martes, 12 de marzo de 2013

SATÉN Y CHOCOLATE



Deslizó la hoja de la mampara y buscó a tientas el albornoz, se envolvió en él y tomando la toalla de mano  hizo un turbante para su cabeza.
Vislumbró, entre los tarros de la estantería,  la crema corporal con olor afrutado y despojándose del albornoz comenzó a embadurnar su cuerpo. Tras esto solo quedaba su pelo. Una vez seco decidió recogerlo en un moño italiano del cual sacó unos pequeños mechones enmarcando su rostro. Unos toques de rímel y brillo de labios y lista para la acción.
El espejo de cuerpo entero le devolvió su reflejo y sonrió, pícara, al mismo. Unas gotas de esencia —sabía que a él le volvía loco ese perfume. Recordó los labios masculinos sobre su oreja, minutos antes la lengua de él se abría paso entre sus senos, y el murmullo ronco por el deseo:
-—Estoy tentado a morderte. Tu olor me enloquece de deseo.
Se le erizó la piel al rememorar lo ocurrido después.
Deslizó los brazos por las tiras del sostén de encaje negro y se colocó el tanga a juego. Miró el efecto de la tira de perlas. ¡Perfecto! Metió sus largas piernas sobre las medias de cristal con liguero incorporado y  rió con satisfacción.
Se dirigió hacia su dormitorio y deslizó el vestido negro, ajustado a su cuerpo como una segunda piel y el suave tacto del tejido recordaba la piel femenina. Conjuntó todo el efecto con unos bonitos zapatos de tacón exorbitante... Imposibles para andar con ellos «Pero total…lo que menos voy a hacer es andar» y elevó sus cejas varias veces con una sonrisa maliciosa en sus labios.
Estudió con rapidez la estancia. Las pequeñas velas aromáticas colocadas en lugares estratégicos. Las pantallas de las lámparas cubiertas con pañuelos para crear ambiente. Los «juguetes» recién adquiridos, unos colocados bajo el montón de almohadones y otros  en su mesilla, a mano.
El timbre de la puerta sonó. Echó un último vistazo a su imagen y sus tacones resonaron sobre el largo pasillo. Abrió y la imagen de él llenó la puerta.
El aroma masculino impregnó sus sentidos. Buscó su mirada. Sus ojos se abrían con asombro ante la mujer que se encontraba frente a ellos.
Con una sonrisa burlona ella habló:
¿Pasas o pretendes quedarte en el rellano?
Él asintió sin más, incapaz de hablar aún. Dio un paso hacia el interior de la vivienda y ella cerró la puerta con sigilo. Al pasar junto al inmóvil hombre rozó con su cuerpo, sutil, el torso musculoso y notó como él se tensaba. Escondió la sonrisa que surgió en sus labios y giró sobre sus tacones perdiéndose por el pasillo con un ligero contoneo. Podía sentir como la mirada de él la traspasaba, quemándola. Ahogó una risa de satisfacción de su garganta.
«Lástima no haber tenido una cámara a mano» pensó mientras se regodeaba con la imagen de él pasmado en la puerta y comiéndosela con los ojos.
Segundos después John aparecía en el salón.  Sus ojos recorrieron el cuerpo que, seductor, se hallaba sentado en el sofá con las esbeltas piernas cruzadas— el vestido dejaba entrever sus muslos— y su mirada se perdió en la largura de las mismas. Deslizó sus ojos por la silueta de Erika, moldeando mentalmente con sus manos la curva de sus caderas, acariciando con sus dedos la esbeltez de su cintura y subiendo con firmeza hacia la rotundidad de sus senos.
Sacudió su cabeza, para despejar su mente de las lascivas imágenes que la poblaban.
Carraspeó deshaciendo el nudo que apretaba su garganta y la voz sonó ronca por el deseo.
—¿Creí que saldríamos a cenar por ahí?
