien?
    —El queso y los patés me parece perfecto.
    —Pues manos a la obra.
    Sacó del frigorífico ambos packs, los abrió con ayuda de un cuchillo, colocó un plato del revés sobre los quesos y con un giro de muñeca volteó éstos sobre el cristal.
    —¡Voila! —sonrió feliz mientras ofrecía la fuente a Irene y señalaba la mesa lacada en blanco que se hallaba en un lateral de la cocina—. En el cajón hay manteles individuales y allí —y señaló otros cajones situados en la enorme isla central— cubiertos. Los vasos los encontrarás sobre el mueble del fregadero.
    —Prefiero en botella, gracias —pero se acercó a por los cubiertos una vez hubo colocado los protectores de bambú.
    Dejó los cuchillos y tomando su cerveza le dio un largo trago.
    Viktor le observaba extasiado. Vestida con su elegante conjunto bebía sin reservas a morro. Esa mujer no dejaba de sorprenderle.
    Hizo la misma maniobra anterior con la tabla de patés. Las porciones quedaron en el plato, a excepción de una.
    —Y ¿tú? —espetó juguetón a la rebelde pieza.
    —Se te resiste —rió Irene.
    —Eso ya lo veremos —y sacudió con energía el recipiente de plástico intentando desprender el paté.
    —Yo que tú no haría eso.
    —¿Por? —su mano no dejaba de zarandear el pack.
    —Porque…—antes de poder terminar la frase la pequeña porción salió disparada  y fue a caer… contra la pechera de Viktor y de ahí al suelo.
    Irene estalló en carcajadas.
    —Por eso —consiguió decir al cabo de unos minutos.
    Una sonrisa de circunstancias asomó a los labios de él.
    —¿Te importa recoger esto? Subo a cambiarme. Creo que Neska guarda papel absorbente por algún lado. Búscalo sin problemas —y desapareció.
    ¿Neska?¿Quién sería esa Neska? ¿La dueña de la cazadora? Además ¿sabía dónde se encontraban los utensilios en esa cocina? Desechó esos pensamientos mientras buscaba el dichoso papel de cocina que apareció, al fin, tres muebles más allá.
    Tomó un buen puñado de papel del rollo, lo humedeció y recogió lo mejor que pudo el pequeño estropicio. Se hallaba agachada secando la señal de agua del suelo cuando en su campo de visión aparecieron las perneras del pantalón de Viktor.
    Levantó la mirada y casi deja caer el papel al suelo. Viktor se había soltado su larga melena, sus tejanos eran los mismos, al igual que el chaleco pero bajo este, donde había estado la camisa, no había nada. Su torso se hallaba desnudo. Tragó saliva para deshacer el nudo que, de repente, había nacido en su garganta.
    Paseó la mirada por el atlético cuerpo al tiempo que se alzaba, con lentitud, y quedaba frente a él. Se imaginó acariciando ese cuerpo, sintiendo bajo la palma de sus manos la dureza de esos músculos. La calidez de la piel masculina. Dibujó con su mente el camino que sus dedos recorrerían desde los pectorales hasta donde la línea suave de vello se perdía.
    Volvió su mirada hacia el rostro, dónde los labios sonreían abiertamente, divertidos.
    Viktor tomó de la paralizada mano de Irene el estrujado papel y se alejó de ella. Deslizó un mueble y tiró al interior los restos del paté.
    —¿Cenamos? —propuso y colocó en un cestillo distintos tipos de panes y picos—. ¿Otra cerveza o prefieres vino?
Irene salió de su estado al oírle preguntar.
    —Cer-cerveza —carraspeó para centrar sus pensamientos—Prefiero no mezclar.
    Él tomó las bebidas de la nevera y se sentó frente a uno de los manteles. Ella le imitó.
    Tras varios minutos en silencio donde se dedicaron a untar sus tostadas Irene por fin rompió el silencio.
    —¿Quién es Neska?
    Él alzó sus verdes ojos del pan y se enfrentó al oscuro iris de ella.
    —Viene de vez en cuando. Rellena los armarios con lo que parece bien y vuelve a desaparecer —explicó y de un solo bocado metió el canapé en su boca.
    Irene lo imitó pero solo mordió una parte del mismo.
    —Delicioso —comentó—. Pero aún no has respondido a mi pregunta.
    Él alzó las cejas y tomó un trago de su cerveza. Dejó esta sobre la mesa.
    —¿Tan importante es?
    —Sí —confirmó.
    —¿Cambiaría algo entre nosotros?
    —Probablemente —respondió tensa.
    Él estudió sus gestos. El rictus de sus labios, las manos que nerviosas jugaban con la botella. Sonrió para sí. Desde luego para ser una mujer que tenía tan claro que lo suyo era pasajero su lenguaje corporal decía todo lo contrario.
    Se regocijó en ese pensamiento porque él desde que habían abandonado Kid Grimp tenía muy claro que no la dejaría escapar.
    Deslizó su mirada por la piel de su escote. Deseaba terminar la cena para despojarla de la chaqueta y deshacer con sus manos el intricado cordaje de su espalda y dejar sus senos al descubierto.
    Deseó tenerlos entre sus manos, lamer y morder esos montículos rosáceos que enardecían sus sentidos.
Oírla suspirar, gemir, bajo el peso de su cuerpo.
    Un latigazo entre sus piernas fue lo que hizo que detuviese las frenéticas imágenes de su cerebro.Recolocó las posaderas en la silla con el fin de aliviar la tensión de su bóxer y contestó.
    —Es mi hermana pequeña. Bueno, la única que tengo. Es soltera. Vive aquí en la ciudad en un piso, con Aitor, su pareja. Ella aún está en la universidad, estudia para abogado. Aitor es arquitecto.
    Su corazón comenzó a latir de nuevo. O al menos eso fue lo que le pareció. Al escuchar las explicaciones de Viktor. ¡Su hermana pequeña! Le dieron ganas de reír como una loca ante sus miedos.
    Inspiró profundo para calmar sus latidos y tomó con el tenedor un trozo de queso. Lo masticó lentamente junto a un pedazo de pan. Sus pensamientos rumiaban a la vez que su mandíbula.
    ¿A qué venía ponerse así? ¿No le había dejado claro que ella no estaba interesada en él? ¿Qué lo suyo serían encuentros sexuales donde los sentimientos y el corazón no tenían cabida?
    «Así que ya podéis ir desapareciendo por donde habéis venido» les dijo mentalmente a las mariposas que revoloteaban por su estómago. Pero estas, como respuesta, aceleraron el aleteo de sus hermosas alas.

Cuero, besos y rocanrol (continuación V)