lunes, 30 de septiembre de 2013

LA SOMBRA DEL GUERRERO

A veces, de la manera más tonta, una amiga suelta un comentario y ¡zas! mis musas comienzan a revolotear alrededor de mi y surge una historia como esta. Como no podía ser de otro modo fue la primera que la vio plasmada y aquí la muestro para vuestro, eso espero, disfrute. Un beso mi niña y a la espera estoy de que alguna otra frase tuya me inspire de nuevo. Besos.





    —Y ¿por qué no? —protestó Susana al otro lado del teléfono móvil.
Ruth suspiró resignada.
    —¿Por qué no quiero parecer desesperada? —preguntó a su vez.
    Escuchó el gruñido de su amiga al otro lado. Habían estado toda la tarde chateando, contándose las anécdotas del día, y una cosa había llevado a la otra. Susana se empeñaba, y cuando lo hacía era exactamente igual que una mosca cojonera, como decía su padre, en que se abriese cuenta en algún chat en busca de amistades masculinas.
    Tan solo era cuestión de tiempo que terminase por claudicar con tal de no escuchar la misma retahíla una y otra vez. Y es que a perseverante no le ganaba nadie. Tanto que en cuanto había sonado el móvil sabía que era ella.
    —Sú, sabes que eso no es lo mío —comenzó a explicar—. No me va, para nada, ese tipo de relación.—    Más gruñidos—. Y deja de gruñir que pareces la cerdita Peggy.
   Tras unos segundos de silencio Sú soltó la carcajada.
    —Está bien, viejarras. Ya sé que tú no te llevas nada bien con las nuevas tecnologías y tendencias.
    Ruth respiró aliviada. Al menos tendría una tregua por unos días.
    Toda esta conversación había ocurrido cuándo ¿hacía un año? Sí, más o menos. Días después, tras una cena familiar y una empalagosa presentación por parte de su preciosa hermana de su pareja a sus padres y al resto del clan que apareció por allí por arte de magia  —ella se decantaba más por las dotes de mando de su madre—, harta y enfadada porque a sus treinta y pocos años le declarasen solterona oficial de la familia,  había conectado el ordenador y en un arranque de valor había abierto la dichosa cuenta.
    Y allí estaba ahora, expectante, deseando que Warrior se conectase.
    En un principio sus encuentros se limitaron más a escuchar que opinar, en este caso a leer más que a escribir. Entraba esporádicamente, pero poco a poco, sin saber ni cómo se había ido enganchando.
    No esperaba encontrar gente tan variada y con la que la mayoría de las veces coincidía en muchos aspectos de la vida.
    La primera vez que Warrior se conectó, al ver su nick, pensó: «Otro gilipuertas bravucón y que se cree que todo el monte es orégano»
    Pero se equivocó. Usaba un lenguaje correcto, casi podría decirse que culto. Sus opiniones eran claras y concisas. Rebatía sin doblegar a su oponente y fue con él con quien tuvo más feeling en esas largas horas en los chats.
    Se paseaba por todas las salas en su busca, al igual que le sucedía a él. Pasados unos meses, en cuanto se veían por el chat, se abrían conversación privada entre ellos.
    Sus conversaciones eran largas, hasta altas horas de la madrugada los fines de semana. Hablaban de: amigos, familia, ex parejas, cine, libros. Todo lo que uno se pudiese imaginar. Su conexión era absoluta. Se entendían a la perfección.
    Una noche en la que ella le notó más silencioso que otras veces comenzó a escuchar ruidos raros en el ordenador.
    Shadow: Espera, me parece que mi ordenador está dando problemas.
    Una risa varonil se escuchó en el silencio de su alcoba.
    Shadow: ¡No te rías! Ya sé que el pobre no anda para muchos trotes pero es que…
    No pudo terminar la frase. Las carcajadas de él le erizaron la piel. Era ÉL. Su risa. De ahí provenían los ruidos, había conectado el sonido.
    Se quedó muda. Escuchó atenta los sonidos. Sus pasos por la habitación. El murmullo de las hojas de un libro al pasar deprisa, su respiración. Debía de lleva puesto unos auriculares con micrófono.
    Tras sus largos minutos de escucha sin escribir comentarios la voz varonil le llegó perfecta.
    Warrior: ¿No crees que ya era hora de dar un paso más?
    Shadow:  …
    Warrior: ¿Shadow?¿Estás ahí?
    S:…
    Él chascó la lengua con fastidio. Escribió.
    W: Esta bien. Espera que desconecte el micrófono.
    S:¡NO!
    Silencio.
    S: Es que me ha pillado de sorpresa. No me molesta de verdad— escribió.
    W:¿Seguro? —dijo.
    S:…
    Buscaba como loca los iconos por la pequeña pantalla. Tanto tiempo chateando y nunca se había preocupado de ellos.
    W:¿Ruth? —llamó él.
    Al final lo vio. Su dedo temblaba sobre el ratón inalámbrico pero antes de perder el valor clicó.
    S:¿Sí?
    Ahora el que quedó mudo fue él. Ruth rió tímida. Se oyó un suspiro de alivio.
    —Pensé que había perdido la conexión.
    —Mentiroso —murmuró incitadora.
    Él rió.
    —Me has descubierto.
    —¿Desde cuándo tenías pensado hacer esto?
    Carraspeó intranquilo.
    —Hace meses pero no me atreví.
    —Ya
    —Sé que no eres muy dada a mostrarte por aquí.
    —Ya lo sabes.
    —Pero hoy me apetecía que oyeses mi voz. Que puedas intuir por el tono cómo me siento…lo que me haces sentir.
    ¡Vaya! Si eso no era una declaración de intenciones entonces no sabía que otro propósito tendría.
    Sentía los nervios a flor de piel. Necesitaba pensar en lo que él acababa de decirle.
    —Adam…tengo que dejarte. Me traje tareas pendientes del trabajo a casa y he de acabarlas— su voz sonó temblorosa, insegura. No sabía mentir.
    —Vale, ok. Lo entiendo. Yo también tengo trabajo atrasado. Aprovechemos entonces.
    —Hasta mañana— se despidió.
    No hubo respuesta en el otro lado, tan solo un clic y un silencio premonitorio, aterrador.
    Cerró con mano temblorosa el ordenador y se dispuso a preparar una cena ligera que no logró ni empezar.
    Pero ¿por qué era tan imbécil? Desde hacía meses ansiaba esas charlas diarias con él. Intuía que la relación que mantenían había traspasado la línea de solo amistad hacía tiempo y hoy que él le declaraba sus sentimientos o al menos los dejaba vislumbrar a ella le entraba el pánico y lo había despachado con viento fresco.
    Lo dicho una tonta redomada.
    Pasó una noche inquieta, casi no pudo pegar ojo y su mente rememoraba una y otra vez la voz varonil de Adam. Su guerrero. Sonrió.
    Mañana aclararía lo ocurrido. Se disculparía.
    El día amaneció frío. Llegó tarde al trabajo porque se le habían pegado, a última hora, las sábanas.     Transcurrieron las horas atendiendo a clientes por teléfono, mandando fax y elaborando informes. Deseaba llegar a casa y relajarse en animada charla con Warrior pero espero en vano. Él no apareció. Le buscó por todos los chats. Nada.
    ¿Estaría enfadado? ¿Dolido? ¿Ambas cosas? Decidió que sí, se puso en la piel de Adam y se confirmó a sí misma que ella habría reaccionado de la misma manera.
    Le había rechazado. No, no era cierto. Le había hecho sentirse rechazado.
    «Bocazas» se regañó a sí misma. Apagó el ordenador y se fue a dormir. Reviviendo en sueños la voz de  él.