Ella estudió con detenimiento el cuerpo de John. Los pantalones se ajustaban en los sitios precisos, marcando los musculosos muslos y su entrepierna. La camisa entallada que se ceñía a su tórax cubierta por una chaqueta entreabierta. Se detuvo en el rostro afeitado, suave, hasta su nariz llegó el ligero toque de perfume de su aftershave.
Fijó su mirada en la de él, podía ver sus pupilas dilatadas por el deseo. Las aletas de la nariz ligeramente hinchadas ante su respiración algo agitada. Las manos nerviosas sujetando la chaqueta que se acababa de quitar. Por fin respondió y su voz sonó alterada.
—Sí, pero en el último momento decidí que sería mejor una velada más… íntima— y remarcó esta palabra. Casi pudo oír los latidos del corazón de él.
 Asombrado por el abierto descaro de ella se dejó caer sobre la butaca cercana al sofá. O eso o la velada iba a comenzar y no precisamente degustando el menú que Erika habría preparado tan minuciosa. Notaba su entrepierna hinchada, su miembro intentando hacer hueco en los, de repente,apretados vaqueros.
Estudió de nuevo la figura de la mujer. Esta, con gestos felinos se irguió de su asiento hasta el borde. Alargó su brazo para tomar la botella de cava que esperaba en la cubitera y alzando su cuerpo se acercó a él.
—¿Te importa abrirla mientras voy por unas copas?
Al inclinarse para ofrecerle la botella pudo devislumbrar, a través del atrevido escote del vestido, el encaje del sostén. Un latigazo sacudió entre sus muslos. Tomó la botella y con sus fuertes manos comenzó a quitar el plateado precinto. En ello estaba cuando la voz de ella le llegó desde la cocina.
¿Puedes ayudarme?
Dejó a medias la apertura del tapón y se levantó, recolocando discreto su erección.
Ella se hallaba de espaldas a él, intentado alcanzar con sus manos las copas aflautadas y de tallo largo que se hallaban en el último estante.
Se acercó hacia donde estaba y alzando su mano tomó una copa entre sus fuertes dedos. Notaba la espalda de ella a escasos centímetros de su pecho. Cuando alzó de nuevo su mano para tomar otra copa las nalgas de Erika rozaron ligeramente sus caderas. Inspiró profundo agarrando con sus fuertes dedos la encimera con su mano libre, mientras con delicadeza soltaba sobre esta el delicado recipiente.
—Ya que estás…coge ese cuenco de cristal para la nata del postre.
«Nata. Postre. Champan». Su mente le ofrecía caóticas imágenes subidas de tono. Intentó mantener la calma— y en ello estaba— cuando ella se giró en redondo enfrentado sus pechos erguidos sobre su torso.
—Aún no me has saludado adecuadamente— le reprochó con voz inocente mientras se humedecía  los jugosos labios.
¡Se acabó! explotó y tomándola por sus caderas apretó su cuerpo contra el de ella que se amoldó al suyo perfectamente. Ávido devoró  sus labios en un apasionado beso. Acarició con su lengua el grosor  del labio inferior recorriéndolo con lentitud, entreabriéndolo con sus expertas caricias. Degustó la tierna piel interior y succionó suave dando un. pequeño mordisco en la suave carne.
Erika fue a protestar y la lengua  de John atacó. Probó el sabor de su boca. Sus lenguas se acariciaban, jugando, saboreando, haciendo que los latidos de sus corazones se elevasen por momentos.
Las manos fuertes  acariciaban  los senos. Notó, a través de la sutil tela del vestido, los erectos pezones y como estos se endurecían ante sus caricias. Mientras sus dedos pellizcaban las pequeñas protuberancias sus labios abandonaron los de ella y comenzaron a acariciar el óvalo de su cara en busca del lóbulo de la oreja.
