sábado, 29 de noviembre de 2014

MISIÓN: DESEO (continuación VI)

 

    Estaba molida. La semana había sido caótica. Tras el éxito obtenido no había dejado de recibir ofertas. No se decantó por ninguna, necesitaba sopesar cual le interesaba más y para su asombro entre los posibles clientes se encontraba la revista de la cual había sido despedida de tan mala manera. Deseaba verse cara a cara con Pedro.
    Sentada, disfrutando de un merecido relax, escuchó el sonido del whassapp. Cogió el móvil deseando que fuera Adam, llevaba más de siete días sin saber de él.
    Irina: Me ha llegado el rumor de que vienes a la redacción. ¿Por fin la famosa fotógrafa nos va a dignar con su visita?
    Rió las palabras de su amiga.
    Alex: Eres una mala pécora envidiosa. Y sí, veo que radio cotilla sigue teniendo buena antena.
    Irina: No lo sabes tú bien. Entonces ¿me guardarás el almuerzo para que pueda disfrutar de tu compañía? Esto está muy aburrido sin ti. Echo de menos tus trastadas y los rugidos del jefe echándote la bronca.
    Alex: Ya veo todo lo que me quieres. Pero no te preocupes, ya estoy buscando un buen sustituto, ya tengo echado el ojo a alguien.
    Irina: Eres una puerca asquerosa ¿Cuándo pensabas decírmelo?
    Alex: Yo también te quiero. No hay que decir aún…Bueno, unos cuantos arrumacos, una visita a mi casa…
    Irina: ¿Te lo has beneficiado? ¡Y yo sin enterarme! Que sepas que con esto quedas desheredada.
    Alex: jajajaja. No creo que yo pueda caber en ninguno de tus lujosos vestidos. Y no me he tirado a nadie pero ganas me han quedado.
    Jadeó. ¿Acababa de escribir ella eso? ¿Cuándo había sentido esa necesidad? Fue franca consigo misma. En todos y cada uno de los encuentros que había tenido con Adam pero por lo que parecía él debía de estar muy entretenido en su país natal porque no había vuelto a tener noticias suyas. ¡Menos mal que la echaba en falta!
    Un nuevo mensaje de su amiga le sacó de sus pensamientos. Abrió la pantalla para leerlo.
    A.W.: He vuelto. Nos vemos pronto.
    Parpadeó sorprendida. Ni un: hola, ¿qué tal te ha ido? Ni una explicación por su silencio. Pues iba listo si pensaba que caería de rodillas ante él si la llamaba para esa cena prometida.


    —No es una claudicación, tan solo voy para aclarar mis dudas sobre lo que siento por él —se repitió.
    Dudas que antes no tuviera y que aparecieran después del almuerzo con Irina.
    El director de su antiguo empleo se había entrevistado con ella, le había hecho una jugosa contra-oferta. Se hallaban en plena reunión cuando Pedro, su redactor-jefe había entrado en el despacho. Se disculpó ante ella y supo, porque le conocía bien, que era sincero.
    Tras decir a ambos hombres que pensaría la propuesta fue en busca de Irina a su mesa de trabajo, no sin antes ser saludad por casi todos sus compañeros y felicitada por sus logros.
    Sentadas en una de las mesas de su cafetería preferida Alex respondió el tropel de preguntas de la otra mujer.
    —No te engañes —comenzó a decir Irina que se demoró unos segundos para degustar la primera cucharada de la tarta del postre—. Tú no eres de las que se acuestan con el primero que se les presenta —prosiguió—. Por mucho que ese primero sea un embajador, proveniente de una de las mejores familias londinenses y además de ser aristócrata esté para chuparse los dedos.
    —¿Qué quieres decir? —entrecerró sospechosa los ojos.
    —¡Oh, vamos Alex! Que serás una intrépida y maravillosa reportera gráfica pero que eres un pelín cerrada de miras en lo que respecta a los tíos.
    —Eso no es cierto —protestó vehemente.
    Irina puso los ojos en blanco.
    —Dime ¿con cuantos hombres te has acostado en los últimos meses? —Interrogó al tiempo que rebanaba el plato con la cuchara— ¿Y bien? —inquirió al ver el silencio de la fotógrafa.
    —Estoy pensando —refunfuñó Alex.
    —Está bien. Aumentaremos el margen. En el último año —y levantó inquisitiva su perfecta y delineada ceja.
    —arrswgft-uno.
    —¿Uno? —Exclamó Irina—. En doce meses ¿uno?
    —Ninguno —siseó Alex—. Pero he de recordarte que mis continuos viajes no me han permitido profundizar en ninguna relación.
    La risa de satisfacción de Irina le pilló por sorpresa.
    —Vaya. Muchas gracias.
    —Lo ves. Eres una, lo que dirían ellos, estrecha.
    Bufó irritada.
    —Y lo que más me molesta es que no me puedo creer que  yo te sirviera en bandeja de plata ese bombón.
    —Te recuerdo que fue por culpa de ese adonis por lo que me despidieron.
    —Más a mi favor. Le haría pagarme en carne semejante agravio —y se relamió. Alex no supo si porque acababa de terminar el último resquicio de chocolate del postre o porque se imaginaba con Adam en un apasionado encuentro. Frunció el ceño enojada por este pensamiento.
    —Yo que tú le daría la oportunidad de explicar su silencio, si no te convence luego puedes pasarle mi número de teléfono. No seré yo quien le niegue consuelo.
    Tuvo que reírse a la fuerza. Su amiga estaba loca. Pero quería a esa chiflada y sus chifladuras.
    —¿Lo harás? —preguntó a sabiendas que Alex estaba a punto de claudicar.
    —¡Está bien pesada! Con tal de no oírte.

    Y allí estaba, de nuevo, intentando no enseñar más de lo debido por el estúpido vestido de Irina. Estúpido vestido, estúpidos zapatos y patética y diminuta cartera de mano.¿Qué se llevaba ahí, solo aire? Miró de reojo su mochila apoyada sobre sus cómodos vaqueros y bajo estos sus botas de serraje.
¿Por qué demonios tenía que disfrazarse de algo que no era?
    Y la culpa la tenía su mejor amiga. Le había hecho prometer que en cuanto supiera el restaurante donde Adam pensaba llevarla se lo haría saber y ella había caído como una pardilla.
    —¡Guau! —Exclamó la periodista de prensa rosa—. Muy exclusivo.
    —No me lo digas —gimoteó a la hilarante Irina.
    —Tendrás que vestir de manera adecuada.
    —He dicho que no me lo dijeras —gruñó.
    —Y estás de suerte. El maître es amigo mío. Le diré que os ponga en una de las mejores mesas.
    —¿Amigo tuyo? —masculló Alex.
    —Sí, y además gay.
    —No me interesan sus preferencias sexuales.
    —Pero a mí, sí. Te puedo asegurar que me informará de todo. En cuanto le mande una foto de tu adonis.
    —No serás capaz.
    Ignorando la amenaza Irina continuó la perorata.
    —Así estaré bien segura de que en el último momento no te arrepentirás y —alargó la conjunción— llevarás puesto lo que yo elija. Ya tengo una ligera idea.
    Alex casi podía escuchar, a través del teléfono, la maquinaria del cerebro de su amiga.
    —¿Aún conservas el mantón de tu abuela?
    —Sí ¿por?
    —Vuelven a estar de moda. Será mejor que lo airees unos días antes. No querrás ir oliendo a moho.
    —Mi ropa no huele a moho —protestó.
    —Paso palabra.
    —¡Imbecil!
    —Te quiero. Chao.
    Cuando días después el coach shopping de tres al cuarto que era su amiga se presentó con la vestimenta, se negó en redondo.
    Irina resoplaba a la espera de que ella saliera de la alcoba.
    —Si casi se me ve el ombligo —gritó a través de la puerta—. ¿Te has propuesto que me suicide? Esto no son tacones son andamios.
    —Deja de protestar arquitecta de pacotilla y sal para que te vea.
    Con un gruñido de frustración salió. Los ojos de Irina se abrieron sorprendidos. Inspiró hondo a la espera de una reprimenda. Seguro que se había puesto el vestido del revés pero los escotes en V de ambos lados de la prenda no ayudaban para nada.
    —¡Estás tremenda! ¡Guapísima!
    Suspiró tranquila.
    —Ponte el mantón de tu abuela —ordenó Irina al tiempo que le alargaba este—. ¡No, así no! Cógelo por los extremos —aclaraba—. Pero ¡con más gracia! ¡Ay Dios, das mocos a quien no dispone de pañuelos!
    Y allí estaba, sentada al borde de la silla para no arrugar el vestido, subida a un noveno piso, como mínimo, de piel y esperando a que Adam hiciera acto de presencia.
    El interfono sonó.
    —¿Sí?
    —¿Estás preparada?
    —Sube.
    Al escuchar el timbre limpió el sudor de sus manos en el vestido, tan solo esperaba no haber dejado marcas y abrió.
    Allí estaba él. Y estaba guapísimo con su elegante traje de tres piezas.
   —Un segundo —e hizo hueco para que el hombre entrara.
    Los altos tacones resonaban por el pasillo. Se cuidó bien de no trastrabillar y estropear los movimientos de sus andares infinitamente ensayados.
    Desapareció en busca del mantón, lo colocó sobre sus hombros anudándolo tal y como Irina le había enseñado, o al menos eso esperaba, tomó el minúsculo bolso y salió al salón en busca de Adam. Pero no estaba.
    ¿Habría entrado al baño? Giró el rostro hacia la puerta pero esta seguía tal y como ella la había dejado. Entreabierta y el interior a oscuras. ¿Dónde demonios se había metido ese hombre? el carraspeo de él junto a la puerta principal la sacó de dudas y asomó la cabeza.
    —¿Qué haces ahí?
    Sentía la mirada de él deslizarse por toda su figura. Podía ver el brillo de esos ojos. La intensidad.
    —¿Qué haces? —susurró.
    —Disfrutar.
    —¿Disfrutar?
    Él asintió.
    —Deleitarme con las vistas.
    —Me estás poniendo nerviosa —la voz en un hilillo.
    —Ven —ordenó él en un susurro ronco—. Quiero volver a contemplar cómo te mueves.
    Alex pudo ver la mirada de deseo. Como él, inconsciente, se pasaba la lengua por el labio inferior. Un calor sofocante irradió por todo su cuerpo.
    —Alex —llamó Adam.
    Antes de que el valor le abandonara del todo acercó sus pasos hacia él. Sin percatarse de lo femenina y sensual que se la veía.
    Quedó a escaso medio metro del hombre. Alzó los ojos para quedar a nivel de los de Adam. Podía ver como la negra pupila se había agradado en esos océanos. Las aletas de la nariz ligeramente dilatadas, sus tentadores labios entreabiertos. Deseaba besarle. Sin advertirlo eliminó el espacio que los separaba.
    Las manos de Adam la tomaron de la cintura, abrasándola al contacto. Inspiró el aroma que emanaba de él. Los latidos de su corazón se desbocaron. Anhelaba perderse en esos labios. Acerco los suyos, maquillados, pero en el último segundo él retiró el rostro para posar, en un erótico beso, estos sobre su cuello.
    Se aferró a las solapas de la chaqueta y dejó caer su peso sobre él. Las piernas apenas le sostenían.
La boca de Adam recorría la piel de su cuello, sintió como su lengua dejaba un húmedo y ardiente camino sobre este, y se movía en busca del lóbulo de la oreja que mordió, sutil, tentador.
    Las manos masculinas afianzaron sus caderas, aproximándolas a las de él, donde apreció una dureza, fiel testimonio de que Adam también la deseaba.
    —No quiero estropear el maquillaje de tus labios —susurró ronco sobre su oreja—. Y será mejor que nos vayamos, el chofer espera y a Dios gracias porque ten por seguro que si no fuera así no escaparías —y tras murmurar esto la soltó, renuente.
    Alex volvió a respirar, al menos recordaba cómo hacerlo porque sentía el cerebro embotado por la pasión. Adam, tomándole de la mano, le hizo girar sobre sí misma.
    —Muy española —comentó con una sonrisa en los labios.
    Sonrió al mismo tiempo que le estudiaba a él.
    —Muy británico.
    Minutos después abandonaba la barriada en el lujoso coche diplomático.




