viernes, 25 de octubre de 2013

TABÚ (continuación III)

    Le despertó la presión de la cabeza de Noa sobre su brazo. Contempló extasiado el dormido y relajado rostro.
    ¿Qué tenía esa mujer que lo había hecho enloquecer?
    Ahora, después de su íntimo encuentro deseaba más. Mucho más.
    Esto no se iba a quedar como una mera explosión de hormonas enloquecidas o lujuria desenfrenada.
    No estaba dispuesto. No después de tanto tiempo sin tener sexo ni de ser capaz de sentir, por una mujer, lo que Noa le había hecho sentir con tan solo unas palabras mordaces y unos contoneos de cadera.
    Y sí, afirmaba y confirmaba que se movía como ninguna otra hasta la fecha. O al menos así lo había sentido él.
    Sabía que el sexo funcionaria a la perfección pero él quería conquistar su corazón. Tendría que ganarse su confianza.
    La luz del sol bañaba la alcoba, miró su reloj de pulsera. Pasaban dos horas del mediodía. Su estómago gruñió, tenía hambre pero Noa estaba tan relajada que sería una pena despertarla, así que despacio deslizó el brazo adormecido, se desprendió de la sábana que cubría parcialmente su cuerpo y desplazó su peso hacia el borde de la cama.
    Desnudo, caminó por la casa hasta la cocina donde recogió el albornoz y se lo puso. Sonrió al recordar las manos de Noa al desatar el cinturón.
    Pero mejor se ponía a cocinar algo o morirían los dos de inanición porque si se abandonaba a sus deseos…no se moverían de esa cama hasta el fin de los tiempos.
    Prepararía los socorridos espaguetis, así que rebuscó por los armarios de la cocina para dar con lo necesario.
    Terminada de hacer la salsa, conectó la cafetera. Mientras la pasta se hacía tentaría a Noa con una buena taza de café recién hecho y unos cuantos besos.
    La encontró en el lado de la cama que él había abandonado, abrazada a la almohada que aún conservaba la huella de su cabeza.
    Despacio se sentó sobre el colchón y pasó con suavidad la taza de café humeante cerca del sereno rostro de ella.
    Observó como las aletas de la nariz, algo respingona, de la mujer se dilataban leves. Rió entre dientes y repitió el movimiento.
    —Café —murmuró Noa contra la almohada mientras abría los ojos somnolienta.
    Estiró la mano en busca del ansiado brebaje. Eric lo alejó de esos dedos y sopló sobre humeante vapor hacia el rostro femenino.
    Ella volvió a estirar la mano. Él denegó juguetón. Los ambarinos ojos fulguraron.
    —¿Qué se dice por la mañana…bueno por a mediodía temprano? —canturreó él con sorna.
    —¿Dame el puñetero café? —gruño Noa.
    La carcajada de él no se hizo esperar.
    —Respuesta equivocada —y retándole con la mirada acercó la taza a sus labios.
    Ella se sentó con brusquedad.
    —¿No te atreverás? —siseó.
    La alzada ceja de él fue toda su respuesta y ni corto ni perezoso  dio un trago.
    Enfadada Noa intentó desasir su cuerpo de la enredada sábana. Eric riendo entre dientes depositó el tazón sobre la mesita de noche, fuera del alcance de las manos y lentamente se desplazó hacia ella.
    Noa luchaba contra la tela cuando el rostro de él quedó a escasos centímetros del suyo.
    —¿Quieres café? —susurró Eric sobre sus labios.
    Ella asintió. Los labios de él se apoderaron de los suyos. Degustó el sabor del oscuro líquido en esa tentadora lengua.
    Su cuerpo respondió. Se olvidó de todo y quiso sumergirse, de nuevo, bajo las oleadas del placer pero Eric deshizo con suavidad la caricia de sus labios y susurró:
    —Buenos días princesa. Ahora sí que te has ganado tu ansiado café.
    Sonrió bobalicona. Ese hombre la desarmada totalmente. Jugaba con sus emociones que se deslizaban por su interior como en una montaña rusa.
    Con una enorme sonrisa, él le acercó la taza. La tomó con cuidado entre las manos y sorbió. Arrugó la nariz cuando el sabor, que esperaba amargo, le empalagó con su dulzura.
    —¡Está demasiado dulce! —protestó.
    —El café, señorita mía, tiene que ser como los hombres —respondió él.
    Instó con sus cejas a que continuase mientras volvía a beber del tazón.
    —Fuerte, caliente y dulce —explicó él con tono petulante mientras se alzaba del lecho y extendía una mano para ayudarle a izarse.
    Noa le lanzó la almohada, de un tragó terminó la bebida y levantándose, respondió mordaz:
    —Y tú ¿crees tener todos los requisitos?
    —Por supuesto
    —¡Já!
    Los ahumados ojos se entrecerraron peligrosamente.
    —¿Me estás retando?
    Con sonrisa ladina Noa abandonó la habitación mientras replicaba:
    —Siempre.

    Sentados en la mesa de la cocina degustaban sendas tazas de café después de haber dado por finalizada la comida. Noa se encendió un cigarro.
    —Deberías dejarlo.
    —¿Por? No, suelo fumar mucho. Tres cigarrillos, cuatro máximo si contamos…—calló de repente.
    Él rió entre dientes. Supo la respuesta en cuanto vio como ella se ruborizaba.
    —Yo encuentro más placer degustando después de un buen helado de chocolate.
    Parpadeó perpleja.
    —Suelen ocurrírseme muchas formas de degustarlo —apostilló con lasciva sonrisa.
    Noa carraspeó nerviosa, dio la última calada al cigarrillo y levantándose comentó:
    —Será mejor que ponga tu ropa en la secadora.
    Él rió entre dientes ante la inquietud de ella. Sería dura de roer. Pero le gustaban los retos. Siempre le habían gustado. Demasiado.
    Recogieron entre los dos todo el menaje de cocina, ella fregó, él enjuagó y entre los dos secaron la vajilla.
    Noa se hallaba, de puntillas, colocando los vasos en el basal, cuando Eric le rodeó la cintura con sus potentes brazos.
    —¿Necesitas ayuda? —susurró con voz ronca sobre la nuca despejada de ella.
    Sintió como su cuerpo respondía a las palabras de él.  Deseó relajarse contra el muro de músculos del pecho masculino pero no podía dejarse llevar por sus emociones.
    A penas le conocía. Que le encontraba atractivo sexualmente no podía negarlo pero en sus planes más cercanos no entraba enredarse en nada que oliese a noviete ni folla-amigo…para nada. Era muy feliz sin tener que dar explicaciones a nadie.
    Él notó la tensión del cuerpo de Noa. No quería agobiarle así dio un paso hacia atrás.
    —¿Ocurre algo?
    Los ojos color caramelo esquivaron los suyos.
    —Nada…es que
    El pitido de la secadora interrumpió sus palabras.
    —Mira, tú ropa ya está lista.
    Y salió disparada hacia el electrodoméstico. Sacó la arrugada ropa de él.
    —¡Madre mía! Me llevará un buen rato quitar todas estas arrugas.
    —De eso nada. Es mi ropa y la plancho yo.
    —Seguro —soltó mordaz.
    —¿Lo pones en duda?
    —Y ¿se puede saber qué es lo que no haces bien? —su tono sonó airado, suspicaz.
    Eric dejó de sonreír.
    —¿Noa?
    —Será mejor que te marches. Acabo de recordar que mañana voy a casa de Liz y no he comprado nada para mi ahijada. Mira qué hora es.
    El rechazo de ella fue un mazazo.
    —Está bien.
    Tomó de las tensas manos las arrugadas prendas y se perdió en el pasillo hacia el aseo.
    Noa oyó el agua correr, a los pocos minutos Eric totalmente vestido y con el ralo cabello humedecido volvió a su encuentro.
    —Nos vemos —fue su escueta despedida mientras tomaba la cazadora de cuero, su zamarra gris y en silencio abandonaba la casa.
    Noa se sintió vacía.