Mordisqueó el mismo y un jadeo brotó de los labios de la mujer.En respuesta a sus caricias ella apretó sus nalgas y sus manos  buscaron ansiosas la piel musculada de su espalda. Notó las uñas de ella acariciándolo, erizando la piel a su paso. Su lengua, en respuesta, comenzó a recorrer el cuello femenino  en busca de su escote.
Con su ardiente aliento impregnando el húmedo reguero dejado, se encontró con sus labios sobre la piel descubierta de los senos tras el escote. Mordisqueó juguetón la misma. Sus manos deslizaron  el minúsculo vestido hacia las caderas abriéndose  paso entre la tela para acariciar la suave piel de los muslos. Sus dedos se encontraron con algo extraño. Tanteó con suavidad y como en un flash una imagen se dibujó en su cerebro. Pantis con liguero. Se tensó y una risa entrecortada salíó de los labios de Erika.
—¿Te gusta mi última adquisición? —susurró sobre el rostro que le miraba con los ojos ardiendo de deseo.
Por toda respuesta la mano de él acarició con atrevimiento su pubis a través del encaje. Ella se sintió humedecer. Ardía por dentro. Notaba un latido constante en su bajo vientre, a la espera de ser calmado. Se apretó contra las caderas masculinas y las manos de él tomaron su cintura,alzándola. Las piernas de ella le envolvieron mientras con sus brazos rodeaba el robusto cuello, afianzándose.
 Giró sobre sus talones y atravesando  el salón con rapidez se dirigió hacia el dormitorio femenino.
Empujó con el pie la entreabierta puerta y paró en seco ante la imagen de la habitación.
Las velas encendidas envolvían con su aroma el pequeño recinto a la vez que su íntima y titilante luz le daba un toque sensual. Las luces de las lámparas coloreaban con cálidos colores las paredes del cuarto.
Acercó su dulce peso al borde de la cama y con suavidad lo depositó sobre el colchón. Contempló extasiado la languidez de ella sobre la enorme cama mientras le miraba expectante.  Con rapidez desabrochó  los botones de su camisa y colocando sus rodillas a los lados de las caderas de ella posó su musculoso torso sobre los senos femeninos.
Sentía en su piel la caricia del suave tejido y las manos de Erika acariciando su espalda. Los pezones erectos de ella se marcaban sobre sus pectorales. Un gemido de placer surgió de su garganta y con salvaje pasión poseyó nuevamente sus labios, rodó sobre su costado, liberando el cuerpo femenino de su peso y dejándose así libertad para acariciarla por completo.
Sus manos dibujaron espirales en el liso vientre camino al borde del vestido. Las caderas femeninas se arqueaban en busca de sus caricias.
Sus dedos buscaron el borde del liguero y se introdujeron osados entre este y las braguitas, buscando la humedad de la mujer. Notó esta a través del encaje del tanga. Acarició el pubis, abriendo y tentando el botón erecto. Lo acarició con suavidad, incitando, impregnando sus dedos con los fluidos y lubricando con él toda la vulva. Espasmos de placer recorrían el cuerpo de ella que se rendía a las caricias de esos dedos.
Las manos de Erika lucharon  contra los cierres del pantalón. Una vez abierto introdujo sus manos y acarició el miembro eréctil que pujaba contra el bóxer negro. Él  gimió de nuevo. Ella, osada, en un rápido movimiento se colocó a horcajadas sobre él presionando su pubis contra la entrepierna  masculina.
Las manos de John deslizaron con rapidez el vestido tirándolo  hacia un lado. Contempló con ojos hambrientos el conjunto de lencería. Sus manos agarraron las nalgas femeninas, acariciándolas, masajeándolas entre sus fuertes dedos. Deslizo los dedos hacia la cintura y se encontró con la hilera de perlas del tanga. Giró el cuerpo  para observar el atrevido adorno y una sonrisa pícara brotó en los labios femeninos. Por toda respuesta él alzó su cuerpo dejando a la mujer sentada sobre sus muslos y con un solo movimiento la despojó del sostén. Su lengua recorrió lentamente los rosados pezones. Rozó con sus dientes los eréctiles montículos que mandaron  latigazos de placer a la vagina femenina, lubricándola aún más.
