domingo, 29 de diciembre de 2013

CUERO, BESOS Y ROCANROL (continuación III)

     Compartieron café, besos, zumo y caricias. 
    Irene se despidió, con un leve beso, de un anonadado Viktor que avanzó descalzo hacia el salón pero un impulso le llevó a correr hacia la puerta de nuevo, abrirla de par en par para impedir que esa mujer se marchase. Tan solo pudo observar cómo los dígitos del panel del ascensor iban pasando en su descenso.
   «¡Mierda!» masculló para sí. Por una vez en su vida había sido él al que dejasen tirado. ¿Así es como se habían sentido todas esas mujeres a las que abandonó en el lecho aún tibio y con las sábanas revueltas? ¿Esa sensación de vacío en el pecho? ¿La impresión de haber sido usado y tirado?
    No quiso ahondar más en el cúmulo de emociones que sentía. 
    ¿Quién decía que los hombres no tenían su corazoncillo? ¿O era más bien su orgullo herido?


    Ignoró las miradas y las sonrisas ladeadas de los pocos hombres con los que se cruzó en el pasillo del metro.
    Aceleró el paso al escuchar que un tren se aproximaba a la estación. Gracias a que Viktor le había prestado dinero y una cazadora de mujer que no quería ni pensar a quién pertenecería pero no le quedó más remedio que aceptarla.
    Él se había ofrecido a llamar a un taxi pero se negó en redondo. Tampoco quiso compartir más horas con él. No buscaba ninguna relación. 
    Su encuentro había sido espontáneo y sin otro motivo que apagar su apetito sexual. ¡Punto pelota!
   Ahora se iría en busca de Marisa, recogería el abrigo y su bolso y se marcharía a disfrutar de un fin de semana en casa. La esperaban unos cuantos libros adquiridos recientemente y unas cuantas tarrinas de helado. 
    Ya en la puerta del portal de su amiga miró la hora. Las nueve de la mañana. Demasiado temprano para que Marisa estuviese levantada pero después de la desaparición de la susodicha. ¡Que se aguantara! Además estaba deseando contarle lo bien que se había despertado ese día. Rió entre dientes.
    Pulsó el botón del interfono con alevosía. Minutos después la voz ronca de su amiga contestaba.
    —¿Sí?
    —Vengo a entregarle el paquete que perdió anoche —contestó con sorna.
    —¿Irene?
    —La misma que viste y calza. Bueno mejor de calzado no hablamos… ¿quieres abrir de una puñetera vez?
    Empujó la puerta y accedió al interior. Decidió tomar el ascensor aunque su amiga vivía en la primera planta pero es que esos tacones la mataban.
    Encontró entreabierto el acceso a la vivienda de su amiga.
    —¿Tú no sabes que existen los ladrones?
    —¡Sí! —oyó que contestaba Marisa desde el fondo.
    Cerró la puerta y fue a su encuentro.
    —Pero hoy no tengo ningún miedo a los maleantes —continuó diciéndole con una sonrisa enigmática, ya frente a ella.
    —¿Tienes compañía? —Irene bajó el tono—. Cojo mis cosas y me voy.
    —No te preocupes si le conoces.
    —Ya
   —¿Te apetece un café? Pareces necesitarlo tienes unas ojeras de no haber dormido en toda la noche que…
    Marisa entrecerró los ojos, suspicaz. La sonrisa de Irene respondió por sí misma.
    —¡Cuéntamelo todo! —exigió la otra.
    —¡Shhh!
    —Pero si está en la ducha no se va a enterar.
    —¿Quién no se va a enterar? —preguntó una voz varonil.
    Irene alzó la vista hacia el techo con gesto de fastidio. No se lo podía creer. Giró para enfrentarse al hombre. Sí, allí estaba. Nicolai en persona.
    Saludó con la cabeza a éste y miró, de nuevo, a su amiga que sonreía abiertamente a ambos.
    —Creo que sobran las presentaciones, ¿no? 
    Los ojos de Irene refulgieron. 
    —¿Hablabais de mi? —interrogó presuntuoso el vigilante.
    —Sí
   —No —contradijo Irene—. Y yo que tú iría a ponerme algo o cogerás una pulmonía —añadió mientras deslizaba por el musculoso cuerpo cubierto por una exigua toalla su mirada.
    Ufano, él hinchó el tórax, gesto que hizo que Irene mascullase entre dientes y volviese su atención hacia Marisa. Nicolai era un claro ejemplo de que los esteroides destruían las neuronas. 
    —Estoy muy cansada. Dame mi ropa y ya hablaremos.
    —Por mí no os cortéis —volvió a interrumpir el hombre.
    Irene le ignoró. Marisa conocía bien a su amiga. Sabía que ésta se mordía la lengua por no saltar a las llamadas de atención de su acompañante. Así que sin pérdida de tiempo reunió las pertenencias de su amiga y las puso sobre sus brazos minutos después.
    Ésta cambió la cazadora que llevaba por su abrigo, se deshizo de las botas y se colocó las Merceditas de tacón plano que la noche anterior calzaba al salir de su casa. Cruzó sobre su abrigo el bolso y tomando entre sus manos la prenda prestada se encaminó hacia la puerta.
    —Hablamos esta tarde.
    Irene dejó a la pareja y se marchó hacia su casa. 


    Desconectó al móvil antes de imbuir su mente en la historia del libro. Odiaba que la interrumpiesen. Y en ello estaba cuando justo en una escena interesante el teléfono fijo sonó. Lo dejó estar. Ya se cansarían. Pero al cabo de unos minutos volvió de nuevo al ataque.
    —¡Joder! —y cuando se acercó gruñendo hacia el odioso aparato ya supo quién estaría detrás del auricular— ¡¿Qué?! —Espetó.
    —¿No tienes algo que contarme? —canturreó Marisa al otro lado de la línea.
    —Que me acabas de fastidiar la lectura de una escena que promete.
    —Ya lo leerás luego —y sin más preámbulos ordenó—.Cuéntamelo todo. 
    —Eso también podría decirlo yo.
    —Sí, pero yo he llamado antes así que… desembucha.
    —No hay nada que contar —chinchó Irene.
    —A mí no me la das. Tenías unas ojeras de muy señor mío pero tus ojos brillaban.
    —¿Qué mis ojos brillaban? Pero qué estás diciendo.
    —Pues que tú has follado esta noche.
    —Marisa no seas vulgar —regañó. 
    —Bueno pues mojado, echado un polvo, lo que tú quieras pero por amor de Dios ¿quieras soltarlo de una pu… vez? —rectificó antes de que su amiga volviese a reprenderla.
Irene no pudo evitar la carcajada y paso a contarle, sin entrar en detalles, lo ocurrido durante la madrugada.
    —Desde luego que suerte tienes jámia. Menudo braguetazo acabas de meter. 
    —Bueno, es cierto que Viktor tiene un piso lujoso y una buena moto, creo recordar, pero de ahí a decir que he encontrado el chollo del siglo…
    —¿Estás de guasa? —preguntó Marisa asombrada.
    Ante el silencio de su amiga continuó.
    —Pero vamos a ver Iri —diminutivo que utilizaba cuando se hacía la marisabidilla con ella—. ¿Tú sabes quién es Viktor?
    —Pues un vigilante de la dichosa discoteca que te empeñaste que teníamos que conocer.
    La carcajada de Marisa al otro lado del teléfono la desconcertó.
    —¡Ay, alma cándida! Un jureta dice. Viktor Aldaba. ¿No te suena de nada?
    —Pues no —admitió—. ¿Por qué debería de sonarme?
    —Porque es uno de los representantes de grupos de rock más cotizados del globo. Por eso. 
    —Creo que estás equivocada.
    —No, no lo estoy. Recuerda con quién estuve yo esta noche.
   —¡Ah, sí! Con Popeye el Marino —comentó entre risas pero cuando las palabras de Marisa quedaron impresas en su mente las carcajadas se le cortaron de repente—. ¿Estás segura de lo que estás diciendo?
    El bufido de su amiga fue toda la respuesta que necesitó. Recordó la frase del cachas particular de su amiga. Jefe ¿qué hacemos con este?
    Pero qué imbécil había sido. Ella había creído entender que él sería quien más mando tuviese en el grupo. No pensó en ningún momento que sería el dueño del local. 
    Soltó el aire en un expresivo gesto de lo que pasaba en esos momentos por su mente.
  —Eso ¡puff! —confirmó Marisa por el auricular. Ante el silencio de Irene tanteó—. Creí que le reconocerías. No es muy dado a salir en los medios pero tienes que haberlo visto alguna vez. 
    —Ya sabes que no soy muy dada a revistas ni prensa rosa y mucho menos a programas de cotilleos.
    —Habló la culta —gruñó Marisa—. Y ¿qué piensas hacer?
    —¿Yo? Pues nada.
    —¿Cómo que nada?
    —Lo que oyes. Ha sido una noche memorable pero nada más. ¿Qué quieres que haga?
    —Pues venir esta noche conmigo de nuevo a Kid Grimp. Nicolai me ha conseguido pases VIP.
    —Ni lo sueñes.
    —Por favor.
   —Que no.
   —Está bien —claudicó Marisa—. Te dejo seguir con la lectura.