    La semana se le estaba haciendo larga e insoportable. Adam no había vuelto a aparecer por el chat. No se atrevía a mandarle ningún correo electrónico por miedo al rechazo y aunque todas las noches se mantenía despierta frente a la pantalla del portátil, él no dio muestras de aparecer.
    Visto que sus nervios no le dejaban dormir decidió acoplarse bajo las sábanas, portátil en mano y comenzar a leer algunos de los libros que tenía pendientes. Por costumbre abrió el chat, en espera de noticias.
     La tensión se podía cortar entre ellos. Sin esperarlo Rob extendió sus manos, le tomó de la cintura y atacó voraz sus labios.
Celia los sintió ardientes, jugosos y la lengua de él causó estragos sobre la comisura de su boca
    —Buenas noches— la voz sonaba seria.
    Ruth casi dejó caer el ordenador con el sobresalto. Se estaba imaginando a ella misma con Adam en la escena del beso.
    —¡Hola! —saludó con entusiasmo.
    —Quería disculparme
    —¿Por?
    —Por este silencio absurdo que he mantenido.
    —No pasa nada. «¡Ole, Ruth, tú dale a entender que no te importa» pero antes de poder rectificar, Adam volvió a hablar.
    —Quería tomarme un tiempo de reflexión.
    Silencio. Como él tras varios minutos no añadió nada, Ruth temerosa de la respuesta, preguntó por fin.
    —¿Y?
    Se oyó la inspiración profunda de él.
    —Pues todo ha quedado aclarado.
    «Le has perdido» se dijo. Pero calló, intuyendo que no debía de interrumpirle.
    —Esta semana se me ha hecho interminable. Las eternas noches sin hablar contigo, insoportables. No volverá a ocurrir. Por mi bien mental prefiero tenerte como amiga que perderte.
    Se derritió por completo. Warrior. Sí, sabía que él lucharía hasta la muerte.
    —¿Adam? —susurró su nombre.
    —Dime.
    —Yo también te he echado de menos —carraspeó— y mi semana ha sido tan patética como la tuya.
    —¡Vaya!
    —Y tú también eres muy especial para mí.
    Él permaneció en silencio y Ruth continuó.
    —No sabes cuánto.
    Y antes de que le abandonase el coraje, clicó sobre el icono que activaba la cámara del portátil.
    —¡Hola!- saludó con la mano.
    «Patética. Vamos Ruth tú puedes hacerlo mejor»
    —¿Sorprendido? —preguntó.
    Le oyó trastear por el cuarto. ¿Qué diablos estaría haciendo? Y por fin le vio. Era mucho más guapo de lo que había imaginado. Adam sonrió mostrando unos dientes perfectos y una sonrisa cautivadora que irradiaba también en sus ojos, dándoles un brillo mágico, hipnotizador.
Sus oscuros ojos le estudiaban. Nerviosa se atusó el pelo. Menuda facha llevaba hoy. Con la media melena recogida con una pinza sobre su nuca. Veloz se quitó las gafas de cerca. Él rió ante su coqueto gesto.
    —Estás preciosa.
    —¡Sip! Divina de la muerte —gruñó.
    —¿Por qué te quieres tan poco? —regañó él. Sus ojos fijos en ella, paseando su mirada por cada centímetro de su rostro.
    Atusó nervioso su pelo. Inspiró profundo para relajarse y se dirigió a ella.
    —Ruth —susurró—. Con respecto a lo hablado. Quiero que te quede claro que busco una persona con la que compartir mi vida. Buscaba una persona especial, que me hiciese vibrar por dentro y esa persona eres tú. Sin duda.
    Sintió que se ruborizaba. Ella tenía esos mismos pensamientos. Continuó escuchándole.
    —Sabes que por mi trabajo no tengo ningún problema a la hora de tener que desplazarme de lugar. Nada me ata aquí. Mis amigos son importantes pero para mí tú lo eres todo.
    Fue una noche emotiva. De expresar sentimientos y cuando tras largas horas de charla les iluminó la luz del amanecer se despidieron hasta pasadas unas horas.