Erika empujó el tórax masculino que zafándose a ella la arrastró. Mientras ella besaba con avidez los febriles labios del hombre sus manos rebuscaron entre los almohadones. Encontró el pequeño tubo y con movimientos suaves desenroscó el tapón. Él  jugueteaba con sus senos, ajeno a las intenciones de ella.
Expandió una pequeña porción del lubricante con sabor a chocolate en la palma de su mano. Separándose unos centímetros de él se alzó sobre las caderas masculinas. Antes de que él se percatase los dedos de ella embadurnaban el musculoso pecho y sus labios pasaron a la acción.
El olor del ungüento dilató las aletas de la nariz del hombre. Eso y el olor afrutado de la piel femenina lo pusieron a mil por hora. Tomando el pequeño tubo entre sus manos esparció una generosa  porción y comenzó a dibujar espirales sobre sus senos, vientre y vulva femenina.
La risa pícara de ella le llenó los oídos. Alzó su mirada para contemplarla. Los ojos castaños de ella destilaban deseo. Sus jugosos labios entreabiertos, algo hinchados por los apasionados  besos susurraron:
— ¿Qué vas a hacer?
Era hora de resarcirse. Llevaba tentándole toda la noche y ahora sabría lo que era probar su propia medicina.
Su lengua comenzó a degustar el dulce camino pintado sobre sus senos. La piel se erizaba a su paso. Al llegar al pezón lo acarició con sus dientes haciendo que los ella exhalase un gemido. Lamió con deleite el otro pecho. Pero esta vez sus dientes mordieron. Notó como este crecía y en respuesta las caderas de ella se alzaron.
Deslizó su rostro por su abdomen. Lamiendo, mordiendo, succionando. Cada gesto de él obtenía una respuesta, ora un suspiro ora una embestida contra sus caderas.
Cuando su lengua llegó a la redondez de su ombligo, se perdió en el interior, saboreando el aroma femenino unido al olor del chocolate.  Continuó hacia abajo. Hacia la tentación de su pubis depilado. Mordisqueó juguetón el montículo y las manos de ella se aferraron a su pelo, instándole a probar más.
Rió entre dientes.
Sus dedos acariciaron la vulva. Impregnándose del afrodisíaco fluido. Tentó la pequeña abertura que se abrió a él. Deslizó sus dedos con suavidad, notando la tibieza del interior, su humedad, su olor.
Sin poder evitarlo con su lengua probó tan delicioso manjar. Todos sus sentidos quedaron embriagados. Relamió con avidez. Su sabor impregnaba su boca, su paladar y bebió de ella, frenético. Un grito de placer le sacó de su éxtasis.
Las manos de la mujer tiraban de él, instándole a izarse entre sus muslos. Sucumbiendo a la muda petición alzó su cuerpo y acercó sus labios a los de ella. Haciéndola probar sus jugos. Se besaron con pasión. Sus caderas se apretaron entre los firmes muslos y su miembro penetró lentamente en el interior cálido y húmedo.
Sus embestidas se fueron haciendo más profundas, sus jadeos se unieron a los de ella, envolviéndoles, llevándoles a un punto álgido donde se sintieron perder.
Exhaustos y sudorosos sus cuerpos se acurrucaron sobre las sábanas, acariciándose mutuamente.
Al cabo de un rato  la voz masculina preguntó:
— ¿ Y si probamos con la nata?
Sus ojos verdes brillantes y expectantes.
La risa femenina fue toda su respuesta.

                                                                                     FIN



domingo, 10 de marzo de 2013

TODO TUYO




Despertó sobresaltado ante la salva de aplausos. Parpadeó confuso y con ligero dolor en el cuello que  le indicó dónde se encontraba. Se había quedado dormido en el sofá.