    Sentada sobre el cuero del asiento veía pasar la ciudad a gran velocidad. El chofer había tomado los túneles de la autopista que circundaba la capital y ahora cogía la salida hacia uno de los más lujosos barrios del centro.
    —Le llamaré cuando vuelva a necesitarle Julián —despidió Adam al conductor frente al restaurante— ¿Vamos? —y tendió la mano, gentil, para ayudar a bajar a Alex—. Voy a ser la envidia de todos los hombres —susurró sobre el rostro de la fotógrafa y besó, pícaro, la punta de su nariz.
    Se ruborizó, él entrelazó los dedos con los suyos y tiró de ella hacia la entrada. Les recibió el maître que tras un atril preguntó el nombre de la reserva. Confirmada esta dos ayudantes tomaron sus prendas de abrigo y les condujeron a un reservado.
    Adam acompañó la silla donde se sentó para después sentarse frente a ella.
    —¿Cómo ha ido todo en este tiempo? —preguntó jugueteando con los dedos de Alex.
    —Bien.
    —¿Solo bien?
    Necesitaba soltarse de esa mano si quería tener pensamientos coherentes. Hizo amago de ello pero Adam sujetó con más firmeza sus dedos. Carraspeó y tras unos segundos respondió.
    —He recibido multitud de ofertas después de nuestro trabajo conjunto.
    —Tu trabajo —rectificó.
    —Tú aportaste los pie de foto, y no solo eso, elegiste todo el álbum.
    —Sí, de acuerdo —consintió el embajador— pero tú eres quien plasmó toda la esencia del lugar, de la gente.
    —Buenas noches —saludó, de nuevo, el maître con voz afeminada—. Bienvenidos a Un Péché donde les tentaremos con nuestros platos. Soy François, responsable de que esta noche sea deliciosa.
    Los ojos del jefe de mesas no se despegaban de su acompañante.
    —Buenas noches François. ¿Nos recomienda algún plato en especial?
    Tras nombrar algunas de las especialidades y elegir un vino que acompañase a los platos elegidos François se despidió de ellos, no sin antes guiñar, cómplice, un ojo a Alejandra.
    El amigo de Irina se alejó contoneando las caderas, casi había devorado a Adam con la mirada pero el embajador no parecía haberse inmutado. Debía de estar acostumbrado a este tipo de reacciones por ambos sexos.
    —Le ha faltado sentarse en tus rodillas —comentó.
    Él rió ante el comentario.
    —¿Siempre ejerces este efecto en las personas? —la pregunta escapó de sus labios.
    El rostro del político se tornó serio. Elevó una negra ceja a modo de interrogación.
Se removió nerviosa. Ella y su bocaza. Como él esperaba una respuesta por su parte tragó el nudo de su garganta antes de responder.
    —Me refiero a que todos se sienten atraídos por tu presencia. Pareces impresionar a cualquiera, sea quien sea.
    —¿Y a ti te intimido? En la actualidad eres la única persona de la que realmente me importa la respuesta.
    La sinceridad y el mensaje de las palabras le golpearon. Decidió hacer lo mismo.
    —A veces.
    Un gesto contrariado cruzó el semblante del hombre.
    —No me asustas —aclaró—. Es más —y calló.
    —¿Más? —invitó a que prosiguiera.
    —Aún no tengo muy claro los sentimientos que provocas en mí.
    El brillo en la mirada de él la subyugó al igual que la enigmática sonrisa.
    —En eso, querida mía, discrepamos. Yo sí tengo muy claro lo que tú me haces sentir —y acarició el interior de la muñeca—. Y ahora disfrutemos de la cena —comentó al ver aproximarse a los camareros.
    Le quedó nítido el porqué él era diplomático. A partir de ese momento su relación quedó relegada a un segundo plano. Hablaron sobre la vida social a la que se veía obligado un embajador. Le contó divertidas anécdotas. Cuál era el verdadero papel de un representante a la hora de suavizar los roces entre los países.
    Ella a su vez le contó cuando recibió como regalo de Reyes su primera cámara fotográfica. Como plasmaba con ella todo aquello que llamaba su atención. Su carrera universitaria. Los primeros trabajos como becaria y como poco a poco se había ido haciendo hueco dentro de la profesión.
    —Y ahora con este último trabajo puedo decir que al fin veo los resultados a todos los esfuerzos de estos años.
    —Te lo mereces —afirmó Adam. Tomó la copa de vino entre los largos dedos y la alzó—. Brindemos por todos los éxitos que te auguro.
    —No hubiera sido así sin tu ayuda. Y no, no admito replicas —y alzó también la copa que chocó con delicadeza contra la de él dando un largo trago después—. Espero que el vino no se me suba a la cabeza, no soy muy buena compañera estando ebria.
    —¿No?
    Negó.
    —Me da por discutir.
    La carcajada de él resonó en el íntimo espacio.
    —¿Aún más?
    —Y después por ponerme cariñosa.
    Los ojos de Adam brillaron maliciosos
    —¿Te sirvo un poco más?

MISIÓN: DESEO (continuación V)

 

    —A propósito, tengo una pregunta.
    —Dispara.
    Adam sonrió ante la expresión.
    —¿Cómo has hecho los cafés? —preguntó al percatarse de que el vendaje no presentaba el mismo aspecto que momentos antes.
    —Con una cafetera.
    —Está bien —chasqueó la lengua con fastidio. Sabía que ella había entendido la pregunta—. Lo preguntaré de manera más directa. ¿Te has levantado el vendaje?
    —No. «¡Mierda! Demasiado rápida»
    —Ya
    —De verdad. Te lo juro —y cruzó los dedos tras su espalda.
    El gesto infantil no le pasó desapercibido. ¿Cómo podía una mujer independiente, acostumbrada a situaciones peligrosas y de quien intuía que no le gustaba tener que depender de nadie, mostrar ese resquicio de inocencia?
    Recorrió la esbelta silueta. De inocente no tenía en absoluto nada. Las curvas precisas en los lugares precisos.
    —Te has quedado muy callado.
    Se removió inquieta en el asiento. No veía pero podía percibir que él la observaba con detenimiento.
    —¿Qué hora es? —preguntó para romper la tensión.
    —Hora de ir marchándome pero no sin antes haber enviado el correo con las fotos —y así lo hizo.
    Una vez realizado esto cerró el ordenador y se tomó el café. Alex removía la cucharilla perdida en sus pensamientos. «Debería darle las gracias por las molestias que se ha tomado» Oyó como él se levantaba.
    —Adam, yo… —«No te vayas. Quédate» fue la frase que se coló en su mente. Ahogó el jadeo de asombro que pugnó por salir de sus labios. Realmente deseaba que él se quedara, que la tomara entre sus brazos y juntos, en su cama, descansar de esa larga noche—…Gracias —fue lo único que pronunció.
    —Diría que se te atragantó el agradecimiento —replicó él con sorna. Miró el reloj—. Se me hace tarde. Será mejor que deje las tazas en el fregadero.
    —¡Oh,no! Yo puedo —protestó.
    —Tropezarás con todo a no ver que vuelvas a hacer trampa.
    —¡No hice trampa! —exclamó enfadada—. Y te lo demostraré.
    Alargó la mano para que Adam depositara en ella la taza vacía y junto con la suya se giró para dirigirse con pasos inestables hacia la cocina. El embajador rió entre dientes. Había caído en la farsa.
    Estaba seguro que en cuanto él abandonara el domicilio se quitaría los vendajes y conectaría el portátil. Aprovechó esos minutos de ausencia para tirar del cable de conexión y guardárselo en el bolsillo de la cazadora. Anduvo unos pasos cuando cayó en la cuenta de que ella podría tener algún repuesto, se acercó a la mesa y tomó el modem que disimuló como pudo bajo la prenda de abrigo y abandonó el despacho de la reportera.
    La encontró de vuelta palpando a ciegas las paredes del pasillo, al escucharle aproximarse se detuvo.
    —Es hora de que me vaya. Prométeme que serás una niña buena y te irás a descansar.
    —Sí, lo necesito —y ahogó un bostezo—. Te acompaño a la puerta.
    Adam le tomó del codo. Sintió la descarga de electricidad bajo su piel al igual que el calor de la yema de los dedos, un ardor que se expandió a lo largo de todo su brazo.
    Él abrió y atravesó el umbral. Alex esperó escuchar los pasos alejarse. El aroma de Adam le llegó a escasos centímetros de ella.
    —Felices sueños pequeña mentirosa —y rozó sus labios con los suyos en un tierno y exquisito beso.
    Cerró tras él con un suspiro escapando de su boca.