    «Es que soy imbécil» refunfuñó para sí misma mientras buscaba en el armario algo que ponerse para acompañar a Marisa.
    Se decidió por unos pantalones negros de satén elástico que se ceñían al cuerpo, chaqueta de igual color pero de terciopelo y el chaleco a juego con el pantalón. No cedió al impulso de ponerse los únicos zapatos de tacón que poseía y se decantó por unas Manoletinas con lentejuelas bordadas.
    Satisfecha con la elección, se maquilló discreta y recogió sus rizos en un moño bajo desenfadado.
    El telefonillo sonó insistente.
    —Ya bajo —no estaba por la labor de que Marisa pusiese peros a su ropa. Tomó el abrigo, el bolso y salió.



    —Espero que esta noche no te muevas de mi lado —comentó a Marisa antes de abandonar el interior del coche de ésta.
   —Que no pesada. Además voy a disfrutar como una loca en la zona VIP y —miró a Irene con sonrisa maliciosa—, espero que no se te haya olvidado cómo se conduce porque creo que tendrás que volver solita a tu casa.
    —Eso no lo habías comentado. Ya sabes que no me gusta conducir.
    —Por eso mismo —y tiró del brazo de Irene hacia la entrada de la sala. Saludó con dos besos discretos a Nicolai que sonriente las esperaba en la entrada.
    —Buenas noches —saludó el vigilante.
    Irene murmuró entre dientes como respuesta. La verdad es que le estaba agradecida tanto por haber intervenido en la pelea como por defender a Viktor pero aún la escocía cómo la había tratado el día anterior.
Viktor. Esa era otra. Después de lo que le había contado Marisa, su curiosidad la jugó una mala pasada y se encontró delante del ordenador buscando información por la red. 
    Realmente era un tipo conocido en el mundo del espectáculo. No había grupo que se preciase que no quisiera que fuese Viktor quien los representara. Pero saberlo tan rico y famoso la ponía nerviosa. Ahora no sabía cómo tratarle. No quería que pensase que se acercaba a él en busca de su dinero o de fama porque no era así, ni mucho menos. 
    Hasta hacía unas horas ella se había pegado un buen revolcón con un guarda de seguridad tan siniestro como sexi pero ahora… 
    La discoteca estaba igual de concurrida que la noche anterior. Esta vez dejaría el abrigo en el ropero pero del bolso y la chaqueta no se iba a separar.
    Subieron a la segunda planta donde un camarero las guió hacia el palco que les correspondía. Desde esa posición tenían una vista privilegiada de la pista. Minutos después otro camarero las servía una botella de champán.
    Le sonrieron y cuando quisieron abonarle la consumición les comunicó que estaban invitadas a las bebidas toda la noche.
    —Bueno, parece ser que le has gustado a tu Popeye —comentó mientras tomaba un sorbo del exquisito líquido ámbar.
    —No le llames así —regañó Marisa riendo—. Voy a dar una vuelta.
    —Dijiste…
    —Ya sé lo que dije pero será solo un momento. Tú no te muevas de aquí —y se escabulló con rapidez.
    Irene se puso en pie y se asomó sobre la barandilla del palco con la copa en la mano. Sus pies se movían al ritmo de la música. Allí, sola, dio rienda suelta a su cuerpo y se dejó llevar por la música.
    Pero estaba muy equivocada porque unos ojos verdes la observaban a través de las cámaras de seguridad.

    Allí estaba. Con las mejillas arreboladas por el baile. Tomando pequeños sorbos de la copa. Aumentó el zoom de la cámara. 
   Resiguió con la mirada esos labios que se entreabrían para beber. Una gota del   líquido ámbar quedó unos segundos en el centro de estos y ella la recogió con la punta de la  lengua. Notó presión en el interior del pantalón.    
    El rubor de los pómulos le recordaron el que tenía cuando esa misma mañana después del clímax.
  Vividas imágenes poblaron su mente provocando que los latidos de su corazón se acelerasen y su entrepierna comenzase a responder.
   Esa noche iba más cubierta pero aún así no dejaba de estar apetecible. Movió el objetivo y deslizó la mirada por la piel que quedaba al descubierto. El inicio de sus senos en la brillante tela que se ceñía sobre ellos. 
   Su rostro giró y disminuyó la proximidad del zoom para poder ver lo que había llamado su atención. Era su amiga pero frunció el ceño al ver quién la acompañaba. Bruno, un modelo masculino que presumía de llevarse a todas sus conquistas a la cama. No le gustó ni un ápice como al ver a Irene dejó de prestar atención a la amiga y ella captó toda. 

    —Irene —llamó Marisa—. Te presento a Bruno. Es modelo.
    —Trabajo con las mejores firmas de alta costura —añadió el atractivo hombre—. Y puedo conseguirte a precio de ganga cualquier modelito que te guste —sonrió dejando vislumbrar unos dientes blancos y perfectos.
    —¡Ah! Pues muchas gracias —fue la respuesta de ella ante tamaño despliegue de ego.
   —¿Sí? —Marisa parecía encantada con la propuesta de ese engreído—. Eso tenemos que hablarlo. Siéntate y cuéntanos.
    Bruno se sentó en la butaca más próxima a Irene. Su pierna rozaba de vez en cuando la de ella y comenzó a sentirse incómoda. 
   Las manos del modelo, de vez en cuando, se tomaban demasiadas confianzas pero ya había tenido bastante con el espectáculo de la noche anterior. Así que mantuvo el tipo e intentó separarse de manera sutil de los avances del hombre.
    Marisa le sirvió una segunda copa. Sin apenas darse cuenta en su intento de huir de ese pulpo con piernas se había bebido el contenido de esta.
    No supo que fue lo que la empezó a marear, si el sonido de la voz de Bruno comentando sus proezas en las pasarelas, el calor de la sala o el champán que comenzaba a hacerle efecto. O todo ello a la vez. Así que decidió deshacerse de la chaqueta.
    Los azules ojos del modelo se abrieron desmesurados al ver la prenda que quedo al descubierto al ayudar a Irene en su propósito.