    Las semanas fueron pasando. Ruth soñaba todas las noches con Adam. Ansiaba tenerle a su lado. Acariciarle. Escuchar las palabras ardientes susurradas sobre sus labios.
    De esta noche no pasaba. Lo había hablado con Sú que a imaginación no le ganaba nadie y le había plagiado unas cuantas ideas.
     Así que a la hora prevista se plantó con el bonito conjunto de lencería que se había comprado esa misma tarde. Se maquilló, resaltando sus mejores rasgos, se puso unos altos tacones de aguja y esperó el sonido de la voz de él.
    Puntual Adam le llamó:
    —¿Ruth? ¿Estás ahí? No puedo verte, tan solo veo tu alcoba.
    Adam observaba la pequeña ventana. Una luz suave bañaba la habitación. De fondo una música sensual se colaba a través del micrófono del portátil. Sobre las mesillas de noches la tintineante luz de las velas hipnotizaba su mente.
    La silueta de una mujer se dibujo por un lateral. ¿Ruth? La transparencia del negligé dibujaba su cuerpo al trasluz de las velas. Se acercó lentamente hacia la lente. Sus movimientos sensuales, felinos. Veía contonearse sus  caderas. Tragó saliva sonoramente. Ella rió entre dientes. Se agachó frente a la pantalla, cerca muy cerca, dejándole vislumbrar la piel de sus senos, apenas cubierta por el encaje.
    —Esta noche serás mi guerrero —susurró con voz ronca ella—. Quiero que me hagas tuya. Que sientas todo lo que yo voy a sentir. Y que grites de placer.
    —S-sí —tartamudeó Adam.
    —Solo hay una condición
    Adam no perdía detalle de sus labios, de la piel de su cuello, del mechón de pelo que rebelde acariciaba la clavícula, de sus senos, exuberantes, firmes.
    «Y ¿esta era su tímida Shadow?» No quería ni pensar lo que pasaría si estuviese allí junto a ella en ese mismo instante. Su entrepierna comenzó a latir dolorida.
    —¿Adam? —llamó ella.
    —¿Eh? ¡Ah, sí! —Sacudió su cabeza para despejarse momentáneamente—.¿Cuál?
    —Harás todo lo que te pida, sin protestar.
    —Hecho —exclamó entusiasmado.
    Ruth tomó el portátil entre sus manos. Eso le dio una perspectiva demasiado cercana de sus senos y con el movimiento al trasladar el portátil pudo ver sus largas piernas enfundadas en unas medias de rejilla sujetas con un tentador liguero.
    Ruth colocó el portátil sobre la cama. Con movimientos sensuales posó su cuerpo sobre esta.
    —Mírame —ordenó ella.
    «¡Que le mirase decía! Si no había podido quitar sus ojos de ella ni un segundo» Se acarició la erección por encima del pantalón.
    —No no —regaño Ruth—. No te he dado permiso para empezar a jugar. Como castigo pondrás tus manos por detrás del respaldo de la silla.
    —Pero así no…
    —Shhhhhhhhh ¡a callar!
     Enmudeció.
    —Como has sido malo tendré que cambiar alguna escena.
    Posó su dedo índice sobre sus labios rojos y los acarició pensativa. Ruth oía la respiración entrecortada de él. Audaz comenzó a acariciar su boca.
    —Mira mis labios. Tu lengua los recorre lentamente. Degustándolos. Acariciando la suave piel. Los muerdes, tentador, jadeo. ¿Oyes mi respiración?
    —Sí.
    —Succionas la carne para dejar la piel al descubierto, rozas con tu lengua su tibieza. Degustas el sabor de mi boca. Yo, entreabro mis dientes y rozo, sutil tu lengua. Incitándote a que tu beso sea osado, voraz. Déjame probarte.
    —¡Dios! que bien sabes —jadeó Adam, los ojos entrecerrados por el placer.
    —Tus labios acarician mi cuello, dejan un reguero de besos ardientes en mi piel. Mordisqueas el lóbulo de mi oreja. Susurras sobre ella…
    —Te necesito —murmuró Adam—. Quiero sentir como te estremeces con mis caricias.
    —Siiiiii… mírame…mi piel se eriza con tus palabras. Mis manos acarician tu torso desnudo. Tus pezones se elevan, erectos, y los pellizco. Rozas con ellos el encaje que me cubre provocando que los míos se endurezcan en respuesta.
    Adam gimió.
    —Abre los ojos Warrior.
    Él obedeció.
    —Mi mano es tu mano.
    Ruth comenzó a acariciar sus senos, excitando sus erectos pezones hasta que estos se marcaron aún más. Deslizó los tirantes del fino camisón, dejando al descubierto sus pechos. Los acarició, sopesándolos, apretándolos con suavidad.
    —Déjame tocarte —bisbiseó Adam entre dientes.
    —Sí…así…me gusta. Mis manos deslizan la cremallera de tu pantalón. Lentas. Penetran por la abertura en busca de tu miembro, duro, palpitante.
    Adam jadeaba.
    —Tócate Adam ¡ya! —ordenó.
    Obedeció raudo.
    —Mira tu mano como acaricia mi pubis, depilado, todo para ti, para que libes con tu lengua lo que estos labios esconden— Ruth se acariciaba al mismo tiempo.
    —Tu mano es mi mano. Siéntela como aferra tu pene. Lo acaricia. Lo mima. Lo lleva hasta mis labios que degustan su sabor. ¡Mmm!
    —Sí…nena…te siento.
    —Roza con tu lengua mi vagina. Siente su humedad. Está abierta para ti…solo para ti.
    —Que bien sabes.
    —Penétrame ¡Ahora!
    Adam bombeaba con fuerza su miembro. Ruth introducía sus dedos en su interior. Sus respiraciones acompasadas. Los latidos de sus corazones unidos. Sus mentes dentro del otro. Sintiendo. Amando.
    Llegaron al éxtasis casi simultáneamente. Acurrucaron cada uno a su lado sus portátiles y cayeron en un placentero sueño.