    Liz se encontraba sumergida en animada charla con Fran cuando entró en el D&F. Rosa y Eric estaban rodeados por el grupo de compañeros de baile. Se acercó hacía la barra donde Fran le preparaba el refresco.
    —Veo que hoy vienes con las pilas puestas —comentó Liz que repasó de arriba abajo su atuendo.
    —Salí antes de la oficina y decidí pasarme por casa y cambiarme allí.
    —Ya —fue la respuesta de Liz.
    Noa le fulminó con la mirada. El sábado, cuando su ahijada por fin las dejó a solas y JJ roncaba a pierna suelta sentado en su butaca preferida, Liz atacó.
    —Estás muy callada hoy ¿no?
    —¿Yo? —puso cara de mosquita muerta.
    —Será que no te sentó bien sentir el aire en plena cara.
    —¿?
    —Es lo que tienen las Harley…
    —Recuérdame que el próximo día le corte la lengua a Fran por cotilla.
    —Mujer— simuló regañar Liz— él…nosotros…solo queremos lo mejor para ti.
    —¡Ya! Y según vuestro criterio ¿qué es lo mejor para mí?
    —Bueno —canturreó su amiga—. Yo diría que hay un profesor de baile que está algo interesado por ti. O eso o es que te estaba haciendo el boca a boca porque te atragantaste con alguna chuche.
No pudo evitar que los colores se le subiesen a las mejillas.
    —Eso no fue nada —murmuró.
    —¿Nada? —la mirada perspicaz de Liz le taladraba.
    —¿Quieres dejarlo ya?
    Pero lo malo que tiene tener una amiga desde la infancia es que te conoce mejor que tú misma.
    —Tú me ocultas algo —dedujo Liz. Al ver la mirada esquiva de Noa continuó—. Te lo has tirado.
    —¡Liz!
    —¡Te lo has tirado! ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? y en ese orden, por favor, y a la de ¡YA!
    —¿Quieres bajar la voz?
    —¿Quieres empezar a soltar prenda de una put…ñetera vez?
    Así que a Noa, interrumpida por los oh, ah, mm, ¡dios! de Liz pasó a relatarle lo ocurrido.
    Y allí estaba ahora, mandándole el mensaje silencioso, que aunque escondiese su cuerpo en un viejo chándal y bajo sus mugrosas zapatillas, Eric no dejaría de estar interesado en ella.
    Los primeros acordes de una salsa sonaron por los altavoces del local. Ambas se acercaron a la pista de baile.
    La clase transcurrió con normalidad. Faltaba media hora para terminar cuando una de las parejas de mediana edad comentó que les gustaría aprender Lambada.
    —El baile prohibido —exclamó acalorada la mujer entre risitas de los demás.
    —Está bien —aceptó Rosa—. Estaremos encantados de enseñaros.
    Entonces Liz atacó:
    —Y ¿por qué no tango?
    La sonrisa de Rosa se congeló en el rostro. Eric se giró hacia ellas, su mentón apretado, marcando sus facciones.
    —Lo siento Liz, pero nosotros no bailamos tango —aclaró Rosa.
    —¿Por? ¿No sabéis bailarlo?
    —Liz, por favor —siseó Noa entre dientes—.Déjalo estar.
    Pero su amiga hizo caso omiso y continuó:
    —¿No es un baile de salón?
    Un murmullo de voces se unió a la pregunta de Liz.
    —Sí, lo es —contestó en tono seco Eric—. Muy bien.
    —Eric, no…—comenzó a decir Rosa.
    —No, está bien. No hay problema. Vamos a darle al grupo lo que quiere —y fulminó con la mirada a Noa.
    «Vale. Si ahora tendré yo la culpa. Y no sé de qué» fueron sus pensamientos ante la airada mirada de él.
    Les enseñaron  las tres salidas básicas del uno al cinco, y las tres resoluciones básicas del cinco al ocho con los diferentes abrazos. Pero era muy complicado. Terminaron, la mayoría de ellos, frustrados, incluida ella misma, aunque Liz parecía estar pasándoselo divinamente. Sobre todo cuando observó como Eric tomaba sus bártulos y abandonaba enfadado el pub.
    —¿Se puede saber que mosca te ha picado a ti con el tango dichoso? —espetó a Liz.
    —¿A mí? Nada. Simple curiosidad.
    Noa entrecerró los ojos, suspicaz. Fran y Liz intercambiaron una fugaz mirada.
    —Será mejor que nos vayamos —indicó Noa—.Vamos te acompañó un trecho.
    —¡Uy! Se me olvidó decirte que hoy no tenemos a la peque, así que JJ quedó en que me pasaba a recoger.
    Ante la mueca de Noa prosiguió:
    —¿No te importa, no?
    —Qué remedio. Ahí os dejo entonces.
    Salió al frío de la noche. Los pocos transeúntes con los que se cruzó, camino de su casa, se arrebujaban como ella bajo sus abrigos. Aceleró el paso. Normalmente a esas horas las calles tenían más movimiento, ya que era una zona de ocio, pero por lo que se veía las bajas temperaturas habían hecho desistir a los noctámbulos.
    Oyó a lo lejos un estruendo de cristales rotos y tuvo miedo. Últimamente se habían dado una serie de atracos a los comercios del barrio. Así que cruzó su bolso sobre el torso y corrió todo lo veloz que pudo hasta su portal.
    Tanteó con sus fríos dedos el bolsillo de su anorak. Nada. Rebuscó nerviosa en el interior de su bolso. No encontraba las malditas llaves.
    —¿Se puede saber a qué juegas?
    Grito sobresaltada al oír la voz masculina. Se giró y se encontró a Eric unos peldaños más abajo.
    —No encuentro mis llaves. Se han debido de caer cuando vine corriendo.
    —¿Corriendo?
    Eric observó la frente sudorosa, el rojo de sus mejillas azotadas por la frialdad de la noche. El miedo en sus ojos y el grito que había soltado al oírle.
    —¿Te ha ocurrido algo? —preguntó preocupado acercándose en dos zancadas a escasos centímetros de ella.
    —No, no. Solo me asusté —ante el ceño fruncido de él aclaró—. Oí romper unos cristales y como se están dando robos en la zona…
    —Será mejor que entremos.
    Noa no protestó ante su auto invitación. Pero por más que rebuscó las llaves no aparecieron.
    Frustrada dio una patada a la puerta del portal. Un quejido de dolor salió de sus labios.
    —Será mejor que me acompañes a mi casa.
    Eric paró con un movimiento de su mano las protestas de ella.
    —No pienso dejarte aquí sola. ¿Vas a dormir en el portal? —preguntó mordaz.
    Gruño para sí y le siguió en silencio metros más allá, donde su potente moto, les esperaba.
    Se dirigieron a una barriada de la periferia de la capital. Eric activó con el mando el portón del garaje y aparcó la moto en el interior.
    Accedieron al interior del adosado por la puerta que daba acceso desde el garaje. Noa se encontró de pié en el hall sin saber muy bien qué hacer. Se había prometido no dejarse embaucar por esos ojos color humo, por esa voz y por ese pecaminoso cuerpo. Pero aunque su cabeza le decía que no, su corazón seguía su propio camino.
    —Pasa, no te quedes ahí —comentó Eric—. El salón es la puerta acristalada de enfrente. ¿Quieres algo de beber? Yo necesito algo fuerte.
    —Un café si no te importa. Estoy helada.
    —Creo que queda algo de esta mañana.
    Entró al salón que era enorme. Un par de sofás, una mesa auxiliar y un mueble-estantería, repleto de Cd´s, DVD, libros y una gigantesca pantalla plana colgada de la pared eran todo el mobiliario. Prácticos estores de loneta cubrían los grandes ventanales.
    Se sentó sobre el sofá más próximo. Oía trastear a Eric en la cocina. ¿Qué estaría haciendo? No se tardaba tanto en calentar un café. Nerviosa se levantó del sofá y decidió mirar la colección de música de Eric.
    Sorprendida, sonrió. No sabía por qué había llegado a esa conclusión pero pensó que esta sería más bien relacionada con su trabajo, estaba equivocada. Pero como no podía ser de otra manera, los vídeos sí que lo eran.
    —¿Quieres la leche caliente?
    Se giró sorprendida y asintió en silencio, notaba como el rubor de haber sido pillada in fraganti  cubría sus mejillas.
    —El equipo de música está abajo, en las únicas puertas del mueble. Puedes poner lo que quieras— y desapareció de nuevo de su vista.
     El rumor del café saliendo de la cafetera llegó a sus oídos. ¡Estaba preparándolo! Era todo un detalle. Pero ¿acaso se extrañaba? Durante las pocas horas compartidas con él en su casa así se lo había demostrado.
    Era atento, las anécdotas que contaba —interesantes—, cariñoso sin llegar a empalagar, le hacía reír y además de atractivo y de tener un cuerpo escultural, en la cama era… ¡guau! ¿Qué más quería, por el momento?  Desechó estos pensamientos y comenzó a recorrer con el dedo la larga ristra de Cd´s.
    Se decantó por una recolección de música de los ochenta. Introdujo el disco, pulsó play  y volvió al sofá, justo para ver entrar a Eric con una bandeja entre las manos, que colocó con cuidado sobre la mesa de centro, y se sentó junto a ella, dejando espacio libre entre ellos.
    En el aire comenzó a oírse It must have been love de Roxette. Noa dejó de respirar unos segundos. Menuda elección la suya. Tensa, acercó sus manos hacia la jarrita que contenía la leche, se preparó un cortado, añadió la punta de la cucharilla de azúcar y comenzó a remover el contenido, concentrada y en silencio.
    La letra de la canción deshilvanándose mentalmente en su cerebro. ¿De verdad que sin haber casi ni comenzado todo se habría terminado entre ellos? Y ¿qué esperaba? ¿Aplausos? Dos veces le había rechazado y aún así ahí estaba él, observándola con detenimiento, deslizando la mirada por su rostro, intentando leer en él. Acariciando su cuerpo al repasar cada milímetro de él.
    Dejó la cucharilla sobre la bandeja y fue cuando se percató. Eric había traído bombones. Recordó la sugerencia de él días atrás. Le miró por el rabillo del ojo y vio la sutil sonrisa del hombre ante sus manos dubitativas.
    —Puedes cogerlo —invitó—. Hasta que no aclaremos ciertos aspectos de lo que nos traemos entre manos me aguantaré las ganas de probar esa delicia sobre tu piel.
    Un calor intenso explotó en su interior cuando vividas imágenes poblaron su mente. La lengua de él lamiendo, juguetona, un reguero líquido de ese oro negro.
    —¿Qué quieres decir? —preguntó a fin de evitar que su mente siguiese por esos derroteros.
    —Te pregunté en la puerta de tu portal que ¿a qué demonios juegas?
    —Es que no entiendo tu pregunta —amonestó.
    —¿Por qué esa insistencia a que os enseñara a bailar un tango? —ahora el tono de Eric mostraba suspicacia.
    —Y a mí qué me dices, pregúntale a Liz, fue idea suya.
    La niebla gris de sus ojos analizaba cada gesto de ella. Realmente, parecía confundida por su pregunta. ¿Estaría equivocado? ¿Desconocía ella porqué él se negaba a bailar el tango?
    —Por mí, la verdad, que si no lo dais mejor que mejor. Me parece muy difícil, enrevesado, prefiero otras modalidades de baile.
     Como si el destino quisiera crear una tregua entre ellos, los altavoces emitieron los primeros acordes de Sorry seems to be de hardest Word .Eric rió entre dientes. Noa le miró confundida.
    —Y ¿ahora de qué te ríes? De verdad que me parece que estás loco —y decidió probar la tentación de envoltorio brillante que sostenía entre sus dedos.
    Introdujo el confite entre sus labios y lo degustó con delicia.
    —¡Mm! Chocolate negro —alargó las silabas, deleitándose con la explosión del sabor amargo
    —Estoy totalmente de acuerdo. Apetitosa —ronroneó él.
    Noa se perdió en la mirada de deseo del hombre. En como seguía los movimientos de su lengua al jugar con el dulce. Nerviosa, mordió este para poder tragarlo y el licor del interior quemó su garganta.
    —¡Tiene licor! —Exclamó—. ¡Arg! es demasiado fuerte.
    Pero no se atrevía a escupir el contenido de su boca. Así que tomó la taza de café para darle un sorbo pero Eric fue más rápido.
    —No, yo sé una manera mejor de disipar el sabor. Con gesto casi felino Noa lo tuvo sobre ella y los labios de él atacaron, voraces, los suyos.
    Mordió, tentador, el grosor del labio inferior, invitándola a permitirle acceder al interior de su boca. Resiguió con su lengua la piel de los labios, apremiándola y ella no se resistió.
    La lengua de él jugó con la suya. Deslizó entre ambas los diminutos trozos del bombón, provocando miles de hormigueos en sus venas.
    La respiración de él agitada, ardiente. Sus manos osadas, acariciando sus senos a través de la tela, provocando que sus pezones respondiesen con ansia a las caricias de sus dedos.
    Un latido comenzó a nacer entre los muslos de Noa. Los labios de Eric abandonaron su boca para comenzar a besar su cuello. Un suspiro de satisfacción surgió de su garganta. Cuánto había echado de menos sentirse entre sus brazos. Sus caricias.
    Él, deslizó con lentitud la cremallera de la chaqueta, separó la tela para abarcar con la palma de las manos la plenitud de los pechos de la mujer.
    Los brazos de Noa rodearon el cuello, afianzándose al torso de él, instándole a proseguir con su deliciosa exploración.
    —Estás muy equivocada —susurró él sobre su oreja.
    —¿Qué?— consiguió balbucir entre la bruma del deseo.
    —El tango no es enrevesado— se separó de ella y buscó su mirada—. El tango tiene tres elementos: el abrazo, un caminar lento y la improvisación.
    Se puso en pié y tiró de ella, que renuente le siguió.
    —¿Quién está jugando ahora? —refunfuñó frustrada.
    —Espera —susurró él sobre sus labios—.Descálzate.
    Ella enarcó una ceja. Él sonrió sensual. Noa se despojó de las zapatillas con dos tirones de estas. Se disponía a quitarse los calcetines.
    —Déjalos, te deslizarás mejor.
    Eric no tardó nada en encontrar el Cd que buscaba. El aparato expulsó el de las baladas y los dedos de él introdujeron el nuevo disco.
    —Ven —ordenó con voz sugerente.
    Los acordes de un conocido tango comenzaron a escucharse. Eric la tomó entre sus brazos. Pegando sus cuerpos de manera que se rozaban cuerpo a cuerpo. Comenzó a deslizarse con zancadas largas, sensuales. Noa le seguía sin problemas.
    —El tango se baila escuchando el cuerpo del otro —susurró él sobre su rostro.
    Ella se perdió en la ahumada mirada.
    —El lenguaje corporal es el que transmite las emociones que recorren el cuerpo.
    Eric continuaba sus explicaciones al mismo tiempo que realizaba figuras, pausas y movimientos improvisados. Envolventes, embriagadores.
    —El tango es pasión, es sentimiento.
    Giró para dejarla caer, lentamente, en un impúdico movimiento deslizó la mano desde el muslo de ella hasta rozar sus pechos. Noa gimió. Él la alzó de nuevo.
    —Latir dos corazones al compás.
    La voz de Eric embriagaba sus sentidos.
    —Es tentación, es deseo.
    Noa enredó su pierna sobre la cadera de él que apoyó el peso de ella sobre su entrepierna. La dureza que encontró la animó a ser más atrevida.
Entrecruzaba sus piernas entre las de él, rozando los muslos, acariciando con lascivia las duras nalgas del hombre que la tenía entre sus brazos.
    —Es bailar en vertical…
    Se deslizaban con movimientos casi felinos, rozándose, tentándose.
    Él la hizo rodar entre sus brazos, apoyando la espalda sobre su torso. Acariciando sus senos que se endurecieron ante el roce. Sutil, alzó el brazo de ella y deslizó la yema de sus dedos, en sinuosa línea.
    Noa giró enfrentándole, posando los labios sobre los de él, humedeció la boca de Eric con la punta de la lengua. Antes de que pudiese profundizar el beso, se desplazó hacia atrás, instándole a que siguiese sus movimientos.
    —…lo que quieres danzar en horizontal con quien tienes entre tus brazos.
    La sujetó con fuerza contra las caderas, sujetó con firmeza el muslo de ella.
    Noa ardía de deseo. Se sentía húmeda, dispuesta. Los latidos de su corazón restallaban en sus oídos. Marcando el ritmo que ansiaba por hacer realidad con sus caderas, contra él, contra la dureza que marcaban los tejanos.
    —Por eso no bailo tango en clase. Es tabú —murmuró él sobre los labios de ella—. Lo reservo para la mujer que sea la dueña de mi corazón.
    Noa le miró sorprendida. Se encontró con la cara de Eric marcada por el deseo pero sus ojos no se desviaron de los suyos y pudo leer que lo que él le acababa de decir era cierto.
    Que lo que ambos sentían, no sabía ni cómo ni por qué era real.
    Que los sentimientos que se habían despertado en aquel primer baile que compartieron no era solo lujuria.
    Que algo más profundo acababa de enraizar en sus corazones y que por mucho que se negasen a admitirlo, el amor había arraigado.
    Devoró con pasión los labios de él. Agarró con firmeza el robusto cuello y tomando impulso rodeó las caderas de Eric con sus piernas.
    Le necesitaba dentro. Que la hiciese vibrar de nuevo.
    Que depositase sobre su desnuda piel suaves besos que la llevasen más allá del placer.
    A sentirse conectada por fin con alguien.
    Se perdieron en la oscuridad de la habitación que fue muda espectadora de sus gemidos.