    Viktor observó el rostro de Bruno y la mirada que este deslizó por la espalda de Irene cuando la ayudó a quitarse la americana. No entendía que sucedía en ese palco.
    Pero sus ojos se desencajaron de las órbitas cuando la mujer de su pensamiento quedó de espaldas a él y pudo ver lo que el famoso modelo.
    La espalda del chaleco era casi inexistente. Dos pequeños trozos de tela en los costados que se ataban mediante un cruce de cuerda y que dejaba toda la piel al descubierto. 
    Enrojeció de ira cuando vio como la mano del modelo se posaba sobre el hombro femenino y en un gesto, estudiado, al retirarla rozaba, sutil, esa piel.
    Se levantó airado y su compañero de cámara le miró.
    —Voy a dar una vuelta por la zona VIP. Me ha parecido ver a un conocido.
    El otro asintió en silencio y Viktor salió disparado hacia el palco donde se encontraba Irene. 
   Atravesó el pasillo interior que comunicaba ambas plantas a través de unas escaleras. Subió los peldaños de dos en dos mientras su enfado pasaba de ser una furia de titán a convertirse en una ira helada.
    Con un golpe seco de los nudillos en la puerta del palco avisó de su entrada y sin que nadie del interior le diese permiso entró. 
    Bruno giró la cabeza para ver quien irrumpía de esa mala manera.
    —¡Ah, Viktor! Pensaba pasarme a saludarte luego no hacía falta que me bus…
    —Irene —interrumpió el aludido—. ¿Puedes salir un momento?
    El modelo miró a la mujer que estaba a escasos centímetros de él. Ésta frunció el ceño pero se levantó con rapidez. 
    Era la excusa perfecta para desembarazarse de ese pelmazo.
    —Si me disculpáis.
    —Recoge tu chaqueta y tu bolso —ordenó el dueño de la sala.
    No sabía dónde quería llegar pero obedeció sin rechistar. Tomó ambas pertenencias y se dirigió hacia él.
   Al llegar a su altura Viktor la invitó con un además de su mano para que abandonase primero el palco, adelantó sus pasos y el hombre, posó sus dedos al final de su espalda, justo donde ésta perdía su nombre. Miró a Bruno, retándole y con un saludo de su cabeza salió junto a Irene.
    Ya en el exterior, a solas, le increpó:
    —¿Se puede saber qué te pasa? ¿Qué modales son esos?
    —¿En qué demonios estabas tú pensando? —fue la respuesta de él.
    —¡¿Qué?! No entiendo lo que…
    —Ya veo que no entiendes nada —cortó—. ¿Pretendes que la policía cierre la sala?
    —¿Yo? Pero qué dices. Tú estás mal de la cabeza. ¿A qué viene esa pregunta?
    Los ojos de él echaban chispas. Su mandíbula se tensaba por momentos.
   —No pretenderás decirme que con la ropa que llevas puesta no estás incitando a que los hombres te inviten a algo más que una copa. No pienso defenderte de nuevo.
    —Imbécil —el insulto brotó de sus labios en segundos—. Ningún tío me va a decir a mí como debo o no debo vestirme. Y menos un troglodita como tú que se lía a tortazo limpio con cualquiera que se atreva a dirigirse a su pareja.
    Viktor escuchaba sus palabras en silencio pero Irene podía palpar la furia que despedía cara poro de su piel. aún así no perdió su arrojo.
    —Y creo recordar que tú y yo no somos nada. NA-DA. ¿Lo entiendes? Y ahora si me disculpas voy a despedirme de Marisa, creo que la noche para mí se ha terminado por hoy.
    Y le dejó plantado en el ancho corredor.
    Viktor la vio alejarse y penetrar de nuevo en la salita privada. Apretó los puños para desahogar su ira. 
    Troglodita. Le había llamado troglodita. Y no le faltaba la razón. Pero ¿qué diantres le sucedía? Él no era un tipo celoso, ni posesivo. Vivía y dejaba vivir. Disfrutaba el día a día al máximo, la vida era muy corta para dejarla pasar. 
    Sí, muy corta. Demasiado. 
   Irene salió en ese preciso momento y frunció el ceño al percibir que él no se había movido del sitio. Sin inmutarse lo más mínimo se colocó la chaqueta  y comenzó a andar hacia él con la idea de pasar por su lado e ignorarle.
    La observó cuando ella cubrió de nuevo sus torneados hombros. Su frente arrugada por el enfado y fue cuando su cerebro le mandó el mensaje.
   Sí, la quería a ella en su vida. No sabía por qué ni cómo había sucedido. Jamás había compartido el pensamiento de que existiese el amor a primera vista. Pero ahí estaba la prueba. Venía hacia él con pasos decididos. 
    Irene pasó junto a él y supo que le ignoraría, estiró su mano para tomar la de ella que giró para enfrentarle pero antes de que pudiese llamarle la atención Viktor posó con suavidad sus labios sobre los de ella, acallando su protesta.
    Deslizó con ternura su lengua por la tibieza de esa jugosa piel rosada. Inspiró el suave aroma que desprendía. La abrazó con delicadeza. Cuando vio que el cuerpo de ella se relajaba separó sus labios de los de Irene. La miró con sus intensos ojos y susurró sobre sus labios.
   —Lo siento. Tienes toda la razón. Soy un troglodita. TU troglodita pero por favor no me dejes esta noche.
   Irene sintió como su enfado se diluía a la vez que sus piernas se volvían gelatina pura al escuchar las palabras de ese hipnotizador hombre y el tono con el que las había pronunciado.
   —¿Nos vamos? —invitó él.
   Ella asintió en silencio y se alejaron tomados de la mano hacia la salida. 

martes, 24 de diciembre de 2013

CUERO, BESOS Y ROCANROL (continuación II)

    —Un momento por favor —dirigió sus palabras al taxista—. Espérame aquí.
    Irene le observó avanzar por la acera rodeada de frondosos jardines hacia el portal de grandes cristaleras. Antes de que él llegase, un vigilante salió a su encuentro. Mantuvieron una breve conversación e Irene vio como el guarda entraba de nuevo en el edificio y a los pocos minutos salía en dirección a donde el vehículo estaba estacionado.
    —Don Viktor me manda decirla que ya puede apearse —y dirigiendo su atención al conductor— ¿Que le debo por la carrera?
    Irene dejó al conserje abonando el importe del viaje. Viktor la esperaba en el umbral del portal, sujetando una puerta de cristal templado. Aceleró los pasos para evitar en lo posible el frío de la noche y llegó hasta donde su acompañante la esperaba. Entró y este cerró la puerta.
    —El conserje —avisó.
    —Él tiene llaves de todo el edificio. Incluida las viviendas. Mañana tendré que devolvérselas.
    Se encaminó detrás de Viktor por el amplio vestíbulo donde una  gran mesa de control con distintas pantallas ocupaba un lateral.
    Al fondo, las puertas de aluminio del ascensor eran el único acceso visible al interior del edificio.
Su acompañante pulsó el interruptor y las hojas se deslizaron en silencio mostrando un habitáculo amplio. Penetraron en su interior y él pulsó el último botón.Tras unos segundos de espera, el montacargas comenzó a elevarse, silencioso. Un hilo musical llenaba el ambiente.
    Ellos se mantuvieron en silencio. Al llegar a la planta seleccionada, las puertas se abrieron mostrando un recibidor igual al de más abajo pero de dimensiones más pequeñas. Una única puerta se hallaba en él.
Le llamó la atención que ésta no tuviese ningún tipo de cerradura. A su lado una placa de aluminio con una ranura y un teclado. Más allá. Un interruptor de luz.
    Viktor sacó del bolsillo trasero de su pantalón una tarjeta. La introdujo en la ranura, tecleó una serie de números y la puerta se deslizó hacia un lateral, dándoles acceso al interior de la vivienda.
    —Vamos —invitó él.
    Irene estaba estupefacta. Pero ¿qué clase de edificio era ese? Su cara debió de expresar sus pensamientos porque sonriendo, mordaz, él explico.
    —Domótica.
    Y se quedó tan fresco. Cómo si cualquier ciudadano de a pie pudiese permitirse este tipo de tecnología en su hogar. ¿Quién era él? ¿A qué se dedicaba?¿Podía un vigilante permitirse estos lujos?
    Pero si estos pensamientos surgieron tan solo por lo que una cerradura había hecho cuando penetró al interior de la casa. Se quedó sin palabras.
    Era un espacio diáfano, a dos niveles. Y como no podía ser de otro modo, tan solo los colores blanco y negro predominaban en la decoración.
    Una puerta de aluminio, deslizante, abierta dejaba vislumbrar lo que parecía ser la cocina.
    —¿Te apetece tomar algo?
    Denegó con la cabeza. Las luces de la ciudad se veían a través del enorme ventanal que tenía frente a ella. Desde esa altura la ciudad se mostraba en todo su esplendor. Las miles de luces refulgían contra el negro de la noche.
    Sus pies la llevaron a contemplar, de cerca, ese espectáculo silencioso. Porque esa era otra, ni un solo ruido de tráfico se filtraba hasta ellos.
    Ahogó un jadeo de asombro al contemplar lo que se hallaba tras los cristales. Un jardín Zen con su blanca arena era surcada por sinuosos líneas donde destacaban dos enormes piedras volcánicas.
    Oyó el tintineo de unos hielos al caer sobre el cristal y el sonido del líquido al caer. Volvió la atención sobre su acompañante, que con un vaso dejó caer su cuerpo sobre la piel negra del sofá. Estiró sus largas piernas y las apoyó sobre el tablero oscuro de la mesa auxiliar.
    Suspiró y dio un largo trago antes de hablar.
    —Son esplendidas, ¿eh?
    Irene adivinó que se refería a las vistas.
    —Sí, y el jardín es muy hermoso.
    —Es mi reducto de paz. Puedo pasarme horas dibujando en la arena. sentirme parte de un todo donde yo solo soy un minúsculo grano de arena.
    Este hombre no dejaba de asombrarla. No encajaba en ningún estereotipo masculino.
Al menos no de lo que hasta ahora conocía  sobre él. Y reconoció ante sí misma que le intrigaba y que deseaba conocer más.
    En su cerebro se encendieron luces y sirenas advirtiéndole del peligro pero las ignoró adrede. Por una vez se dejaría llevar.
    Se alejó de la cristalera y se sentó en el borde de uno de los sofás individuales.
    Él la observaba en silencio. Se la veía tensa.
    —No voy a saltar sobre ti, relájate —su tono era burlón—. Tendrás que esperar hasta que amanezca para poder hablar con tu amiga y volver a tu casa. Aún quedan unas horas y sería mejor que descansases.
    —Creo que tienes razón —la voz le salió en un hilo—. Si me indicas cual es mi cuarto.
    El sonrió, enigmático.
    —Está en la planta superior. Al fondo. Sube por las escaleras.
    Pero por más que sus ojos quisieron encontrar los peldaños que la llevarían a poder escabullirse de lo que ese hombre le hacía sentir, no vio nada.
¿Tendría un ascensor camuflado?
    Viktor rió entre dientes. Con su dedo extendido le indicó la pared que estaba detrás de ella.
    —Ahí la tienes.
    Giró su cabeza. Una pared blanca con unas extrañas estanterías fue lo único que observó.
    —Eso son los peldaños.
    Abrió los ojos sorprendida. ¿Pretendía acaso que subiese por esos pequeños trozos de madera que se encontraban en el aire? Estaba loco.
    —¿La escalera? —su voz tembló.
    —Sí. No te preocupes aguantará perfectamente tu peso. Puedo dar fe de ello.
    Ni muerta iba a subir por ahí. Sin barandilla con la que protegerse. Habría al menos cinco metros de altura al piso superior. No quería imaginarse el golpe si le fallaba uno de los tacones de las botas. Las malditas botas de Marisa. Gruñó entre dientes.
    —Si no te importa preferiría dormir en el sofá. Aquí mismo. total, como tú has mencionado, tan solo quedan unas horas para que amanezca. Me iré en cuanto los rayos de sol iluminen las calles.
    Los ojos verdes refulgieron divertidos. Sus labios se ladearon en una sonrisa incisiva.
    —Pensé que eras más valiente. Al menos lo que vi en el interior de la discoteca.
    Irene entrecerró los ojos, molesta por el comentario. Él prosiguió como si nada.
    —Te enfrentas a un hombre ebrio que dobla tu peso y ¿no eres capaz de subir unos simples peldaños?
    «¿Simples peldaños?» ella sí que le iba a dar a él simplezas. Deseó acercarse y borrarle de un bofetón esa sonrisa de su cara.
    —No tengo miedo —siseó.
    —Lo que tú digas —espetó socarrón.
    Miró de nuevo los escalones. Le demostraría que ella no era ninguna cobarde. Alzó su pierna y sujetó el extremo de la bota con una mano mientras con la otra deslizaba la larga cremallera, tiro del talón para sacar su pie de la misma.
    Viktor no perdía detalle de sus movimientos. El brillo de la licra sobre la esbelta pierna le subyugó. Irene repitió el proceso. Y él notó como una parte de su cuerpo respondía ante los sensuales gestos de la mujer que le acompañaba.
    Ella tomó una bota con cada mano. Se puso en pie y le enfrentó. La mirada de él era puro deseo, hambrienta. Notó como un calor irradiaba por todo su cuerpo bajo la intensa mirada. Pero tras sus comentarios mordaces no estaba dispuesta a compartir nada con él.
    —Buenas noches —y con pasos decididos se enfrentó a la escalera.
    Comenzó a ascender dubitativa pero cuando comprobó que los peldaños no se desplazaban de su sitio ascendió con seguridad.
    Se encontró en un rectángulo donde tan solo un extraño sillón era el protagonista. Se hallaba delante de una gran ventana. Junto a esta un largo pasillo con dos puertas de color negro.
    Abrió la primera y se encontró un despacho. Cerró. Probó con la segunda. Una enorme cama, a su derecha, a cuyos lados se encontraban se encontraban las mesillas y como cabecero un espejo exactamente igual al que había visto en la sala donde había conocido al extraño hombre de ahí abajo. Frente a ella la pared era un ventanal.
    Más allá, otra puerta. Supuso que era el baño y decidió usarlo, pero se encontró con un vestidor y otra puerta, esta vez sí era el aseo.
    Al cabo de unos minutos salió y se dispuso a perderse en la amplitud de ese lecho.
    Solo había un problema. No tenía pijama y dormir desnuda no era una opción a escoger. Tampoco le apetecía arrebujarse bajo el suave edredón de plumas con la rigidez de un corpiño y una falda de cuero impidiéndole moverse a sus anchas.
    Unos golpes la sacaron de sus pensamientos. Antes de que pudiese contestar la puerta se abrió unos centímetros.
    —Puedes usar uno de mis pijamas. Los encontraras en el primer cajón del vestidor.
    —Gracias —respondió a la puerta porque Viktor había desaparecido.
    Los encontró donde él le había indicado. Tomó entre sus manos el bonito pijama negro de seda. Desechó el pantalón en cuanto vio la largura de las perneras. Se desnudó, dejando su ropa doblada sobre una de las estanterías vacías y se vistió con la chaqueta del pijama. Le estaba enorme. La llegaba a mitad de sus muslos. Arremangó con un par de vueltas el tejido y con un suspiro de cansancio se dejó caer sobre el mullido colchón.
    Ni se percató de cuando sus ojos se cerraron.