    Adam miró su reloj. Faltaba menos de media hora para que Ruth, su Shadow, se conectase para hablar con él y tener ese maravilloso sexo que compartían desde hacía semanas.
    Si al menos el maldito taxista acelerase un poco más. Para él que le había estado dando vueltas a la barriada pero no se atrevió ni a insinuarlo no fuese que el conductor se ofendiese y le hiciese bajar del auto.
De repente el taxi paró y el piloto se volvió.
    —Es aquí. Son cincuenta euros.
    —¿Cincuenta pavos desde Atocha hasta aquí?
    —Ya le avisé que tendría que pagar usted por salida de zona. Y eso que no le cobro por la maleta.
    —Pues menos mal — «só ladrón» añadió mentalmente—. Tenga.
    El taxista ni se digno a bajar a descargar la maleta. Adam forcejeó con ella. El taxista aceleró hasta desaparecer en la oscuridad de la calle. «Ahora corres cabrón»
    Tomó el asa de su troler y empujó esta hacia la acera. Miró el número del portal. Sí, era este. La puerta estaba abierta. No le gustó para nada.
    Subió las escaleras con la pesada maleta y el macuto del portátil colgado en su lateral.
    Al llegar al segundo jadeaba. Esperó unos minutos hasta que su respiración se acompasó de nuevo. Secó con un pañuelo su, de repente, sudorosa frente, sus manos. Inspiró para serenarse, pulsó el timbre y esperó. Pasados unos minutos la puerta se abrió.
    Ruth dejó caer el paño de cocina que llevaba en sus manos. Abrió la boca, aturdida. Sus ojos parpadearon varias veces, para cerciorarse de lo que veían.
    Sin poder esperar más Adam atacó voraz esos labios que le volvían loco. Rodeó con sus fuertes brazos la cintura de ella, apretándola sobre su duro pecho. No la soltaría jamás. Nada podría separarle de ella. Tiró de su maleta hacia el interior del piso y cerró en silencio con el pié. Se perdió entre los besos de su amada.

                                                                       

                                                                        FIN


















sábado, 7 de septiembre de 2013

LAVA EN LA PIEL (continuación)


     Al abrirse las puertas del elevador, salieron al descansillo. Tan solo había una puerta.
Isma sacó las llaves de sus ceñidos vaqueros y abrió. Galante le invitó a pasar. 
     El interior estaba oscuro. Como leyendo su pensamiento, él accionó el interruptor.
    Sarah se encontró en un piso diáfano. Casi, porque observó que a la derecha de la zona del salón había una puerta, que supuso era SU dormitorio.
     Ismael cerró la puerta tras él y le empujó, sutil, la espalda, instándola a entrar al interior del ático.
    Paseó la mirada por el amplio espacio. Los muebles eran prácticos pero de calidad, con algún que otro adorno varonil. Las paredes, en un blanco roto, servían de lienzo para exhibir una colección de fotografías dispersas estratégicas. Decoraban pero no recargaban el ambiente. 
    La cocina, como tal, no existía era un elemento más de decoración en el enorme salón. Ismael se dirigió hacia ella. En un cuenco de cristal dejó las llaves y se dirigió hacia la nevera.
    —¿Quieres tomar algo? —ante la mirada extrañada de ella explicó—. Porque yo, en este momento, lo necesito.
    —Cualquier refresco que tengas, gracias.
   Le oía abrir armarios en busca de las copas, el tintineo del hielo al caer sobre el cristal y sus pasos acercándose a dónde ella, aún seguía en pié.
    —¿No vas a sentarte?
    Él así lo hizo, sobre el mullido sofá, pieza clave del salón. Le siguió. Soltó el bolso sobre la mesa auxiliar y se acomodó en el tresillo, justo en el borde.
    «Dichosas medias»
    Observó con disimulo y no, esta vez, la falda se había mantenido en su sitio. Acercó su mano hacia el vaso donde él había servido el refresco de cola.
    Las burbujas estallaron en el interior de su, ahora, reseca garganta y le recordaron las sensaciones que su lengua, minutos antes, le habían provocado. 
    Le estudió de reojo, él degustaba el licor ambarino de su copa, relajado, observándola en silencio. 
    Volvió a beber, tensa, expectante. Necesitaba romper ese mutismo entre ambos.
    —¿A qué te referías cuando dijiste que yo ganaba?
    Él rió. Esa no era la respuesta que ella quería. Molesta le increpó.
    —No le veo la gracia por ningún lado. 
    Sin apenas darse cuenta, le tuvo a escasos centímetros de su cuerpo. Imponente. El rostro sobre el suyo, los labios casi rozando su boca. Deseó acariciarlos pero se obligó a esperar la respuesta. 
    —Creo, que hemos pasado la línea de tan solo mirarnos. Estoy cansado.
    Le miró extrañada sin comprender.
    —Agotado de mirarte, de embeber mi mente con tu cuerpo y no tocarlo. De desear besar tus labios y tan solo poder asentir a lo que dicen, de querer tomar tus manos, acariciarlas, que me acaricien y que provoquen regueros de lava en mi piel. 
    Sarah le contemplaba extasiada. El tono de su voz, íntimo; el significado de sus palabras, esclarecedor. 
    —Así que tú ganas —concluyó.
    La tensión que acumulaba en el cuerpo, se disipó. Sonrió, feliz, segura de sí misma, de lo que sentía por él y de lo que en él provocaba. Por toda respuesta se apoderó de sus labios. Degustó en ellos el sabor del licor.
  Los besó lentamente, acariciándolos, degustándolos. Introdujo la punta de su lengua en su interior, provocativa. Él aumento el contacto.  Sus lenguas se rozaban, jugaban, provocaban sensaciones en sus cuerpos, elevándolos.
  Comenzó a desabrochar los botones de la camisa, dejando al desnudo los músculos del abdomen, que acarició, lenta, tentadora. Rozó con sus uñas esa piel, provocando rojizas marcas en ella. Huellas de lava en su piel. 
   Las caricias de Sarah le estaban enervando. Sus manos se deslizaron por debajo de su blusa. Acarició su espalda, la tersa piel, acercándola hacia su pecho. Cuando ella en respuesta clavó las uñas en su espalda sus dedos buscaron los erectos pezones, que rozaban instigadores y endurecidos su torso desnudo.
  Sus labios deshicieron el contacto de las bocas y buscaron, hambrientos los rosados montículos. Dibujó círculos a su alrededor al través del encaje del sostén. Raudo eliminó esa barrera. 
   Las manos de ambos comenzaron de nuevo a acariciarse. 
  Sarah le empujó contra el sofá, comenzó a recorrer con la punta de su lengua el amplio pecho de él, mordió con suavidad las tetillas que se alzaron, osadas. 
   Dejó sobre hermoso tórax un reguero de dulces besos mientras con su mano desabrochaba los tejanos. Él se dejaba hacer. Introdujo sus dedos bajo los bóxer y allí la encontró. Dura, caliente, expectante. Ismael le ayudó, en segundos todo su miembro quedó libre. 
  Palpitó entre sus dedos. Notaba las venas que lo recorrían hinchadas, el glande suave. Lo acarició y pequeñas gotas surgieron de su interior. Lo suficiente para lubricar la delicada piel. con su dedo pulgar lo extendió y sus labios descendieron a probar.
   El siseo de Ismael inundó el salón. Rió entre dientes, satisfecha. La punta de su lengua dibujó círculos sobre el sensible extremo. Enervándolo. Oía la respiración entrecortada de él. Lamió su pene en toda su largura. Acariciándolo, degustando su sabor. Cuando lo notó engrosar entre sus dedos, lo introdujo en su boca. 
    El gemido de él le volvió más audaz. 
    Paladeó, lubricó. Libó. 
   Las manos de él acariciaban sus muslos, sus nalgas, buscaban febriles a través de sus braguitas. Los dedos de él rozaron su clítoris. Lo acariciaron, engrosándolo, provocando oleadas de placer en su interior que nublaban por momentos su mente, impidiéndole continuar con sus caricias.
  Con renuencia abandonó lo que su boca saboreaba con tanto deleite. Se sentó a horcajadas sobre el miembro desnudo. Rozando con él su vulva que palpitó.
   Las manos de Ismael desabrocharon su falda y la deslizó por su cuerpo, deshaciéndose de ella. Le sujetó las caderas mientras con bruscos movimientos se deshacía de sus tejanos. Hecho esto. Se izó, posó sus manos sobre las nalgas femeninas y alzó ambos pesos. 
   Con largas zanjadas se aproximó a su dormitorio. Empujó con el pié la entreabierta puerta y entró.
   Posó con suavidad el cuerpo de Sarah sobre el borde del colchón.
   —¿Sabes que esto va a complicar las cosas? —murmuró ella.
   Él asintió.
   —Cruzaremos ese puente cuando llegue. 
   Sarah se perdió en el verde de sus ojos. Captó el brillo de su mirada acompañada por una sonrisa traviesa.
    —Pero de momento…—susurró sobre sus labios—.Déjame disfrutar paseando por tus dunas.
La carcajada de ella acompañó estas palabras y Sarah se perdió entre sus brazos. 