Un mes después

    Liz y Noa se encontraban preparando a la pequeña. Se disponían a pasar un fin de semana en una casa rural que ambas parejas habían alquilado.
    —¿Puedo hacerte una pregunta? —comentó como quien no quería la cosa a Liz.
    —Dispara.
    —Tú lo sabías.
    Liz enarcó la ceja, en su habitual gesto incisivo. Noa no se dejó engañar, entrecerró los ojos. Su amiga suspiró.
    —Está bien. Sí, Fran me dio la información privilegiada.
    —¿Fran?
    —Eric y Fran se conocen desde hace tiempo. Son amigos —cortó las protestas de Noa—. Además, no hacía falta que hubiésemos dado ese pequeño empujoncito.
   —Menudos dos celestinos estáis hechos.
   —Pero si lo tuve muy claro. Desde el instante en que te vi comértelo con la mirada y cómo bailasteis sobre el escenario.
    Abanicó su rostro.
    —¡Por Dios! si aún me pregunto cómo no salimos ardiendo ese día.
    Las carcajadas de ambas inundaron la habitación.
    —¿Ocurre algo chicas? —preguntó desde el salón JJ.
    —Cosas de mujeres, ya sabes —le respondió Eric.
    Las risas femeninas aumentaron.



                                                                          FIN







viernes, 18 de octubre de 2013

TABÚ (continuación II)

   
   Volvió al D&F. Necesitaba una copa e información. Ya sabía dónde vivía pero nada sobre su vida. Sonsacaría a Fran. Pero cuando aparcó la moto frente a la fachada del pub, encontró este cerrado.
Maldijo entre dientes. Gotas de lluvia comenzaron a caer. Sería mejor que se marchase a casa.