    Suspiró satisfecha. Una sonrisa se dibujo en sus labios mientras  sentía como el cuerpo era envuelto por esa languidez, conocida, tras una magnífica sesión de sexo.
    Los dedos masculinos acariciaban las caderas, enlazó la mano con ellos y se deslizó hacia el cuerpo cálido que se encontraba tras ella amoldándose a la perfección.
    Sentía los párpados pesados. «Una cabezada y ya se verá después» fueron sus pensamientos. Necesitaba dormir. ¿Dormir?... Un sueño.
    Abrió los ojos, tan solo había sido un sueño. Pero era tan vivido. Aún podía sentir la calidez de la mano masculina sobre ella.
    ¿Un momento? Había una mano masculina sobre ella. Sus dedos no se entrelazaban pero sentía el calor que ésta emanaba. Y el del cuerpo que más allá rozaba, apenas, su espalda.
    Se giró bruscamente para encontrar a Viktor completamente dormido. A su lado. Ahogó un grito. ¿Qué demonios hacía él allí? Hasta donde ella recordaba había subido las escaleras a solas. Y sola se había acostado.
    Comprobó que la chaqueta del pijama estuviese aún sobre su cuerpo. Respiró aliviada. Miro de nuevo a Viktor. Él era otro cantar.
    El frondoso y oscuro pelo cubría parte de la blancura de la almohada y su torso desnudo. ¿Desnudo? Alzó con sigilo el edredón e introdujo la cabeza por debajo. Un grito ahogada salió de sus labios. Él tan solo llevaba unos ceñidos bóxer negros. Sacó con rapidez el rostro de entre las sábanas.
    Viktor seguía dormido, ajeno a sus reacciones. Inspiró profundo para calmarse. Tras unos minutos comenzó a ver la situación desde otra perspectiva.
    Levantó de nuevo la ropa de cama, sus ojos brillaban con picardía y una sonrisa apareció en sus labios. No estaba nada mal.
    Deslizó la mirada por el torso desnudo, recreándose en los amplios pectorales, en el vello escaso que los cubría. Los marcados abdominales llamaron su atención de inmediato y resiguió con la vista la fina línea de pelo que se perdía más allá del ombligo, hacia el tentador triángulo que marcaban las caderas. Se deleitó en contemplar lo que la oscura ropa interior cubría. ¡Vaya que sí! Inconsciente, humedeció sus labios.
    Y con el deseo impreso en sus ojos, hizo el recorrido inverso hasta llegar al rostro de su compañero de cama.
    El corazón latía rápido contra sus senos. Estaba excitada, dispuesta. Deseaba probar de nuevo el sabor de esos labios, el calor de las manos de él sobre su cuerpo. Dejarse llevar por la lujuria del momento, mañana sería otro día.
    Acerco el rostro hacia el de él. Sus labios rozaron leves los masculinos. Un hormigueo le recorrió la piel al saberse ladrona de ese beso y se separó unos centímetros lo suficiente para descubrir el fulgor de esos ojos verdes entreabiertos.
    Quiso separarse veloz pero la mano de Viktor fue más rápida, la sujeto por la cintura y se abalanzó, voraz, hacia sus labios.
    Irene no luchó contra él. Se dejó inundar por las sensaciones que esa lengua y esos labios provocaban en ella.
    Viktor abandonó esa jugosa boca para perderse en la piel del cuello. Deslizó la punta de su lengua sobre ésta. Dejando a su paso un reguero ardiente de deseo.
    Se moría por perderse entre los senos que su propio pijama, en ese provocativo cuerpo, dejaba vislumbrar.
    Sin malgastar el tiempo con los botones su mano se coló por debajo del pijama. Acarició con deleite la sedosa piel. Los jadeos de Irene llenaban sus oídos haciendo que su sangre bullese en su interior.
    De su garganta emergió un gemido de placer cuando las manos de ella comenzaron a jugar con sus tetillas y quiso jugar el mismo juego.
    Sopesó los senos, los apretó con suavidad contra la palma de sus manos. Comenzó a dibujar círculos con estas y al momento los pezones femeninos se irguieron contra ellas. Duros, provocativos. Los mordió a través de la seda mientras sus manos buscaban el borde de la chaqueta para deshacerse de ella. Cuando los tuvo frente a sus rostro se deleitó unos segundos en contemplarlos. Lo suficiente para que su pasión se elevase unos grados más y sus labios devorara los de Irene.
    Pegó su torso al de ella. Sentía los erectos montículos contra él. Enardeciéndole. Quiso hacerla partícipe de sus emociones y apretó las caderas contra el pubis de ella que en respuesta alzó las caderas.
    Besó, lamió, degustó cada centímetro de esa mujer.
    Las manos de ambos se movían, acariciando, apretando, arañando sutiles. Llevándose mutuamente hacia el borde de un abismo y caer en él en busca del clímax.
    Sus cuerpos sudorosos se dejaron caer extenuados sobre el colchón.
    Irene arrebujada contra ese cuerpo cálido, al igual que la noche anterior, pero sin nada que impidiese sentirle. Piel con piel.
    Apoyó la frente sobre el ancho pecho mientras las manos de él acariciaban su espalda.
    —A propósito —la ronca voz de Viktor rompió el silencio—. Buenos días.
    Irene no pudo evitar la carcajada. Asintió.
    —Buenos días para ti también.