                                                                           FIN

viernes, 6 de septiembre de 2013

LAVA EN LA PIEL (continuación I)

    La temperatura de su cuerpo se mantuvo en ebullición el resto de la tarde. Sobretodo cada vez que le veía desplazarse por la terminal, hablando y dando órdenes al resto de los empleados y recordaba el tacto de su piel, el sabor de sus besos. Había perdido los papeles. Ambos. Pero en su interior sabía que esto tenía que ocurrir.
    La tensión sexual entre ellos había hecho saltar chispas desde el primer momento que cruzaron unas palabras.
    Luego, con el tiempo, durante las largas conversaciones que mantenían, acabó enamorándose de él.
    Y allí estaba, ahora, deseando que terminase su turno para marcharse a casa y dejar que transcurriese la semana siguiente, necesitaba una tregua para reforzar las grietas del muro que cubría sus sentimientos hacia él y volver a su turno del fin de semana como si tal cosa.
    Mentía. Se mentía a sí misma. Ya nada volvería a ser igual. Cada vez que le tuviese cerca recordaría esos momentos.
    Atendía a un grupo de usuarios japoneses que se habían perdido cuando al señalar hacia el lugar donde se encontraba su compañía aérea observó que una de las cámaras no estaba en la misma posición de siempre.
    No le dio la mayor importancia hasta que se percató que el aparato electrónico seguía todos sus movimientos a través del stand de información.
    Simuló no darse cuenta pero al cabo de una hora de sentirse observada, nerviosa y  algo molesta marcó el número interior de control.
    —¿Sí? —contestó Juanra.
    —Dile a Ismael que se ponga —ordenó.
    Unos segundos de silencio. Por fin la voz de él al otro lado del auricular.
    —¿Quién es?
    —Deja de observarme con la cámara de seguridad— fue su respuesta.
    —¿Perdón?¿Quién está al aparato?
    Gruñó entre dientes. Él sabía perfectamente que era ella. Podía ver el piloto naranja encendido con una luz intermitente que le informaba de qué parte del aeropuerto le necesitaban.
    «¿A qué estaba jugando?»
    —Faltan diez minutos escasos para que termine el turno —respondió, mirando el enorme reloj de pared detrás suya—. Te juro que como no pares me voy —silencio— aunque me despidan y no volvamos a vernos —concluyó y colgó.
    Vaya farol que acababa de tirarse. Necesitaba ese empleo como agua de Mayo.
    Mientras atendía a su último, esperaba, pasajero vio como él abandonaba el recinto de cámara y se dirigía hacia ella.
    Su corazón comenzó a bombear rápido. Notaba su cara ardiendo y al verle andar con esa confianza y su mirada puesta en ella sus piernas comenzaron a temblar.
    Le quedaban escasos metros para llegar. Tres… dos… ¡uno! Paró detrás del usuario.
    «¡Ay, Dios! que me va a echar la bronca»
    Se tensó y despidió con un adiós al pobre viajero que tomó la maleta y se alejó hacia los incómodos asientos de la sala de espera.
    Cuadró sus hombros, alzó su mirada y se perdió en el verde de esos ojos.
    Él se acercó lentamente y posó sus manos sobre el mostrador. Estudió su rostro, su silueta y Sarah sintió como su piel hormigueaba y que la miríada de mariposas revoloteaban sobre su estómago, de nuevo.
    Ismael bajó su rostro hasta quedar a escasos centímetros del suyo.
    «¡Ay, madre que me a besar en mitad de la terminal y a la vista de todos»
    Tragó el nudo de su garganta, sus ojos abiertos de par en par.
    —Está bien. Tú ganas.
    Y besándola con la mirada, dio media vuelta y desapareció hacia no sabía dónde.
    Recogió los planos de la terminal que repartía a los usuarios, las hojas de reclamaciones y salió hacia el puesto de control donde ficharía su salida.
    En el vestuario no había nadie. Ella siempre era la última en salir. Suspiró resignada. Ahora le quedaba una larga hora de trayecto en metro hacia su hogar. Se quitó el uniforme y lo guardó en una bolsa de papel para lavarlo en casa. Se puso su blusa blanca entallada y con escote en uve, su minifalda negra y sus zapatos de tacón de aguja. Cogió el bolso, su chaqueta, el paquete y salió hacia las taquillas del tren.
    Paró delante de estas unos segundos en busca del abono transporte. De repente, una mano sujetó su codo, firme.
    —Vamos —ordenó.
    Giró su rostro para enfrentarle. Él le miraba serio pero relajado. Iba a responder a su mandato cuando…
    —¡Ey, Isma! ¿Qué tal colega? —saludó el vigilante de seguridad del metro metros más allá.
    Ambos le miraron. El guardia les observaba con una sonrisa de complicidad en sus labios. Ismael masculló una maldición entre dientes. Soltándola se acercó hacia el otro hombre. Mantuvo una corta charla con él. Sarah vio como el otro asentía y se giraba de espaldas a ella con la cabeza agachada.
Ismael volvió a su lado y con un movimiento de cabeza le indicó que le siguiera. Obedeció sin rechistar. No quería dar el espectáculo.
    Ascendieron a la superficie hacia el parking. Al llegar a un Volkswagen las luces tintinearon. Él le abrió solicito la puerta mientras tomaba la bolsa de papel.
    Se sentó en silencio y observó como él dejaba el paquete en el asiento trasero. Rodeaba el coche y segundos después se sentaba junto a ella.
    Arrancó el coche y dejaron atrás la terminal. Isma tomó la salida hacia la autopista que les llevaría el centro de la ciudad.
    Los coches pasaban veloces. De repente Sarah preguntó:
    —¿A dónde vamos?
    Observó con él cambiaba de marcha para reducir la velocidad. Se mantuvo en silencio unos minutos en los que ella deseó que no respondiese lo que en su fuero interno bien sabía.
    Por fin, su grave voz se oyó dentro del habitáculo.
    —Tú elijes.
    —¿A cenar? —insinuó esperanzada.
    La sonora inspiración de él fue respuesta suficiente pero aún así habló:
    —A tu casa o a la mía.
    «Total qué más da. Ambas implican el mismo final»
    Se removió nerviosa. Intentó recordar si tenía la casa lo suficiente decente para recibir visitas inesperadas.