   Despertó enredada entre las sábanas. Las imágenes del sueño aún frescas en su memoria. Los latidos de su corazón aún bombeando furiosos contra sus tímpanos. 
   Se regodeo con el recuerdo del cuerpo pecaminoso de Eric entre sus muslos.
  Resopló acalorada y decidió que sería mejor levantarse y tomar una taza de café bien cargado y un cigarro. Después de lo acontecido en el sueño…el de después. Se rió entre dientes.
   La luz de la mañana entraba a raudales por la ventana de la cocina. Entrecerró los ojos, tanteó la encimera en busca de la cafetera eléctrica. Depositó taza, azúcar y cuchara sobre la encimera cuando un gruñido de su estómago le recordó que la noche anterior no había cenado. 
  La noche anterior. Menuda imbécil. En vez de haber despertado bajo el abrazo de una tela bien podría haber sido bajo esos duros bíceps de piel morena. Mejor ni lo pensaba. Era para darse de tortas y con la mano abierta.
  Se preparó unas tostadas. Tendría que bajar al super del barrio. Eran las últimas rebanadas. Aún era pronto. Tomaría una ducha relajante, se pondría sus mugrosas zapatillas, un chándal y compraría lo necesario para el fin de semana.


   Había conseguido conciliar el sueño a altas horas de la madrugada, y en cuanto los rayos de sol se habían colado por la persiana, abandonó el lecho. 

  El espejo le devolvió la imagen de su pelo encrespado, pequeñas bolsas bajos sus ojos claros y su rasposa barba que ya sobrepasaba  de incipiente 

  De hoy no pasaba. Así que tomó con decisión la tijera que guardaba en el mueble del baño y comenzó a cortar.
  Veinte minutos después sonreía satisfecho a su reflejo. Fue hacia su armario, tomó una camisa negra, unos jeans del mismo tono, su cazadora gris humo y para cubrir su cabeza un gorro de lana.
Iría andando. El frío de la mañana despejaría su mente y sus pensamientos. 



    Bajó los escalones de entrada al portal con rapidez. Se arrebujó bajo su anorak, colocó sobre sus ojos las oscuras gafas de sol y con pasdecidido caminó calle abajo hacia el supermercado.
   No observó que un hombre, en la acera de enfrente comenzaba a caminar casi paralelo a ella, sin perderse ni uno solo de sus movimientos.
   Eric la vio salir. Las ropas deportivas no escondían, para nada, las curvas voluptuosas de su cuerpo. 
  Llevaba su larga melena suelta, aún húmeda, marcando sus rizos. Deseó tener un mechón de su cabello entre sus dedos, deslizarlo entre estos y observar, como al estirarlo entre ellos, el mechón volvía, elástico, a formar un bucle. Podría pasarse horas acariciándolo. Días enteros observándola reír. Como fruncía el entrecejo y sus cejas se unían, enojadas, sobre esos ojos color miel. 
   Como la comisura de sus seductores labios se curvaba, indecente, hacia arriba cuando una sonrisa mal disimulada pugnaba por salir. O como entreabiertos, pedían a gritos ser besados…con pasión.
   Observó como ella esquivaba un carrito de bebé que salía justo por la esquina de la calle.
   Recordó, con total exactitud, la cintura y las caderas de ellas moverse contra él, entre sus brazos. Sin ser consciente de la sensualidad que desprendía en sus contoneos.
   Noa cruzó la calle, se perdió entre el gentío en dirección a una tienda. Decidió esperarla fuera. 
  A los quince minutos salió con una bolsa entre las manos. Volvía sobre sus pasos. Junto al semáforo rebuscó dentro del interior. Sacó un paquete que rasgó entre sus dedos.
  Eric vio como sacaba un canuto de chocolate y lo mordía. Sus ojos se cerraron. Su rostro clamaba el deleite que el bocado provocaba en ella. 
  Por fin el muñeco verde se activo y la vio cruzar con pasos ágiles. Metros más allá, rebuscó de nuevo. Rió entre dientes. Estaba hambrienta. Como él. De toda ella. 
  La vio introducir una pajita en el pequeño brick que sostenía en sus manos y absorber, por la misma, con fruición. 
  Volvió a morder con delicadeza el pastelito de sus manos y relamió la yema de sus dedos.
  ¡Dios, lo que daría por ser esos dedos!
  Le faltaban pocos metros para llegar a la escalinata de su portal cuando los hados se pusieron de su parte.
La bolsa de plástico se rompió. Todo su contenido se derramó por la acera. Observó como las naranjas rodaban por el asfalto de la calle. 
  Antes de percatarse de lo que hacía acudió en su auxilio. 
  Noa comenzó a recoger entre sus brazos los paquetes del suelo. Le faltaban manos cuando aún no había recogido ni la mitad de los mismos.
  Se encontraba agachada empujando con sus pies las naranjas desparramadas bajo un coche cuando una figura masculina se plantó frente a ella. Alzó la mirada y allí estaba Eric, sosteniendo entre sus dedos media docena de naranjas. 
  Desde luego este hombre tenía el don de la oportunidad, siempre le pillaba en los momentos más ridículos. Pero ruborizada, agradeció el gesto con una leve sonrisa. 
  Él posó sobre sus cargados brazos las piezas de fruta. 
  «Pero bueno ¡pues menuda ayuda!»
  Al instante tuvo que tragarse los pensamientos. Él se había deshecho de su cazadora, anudó las mangas de esta, improvisando una mochila y comenzó a liberarla del peso. 
 Tomó la chupa-bolso por las mangas, que actuaban como asas, mientras él arrastraba su torso bajo el coche y hacía rodar las frutas hacia el bordillo.
  Las fue recogiendo una a una. La improvisada mochila estaba a rebosar así que el hombre se quitó el gorro de lana que cubría su cabeza y comenzó a meter las naranjas sobrantes.
  —Pero… ¿qué te has hecho? —exclamó pasmada al ver la cabeza rasurada de él. 
  Él comprobó que no quedase nada bajo el coche, se alzó y se rió ante el gesto de ella.
  Pasó con rapidez sus dedos sobre el corto cabello.
  —Es más cómodo —razonó.
  —Visto así —asintió Noa que observó con más detenimiento el nuevo look. 
  No le sentaba nada mal. No señor. 
  Sus ahumados ojos destacaban aún más sobre su atractivo rostro. La maraña de sus cabellos largos desviaban la atención, pero ahora, la intensa mirada, la boca y su recortada perilla  enmarcaban sus facciones. 
   Él se rascó la barbilla, incómodo bajo la mirada de ella. 
   —¡Oh, Dios! deja de hacer eso.
  Eric paró. 
  —Mira tus manos.
  Bajó la mirada y observó sus dedos ennegrecidos por la grasa del asfalto. 
 Los ojos de Noa repasaron la musculosa figura y abrió los ojos horrorizada. Sobre la negra camisa una enorme mancha de aceite de coche se marcaba en el oscuro tejido
  —Será mejor que me acompañes a casa. Eso hay que lavarlo sino será imposible de quitar y tendrás que tirar la camisa.
   Así que, ambos, se dirigieron hacia la escalinata. Solicito sujetó la improvisada bolsa mientras ella buscaba las llaves en el bolsillo de su anorak.
   Minutos después se hallaban, en un silencio tenso, en el interior del ascensor. 
  Noa desviaba la mirada hacia el LED que marcaba la planta del piso en la que se encontraban. Por fin llegaron a la suya. Empujó la puerta del ascensor para salir, un callado Eric le seguía a escasa distancia.           Abrió la puerta de su casa y le invitó a pasar.
  Recorrieron el pasillo de entrada hacia la cocina donde él depositó el bulto.
  —Quítate la ropa —ordenó.
  Se ruborizó al instante. Después de la tensión sexual que había entre ellos eso se podía tomar como una invitación.
   —Err- es para lavarla —explicó.
  Una sonrisa provocativa se dibujó en los labios de él, que asintió en silencio, mientras, lentamente, comenzaba a desabotonar la camisa.
   Noa se perdió en la piel dorada de su ancho torso. Los latidos de su corazón a mil por hora.
  —Se-será mejor que pases al aseo —tartamudeó—. Mientras buscaré algo que pueda servir para taparte.
Eric se introdujo en la estancia que Noa le señaló y se deshizo de la manchada ropa. Tan solo su bóxer de licra se había salvado.
   Noa rebuscó en su armario. «Maldita sea. ¿Es que no voy a tener nada con qué tapar ese lujurioso cuerpo?»
    Recordó, en un flash, que bajo el canapé guardaba un albornoz de rizo americano que su madre se había empeñado en regalarle, nunca lo había usado. Era azul índigo, pero era lo único que tenía lo suficientemente grande para que cubriese esos músculos.
   Alzó el canapé, rebuscó entre las bolsas de ropa y lo halló. Estaba algo arrugado y olía a cerrado. Pero nada que no pudiese arreglar. Así que ni corta ni perezosa, tomó el frasco de perfume de su tocador y pulsó varias veces sobre la prenda. Esta quedó impregnada por la fragancia.
   Golpeó los nudillos de la puerta del baño. Eric, abrió una pequeña rendija y tomó la prenda, depositando en las manos de ella la ropa sucia. Cerró de nuevo.
   Parpadeó anonadado varias veces. ¿Pretendía que se pusiese una bata de mujer? Bueno, no le quedaba más remedio. Metió los brazos por las holgadas mangas. Desde luego la prenda era de su talla. 
   Torció el gesto, ceñudo. ¿Acaso pertenecería a su pareja? Sintió golpear en su pecho el sentimiento de los celos. Pero al ceñir con el cinturón el rizado paño, el aroma de ella inundó sus fosas nasales.
   Acercó la prenda a su nariz e inhalo con deleite. No, era su perfume. Lo reconocería entre mil. Así con una sonrisa tonta en el rostro abandonó el aseo.
  Noa se encontraba agachada sobre el portón de la lavadora. Sus nalgas, en primer plano, alzadas, tentadoras y magnificas sobre sus largas piernas. Empujaba la ropa al interior del aparato, que cerró con un golpe seco, añadió detergente a la cubeta, otro líquido que olía igual que un campo silvestre de flores y con un giro de muñeca programó el electrodoméstico, que segundos después comenzó a ronronear.
   —Pues ahora solo toca esperar —comentó ella que al levantarse de su posición y girarse le encontró observándola.
   Estiró, nerviosa, de su camiseta. Se había despojado de la anorak, que yacía sobre una de las sillas.
   —Voy a colocar la compra para devolverte tu cazadora. Por cierto, tu chupa de cuero está en el perchero del pasillo. Pensaba acercarme hoy al D&F para dejársela a Fran.
  Las palabras fluían con rapidez de entre sus labios. Estaba nerviosa. Sabía que él, debajo de aquel albornoz tan solo llevaba su ropa interior. Lo había supuesto porque entre la ropa sucia no halló ninguna prenda de este tipo. 
Pero aunque el batín era de su talla, había cedido sobre el ancho pecho, y dejaba vislumbrar los pectorales y el comienzo de sus marcados abdominales. Su piel morena, lisa, tentadora.
Deseó dibujar con la yema de sus dedos las marcas que se perfilaban bajo la piel. 