    El reportaje fue todo un éxito y los acertados pies de foto que Adam había añadido provocaron que hasta el mismo director del diario se pusiera en contacto con ella.
    —He intentado comunicarme contigo vía mail y al final visto que no respondes en un hueco de agenda he decidido llamarte.
    —Tengo un problema con la red —y añadió—, nada que no se pueda solucionar en breve.
    Cuando cogiera a Adam por banda iba a entesarse de quién era Alejandra Suarez.
    Minutos después de que él abandonara la casa se había desprendido de las vendas y como alma que persigue el diablo penetró en el despacho para descubrir la fechoría que el embajador había realizado.
    Como si una invisible conexión uniera sus mentes su teléfono móvil sonó.
    —Prometo que lo tendrás en tus manos en cuanto se cumpla el tiempo ordenador por el doctor. Ni un minuto más ni uno menos. Palabra de inglés.
    Alex gruñó a la línea telefónica.
    —De nada —respondió guasón—. Todo sea por el bien de tus preciosos ojos.
    —Eso, de nada te va a servir hacerme la pelota —continuó gruñendo.
    —Lo sé. Nos vemos en dos días —y colgó.
    Alex no sabía si estampar el aparato contra la pared ante su frustración o bailar de felicidad porque en cuarenta y ocho horas lo volvería a tener entre esas paredes.
    Tarareando y con una sonrisa en sus labios se tumbó en la cama para dormir.

    Las llamadas de sus antiguos compañeros felicitándola por las fotos llenaron esas horas tediosas pero no se sentía plenamente feliz. Echaba de menos unos profundos ojos azules. «Demasiado de menos» se dijo para ser una persona que no era importante en su vida.
    Pero por fin el día había llegado. Se esmeró en recoger la casa e incluso había comprado algunos platos precocinados ingleses que le costaron un ojo de la cara pero todo por mor de expresar a Adam su agradecimiento.
    A las ocho en punto de la noche sonó el telefonillo y ni siquiera preguntó quién era. «Puntual, como buen británico». Le dio acceso al portal y echó un último vistazo a su reflejo del espejo antes de abrir.
    —Mejor espero unos segundos o pareceré ansiosa —murmuró en alto.
    Sonó el timbre y contó hasta treinta. Abrió con una sonrisa deslumbrante en sus labios para encontrarle. A él. Al empleado de una conocida empresa de paquetería urgente.
    El muchacho ni se inmutó tras el casco.
    —¿Alejandra Suarez?
    —Sí, soy yo.
    —Un paquete para usted. Firme aquí, por favor —y le extendió el aparato de albaranes electrónico.
Firmó en el diminuto espacio, tomó la caja de embalaje y susurró un adiós al joven que ya se perdía en el interior del ascensor.
    Cerró confusa y se dirigió a la cocina donde cortó la tira de plástico que cruzaba el paquete. Sobre el papel de burbujas un sobre.

        Asuntos de Estado me reclaman en Londres. Pero como ves he cumplido mi palabra y con puntualidad británica. Saludos. 
                      Adam 

        PD: Deseaba verte. Te debo una cena. 

    Se desinfló como un globo. Desenvolvió el modem, el cable y con ambos se encaminó al despacho.     Tenía mono de navegar por la red. Tras esperar la señal que indicaba que el aparato funcionaba a la perfección, tecleó la contraseña para poco después escuchar esa hermosa melodía, o al menos así le pareció, al despertar su portátil.
    Cinco minutos después estaba examinando el correo cuando le llegó un whassapp.
A.W.: Decidí darte los cinco minutos de rigor. Espero que no canses mucho esos preciosos ojos.
Alex: Tan solo estaba probando que el modem funcionara correctamente.
A.W.: jajajajaja ¡pequeña mentirosa!
Alex: :P¨
A.W: Nos vemos en breve para esa cena.
Alex: Tendré que consultar mi agenda.
A.W.: No admito un no. Hazme un hueco.
Alex: Lo pensaré
    La pantalla se mantuvo en silencio. Esperó pero al ver que él no volvía a escribir, con un suspiro continuó revisando los mails. El sonido de un nuevo mensaje atrajo su atención.
A.W.: Te echo de menos.
    ¡Vaya! Eso sí que era toda una sorpresa. ¿No decían que los ingleses eran fríos y distantes?
Recordó las manos de Adam sobre su cuerpo, el sabor y la calidez de sus labios y las intensas miradas que esos penetrantes ojos le lanzaban.
    —Para nada eres un tempano de hielo señor embajador. Tendré que averiguar cuánto de fuego corre por tus venas.
    Rió entusiasmada por su idea, tan solo esperaba no quemarse en el intento.

jueves, 23 de octubre de 2014

MISIÓN: DESEO (continuación IV )