    Pero ¿qué tonterías estaba pensando? Lo menos en lo que se fijarían es en cómo estaba la casa. Y sí, esa misma mañana había puesto sábanas limpias. ¡Ups! Ella misma acababa de responderse.
—Lo que tú prefieras —murmuró con un hilo de voz. Carraspeó.
—Pues será a la mía, porque acabamos de dejar atrás la salida hacia tu barrio.
    «Mierda. Al menos en casa hubiese podido acicalarme»
    Abrió el bolso en busca de su paquete de tabaco.
    —¿Puedo?
    Ismael miró de reojo sus manos. No le gustaba que fumasen en su coche pero le notaba nerviosa, quizá el cigarro le relajase. Asintió.
    —Pero abre la ventanilla, por favor.
    Sarah lo hizo y encendió el cigarrillo. Inhaló con fuerza en busca de la ansiada calma que la nicotina le proporcionaba.
    El aire soltó unos mechones de su recogido pelo. Los colocó detrás de la oreja. Miraba por el cristal, absorta en sus pensamientos. De vez en cuando daba una calada hasta que notó que la ceniza caía sobre su falda. Iba a sacudirse los restos cuando se percató del impoluto estado del interior del coche.
    Ismael atento tanto al tráfico como a todos los movimientos de ella, abrió el cenicero del coche. Apagó el cigarro y tomó de su bolso un pañuelo de papel, en un intento de remediar el pequeño desaguisado de su falda. Fue cuando se percató. La corta falda dejaba asomar el principio de sus medias y los corchetes del liguero.
    Miró de reojo nerviosa. Isma atendía a la carretera. Intentó tirar de la prenda pero esta no cedió un milímetro. Se revolvió en el asiento por ver si el tejido se deslizaba más abajo. Fue inútil.
Ismael tomó la salida hacia dónde se encontraba su piso. Por fin podría disfrutar del espectáculo de esas esplendidas piernas.
    Había vislumbrado parte de la ropa interior que Sarah llevaba y sus pensamientos se había vuelto caóticos. Su mente tan solo dibujaba eróticas escenas, por eso, se había concentrado en conducir. Era eso o terminar en el asiento trasero de su coche lo que había comenzado en el vestuario. Y no estaba por la labor. Pretendía probar cada milímetro del cuerpo femenino. Acariciarlo, besarlo, degustarlo hasta hartarse. Y su automóvil quedaba totalmente descartado para esa minuciosa labor.
    Sarah volvió a tirar, por enésima vez, de la escasa tela de su falda. Su entrepierna protestó y sus nervios se crisparon.
    —¿Quieres dejar de hacer eso de una vez?
    Las manos de ellas pararon en seco se cruzaron inquietas sobre su regazo.
    Tan solo quedaban un par de calles para llegar a su casa.
    Por fin el portón del garaje. Apretó el mando a distancia y la enorme puerta se abrió. Introdujo el coche y aparcó en su plaza. No había terminado de apagar el motor cuando ella ya estaba abriendo la puerta. Sonrió. Activó la alarma y tomándola por el codo la condujo hacia el ascensor y sus tacones repiquetearon en el silencio del parking. Casi al mismo ritmo que su acelerado corazón.
    Las puertas del montacargas se abrieron, entraron a su interior y en el preciso momento que se cerraron, él atacó voraz sus labios.
    La besó con pasión, instándola con su lengua a que abriese su boca. Lamió glotón el grosor del labio inferior, resiguiendo con la punta de la lengua el suave borde. Mordió sutil la tierna carne que se abrió a él.       Devorador degustó su sabor.
    La lengua de Isma acariciaba el interior de sus mejillas, provocando un estallido de placer en su interior.       Su lengua buscó la de él. Incitante, juguetona.
    Los dedos que acariciaban su nuca se introdujeron entre sus espeso cabello y en un solo movimiento él soltó su larga melena envolviendo sus manos en ella. Tirando levemente hacia atrás en un intento de acercar aún más su boca a la altura de sus labios.
    Le empujó contra la pared del ascensor que notó fría en contraste con su ardiente piel.
    Los labios de él comenzaron a recorrer el cuello, expertos provocando que sus pezones se erizasen por respuesta.
    Un gemido de placer salió de sus labios. Las caderas de Isma aprisionaron las suyas. Pudo sentir la dureza de su erección. Jadeó excitada. Agarró su cintura y le pegó más a ella.
Isma había comenzado a recorrer a través de la tela de la blusa, los erectos montículos que se marcaban, expectantes con sus labios.
    La respiración entrecortada, de ambos, llenaba el estrecho espacio.
    Sarah introdujo su mano entre los cuerpos, en busca de la entrepierna de él. Como respuesta, Isma dio un respingo. El ascensor se movió.
    «Por Dios que ímpetu»
    Dejó de sentir el peso de él sobre su cuerpo. Iba a protestar cuando se percató que sí, el ascensor se movía…pero hacia arriba. Alguien lo había llamado en alguna de las plantas.
   Se separaron renuentes y recolocaron su ropa, inquietos. Segundos después las dobles puertas se abrían en la planta baja.
    Un matrimonio de ancianos penetró en su interior.
    —A la tercera planta —ordenó la mujer con voz seca.
    Isma, pulsó el botón sin protestar.
    Sarah veía como la mujer, sin ningún tipo de disimulo, paseaba su mirada por ambos. Abrió los ojos, estupefacta, cuando le estaba estudiando a ella. Sarah miró hacia dónde la mujer tenía fija su mirada. En su prisa por recomponerse los botones de su escote habían quedado abiertos. Se ruborizó al ver como la señora daba un codazo a su acompañante en señal de advertencia y como este repasaba su silueta.
    Pero la reacción del hombre fue muy distinta. Sus ojos brillaron y con una sonrisa socarrona miró hacia Ismael que sonrió a su vez.
    El ascensor se paró y las puertas se abrieron de nuevo. La mujer tiró del brazo de su marido y sin girarse siquiera salió como alma que lleva el diablo. Segundos antes de que el ascensor se cerrase oyeron la voz del hombre decir con ritintin.
    —Buenas nochesss.
    Los dos comenzaron a reír. Isma marcó el último botón. Tan solo eran dos pisos más. Sarah abrochó la blusa y recolocó el bolso en su hombro.