Los aplausos provenían del televisor encendido. Incorporándose buscó el mando a distancia y se disponía a mirar las noticias en el tele-texto cuando lo vio.
¡El móvil con el que había estado soñando desde hacía meses! Allí, sobre la mesa, envuelto en papel celofán y con un pequeño lazo. Alargo sus dedos y tomó la pequeña nota adherida al regalo.
«Para que veas que los sueños, a veces, se cumplen. XXX. Tu cari»
Y un ramalazo de culpa lo atravesó.
— ¡Mierda!— pensó. Estaría cabreada…muy cabreada.
Y no era para menos. Se había esmerado con la cena. Había comprado sus cupscakes favoritas  para tomarlas con el café. «¿Café?» No recordaba habérselo tomado. Seguramente fue cuando sus ojos se cerraron.
Acercó sus pasos hacia la cocina. Ahora sí que necesitaba ese café. Un café y un cigarro…antes de enfrentarla.
Tomó su taza y vertió una generosa cantidad del oscuro líquido. Abrió la nevera para coger la leche y allí estaban. Sus cups sin probar. Nunca le habían parecido tan amargas como ahora. Con un suspiro, añadió un chorro de leche al café, mientras lo calentaba, encendió el cigarrillo e inhaló. Degustando el café una idea se formó en su mente.
Su churri necesitaba una compensación. Y vaya si la tendría. Una pícara sonrisa se dibujó en sus labios.


Entreabrió sigiloso la persiana. La luz de la mañana bañaba de una suave luz el dormitorio.
Allí, tumbada  y cubierta por la sábana, se hallaba la mujer de sus sueños.
Deslizó con cuidado la tela que le impedía disfrutar de tan maravilloso espectáculo.
La respiración se le cortó. ¡Madre mía! Miró extasiado el cuerpo. Lucía un picardías de color mora. Debajo de sus senos se abría, insinuante, y dejaba vislumbrar el tanga a juego. Se relamió inconsciente los labios. Deseando regar de besos suaves y ligeros mordiscos las redondeces que estaban haciendo que su entrepierna cobrase vida propia.
Sacudió la cabeza para despejarse. Estaba allí para resarcir a su chica del plantón de la pasada noche. Tomando la pequeña pluma comenzó a dibujar senderos por su pierna, ascendiendo con suavidad por la largura de las mismas.
Ella, se movió inquieta. Esperó. Cuando la respiración volvió a serenarse resiguió la goma del tanga a lo largo de las caderas. Esta vez, la mano de ella frotó con suavidad el trazo de piel expuesta.
Comenzó a dibujar círculos concéntricos alrededor de su ombligo. Un gruñido surgió de los entreabiertos labios de Hellen. Sin poder evitarlo de su garganta surgió una sorda risa.
Entre sueños le oyó. Sintió sobre su escote el suave roce de sus dedos. Oía la respiración masculina ligeramente alterada. Mentalmente puso los ojos en blanco.
« ¡Vas listo!— se dijo—. Como sigas por este camino me vas a oír»
Estaba enfadada. Cabreada. Muy cabreada. ¡No! Lo siguiente.
Menuda desfachatez la de él. Después de dejarla con dos palmos de narices ahora ¿venía pidiendo guerra?
Pues la tendría. Pero no del tipo que él tenía en mente.
Volvió a notar los dedos recorrer con delicadeza la planta de sus pies. Los frotó para quitar el leve cosquilleo. De nuevo por su pantorrilla. Resopló. Ahora recorría la parte trasera de su rodilla.
« ¡Ya está bien! »Y sin dudarlo lanzó una patada donde suponía se hallaba su cuerpo.
Un gemido de dolor la despertó del todo segundos después.
Se sentó a horcajadas sobre el colchón mirando como su chico se retorcía a los pies del mismo, cubriendo su entrepierna.
¡Ay, Dios! ¿Qué había hecho?
—Veo que sigues enfadada— logró balbucear él  entre dientes.