 —¿Te has vuelto a equivocar? —preguntó algo irritada.
—¡Maldito GPS! —fue la contestación de Adam.
—Haz un cambio de sentido y yo te guio —aunque dudaba mucho que el dolor y la visión borrosa ayudasen a su propósito.
La miró de reojo enojado. No necesitaba ayuda, si el dichoso aparato no le llevaba al lugar correcto seguiría las indicaciones de los carteles.
Prosiguió unos kilómetros más por la carretera de circunvalación y al final con un chasquido de fastidio comprobó que Alex tenía toda la razón. Pulsó el intermitente para salir de la ruta y por el rabillo del ojo vio que ella cubría sus labios con la mano, en ellos se dibujaba una sonrisa de suficiencia.
Diez minutos más tarde se encontraban en la rampa de acceso a las urgencias del hospital.
Su acompañante abrió la puerta antes de que él pudiera ayudarle.
—Espera…
Ella se giró.
—No puedes dejar aquí el coche, tendrás que buscar aparcamiento por el recinto del hospital.
Denegó enérgico con la cabeza. ¡De eso nada! No pensaba abandonarla a su suerte. Su mano se dirigió hacia la manilla de la puerta y no había ni abierto ésta cuando un hombre uniformado y con una porra colgando de su cinturón se acercó a la ventanilla.
—No puede dejar aquí el coche estacionado —fue la tajante orden del individuo.
—Oiga, esto es una urgencia.
—Sí, todo lo que usted quiera pero no puede dejar el auto aquí.
Iba a protestar cuando el aire se inundó con el sonido de una sirena de ambulancia. Las luces se aproximaban a gran velocidad hacia la rampa por donde él había accedido, malhumorado, arrancó el automóvil y descendió con rapidez por el lado contrario al que subía una UVI móvil.
Le costó encontrar un sitio libre donde dejar el coche. Cuando entró por las puertas deslizantes del centro hospitalario buscó con la mirada a su acompañante pero no la encontró.
Se dirigió hacia la ventanilla donde una mujer con cara de cansancio atendía una llamada al mismo tiempo que tecleaba datos en el ordenador.
Esperó impaciente a que la mujer le atendiese, por fin colgó el auricular.
—¿Sí?
—Creo que mi acompañante ha debido de entrar. Venía con una contusión en la mandíbula y los ojos dañados.
—¿Nombre? —preguntó con voz monótona la recepcionista.
—Alex… Alejandra Suarez
—Sala de espera —fue la escueta respuesta.
—Sí, supongo que tendré que esperar pero…
—No, la paciente por quien pregunta está en la sala de espera.
Abrió los ojos con asombro. ¿Cómo demonios iba a estar allí si los felinos ojos de Alex necesitaban con urgencia una revisión?
—Creo que debe haber una equivocación. La mujer de quien hablo está ciega por una lesión y necesitar ser vista con urgencia.
La mujer suspiró con fastidio.
—Sí, como el resto de los pacientes que esperan —informó—. Eten la sala de espera —y señaló con el dedo unas puertas metros más allá.
Desafió con la mirada a la impertérrita mujer y se encaminó donde ella había señalado. Cuando penetró en el recinto se encontró medio centenar de personas, sentadas, que charlaban en voz alta. Pudo observar que varios sujetos tenían el rostro cubierto de sangre seca, varias ancianas gemían doloridas sobre las sillas de ruedas del hospital y Alex permanecía alejada del barullo con la cabeza apoyada en el respaldo de la incómoda silla de plástico en la que se hallaba sentada con los ojos cerrados.
Se dirigió con pasos enérgicos hacia ella y se sentó mientras preguntaba.
—¿Te han visto ya los médicos?
—Aún no, creo que esto va para largo.
—¡Imposible! Tiene que verte los oftalmólogos ahora mismo.
Alex entreabrió uno de sus ojos y lo miró con fijeza.
—Tranquilízate ¿quieres?
Se removió inquieto en el asiento.
—Es que no puedo entenderlo deberías estar…
—Adam, esto es lo que hay. Quizás tú estés acostumbrado a tener alguna serie de privilegios por trabajar a las órdenes de un embajador pero el resto de los mortales no.  Bienvenido al mundo real.
Frunció el ceño al escuchar las palabras de ella. Cierto que él ahora gozaba de una vida de alto standing pero no siempre había sido así. En alguna ocasión había visitado hospitales en el Reino Unido y para nada tenían que ver con lo que se habían encontrado esa noche.
Decidió obedecer a la mujer que estaba a su lado. Bastante movido había sido el inicio de la noche.
Alex sentía la presencia de él. Le llegaba el aroma de su caro perfume masculino y esa sutil fragancia le llevó al momento en que le conoció, el miedo a ser descubierta quedó relegado a un segundo plano cuando el hombre que se hallaba a su lado la tomó entre sus brazos y se perdió en las caricias de sus labios.
Le inundó la misma sensación de debilidad en las piernas, de deseo en cada una de las palpitaciones de su corazón. ¿Cómo un beso, tan solo un simple beso podía provocar esa oleada de emociones en su cuerpo?
Se estremeció al pensar que si no hubieran sido interrumpidos por Marta, la asistente personal de él, habría sucumbido a ese hombre.
Por eso y porque no encontraba explicación alguna a su reacción. Durante todo ese tiempo había intentado, en vano había que reconocer, quitarse ese hombre de la cabeza.
 Parecía que estaba lográndolo cuando él apareció de nuevo en su vida. Y siempre terminaba sacándola de sus casillas. No quiso indagar en su interior del por qué. Varias punzadas dolorosas de los ojos hicieron que un gemido saliese de sus labios.
Él volvió a removerse, por enésima vez, en la silla al escucharla.
—¡Se acabó! —le oyó gruñir entre dientes y sintió que él abandonaba la sala.
Se acercó decidido a la ventanilla. Vislumbró al vigilante de seguridad que se acercó al ver como él, furioso, se aproximaba a la recepción del hospital.
—Desearía hablar con el responsable del hospital.
La mujer dibujó en los labios una sonrisa mordaz.
—Y yo —contestó al irritado acompañante—, pero creo que esta noche no va a poder ser.
—Pues yo creo que sí —y echó mano a su cartera y sacó un documento acreditativo que enseñó a la sarcástica mujer.
Esta buscó ayuda con la mirada y se encontró con la del guarda que esperaba, pasos más allá, intervenir cuando la ocasión lo requiriera. Se acercó al sujeto que parecía molestar al personal administrativo.
—¿Le ocurre a usted algo?
—No personalmente pero sí a una amiga —y mostró al hombre lo que se hallaba en su mano.
Este empalideció.
—Un momento que hablo con mi compañero de control.
—Por supuesto —fue la respuesta de Adam.
Minutos más tarde una estupefacta Alex era llevada en silla de ruedas al interior de la sala de urgencias seguida por Adam que se mantuvo a su lado a lo largo del pasillo que llevaban a los box.
Al llegar a la sala número trece dos celadores se encargaron de ayudar para que se tumbase en la camilla.
Adam permanecía en silencio, observaba todos los movimientos del personal sanitario que parecía haberse vuelto loco y se arremolinaba alrededor de la paciente. Ésta sonrió a la borrosa imagen de él que sus irritados y llorosos ojos le devolvían, él hizo amago de acercarse a ella al ver la tensa sonrisa pero la entrada del facultativo se lo impidió.
Tras saludar a la paciente se sentó delante del ordenador donde comenzó a leer con detenimiento el parte de entrada mientras una enfermera lavaba los ojos con suero fisiológico para eliminar los posibles restos de arena que quedasen en el interior de estos. Instiló unas gotas de fluoresceína para comprobar la integridad corneal y avisó a su superior.
—Ya está lista doctor.
El oftalmólogo realizó las pruebas pertinentes. Alex apretaba entre los dedos la sabanita que cubría la camilla. El dolor casi había desaparecido pero sentir como manipulaban sus ojos y no saber si estos habían sido dañados seriamente le estaba estresando.
Concluida la exploración el doctor volvió frente al ordenador donde comenzó a escribir el diagnóstico y la DUE con voz calmada le explicó.
—Voy a administrarle el antibiótico.
—Deberá repetirlo tres veces al día durante al menos cinco días —terminó de explicar el doctor.
—De acuerdo —respondió más aliviada.
Iba a alzarse de la camilla cuando la enfermera bloqueó la acción.
—Un momento espere a que le cubra los ojos con las gasas.
—¿¡Qué!? —exclamó y sujetó la muñeca de la enfermera.
—No se oponga —regañó el médico—. Deberá mantener reposo ocular durante cuarenta y ocho horas.
—Pero eso es imposible —protestó—. Necesito conservar la visión, mi trabajo así lo requiere. Mañana tengo que presentar unas fotografías…
—Lo siento pero no es posible además el dilatador que le hemos administrado para las pruebas no le permitirá ver bien durante unas horas.
Alex gruñó entre dientes. Eso ya se vería.
—Y ahora si me disculpan tengo más pacientes que atender —comenzó a salir del box cuando paró en seco frente al hombre que en silencio había observado todo ese tiempo—. Nunca creí que llegase a conocer a un embajador en persona señor…
—Adam —fue la concisa y seca respuesta de él.
El médico salió seguido del resto del equipo.
—¿Adam?
—¿Sí?
—¿Estamos solos?
—Sí.
—¿Qué ha querido decir el doctor? —siseó Alex.
Él carraspeó. El silencio que ella recibió por toda respuesta fue suficiente. Se alzó indignada  de la camilla.
—Todo este tiempo me has hecho creer que era un simple escolta y no has sido capaz de sacarme del error.
—Puedo explicarte…
Ella le interrumpió.
—Has debido de pasártelo en grande con esta torpe y crédula periodista ¿verdad?
—Estás sacando las cosas de quicio.
—¿¡Qué!? Es lo que me faltaba por oír —casi gritó y se bajó de la camilla.
—Deja que te ayude.
—No necesito tu ayuda  —increpó.
Él suspiró resignado. Desde luego el médico había sido de lo más inoportuno con su comentario pero realmente la culpa había sido toda suya por echar mano de sus credenciales diplomáticas pero no estaba dispuesto a consentir más tiempo de espera hasta ser atendidos y el porqué no había sacado a Alex de la confusión no sabía responderlo ni él mismo. ¿O quizás sí? Por una vez durante todos esos meses quería ser Adam Walker persona no personaje público y esa mujer contribuía a ello de una manera que aún no estaba dispuesto a asimilar.
Tal vez eran esos ojos felinos que le habían hechizado o su actitud frente a él. Rebelde, insolente hasta la médula o un conjunto de ello. Lo que sí sabía era que no se había podido quitar de la cabeza en todo ese tiempo el rostro y cuerpo de la mujer que de pie frente a él se mantenía alerta y con los brazos cruzados sobre su pecho.
—Aquí tiene el informe —interrumpió la enfermera adentrándose de nuevo en el box y extendió los papeles a Adam—. No se frote los ojos ni apriete el vendaje sobre ellos —advirtió dirigiéndose a Alex—. Tendrá que ir a su médico de familia para que le recete la medicación pero para la siguiente dosis… tome —y puso sobre la mano de la periodista el tubo de antibiótico que había utilizado—, será suficiente hasta mañana.
—Gracias.
Lo que faltaba, tendría que perder las primeras horas del día en la consulta del doctor y necesitaba esas horas para hacer llegar al periódico las fotografías que seleccionase.
—¿Podemos irnos ya? —fue la pregunta del embajador.
Ante el asentimiento de la DUE se acercó a Alex y la tomó del codo. Sintió como ella se tensaba ante su contacto pero ninguna protesta salió de los labios, necesitaba su ayuda para guiarse.
Salieron al exterior del edificio donde el frío de la noche les azotó.
—Espérame aquí voy a por el coche.
—No hace falta llamaré a un taxi —y sacó el móvil de uno de los bolsillos del pantalón.
Adam se lo arrebató en segundos.
—Yo te traje y yo te llevaré —siseó entre dientes sin alzar la voz.
Alzó el mentón en gesto de desafío, iba a explicarle dónde se podía meter sus órdenes cuando cayó en la cuenta que no sería capaz de marcar a ciegas las pequeñas teclas.
—Está bien —claudicó—, si me ayudas podré llegar hasta donde tienes el auto.
Le costó amoldarse a las largas zancadas de Adam pero no protestó. Minutos después llegaban al aparcamiento.
—Sube —ordenó con voz suave él.
Se sujetó a la carrocería del coche y palpó el asiento en un intento de situar la altura de este. Estaba acoplándose en él cuando sintió cernirse sobre ella la silueta masculina. Cerca, demasiado cerca.
—¿Qué quieres ahora? —espetó—. ¿Un beso de agradecimiento?
Adam quedó quieto y ante la mordaz pregunta respondió:
—No, tan solo quería ayudarte a abrochar el cinturón de seguridad.
Alex quiso morderse la lengua cuando él con una risita se irguió y cerró, sin apenas hacer ruido, la puerta del copiloto. Ella misma se había delatado.
Segundos después Adam se sentaba a su lado. Arrancó el auto y se colocó el cinturón de seguridad, al igual que hacía ella. No fue hasta salir del aparcamiento, metros más allá que habló.
—Aunque no sería una mala forma de darme las gracias.
—Vas tú listo —fue la cortante respuesta de ella y apoyó la cabeza sobre el mullido respaldo con el rostro girado hacia la ventanilla en un intento de que él no fuera consciente de que deseaba ese beso.
Un silencio incómodo se instaló en el interior del vehículo.
Alex no dejaba de dar vueltas en su cabeza a las recomendaciones del médico pero no podía permitirse el lujo de no mandar a tiempo el reportaje, estaban en juego su profesionalidad y su empleo. Y todo por culpa de ese estirado inglés que estaba a su lado. sería el segundo trabajo que perdería por él. ¿Quién le mandaba presentarse en el poblado y con ese coche? Por no hablar de sus ropas, por muy casual que parecieran cantaba por soleares que eran de firma.
Y su perfume. El habitáculo del auto estaba impregnado en él y comenzaba a embotarle los sentidos aunque para ser más sincera consigo misma embotar no era la palabra exacta.
Ese aroma le recordaba el apasionado beso y le hacia imaginar las manos, que en ese momento sujetaban el volante, recorriéndole por entero.
Un aguijonazo de dolor le traspasó las pupilas. ¡Justo lo que necesitaba! que a todos sus males se le uniese una jaqueca.
La maldición de Adam le llegó, apenas un susurro.
—Lo has vuelto a hacer —no fue una pregunta.
Un suspiro de fastidio seguido de unos cuantos improperios por parte del embajador fue toda la respuesta. resopló resignada.
—¿Quién demonios diseñó la M-30? ¿Había bebido?
Alex sonrió. Rememoró parte de un monólogo de uno de los cómicos que más le gustaban de un programa de televisión.
Comenzó a reír. Una risa que se tornó casi histérica.
—No le veo la gracia —refunfuñó su acompañante.
—Pues la tiene. Y mucha. Voy a morir engullida por una obra faraónica y en compañía del hombre que ha provocado todos mis males.
-¿Todos? -fue la asombrada pregunta de Adam.
-De los últimos sí -respondió ya más calmada.
-Creo recordar que fuiste tú quien invadió mi intimidad.
-Te recuerdo que solo buscaba descansar los pies pero claro el señor embajador pensó mal.
Adam retiró la mirada unos segundos del asfalto.
-Si vivieras rodeado de la gente con la que me codeo entenderías mi postura.
No supo que responder a eso. Sí, quizás fuese verdad. Se imaginó viviendo como él, sin saber si las personas se acercaban por su posición social, por su poder o porque realmente les atraía o interesaba como persona y la labor que realizaba.
Desde luego visto así era normal que él sospechase de todo el mundo y de la prensa llamada rosa más. Sabía que unas fotos jugosas habían hecho rico a más de uno de sus compañeros de profesión.
-No logro entender por qué vives en esta zona.
Las palabras de Adam le sacaron de sus pensamientos.
-¿Dónde estamos?
-A escasos metros de tu portal. Aparcados.
No quiso indagar cómo él podía saber el lugar en el que residía, supuso que al igual que sabía dónde encontrarla esa mañana, Adam tenia el poder y los medios necesarios para indagar.
El dolor de cabeza le estaba matando así que sin querer comenzar una nueva disputa murmuró un gracias y se dispuso a descender del coche.
-Un momento -ordenó el hombre.
Segundos después él le ayudaba a bajar del deportivo. La tomó por el codo y la guió hasta el alto escalón que daba acceso a la entrada.
-Dame las llaves.
-¿Estás muy mandón, no?
Rebuscó en el bolsillo de los pantalones ignorando el gruñido de él. Oyó el tintineo de estas al girar sobre la cerradura y dio un respingo al notar la mano de él sujetarle a nivel de la cadera.
-Y muy sobón.
Adam no pudo reprimir una risita.
-Y tú muy gruñona, me espera una larga noche.
-¿Qué?
-¿No creerás que voy a dejarte sola, verdad?
-Ni lo sueñes.
Ignorando la protesta él continuó.
-Estoy seguro que en cuanto te dejase desobedecerías las ordenes y lo primero que harás será ponerte a trabajar frente al ordenador.
¡Mierda! ¿Acaso él podía leer su mente? ¿O sería su rostro el que reflejaba sus pensamientos?
Una nueva risa contenida de él confirmó sus sospechas.
Comenzaron a ascender los escalones hasta el primer piso donde vivía Alex. Tras cuatro vueltas la puerta del domicilio se abrió.
-Pasa -invitó aunque él ya había accedido al interior de la vivienda.
Repasó mentalmente el ordenado caos del salón. ¿Por qué demonios esa mañana no habría recogido un poco? Y ¿por qué narices intentaba justificarse? Era su casa, su hogar.
-Siéntate si encuentras algún hueco libre donde hacerlo -ofreció en tono seco.
-No te sientas incómoda. Sé lo que es vivir en un piso compartido de estudiantes donde la suciedad se acumulaba y los restos de comida eran desechados a la basura para reutilizar, de nuevo, el plato sin lavar.
Si no fuera porque el vendaje tapaba sus ojos Adam podría haber visto una mirada de asombro en ellos.
-Y no me mires así -comentó él-. Los apósitos tapan tus bonitos ojos pero tu rostro te delata.
Antes de poder encontrar una contestación mordaz a eso Adam preguntó:
-¿Dónde está tu ordenador? Tenemos una larga tarea por delante.
Le señaló la habitación que utilizaba como despacho. Se dirigieron a ella. Sentada frente al ordenador introdujo la contraseña y entonces Adam ocupó su lugar y conectó la cámara al portátil.
Fue una dura pero satisfactoria experiencia. El embajador le describía cada una de las imágenes que ella había captado, y de cada una de ellas hacia un comentario. De lo que él como observador del retrato captaba. De lo que le transmitían los rostros o las escenas.
Alex le escuchaba embelesada y entre ambos eligieron las que creyeron mejores instantáneas.
-Necesitó un café.
-Pensé que los ingleses eran más de té.
-Psss soy la excepción que confirmar la regla -comentó con humor.
Sí, desde luego no podía negar que él era singular. Singularmente atractivo. Demasiado atractivo. Peligroso.
Pero con una sonrisa le preparó la bebida. A ella le encantaba el peligro.