domingo, 22 de diciembre de 2013

PREMIO LIEBSTER BLOG AWARD





Hoy, como cada mañana, he abierto mi correo.  Entre los mensajes había un comentario en mi blog, así que por supuesto, he ido a verlo. Grata sorpresa. En él se me comunicaba que he sido premiada con el primer puesto de las nominaciones de Liebster Awards para blogs.
Me ha  galardonado Tamara Bueno. Una autora novel que dará mucho que hablar en el panorama bloguero y editorial. Y si no, al tiempo. Desde aquí os invito a que entréis en sus blogs para comprobar con vuestros propios ojos lo que digo. Tenéis los enlaces aquí mismo en Mi lista de blogs.
Tamara Bueno. Mi mundo.
Ángeles en la tierra.
Este premio lo concede otro blog y los requisitos necesarios para ellos son:

  • Ser un blog de reciente creación o con menos de doscientos seguidores. 
  • Agradecer el premio al blog o persona que te lo concedió
  • Responder a sus once preguntas. 
  • Conceder el premio a otros once blogs y proponerles otras once preguntas. 
  • Visitar los blogs premiados 
  • Informar a los blogueros del premio. 


Desde aquí mi agradecimiento a Tamara Bueno por recordar este retoño mío de la red y deseo que siga disfrutando, al igual que los demás, con lo que humildemente escribo.


Preguntas de Tamara Bueno

1—¿Por qué o cómo decidiste hacer el blog?
Conocía la existencia de blogguer por amistades pero aunque escribía por entonces y estaba metida, de lleno, en mi primer retoño, tenía suficiente con mandarles los capítulos terminados a mis amigas. Fue una de ellas la que me animó pero la experiencia no tuvo el éxito esperado. Y no por ellas, sino porque, yo y la tecnología no nos llevamos demasiado bien y lo terminé abandonando.
No fue hasta primeros de este año que decidí intentarlo de nuevo. Comencé a subir relatos y, de nuevo, una amiga escritora, me animó a que no lo dejase. Y aún lo sigue haciendo.

2—¿A quién admiras en la blogosfera? ¿Por qué?
Admiro a todas aquellas que son capaces de volcar en su blog, su personalidad propia. Bien por sus entradas bien por las imágenes que muestra en él.

3—¿Qué te gustaría conseguir con el blog?
Hacer disfrutar al que entre y se detenga a leer las entradas.

4—¿Quién o qué te inspira para escribir en tu blog o fuera de él?
Ahora me inspiran mis seguidores y ver cómo aumenta el número de visitas. Saber que hay personas que esperan mis entradas es una satisfacción.

5—¿Qué te influye en lo que escribes? ¿De qué manera?
Cualquier cosa, si con influir te refieres a que puede motivar que me ponga a escribir. Una frase, una imagen, una situación que haya visto.
Si a lo que te refieres es a qué siento yo cuando escribo. Pues, me da la vida.

6—¿Qué futuro ves en tu camino como escritora y bloguera?
Pues supongo y espero que lleno de satisfacciones. No a todo el mundo le gustará cómo escribo o alguna entrada pero soy una persona abierta a todo tipo de comentarios. Y ellos se aprende.

7—Si pudieses escribir de cualquier género y tuvieses asegurado la venta de tu obra. ¿Cuál sería el género a escoger?
Romántica, seguramente. Aunque nunca se puede descartar ningún género. Suelo escribir lo que me pide el "cuerpo" en ese momento.

8—¿Qué cambiarías de tu blog?
Ahora mismo estoy satisfecha con él, sé que tengo que mejorarlo y en ello estamos, eso, si mi torpeza no lo impide (risas).

9—¿Por qué crees que has sido nominada a un Liebster?
Porque además de reunir los requisitos para ello hay personas maravillosas que creen en mí, en lo que escribo y una en especial, ella ya sabe quién es.

10—¿En algún momento has pensado en abandonar el blog?¿Por qué?
Ya abandoné uno en su momento pero ahora no estoy dispuesta a tirar la toalla. Tengo mucho que contar todavía.

11—¿Crees que tu blog puede ser inspiración para algún escritor que este comenzando su camino?
¡Uf! Eso son palabras mayores. Pero si mis entradas sirven para que uno de mis lector@s tengan la necesidad de plasmar sobre un papel lo que les susurran sus musas pues bienvenido al club (risas).
Aún me queda mucho que aprender, como escritora, estoy en pañales. Tan solo espero que según vaya madurando mis amigos continúen ahí.


Mis blogs nominados:
1.    Papel, café y chocolate 
2.    Lealtades enfrentadas 
3.    Buscadoras del placer 
4.    Olalla Pons 
5.    Cosas que pasan 
6.    Aileen Diolch
7.    Queriendo contar 
8.    Lalanuno 
9.    Mperles escritora 
10. Por siempre jamás. 
11. De libros y otros menesteres

Mis preguntas para los blogs nominados por mí.

1—¿Qué te impulso a crear un blog?
2—¿Qué esperas de él?
3—¿A qué blog admiras tú?
4—¿Qué crees que aporta tu blog que otros no hacen?
5—¿Vas a usarlo como rampa de lanzamiento en tu carrera de escritora?
6—¿Qué les pedirías a tus seguidores?
7—¿Qué mejorarías de tu blog?
8—¿Qué te mueve a continuar con él?
9—¿Por qué crees que has sido nominada a un Liebster?
10—¿Qué te motiva a la hora de escribir? En general.
11—Un consejo para los nuevos blogueros.


sábado, 21 de diciembre de 2013

CUERO, BESOS Y ROCANCOL (continuación I)




    Las luces estroboscópicas la cegaron por un momento. Esto, unido a lo abarrotado que se hallaba el local, la hizo temer que sería bastante complicado encontrar a Marisa. Suspiró resignada, al menos dentro no hacía frío.
    Paseó la mirada por el recinto, tenía que reconocer que la larga espera había recibido la pena. Desde la planta baja, donde se hallaba, se vislumbraba las dos alturas que formaban la discoteca.
    La pista de baile era un cuadrado perfecto, un metro más abajo, por el que se accedía al bajar unos escalones, más allá.
    En cada esquina, sobre una plataforma redonda, animaban al gentío cuatro go-gós, dos chicos y dos chicas.
    Observó que la planta superior tenía palcos como los teatros, supuso que era la zona VIP. Pero su atención volvió a centrarse donde se hallaba. Mesas altas y taburetes estaban diseminados aquí y allá. Las barras de bar, una a cada lado del recinto.
    Apoyada en la barandilla que separaba la pista de la zona de copas buscó, de nuevo, a Marisa. A través de los altavoces comenzó a escucharse una canción de Rihanna. Era su oportunidad. Su amiga, gran fan de la diva, no desperdiciaría la ocasión de bailar y tras varias ojeadas por fin la divisó.
Tuvo que reírse a la fuerza. Marisa se hallaba junto a uno de los chicos go-gó e imitaba a este en sus movimientos de baile. Se dirigió hacia la escalera más próxima,  Al acercarse hacia ella vio el enorme espejo que ocupaba el fondo de la pista.
    No fue consciente de la mirada que algunos ojos masculinos le lanzaban a su paso.
Llegar hasta Marisa le llevó varios pisotones, un par de agarrones, una cobra a un borracho y unos cuantos empujones más.
    —¡Por fin!
    —¡Irene! —saludó Marisa entusiasmada—. Lo has conseguido.
    —Sí, pero no gracias a la ayuda de una que yo me sé —espetó simulando estar enfadada.
    —Lo siento, lo siento… pero es que…
    —No ¡ya! siempre hemos sabido que los rubios con cara de ángel te pierden
    —Si —y alargó la afirmación, regodeándose.
    —Y ¿dónde está el querubín?
    —En el baño con sus amigos.
    —¿Todos juntos? —preguntó extrañada.
    Marisa, por toda respuesta, encogió los hombros y continuó bailando. Ella se hizo a un lado y observó         bailar a los demás.
    Pero le duró poco estar sola porque la nueva adquisición de su amiga y el resto de compañeros se acercaron para rodearla.
    Se presentaron y algunos de ellos se sumaron al baile frenético de su acompañante.