Ella, miraba su rostro congestionado, la respiración agitada por el dolor, los dedos masculinos agarrando la zona golpeada.
Pensó en hielo. ¡No! le quemaría. Un paño caliente. Peor. ¿Qué poner sobre la zona y que lo aliviase? Listo. En segundos rodó hacia él y posó sus manos sobre las de él. Masajeando con suavidad.
—Cari… ¿te duele mucho?— susurró con un hilillo de voz.
—Mmmmmmm—gimió él—. Un poquito nada más.
— ¿Tan solo un poquito?
— Sí.
— ¡Pues me alegro!—explotó ella recordando el plantón.
— Churri…—comenzó a decir él—. Siento lo de anoche.
—Ni lo mientes. Y además ¿qué pasa?— agitaba enfadada las manos—. ¿Qué despierto tú despierto todo el mundo? Para una vez que un sábado no tenemos que levantarnos temprano.
—Quería compensarte —murmuró.
— ¿Compensarme?— entrecerró los ojos— ¿Toqueteándome y haciéndome cosquillas todo el rato?-
—Era lo lógico —contestó y le mostró la pluma.
Los ojos de ella se abrieron como platos. Así que estaba realmente arrepentido y estaba juguetón. Sintió como su enfado se iba disipando. Pero no podía dar su brazo a torcer tan fácil.
Los ojos de él no perdían detalle del rostro. Paladeó la victoria pero aun así el plan que tenía en mente lo iba a cumplir.
— ¿Sigues enfadada? —tanteó.
Por toda respuesta ella entrecerró los ojos, frunciendo los labios.
— ¿Me dejarías compensarte? —sondeó.
—No sé no sé —respondió, golpeándose la mejilla.
— Bien —exclamó eufórico, mientras alzaba su cuerpo de la cama—. Tú quieta ahí, ahora vengo.
Le vio alejarse con una sonrisa en los labios. ¿Qué se traería entre manos?
Al cabo de unos minutos, desde el salón le llegó el sonido de la cadena de música. Los primeros acordes de «You can leave your hat on»
« ¿Cómo?» Parpadeó asombrada. Y sí, tal como había pensado, Peter comenzó su stripteases.
Su musculoso brazo asomó, mostrando un sombrero Fedora, típico de los gánster de película. Le siguió  el perfil de su rostro y con un elegante movimiento  mostró todo su cuerpo.
Vestía la gabardina que miles de veces había decidido tirar pero que nunca lo hacía. La corbata preferida de ella colgaba semianudada sobre el robusto cuello. Sus piernas asomaban desnudas por la rendija de los botones. Iba descalzo. Al son de la música comenzó a contonear sus caderas en un gesto provocador.
Sus dedos iban desabrochando lentos los botones. Con gestos atrevidos y sensuales se despojó  del gabán y quedó frente a ella con el sombrero, la corbata y un bóxer personalizado: “Soy todo tuyo” que ella le había regalado.
«Pero… ¿qué demonios le había hecho al calzoncillo? ¡Menudo chapuzas estaba hecho!» mientras le observaba contonearse para ella al ritmo sensual de la música. Las miradas insinuantes, su sonrisa pícara. Un pensamiento cruzó por su mente.
¡Sí! Era un chapuza y un capullo desconsiderado, a veces, pero era SU chapuzas y el contoneo de su cuerpo, ver como sus manos se acariciaban a sí mismo, la manera de pasarse el pulgar por sus apetitosos labios… ¡la estaban poniendo a mil! Luego arreglaría cuentas con él por destrozar el bóxer pero ahora era momento de dejarse llevar por los sentidos.
Con un movimiento provocativo quitó el sombrero de su cabeza, cubriendo pícaro su entrepierna. Tiró con fuerza de las tiras del bóxer y se despojó de él. Ella aplaudió entusiasmada mientras pedía que se lo quitase todo.

La lanzó la corbata que quedó a centímetros de ella. Con un guiño picarón, justo al final de la canción él la lanzó el sombrero, quedando totalmente desnudo.