              Lava en la piel (continuación II)                                               

LAVA EN LA PIEL

     Golpeó nerviosa con los nudillos la puerta.
     —Pasa Sarah —dijo Ismael.
    Indecisa entró al interior del vestuario masculino.
    —Estoy aquí— la voz sonaba amortiguada.
    Recorrió el pequeño pasillo que daba acceso a la zona de taquillas. Dos hileras de estas enfrentadas, un pequeño banco de madera y un catre al fondo— que usaban los vigilantes nocturnos en sus relevos—, era todo el mobiliario.
    Ismael se hallaba tumbado en la cama. Sarah paseó sus ojos castaños por el torso desnudo recreándose por los músculos de la espalda. Tragó saliva para deshacer el nudo de su garganta.
    —Gracias por ofrecerte —murmuró él mientras sus intensos ojos verdes la estudiaban—. Pensé que esto valdría como ungüento— y le ofreció un frasco—. Es crema after shave —aclaró.
    —Valdrá— su voz sonó aguda. Carraspeó.
    «¿Cómo había consentido que Juanra, el vigilante de cámaras, le metiese en este embrollo?»
    Durante la comida compartida por los tres Ismael comentó su dolor de espalda y Juanra recordó que ella había dado un curso de masajes. Le instó a que ayudase al compañero. Ellos se miraron en silencio unos segundos y continuaron comiendo sin más, pero al llegar a la sala de control para fichar, el vigilante comentó.
    —Isma, yo vigilo mientras Sarah y tú bajáis para que te dé el masaje.
    La aludida lo taladró con la mirada pero Juanra— con una sonrisa Profiden y haciendo ojitos:
    —Por favor— rogó—. Tú no sabes lo que es aguantar sus gruñidos de dolor.
    Suspiró resignada y accedió. Y no es que le importase— para nada— que el fuese su inmediato superior sino lo que él le hacía sentir.
    Aún recordaba la primera vez que le vio, atravesaba la terminal con ese andar algo chulesco, su metro ochenta largo y el cuerpo musculado, no pasaba desapercibido. Si al conjunto añadías unos ojos verdes, unos labios tentadores y una elocuencia— como comprobó con el tiempo— que ya quisieran para sí los políticos, el paquete era explosivo.
    Y allí estaba, tentador, tumbado sobre su estómago, a la espera de que ella comenzase a acariciar su piel.
    «¿Acariciar?»
     Descartó de inmediato el término.
    «Un masaje, es solo un masaje» se repitió.
    Pero eso que se lo dijesen a sus temblorosas manos y a las mariposas de su estómago que bailaban desde hacía rato en su interior.
    Limpió con disimulo el sudor de sus manos en la trasera del uniforme y se acercó al camastro. No se acercaba ni por asomo a una camilla. Tendría que improvisar.  Volcó una pequeña porción de la loción sobre sus manos que frotó para entibiar el producto y sentándose a horcajadas sobre los duros muslos de Ismael, casi a la altura de su trasero, comenzó a extenderla sobre los hombros. Masajeó estos hasta notar que perdían tensión. Deslizó con suavidad sus manos hacia los omóplatos, pellizcando la piel para despegarla del hueso y cuando la zona enrojeció pasó a los músculos laterales de la espalda.
Ismael gimió.
    —Shhh, relájate —susurró.
    Continuó apretando y relajando los tensos nudos justo hasta llegar hasta la cintura de sus vaqueros, donde estos marcaban sus nalgas. Una imagen con Ismael desnudo bajo sus muslos se coló en su mente e hizo latir un punto en su bajo vientre.
    No supo en qué momento sus manos dejaron de ser profesionales y comenzaron a trazar caricias sensuales a lo largo de la espalda de él ni cuando su respiración se volvió entrecortada. Tan solo se dejó llevar como una amante que se solaza dibujando figuras sobre la piel de su amado.
    Ismael sentía los dedos en su ardiente piel, construyendo caminos de lava sobre ella. Regueros de fuego que erizaban su piel, las yemas de sus manos apenas rozando su torso. Unas manos que tiempo ha, en sus bromas, había tomado entre las suyas pero que de unos meses para acá dejó de hacer al notar como su corazón se disparaba y que el aire se tensaba entre los dos.
    Notaba oscilar la cadera de ella sobre sus muslos y vividas imágenes poblaron su mente provocando que su miembro comenzase a endurecer.
    Anhelaba acariciar su cuerpo tentador.
    Le dejó sin aliento el día que la conoció. Siempre le habían gustado las mujeres de curvas generosas y Sarah cubría todas con creces. Pero no fue solo su cuerpo lo que le había enamorado ni sus ojos color miel tostada moteados de verde ni sus jugosos labios sino esa especie de candidez y picardía que se entremezclaban en ella. Hechizándolo.