    Tras el espejo, Viktor la observaba.
    «Es un bombón».
    Esa mujer tenía un cuerpo escultural y la ropa lo remarcaba aún más. Pero ella no era consciente de las emociones que podía desatar en un hombre. Lo notó en cuanto se percató cómo los enormes ojos castaños de ella se abrieron temerosos ante su proximidad y su escrutinio. Una verdadera loba habría usado todos sus encantos para lograr pasar, sin embargo, ella utilizó su mal genio y la mordacidad,  algo que le descolocó. ¿Por qué entonces se vestía así?
    Ahora con el zoom de las cámaras de seguridad podía observar todos sus movimientos. Ella tiraba de la escasa tela de la falda hacia abajo y del corsé, con mayor disimulo, hacia arriba. Rió entre dientes. Desde luego estaba a disgusto.
    Sin embargo, la que parecía ser su amiga estaba en su salsa. Bailaba y coqueteaba con un tipo rubio, que por sus movimientos y actitud, tenía en su cuerpo algo más que unas cuantas copas. Olía a problemas. Él y su grupo de amigos. Advirtió a los vigilantes y continuó deleitándose con la morena.
    Parecía que se iba integrando en el grupo. Varios jóvenes la rodeaban, reían entusiasmados y se miraban, codeándose y sonriendo a la presa.
    Uno de ellos se aproximo hacia el rostro de la joven, le susurró algo y pudo observar como esta reía, asintió y estudiaba con gesto pensativo el corro de hombres. Señaló a uno de ellos.
    —Tú —leyó en los apetitosos labios.
    El elegido sonrió ufano y guiñándola un ojo con picardía tomó un largo trago de su bebida mientras se comía con los ojos a la muchacha. Esta, ajena, seguía charlando y riendo los comentarios del grupo.
Frunció el ceño, molesto.