continuación

jueves, 2 de octubre de 2014

MISIÓN: DESEO (continuación III)

Por fin los contactos de sus compañeros habían dado sus frutos. Atrás quedaba, o al menos eso esperaba, volver a los reportajes de eventos nupciales. 
Aparcó el destartalado coche a las afueras de la barriada. Prefería no llamar demasiado la atención en ese barrio marginal de los suburbios de la capital. El periódico que le había hecho el encargo quería que plasmase con su cámara la situación de cientos de familias que debido a la crisis, se habían quedado sin hogar, sin empleo y de la noche a la mañana debían compartir chabola y medios de vida, venta de drogas sobre todo, con los grupos de etnia gitana que vivían en la zona.
Vestida con su ropa de trabajo habitual comenzó a pasear lentamente por la calle principal del pequeño poblado chabolista. Decenas de chiquillos, descalzos y con más mugre en su cuerpo de lo que sería higiénicamente aceptable, la rodearon. Tiraban de la ropa en un intento de llamar su atención. Sonreían, mostrando sus dentaduras infantiles melladas, con la alegría brillando en sus ojos. Alex comenzó a disparar instantáneas. Las madres, alertadas por los chillidos de los pequeños, asomaban sus cuerpos por el umbral de las casas. Algunas se quedaban quietas, observando. Otras, las más osadas decidieron acercarse. Inspiró profundamente para darse valor, colgó la cámara sobre su pecho y decidió saludarlas.
—Anda la paya vaya parato de afotos que lleva. Mi Richal quiere uno ansi. ¿Por cuánto me lo venderías?
—Buenos días —saludó y aclaró—. No está en venta, lo siento. Soy reportera gráfica. 
La mirada de incertidumbre de la robusta mujer, la indicó que no entendía a que se dedicaba, decidió explicarse con otras palabras.
—Hago fotos para las revistas del corazón. 
No era del todo cierto. En realidad ese reportaje saldría en el suplemento de uno de los diarios de más tirada del país, pero como media verdad valía.
—¿Trabajas en el HOLA? En esa revista que salía la Lola Flores y el Paquirrín.
Alex asintió en silencio. Fue visto y no visto. La corpulenta mujer comenzó a llamar a gritos a los habitantes del poblado. Alex pensó que la lincharían y encontrarían su cuerpo, días después, mutilado en alguna charca de la zona.
Pero se equivocó. Sin saber cómo se vio rodeada de decenas de mujeres, que la invitaban a entrar a sus casas, dejando que las retratase haciendo los quehaceres diarios. 
Alex pudo comprobar que en el interior de esos chamizos, la limpieza era tal que casi se podía comer en los suelos. Eso sí, si no te importaba compartir cama y comida con algún intruso negro y con patas que a Alex le repugnaba.
Se le pasó la mañana volando. Compartiendo risas y anécdotas con esas mujeres. Algunas rondaban su edad, veinte y pocos años, y parecían su madre. Los hombres las cargaban de hijos desde bien jovencitas además de trabajar en los hogares y buscar leña, y todo aquello que pudiese ser vendido como chatarra, en los vertederos cercanos. 
Serian cerca de las dos de la tarde cuando el pequeño poblado comenzó a llenarse de voces masculinas. Los hombres bajaban de sus destartaladas furgonetas alardeando de lo ganado ese día. Todos se reunían en la chabola de El Rubio, un guapo gitano que como su mote indicaba era rubio con unos enormes ojos azules que le recordaron otros. Desechó ese pensamiento. Él jamás se rebajaría a vivir así. Se le imaginó en un ático, con todas las comodidades, vestido con ropa de firma. El sueldo que la embajada le proporcionase bien podría pagar esos caprichos. Suspiró resignada. 
Su suspiro no pasó desapercibido a Juana, su inesperada anfitriona, ya que por la hora habían insistido en que compartiesen puchero con ellos. 
—A ver corason. Dame tu mano. La Choli te va a leer tu futuro.
Antes de que Alex pudiera negarse la corpulenta mujer tomó su mano derecha. Comenzó a estudiarla. 
—Un príncipe azul ha aparecido en tu vida. Es tan grande su amor que renunciará a todo por ti. Con  él recorrerás el mundo.
—¡Ay Juana! —Respondió riendo—, de momento lo único que he encontrado han sido sapos.
Ambas estallaron en carcajadas y se abrazaron con complicidad.
—La Choli nunca falla. Ya lo verás. 
—Ten cuidado muchacha —comentó Curro, el marido de la Choli—, mi Juana es una casamentera de cuidado. A que te descuides te ha endilgaó algún payo sosaina.
Las risas al comentario del patriarca no se hicieron esperar. Comieron todos del puchero. Terminado el pequeño ágape Alex comenzó a despedirse de su inesperada anfitriona. Prometió mandarle las fotos que había hecho esa mañana en el poblado y salió a la luz del atardecer. En invierno anochecía pronto. No queriendo volver por esos caminos con su coche, por si la dejaba tirada, últimamente hacía unos extraños ruidos, se despidió de sus nuevos amigos. 
Los chiquillos decidieron acompañarla hasta la entrada del poblado. Una decena de metros la separaban de su pequeño auto cuando observó que al lado del mismo se encontraba un despampanante deportivo. Y apoyado sobre su capó, cruzado de brazos en insolente postura, Adam.