   Se movía inquieta por el espacio de la cocina. Sus manos colocaban con rapidez y destreza los alimentos que habían recogido del suelo.
   La vio lavar con meticulosidad las naranjas, secarlas a conciencia y colocarlas sobre el frutero de cerámica que había sobre la encimera de la cocina.
   Pero no le engañó. Sabía que su presencia allí la incomodaba. No, no era eso. Intuyó que era su desnudez lo que le intimidaba. O ¿más bien era lo que él la hacía sentir?
   Acercó su cuerpo hacia ella y quedó a escasos centímetros de su cuerpo. 
  Noa notó la presencia de él a su espalda. Le llegaba el olor de su perfume. El aliento de él erizaba la piel de su nuca. Dio un respingo cuando las manos de Eric se posaron sobre sus caderas y le aproximo hacia su ancho pecho. Se apoyó en este, sus piernas se habían convertido en gelatina. Reposó, insolente, las nalgas sobre la entrepierna de él. 
   Eric comenzó a besar la esbelta curvatura del cuello. Depositó suaves besos, Noa, dejó caer la cabeza sobre su hombro opuesto, confirmando con su gesto que las caricias de él eran bien recibidas.
Resiguió con su lengua la tersa piel, camino hacia el lóbulo, que mordió, leve. Las caderas de ella se apretaron contra su ingle, que notó que comenzaba a cobrar vida.
Sus manos buscaron la piel del vientre de Noa. Deslizó la yema de sus dedos por ella, livianos, casi etéreos, pero notó como esta se erizaba. 
   Dibujó abiertas y curvilíneas eses. Ampliándolas hasta que sus dedos rozaron el encaje del sostén, por debajo de su busto. 
   Un gemido de satisfacción brotó de la garganta de la mujer. Su respuesta no se hizo esperar. Tomó entre sus manos ambos senos. Sobre sus palmas sintió la dureza de los pezones. Los acarició con suavidad, instándoles a que desprendiesen oleadas de placer por el cuerpo tentador que tenía entre sus brazos. 
   Noa alzó sus brazos y rodeó la nuca de Eric. Acarició con avidez la despejada cabeza. La suavidad rasposa de su pelo recién cortado. Apretó sus dedos sobre el robusto cuello. Apremiándole a que sus caricias se volvieran más osadas.  Lo hicieron.
  Se deshizo de la camiseta de Noa en segundos. Deslizó en un solo movimiento sus dedos bajo los aros del sostén y liberaron sus senos. 
   Eric los sopesó. Desplegó mil y una caricias sobre la suave piel y pellizcó los erectos montículos.
  Las respiraciones de ambos eran entrecortadas. Ya no había vuelta atrás. Era hora de dejar rienda suelta a la pasión. 
Sus manos, osadas, se introdujeron por el elástico del pantalón, se perdieron entre los muslos de Noa y acarició el suave pubis. Abrió, tentador, la carne de sus labios y encontró la dureza que buscaba. La acarició con el dedo pulgar, el resto de su mano buscó la humedad de ella, impregnándose en esta  y su miembro eréctil vibró. Apretó este contra las nalgas femeninas. Quería que ella sintiese lo que le provocaba. 
   Por toda respuesta Noa jadeó y deslizó sus manos hacia las caderas de él, aprisionó la dureza de esas nalgas y comenzó a mover sus caderas en un ritmo silencioso en el que sus gemidos eran la música de fondo.
Sin apenas darse cuenta, Noa sintió deslizar las prendas restantes de su cuerpo. Se encontró desnuda frente a él. Desanudó con prisas  el cinturón del batín que cayó al suelo. Deslizó el bóxer por la musculatura de los muslos. Eric le ayudó. 
   Se besaron con avidez, con pasión. Él le agarró de las nalgas y la alzó sobre sus caderas, ella rodeó con sus largas piernas la columna de su cuerpo. Notó como él se desplazaba por la cocina y sentaba sus cuerpos sobre una de las sillas. 
   Se perdió en la calidez de sus labios, acarició con lujuria el desnudo y broncilíneo cuerpo de Eric. 
  Alzó, apoyando sus pies sobre el suelo, las caderas y deslizó en un lento movimiento el miembro de él en su interior.
  Se sintió plena. Ahogó con sus labios los gemidos de él cuando comenzó a mover sus caderas. Alzando a ambos hacia el clímax. 
  Pero Eric no estaba dispuesto a que el placer que sentía durase tan solo unas cuantas embestidas. 
Sujetó con firmeza las caderas de ella y paró sus movimientos. Le agarró las nalgas y se levantó del apoyo de madera.
  —¿Dónde está tu dormitorio? —susurró con ronca voz sobre los tentadores labios.
  —Al fondo del pasillo —respondió ella que se sujetó con firmeza al cuello de él y comenzó a besarlo.
  Fue visto y no visto. Eric la depositó sobre el colchón y cuando sintió que él se despegaba de su piel abrió los ojos para contemplar como el hombre se deslizaba entre sus muslos y comenzaba a libar el néctar de entre sus muslos. 
  La lengua de él jugaba con su clítoris, aprisionaba este con sus labios, rozaba, leve caricia con sus dientes, estaba a punto de estallar. 
  Acarició con sus manos libres, sus senos, pellizcó sus erectos pezones y su cuerpo se liberó, con un estallido de luces de colores y un gemido de placer.
  Eric la hizo rodar sobre la enorme cama, Noa quedó tendida, él cubrió el tentador cuerpo con el suyo. 
   Depositó mariposas en forma de besos sobre la tersa piel de su abdomen, ascendiendo hacia sus senos, que beso con ternura. 
  Noa, se perdió en la mirada color humo de sus ojos. En sus labios. Eric la beso con intensidad, haciéndole probar su íntimo sabor.
  Respondió a la caricia de sus labios. A la suavidad de los dedos que acariciaban ardientes su cuerpo. Preparándole de nuevo para perderse en oleadas de placer.
  Él entreabrió sus muslos y la penetró con lentitud. Las caderas de ambos se amoldaron a la perfección. Los latidos de sus corazones marcaron el ritmo. Sus caderas se movían desenfrenadas. El grito de ambos al llegar al clímax rompió el silencio de la alcoba.

Tabú (continuación III)








domingo, 13 de octubre de 2013

TABÚ (continuación I)

    Fueron admitidas.
    A la mañana siguiente de la prueba una Liz, casi histérica, le daba la buena nueva.
    Pero ella no las tenía todas consigo. En dos días comenzaban las clases. Tendría que enfrentarse a él. Eric.
    Y ahora, en frió, se maldecía a sí misma por dejarse llevar por su genio…y por sus hormonas.
    Rememoró lo que esa mirada le hizo sentir, lo que las manos de él sobre su cuerpo le transmitieron. Notó como la temperatura de su cuerpo subía según recordaba las sensaciones del baile.
    Mejor se dedicaba a buscar la información en el ordenador. Pero, sus dedos pararon de aporrear el teclado. Deslizó en silencio el último cajón de su escritorio, sacó la bolsa que había en él y la introdujo en su enorme bolso. Recolocó, para no trabar la cremallera, el cordón de sus gastadas zapatillas de deporte.
    Sonrió al reflejo de su ordenador.