Tomó el sombrero y lo colocó sobre su cabeza. Sonreía como una boba tras el espectáculo al que había asistido.
Él miraba el brillo de los preciosos ojos de Hellen. Se le estaba comiendo con la mirada. Sonrió sensual y con gestos felinos se subió a la cama,muy despacio fue acercándose hacia el cuerpo de ella. En su camino tomó entre sus dedos la corbata. Lentamente comenzó a correr el nudo, dejando una abertura pequeña. Ella le miraba hacer. Con movimientos decididos tomó las muñecas femeninas y las introdujo en el pequeño lazo, tiró lo suficiente para que las se uniesen pero no tan apretado como para que ella no pudiese zafarse fácilmente.
Acercando sus labios susurró sobre los de ella.
— ¿Estoy perdonado?
Tragó saliva pero su voz no salía de la garganta. Asintió vehemente. Miraba los labios de él, tan cercanos, tentadores. Humedeció los suyos con la punta de su lengua y él, voraz, atacó.
Resiguió el contorno de los labios femeninos. Acariciándolos  y mordisqueándolos suavemente. Estos se abrieron a sus caricias. El sabor de sus lenguas y el juego de las mismas hicieron  que la respiración de ambos comenzase a alterarse.
Sus manos comenzaron a recorrer el cuerpo apetitoso de la mujer. Erizando la piel a su paso. Haciéndola arder. Se perdió entre la piel de sus senos que el atrevido picardías dejaba a la vista.
Resiguió con la punta de la lengua la porción descubierta del escote. Sus dedos acariciaron los pezones que a su roce se endurecieron. Bajó su boca hacia ellos y los mordisqueo. El gemido de respuesta lo hizo endurecer aún más. Deslizo con suavidad la yema de sus dedos por la piel tersa del abdomen, dibujando figuras abstractas sobre su ombligo. Lento, pero sin tregua, avanzó hacia el borde del tanga. Las caderas femeninas se alzaron, pidiendo más. Se sonrió. Aún no. La pondría hasta el límite del abismo para luego tomarla entre sus brazos y perderse en la profundidad de su húmeda y ardiente oquedad.
Solo de pensarlo los latidos de su corazón se dispararon. Las aletas de su nariz se dilataron al llenarse con el perfume íntimo de ella. Lamió su pubis a través del encaje. Un jadeo le llegó a sus oídos.
Deslizó el tanga y se abrió paso al interior de ella con sus dedos. La encontró húmeda, caliente, dispuesta.
Bombeó con suavidad, lubricando a su paso. Las caderas femeninas se acoplaban a su ritmo, apretando sus dedos en su afán de sentir más placer. Introdujo un dedo más. Sintió como ella lo aprisionaba. ¡Dios! se sentía explotar. Ansiaba penetrarla.
Los movimientos convulsos, acelerados de ella le indicaron que era el momento. Deslizó sus dedos hacia fuera y su miembro penetró de una embestida al interior.
Los jadeos de ambos se unieron hasta llegar al clímax.


Días después
Su móvil sonó. Un wasshap. Lo abrió. Su churri.
«Me he pasado por la ferretería»
Parpadeó confusa. « ¿A qué venía eso? ¡Hombres!» pensó
Pasados unos minutos un nuevo pitido. Resopló, pero lo abrió.
«Se había acabado el suministro  de cinta americana de doble cara. ;)»
No pudo reprimir la carcajada, al recordar la chapuza que con esa dichosa cinta había hecho en su bóxer. Varios rostros se giraron a mirarla. Los ignoró. Con dedos ágiles escribió.
«Mira en la caja de los juguetes»
Cuando viese el conjunto de stripper que sus chicas del tuppers-sex  le habían conseguido le iba a dar un infarto.
Imaginando la cara de su chico. No pudo evitar carcajearse.

FIN


FIN

FIN