Mascullando entre dientes una maldición aceleró sus pasos hacia él. Cuando se encontraba a unos pocos metros observó que el fruncía el ceño.
—Pensé que te habían secuestrado —soltó de sopetón—. Llevo horas esperándote.
—Y ¿por qué me iban a secuestrar? —Respondió a la defensiva acercándose hacia él—,  que sepas que me han tratado mejor que otras personas que presumen de vivir en un lugar más civilizado.
Esperó que él captase la indirecta.
—Al menos —continuó—,  no me han requisado nada y no me han echado de ningún sitio. Todo lo contrario. He comido el mejor puchero de alubias de toda mi vida, compartido en la misma olla, por supuesto, y me han tratado como a una reina.
—Eso no lo dudo mi pequeña Cenicienta —susurró él que en dos zancadas se había aproximado a escasos centímetros de ella—. Tú no te mereces menos.
Las inesperadas palabras de él y su cambio de humor la dejaron sin habla. Alzó su rostro para mirar esos profundos ojos, que refulgían.
—Tan solo quería recalcar que estaba preocupado por ti —musitó sobre sus labios y antes de que pudiese impedirlo la besó.
Alex se perdió en su abrasadora caricia. Saboreando con deleite su boca. ¡Dios! cuanto había soñado con volver a besarlo. A sentir como esos labios la embriagaban y que su cuerpo levitaba sobre el suelo. Se dejó llevar por sus sentimientos y rodeó con sus brazos el fuerte cuello masculino, acariciando su nuca, acercándolo aún más si cabía a su cuerpo, que se amoldó a los músculos de él como una segunda piel. 
Las manos de él comenzaron a acariciar la redondez de sus nalgas. Un gemido de satisfacción brotó de la garganta femenina.
Las risas de los chiquillos la devolvieron a la realidad. Con desgana separó su cuerpo del hombre. Este sonreía ufano ante la respuesta de ella. 
—Anda con el payo —exclamó risueño uno de los chiquillos más mayores—, con solo dos palabras se la ha llevaó al guerto.  Ya sé que lo tengo que hacer yo con la Soraya.
Alex ruborizada miró al rapaz, que la guiñó un ojo con complicidad.
—Ya te lo dijo mi maé. La Choli nunca se equivoca.
—¿La Choli? —preguntó confuso Adam—.Y ¿qué te ha dicho la tal Choli?
Antes de que el chaval respondiese replicó.
—Cosas de mujeres, ya sabes —e hizo un gesto que pretendía quitarle importancia.
—De mujeres.
Su tono de voz dejó a las claras que en algún momento tendría que explicarle que cosas de mujeres eran esas.
—Te lo dije —escuchó decir a sus espaldas a Juana—. La Choli nunca se equivoca. 
Alex giró en redondo. Allí se encontraba medio poblado. Entre chanzas y risas la muchacha hizo las presentaciones. Paco y los demás hombres atrajeron la atención de Adam que se vio apabullado ante las preguntas que estos hacían sobre su coche. Gustoso comenzó a explicarles las prestaciones del mismo. Alex por su parte respondía las atrevidas preguntas de las féminas en susurros. 
Así se hallaban cuando de repente un alboroto de cláxones irrumpió en el poblado. Las mujeres del grupo arroparon con rapidez a los chiquillos bajo sus brazos. Los hombres, tensos, se cuadraron alrededor de la pareja.
Cinco coches entraron a velocidad vertiginosa al poblado, derrapando y haciendo trombos que levantaron una polvareda sobre el grupo.
Adam intuyendo preguntó:
—¿Quiénes son?
—Problemas —respondió Paco—. El Chavi y su panda de gamberros. Se dedican a negocios sucios. No los queremos aquí pero su abuelo es uno de nuestros patriarcas ancianos y no nos queda más remedio que apencar.
Adam asintió en silencio. Tensó sus músculos en espera de los acontecimientos.
Entre risas e improperios El Chavi y sus compinches bajaron de sus vehículos.
Al ver reunidos a su gente se acercó con andares chulescos hacia ellos.
Adam calculó que rondaría los veinte años. En su cara lucía una serie de peercing y sobre sus desnudos brazos varios tatuajes. Se paró frente al deportivo y un silbido de admiración salió de sus labios.
—Vaya carro más guapo —dirigiéndose a Paco—, no sabía que habías entrado en el negocio. Tendré que pasarme por tu chabolo a que me des cuentas. 
—No es mío —respondió el hombre—, ya sabes que yo solo me dedico a la chatarra. Mis negocios son limpios.
La cara del muchacho se tensó. 
—No permito que nadie me hable así delante de mis muchachos —y antes de poder esquivarlo el joven cruzó la cara al gitano.
Adam con dos zancadas se abalanzó sobre el camorrista. Paco logró sujetarlo a duras penas. La luz del atardecer se reflejó sobre las navajas que sacaron los compañeros del chico. Quitándole una de ellas a su hombre más próximo, el Chavi le puso a Adam el filo sobre su cuello. Los músculos de su mandíbula se tensaron. Notaba la frialdad del acero sobre su rostro. La tensión de las manos de Paco sobre su antebrazo. Sabía que corría peligro pero no en ese momento lo que menos le importaba era su seguridad. Si le herían a él, Alex quedaría indefensa y eso sí que no lo podía permitir. 
Devanó sus sesos en busca de algo que pudiese hacer que ese camorrista se calmase. Antes de encontrar la solución la voz de la mujer que él intentaba salvar se oyó en el silencio.
—Nunca pensé que los narcos fuesen unos cobardes —explotó furiosa.
La atención del agresivo joven se centro sobre ella. Adam puso los ojos en blanco. Tenía que sacar a relucir su lengua mordaz en este momento. Separando el cuchillo del cuello de Adam el joven se acercó con su mortal arma hacia Alex. Esta tragó saliva e intentó que su miedo no se reflejase.
—Y ¿tú? ¿valiente? — arremetió el muchacho— ¿quién cojones eres? 
—Alex. Soy fotógrafa de un importante periódico y este es mi compañero, Adam. El coche pertenece al diario —su mente inventaba a velocidad de vértigo—.  Mi colega —prosiguió— lo tomó prestado porque nos esperan en el periódico para llevarles las fotos que hice hoy en el poblado. Saldrán mañana, si no estamos los dos antes de las nueve en el periódico mandaran patrullas de policía.
Juana la Choli miraba anonadada a la atrevida joven, admirada por la sarta de mentiras que su boca emitía intentando salir con vida de las amenazas del Chavi. Envalentonada por la mujer decidió intervenir.
—Es verdá lo que dice la paya. Vino esta mañana y le hizo una afoto a tu abuelo. Quedó encantado y la chica le ha prometio que se la va a mandar. Tú sabrás lo que haces pero no quisiera yo estar en tu pellejo como el Puñales se enteré que l´as dejaó sin su retrato. 
Indeciso el pandillero miró a su alrededor, todos asentían y murmuraban entre sí. Una cosa era cargarse a dos payos maleducados y otra mú distinta enfrentarse a su yayo. No quería probar de nuevo su vara. Pero no podía perder autoridad frente a sus hombres. Miró con los ojos entrecerrados a los desconocidos. Sopesando. Minutos después encontró la solución.
—Tá  bien. Los payos se puén marchar pero el coche guapo se queda.
—Ni lo sueñes —masculló entre dientes Adam—, el coche se viene conmigo y mi compañera también.
—Nadie tá peio tu opinión. O el coche o la chica se queda.
—Un momento Chavi —intervino Paco. Bajando la voz se dirigió a Adam—. Que le den por culo al coche amigo. Tu jefe pué hacerse con otro. Coge a la chica y marchaos antes de que esto se ponga más feo. Tú no sabes cómo se las gastan el Chavi y sus amigos con las mujeres. No querrás tenerla que reconocer en el furense.
Adam palideció ante las últimas palabras. Claudicando respondió:
—Está bien. El coche se queda.
—De eso nada —estalló Alex—. Este pequeño macarra no me va a tocar ni un pelo. Ni a mí ni al coche.
—¿Por qué no te callas? —murmuró Adam.
—Eso mujer, por qué no te callas y te dedicas a lavar los calzoncillos a tu hombre — replicó El Chavi.
—Porque ningún niñato como tú me va a hacer callar y yo no tengo hombre ni lo necesito. Y menos para lavarle sus vergüenzas.
El muchacho se acercó peligrosamente hacia ella. Alex con rapidez se deshizo de la cámara que pasó a una atemorizada Juana.
—Protégela — y guiñándola un ojo se adelantó hacia el muchacho.
Este blandió con seguridad la navaja en su mano. La esperaba de pié, tenso.
Paco y sus compadres sujetaban a un enfurecido Adam que intentaba desasirse en vano de la docena de brazos que le sujetaban por doquier.
Alex sujetó con fuerza su ensortijado pelo sobre su nuca. Se arremangó la sudadera y con las piernas ligeramente abiertas esperó el ataque del joven.
Los amigos del muchacho le instaban a atacar entre risas y apuestas. Él envalentonado atacó.
Con un rápido reflejo el cuerpo de Alex esquivó el ataque. El muchacho se revolvió y atacó de nuevo.  El codo de la muchacha lo golpeó en la espalda con fuerza. El joven cayó cuan largo era sobre la arena. Se levantó con rapidez entre las risas de sus compinches. Furioso ante esas burlas volvió a atacar.
Esta vez recibió una patada en la mandíbula. Dio con su cuerpo en el suelo, repantingado y con el golpe perdió la navaja que una de las mujeres escondió entre sus ropajes. 
Desarmado, dolorido, más en su orgullo que en su cuerpo, decidió atacar con sus puños. Atacó de frente y recibió un puñetazo en el estómago. Arremetió furioso contra la mujer. Que volvió a tumbarlo nuevamente. Tomó un puñado de arena y lo lanzó a la cara de su adversaria. Gritos de protesta por su mala acción se oyeron por la pequeña aldea. Alex cegada esperaba el ataque de su adversario. Le escocían los ojos y apenas lograba ver entre lágrimas a su oponente. Pero tensó su cuerpo.
—Tu chica no lo hace nada mal muchacho —animaba Paco a Adam que asistía embobado a la pelea—. Menuda hembra, ya la quisiera yo pá mí.
—Ni lo sueñes — replicó el embajador que no perdía detalle. 
El Chavi se alzó y lanzó su cuerpo contra la joven. Alex recibió el puñetazo en la mandíbula, trastrabillo e intuyendo el siguiente golpe, paró este. Sujetó con una llave el brazo de su adversario, retorciéndolo y golpeó secamente sobre él. El chasquido del hueso se pudo oír por encima de los gritos del gentío. Un aullido de dolor taladró la noche. El Chavi se revolcaba sobre el suelo maldiciendo y con gruesas lágrimas de dolor recorriendo sus mejillas. 
Sus compinches decidieron entrar en acción pero una voz autoritaria se oyó entre todas.
—Quietos ahí. La mozuela ha luchado limpiamente.
Todos se volvieron hacia el patriarca que apoyado sobre su vara se acercaba renqueante. 
—Coged a mi nieto y llevadle pá la casa. Paco ya puedes soltar al grandullón. Y tú muchacha, espero esa “afoto”
Y sin más se giró y se alejó renqueando hacia su chabola. 
Juana corrió hacia la muchacha. Tomando su rostro entre las manos comenzó a ordenar.
—Sole, trame una jofaina con agua, Richarl  andaté por yelo hasta donde el Rubio. Y tú tranquila mi arma que de estas sales vivita y coleando. La Choli…
—Sí, ya sé. Nunca se equivoca- refunfuñó Alex.- pues ya podrías haber visto lo que avecinaba. Vamos digo yo.
La carcajada de Juana no se hizo esperar. Abrazó a la joven que se dejó mimar. Juana la apretaba entre sus enormes senos.
—Ju-a-na- tus-te-tas-me-es-tan-as-fis-xi-an-do —balbuceó apenas la joven.
—¡Ay! Perdona mi niña. Es que los nervios me hacen ponerme cariñosa.
—Por eso yo aprovecho antes de acostarme para meterla miedo en el cuerpo —  comentó con chanza Paco atento a todo y a todos.
La respuesta de Alex se vio interrumpida por la llegada de Sole y Richard que extendieron el agua y el hielo a Juana.
La mujer ni corta ni perezosa agarró el moño de Alex y tirando con fuerza hacia atrás arrojó sobre los ojos de la joven el agua helada.
—¡Juana! —protestó.
—Ssshhh a callal se ha dicho. Sole dame tu pañuelo. 
La mujer desanudando la pañoleta que cubría sus cabellos la arrojó a las manos de la matriarca. Esta tomó el cuenco de hielos, anudo el pañuelo cruzando los picos y con delicadeza puso el pequeño emplaste sobre la magullada mandíbula de la joven. Que gimió dolorida.
—Ya lo sé mi niña, es pá bajal la flema. Ya verás como ansí tu cara no quedará hinchá. Mano de santo. Es lo que me pongo yo cuando a mi Paco le da por ponerse farruco.
—¿Paco te pega? —preguntó asombrada Alex ante la naturalidad con que la otra mujer expresaba su maltrato.
—Es que me quiere —explicó la otra.
—Es que la quiero — contestó al mismo tiempo su marido.
Alex resopló. 
—Tendré que probar yo esos métodos —escuchó decir a escasos centímetros de su rostro.
—Ni se te ocurra escolta de pacotilla —replicó enfadada.
Giró su rostro hacia la voz. Intentó visualizar su rostro a través de la neblina que cubría sus ojos. Parpadeó varias veces pero tan solo conseguía ver borroso. Alzó su mano para frotarse los ojos pero los dedos de él tomaron los suyos.
—Ni se te ocurra princesa. Ahora mismo nos vamos para el hospital más cercano. 
—Er Doce —explicó Paco.
—¿Eh? —preguntó perdido Adam.
—Er Doce — volvió a decir el gitano—. Es el hospital más cercano.
—El Doce de Octubre —aclaró Alex—. Se encuentra a escasos 20 minutos de aquí. 
—¡Ah! Bien —afirmó  el hombre. 
—Déjalo Adam, no tienes ni idea de donde se encuentra —refunfuñó la muchacha.
—Pues no, pero nada que un buen GPS no pueda resolver. Andando entonces- replicó y suavizando la voz preguntó- ¿Te encuentras en condiciones de andar o necesitas que te lleva hasta el coche?
—Puedo andar, gracias —replicó con rapidez. ¡Lo que la faltaba! sentir sus brazos rodeando su cuerpo y el calor de sus manos sobre su piel—. De peores batallas que esta he salido.
Adam rió entre dientes mientras observaba como ella con ayuda de Juana izaba su cuerpo y se encaminaban hacia el deportivo.
Solícito abrió la puerta del copiloto, dejando que la robusta mujer que parecía haber tomado cariño a la joven la ayudase a acomodarse en el asiento. Rodeó el auto y antes de meter su musculoso cuerpo en él se despidió con un abrazo de Paco. Juana aprovechó el momento para susurrar en el oído de la reportera.
—Tu príncipe está contigo. Todo irá bien —y apretó afectuosa el brazo de la muchacha.
—¿Mi príncipe? ¿Él? — cuestionó—. Este es el mayor sapo de todos Juana.
La risita de la mujer la instó a añadir.
—Y hasta con pelos.
—No mi arma la…
—Sí, ya. La Choli no se equivoca.
—Eso es.
—Cuídate Juana y no dejes que Paco te quiera tanto.
Adam penetró en el pequeño habitáculo. Colocó el cinturón de seguridad de su acompañante. Seguidamente el suyo y cuando metía la llave de contacto Alex exclamó:
—¡Espera!, ¡mi cámara!. 
—Está en el asiento trasero  —antes de que ella añadiese algo más informó—-. Intacta.
 Con un suspiro de alivio, Alex se relajó en el asiento.
—Entonces vámonos. Los ojos me arden, me está empezando a doler la cabeza y la mandíbula me está matando.
—Tú sí que me vas a matar —masculló entre dientes el hombre.
—¿Qué?
—Nada. Intenta relajarte mientras llegamos al hospital.
Y arrancó. Juana los vio perderse en la oscuridad de la noche. Tomando del brazo a su Paco concluyó:
—Hacen una pareja perfecta.