    —Bueno. ¿Puedo ya salir de vuestra muralla de torsos atléticos? —preguntó Irene en tono burlón.
Varios de los hombres se separaron y galantes abrieron el apretado círculo.
    —Gracias —y dobló con gracia las piernas haciendo una pequeña reverencia— ha sido un placer serles de ayuda, caballeros.
    Pero antes de que pudiera abrirse camino, la mano del seleccionado se cerró abruptamente en su antebrazo.
    —¿Dónde crees que vas? -—preguntó en tono irritado al comprobar que su posible conquista se marchaba.
    —A por una copa —respondió Irene tranquila y zarandeó su brazo intentando deshacerse del agarre masculino.
    Comprobó que los dedos del hombre sujetaron  más fuerte su brazo. Unas punzadas de dolor la traspasaron e irritada  ante el acoso decidió dar rienda suelta a su lengua mordaz.
    —Quita tus sucias manos de mi brazo —la advertencia salió sibilante y con sus negros ojos taladró al agresor.
    —Yo sí que pienso hacer cosas sucias contigo nenita —y el hombre rió su propio comentario. El resto coreó con risitas nerviosas la grosería.
    —Suéltame —le exigió alzando ahora la voz y empujando con fuerza el tórax del hombre.
    Viktor observó el forcejeo. Se levantó, raudo, y en cuestión de minutos se hallaba en la sala de baile. No perdía de vista al grupo.
     El resto de jóvenes comenzaba a separarse inquieto e increpaban a su amigo para que soltase a la chica. Éste, irritado porque veía que su presa no iba a satisfacer sus expectativas gritó.
    —No eres más que una calientapollas  —escupió iracundo sobre el rostro femenino.
    La respuesta de Irene no se hizo esperar. Su pequeña mano se alzó rauda hacia el rostro masculino y dejó un rojizo cerco sobre la mejilla del hombre.
    Los ojos del agredido se abrieron sorprendidos pero cuando el estupor dio paso a la ira, estalló el vaso contra el suelo y su mano libre se lanzó hacia el rostro de la joven.
    Antes de que el puño del hombre comenzara a moverse hacia ella, una mano apareció ante los ojos de Irene.  La garra se cerró con fuerza sobre el agresor y una voz profunda tras ella susurró amenazante:
    —Esas no son maneras de tratar a una dama. —Y aunque las palabras fueron dichas en un tono bajo, la piel se la erizó ante la amenaza intrínseca que se destilaba de las palabras.
    El bravucón enrojeció de cólera al ver frustrada su intención de golpearla y forcejeó contra su contrincante.
    Irene fue apartada con rapidez por un joven del grupo que pareció reaccionar  antes de que el embiste de su atacante contra el desconocido la arroyase.
     Varios pares de manos y brazos intentaban separar a ambos hombres que luchaban cuerpo a cuerpo.
    Vio absorta como el rostro del vigilante motero recibía un puñetazo en la mandíbula. Gritó e intentó soltarse de los brazos que la sujetaban. El hombre trastrabilló pero recuperó el equilibrio y respondió al otro. Irene no supo si fue la fuerza del impacto o la embriaguez del agresor o ambas cosas pero el cuerpo del patoso  se estampó ruidosamente contra una de las mesas que se ubicaban dentro de la discoteca.
    El estruendo de cristales rotos y los gritos de las personas que se encontraba a su alrededor llamaron la atención del resto de vigilantes del antro que aparecieron como por arte de magia.
    Izaron del suelo al maltrecho matón, sujetaron a su compañero entre varios de ellos y abriéndose paso se dirigieron, todos, hacia la salida trasera.
    Se desasió de las manos que la sujetaban y comenzó a empujar al gentío que la impedía llegar hacia el grupo que era engullido por la masa.
    Los perdió de vista, momentáneamente. Comenzó a buscar a Marisa con la mirada.
    —Maldita sea ¿dónde se habrá metido esta mujer? —refunfuñó enfadada, mientras proseguía en su persecución.
    Vislumbro a través de las luces estroboscópicas el cartel de salida de emergencia. Supuso que los vigilantes se habrían dirigido hacia allí. La zona trasera del local estaba menos abarrotada y tan solo le llevó unos minutos encontrarse ante la puerta de salida. Empujó el pomo antipánico, que cedió con facilidad, y se encontró en un callejón levemente iluminado por una luz roja que se hallaba en la parte superior del portón.
    El grupo de hombres se hallaba metros más allá. La tenue luz carmesí dibujaba más sombras que claridad en sus figuras.
    Los altos tacones resonaron en el silencio de la oscura calleja. Varias cabezas se volvieron hacia ella pero esto no detuvo sus decididos pasos. Paró a escasa distancia de ellos.
    Nicolai, el gorila de la entrada, observaba con gesto adusto al joven que había intentado agredirla. Dos vigilantes sujetaban a este por los antebrazos, intentaban mantenerlo en pie. Más allá, la alta figura de su oscuro defensor maldecía entre dientes, paseaba, tenso, en círculos concéntricos mientras crispaba los puños. Se dirigió hacia él.
    —¡Dios! —gritó el hombre al aire y desató su furia contra uno de los contenedores de basura que se hallaban en el callejón.
    Irene encogió los hombros, en un reflejo instintivo de protección, ante el estruendo de la chapa al recibir el fuerte impacto y se detuvo a corta distancia
    Él, dejaba escapar volutas de vaho con su agitado resuello. Poco a poco, pudo observar como a la vez que la tensión de ese fibroso cuerpo se iba calmando, las pequeñas nubes se iban distanciando una de otra.
    Fue cuando la voz de Nicolai se escuchó:
    —Jefe ¿qué hacemos con este?
    El hombre giró su rostro hacia donde el otro esperaba, inmóvil, la respuesta.
    —Ya sabes lo que tienes que hacer.
     Irene oyó con nitidez como las teclas de un móvil, al ser marcadas, dejaban tres tonos en el aire. Imaginó que el vigilante llamaba a emergencias porque en todo ese corto lapsus de tiempo, ella no había despegado sus ojos de la figura que tenía delante.
    Dio marcha atrás cuando notó que él se movía en su dirección pero el temor fue en vano porque se acercó hasta el grupo de hombres sin siquiera echarla un leve vistazo.
    Se enfrentó al atontado joven que parpadeó varias veces en un intento de centrar la mirada sobre Viktor, que en ese momento, sujetaba con fuerza su mentón.
    —Más te vale que no se te ocurra denunciarme.
    Irene ahogó el jadeo de sus labios. No podía creer lo que acababa de escuchar. ¿Su héroe acababa de amenazar al otro hombre?
    —Saldrías mal parado —continuó en tono duro—. Nuestra versión será que te desmayaste y caíste contra una de las mesas. Los análisis que te hagan hablaran por sí solos —un gruñido fue la respuesta del otro pero Viktor prosiguió su discurso— a los grados de alcohol se sumaran los restos de coca de tu organismo. Para nosotros no serás más que una pequeña molestia común en nuestra vida nocturna. Gajes del oficio. Yo, por mi parte, no voy a denunciarte.
Irene era mudo testigo del ¿altruismo? de ese desconocido. El semiinconsciente interlocutor asintió.
    —Y ahora —y se enfrentó a ella—. Tú y yo nos largamos de aquí.
    —Pero…
    La penetrante mirada que le lanzaron esos ojos la hizo enmudecer.
    —Será mejor que tomemos un taxi, creo que por hoy ya he tenido suficiente y no quiero que me detengan por escándalo público.
    —¿Qué? —no entendía una palabra de lo que le estaba diciendo.
    Él, señaló una moto de gran cilindrada que se hallaba aparcada junto al portón por el que había salido y que hasta ese momento le había pasado desapercibida.
    —Mi medio de locomoción no es el más adecuado para tu atuendo.
    Y su mirada se posó en la minúscula prenda de cuero que llevaba por falda. Sintió las mejillas enrojecer y agradeció mentalmente que la escasa luz de la calle no la delatara.
    Se imaginó, subida a horcajadas sobre la enorme moto. Sí, decididamente, les denunciarían por escándalo.
    —Tengo mis objetos personales dentro y está Marisa.
    —No hay problema. Mis… compañeros buscarán a tu amiga, le informarán y ya te los dará mañana.
    El sonido lejano de una sirena llenó el silencio de la noche.
    —Vamos, antes de que nos vean salir de aquí.
    Le siguió hacia la puerta de hierro que cerraba el callejón. Él, tecleó un código sobre el dispositivo de alarma a la que estaba conectado y salieron hacia las calles desiertas de la ciudad.
    Minutos después, cuando se hallaban ya alejados de la puerta de abastecimiento de la discoteca vieron como una ambulancia y varios coches patrulla  penetraban en su interior.
    Dos calles más abajo, él detuvo su avance. Del bolsillo delantero del ceñido pantalón sacó un móvil.
    —Mándame un taxi, estamos frente a las cocheras de los buses. Gracias.
    Cortó la conexión y guardó, de nuevo, el teléfono en el pantalón.
    «¡Quién fuera mano!». La sorprendió el pensamiento lujurioso. Él no era para nada el tipo de hombre que le gustaba. «Para nada» se repitió a sí misma pero le sonó sin convicción. Sentía la mirada de él clavada en su rostro.
    Bajo la luz de la farola Viktor podía leer el cúmulo de emociones en ella. Jamás se le habría pasado por la cabeza que los seguiría. Cualquier otra en su lugar se hubiera quedado a resguardo en el interior de la sala, asustada o bien chismorreando con su amiga que dos hombres se habían peleado por su causa.
    Pero no, eso no era del todo cierto. Él no había reñido por ella. Él tan solo había querido evitar una pelea en el local y había defendido a la parte más débil en la contienda. ¿O no?
    No quiso entrar a definir lo que sintió cuando ese malnacido había levantado el puño contra la mujer, cualquier otro habría respondido como él. Era lo correcto, pero también supo que, normalmente, y para estos casos tenía a Nicolai. Él, jamás salía de la protección que el espejo polarizado le daba. Tan solo, de vez en cuando,  se personaba en la zona VIP y a requerimiento de algún famoso que quería saludarle en persona.
    También reconoció que de no haber sido sujetado por sus hombres aún seguiría golpeando a ese cabrón por el mero hecho de haberla tocado.
    Irene abrazó su cuerpo. La penetrante mirada de él la estaba poniendo nerviosa. Tiritó de frío, el escaso atuendo que llevaba no ayudaba para estar parados a la intemperie y con unos cuantos grados bajo cero. Maldijo entre dientes la tardanza del taxi, a este paso, morirían congelados y se la encontrarían con esa absurda ropa.
    La carcajada, hilarante, brotó de sus labios. El frío comenzaba a hacer estragos en sus neuronas. Sus caóticos pensamientos tan solo le provocaron un ataque de risa nerviosa.
    Viktor no podía creer lo que sus ojos veían. Ella se desternillaba de risa.
    —Me he perdido el chiste —comentó algo malhumorado.
    —No hay ninguno —comentó e inhaló repetidas veces para calmarse—. Esta situación es absurda, roza el surrealismo.
    Él, asintió.
    —Moriremos congelados, esperando un taxi que nunca llega y ni siquiera conozco tu nombre.
    —Viktor.
    —I-re-ne —castañearon sus labios sin poder evitarlo—. Y me vas a perdonar por no saludarte pero si dejo de abrazarme creo que mi cuerpo estallará en diminutos cubitos de hielo.
    Sin pensárselo, Viktor, se acercó hacia ella y envolvió el tentador cuerpo con sus brazos para acercarla a su pecho.
    A pesar de que la ropa de él estaba fría, al cabo de unos minutos, comprobó como la calidez de ese cuerpo atravesaba su piel y le aliviaba. Apoyó sus ateridas manos sobre el ancho tórax, percibía la respiración a través de los movimientos del mismo, los latidos del corazón en sus puños apretados, el aroma, sutil, de la piel masculina mezclado con su colonia y restos del olor a cuero del gabán con el que le había visto.
    El ritmo de ese sonido, la relajó. Se dejó llevar por él y quiso sentirlo con toda su fuerza, abrió las manos y apoyó la mejilla sobre el torso. Que a gusto se sentía, así, acurrucada entre esos brazos. No se percató que su cuerpo se amoldó a de él, abandonando la rigidez que hasta segundos antes lo envolvía.
    Viktor sintió cada centímetro de las curvas de Irene relajarse contra él. Los senos, que desde su altura había vislumbrado, apretados contra su pecho, al igual que las manos y la mejilla de ella.
    Acarició la sedosa piel de la espalda que quedaba al descubierto, tentadora. La esencia de esa mujer estaba causando estragos en su autocontrol. Se la imaginó en otra situación menos caótica y su cuerpo le jugó una mala pasada.
    Irene percibió el aumento de los latidos, la respiración más agitada. La calidez del aliento de él sobre su pelo unido a las sensaciones que estaban despertando, le hicieron separarse unos centímetros de esa protección y alzó el rostro. Se sumergió en el verde esmeralda de esos ojos que contrastaban con sus cejas negras.
    Estudió los fuertes rasgos, remarcados ahora bajo la luz artificial. La nariz, recta, con carácter, los labios entreabiertos, el mentón anguloso, las mejillas marcando algo los pómulos.
    Su mirada volvió hacia el mentón. Hacia la fea magulladura que comenzaba a esbozarse en él.
    Alzó la mano hacía ella.
    —¿Te duele? —susurró.
    —Molesta pero nada a lo que no esté acostumbrado.
    —Siento que por mi causa…
    Él no la dejó terminar. Sujetó con suavidad la barbilla de ella.
    —Tú no tienes la culpa —una sonrisa seductora se dibujó en los labios de Viktor—. Rectifico. Si no fueses tan apetitosa, esto, no habría ocurrido.
    Abrió los ojos con asombro, en los labios quedó ahogado un jadeo de estupor porque él posó con suavidad su boca sobre la de ella.
     Los labios estaban fríos pero esto no amedrentó su osadía. Él los haría entrar en calor.
Humedeció con su lengua la sensible piel, incitando a que Irene correspondiese a la caricia. Tímidamente ella abrió sus labios y él atacó voraz.
    Sus dedos sujetaban la nuca femenina, afianzando el beso. Pero quiso más. Sentir sobre su cuerpo la calidez del de ella. Y osado deslizó una mano sobre la falda de cuero, cubriendo la nalga y atraiéndola hacia sus caderas, donde se marcaba, contra sus ceñidos pantalones, lo que ella le estaba haciendo sentir.
    Tal como había sospechado ella respondió con pasión. Su cuerpo estaría disfrazado con esas ropas pero sus emociones no.
    Embebidos en el ardor de sus caricias no se percataron del ruido del motor de un coche que se aproximaba a ellos.
    El taxista estudió a la pareja que daba rienda suelta a la lujuria de sus cuerpos. No había un alma más en la solitaria calle, tenían que ser ellos. Rió entre dientes y dio dos toques de claxon para llamar la atención de los tortolitos.
    Irene respingó entre los brazos de Viktor y se separó con rapidez. Él, maldijo entre dientes al inoportuno conductor. Con gesto adusto abrió la puerta trasera del vehículo e invitó a la mujer con un gesto de su mano.
    Agradeció la calefacción del interior del vehículo. Viktor se acomodó muy cerca de ella.
    —¿A dónde les llevo? —preguntó el conductor volviendo la cabeza y mirándoles a ambos.
    Viktor le indicó con un gesto que diese la dirección.
    —Pues —comenzó a decir—. Yo vivo en la zona sur.
    Los hombres esperaban sus indicaciones.
    —Pero —continuó—. Creo que no va a ser posible que usted nos lleve allí.
    Ante la muda pregunta de ambos explicó.
    —Me dejé mis pertenencias —y recalcó esto último mientras fijaba su mirada en Viktor y fruncía el ceño, enojada, ante lo que tenía que haber sido evidente para él— en el interior de la discoteca.
    Para su regocijo la cara de su acompañante reflejó el apuro que sentía en ese momento. La sonrió a modo de disculpa e indicó al taxista dónde dirigirse.
     Veía pasar ante sus ojos el escaso tráfico de la madrugada, las calles vacías, los edificios y tiendas cerradas a cal y canto. En el interior del vehículo tan solo se oía la melodía que emitía la radio y, de vez en cuando, la voz del interlocutor.
    Tan solo ella podía meterse en estos embrollos. ¿Qué diantres hacía metida en un taxi, con un total desconocido  y sin que nadie supiese su paradero? Estaba agradecida a Viktor por haber salido en su defensa contra el patán de la discoteca pero de ahí a tener que pasar lo que quedaba de noche en su casa había un mundo.
    Además ¿por qué habían huido de la discoteca? No tenían nada que ocultar, habían sido agredidos y tan solo respondieron a la agresión. A no ser que su acompañante tuviera algo que ocultar a la policía.
    Estos pensamientos provocaron que se removiera nerviosa en el asiento.
    Viktor notaba la tensión en el cuerpo de Irene. Los puños apretados sobre el final de su exigua falda, el ceño fruncido.
    Por fin llegaron a su destino.