    Repasó, frente a la puerta del D&F, —Copas y Amigos, el pub de Fran— su atuendo.
    Esa mañana se había decantado por unos jeans en color chocolate, una camiseta de tiras del mismo tono y su jersey calado de ganchillo en color crudo. Acompañó su atuendo calzándose  sus botines marrones, fáciles de cambiar y coquetos para la oficina.
    «Una chaqueta no me hubiese venido mal del todo» pensó, ya que aunque por el día aún seguían con unas temperaturas agradables para haber comenzado ya el otoño, cuando saliese de las clases de baile sería de noche y refrescaba. No había tiempo de volver a su casa que se encontraba cerca de allí, llegaba cuarto de hora antes, tiempo suficiente para tomarse un refresco y cambiar su calzado.
    Tiró del pomo de la puerta y le golpeó el sonido de la música.  Beyoncé y su Hello. ¡Bien por Fran! Qué oportuno. Ignoró la letra de la música y se centro en observar al resto de la clientela.
    Vio varias caras conocidas del día de la prueba que le saludaron con una sonrisa. Al fondo, Rosa con ayuda de Fran, recolocaban las mesas y los asientos de cuero improvisando una pista de baile.
    Los espejos que su amigo había colocado de decoración, en la pared central, les iban a venir de perlas a la hora de ver sus movimientos al bailar. Espejos. Esta vez no le jugarían una mala pasada.
    Se sentó sobre uno de los altos taburetes de la barra, a la espera de que Fran volviese a atender esta.           Cogió entre sus dedos una gominola con sabor a Cola y deshizo, con su lengua, el azúcar que cubría la golosina.
    —¡Mmm!
    Cerró los párpados. Le encantaba esa sensación de pica-pica. El leve cosquilleo que producía en su lengua. Idéntico a un buen beso. Rió entre dientes.
    Un carraspeó le sacó del dulce momento. Giró su rostro y se encontró con los ojos color humo. Y sí, volvió a perderse en ellos.
    Notó como se ruborizaba, pero gracias al cielo que Fran aún no había encendido todas las luces.
    —Hola —saludó tímida.
    Eric cabeceó a modo de saludo.
«Pues vaya». Así que decidió ignorarle.

    Allí estaba. Desde que le había perdido de vista agarrada del brazo de su amiga y le había dejado más caliente que el tubo de escape de su moto, no se le había podido quitar de la cabeza.
    En cuanto le vio avanzar, sobre esos tacones de escándalo, con sus largas y esbeltas piernas cubiertas por esa falda que se movía, traviesa, al compás del contoneo de sus caderas, no le había podido quitar la vista de encima.
    Cuando Rosa le llamó para hacer las presentaciones y descubrió como le estaba desnudando con su mirada… Pero lo que hizo que su libido se disparase fue la fugaz visión de su ropa interior. Supo que esa ropa recatada escondía pura dinamita. Y lo comprobó. Su entrepierna aún se estaba recuperando de su osadía. Se movía con una sensualidad que ni ella misma sabía que tenía.
    Deslizó su mirada por el esbelto cuerpo. Las ceñidos pantalones que marcaban su trasero, el juego de transparencias de su jersey y sus botines tejanos. Se la imaginó con una chupa de cuero, con su melena al viento, montada tras él en su moto. Presionando sus senos contra su espalda y agarrándose a la cintura, con fuerza.
    Mejor dejaba esos pensamientos para otro momento porque su miembro comenzaba a despertar de nuevo.

    Por fin, Fran se acercó a la barra, no sin antes darle dos besos como saludo.
    —¿Lo de siempre?
    Noa asintió. Observó como el barman depositaba ágil los cubitos de hielo en el vaso de tubo, deslizaba una rodaja de limón y sacaba un  refresco de Cola de la cámara. Lo colocó frente a ella.
    —Tienes menos de un minuto para bebértelo.
    Noa alzó la ceja.
    —Liz acaba de entrar —fue la respuesta de Fran.
    Se giró y antes de poder saludarla esta preguntó, mirando ceñuda sus botines.
    —Y ¿tus zapatillas?
    Por toda respuesta Noa, le sacó la lengua, y con premeditada lentitud, abrió su bolso, sacó el envoltorio de plástico que había en él y se lo plantó a su amiga frente a su cara.
    —¿Te parecen bien estas? —replicó mordaz—. O ¿necesitas que sean de marca?
Liz tomó el paquete con rudeza, abrió la bolsa y miró en el interior.
    —¿No las tenías más mugrosas?
    La risa de Eric hizo que la mirada de Noa hacia él lanzase fuego, con un brusco tirón quitó de las manos de Liz el paquete y gruñendo entre dientes se alejó hacia uno de los pubs de cuero comenzando a cambiar su calzado.
    —La estás tocando las narices —advirtió Fran a Liz.
    Liz sonrió malévola y asintió.
    —Cabreada baile de muerte —-y mirando, como quien no quiere la cosa a Eric prosiguió— ¿Verdad?
    Las risas se cortaron de golpe. Liz miró su entrepierna y con una sonrisa que no dejaba la menor duda de que ella sabía lo que había ocurrido encima del escenario, abandonó a los dos hombres en la barra.
    —Vamos Salomé, a ver si hoy también te zampas a tu Herodes.
    —Me estás tocando…la moral.
    Entre risas Liz tiró suavemente de ella hacia la pista de baile donde Rosa y el resto de parejas seleccionadas esperaban.
    No bailó con Eric. Al menos no como en la prueba. Tan solo durante los pocos minutos que duraba el intercambio de parejas que iban realizando. Pero cada vez que las manos de él tomaban con firmeza su cintura, sujetaba la mano corrigiendo su postura y estabilizando su cuerpo y la llegaba, por la proximidad, el olor de su piel unido al aroma de su colonia, Noa notaba como los latidos de su corazón se disparaban. Eso, y una sospechosa humedad entre sus piernas.
    Cuando quiso darse cuenta la clase había finalizado. Aplaudieron a los profesores que bailaron para ellos una elaborada coreografía y con los pies doloridos se sentó en uno de los sillones tapizados.
Fran ya estaba allí, junto a ellas, sirviéndoles una copa. Apuró casi de un trago su refresco. Liz dio varios sorbos seguidos, se colocó la chaqueta y con dos sonoros besos se despidió.
    —Lo siento amor pero no puedo entretenerme más. Tengo a la peque con fiebre y ya sabes que JJ no es muy buen enfermero.
    —¿Qué le pasa? —preguntó preocupada por su ahijada.
    —¡Nap! Ya sabes. El típico resfriado de comienzos de curso. Te espero el sábado para cenar.
    —Okey. Dales un beso a esos dos de mi parte cuando llegues a casa.
    —Bye —y salió disparada hacia la salida.
    Volvió a los pocos segundos.
    —Está lloviendo —anunció— ¿No tendrás un paraguas por ahí Fran tesoro?
    Este sacó un destartalado paraguas del almacén. Liz lo miró, resopló y dijo:
    —Bueno, supongo que servirá.
    Y volvió a marcharse.
    El resto de clientes apuró las bebidas. La noticia de Liz había provocado una estampida. Noa decidió esperar a que amainase el chaparrón.
    —Ponme otra Fran, pero esta vez con ron.
    Total nadie le esperaba en casa. Al día siguiente no tenía que ir a trabajar porque sus jefes se iban de viaje a Barcelona a visitar a uno de sus mejores clientes. Y como la debían unos días de vacaciones, Noa había decidido pedir uno de estos y tener un fin de semana largo.
    Sola, escuchando, de nuevo, la selección de temas de su amigo, fue a sentarse a la barra.
    —¿Me han llegado ciertos rumores sobre la prueba del otro día? —comentó Fran con una sonrisa maliciosa en sus labios.
    Noa le taladró con la mirada.
    —No me toques los bemoles —le respondió.
    —No no, si por lo que se ve ya tienes admirador que te los toque
    Noa le lanzó un panchito que tomó del bol que estaba junto a ella, en la barra.
    Su amigo lo esquivó entre risas mientras se perdía en el almacén.
    —¿Dónde está todo el mundo?
    La voz varonil de Eric sonó tras ella, muy cerca, demasiado cerca. «¿Demasiado?»
    Giró su rostro hacia la voz y su cara quedó a escasos centímetros de la de él. Se perdió en su mirada. Sus negras pestañas guardaban aún minúsculas gotas de agua. Deseó rozar con la yema de sus dedos esos diminutos diamantes. Trasladó sus ojos hacia la boca del hombre. Se les veía apetitosos. Enmarcados por la sombra de la barba. ¿Cómo sería besarlos? ¿Qué sabor tendrían sus besos? Un hormigueo en el estómago le indicó que no se podía permitir ese tipo de pensamientos, no con él. O sucumbiría a sus más bajos instintos.