lunes, 22 de septiembre de 2014

MISIÓN: DESEO (continuación II)

   Un día después de su encuentro en la revista, Marta, por paquetería urgente había mandado una fotografía del nuevo embajador firmada de su puño y letra, junto con algunas instantáneas personales de éste recibiendo a los invitados. Todo ello remitido a nombre de Alejandra Suarez. Cuando Pedro abrió el sobre quedó sin habla ante el contenido.
    La revista publicó el reportaje fotográfico de Alex, el texto estaba redactado por Irina García.
Marta cerró la publicación en silencio y sonriendo la colocó bajo el montón de prensa que Adam revisaba a diario.
   Desde el día del breve encuentro de su jefe con la reportera Marta le encontraba, en ocasiones, abstraído con una sonrisa en los labios, que ante su presencia y varios carraspeos intentaba disimular. Pero ella, sabia ya en esas lindes, podía descifrar los síntomas.  Aunque su frío jefe intentase disimular y seguir con su vida como si nada hubiese ocurrido, esa jovencita de pelo ensortijado y ojos de gato le había hecho más mella de la que él mismo querría reconocer.
   Sospechó desde el mismo instante que una vez acabada la recepción en la embajada les hiciese desalojar de su despacho el hermoso sofá. De nada sirvieron sus ruegos a que esperase al día siguiente cuando las personas del servicio comenzasen la jornada laboral. Con ayuda de los escoltas privados y hasta de él mismo recolocaron el enorme diván en una estancia que escasamente se usaba. Como si desapareciendo el mueble de su vista lo vivido con la joven pudiese borrarlo de su memoria.
   Por eso, decidida, por una vez en su vida iba a hacer de Cupido.
   Se alejó de la mesa del despacho cuando Adam entró al mismo con un frío saludo matinal.
   Salió de la sala sonriente ante su pequeña travesura.



   Terminados de firmar los documentos, Adam pasó a responder el correo, puso su agenda al día y pasó al tedioso trabajo de leer la prensa diaria. En primer lugar los  diarios británicos; acabados estos, el resto. Los más importantes de cada país occidental y alguno que otro online del tercer mundo.
   Cuando el montón de periódicos había sido reducido a la mitad, algo llamó su atención. Al final de la pila de papel grisáceo brillaba en papel satinado un suplemento, se preguntó con curiosidad que sería. Alzó los rotativos y se encontró con un rostro conocido. El suyo propio. Tomó la revista. Prensa rosa. Al mirar el nombre de la misma su corazón dio un vuelco. Era la revista en la que Alex trabajaba.
   ¿Cómo demonios había llegado allí tan absurda publicación? Para incoherente su pregunta. Marta. Frunció el ceño  ante el atrevimiento de la asistente y secretaria personal pero la curiosidad lo llamó a buscar el reportaje de la joven.
    Acaparaba todas las páginas centrales. El texto que acompañaba a las imágenes estaba firmado por otra periodista. Recordó que ella había mencionado que sustituía a una compañera. Al final del reportaje unas pequeñas fotografías con el nombre de las periodistas terminaban el mismo. La imagen de Alex no plasmaba la belleza de la mujer que él había tenido entre sus brazos.
   Rememoró el encuentro, breve pero intenso. No había día que esa maldita mujer no se colase en sus pensamientos y en los momentos más inesperados.
   Recordaba el aroma de su piel, la suavidad de la misma, el roce de sus dedos, el sabor de sus labios. La respuesta ardiente ante sus caricias, los gemidos que habían brotado de su garganta. ¡Maldita mujer! Ansiaba volverla a tener entre sus brazos.
   Ahora al mirar las fotos comprobaba que era cierto lo que ella había dicho, tan solo se había dedicado a plasmar a los invitados al evento. Comprobó extrañado que a excepción de la foto en primer plano con su firma plasmada él no salía en ninguna más. Y a ciencia cierta que esa imagen tenía que haber sido enviada por personal de la embajada porque pertenecía a una serie personal que él mismo se había encargado de enviar, con sus saludos, a todas las embajadas y consulados del mundo. Intrigado decidió salir de la duda.
   Por el intercomunicador llamó a su asistente. Minutos después la mujer aparecía en el despacho.
   —¿Sí señor embajador?
   —Déjate de protocolos, y ¿dime qué hace esta publicación en mi mesa? — refunfuñó con tono cortante.
   —Pensé que le gustaría echar un vistazo a las fotos que hizo la joven —respondió con calma Marta.
   —Pues pensaste mal, te puedes deshacer de ella en cuanto termine con la prensa  —y para aclarar sus sospechas añadió—. Por cierto, la próxima vez consúltame antes de mandar fotos mías personales.
   —Está bien. ¿Algo más?
   —Nada más gracias —respondió seco. Así que sus sospechas eran ciertas.
   Marta giró sobre sus talones con una sonrisa de oreja a oreja. El frío tiburón había picado el anzuelo y había pasado a ser un pequeño pescadito.
   Adam continuó las labores del día. Horas después abandonó el despacho. Marta puso orden en él momentos  después. Vislumbró en la papelera las coloreadas hojas, curiosa, hojeó la revista del corazón y como intuía las páginas centrales habían desaparecido. Sonrió satisfecha de sí misma.



   Alex intentó no ponerse a gritar en mitad de la iglesia. Menuda boda la estaban dando los niños que portaban las arras. Desde el momento que había hecho acto de presencia en la casa de la novia y hasta ese momento, los dichosos niños se cruzaban siempre que ella apretaba el botón de su cámara. Tenía que repetir las instantáneas un par de veces más como mínimo.
   Aprovechando que unos familiares les habían entretenido con chucherías captó la última imagen de la pareja saliendo del recinto. Mientras los recién casados saludaban a los familiares ella disponía de los minutos suficientes para guardar los focos y cables que tenía desperdigados por  el templo.
   Metros atrás sentado en un banco, Adam, la observaba moverse. Cuando ella se agachó para desconectar los focos atisbó las redondeces de su trasero embutido en unos pantalones gris marengo a juego con la chaqueta. Recordó esa misma postura en su despacho y lo que instantes antes habían vivido. Un latido en su entrepierna le avisó de que no siguiese por esos derroteros pero haciendo caso omiso a su cuerpo se izó sobre sus largas piernas y con pasos silenciosos se acercó a la mujer que llenaba sus pensamientos.
   Nunca le había gustado hacer gala de sus privilegios como personaje público y político pero por una vez en su vida había hecho uso de los mismos para que investigasen a la mujer.
   Ahora conocía todo sobre su vida. Desde su infancia hasta sus días. Sus notas en la facultad de periodismo.  Sus trabajos como becaria hasta encontrar un puesto fijo en la profesión. Cómo veían los colegas de profesión sus trabajos. Por lo que había leído todos la consideraban una gran profesional y tachaban estos de soberbios. Decían que plasmaba en imágenes la esencia del personaje al que retrataba y podía dar fe de ello tras mirarlos.
   Día a día había ido empapándose de su vida. Ahora quedaba lo más complicado. Disculparse. Y en ello estaba.
   Cuando quedó a escaso medio metro de ella habló:
   —Creo recordar que te avisé que si me ponías tan suculento manjar a la vista lo demás quedaba relegado a un segundo plano.
   Alex tensó el cuerpo ante esa voz. Giró el rostro y le vio. Alto, fuerte, seguro de sí mismo, observándola ávido con esos increíbles ojos y una sonrisa burlona en sus apetitosos labios. Su corazón comenzó a latir a mil por hora. Las manos comenzaron a sudar y notó como el rubor coloreaba sus mejillas ante las imágenes que inundaron su mente. Enfurecida consigo misma tiró con fuerza del conector  atascado, este se zafó del enchufe y ella dio con su trasero en el suelo. Adam rápido la agarró de la cintura y la izó. Ella, furiosa, se soltó de su agarre y le espetó:
   —¿Qué haces aquí?
   —Buscarte —fue la respuesta directa de él.
   —Pues ya me has encontrado. Y ¿qué demonios quieres?
   —Tenemos que hablar —respondió con tranquilidad.
   Alex ante su impasividad masculló entre dientes.
   —Usted y yo lo tenemos todo hablado señor vigilante de seguridad. Creo recordar que en su momento le sobraban a usted las explicaciones.
   ¿Vigilante de seguridad? ¿Por qué diantres pensaba ella que él era escolta? Las siguientes palabras de ella le sacaron de su ignorancia.
   —O ¿es que el señor embajador también le ha despedido a usted por no cumplir con su trabajo y permitir que  gente non grata penetre a sus aposentos privados?
   —¿Despedido? ¿Te han despedido? —preguntó asombrado. Esa noticia no había llegado a sus manos.
   —Como si no lo supieras —reprochó ella mientras recogía el cable y lo guardaba en el pequeño maletín— y si no te importa me estás entreteniendo y los novios me esperan.
   —Pues que esperen —replicó él ahora enfadado— y no, desconocía que te hubiesen despedido.
Alex bufó.
   —Y ¿se supone que te tengo que creer? déjame en paz o vas a conseguir que pierda de nuevo mi empleo.
   —¿Ahora te dedicas a reportajes de novios?
   —Sí —replicó desafiante— ¿qué quieres? Tengo que comer y pagar los gastos como toda alma de vecino.
   Vislumbrando a lo lejos que el padrino la llamaba Alex decidió cortar la conversación.
   —Vete.
   —No me puedes echar de una iglesia. El templo es de todos.
   Y se plantó frente a ella con los brazos cruzados.
   —Pues muy bien, quédate. Te vendrá bien rezar por los pecados cometidos contra tus semejantes.
Y dejándolo con dos palmos de narices Alex se alejó por el pasillo. Aún le quedaban otras cientos de fotografías por hacer.
   Adam la vio alejarse, contoneando ligeramente las caderas, con la cámara en una mano y el maletín en la otra.
   —Como me pone esta mujer, como me pone.
   Y soltando una carcajada se encaminó hacia donde momentos antes Alex había desaparecido. Cuando llegó  al exterior no había ni rastro de la mujer.