jueves, 12 de diciembre de 2013

CUERO, BESOS Y ROCANROL

   —Si en cinco minutos no nos hemos movido de aquí, yo me largo —gruño Irene mientras calentaba, en vano, los congelados dedos de las manos con su aliento.
   —Presiento que me vas a dar la noche —fue la respuesta de Marisa, que sin mirarla siguiera sonreía a un joven rubio de ojos claros que se la comía con la mirada.
   Irene, de puntillas, ojeó la larga fila de personas, que heladas de frío como ellas, esperaban pacientes a que el gorila de turno las dejase entrar a la abarrotada discoteca.
   La puerta se abrió para dejar salir a un grupo que pos su indumentaria, adivinó, saldrían de la zona VIP.
   El vigilante señaló a varios individuos, que jubilosos por haber sido seleccionados se encaminaron hacia la puerta, entre ellos, el rubio que hacía ojitos a Marisa, que se despidió con la mano.
   Pasó por delante de ellas y seleccionó a un par de parejas más. Que ignorase, tan descarado la presencia de ambas, que no respetase el turno de espera, el frío de la noche y los tacones que la estaban matando fueron el cúmulo de circunstancias que hizo que explotase.
   —Perdone pero nosotras estábamos antes —abordó en tono de enfado al portero.
   Él, la miró de soslayo como quien divisa un molesto moscardón y con ademán chulesco eligió a dos personas más.
   Que le ignorasen de manera premeditada tan solo conseguía que su ira fuese a más.
   —Oiga… —increpó de nuevo, Marisa le propinó un codazo de advertencia.
   —¿Perdón? —la voz del hombre destilaba prepotencia pero Irene no se amilanó.
   —Llevamos mucho tiempo esperando y nosotras hemos llegado primero.
   —Es lo que hay —y comenzó a andar hacia su posición ante la escalinata de la discoteca.
   —Y ¿quién es el que dicta lo que hay? ¿Tú?
   —Será mejor que nos vayamos —susurró Marisa tomándola del codo e intentando evitar un enfrentamiento. Irene se zafó del agarre.
   —No, no nos vamos. Hemos venido a disfrutar de la noche. No nos hemos arreglado para terminar en cualquier garito. Nos tiene que dejar pasar.
   Los ojos del hombre recorrieron a ambas.
   —Puedes pasar.
   Marisa la agarró del brazo pero paró en seco al escuchar al vigilante.
   —No, ella se queda.
   La joven dudó. Miró hacia la puerta por donde el atractivo rubio había desaparecido minutos antes, cruzó sus ojos con Irene que suspiró con resignación.
   —Anda ve. Te busco luego.
   —Lo dudo mucho —espetó el gorila —. No llevas la ropa adecuada.
   «¡¿Qué?!». Repasó el conjunto prestado por Marisa. El ajustado corpiño, la minifalda de cuero —por llamar algo a ese escaso pedazo de tela—, y las maravillosas, según Marisa, botas altas de tacón de aguja. Ella había protestado cuando su amiga le propuso que se cambiara sus ropas cuando fue a buscarla.
   Pero una cosa era que no se encontrase cómoda con esa ropa y otra muy distinta que ese tipo opinase sobre su aspecto. Antes de que pudiese protestar el portero añadió.
   —No está permitido llevar ropa de cuero.
   Entrecerró los ojos. ¿Qué norma ridícula era esa? Iba a protestar cuando apareció.
   La siniestra figura vestida de cuero negro destacaba bajo el foco de la entrada. El pelo negro, ondulado, recogido en una coleta baja y unas gafas de sol cubriendo sus ojos.
   Se acercó a ellos con pasos decididos, a su paso se elevaron un sinfín de murmullos en la fila. Tragó el nudo repentino de su garganta cuando la imponente presencia del desconocido estuvo a escasos centímetros de ella.
   —Nicolai, te necesitamos dentro —ordenó autoritario, la voz profunda.
   Al girar la cabeza hacia el desconocido Irene pudo observar el diminuto auricular que el vigilante llevaba en su oreja, exactamente igual que el que portaba el hombre de cuero.
   Nicolai asintió y ambos se dirigieron hacia la entrada. Sus ojos no pudieron evitar fijarse en las marcadas nalgas del siniestro hombre. Tentadoras.
   Deslizó la mirada por las largas y musculosas piernas que terminaban en unas botas de motero.
   Hizo a un lado la prudencia y alzando la voz recriminó.
   —Y ¿él?. ¡Ah! No perdona. No lleva cuero —adujo con sarcasmo.
   Los hombres la enfrentaron.
   —Él… es una excepción —masculló el vigilante.
   —Sí —corroboró—, excepcionales son sus ropas y sus gafas de sol. Muy adecuadas para el interior de una discoteca.
   El aludido, en segundos, estaba a escasos centímetros de ella. Tuvo que alzar la cabeza para enfrentarse a su propio reflejo en los oscuros cristales por un instante porque la mano de él bajó la montura con gesto intimidatorio y dejó sus ojos al descubierto.
   Irene ahogó un jadeo. Una penetrante mirada esmeralda la dejó petrificada. Ésta, se deslizó por su figura, lentamente y sintió como cada centímetro de su cuerpo hormigueaba en respuesta. Cuando esos ojos cautivadores volvieron a su rostro, los latidos de su corazón estaban a mil por hora.
   Sin mediar palabra alguna, él se encaminó hacia la puerta del local, donde Nicolai le esperaba.
   —Déjala pasar.
   —Roger —con un gesto llamó la atención de Irene que seguía estática donde él la había dejado—. Pasa.
   Titubeó un momento pero al ver que el hombre abría, solicito, el pesado portón se acercó con pasos rápidos.
   —Gracias —susurró y penetró en la penumbra del local.

Cuero, besos y rocanrol (continuación I)