    Y allí estaba ella, meciéndose suave sobre sus caderas haciendo bullir su sangre.
    Inspiró profundo e intentó liberar su mente de lo que Sarah le estaba provocando pero en vano, su pene tenía vida propia en ese momento. Propia y dolorosa. Los ajustados vaqueros y el peso de ella le estaban matando.
    Un gemido de dolor escapó de sus labios y Sarah paró.
    —¿Te hago daño?
    —Sí…no —rectificó.
    —¿Qué? —preguntó confusa ante su respuesta.
    —Creo que deberíamos terminar—comentó—. Me noto menos tenso.
    «Al menos en la espalda»
    Sarah cerró sus ojos para intentar calmar su excitación y apoyó sus manos sobre las caderas de Ismael para alzarse. Este volvió a gemir de dolor.
    —Sarah, para por favor, si no quieres desgraciarme para toda la vida.
    Le miró confusa unos segundos y entonces comprendió. La respiración agitada de él, el verde intenso de sus ojos cubierto por sus pupilas, dilatadas por el deseo.
    Quizá fuese esa confirmación o el íntimo momento compartido solo supo que se encontró de pié y empujando el enorme cuerpo hasta girarlo y sentándose a horcajadas sobre su dura erección.
    Se sintió humedecer ante esa dureza. Acarició los abdominales con lujuria, el ancho pecho y acercando su rostro al de él fundió sus labios en esa boca tentadora.
    Lamió con lascivia el labio inferior, saboreando la piel interna del mismo. Incitando a su dueño a que respondiese a la caricia. La lengua del hombre la asaltó con la misma urgencia, degustando con deleite.
Sarah rompió la unión unos segundos tan solo para mordisquear con pasión el labio, succionando y tirando de él. Un gemido sordo brotó de la garganta masculina.
    Rodeó con sus manos la nuca de ella, entrelazando sus dedos en el espeso pelo cobrizo. Perdió su rostro en su esbelto cuello, lamiendo la piel hasta el hueco de la clavícula donde rozó con sus dientes sobre el desbocado latido de sus venas. Rió entre dientes al percibir como se erizaba la piel femenina. Resiguió con sus labios el ovalo de su rostro ascendiendo lentamente hacia el lóbulo de la oreja que mordió con suavidad, provocando un jadeo de Sarah.
    Las manos de ella acariciaban sus tetillas, endureciéndolas por momentos. Él  desabrochó la blusa que dejó al descubierto el encaje del sostén. Bajó la puntilla para liberar la carne aprisionada y  se perdió entre sus senos, degustando la suave piel. Tomó un pecho en su mano acercando su boca al sonrosado pezón que tenso esperaba sus caricias.
    Dibujó círculos sobre el endurecido montículo que creció en el interior de su boca al succionarlo. Las caderas de Sarah se frotaron con fuerza contra sus caderas. Probó su gemelo, tentándolo con su lengua mientras sus dedos acariciaban y apretaban a su igual.
    Sus respiraciones eran aceleradas, los gemidos de ambos resonaban en el silencio del pequeño habitáculo, sus labios degustaban la piel del otro.
    Deslizó la camisa de Sarah y con dedos ágiles se deshizo de la ropa interior que lanzó a los pies del catre junto a la ropa.
    Sus dedos se perdieron sobre la piel de la espalda, deslizando con suavidad la yema de sus dedos y provocando estremecimientos en la mujer.
    Las manos de ella se perdieron en los botones del pantalón. Abriéndose paso en el hueco dejado, tomó el grueso pene entre sus dedos, deslizando su mano en toda su largura, notando las venas dilatadas  palpitar contra su piel. Gimió al pensar como sería sentirle en su interior. Se deleitó mirando el rostro de Ismael, con los ojos cerrados, inmerso en el placer de su caricia.
    De repente la voz de Juanra llegó a través del walki:
    —Chicos, os necesito aquí arriba —y como si los estuviese viendo por una cámara invisible añadió—. Siento romper la magia del momento— y cortó la comunicación.
    Ismael blasfemó mientras hundía su rostro entre los senos de Sarah, inspirando varias veces para calmar sus latidos.
    —Creo —murmuró Sarah sobre los labios de él, depositando un suave beso— que se ha terminado su sesión de masajes por hoy, señor gerente.
    Un gruñido brotó de la garganta del hombre que respondió con otro tierno beso a Sarah.
    —Apúnteme una sesión extra para esta noche señorita Sarah.
    Comenzaron a vestirse entre risas y besos. Los pantalones de Ismael no disimulaban para nada su excitación, así que resignado, los bajó de nuevo y metió su excitado cuerpo bajo el chorro de agua fría de una de las duchas.
    Las carcajadas de Sarah se perdieron por el pasillo al salir.

                  Lava en la piel (continuación I)