   Agotada, mientras se preparaba un emparedado, Alex rememoró el encuentro de la iglesia. En toda la condenada tarde no había podido sacarle de sus pensamientos. En toda la maldita tarde y en todo el resto de los días que habían pasado desde su tórrido encuentro, hacía ya casi dos meses.
   ¡Mierda! Ahora que parecía que comenzaba a olvidarle volvía a aparecer en su vida. Y ¿además? ¿Cómo demonios se había enterado de su nuevo trabajo? ¿Quién le habría informado? Sospechaba que haciendo uso de sus influencias habría indagado sobre ella. Y maldita la gracia que le hacía eso. ¿Acaso sería un acosador? No tenía pinta de ello. Pero ¿y qué pinta se suponía que tenían los acosadores? Eran gente normal como ella, a la que un buen o mal día se le cruzaban los cables y comenzaban a perseguir a su víctima. Y en este caso la víctima era ella. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
   Desechó esos pensamientos. Prefirió pensar que él estaba interesado en ella, pero aún desconocía la respuesta a que desde cuando andaba indagando sobre ella y quién le pasaba la información. Tras el despido no había vuelto a conversar con sus compañeros de la revista. Era el único lugar en el cual podría haber encontrado alguna información personal mas descartó esa posibilidad. Muy pocos de sus compañeros conocían su vida privada, tan solo Irina a la que consideraba amiga además de colega profesional, y puesto que ella también había estado a punto de ser despedida por ese engreído prepotente rechazó de pleno que hubiera sido quien le diera la información.
   Masticó nerviosa el emparedado. No servía para nada dar más vueltas al asunto. Además le había dejado bien claro que su presencia no era bienvenida pero algo en su interior la dijo que él no era una persona que se diese por vencida tan fácilmente. Peor para él. Si volvía a cruzarse en su vida ya le dejaría las cosas claras.
   Bostezó. Los reportajes de boda la agotaban. Tenía que revisar las fotografías, elegir las mejores, y montar el book para enseñárselo al día siguiente, a primera hora de la mañana, a los recién casados antes de que estos partiesen para su luna de miel.
   Arrastrando los pies, se puso delante del viejo ordenador y comenzó la ardua tarea.



   Se sentó detrás del escritorio y por el interfono llamó a su asistente. Minutos después Marta, con su eficiencia habitual, penetró en la sala.
   —Buenos días, Adam.
   —Buenos días Marta —sin andarse con rodeos preguntó— me gustaría que me contase que ocurrió    —¿Qué ocurrió? Pues a ciencia cierta no lo sé. Yo cuando entré aquí la encontré en una actitud…como diríamos…algo cariñosa contigo.
   Él torció el gesto ante la burla mal disimulada de su secretaria.
   —No me refiero a lo ocurrido en este despacho y tú lo sabes —replicó—. Cuando le mandasteis sus pertenencias con mi nota. ¿Pasó algo? Quiero decir ¿ocurrió algo fuera de lo normal?
   Marta inspiró hondo y tomándose la libertad se sentó frente a su jefe y amigo. Por fin había llegado el momento que estaba esperando.
   —Antes de contestar a tus preguntas —comenzó a decir—, me gustaría saber los motivos que te mueven para ello.
   —Soy tu jefe, Marta, no creo que tenga que explicarte los motivos que me mueven a hacer nada —increpó enfadado.
   La madura mujer ni se inmutó. Esperó, sentada con las manos cruzadas sobre su regazo. Los ojos de Adam la taladraban furiosos, aguardando una respuesta inmediata. Pasados unos largos minutos inspiró y soltando un juramento advirtió.
   —Algún día de estos vas a terminar con mi paciencia y entonces…
   —Y entonces yo seguiré diciéndote las cosas bien a las claras y poniéndote los pies en la tierra —soltó con toda tranquilidad la asistente.
   Los ojos del hombre se entrecerraron peligrosamente, la mujer no movió ni un músculo de su rostro.
   —¡Touché! —Fue la lacónica respuesta de él— ¿Y bien?
   —Como por tu actitud veo que no vas a dar tu brazo a torcer y no me vas a contar que interés tienes con esa joven… —dejó la frase sin terminar.
   Removiéndose inquieto el embajador respondió a la mujer.
   —Personal —reconoció—. Me mueve un interés personal.
   —Ahí quería yo llegar — sonrió afable—. Te diré para tú información que fui yo la que personalmente hizo entrega en la redacción de los objetos incautados a la joven. Me tomé la libertad de exigir que fueran entregados en sus manos.
   Y pasó a contarle lo sucedido en el despacho del redactor jefe.
   —¡Maldito hijo de puta!
   —Adam por favor no seas grosero. Además ¿qué esperabas? Tu mismo la despediste con cajas destempladas, llegaste a insinuar que sus propósitos al estar en este despacho no habían sido otros que buscar…
   —Ya sé lo que insinué no hace falta que me lo recuerdes —masculló enfadado.
   Atusó sus cabellos con gestos bruscos.
   —Lo que no entiendo es ¿qué demonios hace dedicándose a hacer reportajes de bodas?
   —Lo desconozco —respondió la mujer con un encogimiento de hombros— pero la crisis que está sintiendo este país me hace suponer que las ofertas de empleo brillan por su ausencia y cualquiera, por muy bueno que sea en lo que hace, no encuentra un empleo fijo tan fácilmente.
   Adam se removió inquieto en su butaca. Se sentía culpable de la situación de Alex. Marta descruzó los manos, acarició su barbilla en gesto pensativo y por fin prosiguió.
   —Me pregunto ¿cómo sabes tú a lo que se dedica en la actualidad? Que yo sepa no has tenido ningún tipo de contacto con ella desde entonces.
   Pillado in fraganti el embajador desvió la mirada de su asistente. Levantándose del asiento se enfrentó al ventanal dando la espalda a la mujer. En voz baja respondió
   —Mande que la investigasen.
   —¡¿Cómo?!
   —Al principio —aclaró con rapidez él— los motivos fueron por seguridad de la embajada.
   Un leve gruñido escéptico le llegó como respuesta. Continuó hablando.
   —Cuando comprobé con mis propios ojos el reportaje, comprendí que me había precipitado con mis conclusiones esa noche, decidí conocer más sobre la mujer que me…
   Calló, aún no se atrevía a reconocer sus sentimientos en voz alta. Era absurdo que con tan solo un encuentro, dos si contaba como tal el del día anterior, esa mujer se había adueñado de su vida.
   —Que te había llegado tan hondo —concluyó por él la asistente.
   Adam asintió en silencio.
   —Mis contactos me pasaron informes sobre ella, ayer al conocer dónde podría entrar nuevamente en contacto, decidí presentarme allí.
   —¿Y?
   —Nada. Me despidió.
   La carcajada de la mujer resonó en la estancia. Le estaba bien empleado. Por fin había encontrado la horma de su zapato. Por su atractivo y su status social siempre había sido asediado por todo tipo de mujeres. Había jugado con ellas y cuando se había cansado las había despachado. Ahora una mujer del pueblo, sin alcurnia, sin dinero, casi sin empleo, había conseguido derrumbar el muro que él mismo había construido en su corazón. Y allí estaba frente a ella, perdido, sin saber bien como proseguir.
   —¡Ay, Adam! No sabes cuánto me alegro.
   —¿De qué me despidiese con cajas destempladas?
   —No, bueno sí —rectificó, la mirada iracunda de él no la impidió proseguir—. Por fin una mujer hecha y derecha ha hecho temblar tu corazoncito.
   Él bufó.
   —Y ¿qué piensas hacer al respecto? —continuó la secretaria y consejera.
   —No he llegado donde estoy por amor al arte. No cejaré en mi empeño así como así.
   —¡Bravo por ti! —aplaudió Marta entusiasmada—. Si quieres mi consejo…
   Adam volviéndose la miró de hito en hito.
   — … Sé tú mismo.
   —¿yo mismo? —repitió sin entender.
   —Si —confirmó la mujer—. Ella no es como las otras. No busca lujos, ni vivir en palacios, rodeada de glamur. Ella se ha hecho a sí misma. Es una reportera gráfica. Acostumbrada a ver pobreza, guerras, hambre. Lo que llamarían en nuestro entorno…una mujer del pueblo.
   —¿Una mujer del pueblo? —rumió pensativo—. Bien. Pues si quiere un hombre del pueblo…lo tendrá.


continuación