    Le estaba devorando con la mirada con esos preciosos ojos color caramelo. Le habían sabido a poco  los escasos pasos que habían compartido durante la clase.
    La quería entre sus brazos, contra sus caderas, desnudos, danzando ese baile ancestral que se daba entre dos amantes.
    Deslizó la mirada hacia sus labios. Se veían jugosos, suaves cual terciopelo. Noa notó como él miraba su boca, e inconsciente humedeció esta con la punta de la lengua.
    Fue el gesto que él necesito para atacar. Agarró la nuca de ella con su mano mientras con la otra sujetaba suave pero firme la mandíbula de ella, evitando así ser rechazado.
    Y rozó, sutil, la tierna piel. Estaba fría, debido a los hielos. No importaba, él les daría calor.
    Dibujó con su lengua el perfil de los labios. Unió su agitada respiración a la de ella. Entreabrió con su caricia los labios y se introdujo, seductor hacia el interior.
    El sabor del ron de la bebida llenó sus papilas, libó sobre su boca con pasión.
    Noa se deslizó del taburete, quería sentir las caderas de él contra las suyas. Oprimir sus senos contra la dureza de ese pecho. Las manos de él le tomaron las caderas y le aprisionó  entre las suyas y el taburete.        Agarró con firmeza la cintura de Eric, deslizó sus manos por la dureza de las nalgas. Ese hombre la ponía a mil.
   —Noa ¿quie…? —la voz de Fran se perdió en su garganta.
   Carraspeó para hacerse notar. La pareja deshizo el abrazo.
   —Creo que ya ha escampado —comentó Fran—. Deberías aprovechar ahora para volver a casa.
   —¿Eh?—contestó aturdida aún—. Sí creo que será lo mejor —se removía nerviosa sobre sus piernas.
   Eric chascó la lengua. Suspiró resignado.
   —¿Qué te debo de esto?
   —Nada. Será mejor que os vayáis.
   Ambos asintieron.
   —Y lo siento Noa, no tengo más paraguas.
   —No hay problema Fran, yo le acercaré —fue el comentario de Eric.
   «¡Ni soñarlo!» si dejaba que él le acompañase hasta el portal de su casa, estaba segura de que sucumbiría a sus caricias.
   —No, gracias.
   Él la miró con disgusto.
   —De verdad —comentó a modo de disculpa—.Solo vivo a diez minutos de aquí.
   —Pero a estas horas las calles están solitarias, y no estoy dispuesto a que andes sola por ahí.
   —En eso lleva toda la razón.
   Fulminó con la mirada a su amigo. «No me estás ayudando para naaadaaa Fran» le lanzó con sus ojos. Pero su amigo se hizo el despistado y volvió al ataque.
   —Eric no tardará ni cinco minutos en acercarte con su Harley.
   ¿Harley? ¿Fran había dicho Harley?
   —¿Tienes una Harley?
   Eric asintió, sonriente. Sus preciosos dientes destacando sobre su bronceada mejilla. Su sonrisa, seductora. La mirada, retadora.
   Sucumbió.
   Minutos después se encontraba sentada, de paquete, con el casco de él en su cabeza, envuelta en la cazadora de cuero de él, abrazada a su tableta de abdominales y presionando sus caderas contra las nalgas masculinas.
   El rugido de la moto entre sus piernas al acelerar, la hizo vibrar por dentro. Indicó a Eric el camino que debía de tomar. El giró la potente moto y se dirigió hacia allí.
   Vio pasar, veloz, el portal donde se encontraba su casa.
   —Te has pasado —gritó contra la nuca de él haciéndose oír. Él asintió.
   —Ya que estamos, daremos una vuelta a la barriada.

   No se opuso. Se encontraba en el paraíso.
   A medianoche, Eric, desconectó el motor de su Harley frente a su portal.
   Su pelo, ligeramente rizado por la humedad, revuelto. Sin poder evitarlo pasó sus dedos, peinándolo.
   Veloz él agarró su muñeca, tiró de ella hacía sí y antes de darse cuenta Noa se encontró respondiendo a sus besos y caricias.
   Un pensamiento cruzó su mente. ¿Le dejaba subir?¿Le despachaba con un adiós hasta la próxima clase?
    Él notó la tensión del cuerpo y con desgana se separó de ella.
    —Creo que será mejor que me vaya —ronca la voz por el deseo.
    —Si —su voz también delató su estado.
    Con un suave beso en los labios y una caricia en el pómulo Eric se alejó hacia la moto. Colocó el casco sobre su rostro. Arrancó y con un acelerón desapareció de su vista.
    «Mema, tonta, estreeeeeeecha» se iba insultando ella misma entre dientes mientras subía los escalones hacia su piso.
    Cerró la puerta de un portazo. 

Tabú (continuación II)

jueves, 10 de octubre de 2013

TABÚ

    —No me mires así. Te juro que ha sido culpa del tráfico.
    El tono de disculpa de Noa no borró el entrecejo fruncido de su amiga.
    Un gruñido de Liz fue la única respuesta. Eso y un tirón del brazo que hizo que trastrabillara en sus altos tacones.
    Estos, no pasaron inadvertidos a Liz. El ceño pasó a convertirse, en segundos, en una inquisitiva ceja alzada.
    —Me dejé las zapatillas en la oficina— dibujo su mejor sonrisa Profiden.
    Liz le empujó hacia el interior del edificio. Tras una cristalera, el conserje llamó su atención.
    —¿Qué desean?
    —Venimos a las clases de bailes de salón —respondió Liz molesta por la intromisión.
    —Salón de actos —informó el vedel y señaló la puertas que estaba justo detrás de ellas.
    Adelantó a Liz y solícita empujó el picaporte para que entrase pero tan solo consiguió un golpe seco.
   —Hoy, no es tu día…bonita —comentó esta en tono mordaz mientras tiraba del pomo y tiraba de ella hacia el salón.
   Las luces del techo alumbraban un teatro. Un centenar de butacas tapizadas en rojo rodeaban el escenario donde varios objetos de atrezo cubrían el fondo de este.
    Se adentraron por el pasillo central hacia un grupo de personas que charlaban animadas en el único hueco libre que quedaba entre la primera fila de butacas y el tablado.
    —¡Qué chulo! —murmuró a Liz, quien encogió los hombros.
    —¡Hola! —saludó una joven morena, menuda y de cuerpo escultural—. Soy Rosa, la profesora de baile     —Y ¿vosotras sois?
    —Liz y Noa —respondió la primera. 
    Rosa buscó sus nombres en la lista que portaba sobre una carpeta.
    —Eso, el burro delante para que no se espante —cizañó Noa. Liz le lanzó una mirada de advertencia. Ella aguantó la carcajada que pugnaba por salir de sus labios.
    —Bien —comentó Rosa ajena a la puya—. Pues ya estamos todos. Supongo que ya sabéis como Eric y yo seleccionamos el grupo de alumnos.
    —No —contestaron al unísono.
    —¿Veníais de parte de Fran? —ellas asintieron—. Y ¿no os comentó nada? —ante su negativa Rosa les explicó—. Solemos hacer una prueba de nivel, aunque sea para principiantes, ya que queremos que más o menos todos estén igualados, así las clases suelen ser más productivas. 
    Miraron sorprendidas a la joven. Esta rió ante el gesto de temor de ambas.
    —No tengáis miedo. Ya veréis, es muy sencillo. Ahora sois doce apuntados pero tan solo accederán diez parejas. Vosotras tenéis el número diez. Dos de las parejas no han podido venir hoy. 
    —Y ¿las parejas sobrantes? —preguntó Noa.
   —Quedarán de reserva por si alguna de las otras se da de baja. ¿Alguna pregunta más? — ante la negativa Rosa sonrió— Bien, pues entonces empecemos. ¡Ah! Recordad que hoy es aquí, el resto de las clases se impartirán en el pub de Fran de ocho a diez de la noche. ¿Bien? Vale. ¡Eric! —llamó.
    De entre el grupo reunido salió un hombre. 
   Noa no se explicaba cómo le podía haber pasado desapercibido. Su metro ochenta de estatura y su cuerpo eran dignos de ver. La camiseta de licra en color negro se pegaba a su torso como una segunda piel. Los pantalones, del mismo tono, marcaban sus muslos. Las pinzas, estratégicas, no permitían vislumbrar nada más de las caderas masculinas.
    Noa recorrió con la mirada cada centímetro del pecaminoso cuerpo. Cuando sus ojos llegaron a la altura del rostro se encontró con una mirada gris sobre una tez morena. Labios gruesos y sensuales, el pelo negro, frondoso, revuelto, largo.  
   Volvió a mirar los ojos. Eran hipnotizadores. Sus miradas se encontraron. Liz le lanzó un codazo nada discreto. Noa desvió con rapidez la suya. 
   Cuando el hombre llegó a su altura Rosa hizo las presentaciones.
   —Eric. Estas son Liz y Noa.
   Él sonrió, dejando vislumbrar unos dientes perfectos. Extendió su mano en un cortés saludo. 
   —Encantado. Bienvenidas— su atención puesta unos segundos más sobre Noa—.Rosa, cuando quieras podemos empezar.
   Noa apreció como el ajustado pantalón marcaba las nalgas del atractivo profesor. 
   Los profesores llamaron la atención de las parejas, que entre murmullos nerviosos tomaron asiento en las butacas.
   —Pareja número uno, por favor —llamó Eric. 
   Una pareja de mediana edad subió las escaleras que daban acceso al escenario.
   —¡¿Qué?! —exclamó Noa.
   Liz la mandó callar con un gesto. Aproximó la cara hacia esta y murmuró:
   —Tú no me hablaste de hacer el ridículo sobre un escenario.
  Liz encogió los hombros y sin desplazar la mirada de la pareja que en ese momento bailaba una salsa murmuró:
   —Esto o el encaje de bolillos.
  Noa gruñó entre dientes. Y es que Liz se había empeñado en que ese año tenían que realizar alguna actividad que las distrajese de su rutina diaria. Sopesó la oferta. La verdad fuera dicha. Apenas sabía cómo coser un botón, no se veía dándole a los bolillos.
   La pareja terminó su actuación y entre aplausos Liz le susurró:
   —¡Qué chulo! ¿No?
   —No te digo dónde te puedes meter ahora mismo tu sarcasmo porque…
   Calló al notar la mirada gélida de esos ojos color humo. Se removió nerviosa en la butaca y recolocó la falda  de vuelo. Apretó las manos sobre sus muslos ya que sus piernas temblaban.
   —¿Quieres estarte quieta de una vez?
   —No soy yo —respondió quejosa—. Son mis piernas que no me obedecen.
   Su amiga suspiró resignada. Una a una las parejas fueron subiendo. El nivel era alto, o al menos eso le parecía a ella. Estaba por decantarse por los bolillos dichosos.
   —Pareja número diez.
   Liz se levantó y se dirigió con paso firme hacia las escaleras. Miraba en silencio avanzar a su amiga pero ella no podía levantarse. Sus piernas no la sostendrían. Fijó sus ojos en los zapatos que portaban sus pies. Imposible. 
  El carraspeo impaciente de Liz le sacó de sus pensamientos. Suspiró y con más valor del que tenía se levantó y con paso cortos para mostrar seguridad ¡Já! Siguió a su compañera.
   Ya sobre el escenario se percataron de que no tenían música preparada como el resto de parejas. Rosa atenta a todo, les sonrió para calmarlas, introdujo un Cd en el aparato de música y les dio ánimos con un guiño de complicidad.
   Los primeros acordes de un pasodoble sonaron por los altavoces. Tomaron posición en el centro. Divisó en uno de los espejos de atrezo olvidados su esbelta silueta. Se la veía segura.
Liz, que siempre ejercía en el baile de hombre, le agarró con firmeza.
   —¿Preparada?
  Noa asintió imperceptible. Liz sonrió arrogante. La coordinación entre ambas al bailar ese ritmo era perfecta. No en vano ellas eran el alma de las fiestas cuando se juntaban el grupo de amigos.
   Giraba sobre sus tacones, adornaba los pasos básicos con separaciones y pases. En uno de los giros, por el rabillo del ojo, vislumbró un destello bermellón en el espejo, que la distrajo unos segundos hecho que hizo que perdiese el compás. Pero rauda lo retomó. Liz volvió a hacer un giro cerrado, acercándolas hacia la luna enmarcada y entonces fue cuando lo vio. El vuelo de su amplia falda al girar dejaba vislumbrar el liguero color vino que sujetaba sus medias.
   Miró hacia los asistentes. Veía las miradas de complicidad de los hombres, la incredulidad en algunas de las mujeres de mayor edad y a Eric cuyos ojos no perdían detalle. Y tropezó. Si no llega a ser por Liz que sujetaba con firmeza su cintura hubiese caído de bruces. 
   Se separó de su amiga y no quiso continuar el baile. Rosa se acercó a parar la música.
   —¿Te encuentras bien? —preguntó solicita mientras miraba los pies y las sandalias de Noa.
   —Sí, solo ha sido una torcedura sin importancia.
   Hubo un  murmullo entre los asistentes que Eric, al levantarse, cortó..
   —Señores, los resultados de la prueba les serán comunicados. Ahora, si nos disculpan, atenderemos a esta señorita.
   Todos asintieron y deseándole que no le pasase nada desaparecieron por la puerta del salón de actos. Tan solo quedaron ellos cuatro. Rosa, Eric, Liz y ella.
   Eric subió las escaleras de dos en dos y llegó a la altura de ellas tres.
   —Tenéis que repetir la prueba —comentó.
   —Imposible —adujo Liz.
   —Tú no —respondió él—. Ella. 
  Y miró a Noa.
  —Tu postura como hombre es muy correcta. Pero un pasodoble es fácil de bailar —y retó con la mirada a Noa.
  —¡Y un cuerno! —gruñó—.Hazlo tú sobre estos zancos. «Listillo» añadió para sí.
  —Descálzate— fue la orden de él como respuesta a su enfado.
  —¿Qué?
  —Quiero comprobar cómo está tu tobillo. Descálzate…por favor— suavizó esta vez.
   Antes de que pudiese andar hacia un punto de apoyo él se arrodilló a sus pies. Tomó la pantorrilla de ella con suavidad y apoyó la suela del zapato sobre su muslo. Sus dedos, suaves, desataron la tira que sujetaba la sandalia a tu tobillo. Y tiró hacia delante de esta, liberando el pié de Noa. 
   Ella, no tuvo más remedio que sujetarse a los amplios hombros. Notaba en la yema de sus dedos como los músculos de él se movían. Eran duros, marcados. A punto estuvo de caer de rodillas cuando las manos de él tomaron su pié y comenzaron a masajearlo con suavidad.
   Las terminaciones nerviosas de su empeine le enviaron descargas que nada tenían que ver con el dolor que se suponía debía de tener.
   Los latidos de su corazón se dispararon y notó un cosquilleo en su bajo vientre. Rosa y Liz observaban los auxilios de Eric sin mediar palabra.
  —Todo parece andar bien. 
  «¿Todo? Pues te daba yo ahora mismo la temperatura de mi cuerpo» le contestó mentalmente Noa.
  —Rosa, pon el Cd número dos. Liz ¿puedes bajar a sentarte?
  Esta asintió y abandonó su posición no sin antes dirigirla una mirada de complicidad. Sabía que las caricias de Eric le habían afectado.
  Este tomó el otro pié y le quitó la sandalia. Noa quedó descalza ante él. Eric se levantó y sus rostros quedaron frente a frente. 
  —¿Preparados? —preguntó Rosa.
  La negra ceja de él se alzó en muda pregunta.
 —Sí —respondió enérgica. No sabía que acordes saldrían del aparato pero este espabilado iba a saber quién era Noa Samprieto. 
  Rosa abandonó el escenario, dejando a la pareja sola arriba. 
  Comenzó a escucharse el empiece de la canción. 
  —¿Salsa?
  Eric sonrió insolente. Negó con la cabeza.
  —Lambada —susurró. 
  —Yo no…
  —Vamos preciosa —murmuró él sobre sus labios—. Demuéstrame con tus caderas lo que tus ojos me dijeron hace rato.
  Jadeó sorprendida. Así que él se había percatado de su lasciva mirada. La respuesta la obtuvo de la mirada de él. 
  Sin previo aviso la tomo de la cintura y la giró pegando su trasero a la entrepierna mientras giraba las caderas en un movimiento ondulante al ritmo de la música. 
  Noa aceptó el reto y siguió sus movimientos. Se dejó embriagar por el ritmo, por los sensuales movimientos de su compañero.
  Las manos de él sobre su cuerpo eran firmes, seguras. Giraba entre sus brazos y alrededor de él.
  Hubo un cambio de ritmo casi imperceptible.
  —Salsa —susurró él sobre su nuca.  Se sentía sexy, sin miedos y dio rienda suelta a su imaginación.
  Notaba la respiración agitada tanto por el baile como por lo que el roce de sus manos le hacía sentir. 
  —Bachata.
  No distinguía una pieza de otra tan solo se dejaba llevar por él. En los pocos minutos que duró la pieza de música. Se retaron, se tocaron, se desearon.
 Rosa y Liz, en las butacas, con las bocas entreabiertas los miraban mientras ellos recuperaban el aliento. 
  Noa buscó la mirada de Eric. Este a su lado y de espaldas a las mujeres que ejercían de público paseó sus ojos por el cuerpo de ella quien, a su vez, se demoró en él. Pudo comprobar que las pinzas del pantalón, esta vez, no podían disimular nada. 
  Con un contoneo de caderas Noa se acercó a por sus sandalias, las tomó entre sus manos y bajó los escalones con lentitud. Eric, desde arriba, le seguía con la mirada.
   Calzó de nuevo sus pies, tomó el bolso de las manos de Liz y mirando a Rosa y en voz alta dijo:
   —Puedes ponerte en contacto con Liz para decirle si estamos aprobadas o no.
   Y miró de reojo hacia el profesor.
   Tomó la mano de su amiga y con paso firme abandonaron la sala.
   Según se cerró la puerta Liz iba a hablar cuando ella le cortó.
   —No digas nada. Necesito algo frío. Menudo calentón llevo encima.
   La carcajada de su amiga fue acompañada por la suya. Se dirigieron al pub de Fran.